Vampiros y pelirrojas

Tendemos a creer que siempre estamos avanzando, que el transcurrir de los años, por sí solo, moderniza; que el mundo está en una constante evolución y no existe el retroceso. Así, todo tiempo pasado fue peor, más restrictivo, menos moderno, y alabamos la cantidad de oportunidades que se tiene en la actualidad.

Cualquier vistazo superficial a la historia nos dirá que es una tendencia de pensamiento errónea; citando a la escritora Rosa Montero, “en el caso de la mujer solemos pensar que se ha ido poco a poco conquistando la igualdad hasta llegar al máximo de hoy, lo cual no es del todo cierto. Porque la situación de la mujer occidental parece ser hoy mejor que nunca, pero el trayecto no ha sido lineal: ha habido momentos de mayor libertad, seguidos por épocas de reacción”.

 

 

Habiendo más mujeres asesinadas por su pareja este año que el anterior, viviendo en una sociedad en la que la mujer gana un 20% menos que el hombre, al menos pondremos en entredicho que de verdad estemos mejorando. Se han creado Unidades de Igualdad en todos los Ministerios para que, cada Ley que quiera ser aprobada, pase antes por el tamiz de una lectura femenina, por si se hubiera quedado algo en el tintero o nuevas posibilidades no estuvieran contempladas (al fin y al cabo, la gran mayoría de leyes siguen siendo pensadas desde una perspectiva masculina); y existen innumerables asociaciones feministas que intentan prohibir publicidades por considerarlas ofensivas.

Sin llegar a querer prohibir (puesto que es otra forma de censura), sí me gustaría intentar probar para que cualquiera decida, que en cuanto a lecturas juveniles no hemos avanzado en absoluto.

Me he dedicado a comparar 2 fenómenos literarios de épocas diferentes. Por un lado se trataría de la serie de libros de “Ana de las Tejas verdes”. Escrito por la canadiense Lucy Maud Montgomery en 1908, alcanzaría tal éxito que se convirtió en una serie emitida por la televisión canadiense que a día de hoy sigue creando secuelas y consiguiendo grandes audiencias al emitirse por la televisión por cable.

La otra, por supuesto, es la saga Crepúsculo, que teniendo en cuenta el bombardeo mediático a que nos somete, no necesita más presentación.

Anne Shirley es la protagonista de la primera. Se trata de una huérfana que llega a la vida de Marilla y Matthew, dos hermanos solterones que viven en la ficticia población de Avonlea. Ellos preferían un chico pero acaban encandilados con la pobre Ana.

A lo largo de los libros, veremos cómo Ana crece, va a la gran ciudad para estudiar, de ahí a la Universidad, y acaba casándose con su gran amor de la infancia (bueno, no “acaba” porque después del matrimonio sigue protagonizando aventuras). Pero el libro primero se centra en la llegada de Ana al pueblo, en la relación que establece ésta con las chicas y, por supuesto, con su compañero de estudios Gilbert, el guapo del pueblo y alumno más aventajado de la clase, el chico que el primer día se burla de su pelirrojo pelo y al que, por eso, retirará la palabra durante años.

Por su parte, Bella es una chica que acaba de llegar a la noerteamericana localidad de Forks para vivir con su padre (divorciado). Bella (que, como Ana, llega a una población en la que no conoce a nadie) parece hastiada de todo, no habla, no tiene demasiado interés en lo que la rodea, y sólo se despierta su interés un compañero de estudios, Edward, extraordinariamente bello.

Edward resultará ser un vampiro y de ahí derivará toda la argumentación. Pero lo que llama clamorosamente la atención es que Edward es inteligentísimo. Edward, por tanto, es guapo y además, (gracias a su condición de vampiro, suponemos) es fuerte, hábil, inteligente. Bella es descrita como torpe y debilucha (sin dejarnos claro porqué una chica sana de 16 años ha de ser así) y Edward siente un deseo irrefrenable por ella, por protegerla. Así, es capaz de matar si alguien se mete con ella (una parábola de los celos terrorífica), y eso es visto por Bella como una muestra de amor.

