Entrenamiento y competición

Las cosas podían haber sucedido de cualquier otra manera y, sin embargo, sucedieron así. A Mari Nieves le tocó asistir a su hermana mayor en su inacabable proceso de recuperación del rostro. Un accidente de coche se lo había robado la mañana de un sábado cuando iban a una boda.

Ella tuvo algo mejor suerte: se recuperó pronto y bien. Pero se vio inmersa en una cadena sin fin de visitas a hospitales, centros sanitarios y consultas particulares en docenas de puntos de España; operaciones múltiples, estancias largas, tratamientos costosos y difíciles, altibajos emocionales y resultados aceptables en algunos casos, nulos en otros.

Doce años de empeño constante en pos de una restauración total imposible, que acabaron un verano, vencidos por un cáncer que con prisa se adueñó de su cuerpo, no de su ilusión, ni de sus ganas de vivir.

Éste fue su entrenamiento.

En aquel momento Mari Nieves acababa de estrenar su primer embarazo y se sentía compensada en su infinita tristeza por la alegría de una nueva vida, alentada en parte por la hermana recién fallecida.

La espera transcurrió sin novedad hasta el momento de la llegada de Nacho. Tres vueltas de cordón umbilical en torno al cuello, no detectadas por el ginecólogo, anoxia y sufrimiento fetal durante el parto, errores en los tratamientos de los primeros días… lesión cerebral. De nuevo, visitas a centros sanitarios, tratamientos, estimulación temprana, fisioterapia. Desde enseñarle a tragar el alimento hasta… donde sea posible llegar avanzando.

Ya han pasado casi dos años. Acaba de recibir a su nueva hija.

Ésta es su competición.

La triste historia de Gaspar Vespertino

Las cosas podían haber sucedido de cualquier otra manera y, sin embargo, sucedieron así.

¡Gaspar, hijo, tráeme dos botellas de vino de la bodega!, chillaba Maruja desde la cocina.

El niño salió saltando de dos en dos la escalera que daba al sótano y cogió las botellas que le había pedido su madre. A toda prisa, con una botella debajo de cada brazo, el chaval comenzó a subir la empinada escalera ; cuando ya estaba a punto de pisar el último peldaño una de las botellas se escurrió y Gaspar quiso cogerla antes de que cayera al suelo y se rompiera, al agacharse perdió el equilibrio y niño y botellas rodaron escalera abajo. Mientras caía, Gaspar se asía al cuello de la botella que llevaba en la mano y durante los siete peldaños que duró el vertiginoso descenso logró mantener firmemente agarrada la garrafa, pero la otra, dando vueltas en el aire llegó al sótano mucho más rápido y se hizo añicos al pie de la escalera, formado una tupida alfombra de afiladas cuchillas de vidrio, don el pequeño aterrizó produciéndose enormes y profundos cortes. La madre, alarmada por el estrépito de la caída, acudió presurosa y se encontró con la dantesca escena de vidrios, sangre y gemidos que allí se estaba produciendo.

Ya en el hospital, el médico explicó a Maruja que si bien no peligraba la vida del pequeño, había sido necesario amputarle su brazo izquierdo, pues eran tantas y tan profundas las heridas que nada se había podido hacer para salvar el miembro de la criatura.

Así comenzó el precoz desmembramiento de Gaspar Vespertino y así se inició una azarosa vida salpicada de accidentes que hicieron de la vida del muchacho una traumática y cercenada carrera hacia una existencia profundamente marcada por lo imprevisible.

Gaspar, consciente de sus limitaciones físicas debido a su pérdida, siempre mantuvo una actitud positiva ante la vida y su minusvalía le hizo convertirse en alguien al que las dificultades, no sólo le animaban a seguir adelante sino que le obligaban a buscar casi la perfección en todas las tareas que iniciaba.

El tiempo que los demás niños lo dedicaban a juegos, Gaspar lo aprovechaba en el estudio y entrenamiento de habilidades manuales, para que su única mano pudiera desarrollar cualquier tarea con perfección y rapidez y poder conseguir algún trabajo con el que ganarse la vida en el futuro.

Mientras los niños acudían ala colegio del barrio, él se formaba en un centro especial para disminuidos físicos, donde le enseñaban lo fundamental de los oficios. Así en unos pocos años logró dominar varias tareas que le sirvieron para ganarse la vida con dignidad y holgura económica.

A medida que pasaba el tiempo Gaspar iba necesitando otras cosas que no fueran el trabajo y el dinero, por lo que decidió que debía adquirir otra formación que la meramente práctica y así colmar sus anhelos de aprender otras materias. Comenzó a estudiar Historia, Filosofía, Literatura, Arte, etc.…, materias estas que le convirtieron en un ilustrado y en pocos años se sintió satisfecho con su vida. Pero si la solidez económica y la amplitud de conocimientos le hacían sentirse seguro, sentía que debía contraer otros compromisos con la sociedad y se dedicó a participar en asociaciones vecinales, gremiales, deportivas y políticas, alcanzando en poco tiempo tal grado de influencia que se convirtió en un destacado pilar de la sociedad.

Pero la vida es dura y bien se sabe que quien destaca es objetivo de envidias y odios ocultos, de tal manera que nunca se puede ni estar seguro ni tranquilo de lo que tenemos o hacemos, pues siempre hay alguien que quiere destruir nuestra labor, aunque no sirva para nada esa destrucción rotura Así pues a Gaspar Vespertino le salieron muchos y peligrosos competidores, enemigos más o menos poderosos que no cejaban en su empeño de desbancar al manco de su posición en la sociedad.

