Editorial

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Un lector me recuerda a un cronopio cuando va de viaje. Los cronopios, como los lectores, viajan sin hoteles ni taxis ni reservas, y a la hora de dormir se dicen unos a otros: “La hermosa ciudad, la hermosísima ciudad”, y sueñan toda la noche que en la ciudad hay grandes fiestas y que ellos están invitados. Es este viaje alucinante y enloquecido,  hermoso y sorprendente,  que se hace sin prisa ni raíles ni equipaje (o con todo el equipaje del mundo) y que te llena de conocimientos y de pensamientos voladores. Este viaje-lectura también tiene algo de prestidigitador, porque cultiva el asombroso arte de la teletransportación. Así, leyendo a Paul Theroux podemos afirmar sin que nos tiemble el pulso que hemos atravesado en tren América Latina sudando la gota gorda por el camino, que hemos  entrado en las chozas de África con  Kapuscinski  (el mismo horror en sus ojos que en nuestros ojos porque eran los mismos) y que hemos temido a los tigres de la India junto a Kilping. Cuando visitamos Praga o Nueva York después de leer a Kundera y a Auster, tenemos la sensación de que realmente ya hemos estado allí, que esas ciudades están sumidas en nuestros recuerdos como si fueran lugares que conocimos en nuestra infancia y a los que ahora retornamos para conocerlos de forma más precisa. Porque nosotros ya hemos estado allí.  De la misma forma que muchas personas pueden describir con pelos y señales a qué huele exactamente Macondo; y no me refiero a citar de memoria las palabras que García Márquez empleó para detallar este olor (si es que empleó alguna)  sino a cómo les huele a ellos. Conocen este olor como conocen el tufo de los autobuses a hora punta o la mezcla de palomitas y moqueta en los cines. Lo conocen porque han estado allí.

Los libros son pues un viaje dentro de otro viaje que nos descubren no sólo el laberinto de Londres o el ensordecedor barullo del mercado de Fez, sino también  lo que siente un soldado asustado ante la batalla o lo que habita dentro del corazón de una mujer rusa. Muchas veces he pensado que una de las mejores imágenes para explicar qué es la literatura es el aurin, el símbolo que Michael Ende creó para ‘La historia interminable’, un medallón con dos serpientes enroscadas que se muerden la cola. Si vas deshaciendo sus nudos, si las desenrollas, descubres que esas serpientes forman un círculo.  Porque si Orson Welles decía que toda gran historia, en el fondo, siempre era una historia de amor, tengo el convencimiento de que las grandes historias siempre son circulares. Algo que se abre y se cierra, que se llena de nudos y peripecias, y la mayoría de las veces termina en el mismo punto de partida. Porque la historia de la literatura es la historia de un regreso, de un viaje que comienza y acaba. Una historia es un boomerang que se tira al aire y que cuando vuelve a tu mano te cuenta todo lo que ha visto en el trayecto. La aventura de Ulises fue buscar el camino de vuelta a casa, don Quijote se fue a morir a su cama después de haber luchado con gigantes, la Regenta termina desmayada en el suelo de la misma catedral donde la conocimos: todos ellos regresaron y ninguno era el mismo. Kirmen Uribe lo describe magistralmente en su libro sin necesidad si quiera de empezar a leerlo: ‘Bilbao-Nueva York- Bilbao’. En este título, en este itinerario reducido, nos muestra Uribe todo su aprendizaje: cómo volando al otro lado del mundo volvió a su casa para entenderla.

Pero a veces justamente la historia se cierra sabiendo que ya jamás se puede regresar, que no hay forma posible de volver al punto de partida, porque éste ha quedado enterrado como un alfiler en la nieve.  El protagonista de ‘El Túnel’ de Sabato nos narra desde la cárcel su descenso a la obsesión y a la locura y cómo tuvo que asesinar a la mujer que amaba porque la vida ya no podría ser la misma si ella seguía existiendo lejos de él. Al igual que el fuego por Lolita trasformó para siempre a Humbert Humbert, el corazón del continente africano a Kurtz o Moby Dick al capitán Ahab. Todos comenzaron siendo muy distintos. El viaje sin retorno, el imposible regreso, es otra forma de cerrar el círculo. Si un personaje termina siendo exactamente el mismo que empezó, entonces eso no es un libro sino un listín telefónico.