Por el lado de Ana, leeremos que durante años Gilbert intentará conseguir su perdón pero ella se dedicará a lo suyo (a estudiar y conservar la buena relación con sus amigas, por cierto), hasta que ya en la adolescencia y juventud mantendrá una buena amistad con él. Amistad que le obliga a él a contener su amor a raya; ella siempre con la sartén por el mango, siempre soñadora y activa, siempre apasionada, pero en un primer plano frente a él. No es hasta finalizar sus estudios, hasta haber vivido un romance con otro hombre, hasta haber trabajado fuera de casa, hasta ver que todas sus amigas se casan y  haber explotado esa amistad al máximo, no es hasta entonces, digo, que Ana le responde a Gilbert con un “sí”. El “sí” de Ana tiene significación en tanto que es sincera, que lo ofrece segura de sí misma y de sus posibilidades, después de haberse creado una personalidad ella misma. Es también digno de atención que lo que atraiga de Ana a los hombres sea precisamente esa personalidad, esa libertad y esa inteligencia.

Mientras tanto, nuestra actual Bella se enamora de un vampiro. El hecho de estar con él a ella le pone en peligro, pero eso no le impide a Edward continuar, puesto que él desea estar con ella, y parece que es lo único que importa. A su vez, ella se enfrenta a su posible muerte de un modo cáustico, diciendo cosas como “morir por alguien a quien se ama es una buena forma de acabar, incluso noble. Cuando la vida te ofrece un sueño que supera con creces cualquiera de tus expectativas, no es razonable lamentarse de su conclusión”.

Stephenie Meyer, la escritora de la saga Crepúsculo, es una ama de casa licenciada en literatura que un día se decidió a escribir para salir de la monotonía y consiguió uno de los mayores best-seller de esta década. Es muy probable que Stephenie sea feminista, que esté educando a sus hijas en la creencia de que se lo merecen todo, y posiblemente reaccionaría espantada ante cualquier muestra de violencia hacia ellas. Pero eso es lo que más asusta de todo esto: el machismo que subliminalmente llevan muchas mujeres consigo, como si nunca pudiéramos bajar la guardia, puesto que nuestro “yo” más profundo, en lugar de percatarse y saltar al momento ante cualquier desigualdad, tiende al pensamiento masculino. De algún modo, tantos siglos de perspectiva masculina han ahondado en nosotras y han trocado nuestro punto de vista. Tardamos en darnos cuenta de las desigualdades. “Crepúsculo” es un best-seller y pocas personas han visto en él las afrentas que cuento. Es más, yo no las he visto por mí misma, sino que fue en un seminario de Igualdad y Violencia de Género en el que lo deconstruimos y valoramos lo reaccionario que éste era realmente.

Hemos de acudir a una lectura infantil de principios del siglo pasado para que nos lleguen nuevos aires, nuevos ejemplos. Para que la heroína de nuestros hijos sea una chica que antepone los estudios y a sus amigas ante el hecho de tener novio; una chica activa, devoradora de libros, que no critica a otras amigas y que no es especialmente bella. 100 años, digo. Tiene razón Rosa Montero: el trayecto del feminismo nunca es lineal.

 

 

 

 

 

Una palabra tuya

Autora: Elvira Lindo, 2005.  Editorial: Seix Barral. 15 euros,  250 páginas.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Hay escritores que se manejan en géneros determinados. Otros, son buenos en un mismo argumento o temática. Unos pocos, eclécticos, brillan en todos los cambios de su obra. Y hay algunos, como Elvira Lindo, que encuentran su verdadera identidad al escribir una obra en primera persona.

Elvira Lindo se hizo famosa como escritora infantil con la serie de libros de Manolito Gafotas, alcanzando éste tanto parangón como la Celia de Elena Fortún, el Guillermo de Richmal Chrompton o el Nicolás de Sempé. Manolito Gafotas combina aventuras infantiles con un sentido del humor sardónico que valoraban los adultos (de ahí el éxito de ventas), pero en lo que alcanzaba cotas más altas era en los incontestables monólogos del protagonista, capaz de enlazar un tema con cualquier otro sin ninguna relación, en una continua digresión de la palabra que acababa enumerando tesis universales y de actualidad, como si de una columna en un periódico se tratase (no olvidemos que Elvira Lindo es periodista y recibe cartas diarias con asuntos que tocan todos los palos; es especialista en encontrar excusas para hablar, digamos, de cualquier cosa).

