El tiempo entre costuras

María Dueñas, 2009. Ediciones Temas de Hoy (Editorial Planeta). 638 páginas, 22€.

Me acerqué a “El tiempo entre costuras” con la curiosidad que te ofrecen los libros que hablan de esa “época”, de nuestra Guerra Civil, de la implacable posguerra. Me preguntaba si me encontraría ante una Celia, escapando sola de la Revolución y buscando, también sola, a sus hermanas por toda España, todo ello con la prosa limpia y pura, plagada de la incertidumbre de puntos suspensivos, que aportó a la literatura española Elena Fortún.

Pues bien: son radicalmente diferentes. Y quizás en eso consista su atractivo. Con una prosa muy particular, llena de figuras y metáforas, con algo de soniquete madrileño y bastante gracia española, María Dueñas nos relata la  historia de Sira, una joven hija de modista que ve cómo su destino cambia gracias a una máquina de escribir (aunque esto en realidad es un recurso de la autora para otorgar un inicio atrayente a la novela, ya que lo que tuerce el destino no sólo de Sira, sino de los cien personajes que la habitan, es la Guerra Civil con todas sus consecuencias).

Así, Sira se convierte en una joven aguerrida al sufrir un revés amoroso en un país extranjero, Tánger, justo cuando estallaba la Guerra. Es por esto que “El tiempo entre costuras” no es un relato de guerra (la protagonista está fuera al vivir un exilio medio impuesto) sino una historia de superación personal y de aventuras. Es una novela exótica. Sira aprovecha sus conocimientos de hija de modista y su rabia de mujer engañada para crear un taller de alta costura que la irá poniendo en contacto con importantes personajes dentro del mundo de la Diplomacia y la Política, lo que supondrá su ascenso social e inmersión en una historia de espionaje, de justicia, de moda, y por supuesto, de muchas relaciones amorosas, románticas y evasivas.

Recuerda un poco a “El largo adiós” de Rosamunde Pilcher, aunque la autora escocesa tuvo el acierto de dejar reposar una novela tan larga en varios personajes, mientras que “El tiempo entre costuras” está íntegramente contada por Sira y quizás sea eso lo que acabe cansando un poco.

No se trata de una novela realista, o al menos el conjunto de la trama no lo es, aunque sí posee cuadros o semblanzas muy exactos (la vida de los emigrantes españoles en Tetuán; la vuelta de los exiliados a la posguerra española; los pasajes dedicados a la costura y la moda) que contrastan con los impostados diálogos, más cinematográficos que realistas o literarios. Pero insisto en que eso no echa a perder la valoración global de una novela original en el panorama narrativo actual, quizás por asemejarse más, tanto por el estilo de escritura como por la estructura, a esas novelas de heroínas casuales que sufren mil avatares en un contexto histórico real antes de encontrar un final justo y lo suficientemente feliz para satisfacer al lector, que en este caso han sido muchísimos, convirtiendo a “El tiempo entre costuras” en la sorpresa literaria española del momento.

La ternura de los lobos

Título Original: The tenderness of Wolves, Stef Penney, 2006. Traducción: Ana María de la Fuente. Editorial: Salamandra. 444 páginas, 21€.

Margaret Atwood dice que la geografía del autor condiciona su escritura. Probablemente sea cierto y más importante de lo que creemos. A su vez, la geografía interna de un libro, el paisaje geográfico en el que se enmarca, condiciona la psicología de los personajes y el devenir de la narración. Así como en el cine una u otra luz, un vestuario o una forma de hablar traen su propio significado, en la literatura el dónde se desarrolle una trama no será casual y acarreará su propia historia.

“La ternura de los lobos” se desarrolla en el norte de Canadá, en Invierno y en el siglo XIX. Comienza con un asesinato, descubierto por una mujer, y la inmediata desaparición del hijo adolescente  de ésta, considerándosele el principal sospechoso. Se inicia, entonces, una búsqueda (la del chico, la del asesino), una averiguación (el misterio del asesinato: ¿quién?, ¿por qué?), y una trama detectivesca e intrigante, cuanto más que el siglo pasado nos permite varias licencias, al no existir análisis ni rigores científicos ni justicia policial burocrática. Nos encontramos ante una mezcla de Sherlock Holmes con Jack London, interpretado por una mujer, y con la novedad actual de varias voces narradoras superpuestas.

