Remigio y doña Aurora

—¡Lo tuyo es puro teatro!, decía Remigio con rabia y entre dientes. Siempre has creído que quejarte era la mejor manera de seguir viviendo y jamás pensaste en los demás. Cada lamento tuyo ha sido una puñalada para todos nosotros. Hemos sufrido, en silencio, tus impertinencias y tragado un millón de sapos para poder seguir a tu lado. Siempre te has creído superior al resto de los mortales y nunca te has preocupado por nada ni nadie de los que te rodeamos. Ahora comenzarás a entender lo que es una vida de las que tú llamabas rutinaria y ordinaria. Aquí no hay sirvientes, ni mucamas de ultramar, ni mayordomos con librea. Ni tan siquiera una asistenta por horas. Encontrarás la horma de tu zapato, el almidón para tus cuellos planchados, la impotencia de la inanidad o la amargura de las horas varadas. Mira, ahora te dejo aquí y ya volveré cuando te haya calentado el sol.

Wheel Chair, de xJasonRogersx

Wheel Chair, de xJasonRogersx

Y Remigio se alejó de la terraza del jardín dejando a la vieja en la silla de ruedas. Aurora miraba al frente con ojos apagados y llenos de legañas. De vez en cuando la cabeza le caía hacia un lado y el movimiento se acompañaba de un hilillo de baba que brotaba de la comisura de su boca. A cada cabezada, la saliva alternaba de comisura pareciéndose a una clase de gimnasia sueca: izquierda, derecha, izquierda, derecha,…

Un enorme dogo alemán arlequín se acercó a la octogenaria y comenzó a olisquear la silla. Al cabo de varias vueltas y mil olfateos, el can alzó una de sus patas traseras y meó sobre una de las ruedas de la butaca con ruedas. El perro se alejó al escuchar los pasos y las blasfemias de Remigio.

—¡Perro de los huevos! Ahora dirán que lo vi y no hice nada.

Agarró los mangos de empuje y llevó a la mujer a una zona sombreada.

—Bueno, aquí la puedo dejar casi una hora antes de que le dé el sol.

Allí quedó doña Aurora, a la sombra y abrigada de las corrientes, aunque no protegida de las cagadas de las dulces aves que alegremente revoloteaban por el pequeño cielo de tan privadísimo jardín. De altiva dama de pueblo, con notario y boticario, mutó en macetero rodante. Remigio sonaba a lo lejos y el dogo venía una y otra vez a mear sobre la vieja. Cuando el hombre callaba el perro abandonaba el lugar y así estuvieron hasta que el yerno se acercó a la silla para trasladar a la inválida a otro lugar.

—¡Qué no tenga que volver otra vez, coño!

Y la vieja quedaba a merced del sol, los pajarillos y el can meón. Ahora que el perro estaba lejos la buena señora, que no podía controlar sus esfínteres, se meó. La anciana que, entre otras muchas cosas era diabética, producía una orina azucarada que atraía a moscas, abejas, avispas y otros muchos insectos. Así que, de lejos, la buena dama parecía un enorme enjambre terrestre. Doña Aurora se alegraba al orinarse pues cada meada le suponía una liberación, eso sí temporal, de dogo y yerno que no se acercaban hasta que Remigio conectaba un aspersor de riego y alejaba a los bichos voladores y, de paso, lavaba y desodorizaba a su suegra. En esos escasos minutos de intimidad diptérica la mujer saboreaba su última etapa en este mundo y repasaba su vida para ver si, al fin, podía comprender el porqué de aquel trato tan peculiar que le daba Remigio. Pero no alcanzaba a recordar más allá de la última hora vivida. Solamente recordaba desde el momento en que su yerno le ponía unas gotas de algo en el zumo y le decía:

—¡Bebe, carajo, a ver si hoy no me jodes la mañana!

Y desde ese instante la lengua se movía sin hablar, la boca se abría y cerraba a un ritmo fijo y cansino y la fuerza se le escapaba al igual que las babas que cubrían su pechera. De vez en cuando la mujer cabeceaba, pero despertaba dando un profundo suspiro. Ese quejido acaso fuera el pasado que la acorralaba en su red de olvido. A lo lejos una radio informaba al viento y entre músicas se escuchaban las recomendaciones de lo último en restaurantes, tapeos, talleres de chapa y pintura, la oferta del mes en la funeraria “El camino sin retorno” o la nueva llegada de alegres damas al Club “El pecado constante”, junto a la gasolinera de la general…

Doña Aurora vegetaba entre las ramas invisibles de un árbol de rutina amarga. Cuando llegó al pueblo la vida era otra. Ella venía de la gran ciudad, de allá lejos donde se confunden las personas en las aceras y lo anónimo prevalece. El lugar era pequeño, más bien escaso, y ella estaba colocada en la cúspide de una invisible pirámide. Había llegado allí y se transformó en ama y dueña. Pero ese cambio no le hizo olvidar su origen y su cabeza se quedó envuelta en una gasa de culpabilidad y temor. Su papel era necesario para el control de la casa y de él dependían futuro y presente. Nunca antes había visto sirvientes ni aduladores y ahora los tenía a montones desde la mañana a la noche.

Ese cambio que dio la vuelta a su vida fue tan profundo y agresivo que la llevó a los límites del hastío y a la línea amarga de la dependencia. Ella siempre procuró contrarrestar esa subordinación con la ironía y la altivez. Mala mezcla esa de hacerse pasar por lo que uno no es con lo que se aparenta a diario. Así se vio atenazada por su propia mentira e hizo sufrir a quienes la rodeaban, como solamente lo sabe hacer un torturador, un inquisidor o un forúnculo. La dama se hacía la frágil ante los que se consideraban fuertes e inteligentes y esa actitud compensaba, a la larga, con creces lo que los otros creían haber conseguido.

En poco tiempo se vio tratada no como igual, sino con admiración callada por los principales de aquel lugar y supo apreciar como nadie el significado de las palabras poder e influencia. Sentía verdadero placer cuando una insinuación se convertía en una orden o un deseo, apenas manifestado, se materializaba en pocos días. Por la casa pasaban gobernadores, obispos, notarios, médicos, jueces, aizcolaris, mariachis, viajantes de comercio. Y un día apareció por allí un burgalés que vendía morcillas de arroz y discutía fervientemente que eran muchísimo mejores que las alemanas. Basaba su afirmación en que la simple pronunciación del género ya mostraba la grandeza de su sabor. Doña Aurora, obviamente, lo echó de la casa y no a patadas, ni por falta de ganas si no porque llevaba falda tubo y no le permitía levantar la pierna con soltura.

Un día la anciana observó que su yerno no ponía ninguna gota en el zumo y se asombró al ver que dirigía la silla de ruedas hacia el cuarto de baño. Una vez allí el hombre levantó a la mujer de la silla. Sentó a la anciana en un taburete que había en el centro de la habitación y lo empujó hasta el borde de la bañera. Volvió a cogerla y la dejó suavemente en el fondo del baño y comenzó a desnudarla. Cuando ya estaba desnuda agarró el mango de la ducha y abrió el agua. Un chorro fuerte de agua fría mojó a la vieja y con una esponja enjabonó todo el cuerpo sin ningún miramiento. Doña Aurora hacía aspavientos que hicieron sonreir al yerno.

—¡Qué, qué, da gusto el agua fresquita! ¿A que sí? No te preocupes que tienes agua para rato. Hoy vas a estar guapísima. Ya verás que sorpresa tengo para ti. Además todo el mundo dirá: ¡Quién lo diría, mira cómo trata Remigio a su suegra! Y tú te exasperarás como una perra rabiosa y nadie nunca sabrá lo que aquí está ocurriendo. No puedes hacer nada. ¿A que jode, eh? ¡Vieja de mierda!