Después vendrían los libros “adultos” (El otro barrio, Algo más inesperado que la muerte), más notables de lo esperado y con esa tendencia a  derivar un argumento en otro, a apartarse del principal, a volver un poco loco al lector aunque, en sí, no importase demasiado. Al fin y al cabo, es una escritora capaz de ser entretenida con cualquier cosa. Pero aún así, parecía que faltaba algo. Credibilidad, quizás. Calor. Estaban escritos en tercera persona.

En “Una palabra tuya” Elvira lindo vuelve al “yo”. Rosario, la protagonista, en un monólogo desordenado que parece no llevar a ninguna parte, arrancando en cualquier momento de su vida, pone en antecedentes al espectador, de un modo subjetivo (por supuesto; el “yo” sólo narra desde un punto de vista y habrá que hilar fino para dar otros a conocer), de un modo pesimista pero repleto de humor, de lo miserable que es su vida, en la que no hay ninguna desgracia excesivamente más tangible que otra pero con un tufo a desesperanza y fracaso que huele a realidad.

Rosario, como digo, es subjetiva, además de terriblemente negativa y destructiva: culpa a la sociedad de su mala suerte o de su trayectoria vital (es barrendera; su madre tiene senilidad y se ve obligada a cuidarla ella puesto que su hermana, casada y con niños, está más ocupada; su padre las abandonó cuando eran pequeñas), sin ninguna capacidad de autocrítica para sí misma pero una dureza extrema para los demás, sobre todo para su mejor amiga, Milagros, una de esas amistades impuestas por la vida, no electas, un poco pesadas, algo avergonzantes pero con una capacidad para quererla a una que consiguen precisamente eso, que nunca se les pueda abandonar.

Rosario es, como digo, un personaje duro, pero a la vez sensible e inteligente, y en esas características de su personalidad está su desgracia, puesto que se percata y critica el mundo que le rodea y dentro de él, las personas que de algún modo sí están por debajo de ella en cuanto a educación, la hipocresía de una sociedad que desde luego no la ha cuidado. Pero también es incapaz de reflexionar más allá, de intentar salir de una situación que la angustia. Rosario es de esos personajes (esas personas) que sólo critican y se hunden, que no hacen el menor esfuerzo en nadar y salvarse, y desde luego mucho menos salvar a otros. Es sensible, sí, pero egoísta.

Es un personaje humano.

En ese diálogo que mantiene Rosario con el lector, con nosotros, en ese desorden que poco a poco se va colocando, donde Elvira Lindo hila más fino que nadie, y crea hilo argumental y finales donde parecía que no los había, y ordena y capitula y ata y cierra donde creíamos que reinaba sólo la casualidad, en ese diálogo, digo, encontraremos una historia durísima, desgarradora, terrible. Una desolación absoluta. Y es bien difícil conseguir eso en 130 páginas de diálogos y pensamientos descacharrantes.  Aunque al final se intuye la tragedia (pero muy, muy al final), uno, como lector, se queda sorprendido. De haber leído algo tan triste riéndote. De haber estado con una sonrisa en casi cada una de las páginas, para cerrar la novela pensando que es de las historias más tristes con las que te has encontrado. Ahí reside el encanto de Elvira Lindo. En su “yo” alcanza la victoria.

 

 

Cisne negro

Título Original: Black Swan; EEUU, 2010. Dirección: Darren Aronofsky. Guión: John McLaughlin, Mark Heyman. Música: Clint Mansell. Fotografía: Matthew Libatique. Intérpretación: Natalie Portman (Nina Sayers); Mila Kunis (Lily); Barbara Hershey (Erica Sayers); Vincent Cassel (Thomas Leroy); Winona Ryder (Beth Macyntire).

Hablar a estas alturas de la interpretación de Natalie Portman serviría de poca aportación. “Black Swan” es ella, del mismo modo que no puede existir una Amelie sin el rostro de Audrey Tatou o una Escarlata con ojos diferentes a los de Vivien.

Lo curioso del caso es que una es algo escéptica en estas lides y considera que interpretar a personajes extremos tiene más facilidad y menos hondura que a los, digamos, ”normales”.

