Viajar

Y de pronto allí estaba, como una explosión de azul, de aquel glorioso azul con el que había tejido sus sueños durante los tres últimos meses.

A su lado Laura dormía. Ella no podía, el ambiente de aquel autobús la subyugaba con un marco perfecto a la bella Cádiz, toda luz, que ya se acercaba. Detrás el japonés con la misma sonrisa calma que les había ofrecido al llegar… El conductor con sus gafas Ray-Ban “penúltimo modelo”, una parodia de sí mismo y aquel programa de radio con música de un tiempo que sin duda ya había pasado.

¡Lo habían logrado! Al conjuro de una palabra se embarcaron en aquella locura y allí estaban.

Fue una de esas tardes de “pizzería”; salían de la biblioteca y decían toda clase de tonterías para olvidar por un momento los cercanos exámenes. El periódico anunciaba la próxima inauguración de la ruta de la plata Gijón-Sevilla. Siempre habían soñado con el sur y aquella era sin duda la ocasión.

Días más tarde ya se habían puesto en contacto con turismo en Sevilla y en Cádiz y esperaban ansiosas alguna respuesta. No se hizo esperar: ambas oficinas de turismo les enviaron información sobre hoteles, transportes, y toda clase de cosas que estudiaban a ratos sueltos, no muy seguras aún de si finalmente aquello sería algo más que una forma de relajar las horas de estudio.

Partieron al anochecer, uno de esos días de julio en que el Norte se empeña en vestirse de otoño. Trece horas de viaje con dos paradas en ninguna parte. Amanecía cuando entraron en Sevilla. La ciudad silenciosa, a aquellas horas, ofrecía su mejor cara antes de que el calor lo cubriera todo.

Fueron directas a la pensión, que resultó ser un lugar encantador. Su habitación recientemente renovada ofrecía una espléndida vista sobre los tejados de la ciudad del Guadalquivir. Además, al estar en la última planta, alejada de todo, les hacía sentir como princesas en su torreón. ¡No podían creer la suerte que estaban teniendo! A toda prisa se cambiaron de ropa y salieron a la calle.

En el barrio de Santa Cruz, sus estrechas callejuelas eran tal y como las habían imaginado: llenas de pequeñas tiendas con coloristas souvenirs…  la plaza de España, la Torre del Oro… y así uno tras otro todos los tópicos.

Horas después el cansancio las llevó a una pequeña tasca donde entre risas se quejaron del calor y se burlaron de sus amigas, que seguramente estarían bajo el gris cielo norteño.

Lo siguiente la Giralda; subieron sin importarles que fueran las tres de la tarde. Más tarde “ellos” se reirían incrédulos al contarles su pequeña y loca hazaña.

Mientras tanto, solas allí arriba, casi sin aliento y completamente deshidratadas, se enamoraron irremediablemente y para siempre de aquella ciudad.

El sol se estaba poniendo cuando regresaron a su “torreón”. Había sido un día increíble,  asfixiante pero luminoso, agotador pero maravilloso. Descansaron un rato mientras comentaban cada detalle y decidían qué ropa ponerse para su primera noche.

Fueron a Triana. ¡Nada podía prepararlas para aquello! En medio del Guadalquivir una enorme barcaza llena de bailarinas con vistosos vestidos flamencos de todos los colores. La música inundaba las laderas del río y casi se podía respirar su alegría. Tan alegres como el ambiente buscaron un lugar para cenar mientras callejeaban. El  barrio estaba de fiesta, las calles abarrotadas… por eso no les habían visto hasta que les hablaron. Si acaso, un atisbo de dos hombres y siguieron caminando. No hablarían con ellos hasta la siguiente noche.

Cuando ya no podían más se retiraron embriagadas de noche y de sur…

Era su último día en Sevilla y tenían que apurar cada segundo. La ciudad las empezaba a tratar como a viejas amigas y parecía enseñarles esos rincones que reserva a los suyos.

Cenaron en el mismo sitio. Tal vez ellas también les buscaban; en cualquier caso, allí estaban, justo delante de la puerta en su ya sexta vuelta como después les confesaron.

Ella pensó que parecían agradables. ¡Tan diferentes! Él moreno y desgarbado, no muy alto con aquel aire que la enternecía no sabía por qué. Las llevaron a “todas partes”, a la otra Sevilla fuera de tópicos, a la que habían ido a conocer. Ellos se la presentaron. Con historias y anécdotas, de lugar en lugar mientras la noche avanzaba. Ya casi amanecía cuando tomaron la última copa, hablaban y hablaban, parecían haber hablado desde siempre.

Las llevaron al autobús. Él le dijo “lastima que el final no sea en una estación de tren”. (El japonés sonreía). En realidad sólo era el principio…

Cruz A. González

 

Un tren nada más

El recuerdo de los paisajes contemplados a través de la ventana del vagón del tren, hizo que su mente se olvidara por unos instantes del motivo que le había hecho llegar hasta allí. Como siempre el tren tenía un efecto balsámico sobre el estado de ánimo de Luis, el lento caminar de esas locomotoras diesel que aún conectaban su Asturias natal, con el resto del país, le resultaba muy tranquilizador. Y eso era precisamente lo que necesitaba hoy. Aunque el ritmo del Alvia ya no era el mismo que el de las antiguas máquinas que recordaba de su niñez, el viaje conseguía hacerle sentir igual de bien que entonces.

La salida de Asturias, como siempre, se hacía muy larga caminando hacia el sur, recreándose en el verde de sus montes que, a medida que se acercaban a la cordillera, iban aumentando de tamaño llegando a mostrarse en toda su majestuosidad justo después de abandonar la estación de Pola de Lena. A partir de ahí el color iba cambiando hacía el gris de la piedra, entreverado con marrones de algunos campos roturados y el verde de la hierba y los arbustos que seguían creciendo desafiando a las alturas.

Esa era la parte del trayecto que más le gustaba, el asenso por aquellas cumbres escarpadas hacía que las mirara con verdadera devoción, reconociéndoles su valor cómo muralla defensora ante los ataques de todos aquellos invasores, que un día osaron apropiarse de sus riquezas y sus paisajes. Ese ataque de nostalgia regionalista había aparecido por primera vez al escuchar las andanzas del Rey Pelayo, símbolo de su Asturias querida y uno de los protagonistas de sus sueños infantiles, cuando deseaba convertirse en un héroe salvador, cómo los de los cuentos que con tanta fruición leía.