Al cabo de un buen rato de higiene y acicalamiento, Remigio volvió a instalar a la anciana en su silla de ruedas y la llevó hasta su cuarto. La colocó frente al tocador e inició una escrupulosa labor de maquillaje sobre su suegra. Al cabo de unos larguísimos minutos la vieja parecía un calco de la mujer que fuera otrora. Apenas el yerno hubo colocado a la mujer en su lugar habitual de la terraza, con puntualidad inglesa, apareció la visita.

—¡Aurora, Aurora, estás divina de la muerte! Sí, estás fenomenal. Ya me parecía que exageraban. Hace años que no te veo así.

Y doña Aurora se decía para sus adentros:

—Claro hace años que no me ves, cacho perra. Y tanto que estoy divina de la muerte. ¿Cómo voy a estar?

Al cabo de un rato la visita se levanta y dice:

—Bueno, rica, me voy que estarás cansada de tanto alboroto.

Y Remigio, muy alegre y amable, acompaña a la visita hasta la puerta. Y al fondo del jardín el dogo se estira y las abejas liban las flores…

¿Lo tuyo?… es puro teatro

Sabes impostar la voz, componer el gesto, aparecer ante todos con ese empaque que te dan tu estatura, tus ropas de marca y una sonrisa postiza, mil veces ensayada ante el espejo, que se torna en gesto agrio a la menor contrariedad.

Sabes decir a cada interlocutor lo que le gustaría oír, consciente de que luego harás lo que te convenga en su momento: como un encantador de serpientes, quienes te visitan salen fascinados de tu presencia, convencidos -¡pobrecitos!- de que van a ser atendidas sus demandas. Tu palabra es un péndulo que oscila entre el sí y el no sin ritmo fijo, bajo los impulsos de la actualidad más viva y perentoria.

Backstage - The Mark, de Lee Carson

Backstage - The Mark, de Lee Carson

Cuando apareces, revestido de la aureola y del incienso, sabes mostrarte convincente, halagar los oídos de quienes oyen pasivos, incapaces de escuchar entre la farfolla de palabras huecas que utilizas con maestría la verdadera sustancia de tu oratoria. Encandilas al personal con vaguedades y promesas hechas para tu parroquia, dispuesta a seguirte hagas lo que hagas.

Juegas con ventaja porque sabes que su memoria es débil y puedes decir una cosa y la contraria sin apenas intervalo de tiempo y sin que te lo reprochen. En tu escala de valores aparece en primer lugar la conservación de un status que crees haber ganado con merecimiento y luego el teatro. Éste es ficción, impostura, apariencia, escenario, bambalinas, telones, vestuario, actores y espectadores. Como buen histrión, exageras amores y odios, deseos y realidades, adhesiones y oposiciones, aspiraciones y realidades. Para ti es juego de niños atribuir a tus discrepantes todas las falsedades que te caracterizan. Atacarles y acosarles con epítetos repetitivos y trasnochados te hace sentirte superior a ellos.

En apariencia abominas de un tiempo que en tu subconsciente quisieras reeditar. Por eso tu libro de cabecera es sospechosamente semejante al que criticas de boquilla con ocasión y sin ella. Vives el presente sin más, la realidad no te afecta -acaso no permites que te la cuenten- en tu teatro la obra tiene un final feliz y basta seguir el guión, poner los actores adecuados y los medios para lograr el éxito.

Pero esa obra que calificas de tragicomedia está punto de convertirse en tragedia. ¿Qué tienes pensado hacer entonces?

Ese gallo que canta…

—Ya estoy harta de mentiraaaaas.
—Del pasado al porvenir
—cada senda que recorres es sólo para fingiiiiiir.
—Si crees que no me doy cuentaaaaa
—de que me estás engañandooooooo
—lo vas a tener jodidoooooooo porque te la estoy guardandoooo.

Después de tantos años juntos, Manuel no ignoraba las habilidades de su mujer en el arte musical. Era raro el día que no escuchaba una muestra de su largo repertorio porque Juana siempre estaba cantando. Muchas veces se preguntaba si tendría algo de cierto ese refrán que ponía en evidencia el soterramiento de la doble intención. (Ese gallo que canta…) A pesar de todo él disfrutaba oyéndola. Tenía una bonita voz y un sentido del ritmo bastante aceptable, aunque aquel domingo precisamente… no sabía qué, pero algo le estaba sonando raro. Manuel apagó el televisor, a pesar de que estaba viendo una de sus series favoritas, y agudizó el oído. Juana se estaba duchando y el ruido que hacía el agua al estrellarse en la bañera le servía de acompañamiento mientras que su voz seguía alzándose clara y concisa, por encima del sonido de la ducha.

Karaoke with Peter Styles (18), de Shane's Stuff

Karaoke with Peter Styles (18), de Shane's Stuff

—Hay quien por ser un cobardeeeeee
—cuando bebe calimochooooo
—miente tanto que le creceeee
—la nariz como a Pinochoooooo

¡Coño! ¿Qué pasa aquí? Manuel no daba crédito a lo que estaba oyendo. Acaso Juana… ¡No, que va! Era demasiado ingenua para sospechar nada. La voz de su mujer seguía retumbando en toda la casa y él contenía la respiración para no perderse ni una sola letra de la copla. Debía estar atento por si acaso, tenía planes para esta tarde y por nada del mundo quería correr riesgos innecesarios. Ya sabía cómo se las gastaba Juana. ¿Pero que le estará rondando a esta mujer por la cabeza? —pensaba—

—¿Cariño, te falta mucho?—gritó mientras se acercaba al baño.

Al otro lado de la puerta nadie contestó, Juana seguía canturreando, en esta ocasión algo ilegible, que consiguió despertar en él todas las alarmas de prevención, mientras que su inquietud le iba borrando cualquier tipo de argumento convincente para la defensa. Lo peor de todo era que aún no sabía de qué tenía que defenderse. Tras unos minutos de espera, Juana abrió la puerta y con decisión cruzó el pasillo, medio envuelta en una toalla, sin dedicarle ni siquiera un leve gesto a su marido, mientras tanto él seguía mirándola embobado y con cara de inocente.

—Pero… —acertó a decir— ¿Se puede saber qué te pasa?

Aquella ingenua pregunta fue el detonante de un estruendoso ataque de ira por parte de su mujer.

—¡Que qué me pasa! Respondió ella en un tono demasiado elevado.
—¡Serás…!—La frase fue interrumpida por un fuerte resoplido tras el cual se perdió camino de su habitación, a continuación se oyó un portazo que consiguió dejar a Manuel totalmente desconcertado. La verdad es que la vio tan enojada que ya casi ni se atrevía a seguir preguntando más. Aquello tenía muy mala pinta pero… había que echarle valor así que, abrió la puerta del dormitorio y le dedicó a su mujer una patética mueca de imploración con la esperanza de que aquella sumisión voluntaria despejase los peores presagios.

—Juana, no sé que estará pasando por tu cabeza, pero yo…

—¡Maldito cabrón de mierda! ¡Eres un puto mentiroso!—le espetó ella mientras le miraba fijamente a los ojos.

Manuel balbuceaba aterrado, era consciente de que estaba siendo sometido a un interrogatorio silencioso del que temía salir escaldado. Muy despacio intentó pronunciar una excusa que no consiguió terminar. ¿Cómo iba a explicar él a su mujer que sus aventuras extra matrimoniales eran únicamente eso, aventuras? La situación estaba resultando insostenible así que decidió optar por el camino más fácil.

—Juana… Creo que tu enojo es desorbitado, para mí no hay nada ni nadie en este mundo más importante que tú y eso ya deberías saberlo. No entiendo este exceso de furia por tu parte.

—¿Que no qué? —gritó ella— ¿Pero cómo es lo tuyo, Manuel? ¡No, por favor! ¡No te molestes, no hace falta que me respondas! Lo haré yo por ti; lo tuyo es puro teatro. Te empeñaste en trasformar tu vida en un puto escenario de plástico y al final lo has conseguido. ¡Enhorabuena!