Poco a poco comienzan a aparecer más personajes con sus propias biografías. La trama se enreda aún más, pues todos guardan relación con el misterio, y los secretos de unos y otros atrapan nuestra atención pero sobre todo nuestra compasión, porque los personajes son humanos y nuestro interés va más allá que la resolución del misterio. Es más, la resolución del misterio será una excusa para hablar de la soledad del Hombre.

El hombre y la tundra nevada, la soledad y el paisaje inhóspito. Todos confluyendo en uno.

Y es una novela vertiginosa en la acción, y se trata de un libro rápido. Hay pequeñas historias y misterios que van apareciendo y luego entretejen y completan la trama principal, y acompañan a las dos historias de amor que atraviesan el libro. Dos historias de amor imposible. Dos historias a las que se les reserva el final más trágico de todos.

Primera novela de Steff Penney, asombra la capacidad de su lenguaje, adecuado para el siglo pasado y sencillo como el que utilizan los indios de los que habla. Conmueve su conocimiento del alma humana, de la psicología del hombre, de sus mezquindades y miedos. Pero sobre todo fascina la creación de un personaje femenino único, la señora Ross, valiente no sólo en sus acciones (se va con un hombre que no es su marido, sola, a buscar a un hijo que admite que no la quiere, atravesando la nieve a pie, durante días y kilómetros) sino también en su mente, capaz de confesar ante el lector y ante ella misma sus debilidades, sus locuras, sus diferencias respecto a todo el mundo. Su más terrible soledad.

Ganadora del Costa Book of the Year Award, éxito de ventas rotundo, debut cautivador, es “La ternura de los lobos” una obra valiente, fascinante, y a la que recibimos con gratitud.

El agua está espléndida

Título Original: The water’s lovely, Ruth Rendell, 2010. Traducción: Montse Batista. Ediciones Plata. 318 páginas, 21€.

Ruth Rendell es conocida como escritora de misterio, no en vano tiene la daga a la mejor escritora autora de tal género. Su producción se podría dividir en dos clases de novelas: las que tienen como protagonista al Inspector Wexford (y se sigue la historia a través de él y por tanto pertenecen al género policíaco), y las otras, en las que existen crímenes o al menos conductas delictivas, pero se presencia desde otra perspectiva. Aún así, delimitarla como escritora de intriga es innecesario y cruel. Es prolífica, casi a una novela al año, y cada 3 ó 4 nos regala una obra maestra, un telar de psicología y relaciones humanas, una perfección de comportamientos y de argumento.

En sus obras no hay nada al azar. Los detalles, las descripciones, los paisajes y escenarios en los que se desarrolla el argumento, incluso la elección de ciudades, existe por algún motivo. Son novelas de perfecta ingeniería, maquinaria engrasada, dispuesta.

Su prosa destaca en las descripciones, detalladas sin ser aburridas (difícil tarea, por cierto), y los diálogos tienen el difícil encanto de ser educados, poco soeces, pero creíbles. Es un estilo cínico, en el que el conocimiento del alma humana es lo más importante de la obra, puesto que Ruth Rendell no da nunca un paso en falso. La coherencia de la trama irá siempre por delante, jamás se subarrenda al resto. No hay decepción, no hay trampa. Sí un poco de tristeza ante la maldad del ser humano, ante la poca fe que nos demostramos a nosotros mismos, ante la bajeza y mezquindad. El mundo se porta mal y la novelista lo refleja.