Luego venía el contraste con las tierras castellanas, llanas y lisas hasta donde la vista alcanzaba a ver, salpicadas de algún que otro montículo que únicamente servía para incrementar la sensación de distancia que separaba el inicio de aquella llanura, del final que se perdía en el horizonte. El cambio de color cuando arreciaba el verano, los olores, tan distintos a los de Asturias y aquellos campamentos de verano de los que tan buenos recuerdos guardaba.

Hacía más de ocho horas que había tomado el tren en Oviedo. Después de tomar en Atocha el que le llevara a Toledo, había cogido un taxi en la estación para que lo acercara hasta el parador de esa ciudad. En la parte de atrás de la cafetería se encontraba su terraza, cuatro mesas con cuatro sillas cada una de las que dos estaban vacías. Se había sentado en la mesa que había a la derecha de la puerta de salida, justo en la esquina de la terraza. Desde allí se veía uno de los cuadros naturales que más le gustaban, la ciudad de Toledo, con el Alcazar levantándose majestuoso en medio de todos los edificios y justo abrazándola como si de una serpiente se tratara, el río Tajo. Hacía años que había tenido el placer de descubrir aquella vista de la cuidad y hoy tenía ganas de volver a disfrutar de ella.

Pidió un café con leche y esperó a que el camarero se lo trajera contemplando el tranquilo discurrir del río en busca de su destino. Del bolsillo interior de su americana extrajo la carta que le había llegado una semana atrás.

Estimado Sr. López:

Una vez analizados los resultados del último escáner que le hemos realizado, nos vemos en la obligación de comunicarle que las medidas tomadas para paralizar el avance de su enfermedad han sido inútiles. El tumor ha resultado de una agresividad tal, que no hemos podido contener su desarrollo, por lo que la metástasis ha alcanzado a órganos vitales en los que no podemos intervenir.

Tal y como le hemos comentado en su última revisión, queda abierta la posibilidad de internarle en una clínica de nuestra ciudad en la que podrá obtener los cuidados necesarios para paliar los efectos de la última etapa de su enfermedad.

Fdo.
El Director del servicio de oncología.

Qué curioso, tal parecía que estaban hablando de un simple resfriado. Y sin embargo el tono distante de aquella misiva le traía sin cuidado, estaba contemplando uno de los paisajes más bonitos que podría recordar.

En esos pensamientos se hallaba distraído, cuando su corazón se paró víctima de la pastilla que se acababa de tomar. Un regalo de su amigo Manuel, cardiólogo en el hospital de Oviedo y el único que se había preocupado por ayudarle en su último viaje, éste que acababa de terminar.

Sin un roce de olvido

Viajar le ha hecho avivar la llama de aventura que lleva dentro y se considera un auténtico trotamundos, siempre ansioso de conocer nuevas culturas y tradiciones. Le atrae especialmente el misterioso encanto que oculta cada ciudad tras sus muros, y los cielos, las costumbres, incluso los olores diferentes de cada país. En alguno de sus viajes, más de una vez se encontró con personajes peculiares, por sus habilidades y distintas facetas artísticas. Eso le obligaba a mirarles con un respeto nuevo. Hace poco tiempo en la ciudad de París, precisamente, conoció a un pintor extraordinario que escribía poemas sobre sus lienzos. Su recuerdo le hizo sonreír. Estaba convencido de que si el mismo Rembrandt tuviera ocasión de supervisar aquellos trabajos, se inclinaría ante él. Eran auténticas obras de arte.

Ese mismo día, al volver hacia el hotel se sintió embargado por una satisfacción vehemente que necesitaba compartir, pero estaba solo. Ya oscurecía y le sonrió a la noche que llegaba. Siempre sonríe, de su agradable rostro jamás se ausenta el gesto amable de la sonrisa, aunque de vez en cuando tampoco resulta extraño percibir en su mirada una cálida chispa de socarronería. Sonríe al aire, a la esperanza, a la vida. Procura disfrutar cada minuto de la existencia y guarda sus vivencias como verdaderos tesoros, pero cuando necesita compartir sus inquietudes y la soledad persistente no le da otra alternativa, lanza un suspiro de resignación y comienza un largo soliloquio encabezado por su grito de guerra favorito ¡Viajar es el mejor alimento del cerebro!

Claro que no siempre fue agradable el camino. También conoció paisajes y situaciones que le dejaron marcado. Ninguna explicación aceptable conseguirá trasmitir fielmente su experiencia. Está convencido de que nada de lo que haga, diga, o se calle, podrá hacer más claras las sombras sucesivas que cubrieron el cielo de algunos de sus viajes. Paseó por las dunas del hambre y conoció a niños muriéndose de inanición, y a otros a los que una simple mosquitera podría salvarles la vida, pero desgraciadamente habitan en un mundo donde nadie quiere ver nada, es más fácil mirar hacia otro lado y si por un casual alguien ve lo que está ocurriendo, procura olvidarlo. Esa realidad monstruosa le enseñó a recibir con precaución cualquier leve signo de esperanza que intentara exhibirse ante él. Aún así nada le detiene y su afán explorador le sigue guiando por tierras caóticas, de gobiernos inestables, y en muchas ocasiones, incluso sanguinarios, donde queda impresionado y sobrecogido por la dimensión de tanto horror. El cansancio físico y mental le están aconsejando concluir el viaje y al final él mismo se convence. Necesita sustituir su inquietud por una tranquilizante sensación de recato doméstico.