Mientras ella proseguía impasible su discurso, Manuel, con una lentitud pasmosa entornó sus ojos en un auténtico gesto de arrepentimiento avalado por el terror que le inundaba al sospechar que su matrimonio estaba en peligro.

Me cago en los tentadores flirteos─reflexionó─, me cago en los deslices pasajeros, me cago en cada una de las tías buenas que se ponen ante mí disfrazadas de querubines y en realidad son unos auténticos diablos. Mi vida era perfecta. ¿Por qué tuve que estropearlo todo?

La eficacia de sus auto reproches no era demasiado buena, su arrepentimiento convulsionaba entre sus tentadores recuerdos para terminar convirtiéndose en una risa fácil y nerviosa que conseguía irritar más aún a su mujer. Inesperadamente Manuel fue sacudido por una taquicardia emocional y sacando fuerzas de no sabe dónde, se dirigió a ella, en un tono más que penoso. —Escúchame Juana: ahora mismo voy a salir por esa puerta: cuando te calmes y puedas perdonarme, o cuando logre vencer mi cobardía, mis miedos y mis complejos; o mejor aún, cuando tú me lo pidas, volveré.

—¡Dios mío! ¿Pero tú quien te crees que eres? —respondió ella— ¿Acaso estás en condiciones de poder sentirte ofendido? ¿Qué pasa Manuel, que no tengo derecho a enojarme contigo? Eres tú el que mientes, no yo. Tú el que, supuestamente, asiste cada Domingo al Carlos Tartiere a ver a su equipo favorito ¿no es así?

Manuel no daba crédito a lo que estaba oyendo. Aquello era surrealista, una auténtica pesadilla irrisoria.

—Juana, ¿me quieres explicar de una vez qué es lo que tanto te molesta?

—Por supuesto, cariño, pero lo haré a mi estilo. Después de un silencio deliberadamente prolongado y ante el asombro de su marido, Juana suelta una estrepitosa carcajada y comienza nuevamente a cantar.

—No te voy a perdonaaaaar
—el que siendo Carbayón
—vayas a vitoreaaaaaar
—al Sporting de Gijóoooon.

Meta vital recobrada

Yo misma había llegado a convencerme de que mi matrimonio era perfecto. Mi madre, artífice del mismo, me lo había repetido día y noche, dispuesta a participar en nuestra vida hasta convertirla en cosa de tres. Demasiados años de viudedad, apuros para salir adelante. Equilibrios para mandarme a la universidad fuera de casa, menos mal que pude mantener la beca toda la carrera. Mientras preparaba la oposición, todos sus desvelos se centraron en mí, aún más que antes. Los años fuera de casa me habían dado una independencia que a veces añoraba.

Me pregunto si tener el primer destino tan próximo a casa fue positivo o no. Ella se relajó y empezó a recuperar pasadas relaciones, salía alguna vez a la semana a tomar café con amigas de juventud y al volver siempre estaba alegre y dicharachera, me contaba atropellada datos de antes y de ahora, se reía; yo sentía alegría al ver que por fin le había llegado el momento de vivir con tranquilidad y sin agobios. Me contaba anécdotas de ellas y de sus hijos, se alegraba de verdad con sus éxitos.

Yo, mientras tanto, vivía enfrascada en mi trabajo, en mi timidez endémica; dedicaba a la lectura los ratos libres, le ayudaba en casa –no tanto como debiera- sin más preocupaciones ni deseos insatisfechos. Hasta que a ella empezó a rondarle la idea de que me hacía falta un buen marido, no iba a vivir siempre y alguien tendría entonces que cuidarme. A mí nada me dijo, de momento; cuando conoció a Eduardo, abogado y nuevo vecino del 3ºG, se dedicó a indagar sobre él, pues le había impresionado su aspecto joven, su soledad y una amabilidad que exhibía sin darse la menor importancia. Se las arregló para encargarle un trabajo y empezó a pedirle que le trajera los documentos a casa. Así fue como entramos en contacto: un café tras el papeleo, luego unas entradas de cine… en poco tiempo estábamos saliendo y congeniábamos a la perfección. Lo nuestro no era una pasión abrasadora, más bien nos dejábamos llevar por la inercia de la comodidad, de pisar terreno conocido, sin sobresaltos. Seis meses después, el doce de abril, nos casamos. Una boda sencilla, sin grandes celebraciones, pero muy emotiva, preparada con gran esmero por el primo Manuel.

El viaje de novios lo hicimos en coche particular, durante un a semana que dedicamos a descubrir las bellezas de la capital y al teatro. No había lujos, pero fue inolvidable. Con la suerte añadida de que el tiempo era espléndido. Mamá nos llamaba a diario, nos exhortaba a pasarlo bien; pero a los cuatro días ya preguntaba cuándo pensábamos regresar.

En un principio nos instalamos en casa de Eduardo, estábamos a gusto solos, hacíamos una vida de lo más normal. De momento buscábamos un tiempo de convivencia sin más, nada de niños, queríamos prosperar en lo profesional. Nada sencillo para mí, encasillada y con pocas perspectivas de ascenso. El bufete donde Eduardo trabaja se especializó en divorcios y pronto adquirió fama, sobre todo entre las mujeres, que lo recomendaban por el mejor medio: el boca a oreja. Así fue como Eduardo ascendió y se dedicó cada vez más a su faceta laboral. Abrieron una sucursal en la provincia, a cien kilómetros de distancia, y dos veces por semana viajaba para controlar su funcionamiento. Regresaba tarde, cansado, sin otras ganas que cenar y meterse en la cama.

Mi madre aprovechó la circunstancia para convencernos de la conveniencia de instalarnos los tres en su casa: aparte del ahorro tendríamos siempre la comida preparada y yo no estaría tanto tiempo sola. Una idea que él aceptó sin reservas y a mí me otorgó un plus de comodidad.

Pero llegó la crisis. La maldita crisis que muchos ignoraron hasta caer en el ridículo; la que se ha llevado por delante tantas ilusiones, la que ha empobrecido, de golpe, a casi todos. Y la gente dejó de divorciarse. Se cerró la sucursal y empezó a escasear el trabajo en el despacho principal. Eduardo, con más tiempo libre para pensar, descubrió que se hallaba lejos de conseguir su meta vital, inmerso en una vida anodina. Le molestaban mucho las quejas de mi madre sobre su pensión, que, por primera vez, había mermado. Según ella, eso era augurio de tiempos de escasez y miseria. Él decía que sus ilusiones juveniles habían regresado del subconsciente y le ordenaban actuar de inmediato, o no lo haría nunca. Me reprochaba mi tranquilidad y mi falta de ambición. En la oficina le debieron de dar alas, acaso creyendo que era una veleidad pasajera.

Tardó una semana en tomar la decisión. Aquel lunes, a mediodía, recibí una llamada desde su trabajo: me preguntaban si estaba enfermo, dado que no se había presentado ni explicado su ausencia. Sorprendida, aduje una excusa banal. No podía añadir que él había salido de casa como cualquier día.

Las numerosas llamadas que le hice a partir de ese momento daban una invariable respuesta: “Apagado o fuera de cobertura”. Comprobé que había llevado el coche. Le envié mensajes a lo largo de la tarde y de la noche: nada. El martes por la mañana, mi madre me apremió:

─Tienes que denunciar su desaparición. Puede haber sufrido un accidente o algo peor.

─Me han dicho que deben transcurrir veinticuatro horas para poder formalizar la denuncia. Si no tenemos noticias, esta misma tarde lo hago.

─Avisa en su oficina.

─Sí, voy a decirles lo que pasa. A lo mejor ellos nos pueden dar alguna pista.