Aunque quienes protagonizan el mayor regreso de la historia de la  literatura no son otros que los propios lectores. Volviendo a Michael Ende (¿ven? Incluso en menos de mil palabras también se acaba regresando), un lector siempre es como Bastian Baltasar Bux, ese niño que cuando termina de leer ‘La historia Interminable’ continúa en el desván de su colegio, en el mismo día de lluvia y en el mismo lugar en el que empezó a leerlo; sin embargo, ha estado en Fantasía. Así viajamos los que leemos: al cerrar el libro continuamos en nuestra vida, en el salón de casa, con la misma ropa, los mismos cuadros en la pared, las mismas manchas en la alfombra; pero una pequeña parte de nosotros ya no es la misma. Ya no es la misma porque ahora tenemos más. Nunca se regresa de leer con las manos vacías.

Así regresa ‘El taller de las palabras’. Y regresa viajando.

Leticia Sánchez Ruiz

Escritora y periodista ovetense,

ganadora del IX Premio Internacional de Novela

Emilio Alarcos Llorach por “Los Libros Luciérnaga”.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Leticia Sánchez-Ruiz

Jovencísima ovetense, flamante ganadora de la IX edición del Premio Internacional de Novela Emilio Alarcos con su novel “Los Libros Luciérnaga”, columnista, redactora (no en vano es licenciada en Ciencias de la Comunicación), crítica literaria, lectora y cuentista, lo que no es primerizo son sus premios, puesto en el 2004 se hizo con el Tétrada Literaria de Novela Corta con su “El Precio del Tiempo”.  Leticia, embarcada en otra obra,  entre presentación y presentación de su éxito, no duda en pararse un rato con nosotros para contestarnos unas preguntas.


Usted escribió (e incluso ganó un premio) una“novela corta antes de “Los Libros Luciérnaga”. ¿Fue algo preparatorio? ¿Considera “necesario” escribir algo más corto antes de embarcarse en una novela, o ambos son géneros independientes con problemas diferentes?

Preparatorio, no. Yo sabía que algún día escribiría una novela, pero nunca consideré como preparación previa todo lo que escribía antes: novelas cortas, poemas, cuentos… Me gustaba escribirlas y me sigo gustando hacerlo. El cuento es un género que me apasiona, y que en Sudamérica es más importante que la novela. Ahora, eso sí, la dureza que tiene ponerse a escribir una novela, las horas y esfuerzos que supone tanto en el escritorio como fuera de él, no creo yo que haya nada que te lo prepare.

Comentaba en una entrevista que es una lectora voraz. ¿Le cuesta no dejarse influir por el estilo del autor que está leyendo en ese momento, y lo traslada sin darse cuenta a su escritura, o por el contrario no le influye en absoluto?

Es algo que no puedes evitar, es como estar tarareando una música que escuchas. A veces noto que meto en lo que escribo, queriendo o sin querer, influencias de lo que en ese momento estoy leyendo (una frase, una puntuación, un tono, una idea… pequeñas cosas). Aunque realmente uno no es del todo consciente. Por ejemplo, varias personas que no conocía me han dicho que leyendo mi libro pensaron que a mí me gustaba Julio Cortázar. Y así es, pero por más que lo miro, no veo nada que se pueda parecer a lo que Cortázar escribía. No sé, debe ser como un perfume.

¿Cómo planeó la novela? Hay 3 historias bien diferenciadas. Seguro que se lo han preguntado alguna vez, pero, ¿escribió cada una, de principio a fin, por un lado, y luego las mezcló? ¿O fue escribiéndolas tal cual las encuentra el lector?

La verdad es que el planteamiento de la novela fue todo un caos, una mezcla de todas las cosas. Pero digamos que, para ordenarlo, para hallar la “entropía”, escribí las historias una a una. Aunque mi visión de la novela fue global; una historia siempre contenía las otras dos.

A pesar de su  juventud, los protagonistas de la línea argumental más trabajada y compleja son francamente mayores. ¿Le costó especialmente? ¿O, por cercanía, le resultó más difícil redactar la historia de Lucía?

Cada uno me costó de forma distinta. Por ejemplo, cuando escribía sobre Ulises y Melquíades, me preguntaba si la gente de 65 años hablaría de esa forma o se plantearía esas cosas. Pero cuando escribía sobre Felipe o Lucía, me preguntaba: ¿realmente la gente de esta edad es así, o es que estoy demasiado viciada por mí misma? Y, si te digo la verdad, casi fue más difícil hablar de mi generación. A los demás los miraba con otra perspectiva.