Vuelve a casa intuyendo que los años también le están limitando, aunque él no se resigna. Asegura que piensa llegar hasta el final de su vida manteniendo su afán de aventura, no le importa tener que sucumbir ante un paisaje evocador para conseguirlo, cualquier cosa sirve con tal de no renunciar a sus inquietudes. Así que, un agradable día de verano, decide abrir las ventanas de su memoria y comenzar una aventura sin planificar, huyendo de preparativos previos y despojándose de maletas y pasaportes, para retornar a su niñez. El deseo avivado de viajar le sumerge en el mapa de su vida, trasladándole hacia sus primeros recuerdos, en los que el simple color del paisaje le conmueve. Aunque en un principio todo era impreciso, poco a poco comenzó a despejarse y fue capaz de intuir las voces más familiares de su niñez, mezclándose con el intenso olor a hierba que flotaba en el aire. Con los ojos cerrados siguió escrutando su pasado, la distancia en el tiempo intentaba difuminar los colores de sus recuerdos, pero su obstinación era más persistente y ganó la batalla. Allí estaba su abuela, con un delantal enharinado, consecuencia de haber estado amasando para hacerle el delicioso pan que a él tanto le gustaba. En el patio, un horno de leña ardiendo crepitaba preparándose para cocer aquel manjar y, hechizado por el intenso recuerdo, incluso fue capaz de notar en su boca el sabor exquisito del pan recién hecho.

De repente, como si un surtidor de agua explotase a sus pies, fue capaz de escuchar con clara nitidez, las voces de sus padres, sus hermanos, y sus abuelos. Distinguió a la perfección timbre, tono y matiz de cada uno, y se sintió feliz al comprender que su cerebro las había conservado intactas sin permitir que las rozase ni una sola gota de olvido. Su niñez había sido perfecta y el recuerdo le estaba mostrando cada una de las lecciones que había recibido para construir las bases de su propia generosidad.

Al final, piensa henchido de satisfacción, que no es, ni mucho menos, un logro menor, que el viaje más importante que haya realizado en todos estos años, haya sido sobre el andén de su propia vida.

El viaje

Hace unos días decidí que debía darme un descanso de conocidos. Me pregunté cómo sería posible pasar unos días sin tener que ver ni oír a personas cotidianas. Me senté ante una mesa cogí un lápiz y un cuaderno y comencé a hacer la lista de lo que debería y no debería hacer para conseguir eso. Dividí la hoja de papel en dos partes, en una escribí un SÍ y en la otra un NO y me puse a la tarea.

Al principio todo fue fácil, en el SÍ escribí: cuaderno, lápiz, rotulador, bolígrafo, cargador del teléfono móvil, pendrive, radio, champú, crema solar, botas de trekking, calcetines de algodón, ordenador portátil, maquinillas de afeitar, diccionario, cámara de fotos, tarjetas de memoria, cargador de batería de la cámara y batería de repuesto, polainas para caminar por el monte, bastones de marcha y bastón de monte, botiquín de urgencia: cafinitrina, analgésicos, preservativos, antihistamínicos, barrita para picaduras de mosquitos, crema protectora solar, crema hidratante, afftersun, champú, gel de ducha, pastilla de jabón, medicinas del tratamiento crónico, lágrimas artificiales, laxante, astringente, urbasón, espuma de afeitar, somníferos, frutos secos, barritas energéticas, calzoncillos, unas camisetas, camisas, sombrero, gorra, paraguas, chubasquero, pantalón, zapatos, chanclas, zapatillas.

Miro de reojo la parte de la hoja que pone NO y la veo completamente vacía. ¡Madre mía! Si no he sido capaz de quitar nada de las cosas que uso.

¿Qué hago? Bueno lo primero es echar una ojeada al trastero y ver qué maletas tengo, porque con las cosas que voy a llevar me parece que no tengo ninguna que quepa todo. Cierto. No hay nada capaz de cargar con todo lo de la lista. ¿Qué hago? Si dejo cosas las necesitaré más tarde. Eso siempre me pasa. Si llevo todo la mitad de las cosas no las usaré, pero sé que están a mano, en su bolsa. Así que fijo que me llevo todo. ¿Pero dónde lo meto?

Miraré en qué súper hay rebajas y me acerco a comprar una maleta. No, mejor al chino. Total para una maleta, siempre saldrá más barato. Aunque no sé, a lo mejor es de peor calidad. Y si luego se rompe. Jo, me acuerdo de aquella que llevé a Canarias y se rompió en el avión y cuando reclamé me dijeron que la garantía cubría todo menos los viajes a las Islas. ¡Vaya si se rieron de mí! Supongo que todavía se carcajearán cuando se acuerden.

Bueno eso ya es historia. Ahora a comprar una maleta y a llenarla. Eso sí, esta vez pillo la más barata y que se vea a mil leguas; la más chillona y fea que haya para que no se despiste. Pero dudo que haya del tamaño que necesito. En otros chinos sí que he visto maletas enormes, inmensas, como si las hubieran fabricado para transportar personas dentro, pero aquí no recuerdo que las haya tan grandes. Será cuestión de mirar. Seguro que la encuentro, bueno si no es para guardar mayores a lo mejor la encuentro para meter pequeños. Pero comprar vaya si la compro. ¡No voy a estar yo sin una maleta!

Ahora a la calle, ya acabaré luego la lista. Pero a dónde voy si seguro que ya están todas las tiendas cerradas. No voy a ir a ciegas y volverme loco dando vueltas y más vueltas por todos lados. Si voy en coche me arriesgo a meterme en un atasco pero en el bus no me dejarán entrar con la maleta grande. No sé. ¿Qué hago?

Y después, cuando vuelva a casa con la maleta grande tengo que llenarla con todas las cosas que he escrito en la hoja que puse “SI”, claro pero para meter todo en la maleta antes tengo que ordenarlo y algunas cosas meterlos en bolsas. ¡Ah, el neceser que no se me olvide! Que luego acabo con mil muestras de esas que hay en los baños de los hoteles y no tengo sitio para guardarlas.

Ya está antes de ir a comprar la maleta voy a ordenar y numerar la lista “SI”. Cuando acabe con ella haré lo mismo con la lista “NO”.

Bueno, antes me prepararé algo para merendar, estas cosas se alargan y es mejor con el estómago lleno. Ala, a preparar unas tostadas. Y un café. Sí, un café y así me despejo.

Da gusto merendar así, tan tranquilo. Sin obligaciones de ningún tipo. En un rato me pongo con la lista y en nada salgo a comprar la maleta.

¡Huy, qué ha pasado! Que tonto que soy, si me he echado una cabezada. Desde luego es para que me maten…

Ahora la calle y a comprar la maleta, ya haré luego la lista. Van a cerrar y me quedo sin tener donde meter el equipaje.