 

Quizás por esto la interpretación de Portman sobrecoja tanto: la contención, la terrible represión a la que somete al personaje, los gestos concisos, el constreñimiento del rostro y sobre todo el pavor que demuestran sus ojos a lo largo de todo el largometraje sobrecogen. No me impresiona sólo la intensa delgadez a la que se sometió (que también), la técnica en el baile que adquirió, la elegancia que supo impregnar al personaje de la bailarina (que se mueven por el mundo flotando  más que caminando, con la espalda erguida, el cuello levantado y los brazos enhiestos)… todo eso no impresiona al lado de la personalidad asustadiza que crea en el personaje de Nina.

Nina es una bailarina que vive con su madre, artista retirada, a la que le ha llegado la oportunidad de su vida al ser elegida como bailarina principal para “El lago de los cisnes”, donde su interpretación del cisne negro no es del todo admirada por el director, quien llega a plantearse la opción de sustituirla por la recién llegada al ballet Lily, chica que fascina y repele a Nina por igual.

Pronto el espectador se percata que Lily es una especie de “alter ego” de Nina y que eso (además de vislumbrar la cercanía del fracaso por primera vez en su vida) es lo que la hace tambalear. El tambaleo de Nina es recogido por Anorofsky de un modo muy gráfico, visual y literal, pero es precisamente entonces cuando deja de ser original o atrevido, y se adentra por el género de la obviedad para mostrar la locura en la que cae la bailarina.

Es por eso que “Cisne Negro” acaba siendo una obra fallida: demasiado obvia, excesivamente maniquea, simplistamente visual. Intensamente bella en las escenas de baile, sí, y estremecedora en los primeros planos a Portman, pero irregular en el resto, evidente en cuanto al tratamiento de la locura, y también infantil en la relación “madre-hija” (¿cuántas veces habremos de escuchar ese diálogo entre madre posesiva e hija perfeccionista en el cine? ¿Acaso se supone que eso lo explica todo?). La sensación que da es de tenerla vista y escuchada, de tal modo que nadie se sorprende en el deseado sorprendente final.

 

 

 

Animal Kingdom

Título Original: Animal Kingdom; Australia, 2010. Dirección: David Michôd. Guión: David Michôd. Música: Antony Partos. Fotografía: Adam Arkapaw. Montaje: Luke Dolan. Intérpretación: James Frecheville (Joshua “J” Cody), Jacki Weaver (Janine “Smurf” Cody), Ben Mendelsohn (Pope), Joel Edgerton (Barry “Baz” Brown), Guy Pearce (Nathan Leckie), Luke Ford (Darren Cody), Sullivan Stapleton (Craig Cody),  Laura Wheelwright (Nicky Henry).

 

 

Tiene “Animal Kingdom” varios niveles. Por un lado, la historia que narra literalmente: Joshua Cody es un adolescente de Melbourne que al quedarse abruptamente huérfano ha de vivir con su desconocida familia materna, una caterva de delincuentes y mafiosos comandados por la dulce matriarca Janine Cody. La familia ha de sobrevivir y protegerse de los policías, y la narración discurre por una historia de venganzas, ojo por ojo, suspense y violencia al modo del trhiller más básico  y simple que puedan despachar en cualquier televisor por cable.

Por otro, diserta sobre la lealtad familiar, tema que curiosamente suele repetirse en los largometrajes de la mafia (véase “La noche es nuestra” de James Gray, o la ya clásica “Uno de los nuestros” de Scorssesse).

A un estadio superior alcanzaría la cuestión de la capacidad de elección del individuo, aún en las más difíciles posiciones: Joshua (como bien le dice el ambiguo policía que interpreta Guy Pierce) ha de elegir qué bando ocupar. En una estupenda parábola ya anunciada en los títulos de crédito con la imagen de un león se resume toda la motivación de la película: la acción, el tomar el mando, es lo que otorga control a la propia existencia. Todos ellos (los policías, los delincuentes) viven en un terror constante a ser descubiertos (unos) o ser ajusticiados (otros), precisamente por haber perdido el control de sus propias vidas. Sólo el policía Nathan Leckie y la matriarca interpretada genialmente por Jackie Weaver lo ostentan, cada uno en el lado de la legalidad que ha elegido vivir. Joshua, adolescente, menor, sin autonomía real ni emotiva, posible víctima del destino,  tomará una decisión que le lleve por uno de esos dos caminos.