Su más reciente novela pertenece a la segunda clasificación de sus libros. Ismay y Heather son dos jóvenes hermanas que han vivido toda su vida guardando el secreto de algo terrible que cometió Heather a los 12 años. Ahora que ambas comienzan una vida adulta con parejas amorosas, Ismay se debate entre la prudencia de hablarlo con la de Heather, o ser leal a su hermana y seguir ocultando algo que puede traer consecuencias terroríficas.

Dice la Wikipedia que es característica de su técnica literaria el uso del intertexto, esto es, que utiliza clásicos para crear, a partir de ellos, nuevos argumentos (se puede apreciar Crimen y Castigo en “Carne Trémula”, o Las alas de la paloma en “La casa de las escaleras”). Siguiendo en esta línea, yo aconsejaría releer “Tess of the d’Urbervilles”, de Hardy, para mejor apreciar esta agua que la escritora nos advierte de que está espléndida.

Una educación

Título Original: An education, 2009. Dirección: Lone Scherfig. Guión: Nick Hornby. Intérpretes: Carey Mulligan, Peter Sarsgaard, Alfred Molina, Olivia Williams, Rosamunde Pike, Dominic Cooper, Emma Thompson.

“Una educación” tiene en común con “Seven”, de David Fincher, algo tan aparentemente inocuo como los títulos de crédito. Si existen directores que le otorgan a esta parte de la película una importancia minúscula, como Woody Allen, hay otros que gustan de contener la historia del film, hacer un resumen. Así, dos películas tan aparentemente alejadas como son las dos de las que hablo, están unidas en un arranque abrumador. “Una educación” contrasta, en un par de minutos, la vida de las féminas estudiantes en los años 60, la cara de aburrida de la protagonista y las posibilidades que habría en el mundo, todo ello inmerso en una música atrevida y potente.

La historia es sencilla: Jenny, en el último año de escuela antes de comenzar la universidad, es una alumna brillante, no sólo por sus notas, sino también por su curiosidad y originalidad. En ese año clave que supone a los estudiantes el elegir el futuro, ella, encerrada entre cuatro paredes por las horas de estudio, conoce a una persona que le hace vislumbrar otra vida, también llena de cultura y estímulos, pero al alcance de la mano, sin tener que pasar por las interminables horas de traducción en latín. Lo que Jenny ve es, en fin, la posibilidad de “otra educación”.

Lo más llamativo de la película es el personaje de Jenny. Chicas como ella (inteligentes, brillantes, divertidas, con ese punto de originalidad y picardía que sólo da la adolescencia) no son lo más abundante, pero existen. Contrasta con la “vulgaridad” de sus compañeras, y la actriz, Carey Mulligan, ha sabido dotar al personaje de ese encanto especial. Jenny muy bien podría haber caído en el otro lado, el de la niña repipi o sabihonda, con una sabiduría impostada (como la “Juno” de Reitman), pero el encanto de la actriz salva al personaje, dotándola de veracidad, ardor y simpatía. El espectador siempre se pone de su lado.

Quizás el guión de Nick Hornby haya tenido algo que ver. Los protagonistas del film no se limitan a ser planos, prototipos, o simplemente comparsas del encuentro y posterior historia que se produce entre Jenny y Britt, sino que consiguen ser reales, tienen vida anterior y posterior a su momento en pantalla. La profesora de literatura (se podría establecer un género con las películas dedicadas a los maestros de esa asignatura), interpretada por Olivia Williams, viene a ser el punto de inflexión, la catarsis de Jenny, el “podría ser”. La sabiduría independiente.

Y sin embargo… sin embargo sorprende que el final se diluya un poco. El protagonista masculino desaparece, y no sólo figuradamente, perdiendo fuerza y brillo la coherencia del personaje (gran Peter Sarsgaard). Los acontecimientos, desde que Jenny hace un terrible descubrimiento, se precipitan y atropellan, solapándose unos con otros, dejándonos unos últimos minutos de metraje algo extraños. Es una pena que se rompiera el “tempo” de una película, por lo demás, tan equilibrada.

Todo por una chica

Título Original: For a girl. Nick Hornby, 2009. Traducción: Jesús Zulaika. Editorial Anagrama. 304 páginas, 18,50€.

