Sin un roce de olvido

Viajar le ha hecho avivar la llama de aventura que lleva dentro y se considera un auténtico trotamundos, siempre ansioso de conocer nuevas culturas y tradiciones. Le atrae especialmente el misterioso encanto que oculta cada ciudad tras sus muros, y los cielos, las costumbres, incluso los olores diferentes de cada país. En alguno de sus viajes, más de una vez se encontró con personajes peculiares, por sus habilidades y distintas facetas artísticas. Eso le obligaba a mirarles con un respeto nuevo. Hace poco tiempo en la ciudad de París, precisamente, conoció a un pintor extraordinario que escribía poemas sobre sus lienzos. Su recuerdo le hizo sonreír. Estaba convencido de que si el mismo Rembrandt tuviera ocasión de supervisar aquellos trabajos, se inclinaría ante él. Eran auténticas obras de arte.

Ese mismo día, al volver hacia el hotel se sintió embargado por una satisfacción vehemente que necesitaba compartir, pero estaba solo. Ya oscurecía y le sonrió a la noche que llegaba. Siempre sonríe, de su agradable rostro jamás se ausenta el gesto amable de la sonrisa, aunque de vez en cuando tampoco resulta extraño percibir en su mirada una cálida chispa de socarronería. Sonríe al aire, a la esperanza, a la vida. Procura disfrutar cada minuto de la existencia y guarda sus vivencias como verdaderos tesoros, pero cuando necesita compartir sus inquietudes y la soledad persistente no le da otra alternativa, lanza un suspiro de resignación y comienza un largo soliloquio encabezado por su grito de guerra favorito ¡Viajar es el mejor alimento del cerebro!

Claro que no siempre fue agradable el camino. También conoció paisajes y situaciones que le dejaron marcado. Ninguna explicación aceptable conseguirá trasmitir fielmente su experiencia. Está convencido de que nada de lo que haga, diga, o se calle, podrá hacer más claras las sombras sucesivas que cubrieron el cielo de algunos de sus viajes. Paseó por las dunas del hambre y conoció a niños muriéndose de inanición, y a otros a los que una simple mosquitera podría salvarles la vida, pero desgraciadamente habitan en un mundo donde nadie quiere ver nada, es más fácil mirar hacia otro lado y si por un casual alguien ve lo que está ocurriendo, procura olvidarlo. Esa realidad monstruosa le enseñó a recibir con precaución cualquier leve signo de esperanza que intentara exhibirse ante él. Aún así nada le detiene y su afán explorador le sigue guiando por tierras caóticas, de gobiernos inestables, y en muchas ocasiones, incluso sanguinarios, donde queda impresionado y sobrecogido por la dimensión de tanto horror. El cansancio físico y mental le están aconsejando concluir el viaje y al final él mismo se convence. Necesita sustituir su inquietud por una tranquilizante sensación de recato doméstico.

Vuelve a casa intuyendo que los años también le están limitando, aunque él no se resigna. Asegura que piensa llegar hasta el final de su vida manteniendo su afán de aventura, no le importa tener que sucumbir ante un paisaje evocador para conseguirlo, cualquier cosa sirve con tal de no renunciar a sus inquietudes. Así que, un agradable día de verano, decide abrir las ventanas de su memoria y comenzar una aventura sin planificar, huyendo de preparativos previos y despojándose de maletas y pasaportes, para retornar a su niñez. El deseo avivado de viajar le sumerge en el mapa de su vida, trasladándole hacia sus primeros recuerdos, en los que el simple color del paisaje le conmueve. Aunque en un principio todo era impreciso, poco a poco comenzó a despejarse y fue capaz de intuir las voces más familiares de su niñez, mezclándose con el intenso olor a hierba que flotaba en el aire. Con los ojos cerrados siguió escrutando su pasado, la distancia en el tiempo intentaba difuminar los colores de sus recuerdos, pero su obstinación era más persistente y ganó la batalla. Allí estaba su abuela, con un delantal enharinado, consecuencia de haber estado amasando para hacerle el delicioso pan que a él tanto le gustaba. En el patio, un horno de leña ardiendo crepitaba preparándose para cocer aquel manjar y, hechizado por el intenso recuerdo, incluso fue capaz de notar en su boca el sabor exquisito del pan recién hecho.