En la comisaría me prometieron hacer toda clase de pesquisas y tenerme informada de sus resultados. No conseguí nada nuevo de la oficina. Mi madre martilleaba que no estaba haciendo lo suficiente para encontrarle. La cabeza me daba vueltas, a punto de estallar. Me tendí sobre la cama: deseaba que se me pasara lo antes posible el bloqueo que me embargaba. Durante el poco tiempo que dormí tuve un extraño sueño: me veía buscándole en una catedral medieval situada en lo alto de un monte, dando vueltas en torno a los muros, sin ver a nadie ni poder regresar a casa, pues el camino había desaparecido. Al despertar con un fuerte sobresalto me di cuenta de que aún no se me había ocurrido revisar los cajones de su mesita.

Había una nota colocada en el primero:

“Marisa, espero que alguna vez me comprendas y puedas perdonarme. No intentes buscarme, por favor. Me voy a un nuevo mundo, quiero hacer realidad material las promesas que nos hemos hecho en internet Sara y yo”.

Explosión de sentimientos

Yo misma había llegado a convencerme de que mi matrimonio era perfecto. Luego, cuando rebobino en mis recuerdos y me sitúo en los primeros meses de convivencia con mi marido, comprendo que nuestros cimientos no eran tan sólidos como nosotros creíamos. Hoy sé que sólo buscábamos un atajo para ir en busca de una utópica libertad de la que carecíamos en casa de nuestros padres. Nada nos hacía sospechar que recién abandonada la adolescencia, adquirir las responsabilidades de un nuevo hogar conseguiría aplastar por completo cada uno de nuestros prematuros sueños.

Cuando quisimos darnos cuenta de que nos habíamos precipitado al tomar aquella decisión ya era demasiado tarde. Pronto nos arrepentimos de la hazaña, aunque en aquel momento ninguno de los dos tuvo el valor suficiente de confesarlo. El tiempo fue haciendo el resto…

En realidad no sé cómo pasó, sólo recuerdo que con el día a día las cosas comenzaron a deteriorarse y casi sin darnos cuenta nos fuimos alejando uno del otro. De repente dejamos de soñar juntos para soñar un sueño diferente, quizás con el único afán de sobrevivir al fracaso. A partir de ese momento una música estridente se convirtió en la única encargada de amenizar el baile de mentiras que danza sin control pisoteando cada instante que permanecemos juntos.

Dani escuchaba atento las palabras de Marga. Su amiga había llegado a casa en un estado de ánimo precario y él no quería interrumpir aquella tormenta de sinceridad con la que le estaba obsequiando. Por un momento la confesión fue interrumpida con un tenue sollozo que se perdió entre el aroma de dos humeantes tazas de café condenadas a enfriarse ante la indiferencia de sus destinatarios. Dani, con una parsimonia irritante y sin quitarle los ojos de encima, sacó de su bolsillo un paquete de cigarrillos que ofreció a su amiga mientras le demandaba calma.

—Pensé que no ibas a darte cuenta nunca —masculló entre dientes—, luego, en un gesto de apoyo absoluto rozó su barbilla en el hombro de ella mientras le susurraba al oído, por favor, cálmate ¿quieres? Me desarma verte llorar.

Un silencio prolongado abrió la puerta a un suspiro y Marga tomó aliento antes de continuar, mientras miraba fijamente a su interlocutor. Pensaba que jamás se atrevería a confesarle a nadie lo que le estaba ocurriendo, pero en aquel momento era consciente de que ya no podía dar marcha atrás. Llevaba años sufriendo aquella incertidumbre, su estabilidad emocional se había hecho añicos y en aquel momento Dani estaba junto a ella para recoger los pedazos. Él era la única persona que se preocupaba por ella, siempre atento a sus demandas y a cualquiera de sus movimientos.

Marga, tienes que valorarte un poco más y aprender a vivir. Atrévete a salir de tu letargo, la vida te está esperando.

Aquellas palabras irrumpieron como un ciclón en el recinto sagrado de su intimidad. Dani parecía conocer sus carencias mucho mejor que ella misma y aquello le produjo una inquietante alarma y un ávido deseo de ternura. Él sí que la entendía, él sí que estaba disponible para ella en cualquier momento, él sí que supo siempre cómo sacarla de lo más profundo de la tristeza otorgándole la liberación de una opaca monotonía… ¡Dios mío! ¡Dani…! Un golpe en el estomago que la dejó sin aliento sacudió su cuerpo mientras abría sus ojos desmesuradamente. En aquel momento, Marga se estaba dando cuenta de que, de una u otra forma, Dani siempre ocupaba una parte importante de su vida y de su pensamiento.

Con un gesto desvalido, se acercó un poco más hacia él y durante unos segundos mantuvieron un intenso diálogo silencioso que les precipitó a estrellarse con la realidad.

Sacudidos por la incredulidad, sus miradas volvieron a enredarse en una intensa prolongación del deseo. El rostro de Marga parecía un auténtico signo de interrogación y sin pestañear siguió atenta a cada movimiento de Dani, esperando… no sabía qué. Lo único que estaba claro era que él estaba a su lado y que ella… Por un momento, Marga intentó seguir esquivando aquel zarandeo de la realidad que la estaba desconcertando y quiso desviar su atención levantándose de su silla para mirar distraídamente por el ventanal desde donde se divisaba gran parte de la ciudad. Sin titubear, Dani se acercó hacia ella y rodeó su cintura con el brazo izquierdo mientras que con el derecho le sujetaba el mentón para obligarla a mirarle a los ojos.

Marga… Marga… Su voz temblaba mientras su sensatez rodaba de una forma vertiginosa, alejándose cada vez más de sus principios. Ya no podía callarse por más tiempo, no quería.

Un extraño sentimiento se asentó entre los dos al verse atrapados por el desconcierto. Ella luchaba por ganarle la batalla a su propia indecisión mientras su marcada timidez estaba consiguiendo paralizarla.

Pero él tampoco estaba dispuesto a entregarse dócilmente a una derrota sin haber luchado antes por la ansiada victoria. Marga…, volvió a susurrar, mientras sus bocas se unían en una explosión de sentimientos totalmente desconocidos para los dos. En aquel momento se sentían derrotados por el abrazo, prisioneros de unos cuerpos que se les antojaban dóciles, hambrientos de atenciones, y un deseo devorador consiguió encenderles las alarmas de la pasión más primitiva.
—Dani… por… favor… no… pod… Dani…

Aquellos susurros se ahogaban entre besos, Dani no atendía, no quería oír… la voracidad de su pasión sólo le permitía seguir guiando sus dedos para sembrar dicha por cada átomo del cuerpo de aquella mujer, y ella, no oponía resistencia, saciaba su piel de caricias mientras dejaba que sus sentidos saborearan aquella explosión del deseo.
Un seísmo de sensaciones incontroladas les obligo a separarse, precipitadamente, mientras se repetían, tenemos que hablar… tenemos que hablar…

La conversación se prolongó varias horas dejando paso a una extraña y pudorosa inquietud. Al final, durante un largo tiempo, los dos se miraron nuevamente y una sonrisa vacilante cargada de proyectos imaginarios rompió la barrera que durante tanto tiempo les había estado impidiendo acercarse.

Asumida la situación se dejaron llevar por un sentimiento vertiginoso capaz de desgobernarles hasta la más sosegada de sus neuronas, y fueron capaces de saltar el espinoso y atrayente muro de lo prohibido.
Dani, con sólo el contacto de sus dedos, estaba logrando despertar en ella una mezcla de dicha y sufrimiento sin razón que conseguía doblar sus rodillas.

No necesitaron decirse más, sus cuerpos tomaron la palabra balbuceando un dialecto inventado por el ácido gusto de la culpabilidad.