Un mañana, cuando Gaspar salía de su domicilio, una bomba colocada en su coche hizo explosión y, aunque no consiguió el propósito para al que había sido fabricada, dejó al pobre hombre casi destrozado. Gaspar perdió una pierna y el brazo que le quedaba. Tras varios meses de estancia en el hospital fue dado de alta y se reincorporó a sus tareas cotidianas. Aunque apenas podía valerse por sí mismo, su valentía ante la vida impidió que se rindiera ante las adversidades y prosiguió su labor política con mayor intensidad. Además su prestigio aumentó tras el atentado.

Pero si una vez no había sido suficiente una segunda intentona sí que acabaría con el luchador y sus enemigos planearon y ejecutaron un segundo atentado. El intento de asesinato se hizo sin contemplación alguna y fue tal la violencia, crueldad y eficacia con la que se llevó a cabo que no sólo Gaspar sufrió las consecuencias, sino que también sus colaboradores más cercanos fueron víctimas de la barbarie. Todos, menos Gaspar, perecieron en el ataque.

Gaspar, además de perder a todos sus asociados, perdió la pierna que le quedaba, los ojos y sufrió otras lesiones que le hicieron perder el habla y la razón. El hombre, evidentemente, ya no era aquel portento de lucha y pundonor, se había convertido en un ser que vegetaba en la cama y que necesitaba un infinidad de atenciones, por lo que era más un estorbo que otra cosa y, al haber perdido a sus correligionarios, su actuales compañeros de política pretendían ocupar el puesto de poder de la víctima. Así pues la vida de Gaspar se había convertido en un estorbo político y en un engorroso y caro problema humano ya que era tan cara su asistencia que quienes debían prestársela la escatimaban.

Tras varios meses de atenciones médicas Gaspar, postrado en su cama vivía sus pocos momentos de lucidez con una angustia terrible al verse inerte a merced de sus cuidadores. Solamente deseaba que todo acabara, que su vida se truncara y poder descansar de su martirio. Sus días eran eternos, oscuros. Fortísimos dolores le anulaban su ya quebrada voluntad y su existencia era un infierno.

Una mañana el enfermero se asombró al no ver en su cama a Gaspar. Nadie podía haber entrado en la habitación sin ser visto y ahora el enfermo se encontraba colgado por el cuello de una viga del techo.

Tras unas horas de espera, el comisario encargado de la investigación con voz ronca y espera dijo a su subordinado:

—Martínez, he aquí un clarísimo caso de suicidio. Estos políticos son capaces de cualquier cosa para llamar la atención cuando pierden el poder.

Certeza

Las cosas podían haber sucedido de cualquier otra manera y, sin embargo, sucedieron así. Aquella tarde de risas y juegos Teo se escapó caminando como ella caminó siempre: despacito y sin volver la cabeza. No habrían pasado ni cinco minutos cuando Javi se dio cuenta y los cuatro salimos a buscarla olvidándonos del abuelo que, sentado al sol, dormitaba. Nos daba miedo que llegara a las vías del tren o que se cayera al Pozo del Infierno, aquella sima a la que se arrojaban los trozos de loza, los cristales y los alambres herrumbrosos para que nadie, sobre todo los animales, se hiciera daño y a la que de ningún modo debíamos acercarnos. Al llegar a la alambrada que separaba las fincas, decidimos que no había tenido tiempo para ir más allá, volvimos despacio, las cabezas gachas, las bocas mudas, las lágrimas bailando en nuestros ojos mientras buscábamos entre la hierba y nos acercábamos a La Riega a remover las piedras, otras veces la habíamos encontrado en el agua, le gustaba quedarse quieta aparentando ser una piedra más y cuando la descubríamos llamábamos “toc, toc” en su caparazón hasta conseguir que sacara la cabeza, que abriera sus ojos de mirada antigua y que nos acompañara con sus pasitos cortos de vuelta a la antojana donde el abuelo le había construido una casita de madera. Allí, las manos entre el agua, nos encontró la tía María Luisa, “tata Magüiza”, cuando salió a repartir el pan con chocolate y las naranjas de la merienda. El pan se me antojó duro, el chocolate en vez de fundirse se hizo arenilla en mi boca y las naranjas “sangrinas”, siempre tan jugosas y dulces, se convirtieron en estopa. Apenas hablamos, no teníamos fuerzas ni para pelear.

Regresábamos a casa apesadumbrados, esperando la reprimenda por el descuido o por nuestras ropas mojadas, o por lo tarde que era; pero no pasó nada de eso, nos encontramos con un taxi que nos esperaba como si fuera Nochebuena, cuando se hacía tan tarde que ya no pasaba el tren y volvíamos, calentitos y adormilados, el sabor del turrón en los labios, los villancicos aún en nuestros oídos, a casa, a esperar un poquito más para que llegaran los Reyes. Ya habían cargado todas nuestras cosas. Deprisa y sin despedirnos nos acomodaron en el coche que, esta vez, no pudimos disfrutar; estábamos demasiado tristes, papá y mamá apenas hablaron, y el taxista, que no era Manuel, condujo en silencio los quince kilómetros que separan las dos casas.

Fue una semana extraña, de lágrimas en la oscuridad, de pesadillas y pena, de preguntas que no hice y respuestas que no encontré; de culpa. Al domingo siguiente, volvíamos por la senda que une las vías del tren con la casa de los abuelos y busqué las señales de bienvenida en el cielo, crucé los dedos y pedí que todo estuviera igual, que Teo hubiera vuelto despacito, sin volver la cabeza, mirándolo todo con sus pequeños y sabios ojos, pero mamá, que había estado taciturna y ausente toda la semana, dijo:

—Niños, hay una cosa que debo deciros: el abuelo se ha ido.

—Con Teo —pensé yo en voz alta.