Tildada de Ópera Prima, creo que ese adjetivo se le queda pequeño. “Animal Kingdom” no es asombrosamente grande por la no esperable capacidad del novel autor: es increíble y profunda por sí sola. Oscura, imperturbable, descarnada, la más de las veces fría, pero sorprendente en su última media hora final, en la que la maldad del ser humano, la inevitabilidad de la tragedia y la agresiva lucha por la supervivencia obligan al espectador a encoger el corazón de puro miedo.

 

Tras la pasarela

Título Original: Trading Up, Candance Bushnell, 2008. Traducción: Huan Manwë. Editorial: Planeta. 18 euros, 619 páginas.

 

 

 

 

 

 

 

Si Edith Warthon fue la escritora que mejor plasmó a la alta sociedad neoyorkina en el siglo XIX, ¿no podríamos otorgar este honor a Candance Bushnell? ¿Por qué una es considerada una gran escritora, y otra una simple frívola? Ambas escriben sobre lo mismo y ambas se limitan a contar, sin juzgar, lo que sus ojos ven todas las noches. No son literatas con inventiva: se limitan a describir lo que ellas vivieron.

Leyendo a una y a otra el parecido entre ambas sociedades se hace patente. Pero es al llegar a esta última novela de Bushnell cuando la semejanza se convierte en sospechosa. ¿Es “Tras la pasarela” una copia, un remake, una adaptación, un homenaje de “Las Costumbres del País”, de la Warthon? ¿Es Janey Wilcox el alter ego de Undine Spragell?

Parece inevitable llegar a la conclusión de que sí. El parecido era buscado por Bushnell y no se amilana por ello; es más, en un determinado momento de la obra, Janey, haciendo alarde de la pátina de cultura que tiene, habla con un productor de pasar al celuloide “Las costumbres del país”, pues siempre le gustó mucho la protagonista”. Bushnell comparte con el lector, pues, su adaptación particular de la obra.

No es la primera en hacer esto. Helen Fielding ya lo había explotado suficientemente en “El diario de Bridget Jones” y en su segunda parte, ambas un reflejo de dos obras (“Orgullo y Prejuicio” y “Persuasión”) de la escritora que mejor retrató la sociedad inglesa y, sobre todo, las relaciones románticas: Jane Austen. Y las dos comparten un estilo: son irónicas, destilan sentido del humor e ingenio, sus secundarios son numerosos, irritantes, y generalmente groseros con las protagonistas… pero al final son novelistas inevitablemente románticas que acaban ordenando a sus personajes y colocándolos de un modo u otro.

Del mismo modo, Warthon y Bushnell (no sé si por compartir nacionalidad o por el hecho de ser tan urbanas y cosmopolitas) son más cínicas: sus personajes no tienen tanta gracia, aunque es probable que sean más realistas. Son escritoras valientes en el sentido de basar la obra en una protagonista que no cae bien. Eso es difícil. No tienen compasión y obliga al lector a acompañar en sus andanzas a dos mujeres (Undine; Janey) con las que no tendremos empatía. Pero el caso es que lo hacemos, el acompañar, digo, para saber qué va a ocurrir con ambas.

Recomiendo encarecidamente leer las novelas de la Warthon antes de las de Bushnell. La comparación será buena para ambas (creo que es un elogio para esta última), pero servirá para comprobar qué poco ha cambiado la sociedad neoyorquina en los últimos 100 años. Prácticamente, sólo de un modo físico (taxis donde antes había carruajes; modo de vestir más descocado), puesto que las reuniones, las fiestas, las veladas, la preparación de maquillaje antes de las cenas, las habladurías, los contactos, las relaciones beneficiosas que de repente pasan a ser lo contrario, el “qué dirán”… es tan exacto en unas y otras novelas que llega a asustar un poco.

Lo que aterra de verdad es el papel de la mujer en ambas épocas. ¿Hemos avanzado tan poco? ¿Nos siguen juzgando, realmente, a las mujeres, de un modo similar al siglo pasado? ¿Tenemos que limitarnos a ser inteligentes en la retaguardia porque en el frente es peligroso? ¿Tanta lucha feminista para esto?

Me temo que, si Bushnell lo cuenta así, es porque así es como está sucediendo.

 

 

Bilbao-New York-Bilbao

Título Original: Bilbao – New York – Bilbao. Kirmen Uribe, 2010. Traducción: Ana Arregui. Editorial: Seix Barral (Biblioteca Breve). 19€, 204 páginas.