Nick Hornby lleva tantas historias con la voz del treinteañero perpetuamente adolescente, que nos cuesta percatarnos que esta vez estamos ante un adolescente de verdad. Sin diferir mucho de sus personajes habituales, e incluso con mayor sentido de la responsabilidad, el protagonista, Sam, nos relata las tribulaciones en las que se ve metido por un sencillísimo error, y todas las consecuencias que tal error acarrea.

El estilo del autor, siempre humorístico, resta seriedad a una novela que posee las características de un drama social: adolescentes embarazadas; diferencias sociales; padres divorciados; injusticias y desarraigos. Hornby le quita hierro al asunto y escribe un libro realista sin dejarse llevar por la tristeza. Con un recurso mágico (y es la primera vez que el escritor utiliza algo del mundo maravilloso en sus novelas; quizás se permita la licencia por englobarse ésta en el género juvenil) bastante original, el autor quiere enseñarle a Sam la máxima del “todo pasa”, muy importante para un adolescente, a quien un curso escolar se le asemeja toda una vida.

Debido a la edad del protagonista echamos en falta el cinismo habitual del escritor, pudiendo parecernos, en una primera lectura, que su escritura se ha vuelto algo más blanda o almibarada, aunque no es así. Hornby relata cosas muy duras, y desde una perspectiva más inocente, pero sobre todo más desigual (puesto que un joven no tiene tanta capacidad de maniobra como un adulto), y el lector asiste a auténticas peleas verbales en las que Sam se nos presenta como otra víctima más que repite (y paga) los errores adultos.

Poco convencional en el planteamiento, se echa en falta algo de estructura en el texto. Cierto que Nick Honrby no parece nunca moverse en un registro habitual de presentación-nudo-desenlace, pero la sucesión de escenas tampoco es lo suyo y quizás en esta novela proliferen demasiado. Y el mensaje que nos quiere transmitir es demasiado sencillo como para que cale hondo. Si en “Cómo ser buenos” el escritor había alcanzado una hondura magistral acerca de la vida suburbana de los adultos de los 90, en “Todo por una chica” se limita a las llanuras, a pasear por la superficie, a dejarse llevar. No es el mejor de sus libros, desde luego. Pero aún así, una lectura recomendable.

California 83

Pepe Colubi, 2008. Espasa Narrativa. 342 páginas, 21€.

Nos gusta “California 83” porque todos hemos querido ser alguna vez su protagonista, o al menos, vivir la aventura que él vive durante un curso escolar: estudiar COU en Estados Unidos. Así pues, el libro comienza con la emoción de un adolescente en un avión, emoción compartida con toda una generación que ha visto la adolescencia estadounidense como algo fácil, feliz y carente de preocupaciones.

Lo bueno es que la novela de Pepe Colubi no te quita esa idea. Ahora asistimos a un montón de películas y novelas en las que se nos intenta romper ese mito de adolescencia feliz., enturbiándola con adolescentes confusos, ofuscados y solitarios con complejo mundo interior Afortunadamente, el escritor apoya la generalizada idea de los años 80 de que esos americanos no saben la suerte que tienen. Desde el mismo estupor que el protagonista, asistimos a una elección de asignaturas facilongas (entre las que se incluye aprender a conducir en un coche automático), de horas de estudio, de tiempo cálido, de conciertos al alcance de la mano, de taquillas, de animadoras y juegos de fútbol, de clubs de ciencias y de ajedrez, de fiestas de fin de curso, de cambios entre clase y clase y de, sobre todo, 32 canales de televisión en un tiempo en el que en España existían sólo 2. Esto último, junto con la extensa cultura musical del escritor, será el leit-motiv de la novela, que se va desarrollando sin más incidentes que el transcurso del curso escolar.

