Tendemos a creer que siempre estamos avanzando, que el transcurrir de los años, por sí solo, moderniza; que el mundo está en una constante evolución y no existe el retroceso. Así, todo tiempo pasado fue peor, más restrictivo, menos moderno, y alabamos la cantidad de oportunidades que se tiene en la actualidad.
Cualquier vistazo superficial a la historia nos dirá que es una tendencia de pensamiento errónea; citando a la escritora Rosa Montero, “en el caso de la mujer solemos pensar que se ha ido poco a poco conquistando la igualdad hasta llegar al máximo de hoy, lo cual no es del todo cierto. Porque la situación de la mujer occidental parece ser hoy mejor que nunca, pero el trayecto no ha sido lineal: ha habido momentos de mayor libertad, seguidos por épocas de reacción”.
Habiendo más mujeres asesinadas por su pareja este año que el anterior, viviendo en una sociedad en la que la mujer gana un 20% menos que el hombre, al menos pondremos en entredicho que de verdad estemos mejorando. Se han creado Unidades de Igualdad en todos los Ministerios para que, cada Ley que quiera ser aprobada, pase antes por el tamiz de una lectura femenina, por si se hubiera quedado algo en el tintero o nuevas posibilidades no estuvieran contempladas (al fin y al cabo, la gran mayoría de leyes siguen siendo pensadas desde una perspectiva masculina); y existen innumerables asociaciones feministas que intentan prohibir publicidades por considerarlas ofensivas.
Sin llegar a querer prohibir (puesto que es otra forma de censura), sí me gustaría intentar probar para que cualquiera decida, que en cuanto a lecturas juveniles no hemos avanzado en absoluto.
Me he dedicado a comparar 2 fenómenos literarios de épocas diferentes. Por un lado se trataría de la serie de libros de “Ana de las Tejas verdes”. Escrito por la canadiense Lucy Maud Montgomery en 1908, alcanzaría tal éxito que se convirtió en una serie emitida por la televisión canadiense que a día de hoy sigue creando secuelas y consiguiendo grandes audiencias al emitirse por la televisión por cable.
La otra, por supuesto, es la saga Crepúsculo, que teniendo en cuenta el bombardeo mediático a que nos somete, no necesita más presentación.
Anne Shirley es la protagonista de la primera. Se trata de una huérfana que llega a la vida de Marilla y Matthew, dos hermanos solterones que viven en la ficticia población de Avonlea. Ellos preferían un chico pero acaban encandilados con la pobre Ana.
A lo largo de los libros, veremos cómo Ana crece, va a la gran ciudad para estudiar, de ahí a la Universidad, y acaba casándose con su gran amor de la infancia (bueno, no “acaba” porque después del matrimonio sigue protagonizando aventuras). Pero el libro primero se centra en la llegada de Ana al pueblo, en la relación que establece ésta con las chicas y, por supuesto, con su compañero de estudios Gilbert, el guapo del pueblo y alumno más aventajado de la clase, el chico que el primer día se burla de su pelirrojo pelo y al que, por eso, retirará la palabra durante años.
Por su parte, Bella es una chica que acaba de llegar a la noerteamericana localidad de Forks para vivir con su padre (divorciado). Bella (que, como Ana, llega a una población en la que no conoce a nadie) parece hastiada de todo, no habla, no tiene demasiado interés en lo que la rodea, y sólo se despierta su interés un compañero de estudios, Edward, extraordinariamente bello.
Edward resultará ser un vampiro y de ahí derivará toda la argumentación. Pero lo que llama clamorosamente la atención es que Edward es inteligentísimo. Edward, por tanto, es guapo y además, (gracias a su condición de vampiro, suponemos) es fuerte, hábil, inteligente. Bella es descrita como torpe y debilucha (sin dejarnos claro porqué una chica sana de 16 años ha de ser así) y Edward siente un deseo irrefrenable por ella, por protegerla. Así, es capaz de matar si alguien se mete con ella (una parábola de los celos terrorífica), y eso es visto por Bella como una muestra de amor.
Por el lado de Ana, leeremos que durante años Gilbert intentará conseguir su perdón pero ella se dedicará a lo suyo (a estudiar y conservar la buena relación con sus amigas, por cierto), hasta que ya en la adolescencia y juventud mantendrá una buena amistad con él. Amistad que le obliga a él a contener su amor a raya; ella siempre con la sartén por el mango, siempre soñadora y activa, siempre apasionada, pero en un primer plano frente a él. No es hasta finalizar sus estudios, hasta haber vivido un romance con otro hombre, hasta haber trabajado fuera de casa, hasta ver que todas sus amigas se casan y haber explotado esa amistad al máximo, no es hasta entonces, digo, que Ana le responde a Gilbert con un “sí”. El “sí” de Ana tiene significación en tanto que es sincera, que lo ofrece segura de sí misma y de sus posibilidades, después de haberse creado una personalidad ella misma. Es también digno de atención que lo que atraiga de Ana a los hombres sea precisamente esa personalidad, esa libertad y esa inteligencia.
Mientras tanto, nuestra actual Bella se enamora de un vampiro. El hecho de estar con él a ella le pone en peligro, pero eso no le impide a Edward continuar, puesto que él desea estar con ella, y parece que es lo único que importa. A su vez, ella se enfrenta a su posible muerte de un modo cáustico, diciendo cosas como “morir por alguien a quien se ama es una buena forma de acabar, incluso noble. Cuando la vida te ofrece un sueño que supera con creces cualquiera de tus expectativas, no es razonable lamentarse de su conclusión”.
Stephenie Meyer, la escritora de la saga Crepúsculo, es una ama de casa licenciada en literatura que un día se decidió a escribir para salir de la monotonía y consiguió uno de los mayores best-seller de esta década. Es muy probable que Stephenie sea feminista, que esté educando a sus hijas en la creencia de que se lo merecen todo, y posiblemente reaccionaría espantada ante cualquier muestra de violencia hacia ellas. Pero eso es lo que más asusta de todo esto: el machismo que subliminalmente llevan muchas mujeres consigo, como si nunca pudiéramos bajar la guardia, puesto que nuestro “yo” más profundo, en lugar de percatarse y saltar al momento ante cualquier desigualdad, tiende al pensamiento masculino. De algún modo, tantos siglos de perspectiva masculina han ahondado en nosotras y han trocado nuestro punto de vista. Tardamos en darnos cuenta de las desigualdades. “Crepúsculo” es un best-seller y pocas personas han visto en él las afrentas que cuento. Es más, yo no las he visto por mí misma, sino que fue en un seminario de Igualdad y Violencia de Género en el que lo deconstruimos y valoramos lo reaccionario que éste era realmente.
Hemos de acudir a una lectura infantil de principios del siglo pasado para que nos lleguen nuevos aires, nuevos ejemplos. Para que la heroína de nuestros hijos sea una chica que antepone los estudios y a sus amigas ante el hecho de tener novio; una chica activa, devoradora de libros, que no critica a otras amigas y que no es especialmente bella. 100 años, digo. Tiene razón Rosa Montero: el trayecto del feminismo nunca es lineal.







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