Leí “Bilbao-NuevaYork-Bilbao” mientras viajaba; no sólo durante el vuelo, sino durante todo lo que le acompaña: la espera en el aeropuerto, el viaje en autobús de una terminal a otra; los cambios de avión, y finalmente, la larga estancia dentro del aparato. Yo no partía de Bilbao ni el destino era la ciudad estadounidense, pero sí me encontraba en ese estado de ánimo que sólo proporciona el estar alejado de tu lugar habitual durante unos días. Uno medita, uno toma decisiones, uno decide cambiar cosas, uno empieza proyectos. Aunque sea sólo mentalmente.

Así que uno entiende que Kirmen decidiera escribir un libro durante un vuelo. Y a través de ese trayecto nos enteramos de cómo llegó a escribirlo.

Siempre se ha hablado de la historia que anida detrás de cada novela. Uribe lo ha llevado más allá, al compartirlo. Nos relata cómo se resolvió a escribirla, qué momentos de su vida le llevaron a tomar esa decisión y los descubrimientos que encontró por el camino. Nos lo cuenta todo y tan bien, es tan increíblemente generoso, que no nos defraudamos al ver que al final no se decidió a narrar la historia. Al lector le ha llegado, aunque no de las maneras convencionales.

Ahora que se acerca el verano, y con él un tiempo de vacaciones en el que rescatamos los libros que abandonamos durante el invierno, la lectura de Kirmen es bastante adecuada. Es una lectura contemplativa, puesto que mira la realidad y la describe, sin llegar a participar mucho en ella. El autor se aparta de lo que está contando, a pesar de ser totalmente autobiográfico, puesto que no refiere hechos acaecidos a él, sino a su familia. Reseña hechos que escuchó; y narra pensamientos que tuvo. Es como si Uribe estuviera siempre en un avión, en un viaje, pensando, meditando sobre la vida, analizándola… y participando poco de ella.

Tiene mérito escribir un libro así y conseguir no juzgar nada. Como testigo de hechos el escritor es abrumadoramente imparcial; razonado, sí, pero imparcial. Allana el camino al lector al masticarle pensamientos y encararle con realidades… pero no juzga, ni castiga. Ojalá hubiera estilos periodísticos que se pareciesen al suyo.

O tal vez el autor sea de esas personas que se colocan a sí mismos en un plano aparte; que cuentan problemas pero no solucionan; que analizan el desastre acaecido pero no ayudan a recomponerlo; que callan y escuchan, pero no hablan, a menos que sea para contarle a otro lo que acaba de escuchar. Personas imprescindibles, puesto que la historia las necesita para reescribirse a sí misma y no ser olvidada. Pero poco participativas, al fin y al cabo.

Némesis

Título Original: Nemesis. Philip Roth, 2010. Traducción: Jordi Fibla. Editorial: Mondadori. 21,90€, 214 páginas.

Es Némesis una tragedia al más puro estilo griego; dividida en 3 actos, sólo “falla” en el ligero cambio de escenario (cosa que los griegos no se permitían), pero considerémoslo como una variación moderna y aceptemos que la última obra de Philip Roth es una tragedia griega centrada en el tema de la culpa.

Bucky Cantor, el héroe (pero no el narrador; el narrador, que parece omnisciente pero se intuye testigo, es un alumno del protagonista que sólo sale en el tercer actor para relatar las consecuencias) es un entrenador-profesor-encargado de la escuela de verano de la comunidad judía de Newark, New Jersey. Nos encontramos en 1944 y ha estallado la polio a la vez que en Europa se recrudece la guerra.

Bucky, miope, impedido para luchar, culpabilizado por ello (y por la muerte de su propia madre durante el parto), único representante de una generación en esos calurosos días en Newark, se ve de repente inmerso en otra guerra igual de cruenta: la propagación de la polio en un barrio pobre, infestado de aire podrido y ciudadano. Y las víctimas son niños.

Comienza entonces a cuestionarse la existencia de Dios… sin cuestionarse cómo va a reaccionar él mismo en cuanto le ofrezcan una salida a esa espiral de muerte que le acompaña. ¿Será capaz de abandonar a sus chicos por salvarse él? ¿O por el contrario se convertirá en el luchador que su miopía le ha impedido demostrarlo en  Europa? ¿Es la culpa decisoria en este tipo de elecciones…o  lo son más bien los argumentos que almacenamos para cubrirla y no volver a pensar en ella nunca más?