Vivir en súper 8

“Yo misma había llegado a convencerme de que mi matrimonio era perfecto.”  Paso la página buscando continuidad a esta frase, y por respuesta solo encuentro las mismas palabras repetidas unas setenta veces y un montón de hojas en blanco. Un diario, con flores secas incrustadas en sus páginas, con tanta personalidad como la que desprende la mujer que lo ha escrito. Un cuaderno que deja un mensaje confuso, inconcluso. Echo un vistazo a la habitación y el espejo del viejo armario me devuelve mi reflejo. Estoy sentada en el suelo, rodeada de elegantes y femeninas sombrereras repletas de cuadernos, fotografías y cintas de súper 8, con los brazos, pesados y rendidos, asumiendo una derrota que mi cabeza se niega a reconocer. ¡Tengo que encontrar el siguiente diario! Necesito entender demasiadas cosas aún. Todavía no se qué hago en París ni que tiene que ver conmigo esta mujer, para hacerme poseedora de sus pertenencias y su vida.

“Nací llamándome Bibiana Espido, en Cartagena. Renací cuando me instalé en un apartamento en la rue La Boétie, de París, haciéndome llamar Garland Therrien. Así firmo mis trabajos. Así doy rienda suelta a mis anhelos.

La gente tiende a pensar que la única razón capaz de impulsar a una mujer a abandonar su país es una relación fracasada de la que huir, o los deseos de un futuro prometedor al abrigo de un amor que, se supone, ofusca la razón. La gente piensa demasiado, sobre todo en las vidas ajenas. Disfrutan buceando en mares de elucubraciones profundas ayudados por el oxígeno que da el aburrimiento, el tiempo libre malgastado en vivir vidas de película. El cine ha hecho demasiado daño. Parece que todas estamos obligadas a encontrar un Lawrence de Arabia o un Brando que nos rescate de nuestras miserias.

“Yo misma había llegado a convencerme de que mi matrimonio era perfecto.” —me confesó mi hermana una tarde de calor y llanto sofocantes. Me repito muchas veces esta frase grabada a cincel en mi cabeza, que siempre ha sido dura como el titanio. Ella volcó todo su entusiasmo e ingenuidad en un matrimonio que nuestros padres sembraron, sin que ella se diera cuenta. Poco después vería como los celos talaban una a una las ramas de aquel enlace, haciéndolo pedazos, hasta convertirlo en un tocón del que poco podía aprovecharse. Eran años sin la alternativa del divorcio. Eran años para quedarse quietos y aparentar que todo va bien, de cara a la galería, o arrasar con ese bosque de conformismo e infelicidad enfrentando el qué dirán. Ella tenía una hija, y horror a admitir un fracaso. Intentó vivir de apariencias y acabó por consumirse, poco a poco, en nombre de eso que algunos mal entienden por amor. Su corazón se paró a los veinticuatro años. Su marido, que ya había reiniciado su vida sentimental antes de que terminara la anterior, se llevó consigo a mi sobrina. Tenía apenas 3 años la última vez que la vi.

Yo, que nunca comulgué con los cuentos de princesas y dragones, decidí poner tierra de por medio en el momento en que mis padres empezaron a buscar un castillo con príncipe en el que instalarme, como mandaban los cánones. A ellos les costó una terrible decepción y a mí la más brutal de las incomprensiones. Cuando emprendes el camino más complicado de tu vida lo último que quieres es hacerlo sintiéndote desamparado. Yo me sentí así durante mucho tiempo. No hay nada de glamuroso en empezar de cero, y con miedo, en una ciudad que se te viene encima. Paris, la ciudad de las luces, la ciudad del amor, es también la ciudad donde te puedes sentir abominablemente sola rodeada de mucha gente.

“El amor es lo que mueve el mundo” — leo en un artículo de Le Figaro. Tacho la frase con un boli y corrijo: La pasión es lo que mueve el mundo. El amor es aburrido, acarrea decepciones, disgustos, problemas. La pasión es divertida, y hemos venido a este mundo a divertirnos todo lo que podamos. Yo disfruto de mis pasiones. Pocas, pero bien aprovechadas. Cuando llegué a Paris lo hice con el firme propósito de hacerme un hueco en el mundo de la fotografía profesional, pasión convertida en sustento, donde la costumbre no era que una mujer apretara el disparador. Mi primer trabajo fue como camarera en un café, en el barrio de Montparnasse, trinchera de artistas entre los que hice buenos amigos y mejores contactos. Me ganaba un sobresueldo como modelo para las obras de algunos de ellos. Compartí delirio, también, en los lienzos de algunas camas. Fueron años para empaparme de sabiduría, y envolverme en pieles amantes. De algunas de esas pieles guardo grandes recuerdos, en otras tengo incondicionales aliados. Conseguí el dinero suficiente para comprar un equipo digno de una fotógrafa con aspiraciones al éxito, y abrí un pequeño estudio cercano al barrio de Saint Honoré. El mundo de la moda hacía ebullición allí, por entonces. Mis primeros trabajos remunerados fueron retratos a particulares: familias o solteros ansiosos de plasmar su cara en un papel con el que obsequiar sus parejas. Extraña personalidad la que te hace pensar que una foto, con tu rostro, es un regalo digno de ser agradecido. La vanidad en blanco y negro. Toqué en las puertas de cuantos talleres de costura tuve a mi alcance. Plasmar maniquíes con trajes de ensueño fue dando continuidad a mi pasión por el objetivo. Llegar a casa y ver aparecer, como por arte de magia, una buena imagen, a través del líquido revelador, siempre me ha causado una exaltación cercana al orgasmo.

Conseguí renombre como fotógrafa de moda. Eso me permitía contratar modelos, lo suficientemente interesantes, con las que hacer en casa trabajos más personales que los que podía conseguir en desfiles y talleres de alta costura. Con ellas daba rienda suelta a toda mi inspiración que no hacía más que invadir mi cabeza con fotos que necesitaba materializar, con premura. Me daba pánico pensar en el riesgo de que tantas ideas escaparan de mi mente, para no volver jamás. Me enredé en una vorágine de obras que empezaron a ser expuestas en las galerías más importantes de París. Gané mucho dinero. Viví como quise, siempre con mis cámaras al hombro. Mi pequeña Kodak de películas, y mi Ikonta, no faltaron a ninguna reunión entre amigos, tampoco a ningún viaje por Europa o al otro lado del océano. Nunca me canso de ver las cintas de aquel viaje a Los Ángeles, para mi primera exposición allí.

El miedo y la soledad se combaten con arrojo y pasión. Solo hay que procurar no cruzar la línea en la que esta te ciega hasta el punto de lograr que pierdas el norte. Yo estuve a un paso de cruzarla. Solo el recuerdo de mi hermana y mi sobrina me hacía mantener los pies en el lado correcto. Aunque no la volví a ver, ya que su padre nunca lo consintió, tampoco le perdí la pista. Sé que ella jamás ha sabido de mi existencia, porque nadie se molestó en contarle nada que la vinculara a su madre. Hoy en la notaría he dejado todo atado, y bien atado, para que el día que yo falte, y ella sea lo suficientemente adulta, sepa quién es su familia materna y los errores que no deben cometerse en nombre del qué dirán, la conveniencia y “el amor.” Le dejaré todo lo que tengo, lo banal y lo importante: una historia en papel y cintas de súper 8. Un legado de apasionadas vivencias que, a fin de cuentas, son las que forjan lo que somos.

Paz

Yo misma había llegado a convencerme de que mi matrimonio era perfecto. Una vida relajada al lado de un marido no muy exigente, un trabajo bien pagado y tiempo suficiente para dedicarme a lo que quisiera. Trabajaba en la consejería de hacienda, de ocho de la mañana a tres de la tarde. La mayoría de las tardes las pasaba en el gimnasio, tomando clases de aeróbic, o jugando al pádel con alguna de mis amigas de universidad. El primer año de matrimonio fue bastante bueno, tras un noviazgo más bien corto, y convencidos de que estábamos hechos el uno para el otro, decidimos casarnos en la iglesia de Urueña, en la provincia de Valladolid un día que regresábamos de uno de nuestros viajes culturales. Si mal no recuerdo, aquella fue la última vez que hicimos algo de forma impulsiva y sin pensar en las consecuencias que pudiera tener.