—¿Eh, a dónde va usted?

—Pues a la calle, al chino, a comprar una maleta. Voy a marchar de viaje y no tengo ninguna en el trastero.

—¿De viaje, de viaje? Anda suba p’árriba que ya es hora de cerrar.

—¡Cómo que suba p’arriba! Yo tengo que ir al chino, hombre, que me cierran…

—Ande, ande, que ahora va el celador con la medicación. Ya se irá de viaje otro día…

El viaje más importante

Comenzaré el viaje. El oscuro sendero que no tiene retorno. La tristeza suspendía en las sombras anestesia mi ser. Observo tras los cristales cargados de gotas de lluvia la tarde que gris, sigue cayendo mas oscura que en otras ocasiones. No pienso nada, solo dejo que la mirada ponga fragilidad en mis sentimientos. Miro más allá, mucho más lejos, justo entre el sueño del sol y el despertar de las estrellas; entre sueño y realidad hay una luz cegadora que me visita, es esplendorosa, llena de un crema aterciopelado que lenta invade mis ojos haciéndome ver que tras ella existe una vereda. Un camino que tengo que seguir para llegar a mi destino, pero me detengo.

El miedo entumece mis pensamientos. Me voy acercando con cierto temor. A mi derecha una catarata de enredaderas con flores lilas que asoman a un precipicio, abajo, en lo más hondo, un rojo fuego me llama. Entre escamas sin cenizas vagan culebras que al sentir mi presencia, se elevan flotando en el odio que las rodea como queriendo por momentos, coger mis huellas; abren pequeñas ventanas entre los recelos de hojarasca que van naciendo en el vacío de mi alma. Al abrirse estas puertas se muestran los tormentos de una vida, los miedos al candelabro humeante que reside en las tinieblas. Lo miro preocupado, lo mejor será que vaya por el centro de la vereda.

Una voz silenciosa me llama. En sus ecos nace el viento que se desliza con cariño en la tristeza de las hojas de los árboles. Mi piel nublada es acariciada en la extensión de la vida. Son roces conocidos. Son mensajes atados a la memoria con amor. Una sonrisa marca el clima de la pena, no cabe duda, es la hora. El alma, con pesar, abandona definitivamente el cuerpo cansado, agotado en silencios aletargados y encogida en su congoja, convierte el camino en santuario. La mirada abandona los recuerdos y la necesidad brota entonces alocada a la caza de los pétalos que en el aire adormecen los temores.

Escucho cercano al pájaro que con notas de piano dorado y alas de querubín crea música en la cascada que no tiene nacimiento y su fin, reinicia la vida.

El viaje por la T2

Néstor pensaba qué lo que le acababa de ocurrir, se debía a que él era listo. Muy listo hubiera dicho su difunta madre. Y es que ganar un crucero no es algo que ocurra todos los días y a todo el mundo. Lo he ganado yo porque soy especial, muy especial.

Tras esta dosis de ánimo, Néstor decidió telefonear a Encarni su novia, o por lo menos eso pensaba él.

—Pero, ¿qué me dices? ¿Un cruceroooooo? ¿Por el mar Caribe? Y ¿qué mar es ese? ¿el de Barcelona? ¡Oh! ¿más lejos? ¿cuánto más lejos? ¿se pasa por Paris?

—Vistilu, no soy tan bobu como te pienses. Adujó Néstor sacando lo mejor de su habla originaria de la parte oriental de la región.

Y es que Encarni era muy fina debido a su abolengo del centro de la región. La ciudad en que vivía era lo suficientemente grande como para ser considerada capital. La forma de hablar de Néstor la enervaba. Pero esta vez no le riñó y un cuéntame dio paso a infinidad de preguntas:

— ¿Cómo ha sido? ¿cuándo nos vamos?

Porque Encarni dio por hecho que el segundo pasaje era para ella, por muchos desaires y malas contestaciones que hubiera dado a Néstor estos últimos meses.

—He ganado un concurso y nos vamos el martes. Me han dejado en casa unos billetes. Primero vamos en avión a Madrid desde Ranon. Nos han reservado un hotel en una calle principal, La Gran Vía, creo. Me han enviado a casa dos maletas. Dicen que es muy importante que llevemos únicamente estas maletas, cómo mucho puedes llevar un bolso.

Habitualmente cuando Encarni no atacaba a Néstor en cuánto a su forma de hablar éste solía hacerlo sin usar localismos.

Acontecimientos continuados marcaron el viaje en avión. Comenzaron con una enérgica protesta de Encarni molesta porque un guardia le requisó la navaja de Taramundi nada más pasar un marco de metal. Sus gritos de ¡paren esto que me bajo, qué me mareo! O el lanzamiento de una mascarilla de oxígeno, que no sabe cómo llegó a sus manos y fue a dar a la calva del ocupante del asiento veintitrés. El viaje de Encarni acabó cuando dos auxiliares de vuelo interceptaron en el pasillo dos salvavidas dispuestos para ser utilizados.

La terminal 2 no les pareció tan espectacular como decía la compañera de Enacarni. Total no tuvieron más que seguir al grupo de pasajeros, llegar a una sala llena de cintas eléctricas y esperar a que aparecieran sus maletas.

Siguiendo los carteles de salida llegaron a una puerta. Dos hombres les llamaron por su nombre. Encarni pensó cuan importantes eran. Y eso que estas personas parecían más preocupadas por no perder de vista las maletas que por ellos dos.

— ¡Qué estúpidos! pensó Encarni cuando vio dos maletas iguales a las suyas en el maletero de la furgoneta. ¡Preocuparse por no confundir las maletas, si yo sé perfectamente cuál es la mía!

El viaje por las calles de Madrid fue decepcionante. Primero porque las ventanillas estaban tintadas tanto por dentro como por fuera y, no se veía nada. No llevaban más de diez minutos en el coche, cuando uno de los hombres se volvió hacia ellos y les dijo:

—Cambio de planes volvemos al aeropuerto.

Encarni se agarró a Néstor fuertemente y llorando le imploró que mejor iban en tren a Cali, lugar donde debían llegar primero para después ir a Isla Margarita, donde debían coger el barco.