No se esperen, no obstante, un Roth típico, un Roth irónico. La ironía se ha ido diluyendo en este libro hasta desaparecer. El escritor es así: acostumbra a sus lectores a una cosa para, ya en la trayectoria final de su escritura, sorprendernos con este relato. Donde en algunos sólo cabía esperar repetición, en el estadounidense encontramos descubrimiento.

Coincide esta reseña con la concesión a Roth del premio Booker. Sólo añadir que gracias por habérselo negado tanto tiempo. Quizás ésa fuera la condena que arrastraba el escritor y le hizo esforzarse para regalarnos esta pequeña  obra maestra.

Tierra desacostumbrada

Título Original: Unaccustomed Earth, Jhumpa Lahiri, 2010. Traducción: Eduardo Iriarte. Editorial: Salamandra. 19€, 348 páginas.

 

 

 

 

Hay algo en esta obra que recuerda a la primera novela de Amy Tam, “El club de la buena estrella”. Como en ella, tenemos a una escritora mujer, e inmigrante, o mejor dicho, una hija de inmigrantes perfectamente asentada en Estados Unidos. Como en ella, se trata de una novela que no es novela, sino más bien un conjunto de relatos,  pero a la vez mucho más complejo que eso. Quedarían, pues, encuadradas ambas en una categoría especial, de obra caprichosa, original. De bombazo del año.

Si bien la condición de mujer de la escritora no es acusada tanto aquí como en Tam, en ambas la influencia de sus culturas es importante, o al menos, un dato que enriquece su escritura. El choque cultural es puesto aquí como enriquecedor, pocas veces como un problema y muchas, simplemente como un dato.

Pero mientras “El club de la buena estrella” tenía un leit-motiv que unía todos los relatos, que era la relación del binomio “madre-hija” en Tierra Desacostumbrada hay más profundidad, más amplitud. El hilo que cose los argumentos que lo componen se  nutre con las personas que viven en un terreno nuevo, desconocido, al que se tienen que adaptar.

El padre viudo que inicia una vida de viajes, solitaria pero plena. La hija casada con hijo que se va quedando sola en su isla sin trabajo.

La pareja casada que empieza a agotar sus 10 años de matrimonio.

La mujer “mayor” encaprichada de un estudiante.

El compañero de piso por primera vez enamorado.

El hermano alcohólico. La hermana que ha de tomar la decisión de darle la espalda.

Y finalmente, la historia de amor que conforman los 3 relatos de Hema y Hakiuk…

Todos ellos se adentran en el reino de las primeras veces: las decisiones sencillas que desencadenan diferencias abismales, disyuntivas vitales y resoluciones cruciales. Si alguien le preguntara al lector porqué lleva el tipo de vida que lleva, se tendría que trasladar a un momento así, al momento en el que se adentró en un terreno desconocido. El instante en que arribó a la tierra desacostumbrada.

Con un estilo parecido a la pulitzer Anne Tyler, quien jamás alumbra al lector con los pensamientos de sus personajes, sino que narra asépticamente situaciones que han de ser leídas entre líneas, Jhumpa Lahiri se limita a narrar situaciones que en un primer momento parecen aleatorias de personajes asimismo elegidos al azar. No parece que el momento concreto que haya elegido la escritora sea significativo ni especialmente emocionante, y no parece encubrir un desenlace al estilo clásico, sino más bien parecen retazos de un libro mucho más amplio, como si éste se hubiera fragmentado y accediéramos sólo a un minúsculo trocito de él,  intentando suponer lo demás.

El libro del que parte sería la existencia. La fracción a leer, el que corresponde a la Tierra Desacostumbrada a la que hemos de llegar varias veces a lo largo de nuestra vida.

 

La jauría y la niebla

Martín Casariego, 2009. Editorial Algaida. 314 páginas, 19€.

La violencia del grupo sobre el individuo es una de las mayores problemáticas del Primer Mundo en la actualidad. Cuando los niveles primarios (comida, vestimenta, salud) están perfectamente cubiertos, llegamos a los secundarios, en los que la soledad, el individualismo y la violencia aparecen como principales enemigos de la persona.