—Así es hija, con Teodora, él la trajo a casa, él le puso nombre, eran inseparables y no podía dejarla marchar sola. Se han ido juntos. Se harán compañía, no debemos estar tristes.

Seguí caminando, el corazón en los oídos, los recuerdos y los deseos alterando la realidad y pesándome en los zapatos, haciéndome arrastrar los pies. Al levantar la cabeza mis ojos tropezaron con el humo negro, espeso, amenazador que la chimenea escupía: no era bienvenida, tardaría en volver a serlo.

Recuerdo que estuve triste durante mucho, mucho tiempo y también que me sentí culpable por haberme descuidado aquella tarde: si no hubiera abierto la puerta de la casa de Teo, si no hubiera dejado al abuelo solo mientras la buscaba, si la hubiera encontrado…Javi y yo nos distanciamos. Nosotros, que habíamos participado juntos en aventuras, risas, secretos, y penas desde antes de nacer, que no podíamos estar ni un momento separados, nos evitábamos; no volvimos a esperarnos a la salida de la escuela, ni a sentarnos juntos en la iglesia; no compartimos nunca más el ritual de partir los pasteles del domingo: poder probar de cuatro era muchísimo mejor que comer dos. Y nunca hablamos de lo que había pasado… ni del abuelo, ni de Teo, ni de la culpa, ni del dolor.

Volvimos muchos domingos y nada más comer, cuando los niños hacíamos la siesta y los mayores charlaban sin prestarnos atención, me escabullía a La Riega, a buscarlos entre las piedras, a ensamblar recuerdos y vivencias hasta que tuvieron un solo rostro con ojos pequeños de mirada antigua y piel arada por el tiempo: surcos preñados con semillas de historias de todos los lugares, de todos los tamaños y colores; en cada arruga una fábula, un cuento o una leyenda, y una firme y cálida voz que desgranaba para mí cada fruto real o imaginario. Las historias, tantas veces escuchadas, cinceladas en mi memoria: el mico que le mordió la mano; la vecina que le robaba perejil; el reloj de oro que le quitaron para hacer “La Revolución”; la señora que hacía “sus cosas” en el huerto y a la que sentó encima de “su propia m…”. El tren de las cuatro que pasaba puntualmente impuntual a las cuatro y veinticinco me devolvía a la realidad salada de mis labios, a mi deseo de que nadie me preguntara. Mojaba mis manos en el agua siempre fría, las pasaba por mi rostro y volvía a la casa corriendo para que el aire evaporara el agua y desvaneciera la tristeza.

Me hice mayor y aprendí que la muerte se lleva a los que quieres sin que puedas hacer nada para evitarlo, que no para todas las preguntas hallamos respuesta, que el alma rota de pena cicatriza a pesar de las lágrimas o gracias a ellas y, también tengo la certeza de que las naranjas “sangrinas” nunca volverán a saber ni a oler como antes. Nunca.

Un gesto que vale una vida

Las cosas podían haber sucedido de cualquier otra manera y, sin embargo, sucedieron así. Aquella era una mañana de enero fría, como sólo son frías las mañanas de invierno en la sierra del Aibos. Cielo azul y suelos blancos, brisa suave que lame la piel y la enrojece. Elías asomó la cabeza por el cuarterón del cobertizo y calculó que aún faltaban unas dos horas para que llegase Alfredo, el dueño de las tres vacas que le habían dado calor durante la última noche y le habían permitido descansar en un duermevela acostado en uno de los pesebres. Confiaba en la lealtad del vaquero, al menos lo suficiente para que no le delatase a la Guardia Civil, para que no fuese a contarles que había visto huellas en la nieve; aunque no para pedirle que se arriesgase a subirle al monte algo de comida.

Ordeñó un poco la vaca de ubres mas llenas, el ternero no se resentiría por un poco menos de alimento y para él en ese momento le era imprescindible, lo había realizado tres veces en estos últimos días de diciembre de mil novecientos cuarenta, tampoco quería hacerlo en muchas ocasiones en esta misma cuadra no fuese que Alfredo decidiese dar parte de él aconsejado por el hambre, prefería ir cambiando de valle cada pocos días, despistando a los cazadores de hombres y no esquilmando mucho tiempo seguido al mismo ganadero. El hambre reinaba en aquellos montes, tanto para los habitantes de las casas como a los que se escondían por los altos. Colocó los “crampones”, como llamaban los vaqueiros a las raquetas de nieve, con unos escarpines muy ajados que apenas le protegían del frío y de la humedad de aquella nieve que se licuaba al contacto con el escaso calor que desprendía su enjuto cuerpo.

Caminó hasta el riachuelo sin dejar de mirar al cielo, escrutándolo cada pocos pasos por si las nubes tenían a bien dejar caer un nuevo manto blanco que borrase las huellas de sus pies sobre la nieve. Al llegar al arroyo se descalzó, guardó los escarpines en el zurrón donde portaba las pocas cosas de las que disponía: un trozo duro de pan, un trozo de tocino y un mechero con una muy apurada mecha; la ropa la llevaba toda sobre su cuerpo para mitigar el frío, y la navaja en el bolsillo delantero, a mano, por si la requería alguna urgencia, tenerla cerca le daba seguridad, meter la mano en el bolsillo y darle vueltas mientras pensaba, apacentaba su espíritu.