— ¡Seguro que en esos países tan modernos tienen buenos trenes! Néstor, llama a la Renfe y pregúntaselo. ¡Aunque tardemos tres días en llegar, lo prefiero al avión!

Uno de los hombres de la furgoneta les indicó que se bajaran. Les explicó que alguien les tenía que dar unos vouchers para entregar en el hotel y por una confusión había quedado en la terminal de Barajas.

Junto a sus dos maletas les entregó dos billetes de avión. Néstor lo examinó minuciosamente.

—Disculpe pero aquí pone que el vuelo a Cali es hoy, dentro de dos horas y a nosotros nos habían dicho que nuestro vuelo salía el jueves.

—La compañía aérea por problemas con los controladores ha modificado las rutas aéreas y deben coger el avión hoy.

—Ah, ah, ah claro, contestó un Néstor boquiabierto.

—Sin dejar en ningún momento las maletas debéis ir al mostrador número cuarenta y cinco. Allí vais a facturarlas. Es muy importante que no las perdáis de vista hasta que la señorita os de un recibo. ¡No sabes la de maletas que se roban cada día en Barajas! Allí os indicaran cual es la puerta por la que embarcareis. No tenéis mucho tiempo, pero antes de pasar la aduana deberías darle esta pastilla a la chica. Parece que está muy nerviosa. Es mejor que no habléis con nadie. En Cali os estarán esperando los de la agencia de viajes para llevaros al hotel.

Cómo buenamente pudo arrastró a Encarni hacía un mostrador que le había indicado su interlocutor.

—Venga Encarni bebe este vaso de agua, te sentara bien. No te preocupes que este avión, al ser internacional, va a ser mejor que el que hemos venido. ¡Tiene dos pisos! O ¿eran tres? Bueno no sé, lo que es importante es que han dicho que vamos a ir en primera clase ¡cómo señores! y que los asientos se convierten en camas. Podrás dormir. Anda vamos a pasar la aduana.

—No señor agente no tenemos nada que declarar. La navaja de Taramundi ya la dejamos en el aeropuerto de Asturias. Por cierto, a la vuelta del viaje nos la devolverán ¿no? ¿Porque nos llevan a otra sala? No entiendo nada.

—Sí, son nuestras las maletas. Ya nos han dicho que en Barajas roban mucho. ¡Si hasta por megafonía lo advertían! ¿quién sería? ¿la señorita del mostrador? Ya me parecía que con ese acento que tenía no podía ser de fiar. ¡Si parecía rusa! ¡una mafiosa! ¡Menos mal que las han recuperado! ¡Viva la Benemérita!

— ¡Quieto parado, no me toque! ¿qué me van a poner qué? ¿detenido? Pero, si ese polvo blanco es la primera vez en mi vida que lo veo. Encarni despierta de una vez y, dile a estos señores que esas bolsas no son nuestras. O ¿es que has comprado polvos talco y los has metido en esas bolsas? Pero, ¿tanta cantidad? Encarni despierta de una vez que parece que tenemos un problema y, si no lo resolvemos pronto perdemos el vuelo. ¡Qué el avión no es cómo el autobús y no espera!

— ¡Encarniiiiiiiii!

Te mandaría donde yo me sé

No podía más. Estaba de mal humor. Emilia Vázquez Iribar, Mili para sus allegados, llevaba unas semanas con un ritmo frenético. Gema, su hija mayor iba a hacer la primera comunión dentro de unos días. En todo este tiempo había tenido que buscar restaurante y hacer la reserva, hablar con las catequistas para hablar de fotógrafos y de las flores de la iglesia, elegir la ropa de Javier el pequeño. Y por último el traje de la niña.

La Comunion, de edithbruke

La Comunion, de edithbruke

Ahí empezó el dolor de cabeza. La familia de Sergio, su difunto marido, que no había intervenido en nada de la organización, dio señales de vida por medio de Lola, su suegra.

―Nosotros pagamos el traje, le dijo a través del auricular sin otro preámbulo.

Mili tomó aire. No le gustaba levantar la voz pero eso no le impedía dejar las cosas claras.

―Muchas gracias, Lola, pero no hace falta que te molestes. Lo tenemos arreglado.

Al otro lado se produjo un silencio. Mili contuvo un suspiro. De un momento a otro su suegra volvería al ataque.

―Me parece que nosotros también somos familia. Tanto como vosotros, así que podríais haber avisado, ¿no?

“Si, pero convive más con mi parte que con la tuya” pensó Mili. Luego tragó saliva y contestó.

―Bueno. Pues si teníais tanto interés podíais haber llamado vosotros. De todas formas con que vengáis y estéis acompañando es suficiente.

Lola inició una serie de ditirambos que la nuera cortó con firmeza y cortesía. Entonces cuando Mili pensó que la cuestión quedaba zanjada, la abuela paterna la sorprendió con una nueva pregunta.

―¿Qué es eso de que vais a poner una orquesta después del banquete?

Mili suspiró. La bruja de Remedios había ido ya con el cuento. Era cierto que habían contratado un grupo, nada del otro mundo. Un teclista y una cantante. Pero tratándose de su cuñada cabía esperar que hubiera exagerado la nota diciendo que habían tirado la casa por la ventana, trayendo una gran orquesta.

Las palabras de su suegra corroboraron su suposición.

―Mira a ver si no estás malcriando a mis nietos.

“Si, ya son tus nietos para lo que te conviene. Para hacerte la madre desconsolada delante de los conocidos. Ni siquiera te preocupaste de aparecer para el cumpleaños de Javi”.

―No me lo parece, Lola ―replicó con calma―. Es un día especial para Gema. Y el único regalo que pidió a su abuelo, fue una orquesta después de la comida. Unos regalan una pulsera, un anillo. Mi padre paga la orquesta. No creo que vaya a afectaros en nada.

―¿Qué no? ¿Es que no vas a enseñar a tus hijos a respetar la memoria de su padre?

“Ahí le duele”, pensó la joven. Con la misma tranquilidad contestó.