Focalizada en el transcurso de una sola jornada, “La Jauría y la Niebla” sigue las andanzas de 3 personajes: Ander, el adolescente al que le supone un calvario el acudir al instituto por su acoso escolar; Leandro, su hermano pequeño, que pasará por el traumático momento de enterarse de quiénes son los Reyes Magos; Ignacio Mayor, un escritor en lengua castellana que acude al instituto para impartir una conferencia. Los tres confluyen en el mismo sitio y sobre todo se caracterizan por estar dentro de un grupo sin pertenecer a él. Mientras el pequeño Leandro no tiene edad suficiente más que para percatarse de que está siendo víctima de alguna injusticia, y el escritor tiene la edad apropiada para enterarse de todo y huir de ello, el adolescente se nos presenta como el clarísimo ejemplo de víctima, ser débil que no puede defenderse, y por lo tanto se degrada de tal modo que hace justificar a sus compañeros el avasallamiento y la violencia a la que le someten.

Comparando de un modo sutil el conflicto lingüístico vasco y la vida doblegada de Ander, todo ello con la suficiente pericia de no cargar mucho las tintas a pesar de desarrollarse en menos de 12 horas, logra Martín Casariego la difícil tarea de una novela crudísima, en el culmen de la tristeza y el horror, que se redime en la última página dejando un final abierto y esperanzador, un mensaje de solución, un conciliábulo.

Con retazos de maestría (el momento en que la maestra, con dos palabras, se convierte en amenaza acusatoria del escritor, convirtiéndole en posible pedófilo, pareciéndose de un modo terrorífico a los maltratadores adolescentes, es absolutamente sublime), ha sido “La jauría y la niebla” definida como una novela sobre el acoso escolar, siendo este adjetivo innecesario, puesto que delimita un tema que estoy segura el escritor quería hacer muchísimo más amplio. Si en “La Excepción” el sueco Juggersen propone una comparativa entre el holocausto nazi y un irrigado entorno de trabajo para demostrar lo importante que es para el ser humano pertenecer al Grupo con mayúsculas, en la obra de Casariego nos demuestra las impactantes consecuencias que puede traer el que uno se dé cuenta de que jamás, por mucho que haga, pertenecerá a él.

Hombres en escabeche

Autora: Ana Istarú. Adaptación y dirección: Alexis Useche. Con: Susana Carnero (Alicia), Alexis Useche (hombre, Andrés, padre, filósofo, músico e hijo), José Manuel Peláez (hombre en escabeche).

Es “Hombres en escabeche” una obra difícil para un actor. Al igual que en “Ondas”, del genial Maxi Rodríguez, nos encontramos ante un personaje que lleva casi todo el texto de la trama, puesto que explica al público (que se convierte en amigo, confesor, juez y testigo) qué es lo que le ha llevado hasta el momento actual.

La obra comienza con Alicia, una mujer que está buscando un hombre “en escabeche” (para saber qué significa, insto a ver la obra), y se retrotrae a las relaciones que han ido llenando su vida para que comprendamos las características esenciales. La magnífica Susana Carnero dota al personaje de ternura y humor, de alegría e inocencia, a un personaje que se erige en ejemplo de la desventaja de la mujer frente al hombre en muchísimas facetas de la vida. Sabemos que “Hombres en escabeche” es un texto feminista, pero sorprende lo bien que el director lo ha captado. No olvidemos que es el mismo director el que se encarga de interpretar a los personajes masculinos, y les da ese punto ridículo para que el espectador los vea como tal, aunque la pobre Alicia esté ciega casi hasta el final de la obra, en el que se percata de que ella misma, sola, es válida y plena, y sólo en ese momento conoce al hombre en escabeche.

Y como el teatro no es sólo texto (magnífico) y actuación (perfectos los tres), sino también luz, sonido, color, y una adecuada escenografía, haremos mención también de la aceptable gestión de recursos que hizo el pasado jueves 6 de mayo Gtuo teatro en La Antigua Estación, al aprovechar un reducido espacio para hacer una buena composición de luz, de oscuridad, de vestuario. Ha quedado patente que con ganas (y con la ayuda de locales como éste, que apuesten por la cultura en todas sus formas) se consiguen las cosas. Y señores, estaba lleno.