De repente, como si un surtidor de agua explotase a sus pies, fue capaz de escuchar con clara nitidez, las voces de sus padres, sus hermanos, y sus abuelos. Distinguió a la perfección timbre, tono y matiz de cada uno, y se sintió feliz al comprender que su cerebro las había conservado intactas sin permitir que las rozase ni una sola gota de olvido. Su niñez había sido perfecta y el recuerdo le estaba mostrando cada una de las lecciones que había recibido para construir las bases de su propia generosidad.

Al final, piensa henchido de satisfacción, que no es, ni mucho menos, un logro menor, que el viaje más importante que haya realizado en todos estos años, haya sido sobre el andén de su propia vida.

Ese gallo que canta…

—Ya estoy harta de mentiraaaaas.
—Del pasado al porvenir
—cada senda que recorres es sólo para fingiiiiiir.
—Si crees que no me doy cuentaaaaa
—de que me estás engañandooooooo
—lo vas a tener jodidoooooooo porque te la estoy guardandoooo.

Después de tantos años juntos, Manuel no ignoraba las habilidades de su mujer en el arte musical. Era raro el día que no escuchaba una muestra de su largo repertorio porque Juana siempre estaba cantando. Muchas veces se preguntaba si tendría algo de cierto ese refrán que ponía en evidencia el soterramiento de la doble intención. (Ese gallo que canta…) A pesar de todo él disfrutaba oyéndola. Tenía una bonita voz y un sentido del ritmo bastante aceptable, aunque aquel domingo precisamente… no sabía qué, pero algo le estaba sonando raro. Manuel apagó el televisor, a pesar de que estaba viendo una de sus series favoritas, y agudizó el oído. Juana se estaba duchando y el ruido que hacía el agua al estrellarse en la bañera le servía de acompañamiento mientras que su voz seguía alzándose clara y concisa, por encima del sonido de la ducha.

Karaoke with Peter Styles (18), de Shane's Stuff

Karaoke with Peter Styles (18), de Shane's Stuff

—Hay quien por ser un cobardeeeeee
—cuando bebe calimochooooo
—miente tanto que le creceeee
—la nariz como a Pinochoooooo

¡Coño! ¿Qué pasa aquí? Manuel no daba crédito a lo que estaba oyendo. Acaso Juana… ¡No, que va! Era demasiado ingenua para sospechar nada. La voz de su mujer seguía retumbando en toda la casa y él contenía la respiración para no perderse ni una sola letra de la copla. Debía estar atento por si acaso, tenía planes para esta tarde y por nada del mundo quería correr riesgos innecesarios. Ya sabía cómo se las gastaba Juana. ¿Pero que le estará rondando a esta mujer por la cabeza? —pensaba—

—¿Cariño, te falta mucho?—gritó mientras se acercaba al baño.

Al otro lado de la puerta nadie contestó, Juana seguía canturreando, en esta ocasión algo ilegible, que consiguió despertar en él todas las alarmas de prevención, mientras que su inquietud le iba borrando cualquier tipo de argumento convincente para la defensa. Lo peor de todo era que aún no sabía de qué tenía que defenderse. Tras unos minutos de espera, Juana abrió la puerta y con decisión cruzó el pasillo, medio envuelta en una toalla, sin dedicarle ni siquiera un leve gesto a su marido, mientras tanto él seguía mirándola embobado y con cara de inocente.

—Pero… —acertó a decir— ¿Se puede saber qué te pasa?

Aquella ingenua pregunta fue el detonante de un estruendoso ataque de ira por parte de su mujer.

—¡Que qué me pasa! Respondió ella en un tono demasiado elevado.
—¡Serás…!—La frase fue interrumpida por un fuerte resoplido tras el cual se perdió camino de su habitación, a continuación se oyó un portazo que consiguió dejar a Manuel totalmente desconcertado. La verdad es que la vio tan enojada que ya casi ni se atrevía a seguir preguntando más. Aquello tenía muy mala pinta pero… había que echarle valor así que, abrió la puerta del dormitorio y le dedicó a su mujer una patética mueca de imploración con la esperanza de que aquella sumisión voluntaria despejase los peores presagios.

—Juana, no sé que estará pasando por tu cabeza, pero yo…

—¡Maldito cabrón de mierda! ¡Eres un puto mentiroso!—le espetó ella mientras le miraba fijamente a los ojos.