Es increíble la madurez que consigue, y el gran realismo psicológico que desprenden los personajes (y digo increíble por la edad de la escritora). ¿Estaremos ante la versión española de Zadie Smith?

¡Muchísimas gracias! Una de las obsesiones que tenía en esta novela, casi más que la de contar la historia, era la de hablar de los protagonistas. Que el lector los conociera, los amara, los odiara, los viera, los entendiera… que, en definitiva, los acompañara en esta aventura. “Los libros luciérnaga” es fundamentalmente un libro de personajes. Ya he dicho más de una vez que en muchas ocasiones quise tirar la novela por la ventana mientras la escribía, y que un motivo poderoso que me hizo no arrojarla por el patio de luces fue el pensar que dejaba huérfanos a mis personajes. ¿Qué sería de ellos sin mí? Dejarían de existir. Les he cogido tanto cariño, y los veo tan claramente, que un día pienso que me los voy a encontrar por la calle y vamos a saludarnos.

¿Zadie Smith? Qué más quisiera yo. Esa mujer con 22 años ya estaba en la lista de los best-sellers…

Una pregunta indiscreta: ¿hay mucho de usted en Lucía?

Jajajaja. Cada vez que yo le preguntaba a un escritor que con cuál de su personajes se identificaba más y me respondía que había un poco de él en todos, siempre me quedaba bastante chafada pensando: “Qué poco interesante, qué manida la respuesta”. Y ahora, heme aquí, obligada a decir lo mismo, porque es la verdad. Hay mucho de mí en Ulises, el progre del 68, y en Felipe, el dueño del bar con una revolución pendiente. Y sí, claro que hay mucho de mí en Lucía, la chica que sueña con ser escritora, o que ya lo es sin darse cuenta. Lo que pasa es que a Lucía, más que identificarme con ella, la veo como una hermanita pequeña.

Usted también es crítica literaria. ¿Ayuda eso a la hora de escribir la novela, o por el contrario, asusta, puesto que el espíritu crítico no hace más que incordiar?

Ni ayuda ni estorba. Yo soy una crítica que lee no con ojos de crítica, sino con ojos de lectora. Pero claro que me asustaban las críticas, y que no gustara a los lectores, y que no le gustara a la gente que quiero, y que no se vendiera… es todo un cúmulo de miedos. Y me siguen asustando, y algo me dice que no me van a dejar de asustar nunca. Sólo hay un momento en el que nada de eso me importa: mientras escribo. Pero cuando salgo de ahí, me tiemblan las piernas por casi todo.

Los finales de las novelas es algo que me obsesiona. ¿Acabó usted la novela, o fue ella la que finalizó sola?

A mí también me obsesionan los finales de las novelas. No me gustan los finales abiertos, las cuentas pendientes que nunca se saldan. “Los libros luciérnaga” es como un mosaico hecho con pequeñas teselas, pero al final, cuando ya está acabado, te das cuenta que entre todas forman un único dibujo. En parte la acabé yo, y en parte se acabó ella. Sin darme casi cuenta, como por arte de una magia extraña, muchas de las teselas se fueron colocando solas. A veces, mientras escribía, me ponía la mano en la boca, y decía para mí: “anda, así que esto era por esto otro. Mira tú…”. En muchas ocasiones la novela me sorprendió. Espero que también le ocurra a los lectores.

¿Alguna vez pensó en hacer una revolución?

¿Alguna? ¡Cientos! Yo, como Felipe, mi personaje, también tengo la absurda y triste certeza de que algún día la haré. Quién sabe si la estoy haciendo ahora. De lo que tengo miedo es de dejar algún día de soñar con revoluciones.

Mójese: ¿qué autores actuales no le gustan nada? Y para que no nos quede criticón, díganos cuáles le gustan  mucho.

No me gustan nada los escritores-mandarines que tienen secuestrada la cultura, que nos hacen creer que la literatura es algo muy serio, un privilegio para unos pocos, y que apartan a la gente de los libros, como si estos estuvieran reservados únicamente a los “exquisitos”. Adoro los escritores que escriben con los brazos abiertos.

¿Qué opina de la literatura en asturiano?