―Pues mira Lola. Eso es lo que hago. Sergio habría querido que su hija disfrutase en el día que seguro va a ser el mejor de su infancia. El que tenga ganas de llorar que vaya al servicio y que desahogue. Y ahora si me perdonas, tengo que colgar. Los críos vendrán enseguida.

La tarde transcurrió de la manera habitual. Dar la merienda a los niños, vigilar que hiciesen los deberes. Por la noche mientras se desvestía Mili se puso a reflexionar. Siempre había tenido la impresión de que Remedios la había considerado como una intrusa. Una señorita de capital que podía ponerse por encima de su hermano.

No había sido así, por supuesto. La relación entre ambos se había basado en el respeto. Pero estaba segura de que Remedios no quería verlo. Cada domingo, en las visitas, lo manifestaba con preguntas acerca de su convivencia, de la relación con la familia política, que en más de una ocasión irritaban a Sergio. Eso la hacía replegar velas por un tiempo, hasta que volvía a la carga.

Remedios le tenía celos. Siempre había tenido una conexión con Sergio y ésta se mantuvo después de la boda, con todo, no había aceptado compartir su afecto. Y ese sentimiento perduraba. Eso explicaba el ostracismo en que sus cuñados la habían tenido tras la muerte de Sergio. Una bocanada de amargura subió desde su estómago a su garganta. Una voz somnolienta de hombre le preguntó si no pensaba dormir.

—Ya va, pesado―contestó―. Pero hoy nada de murga. Estoy muerta.

Mili se puso el camisón y se acostó. Antes de apagar la luz, tuvo una idea. Al día siguiente hablaría con sus padres. Lo más probable sería que al principio les chocase, pero estaba segura de que lo entenderían.

Nadie empañaría la ilusión de Gema. Antes tendrían que pasar por encima su cadáver.

Por fin llegó el gran día. Unos pasos acelerados por el pasillo le indicaron que Gema se había levantado excitada. Primero trató de calmarla diciéndole que era temprano, que se quedase un poco más en la cama, pero fue inútil. Después de recorrer el pasillo de arriba abajo, la niña entro de nuevo en su cuarto y abrió el armario.

—¡No se te ocurra sacar el traje del armario! Advirtió Mili.

―Sólo lo estoy mirando mamá.

―Más te vale, respondió la madre. Si lo ensucias, te mato.

Dando un suspiro se levantó de la cama. Estaba ya despierta y no se fiaba de su hija. A paso rápido se dirigió a la habitación de los niños. El pequeño observaba a su hermana con aire burlón.

―Mamá. Esta niña es tonta.

―Tú más le replicó su hermana.

Mili intervino.

―A ver, calma. Javier, no te pases, le hace ilusión. Y tú ―añadió dirigiéndose a Gema― ponte una bata no vayas a coger frío.

A las once la familia abandonó el piso camino de la iglesia. Luis, su nuevo marido inmortalizaba el momento, Javier revoloteaba en torno a su hermana provocándola.

Mientras avanzaban hacia el templo, Mili, quedó embargada por un sentimiento agridulce. De un lado no podía olvidar la ausencia de Sergio, habría pensado que su hija era la más guapa pero al mismo tiempo, estaba satisfecha. Después de superar una viudez prematura, había conseguido una estabilidad para sus hijos y para ella misma. Además el tiempo acompañaba.

Tras la ceremonia la familia y los invitados se trasladaron a un restaurante en las afueras. La tensión llegó en el momento de repartir a los invitados. Cuando Lola supo que la mesa presidencial la ocuparían su nieta y sus amigos, no dudó en mostrar su desacuerdo mostrando mala cara.

Mili supo que el segundo dolor de cabeza estaba próximo.

Antes de marchar, Marta, la madrina de Gema se acercó a su mesa para decirle que la matriarca quería hablar con ella. Luis se dispuso a replicar, pero ella con un gesto le indicó que se calmara y se levantó.

― Bueno Lola ¿Qué pasa?, preguntó cuando se encontró frente a su antigua suegra.

―¡Eres una sinvergüenza! No sólo olvidas la memoria de mi hijo, sino que nos relegas y además a lo zorro.

El fuego le subió a las mejillas. Podía comprender que de entrada les hubiese parecido mal que hubiese rehecho su vida con Luis, que notase la falta de su hijo. Sin embargo lo que no podía encajar era que dos años después de morir Sergio, se hubiesen ido a bailar a Benidorm.

―Pues mira, Ya que somos tan sinceras, te voy a decir que lo tuyo es puro teatro. Si hice esto es porque veía que estabas dispuesta a amargar la comunión de tu nieta con llantos y suspiros No lloraste tanto cuando te fuiste de vacaciones para divertirte¿no? ¿Sabes que te digo? Si no fueses la abuela de mis hijos y la madre de Sergio te mandaría a donde yo me sé.

Lola se quedó suspensa unos minutos. Cuando quiso responder pero Mili ya se había ido.

Esta vez has ido demasiado lejos

Siempre has sido un poco comediante. Te gustaba llamar la atención. Desde que te conozco, y ya hace mucho de eso, has intentado centrar sobre ti todas las miradas. En el colegio eras la más chistosa, chismosa, vistosa (hasta con el feo uniforme gris). Traías a las monjas de cabeza. Imitabas a la Hermana Virtudes a la perfección, sobre todo sus explicaciones en francés.

Cuando comenzamos el instituto lo mismo, pero con más intensidad y marrullería. Cambiaste tus gracias, primero por gamberradas y luego por delitos de mayor o menor intensidad y además te volviste bastante cruel con tal de conseguir tus fines. No sé hasta qué punto todos somos culpables de tus “cosas”, pues te reíamos las gracias.

Spoon Baby Spoon, de Arbron

Spoon Baby Spoon, de Arbron

Desarrollaste en aquella época una técnica para salir indemne de todos tus líos y a lo largo de tu vida las has seguido utilizando. Recuerdo cuando robaste el examen de matemáticas, creo que estábamos en segundo de BUP. Los logaritmos eran tu pesadilla y te enteraste que el profesor tenía las posibles preguntas sobre la mesa de su despacho. Ni corta ni perezosa entraste por una ventana, aquella tarde, lo copiaste y al día siguiente conseguiste aprobar. Casi te descubren por presumir de tu hazaña, pero te desmayaste en clase y todo se olvidó.