Comenzó a caminar por el curso del regato como si de un estrecho camino se tratase, debía hacerlo durante todo el tiempo que pudiese resistir para evitar que si los guardias venían con los perros estos pudiesen seguir el rastro. Avanzó de esta forma más de trescientos metros hasta que la pequeña corriente desapareció bajo unas rocas cerca de una estrecha cueva que con dos entradas y una buena vista sobre el monte era su mejor puesto de vigilancia en aquella zona. Al poco de entrar en la cueva, tras escudriñar la falda de la montaña, comenzó a frotar para devolver la vida a su cuerpo que por debajo de las rodillas estaba entumecido con una coloración que iba del morado al azul. Trataba de mantenerse vivo en espera de mejores tiempos, aunque la desmoralización que había comenzado por maltratar sus sueños ya se adueñaba también de sus vigilias. La última vez que había coincidido en el monte con un “fugado” como él, supo que muchos ya habían cambiado la meta de la supervivencia “aguantar hasta que escampase”, por la de atravesar la frontera a Francia. Pero, cómo podía él cambiar de país si únicamente conocía los montes de su concejo. Hasta dónde podría llegar caminando por el monte.

Varias veces cada día repasaba el gesto que había atraído su desgracia. El seis de febrero del año pasado el futuro se había teñido de miedo para él.
Entró D. Ignacio en la taberna y chilló al chigrero: “¡Pon una ronda que cayó Gerona!, ¡pon una ronda que yo la pago!”. El vaso de Elias estaba lleno y no lo apuró para recibir el vino que D. Ignacio pagaba para festejar la última victoria militar de los alzados; el gesto fue percibido por el convidador que le espetó en tono desafiante: “¿Tú no brindas?”, Elias se encogió de hombros y salió despacio del chigre sin pronunciar palabra, cuando ya colocaba el pie en el camino alcanzó a oír la amenaza: “No brindas hoy, veremos si puedes hacerlo mañana”. Por un instante dudó entre continuar o dar la vuelta, cuando avanzó un paso más supo que ya no había retorno, aunque en aquel momento no era consciente de las consecuencias de aquel acto.

Al llegar a casa saludo a su madre, única persona que convivía con él en el molino de La Figueirona, se fue sin cenar para la cama. A la madre se le encogió el corazón con un mal presentimiento, aquella maldición que iba golpeando, una a una todas las casas del pueblo, aquel día había escogido la suya como presa. Introdujo el plato de fariñas, que el joven no había probado en el horno de la cocina con la puerta entreabierta, si durante la noche quería comer estarían calientes.

Llegaron primero los perros que las ganas de comer. Al oír los ladridos Elías se precipitó a través de la ventana de la habitación que daba al monte. Llevaba la ropa que vestía cuando salió del chigre, que no se había quitado cuando se había tumbado encima de la cama, y unos escarpines que se había calzado en el último momento. Corrió cuanto pudo, la brújula de la mente le indicaba que la salvación estaba en galopar hacia arriba, hacia la montaña, al terreno que él conocía mejor que sus perseguidores.

Todo por un gesto.

Una sombra emergió a la entrada de la cueva. Apenas un niño vestido con uniforme. Elías susurró desde las sombras: “Si disparas, disparo.” Transcurrieron unos angustiosos segundos. El joven guardia dio la vuelta y gritó: “Aquí no hay nadie”.

Sara y su abuela

Las cosas podían haber sucedido de cualquier otra manera y, sin embargo, sucedieron así. Corría el mes de diciembre, el día había amanecido perezoso y trataba de prolongar su zanganería cubriendo los picos más erguidos de la montaña con una espesa cortina de niebla. En el valle, el gris predominaba sobre los tejados de las casas y un aire cortante abofeteaba el rostro de todo aquel que se atrevía a salir a la calle. Aún así, Sara estaba decidida y ni siquiera el intenso frío que la recibió al abrir la puerta la hizo retroceder. Era sábado, sus padres aún dormían y ella quería aprovechar dicha circunstancia para irse cuanto antes. Cuando ellos quisieran notar su ausencia ya sería demasiado tarde para impedirle que llevara a cabo sus propósitos.

A paso ligero cruzó la calle y, como un fugitivo perseguido por las prisas, se dirigió hacia la parada del Bus que la llevaría hasta el rincón favorito de su infancia. La casa de su abuela.

Aquel lugar era como una farmacia mágica donde existían todo tipo de pócimas milagrosas capaces de transportarla al paraíso de los sentimientos y, además, proporcionarle el mejor trofeo para su autoconfianza.

Sara tenía diez años —casi once— y a pesar de que a su madre no le hacía demasiada gracia aquella desmesurada relación entre dos generaciones tan distantes, ellas se sentían muy unidas.

Su abuela era la mejor persona del mundo.  Siempre que llegaba junto a  ella demandando caricias,  ésta nutría su avidez de ternura con cada uno de sus gestos. Su comprensión no tenía límites y además sabía apaciguar mejor que nadie cualquiera de sus inquietudes. Primero la abrazaba ansiosamente y luego despejaba todas sus dudas mientras se dejaba conquistar por aquella admiración entusiasta.

Sara llevaba unos días muy nerviosa por la falta de noticias sobre su abuela. A pesar de que sólo las separaban pocos kilómetros de distancia, hacía más de dos semanas que no se  veían  y eso era demasiado tiempo para ellas. Por esa  razón aquella mañana decidió fugarse de casa para ir en su busca.

Cuando bajó del autobús, echó un vistazo a su reloj de pulsera y comprobó que ya eran los 8.30, a las 10 tenía que estar en el colegio para ensayar con el coro y si quería aprovechar el tiempo con la abuela tenía que darse prisa, necesitaba enseñarle las canciones que estaban preparando para la Navidad que se acercaba.

Las clases ya estaban suspendidas por vacaciones, sólo acudían al colegio los componentes del coro y ella, cargada de entusiasmo y, según sus profesores, con  grandes dotes musicales, no podía faltar.

Desde lejos divisó la casa y le extrañó que aún estuviesen las persianas bajadas, normalmente la abuela  era muy madrugadora.

