Viajar le ha hecho avivar la llama de aventura que lleva dentro y se considera un auténtico trotamundos, siempre ansioso de conocer nuevas culturas y tradiciones. Le atrae especialmente el misterioso encanto que oculta cada ciudad tras sus muros, y los cielos, las costumbres, incluso los olores diferentes de cada país. En alguno de sus viajes, más de una vez se encontró con personajes peculiares, por sus habilidades y distintas facetas artísticas. Eso le obligaba a mirarles con un respeto nuevo. Hace poco tiempo en la ciudad de París, precisamente, conoció a un pintor extraordinario que escribía poemas sobre sus lienzos. Su recuerdo le hizo sonreír. Estaba convencido de que si el mismo Rembrandt tuviera ocasión de supervisar aquellos trabajos, se inclinaría ante él. Eran auténticas obras de arte.
Ese mismo día, al volver hacia el hotel se sintió embargado por una satisfacción vehemente que necesitaba compartir, pero estaba solo. Ya oscurecía y le sonrió a la noche que llegaba. Siempre sonríe, de su agradable rostro jamás se ausenta el gesto amable de la sonrisa, aunque de vez en cuando tampoco resulta extraño percibir en su mirada una cálida chispa de socarronería. Sonríe al aire, a la esperanza, a la vida. Procura disfrutar cada minuto de la existencia y guarda sus vivencias como verdaderos tesoros, pero cuando necesita compartir sus inquietudes y la soledad persistente no le da otra alternativa, lanza un suspiro de resignación y comienza un largo soliloquio encabezado por su grito de guerra favorito ¡Viajar es el mejor alimento del cerebro!
Claro que no siempre fue agradable el camino. También conoció paisajes y situaciones que le dejaron marcado. Ninguna explicación aceptable conseguirá trasmitir fielmente su experiencia. Está convencido de que nada de lo que haga, diga, o se calle, podrá hacer más claras las sombras sucesivas que cubrieron el cielo de algunos de sus viajes. Paseó por las dunas del hambre y conoció a niños muriéndose de inanición, y a otros a los que una simple mosquitera podría salvarles la vida, pero desgraciadamente habitan en un mundo donde nadie quiere ver nada, es más fácil mirar hacia otro lado y si por un casual alguien ve lo que está ocurriendo, procura olvidarlo. Esa realidad monstruosa le enseñó a recibir con precaución cualquier leve signo de esperanza que intentara exhibirse ante él. Aún así nada le detiene y su afán explorador le sigue guiando por tierras caóticas, de gobiernos inestables, y en muchas ocasiones, incluso sanguinarios, donde queda impresionado y sobrecogido por la dimensión de tanto horror. El cansancio físico y mental le están aconsejando concluir el viaje y al final él mismo se convence. Necesita sustituir su inquietud por una tranquilizante sensación de recato doméstico.
Vuelve a casa intuyendo que los años también le están limitando, aunque él no se resigna. Asegura que piensa llegar hasta el final de su vida manteniendo su afán de aventura, no le importa tener que sucumbir ante un paisaje evocador para conseguirlo, cualquier cosa sirve con tal de no renunciar a sus inquietudes. Así que, un agradable día de verano, decide abrir las ventanas de su memoria y comenzar una aventura sin planificar, huyendo de preparativos previos y despojándose de maletas y pasaportes, para retornar a su niñez. El deseo avivado de viajar le sumerge en el mapa de su vida, trasladándole hacia sus primeros recuerdos, en los que el simple color del paisaje le conmueve. Aunque en un principio todo era impreciso, poco a poco comenzó a despejarse y fue capaz de intuir las voces más familiares de su niñez, mezclándose con el intenso olor a hierba que flotaba en el aire. Con los ojos cerrados siguió escrutando su pasado, la distancia en el tiempo intentaba difuminar los colores de sus recuerdos, pero su obstinación era más persistente y ganó la batalla. Allí estaba su abuela, con un delantal enharinado, consecuencia de haber estado amasando para hacerle el delicioso pan que a él tanto le gustaba. En el patio, un horno de leña ardiendo crepitaba preparándose para cocer aquel manjar y, hechizado por el intenso recuerdo, incluso fue capaz de notar en su boca el sabor exquisito del pan recién hecho.
De repente, como si un surtidor de agua explotase a sus pies, fue capaz de escuchar con clara nitidez, las voces de sus padres, sus hermanos, y sus abuelos. Distinguió a la perfección timbre, tono y matiz de cada uno, y se sintió feliz al comprender que su cerebro las había conservado intactas sin permitir que las rozase ni una sola gota de olvido. Su niñez había sido perfecta y el recuerdo le estaba mostrando cada una de las lecciones que había recibido para construir las bases de su propia generosidad.
Al final, piensa henchido de satisfacción, que no es, ni mucho menos, un logro menor, que el viaje más importante que haya realizado en todos estos años, haya sido sobre el andén de su propia vida.