Aún así, no lo pasé mal del todo, Juan era, y es cariñoso, no me exigía demasiado y se conformaba con lo que le daba. Pero, como siempre en esta vida hay un pero, a mi no me llenaba. Y no sabía el porqué. Lo comentaba con mis amigas tomando el café, y todas me tildaban de loca, pesimista, o cualquier otra cosa. “Eres la envidia del grupo” me decían, una casa en el centro de León, justo al lado de la catedral, un chalet para pasar las vacaciones, y los días libres en Santillana del Mar y un par de coches en el garaje de casa. Aunque a mi, la verdad es que me faltaba algo. No sabía el qué. Y estaba loca intentando descubrirlo, pero no acababa de ver qué era lo que me faltaba.

Y, cosa sorprendente, tuvo que ser un libro el que me abriera los ojos. Jamás me hubiera imaginado, que en un libro iba a encontrar la respuesta a mis preguntas. Y no. No fue un libro de autoayuda ni nada parecido, fue leyendo “La pasión turca” de Antonio Gala, que descubrí que era lo que necesitaba en mi vida. Y lo que necesitaba era pasión. Una energía que, sin saber como ni cuando, me había abandonado. Yo recordaba momentos de mi vida en los que me había dejado llevar por la pasión. Mi primer amor, llamémoslo así, había sido una especie de hoguera que me quemó durante el segundo año en la facultad de Economía, fue doloroso, intenso, desgarrador. Pero una relación de la que no me olvidaré en la vida, porque recuerdo aquellos meses como los meses más intensos de mi existencia.

Supongo que después de cinco años de matrimonio con Juan, me había acomodado. No, mejor no lo voy a suponer, definitivamente me había acomodado. Simplemente me dejaba llevar, los días pasaban uno tras otro, sin mayor pena ni gloria, sin más emociones, que las de saber a donde iríamos a cenar el viernes, y saber si podríamos ir a Madrid a ver un musical. Pero me faltaba algo, y ese algo era la pasión. La emoción por sentir, ver, tocar, a algo, a alguien. Era eso lo que me faltaba, y me estaba apagando poco a poco.

Podría decirse que me había dado cuenta a tiempo, con treinta y seis años, aún era joven y podía encontrar la pasión allá donde quisiera aparecer. Pero, ¿cómo la iba a encontrar? ¿Dónde? Ni idea.

Empecé a tomar clases de baile, de siempre me gustaba bailar. Aún recuerdo mi época en la universidad, era la reina de las fiestas. Me entregaba con tal pasión que perdía la noción del tiempo. Si en aquellos años me llenaba tanto el baile, podría ser interesante recuperar esa afición.

Transcurridos seis meses decidí dejarlo, aquella academia de baile, despertaba en mi cualquier tipo de sentimiento, menos algo que se pudiera definir como pasión. Abandoné, un lunes decidí que no volvería, y lo dejé. Después me uní a un grupo de lectura, lo cierto es que fue de casualidad, ya que en mi vida me hubiese planteado semejante opción. Lo cierto es que no recordaba haber leído nada desde la época de estudiante, a excepción de “La pasión Turca”, y ya habían pasado unos cuantos años. Fue mi amiga Rosa la que me lo comentó, y lo cierto es que como no tenía nada que perder, me fui con ella para conocer a aquél grupo de extraños amigos, que solo se reunían para leer.

¿Qué les podría aportar una reunión de esas para leer? No me lo podía imaginar. Y según ser acercaba el momento de incorporarme al grupo, más extraño me parecía.

Acabábamos de volver de las vacaciones de semana santa, cuatro días en Venecia. Cuatro días llenos de visitas, recorriendo sus canales, las plazas, el mercado…, pero cuatro días monótonos, aburridos y sin ningún tipo de emoción. Cuando les comenté como me sentía a mis amigas, me miraron perplejas y me llamaron, menos bonita, de todo.

Pero no lo podía evitar, eso era lo que sentía. Y era consciente de que cualquier otra persona en mi lugar, en esos momentos sería la más feliz del mundo, pero yo no.

Así que, ese martes, me incorporé a la reunión del grupo de lectura, con Rosa, mi amiga del alma. Me presentó a ocho personas, que no tenían absolutamente nada en común, más que su pasión por la lectura. Y eso fue lo que vi en ellos, pasión. No me lo podía creer, leían pasajes de libros elegidos al azar. Pero los leían con tal intensidad, con tal entrega, que daba la sensación de que se iban a morir si un día se veían obligados a dejar de leer. Aquello me llamó poderosamente la atención, y al menos consiguió que me picara la curiosidad y que volviera a la siguiente reunión. Pero esta vez no me tocaría ir con Rosa, me habían asignado a otro grupo. La norma era clara, la única relación que podían tener los miembros del grupo era la que tuvieran mientras estaban leyendo juntos. Estaba prohibido mantener lazos de amistad u otro tipo de relación y pertenecer al mismo grupo de lectura.

Y así fue como conocí a Luna, era la encargada de coordinar y dirigir al grupo, ella era la que seleccionaba las lecturas, y la que decidía quien comenzaba las lecturas del día. El primer día me hizo una especie de entrevista para ver si tenía las cualidades necesarias para pertenecer a su grupo de lectura. Sorprendida, en un principio estuve a punto de enviarla a paseo, ¿hacerme una entrevista para ver si puedo leer libros con ellos? ¿Quién se creía que era? Pero el tono que empleó para pedírmelo y la forma en la que se dirigió a mi, me hizo cambiar de opinión.

—¿Por qué estás aquí?—Me preguntó.
—Porque me ha traído mi amiga Rosa.
—No me refiero a eso—Volvió a inquirir.
—Esto…, estoy buscando la pasión.
—¡Vaya! Muy interesante.

Y así se acabó la conversación. Dos meses después, me había leído tantos libros como había sido capaz. Ahora alternaba mis días de gimnasio con las tardes de lectura, y aquello empezaba a funcionar. Me sentía mejor, me sentía un poco más llena. Pero aún así…

Después de acabar una clase, a finales del mes de Junio, Luna me volvió a interrogar.

—¿Has encontrado la pasión?—Me soltó a bocajarro.
—No lo sé. Cierto es, que me encuentro más llena, pero no sé si es esto lo que necesito de verdad.
—¿Confías en mí?—Me dijo con un tono de voz, que a punto estuvo de hacerme escapar.
—Si…, creo. ¿Por qué?
—¿De verdad quieres recuperar la pasión?
—Si. Lo necesito.
—Espera un momento.

Salió un momento de la sala en la que nos encontrábamos, y volvió a los cinco minutos vestida con una especie de Kimono de seda, dos cojines enormes y un libro con las tapas negras, sin título ni autor reflejados en él.

—Desnúdate—Me dijo.
—¿Qué?
—Desnúdate, por favor.
—Mira, Luna. No sé si te he hecho pensar algo raro, pero aún a pesar de que me gustas mucho, no quiero tener nada contigo.
—Antes me dijiste que confiabas en mi, ¿no?
—Si. Pero, esto…
—Tranquila, no pienso aprovecharme de ti. Salvo que tú me lo pidas.
—…

Me desnudé, y me senté en uno de los cojines que había traído Luna. De pie junto a mí, se abrió el Kimono y pude ver que estaba completamente desnuda, sus piernas, largas y fuertes, con las marcas de la edad en los muslos me resultaron de lo más sugerentes. Se sentó detrás de mí, apretándome contra su pecho desnudo, mientras me tapaba un poco con el Kimono.