Parece que hoy se le pegaron las sábanas, pensó,   y aceleró aún más el paso. No sabía por qué, pero en aquel momento necesitaba verla más que nunca. A mitad del camino tomó aliento y miró nuevamente hacia las persianas que le estaban indicando una ausencia total de vida en la casa.

El timbre comenzó a sonar con voz ronca, por la insistencia de Sara, mientras su intranquilidad  aumentaba de una forma alarmante. Cuando vio que no conseguía respuesta  apartó su dedo del botón para seguir aporreando la puerta con los puños cerrados y todas sus fuerzas volcadas en ellos.  Tampoco eso le dio resultado.

Con una agitación aterradora volvió sobre sus pasos para pedir ayuda a sus padres.

El trayecto de vuelta le pareció interminable y cuando por fin llegó a su casa entró gritando desesperada.

—Papá, mamá. A la abuela  algo le  pasa, no me abrió la puerta.

Sus progenitores se miraron con un gesto de complicidad y después de un ligero titubeo su madre tomó la palabra.

—Vamos a ver, ¿tú qué estás haciendo aquí, no tenías que estar ensayando?

La agitación de Sara crecía por momentos y su voz entrecortada siguió insistiendo machaconamente mientras un mar de lágrimas rodaba por sus mejillas.

—Os estoy diciendo que la abuela…

Ahora fue la voz de su padre la que se impuso.  ¿Pero no te lo habíamos dicho ya,  pequeña?  La abuela se fue de viaje, tenía muchas ganas de conocer  mundo y decidió que este era el momento.

Sara les miró incrédula mientras preguntaba…

— ¿Y por qué no se despidió de mí?   ¿Cuándo va a volver? ¿Por qué no me llevó con ella? ¿Por qué no me lo dijo? ¿Por qué…?

Las preguntas de Sara se agitaban con frenesí entre las explicaciones de sus padres, mientras sentía una especie de mareo angustioso sacudiéndole los músculos de su estómago. No entendía nada, le parecía todo tan confuso… que casi tenía la certeza absoluta de que algo le estaban ocultando.  Ella sabía que su abuela jamás se iría sin despedirse.

Agobiada por sus pensamientos, Sara intentó distraerse de sí misma; no quería pensar y optó por vagabundear hacia el camino de la costumbre, dejándose absorber por las actividades que preparaban en el colegio para celebrar la Navidad.

Y por fin llegó el día, Sara debutaba como solista del grupo y sus nervios le estaban jugando una mala pasada, tenía la sensación de que sus piernas se habían convertido  en endebles palillos que casi no podían sujetarla, pero a pesar de todo se sentía feliz.

El salón estaba lleno de  espectadores ansiosos de compañía, que aclamaron con fervorosos aplausos la llegada del coro a un improvisado escenario repleto de serpentinas y adornos de Navidad.  Después de un largo silencio, sólo interrumpido por carraspeos y toses dispersas,  la música comenzó a sonar con timidez  para luego dar paso a unas preciosas voces infantiles que inundaron la residencia de vida.  Resultaba muy gratificante ver las caras de las personas mayores entusiasmándose, como niños pequeños, con los villancicos.

Seguidamente Sara, como solista, brilló con esplendor exhibiendo su dulzura ante unos rostros que estaban conteniendo el aliento para no contaminar aquella magia que flotaba en el aire. De pronto, su voz se quebró con un sollozo y saltó del escenario para correr como una posesa hacia una mujer que lloraba al fondo de la sala. Cuando llegó a su altura se fundieron en un abrazo interminable, sacudido únicamente  por los suspiros de ambas y por la amargura de la voz entrecortada de la niña,  que repetía insistentemente…  Abuela, me engañaron.  Me han engañado abuela…me han engañad

Sorpresa

Las cosas podían haber sucedido de cualquier otra manera y, sin embargo, sucedieron así. Y no era la primera vez que ocurría, y tampoco sería la última. Toda mi vida pasó ante mis ojos como si de una película en blanco y negro se tratara, no sabría decir si buena o mala, pero una película de las de antes. En las que la gente se movía de forma extraña, cómo a impulsos, y con los colores desgastados por el exceso de uso del vídeo. No sé si es eso lo que la gente ve cuando se va a morir, pero si es así resulta un poco raro. Ver a todos tus amigos y familiares, a los vecinos, el panadero e incluso aquella chica a la que intentaste, sin éxito, meter mano en la última fila del autobús, el día de la excursión al museo de cera de Madrid.

Aparecen todos de repente ante ti, cómo si de un tribunal de guerra se tratara, y te quedas pasmado esperando a ver qué sucede. Los segundos se paran y duran una eternidad, no digamos ya un minuto. Entonces, cómo si de una extraña coreografía se tratara, se paran todos a la vez y se te quedan mirando. Unos con mirada acusadora, otros cómo sintiendo pena de ti, otros indolentes. Si que se hace raro, si. Y en esos instantes quieres buscar un sentido a todo eso, y obviamente no lo encuentras. ¿Se trata de algún mensaje oculto? ¿Una especie de revelación, a la que aún no le he cogido el sentido? Y después la misma idea se asienta en mi cabeza. Las cosas podían haber sucedido de otra manera y, sin embargo sucedieron así.

Pero ¿Qué coño de frase es esa? ¿Qué es lo que ha sucedido? ¿Qué podría haber pasado de otra manera? En momentos así, me da por pensar que estoy loco, o que me lo estoy volviendo. Aunque lo peor no es eso, lo peor viene cuando de pronto todos esos personajes se transforman, a veces en otras personas a las que no conozco de nada, y en otras ocasiones en seres mitológicos, cómo unicornios, minotauros o incluso en sirenas. Y es en esos instantes, en los que más nervioso me pongo. ¿Por qué? ¿Qué maldito significado tiene todo eso?