¿Y durante aquel viaje de estudios? Robaste en una tienda unos pendientes, cuando la dependienta -una chica de nuestra edad- salió detrás de ti, fingiste un ataque de nervios tan real, que la pobre se asustó y te dejó marchar. El realismo de tu actuación nos dejó perplejos a todos.

Tras estos alardes interpretativos te lanzaste a cosas de más enjundia, por así decirlo. Siempre que se presentaba la ocasión de hacer “algo”, lo hacías, sobre todo robar algo. Si eras descubierta, automáticamente te desmayabas, te subía la tensión, ponías los ojos en blanco, te salía espuma por la boca, temblabas violentamente. En clase te llamábamos “señorita Tembleque”. Claro que esto ya no colaba en todas partes, pero tú que no eres tonta ya sabías bien donde actuar. Grandes almacenes en la ciudad, tiendas en lugares donde ibas de vacaciones, etcétera. En definitiva, donde no te conocían.

Pero de todos tus desempeños el más cruel e innecesario fue el siguiente. No sé si te acordarás, creo que si, de aquella vez que intentaste suicidarte (de mentirijillas, claro) cuando te dejó Ramón. Ya no eras tan cría, tendrías al menos 21 años. Tomaste no sé que pastillas que tenía tu madre y que resultaron ser vitaminas. Diste un buen susto a tus padres, haciendo pasar las vitaminas por otra cosa. Hasta te hicieron un lavado de estómago. Pero tú, estabas feliz en la cama del hospital recibiendo atenciones y mimos de todos, menos de Ramón que no quiso saber nada más de ti. Te gustó menos cuando enviaron al psiquiatra a verte. El buen hombre dijo que lo habías hecho solamente para llamar la atención, que no tenías ningún problema, aunque deberían vigilarte por un tiempo.

Pero en la psiquiatría encontraste un filón. Buscaste a uno y lo convenciste de tu necesidad de medicación. Supongo que tras una buena actuación de las tuyas. Usaste lo de la medicación en exámenes, trabajos… Era un buen pretexto para eludir tus responsabilidades.
Ya de adulta creímos que se te había pasado la “tontería”. Durante unos años te comportaste de manera normal. Incluso te casaste con un chico encantador.

Eso duró ¿cuánto? ¿Cuatro, cinco años? Se enteró que salías con otro y claro, tus dotes de consumada actriz regresaron como si nunca se hubiesen ido. Lloraste, te desmayaste y no resultó. Quisiste dar un golpe genial. Pero esta vez has ido demasiado lejos. Te lanzaste bajo un autobús pensando que el conductor te vería y frenaría a tiempo. Pero no. Ahora estás en el hospital, en coma desde hace tres meses. Los médicos creen que no te despertarás. Yo no estoy tan segura. Es posible que ya estés consciente e intentando engañarnos a todos. Tu marido se siente mal, viene a verte todos los días. Me da pena. Al final tienes lo que querías, la atención constante de los demás a cualquier precio. Si hubieses sido actriz habrías ganado una tonelada de premios.

La ronda

Se aseguró que las puertas de los camerinos estuvieran cerradas con llave, recorrió el pasillo hasta el escenario comprobando que nada entorpeciese el paso y, de paso, arrinconó un poco más un par de sillas que estaban en una esquina, a un par de metros de la salida a escena. Revisó dos veces, como siempre, que la tramoya estuviese asegurada y hecho un vistazo al entramado de cables, cuerdas y tela que es el telón. «Tanta madera y cuerda reseca no es bueno que estén juntas», pensaba noche tras noche.

Las butacas, de sergis blog

Las butacas, de sergis blog

Algunas noches, cuando hacía el recorrido de comprobación, venía a su memoria aquellas imágenes aéreas del incendio del Liceo de Barcelona. Lloró como nadie aquella última noche de enero del noventa y cuatro, sintiendo culpa y desasosiego a partes iguales. Desde entonces siempre realizaba aquella última ronda de comprobación y no había vuelto a dejar de revisar ni un sólo rincón. Aunque llegase de madrugada a casa.

Siempre terminaba la ronda atravesando el patio de butacas desde el escenario. Bajaba por la escalera que previamente había dejado allí cuando volvía de revisar los palcos y cruzaba el pasillo con paso ágil, sin ruido, gracias a la moqueta roja. Antes de abandonar la estancia, se giró y realizó la última comprobación con la vista. Ante la falta de novedades, salió y cerró la puerta tras de sí. A esas horas el silencio lo envolvía todo y se apoderaba del lugar hasta el día siguiente, hasta la próxima función. El ruido de la puerta cerrando el patio de butacas fue la única nota discordante en todo el paseo.

Finalmente, llegó a la entrada principal, sacó las llaves y abrió la puerta. Un último vistazo alrededor, un gesto asintiendo con la cabeza y apagó las luces. Salió del teatro y cerró la puerta principal con calma, con cansancio. La sombra que estaba tras él esperó hasta que hubo dado dos vueltas a la cerradura y se acercó.

–¿Son éstas las llaves?
–Si.
–Le he hecho un recibo donde consta que me las entrega, con el día y la fecha. Está sellado.
–Muy bien. ¿Qué dijo el dueño?
–¿Del teatro? Nada. Sólo que no iba a pagar por mantener abierto un pozo sin fondo.
–Sí, es típico de él.
–Si.
–¿Qué van a hacer con él?
–Lo tirarán respetando la fachada y montarán una hamburguesería dentro.
–¿Cómo el de la calle Corrida?
–Igual.
–No sé de qué me extraño. Este país se va a la mierda. Buenas noches.
–Adiós.

El incorregible Andrés

Andrés se levanto como cada día, temprano.Hace mucho frió hoy, es lunes, 20 de Enero. Las calles están cubiertas por un impoluto y mañanero manto blanco. Y según predijo el tiempo en las noticias de la noche anterior, va a continuar nevando. Después de una ducha para despabilar se dirige a la cocina para preparar el desayuno. Mientras la leche calienta en el microondas, Andrés extiende sobre la mesa de la cocina un mantelito individual y una servilleta. Coloca el plato y la taza. Al lado derecho pone la cucharilla.Sigue todo un ritual.