—Cierra los ojos, y déjate llevar.

Comenzó a leerme en voz muy baja mientras acariciaba mi pelo. Lo que leía no tenía ningún tipo de sentido, parecían párrafos sueltos elegidos al azar, a los que iba encontrando la razón de ser, mientras me iba adormeciendo recostada contra sus senos.

Camila y Heriberto

Yo misma había llegado a convencerme de que mi matrimonio era perfecto. Heriberto me engañó como a una colegiala. Puse mucho para adaptarme a su vida y el me pagó con la peor de las monedas: cuando cobré mi herencia se olvidó de mí.

Ahora me quedan los recuerdos truncados por la codicia y el egoísmo.

Todo comenzó cuando yo, agobiada por la casi patológica obsesión que mis padres tenían para que yo les acompañara hasta el final de sus días, me enfrenté a mi hermana y le dije:

—No estoy dispuesta a dejarme en esta casa la poca vida que me queda. Así que me voy a casar y largarme de aquí.

—Sí, no me digas ¿Con quién te vas a casar, si puede saberse?

—De eso ya me encargo yo, aunque ya, prácticamente, lo tengo decidido.

—Claro, en este pueblo hay tantos hombres que quieren casarse con una cuarentona amargada…

—Al menos no soy una perra alcohólica, como otras…

—Huy, ya sale Camila, la virgencita. Cómo se nota que solamente ve la paja en el ojo ajeno. Vaya, como nunca has estado cerca de borrachos ni otras calamidades.

—No empieces, Marymar, siempre tienes que atacar al mundo para que se te haga más soportable la soledad y la amargura que vives.

—Sí, efectivamente, vivo amargada, borracha y sola. Pero te aviso: tú acabarás sola y amargada si te casas con ese hombre. Crees que es trigo limpio y no sabes, de la misa a la media, las cosas que se dicen de él.

—Sí, ya sé que se dicen cosas. ¿Y qué? Siempre se comentan barbaridades de los que se han tenido que ir del pueblo para ganarse la vida. No iba a ser una excepción. Pura envidia que le tienen todos a Heriberto.

—No, te equivocas. Nadie le envidia, muy al contrario, casi todos le temen. Como en su día temieron a su padre.

—¿Es que no sabes aceptar tu derrota? Ahora te quedas tú al cargo de los viejos y te pudrirás junto a ellos.

Dicho esto abandoné la cocina y ya no volví, nada más que de visita, a la casa de mis padres.

Pero aquella conversación con Marymar siempre me rondó por la cabeza.

Heriberto se portaba muy bien conmigo y yo cada día me sentía más enamorada de él. Lo tenía todo: era educado y amable, trabajador y previsor, amante incansable, compañero admirable…

No se podía percibir en él nada que supusiera maldad o egoísmo. Los fines de semana iba a cazar y los domingos paseábamos por los campos y, alguna que otra vez, íbamos al cine.

Mi vida transcurría con suavidad y armonía. Económicamente nos desenvolvíamos bien, o eso creía yo.

Aquí comenzaron mis dudas y mi calvario por el mundo del matrimonio.

Cierto día, estando yo sola en casa, sonó el teléfono. Cuando lo cogí nadie respondió y colgaron la llamada. Así estuve durante algunos días. Yo no le dí importancia pues achacaba las llamadas a los múltiples cortes de línea que había por aquel entonces en el pueblo.

Pero un día sí que me hablaron. ¿Para qué levantaría yo aquel maldito teléfono?

—Diga.

—Buenas, ¿es usted Camila, la esposa de Heriberto?

—Sí, ¿Con quién hablo, por favor?

—Mire, señora, usted no me conoce. Yo he sido compañero de su marido durante un tiempo.

—¿Ah, navegaba usted con él?

—¿Navegaba? Bueno, sí, se puede llamar así.

—¿Cómo dice? No le entiendo, mi marido siempre trabajó en Ultramar de Pasajeros.

—Ya, ya, eso es lo que siempre dicen que digamos.

—¿Pero usted quién es?¡ Ni siquiera me ha dicho su nombre!

—Perdón, Camila, tiene usted razón. Me llamo Damián Cifuentes y he sido compañero de su marido durante los últimos cinco años de trabajo. ¿Nunca le habló de mí?

— No, jamás me habló de usted.

— Tal vez le hablara de “Silencios”, ¿lo recuerda?

— Sí, ese nombre me suena. Pero no habla mucho de él.

— Claro, Camila, supongo que no quiere que usted sepa a qué se dedicaba.

—Pero, ¿qué me dice? Heriberto siempre trabajó en esa naviera y era segundo oficial. Nunca se dedicó a otra cosa y cuando dejó de navegar retornó a su pueblo para vivir tranquilo.

— Señora, su marido nunca se retiró. Lo echaron. Nos echaron a todos porque ya no éramos útiles. Y nunca trabajamos en ninguna naviera, es más Heriberto se marea con sólo ver una ola.

—Mire, déjeme en paz. No vuelva a llamar.

Colgué el auricular; me quedé inmóvil. Sin darme cuenta apareció ante mí la escena de mi hermana Marymar y yo hablando en la cocina de padres, nuestra última conversación antes de casarme.

¿Cómo podía ser que después de tanto tiempo recordara yo las palabras exactas que me dijo entonces mi hermana? No, mi hermana no me había dicho ninguna premonición que hubiera tenido. Me dijo, entre líneas, que no me fiara de Heriberto y ella no solía decir nada que no estuviera bien fundado.

Ahora venían a mi memoria conversaciones lejanas, caras desconocidas, amistades “raras”. Percibía el engaño en cada frase y en cada vivencia.

Una llamada telefónica de un desconocido, una escueta y parca conversación fue lo único que se necesitó para que mi vida matrimonial se tambaleara.

El tiempo fue pasando y yo me olvidé de aquella llamada, hasta que otra llamada me puso en guardia:

—Hola, Camila, soy Damián Cifuentes, “Silencios”, ¿Me recuerda?.

—Sí, ¿qué es lo que quiere ahora?

—Yo no quiero nada, simplemente quiero prevenirle de que Heriberto va a marcharse del pueblo.

—¿Qué majaderías dice usted?

—Si usted, Camila, cree que son majaderías mejor será que se acerque al Banco del Campesino y que consulte su estado de cuentas. Si se fija verá que cada mes, el día 13, hay una transferencia. Ese movimiento no figura en los extractos que usted recibe en casa o cuando consulta su cuenta por Internet. ¡Ah, y otra cosa, no hable con Anselmo, el director, hágalo con Pilar! Si va dentro de una hora encontrará a Pilar sola en la oficina.

Dudé en salir pero, sin apenas darme cuenta, estaba aparcando mi pequeño Ford frente al banco. Efectivamente, Pilar estaba sola en su despacho, me hizo entrar y me dijo:

—Mucho has tardado, Camila. Pero siempre es mejor darse cuenta a tiempo. Ya me dijo “Silencios” que estabas muy “entregada” a Heriberto.

—¿Qué ocurre aquí, Pilar? No puedo comprender nada.

—Mira bien los datos que te voy a enseñar y luego ya me dices.

Me entregó varias hojas de movimientos y, con asombro no disimulado, advertí que, como me dijo “Silencios”, el 13 de cada mes había una transferencia. El importe no era siempre el mismo, pero sí que era muy elevado. El dinero se transfería a una cuenta de un banco en el extranjero.

—Pilar, ¿este banco de dónde es? Me suena mucho, pero ya sabes que yo no tengo idea de estas cosas.

—Mira, Camila, ese banco es de un paraíso fiscal y para él trabajó siempre tu marido. Heriberto se dedicaba a la captación de capital entre traficantes de drogas y otros delincuentes. Por eso siempre viajaba tanto y creíamos que estaba embarcado.

—¿Y Anselmo también estaba en esto?