Las más de las veces, veo aparecer a alguno de mis amigos que me mira con gesto preocupado y se acerca a mí, con intención de preguntarme algo. Pero no lo entiendo, sus palabras carecen de significado alguno para mí, cómo si de pronto hablara en algún extraño idioma que yo desconozco. Aunque, si noto cómo su preocupación aumenta a medida que pasan los segundos y ve que no lo entiendo.

Entonces sus manos toman las mías e intenta llevarme a un lugar entre la multitud, y noto una extraña sensación de mareo, que me hace retroceder ante su intento de apartarme de mi sitio. Instantes después me suelta, dice algo cómo si estuviera enfadado, y se va.

Después de otra eternidad, que no sé si se trata de mucho tiempo o poco, vuelvo en mi y comienzo a reaccionar. La sensación de irrealidad sigue ahí, pero me integro con la gente, consigo moverme sin sufrir mareos, y además hasta entiendo lo que me dicen. Vale, me digo entonces, ya te has recuperado, ha sido un mareo, una lipotimia o algo parecido que te ha dejado tonto durante un rato, pero has vuelto a la normalidad. Caminas sin que te de vértigo y puedes hablar. Bien, ahora acabas de recuperarte y te vas a ver al médico que ya está bien de sufrir estos ataques raros sin saber porqué.

Y no, no son los efectos del alcohol, ni de las drogas, porque no consumo. No recuerdo haberme caído, ni haberme golpeado en la cabeza, antes de cada uno de estos episodios, pero tendré que ir a que me lo miren, porque no es plan de seguir así mucho tiempo.

Pasa un tiempo más y vuelvo a ser yo mismo, mis amigos son mis amigos, mi familia es la mía, mi perro es un perro y no veo bichos raros, seres mitológicos, ni sirenas. Bien, ese es el momento de coger el coche e ir al médico. Así es que me voy a por el al aparcamiento y me voy al hospital.

Una vez en urgencias me dirijo a la recepción para contarles lo que me ha pasado y solicitar ayuda.

—Buenos días—Me recibe una enfermera con cara de pocos amigos y un extraño tono de voz.

—Tome, rellene este cuestionario.

—Oiga, es que necesito…

—Cumplimente el cuestionario por favor. En él tiene que describir lo que le pasa.

—Pero…, es que no sé si podré.

—Es muy fácil señor, marque con una cruz lo que le sucede.

Cual no será mi sorpresa al ver que en el cuestionario una de las dolencias que hay para marcar, es exactamente lo que me sucede a mí. No doy crédito. Bien, eso no es malo, si ya lo tienen como predefinido, será algo normal que tiene tratamiento.

—Tome señorita, ya está.

—Muy bien, espere un segundo que le asigno el nivel de urgencia.

—Gracias.

—¡Ah! Así que es esto.

—¿Qué…?

—¡Peggy! ¡Peggy!—Comienza a llamar a voces a una compañera, mientras abre un cajón de su mesa, cómo buscando algo. Mi sorpresa es mayúscula, cuando veo que del cajón saca, no un formulario, ni un paquete de aspirinas, si no un folio con un dibujo de la cerdita Peggy, la de los teleñecos. De pronto el dibujo cobra vida y se dirige a la enfermera que me estaba antendiendo.

—¿Qué pasa?

—Tienes un caso.

—¿Ah si?

—Si, es otro elegido.

—Perdón señorita, ¿elegido? ¿Para qué?

—¡Uy! Vas a tener trabajo, este no sabe de qué va el asunto.

—No te preocupes chiquitín, ven conmigo, que yo te explico.

La cerdita Peggy salta por encima del mostrador y me toma de la mano, para llevarme a una sala vacía, en la que lo único que hay es una televisión y una silla de director.

—Bienvenido a tu nueva vida. Has sido elegido para mantener el equilibrio entre el mundo de los humanos y el de los dibujos animados.

Eso es lo último que recuerdo de mi vida anterior. Ahora soy una especie de superhéroe al que no le sucede nada normal.

Desilusión

Las cosas podían haber sucedido de cualquier otra manera y, sin embargo, sucedieron así. No resultó agradable encontrarme con aquella situación, pero no pude hacer nada al respecto.

Todo había comenzado un par de meses atrás, el día quince de octubre. Lo tengo grabado en la memoria como si hubiera sucedido ayer, una mujer como ella solo se cruza en tu camino una vez en la vida. Y en el mío se cruzó aquel día de octubre, y de qué manera se cruzó.

Sentado en mi despacho mientras leía la prensa del día, y esperaba a que mi compañero Luis subiera, con los cafés que había ido a recoger a la cafetería de la esquina, buscaba en la sección de sucesos alguna reseña que se refiriera a lo sucedido la tarde anterior. En aquél momento, el rítmico pisar de unos tacones de mujer, requirió mi atención. Francamente, no sabría cómo describir mi reacción en aquél instante. Probablemente acabaría por reconocer que se me quedó la misma cara de lelo, que se le queda a un adolescente la primera vez que toca el pecho de una mujer. Liberada, de pronto, de la sujeción que ofrecían los músculos de mi cara, mi mandíbula inferior describió un perfecto arco de circunferencia, mientras se caía hasta casi chocar con el nudo de mi corbata. Mientras, ella, de pie bajo el marco de la puerta, esperaba a que este humilde servidor recuperara la compostura.

—Espero no haberle asustado—,me dijo, como intentando no darle importancia al efecto que había causado en mí.

—No, es que…—y así me quedé, como un tonto y con un simple “es que…” escapándose de mi boca.