Suena el pitido insistente del microondas, avisando de que la leche esta lista. Coge la jarra y la coloca sobre la mesa. Se sirve el café y la leche, y añade cuatro cucharadas de azúcar. Remueve insistentemente, deja la cuchara en el plato y sorbe el café lentamente. Coge una rebanada de pan, lo unta de mantequilla y mermelada y moja este en el café. Come despacio, mientras relee con devoción un libro de auto ayuda titulado “Como vivir bien sin trabajar”. Cuyos consejos sigue al pie de la letra, sin saltarse una coma.Tal vez esta sea la cuadragésima vez que lo lee.

Cuando termina de desayunar, se levanta, recoge la mesa y va al cuarto de baño. Sin peinarse, coge la primera zamarra que ve en el colgador, unos guantes, una bufanda y un gorro de lana gruesa, abre la puerta y baja las escaleras.Cuando llega al portal, saca una aparatosa silla de ruedas, de debajo de la escalera. Se sienta en ella y sale a la calle.Da algunas vueltas. Se detiene en una parada de autobús y espera el numero 1 que va al centro.

Andrés es una persona solitaria. Tiene 49 años, es un hombre todavía atractivo, pero algo dejado en su aspecto físico, de profundos ojos azules y pelo canoso. Su vida tomo un nuevo giro cuando Elisa le abandono, llevándose con ella a sus dos hijos porque según le decía ella era un irresponsable, un inmaduro. Antes de tomar esta decisión hablo con Andrés en diversas ocasiones para intentar salvar su matrimonio. Durante los seis años que duro su relación, Elisa le conoció a su marido algo así como treinta empleos. Nunca permaneció más de seis meses en el mismo trabajo porque siempre cogía una baja por depresión.

Cuando llega a Uría. se dirige hacia la fachada, donde esta la entrada de un importante centro comercial. Se instala con su silla justo al lado de la puerta, saca un cartel mil veces doblado y ajado, que dice: “No puedo trabajar y no percibo pensión de ningún tipo porque la persona para la que trabajaba, no me tenia asegurada, cuando sufrí un terrible accidente de trafico. Tengo 3 hijos a los que alimentar”. Extiende su mano y comienza a solicitar de los viandantes una limosna. Ahora Andrés adquiere una apariencia diferente.La gente le mira con simpatía, unos se acercan y le preguntan que le sucedió, otros se paran para darle algún dinero y otros simplemente pasan por delante sin torcer la cara porque ya no se creen nada.

A media mañana ya contabiliza 40 euros.Son las 2. Andrés decide tomar un descanso para comer algo y se va dos calles más allá, a un pequeño bar donde acude cada día para comer el menú del día y por el que paga seis euros, incluido el café. A las 5 vuelve de nuevo a la calle, se sitúa en el mismo sitio y así continua hasta las 9.La tarde no ha sido tan rentable como la mañana, pero esta satisfecho. Coge el autobús y regresa a casa.

La casa se nota muy vacía. Es un primer piso, en un edificio de apenas dos plantas, que heredo de un tío suyo, soltero, al que Elisa y Andrés cuidaron durante sus últimos días. Aparte de Andrés, nadie mas vive allí Los últimos vecinos que tuvo, fueron desalojados por el juzgado por no pagar la renta. Así que el propietario prefirió mantener el piso vació.

El piso no es muy grande, apenas unos setenta metros cuadrados, pero esta bien distribuido, y es muy luminoso. Como hizo mucho frió y Andrés no estuvo en casa en todo el día, y la calefacción estuvo apagada, lo primero que hizo nada mas entrar fue encender para que la casa se fuera aclimatando. Eso y ponerse el pijama de felpa azul oscuro, que su suegra le había comprado un año que fue a Portugal, con la asociación de amas de casa, a la que pertenecía.

Después de ponerse cómodo, saca el dinero que llevaba en el bolsillo interior de la chamarra y lo guarda en un bote de cristal, que antes había contenido espárragos, junto con la recaudación de las veces anteriores que había acudido a mendigar.
Se prepara la cena, una tortilla francesa de dos huevos y un vaso de colacao, bien caliente.Se sienta en el salón, delante de la televisión y pone el canal donde están pasando una película.

Ni siquiera han pasado quince minutos y se queda profundamente dormido. Es muy habitual que Andrés duerma en el sofá. Desde que su mujer se fue, no ha vuelto a dormir en su cama, salvo alguna vez que alguna de sus amigas, viene a casa para quedarse una noche. Entonces comparte su cama, sin ningún reparo.

La vida de Andrés es siempre igual, lo único diferente que puede ocurrir es que alguno de sus amigos yonquis vengan a verle para pedirle dinero. Entonces se montan unas broncas impresionantes, tanto es así, que alguna vez la policía se presento en la vivienda, llamada por los vecinos de los otros edificios. Pero Andrés siempre sale victorioso de la contienda, alega que vienen a robarle. La verdad es que Andrés no quiere a nadie, solo a si mismo. No tiene escrúpulos ni conciencia.

Son las seis de la mañana y Andrés se levanta, temprano, como siempre. Vuelve a la rutina. Se coloca en el mismo sitio, come en el mismo bar y vuelve de nuevo a su trabajo. Así un día y otro. Andrés se levanto como cada día, temprano. Hoy es 14 de febrero. La gente no para de entrar y salir en el centro comercial. Todo el mundo esta comprando para regalar a sus parejas. Es un día excelente para el trabajo de Andrés, la gente se muestra mas amable de lo habitual, como si fuera Navidad. A media mañana ya había recaudado mas de noventa euros. Como todos los días, se fue a comer, a eso de las 2, al bar, dos calles mas allá. Hoy incluso se tomo un chupito de orujo de hierbas. Y a las 5 volvió de nuevo a su puesto.

Eran las siete, más o menos, cuando una persona se detuvo delante de Andrés. Este permanecía con la cabeza baja, como hacia siempre. La persona que se paro delante del el, se acerco a su oído susurrando: siempre te lo dije y no me negaras que lo tuyo es puro teatro. Andrés reconoció la voz, alzo la vista y vio a Elisa que se alejaba. Mientras la veía alejarse, esbozó una sonrisa.