Manuel balbuceaba aterrado, era consciente de que estaba siendo sometido a un interrogatorio silencioso del que temía salir escaldado. Muy despacio intentó pronunciar una excusa que no consiguió terminar. ¿Cómo iba a explicar él a su mujer que sus aventuras extra matrimoniales eran únicamente eso, aventuras? La situación estaba resultando insostenible así que decidió optar por el camino más fácil.

—Juana… Creo que tu enojo es desorbitado, para mí no hay nada ni nadie en este mundo más importante que tú y eso ya deberías saberlo. No entiendo este exceso de furia por tu parte.

—¿Que no qué? —gritó ella— ¿Pero cómo es lo tuyo, Manuel? ¡No, por favor! ¡No te molestes, no hace falta que me respondas! Lo haré yo por ti; lo tuyo es puro teatro. Te empeñaste en trasformar tu vida en un puto escenario de plástico y al final lo has conseguido. ¡Enhorabuena!

Mientras ella proseguía impasible su discurso, Manuel, con una lentitud pasmosa entornó sus ojos en un auténtico gesto de arrepentimiento avalado por el terror que le inundaba al sospechar que su matrimonio estaba en peligro.

Me cago en los tentadores flirteos─reflexionó─, me cago en los deslices pasajeros, me cago en cada una de las tías buenas que se ponen ante mí disfrazadas de querubines y en realidad son unos auténticos diablos. Mi vida era perfecta. ¿Por qué tuve que estropearlo todo?

La eficacia de sus auto reproches no era demasiado buena, su arrepentimiento convulsionaba entre sus tentadores recuerdos para terminar convirtiéndose en una risa fácil y nerviosa que conseguía irritar más aún a su mujer. Inesperadamente Manuel fue sacudido por una taquicardia emocional y sacando fuerzas de no sabe dónde, se dirigió a ella, en un tono más que penoso. —Escúchame Juana: ahora mismo voy a salir por esa puerta: cuando te calmes y puedas perdonarme, o cuando logre vencer mi cobardía, mis miedos y mis complejos; o mejor aún, cuando tú me lo pidas, volveré.

—¡Dios mío! ¿Pero tú quien te crees que eres? —respondió ella— ¿Acaso estás en condiciones de poder sentirte ofendido? ¿Qué pasa Manuel, que no tengo derecho a enojarme contigo? Eres tú el que mientes, no yo. Tú el que, supuestamente, asiste cada Domingo al Carlos Tartiere a ver a su equipo favorito ¿no es así?

Manuel no daba crédito a lo que estaba oyendo. Aquello era surrealista, una auténtica pesadilla irrisoria.

—Juana, ¿me quieres explicar de una vez qué es lo que tanto te molesta?

—Por supuesto, cariño, pero lo haré a mi estilo. Después de un silencio deliberadamente prolongado y ante el asombro de su marido, Juana suelta una estrepitosa carcajada y comienza nuevamente a cantar.

—No te voy a perdonaaaaar
—el que siendo Carbayón
—vayas a vitoreaaaaaar
—al Sporting de Gijóoooon.

Explosión de sentimientos

Yo misma había llegado a convencerme de que mi matrimonio era perfecto. Luego, cuando rebobino en mis recuerdos y me sitúo en los primeros meses de convivencia con mi marido, comprendo que nuestros cimientos no eran tan sólidos como nosotros creíamos. Hoy sé que sólo buscábamos un atajo para ir en busca de una utópica libertad de la que carecíamos en casa de nuestros padres. Nada nos hacía sospechar que recién abandonada la adolescencia, adquirir las responsabilidades de un nuevo hogar conseguiría aplastar por completo cada uno de nuestros prematuros sueños.

Cuando quisimos darnos cuenta de que nos habíamos precipitado al tomar aquella decisión ya era demasiado tarde. Pronto nos arrepentimos de la hazaña, aunque en aquel momento ninguno de los dos tuvo el valor suficiente de confesarlo. El tiempo fue haciendo el resto…

En realidad no sé cómo pasó, sólo recuerdo que con el día a día las cosas comenzaron a deteriorarse y casi sin darnos cuenta nos fuimos alejando uno del otro. De repente dejamos de soñar juntos para soñar un sueño diferente, quizás con el único afán de sobrevivir al fracaso. A partir de ese momento una música estridente se convirtió en la única encargada de amenizar el baile de mentiras que danza sin control pisoteando cada instante que permanecemos juntos.