—Supongo que sus habilidades como detective, serán superiores a las que tiene como orador.

—Discúlpeme, ¿señorita…?

—Llámeme María. Simplemente María.

—Cómo usted guste.

Con un leve gesto de mi mano derecha la invité a acomodarse. Dirigió la escultura que era su cuerpo hacia el sillón que se encontraba a la izquierda de mi mesa, justo en la parte donde peor la veía. Las sombras que proyectaban las venecianas de mi despacho, hacían que parte de su rostro permaneciera velado ante mis ojos. Sin embargo, sus piernas se asomaban desafiantes cómo intentando escapar de la prisión en que se había convertido la falda que llevaba puesta. La melena de color castaño, recogida en una especie de coleta, con el flequillo cayendo por encima de su ojo derecho, le daban una presencia entre despistada y divertida, que contribuía todavía más a realzar las facciones de su rostro. La nariz, recta, intentaba elevarse ligeramente al final, dando a su mirada un punto de altivez que contribuía, todavía más, a destacar lo esbelto de su figura.

Desconozco el tiempo que tardaría en rearmarme y recuperar la serenidad, probablemente solo fueran unos segundos, pero a mí me pareció una eternidad. Una vez hube vuelto en mí, comencé con la batería de preguntas que le hacía a cada uno de mis potenciales clientes. Vale que la profesión de investigador privado no tuviera muy buena prensa, pase que yo no era de los mejores del sector. Pero aún así, tenía, y tengo, el derecho de escoger a mis clientes.

Sinceramente, en aquél momento esperaba que me intentara convencer con la típica historia sobre un marido terrible, que no la dejaba vivir en paz, y que además tenía un lío con alguna de sus amigas. Pero no fue así. Venía pidiendo ayuda para encontrar a su amado esposo. Hacía dos semanas que no sabía nada de él, un rico empresario de la hostelería, propietario de dos hoteles y cinco restaurantes, entre los que se encontraban las últimas incorporaciones a la guía Michelín. Y yo, que no solía leer nada de los ecos de sociedad, no tenía ni puñetera idea de su existencia.

—Señora—le dije en tono sincero—, este es un caso que debería estar en manos de la policía.

—No, lo cierto es que tengo miedo de la policía. Me parece que Ricardo—que así se llamaba su marido—, estaba metido en negocios un poco turbios, y tengo miedo de que haya podido tener algún problema con ellos.

—Perdone, pero soy un profesional serio y no puedo inmiscuirme en asuntos de los que se deberían encargar las fuerzas de seguridad del estado.

—Por favor, ayúdeme. No me puedo fiar de ellos.

Los veinte mil euros que puso sobre la mesa, disiparon rápidamente cualquier tipo de duda que yo pudiera tener sobre sus razones, y más aún sobre su posible generosidad. Al finalizar el trabajo, me daría otros treinta mil más. Hacia tiempo que no pasaba por mi oficina un cliente de tanto “calibre” lo cierto es que merecería la pena, hacer siquiera, que me esforzaba en buscar a su marido.

Me dio las referencias sobre los últimos lugares a los que había ido, una lista de sus contactos y los nombres de algunos de los personajes de peor reputación de la ciudad, con los que al parecer, había tenido algún tipo de trato.

Debería informarla una vez a la semana, poniéndola al tanto de mis pesquisas y de lo que descubría sobre él. En mi vida profesional, que era ya bastante larga, nunca me había encontrado con nadie tan interesado en resolver un caso. Y tampoco me llamó la atención. Lo cierto es que, en presencia de María, no habría nada que pudiera llamar mi atención, ella la requería entera. No podía dejar de imaginarme lo que podría ser convivir con aquella diosa de la belleza. Quizá no era la mujer más guapa que yo hubiera conocido, pero la forma de moverse, la expresividad de sus gestos, esos ojos que te atravesaban y parecían dar vuelta en tu interior para descubrir que era lo que tenías dentro en realidad, hacían que me quedara literalmente tonto en su presencia. Y eso fue lo que me llevó a la situación en la que me encuentro ahora. Cuando al fin encontré a su marido, me di cuenta de que no había desaparecido. El pobre hombre estaba intentando escapar. Y ahora, mientras el tranquilizante, o lo que quiera que sea, que María me ha echado en el whisky hace efecto, veo con terror cómo toma la pistola de mi mesa y, poniéndola en mi mano, aprieta el gatillo y le dispara a bocajarro a su marido. Veo su cabeza caer a un lado, y el hilo de sangre que sale de su boca, y apenas me lo creo, pero mi mano se levanta y apoya la pistola en mi sien derecha. Mierda de vida. Las cosas podían haber sucedido de otra manera, pero han sucedido así.

Hundir la flota

Las cosas podían haber sucedido de cualquier otra manera y, sin embargo, sucedieron así. Lolo tuvo que nacer en Galicia durante la posguerra, y tener un padre temerario que secuestró un barco, para largarse a Francia, armado con dos cojones y una escopeta de perdigones. Tras cinco años de silencio llegó, desde Holanda, la foto de un funeral garabateada por detrás en perfecto castellano, donde alguien le contaba a su madre que el señor de la caja era su esposo. Causa de la muerte: tosferina. En el retrato, todo gente muy elegante y con unos sombreros muy lustrosos rodeando al perdigonero vestido de pino. Ella eligió creerse el cuento. Un entierro rodeado de glamour holandés siempre consuela mucho más que un fiambre tieso, en el cutrebar de un puerto gabacho.