Admiro a quien tiene el coraje y el amor de escribir en una lengua que hablan muy pocos, en una lengua que aprendimos y aprendemos en nuestras casas, que forma tanta parte de nuestra cultura como nuestra familia o nuestra ciudad. Pero es una cuestión de piel. A mí escribir en asturiano no me sale. Eso no implica que la literatura en asturiano no la considere necesaria.

¿Le gustaría pertenecer a una generación de escritores?

La verdad es que considero que todos los escritores de mi generación (es decir, los que nacimos a finales de los 70, principios de los 80) somos muy diferentes entre nosotros: tratamos temas distintos, estilos dispares… Pero sí que hay algo que nos iguala: todos crecimos en libertad. Y eso es algo que se nota. Por ejemplo, en la nostalgia con la que hablamos de la vida de nuestros abuelos, de aquella generación amordazada de la que ahora nosotros, de alguna manera, somos sus portavoces.

Su novela, exceptuando las alusiones a Barcelona, Cardiff y Santander, no incide demasiado en los lugares, ni los describe de un  modo exhaustivo, dejando a los personajes suspendidos en cualquier ciudad, o cualquier pueblo. ¿Fue intencionado? ¿Quería, así, universalizar la novela, y por tanto, los sentimientos?

Los sitios donde más se desarrolla la novela son la Vieja Ciudad y el pueblo de Fenexía que, aunque sean trasunto de otros lugares, el lector no los puede identificar en el mapa. Lo hice así por tres razones. La primera es que no me gusta escribir sobre lugares cercanos. No sólo no me gusta: es que no puedo, no puedo nombrarlos. La segunda es que así estos lugares pueden ser cualquier ciudad pequeña, cualquier pueblo, el de cada uno. La tercera es que yo necesitaba unos sitios que pudiera deformar alegremente, poner calles, quitar edificios, inventarme cosas. Claro, si es un lugar concreto no puedo hacerlo. Inventé para poder ser libre.

¿Lleva más pensar una novela, o redactarla?

Sin duda, pensarla. Pensarla te lleva años, noches, paseos, cafés, rutinas, vacaciones… a veces una vida entera. Las mejores ideas no surgen en el escritorio, sino bastante lejos de él. Piensas la novela viendo la tele, charlando con los amigos, dando vueltas en la cama… es algo que te acompaña y nunca te suelta. Por eso los escritores tenemos fama de despistados: casi siempre estamos pensando en otra cosa.

¿Qué novela le hubiera gustado a usted escribir?

“Cien años de soledad”, “La conjura de los necios”, “Rayuela”, “El dios de las pequeñas cosas”, “Seda”, “La historia interminable”, “1984”, “Manuel de literatura para caníbales, “El Principito”… y un largo etcétera. (¿O sólo había que decir una?)

Por ser nuestra revista una “filial” de un taller de escritura, ¿qué opina de los talleres literarios?

He ido a muchos, me he divertido de lo lindo y pienso que son fantásticos. Por un lado, aprendes. Por otro, te rodeas de gente que lee y que escribe, y siempre es una suerte tener alguien con quién hablar de las cosas que a uno le apasionan. Y, además, te obligan a escribir, a sentarte frente al escritorio, que en el fondo es el paso más duro. Aunque, si alguien piensa en ir a un taller con el convencimiento de que no va  aprender nada porque ya lo sabe todo, y únicamente quiere que se alaben sus textos, para eso mejor que se quede en casa haciendo crucigramas o calceta.

¿Cree que la aparición del e-book ayudará a los escritores noveles? Y, siguiendo con esta línea, ¿son las nuevas redes de información útiles para que un escritor propague su escritura?

Sinceramente, no tengo ni idea de lo que pasará con el e-book, si ayudará a los escritores, si hará más fácil y accesible la lectura, si llegará donde el papel no llega. Lo que tengo claro es que el papel no desaparecerá, como no desaparecieron ni el vinilo, ni el teatro, ni la radio. Ni hay por qué sustituir, sino convivir. Y las redes de información actual son sumamente útiles para hacerse conocer. Además facilitan una comunicación directa entre el escritor y el lector. La primera vez que un lector me escribió en facebook para decirme que le había gustado mi libro y quería hacerme preguntas, casi me caigo de la silla. Continúo teniendo esa alegría cada vez que me escribe uno.