—En un principio no. Pero cuando murieron tus padres comenzó a tratarse con tu marido. ¿Te acuerdas cuando resolvieron los problemas de los impuestos de la herencia con Hacienda? ¿Nunca te extrañó que jamás te volvieran a llamar? Pues ya ves, el dinero hace muchos amigos.

—¿Y ahora que me va a ocurrir?

—Bueno, Heriberto y Anselmo ya estarán detenidos en este momento y, en cuanto a ti, supongo que te llamarán del Juzgado y te propondrán un trato. No has sido consciente del daño que has hecho a causa de ese maridito que te echaste.

Bueno, ahora estoy sola, completamente sola. He cambiado un apasionado amor por una vitalicia condena al ostracismo.

¿Porqué no seguí con aquel soldador que cantaba tan bien?

Una pasión muy especial

Yo misma había llegado a convencerme de que mi matrimonio era perfecto. Nos habíamos casado hacia tres años, un sábado resplandeciente del mes de mayo. Nuestra boda fue muy especial, y eso que habíamos tenido que retrasarla en numerosas ocasiones. Primero fue por imperativo legal, después, no por uno si no que, por varios imperativos familiares. Hasta su abuela amenazó con no asistir a la ceremonia, aunque finalmente fue quien mejor lo pasó bailando hasta el amanecer. Nuestra boda fue perfecta, el escenario, como si de un cuento de princesas se tratara, un castillo de grandes salones. En el convite estuvieron todos, ninguno de los que habían amenazado con que no contaríamos con su presencia faltó. ¡A pesar de que mi futura pareja no gozaba de sus simpatías! — Rumores absurdos — decía mi pareja. Quizás les animo el hecho de que la diosa fortuna se hubiera dignado a posar sus ojos en mí y me hubiera agraciado con siete millones de euros, dos meses antes del evento y justo dos días después de que la familia de la parte contraria, me hubiera convencido de la conveniencia de una separación de bienes. Afortunadamente para mí, cuando llego esta prebenda de mi hada madrina, yo ya había sido coaccionada a firmar ante notario mi “no interés” en los bienes de la otra parte. Pero volvamos a mi boda de cuento de hadas, todo estuvo perfecto. La entrada en el patio principal del Castillo, bajo los acordes del Asturias patria querida interpretado por una banda de gaitas venida desde Asturias, marco el inicio de un aperitivo selecto, compuesto únicamente por jamón ibérico, cortado por cuatro profesionales situados estratégicamente en los laterales del claustro. A este manjar le siguió una diminuta brocheta de marisco, en cuyos extremos se situaban dos langostinos que escoltaban a dos cigalas. Nos permitimos la nota patriótica: tortos de maíz, untados en un jugo de chorizo y coronados con un huevo de codorniz. Huevo de codorniz que, aunque no autóctono, le daba al aperitivo un aire más distinguido. Rematamos el aperitivo con unas pequeñas tostas de queso horneadas y recubiertas de caviar.  Un mariachi, hizo honor a los ancestros de la parte contraria y nos condujo al son de Si Adelita se fuera con otro y México lindo hacia unos jardines que tras atravesarlos, daban pasó a un inmenso salón, en cuya entrada se había colocado el protocolo, mediante un plano que indicaba a cada comensal cual era su lugar.

Al querer  que el evento fuera algo especial, y único a la hora de contratar el banquete, habíamos recalcado nuestro deseo de que hubiera personal suficiente para acompañar a nuestros invitados hasta su mesa, ¡queríamos lo mejor! Y lo tuvimos. El banquete comenzó con el inicio de la música de fondo: un cuarteto de cuerda traído expresamente desde Austria, alguien le había comentado a mi futura suegra, que los cuartetos de música era lo más chic del momento, en cuanto a banquetes nupciales. No sé porque me viene a la memoria ahora la cara de aburrimiento de algún invitado. La comida se empezó a servir con puntualidad británica, a las dos de la tarde. Los camareros empezaron a desfilar bajo la atenta mirada de cinco maîtres, portando en sus bandejas nuestra primera elección: Dúo de bogavante y langosta a la plancha, adornado con cigalas de los fríos mares de Escocia de y langostinos de San Lucas de Barrameda. Seguimos con una lubina a la espalda rellena de ajos tiernos y oficios, después del sorbete de limón, llegó el corazón de solomillo al hojaldre cubierto de foie y reducido al aroma de la albahaca.

Como postre, no podía ser menos, helado Peñasanta acompañado de crema de arroz con leche.  Todo ello, bien regado con los mejores caldos del país.

Hoy tres años después del suceso, tengo entre mis manos la minuta de la boda y no me puedo creer que mi ya ex pareja intentara matarme en aquel viaje a Las Seychelles, mientras practicábamos submarinismo. Junto a la minuta guardo una copia del seguro de vida que me hizo, siendo mi pareja beneficiaria en caso de muerte por accidente.

Yo misma había llegado a convencerme de que mi matrimonio era perfecto, incluso después de que su primera pareja me mostrara las cicatrices que le habían quedado como consecuencia del incendio de su casa, y eso que la policía cerró el caso con un provocado por algún desaprensivo que no compartía la existencia de parejas de hecho formadas por dos mujeres.

Noviembre de mil novecientos noventa y ocho

Yo misma había llegado a convencerme de que mi matrimonio era perfecto. Y, aunque lo parezca, no es un ejercicio difícil de conseguir. Luego siempre está la realidad, terca y obstinada que nos abofetea una y otra vez con una imagen más verídica y menos edulcorada de lo nos gustaría.

Creía que mi matrimonio, tan cargado de momentos emotivos, sencillos y sentidos, había alcanzado su plenitud tras diez años de convivencia. Arturo, mi marido, despertaba mis instintos y mi cariño, casi sin proponérselo y lo invadía todo con su calma y sosiego. La rutina, que en otras épocas había sido mi gran enemigo, caminaba a mi lado día tras día.

Creía en esa alianza, ciegamente, hasta que Natalia me dijo que se separaba. Lo decía sin acritud, sin pasión, ni ira. Me lo explicó todo tomando un café a la salida del trabajo. Luis, su marido, se había acomodado, se había olvidado de ella, de sus necesidades e inquietudes y había empezado a considerarla como un añadido más de la casa. Exactamente como el añadido que plancha, cocina y nunca dice nada.

–Creo que empezó a acostumbrarse a que trabajase dentro y fuera de casa y al polvo insípido de los sábados por la noche. Creo que, desde hace un par de años me confunde con el robot de cocina. No queda en él nada de aquella pasión, de aquella locura constante con que venía día tras día, al principio.

Sólo hicieron falta dos cafés más con Natalia, capuchinos, con un dedo de espuma y dos de azúcar, para que mi plácida vida sintiese moverse el suelo por debajo. Dos cafés y la venda cayó de un golpe. Arturo se había acostumbrado a mí y ya no luchaba por mantenerme junto a él.

Prueba, me dijo Natalia. Quita todas las respuestas automáticas, esas que no aportan nada y te dan una contestación para quitarte del medio. Ahora, quita también los besos en la frente, esos que ya nacen vacíos. También elimina los arrumacos y los cariños que no son sentidos, aquellos forzados y sosos. Bien, ¿qué te queda? ¿Cuándo fue la última vez que tu marido te dijo algo bonito desinteresadamente?

Noviembre de mil novecientos noventa y ocho.

Lo dejé. Dejé de sentir un cariño y un amor ciegos por él. Dejé de creer que mis instintos despertaban por un poco de sexo fácil y cómodo, un domingo por la mañana al mes. Dejé de creer que todo en él era calma y sosiego y empecé a darme cuenta que siempre había sido un vago y un conformista. Dejé de creer en una rutina común para empezar a sentir el abismo frente a mí.

Y, finalmente, le dejé un domingo por la mañana, después de un rato soso y aburrido de mal sexo.