Dani escuchaba atento las palabras de Marga. Su amiga había llegado a casa en un estado de ánimo precario y él no quería interrumpir aquella tormenta de sinceridad con la que le estaba obsequiando. Por un momento la confesión fue interrumpida con un tenue sollozo que se perdió entre el aroma de dos humeantes tazas de café condenadas a enfriarse ante la indiferencia de sus destinatarios. Dani, con una parsimonia irritante y sin quitarle los ojos de encima, sacó de su bolsillo un paquete de cigarrillos que ofreció a su amiga mientras le demandaba calma.

—Pensé que no ibas a darte cuenta nunca —masculló entre dientes—, luego, en un gesto de apoyo absoluto rozó su barbilla en el hombro de ella mientras le susurraba al oído, por favor, cálmate ¿quieres? Me desarma verte llorar.

Un silencio prolongado abrió la puerta a un suspiro y Marga tomó aliento antes de continuar, mientras miraba fijamente a su interlocutor. Pensaba que jamás se atrevería a confesarle a nadie lo que le estaba ocurriendo, pero en aquel momento era consciente de que ya no podía dar marcha atrás. Llevaba años sufriendo aquella incertidumbre, su estabilidad emocional se había hecho añicos y en aquel momento Dani estaba junto a ella para recoger los pedazos. Él era la única persona que se preocupaba por ella, siempre atento a sus demandas y a cualquiera de sus movimientos.

Marga, tienes que valorarte un poco más y aprender a vivir. Atrévete a salir de tu letargo, la vida te está esperando.

Aquellas palabras irrumpieron como un ciclón en el recinto sagrado de su intimidad. Dani parecía conocer sus carencias mucho mejor que ella misma y aquello le produjo una inquietante alarma y un ávido deseo de ternura. Él sí que la entendía, él sí que estaba disponible para ella en cualquier momento, él sí que supo siempre cómo sacarla de lo más profundo de la tristeza otorgándole la liberación de una opaca monotonía… ¡Dios mío! ¡Dani…! Un golpe en el estomago que la dejó sin aliento sacudió su cuerpo mientras abría sus ojos desmesuradamente. En aquel momento, Marga se estaba dando cuenta de que, de una u otra forma, Dani siempre ocupaba una parte importante de su vida y de su pensamiento.

Con un gesto desvalido, se acercó un poco más hacia él y durante unos segundos mantuvieron un intenso diálogo silencioso que les precipitó a estrellarse con la realidad.

Sacudidos por la incredulidad, sus miradas volvieron a enredarse en una intensa prolongación del deseo. El rostro de Marga parecía un auténtico signo de interrogación y sin pestañear siguió atenta a cada movimiento de Dani, esperando… no sabía qué. Lo único que estaba claro era que él estaba a su lado y que ella… Por un momento, Marga intentó seguir esquivando aquel zarandeo de la realidad que la estaba desconcertando y quiso desviar su atención levantándose de su silla para mirar distraídamente por el ventanal desde donde se divisaba gran parte de la ciudad. Sin titubear, Dani se acercó hacia ella y rodeó su cintura con el brazo izquierdo mientras que con el derecho le sujetaba el mentón para obligarla a mirarle a los ojos.

Marga… Marga… Su voz temblaba mientras su sensatez rodaba de una forma vertiginosa, alejándose cada vez más de sus principios. Ya no podía callarse por más tiempo, no quería.

Un extraño sentimiento se asentó entre los dos al verse atrapados por el desconcierto. Ella luchaba por ganarle la batalla a su propia indecisión mientras su marcada timidez estaba consiguiendo paralizarla.