Su madre decidió hacer un bis en eso del matrimonio y optó, para curarse en salud, por un agricultor que le tenía pánico al mar. Este no secuestraba barcos y solo nadaba en sol y sombra, pero tenía unos brazos como remos y repartía hostias, en casa, como si fueran gratis. Lolo no tuvo más remedio que adelantar el estirón de los dieciocho para largar de casa al mamporrero de su padrastro, y con catorce años empezó a trabajar, en un pesquero, para alimentar a esos hermanos que nunca escogió, pero le tocaron en suerte. La suerte, a veces, estaría mejor distraída limándose las uñas. Nos obliga a hacer cosas que nos convierten en seres útiles, pero desgraciados… Lo mismo piensan, por ejemplo,  a las cuchillas de afeitar: si les toca acariciar las piernas de una vedette, son unas cuchillas felices. Si lo que les toca es afeitar el culo de un camionero, la cosa puede cambiar mucho.

Una noche de galerna imprevista, en la que era imposible regresar a casa sin riesgo de desastre, el pesquero atracó en el puerto de Ribeira. Lolo bajó del barco. Sus pies escogieron un itinerario al azar. Se dejo llevar hasta la playa. Allí tropezó con una rubia percebeira, dueña de unos ojos que eran faros alumbrándole el camino hacia su escote. Él no supo ignorar la luz y siguió su rastro. Se casaron cuatro meses después, y cinco más tarde nació el fruto de aquel naufragio en arenas movedizas. Definitivamente hay tormentas que uno sabe como empiezan, pero nunca como acaban.

Se enroló en la marina mercante. Recorrió el mundo de cabo a muelle. Entre carga y descarga nacieron otros tres churumbeles. Cuando volvía a casa se levantaba el telón y la amnesia dirigía la obra. Los problemas domésticos hacían mutis por el foro, y no se hablaba de malas notas, paperas ni letras de banco. El protagonista entraba en escena cuatro veces al año para quedarse a dormir unos días. Vivía lo mejor de su familia, y se timaba a si mismo pensando que lo idílico permanecía siempre a flote, mientras él estaba en el barco. Estaba seguro de que  mandar dólares a España, al cambio, era lo mismo que enviar abrazos. Ignoraba que el amor, en el mercado bursátil de los sentimientos, tenía un valor bastante más alto.  “Lolo el del tocomocho” que  se creía sus mentiras y acababa pareciéndose a Pinocho (con el corazón de madera).

La crisis llegó al mundo naval y la única opción era trabajar, por cuatro duros, en un barco de armador alemán, bandera libanesa y tripulación de Singapur. Prejubilación forzosa. Tsunami casero. Un lobo de mar no se adapta a la vida de gato doméstico, así como así. Una casa no es un camarote. Un marido y padre eventual que ficha solo tres meses al año, es más anacoreta que Frangelico (que al menos alterna por los bares), chantajista sentimental deluxe y egocéntrico con celos de sus hijos, es un desconocido insoportable que duerme al final del pasillo. ¡Tocado!

Veintidós años como veintidós Hiroshimas tardó su mujer en pedirle el divorcio y, con setenta y tres primaveras, Lolo se vio en la calle con quinientos euros al mes en la cuenta, un piso a repartir, un Renault 4L de tercera mano y cuatro hijos que no le dirigían la palabra. ¡Hundido!

Alquiló un piso amueblado, oscuro y deprimente, en un edificio con portal húmedo, puertas desvencijadas y olor a Avecrem en la escalera. Pasaba los días, sentado en el sofá, confraternizando con los perros del cuadro de caza de la pared. “Manda nabo que viváis mejor que yo. Vosotros, por lo menos, trabajáis en lo que os gusta. A mí me dejaron tirado en la cuneta después de toda una puñetera vida dando el callo” rumiaba Lolo.

Siempre veía el mismo canal en la tele. No tenía mando y no había ningún niño cerca al que torturar obligándole a pulsar el botón. Acudía a su cita diaria con una tarotista, de sombreros imposibles y muestrarios de ferretería en las manos. En un impulso anotó en un brik de leche el número de su consulta privada. Lo tiró al cubo de la basura. Pensó que sería una pena desperdiciar cincuenta euros escuchando mamarrachadas. A la mañana siguiente, bolsa negra en ristre, descubrió que el contenedor se había mudado de calle. Ahora vivía una manzana más abajo, al lado de una cabina. “Esto tiene que ser una señal” pensó Lolo. La llamada de los despojos. Abrió la bolsa y sacó la brik-agenda. Marcó el teléfono, concertó un encuentro con su futuro y siete horas más tarde estaba sentado frente a la bruja con sombrero de ala.

Salió de la consulta con unos cuantos arcanos menores, pero con mucha mala baba, dándole patadas en el estómago. La pitonisa lo había dejado claro “Los años que te quedan los vivirás solo. Ahora bien, vete al baile, de vez en cuando, a arrimar el pizarrín. Óyeme, que del roce viene el goce…”

Siguió su consejo, que para eso lo había comprado. Todos los domingos salía del “desguace” con la camisa empapada de pasodobles y cumbias. Volvía a casa paseando por el malecón de Sanxenxo y bailaba la última pieza con la mar, la única mujer que le seguía el ritmo sin pisarle, siempre en la misma escalera.

Hoy hace un año que sus zapatos insolentes, animados por el Son, bajaron a pisar la arena. La mar, esa dama orgullosa que no admite tantas confianzas como la percebeira de su juventud, le mandó de un golpe certero a bailar al otro barrio.

Yo desde entonces me ocupo, placenteramente, de “aliviar” a su ex. Para eso estamos los amigos, y yo fui el único que él tuvo. Lo cierto es que, Lolo nunca atinó a la hora de escoger caminos al azar. Ojalá se compre un GPS anti-improvisaciones cuando se reencarne. Ojalá el tango que ha sido esta vida suya sea, en la próxima, un Chachachá “pa´ vacilar”.