Pero él tampoco estaba dispuesto a entregarse dócilmente a una derrota sin haber luchado antes por la ansiada victoria. Marga…, volvió a susurrar, mientras sus bocas se unían en una explosión de sentimientos totalmente desconocidos para los dos. En aquel momento se sentían derrotados por el abrazo, prisioneros de unos cuerpos que se les antojaban dóciles, hambrientos de atenciones, y un deseo devorador consiguió encenderles las alarmas de la pasión más primitiva.
—Dani… por… favor… no… pod… Dani…

Aquellos susurros se ahogaban entre besos, Dani no atendía, no quería oír… la voracidad de su pasión sólo le permitía seguir guiando sus dedos para sembrar dicha por cada átomo del cuerpo de aquella mujer, y ella, no oponía resistencia, saciaba su piel de caricias mientras dejaba que sus sentidos saborearan aquella explosión del deseo.
Un seísmo de sensaciones incontroladas les obligo a separarse, precipitadamente, mientras se repetían, tenemos que hablar… tenemos que hablar…

La conversación se prolongó varias horas dejando paso a una extraña y pudorosa inquietud. Al final, durante un largo tiempo, los dos se miraron nuevamente y una sonrisa vacilante cargada de proyectos imaginarios rompió la barrera que durante tanto tiempo les había estado impidiendo acercarse.

Asumida la situación se dejaron llevar por un sentimiento vertiginoso capaz de desgobernarles hasta la más sosegada de sus neuronas, y fueron capaces de saltar el espinoso y atrayente muro de lo prohibido.
Dani, con sólo el contacto de sus dedos, estaba logrando despertar en ella una mezcla de dicha y sufrimiento sin razón que conseguía doblar sus rodillas.

No necesitaron decirse más, sus cuerpos tomaron la palabra balbuceando un dialecto inventado por el ácido gusto de la culpabilidad.

Sara y su abuela

Las cosas podían haber sucedido de cualquier otra manera y, sin embargo, sucedieron así. Corría el mes de diciembre, el día había amanecido perezoso y trataba de prolongar su zanganería cubriendo los picos más erguidos de la montaña con una espesa cortina de niebla. En el valle, el gris predominaba sobre los tejados de las casas y un aire cortante abofeteaba el rostro de todo aquel que se atrevía a salir a la calle. Aún así, Sara estaba decidida y ni siquiera el intenso frío que la recibió al abrir la puerta la hizo retroceder. Era sábado, sus padres aún dormían y ella quería aprovechar dicha circunstancia para irse cuanto antes. Cuando ellos quisieran notar su ausencia ya sería demasiado tarde para impedirle que llevara a cabo sus propósitos.

A paso ligero cruzó la calle y, como un fugitivo perseguido por las prisas, se dirigió hacia la parada del Bus que la llevaría hasta el rincón favorito de su infancia. La casa de su abuela.

Aquel lugar era como una farmacia mágica donde existían todo tipo de pócimas milagrosas capaces de transportarla al paraíso de los sentimientos y, además, proporcionarle el mejor trofeo para su autoconfianza.

Sara tenía diez años —casi once— y a pesar de que a su madre no le hacía demasiada gracia aquella desmesurada relación entre dos generaciones tan distantes, ellas se sentían muy unidas.

Su abuela era la mejor persona del mundo.  Siempre que llegaba junto a  ella demandando caricias,  ésta nutría su avidez de ternura con cada uno de sus gestos. Su comprensión no tenía límites y además sabía apaciguar mejor que nadie cualquiera de sus inquietudes. Primero la abrazaba ansiosamente y luego despejaba todas sus dudas mientras se dejaba conquistar por aquella admiración entusiasta.

Sara llevaba unos días muy nerviosa por la falta de noticias sobre su abuela. A pesar de que sólo las separaban pocos kilómetros de distancia, hacía más de dos semanas que no se  veían  y eso era demasiado tiempo para ellas. Por esa  razón aquella mañana decidió fugarse de casa para ir en su busca.

Cuando bajó del autobús, echó un vistazo a su reloj de pulsera y comprobó que ya eran los 8.30, a las 10 tenía que estar en el colegio para ensayar con el coro y si quería aprovechar el tiempo con la abuela tenía que darse prisa, necesitaba enseñarle las canciones que estaban preparando para la Navidad que se acercaba.

Las clases ya estaban suspendidas por vacaciones, sólo acudían al colegio los componentes del coro y ella, cargada de entusiasmo y, según sus profesores, con  grandes dotes musicales, no podía faltar.

Desde lejos divisó la casa y le extrañó que aún estuviesen las persianas bajadas, normalmente la abuela  era muy madrugadora.

Parece que hoy se le pegaron las sábanas, pensó,   y aceleró aún más el paso. No sabía por qué, pero en aquel momento necesitaba verla más que nunca. A mitad del camino tomó aliento y miró nuevamente hacia las persianas que le estaban indicando una ausencia total de vida en la casa.

El timbre comenzó a sonar con voz ronca, por la insistencia de Sara, mientras su intranquilidad  aumentaba de una forma alarmante. Cuando vio que no conseguía respuesta  apartó su dedo del botón para seguir aporreando la puerta con los puños cerrados y todas sus fuerzas volcadas en ellos.  Tampoco eso le dio resultado.

Con una agitación aterradora volvió sobre sus pasos para pedir ayuda a sus padres.

El trayecto de vuelta le pareció interminable y cuando por fin llegó a su casa entró gritando desesperada.

—Papá, mamá. A la abuela  algo le  pasa, no me abrió la puerta.

Sus progenitores se miraron con un gesto de complicidad y después de un ligero titubeo su madre tomó la palabra.

—Vamos a ver, ¿tú qué estás haciendo aquí, no tenías que estar ensayando?

La agitación de Sara crecía por momentos y su voz entrecortada siguió insistiendo machaconamente mientras un mar de lágrimas rodaba por sus mejillas.

—Os estoy diciendo que la abuela…

Ahora fue la voz de su padre la que se impuso.  ¿Pero no te lo habíamos dicho ya,  pequeña?  La abuela se fue de viaje, tenía muchas ganas de conocer  mundo y decidió que este era el momento.

Sara les miró incrédula mientras preguntaba…

— ¿Y por qué no se despidió de mí?   ¿Cuándo va a volver? ¿Por qué no me llevó con ella? ¿Por qué no me lo dijo? ¿Por qué…?

Las preguntas de Sara se agitaban con frenesí entre las explicaciones de sus padres, mientras sentía una especie de mareo angustioso sacudiéndole los músculos de su estómago. No entendía nada, le parecía todo tan confuso… que casi tenía la certeza absoluta de que algo le estaban ocultando.  Ella sabía que su abuela jamás se iría sin despedirse.

Agobiada por sus pensamientos, Sara intentó distraerse de sí misma; no quería pensar y optó por vagabundear hacia el camino de la costumbre, dejándose absorber por las actividades que preparaban en el colegio para celebrar la Navidad.

Y por fin llegó el día, Sara debutaba como solista del grupo y sus nervios le estaban jugando una mala pasada, tenía la sensación de que sus piernas se habían convertido  en endebles palillos que casi no podían sujetarla, pero a pesar de todo se sentía feliz.

El salón estaba lleno de  espectadores ansiosos de compañía, que aclamaron con fervorosos aplausos la llegada del coro a un improvisado escenario repleto de serpentinas y adornos de Navidad.  Después de un largo silencio, sólo interrumpido por carraspeos y toses dispersas,  la música comenzó a sonar con timidez  para luego dar paso a unas preciosas voces infantiles que inundaron la residencia de vida.  Resultaba muy gratificante ver las caras de las personas mayores entusiasmándose, como niños pequeños, con los villancicos.

Seguidamente Sara, como solista, brilló con esplendor exhibiendo su dulzura ante unos rostros que estaban conteniendo el aliento para no contaminar aquella magia que flotaba en el aire. De pronto, su voz se quebró con un sollozo y saltó del escenario para correr como una posesa hacia una mujer que lloraba al fondo de la sala. Cuando llegó a su altura se fundieron en un abrazo interminable, sacudido únicamente  por los suspiros de ambas y por la amargura de la voz entrecortada de la niña,  que repetía insistentemente…  Abuela, me engañaron.  Me han engañado abuela…me han engañad

Ebria de soledad

Corrompida mi inocencia,
Saturada de ansias
Y ebria de soledad,
Me voy muriendo.
He perdido mi batalla ante la vida,
He sido ingenua, inocente y atrevida;
Mi absurda candidez me ha traicionado
Y hoy soy la dueña de un sueño fracasado.
Han bombardeado mi confianza,
El desconcierto impera sobre todo;
Estoy desorientada;
Me ha embrujado el amor
Con una deliciosa sinfonía
Y he sido sacudida
Por una fuerte descarga de ironía.
Me he dejado atrapar
Por el temblor emotivo de los sentidos,
¡Pobre ilusa! Esos sueños…
No me estaban permitidos.
Hoy, con un paso inseguro y dolorido,
Voy recogiendo por el suelo las migajas
Que han dejado caer por compasión
Y llevan el aroma del olvido.