Quizás lo más acertado de la novela sea la capacidad de Colubi, o del protagonista, para ser feliz. No es en absoluto un chico traumado, y se comporta como un adolescente normal, que intenta, ante todo, pasar el curso sin matarse demasiado, y se acuerda de su familia muy ocasionalmente. Es, sobre todo, una novela evocadora, puesto que el lector ya no podrá ir a EEUU a estudiar COU, claro, y sobre todo, no quedará admirado ante tanta variedad de canales al habernos igualado, al menos, en eso. Hay que leer el libro con ojos de adolescente, y con adolescente de esa época, y sobre todo, con ojos de adolescente español, que asiste con un bastante de bochorno a la ceremonia de graduación, y con más vergüenza al baile de fin de curso, capaz de ser el único que se da cuenta de lo aburridísimo que es, y sobre todo, del gran negocio que se han montado los estadounidenses con ese día.

Aunque irreverente en muchos aspectos, creo que “California 83” sería el más claro exponente de lo que hace la represión. Todos los viernes, “Pipi” (como le llaman en el libro) y sus amigos acaban borrachos, cercanos al coma etílico, en un país en el que la prohibición de beber alcanza hasta los 21 años. La mayor parte de los capítulos están dedicados a las artimañas para emborracharse, a la obligación de beberse, muchas veces, el alcohol en un tiempo récord. A la obsesión por beber que le embarga a su protagonista precisamente porque no puede hacerlo. Creo fehacientemente que se debería hacer leer este libro a todos aquellos que abominan del botellón. Les daría qué pensar.

Lo mejor de la vida

Título original: The best of Everything, Rona Jaffe, 1958. Traducción: Ana Alcaina Pérez.

Editorial Lumen. 614 páginas, 21,90€.

No sé si “Lo mejor de la vida” podría considerarse como el precursor del chick-lit; al menos, posee las variantes comunes de éste: protagonistas femeninas (aquí de veinte años, pero con equivalencia treinteañera en la actualidad), generalmente solteras, con problemas en el mundo laboral pero ambición para superarlos. Carece, eso sí, del sentido del humor o de parodia que suele acompañar a este género, puesto que “Lo mejor de la vida” se toma muy en serio y tiende a dramatizar para conseguir el realismo.

La novela relata 3 años en la vida de cuatro chicas que trabajan como secretarias en la neoyorquina editorial Fabian, ascendiendo algunas y quedándose en el camino otras. Su trayectoria amorosa es tan importante en la novela como la laboral, puesto que en algún caso está relacionada, siendo eso, además, motivo de denuncia por parte de la escritora.

Escrita en el año 1958 en un tiempo récord, se convirtió en un éxito de ventas gracias al boca a boca de las mecanógrafas que pasaban a limpio el borrador de la novela, quienes se sentían identificadas con los avatares de Carolina Bender, April Morrison, Gregg Adams y Bárbara Lemont.

A pesar de finalizar felizmente las historias de dos protagonistas, y destinar un desenlace trágico para una de ellas (no diremos cuál para no estropearle la sorpresa al lector), deja en suspenso, sin embargo, la vida de la que ocupa la mayor parte de las páginas, además de ser el personaje más complejo y carismático de la obra. Parece como si la autora se hubiese deprimido al término de la escritura, o no supiese otro modo de impregnar realismo que teñir la novela de tristeza.

Con un estilo un poco pasado, personajes masculinos “tipo” divididos en buenos/malos o divertidos/aburridos, y un argumento mínimo, es “Lo mejor de la vida”, no obstante, una lectura recomendable, entretenida, de esas que despierta empatía con las protagonistas y te resistes a abandonar la lectura hasta no tenerlas a todas “colocadas”. Despierta la suficiente curiosidad para que uno se plantee ver la película que al año siguiente llevaron al cine con Joan Crawford al frente del elenco, aprovechando el tirón de la novela. Me encantaría señalar si es fiel o no al original, pero es dificilísima de encontrar por Internet.

El ladrón de chicles

Título Original: The Gum Thief. Douglas Coupland, 2007. Traducción: Bruno Menéndez. Editorial: Quinteto. 8,95€, 283 páginas.

Douglas Coupland es de esos escritores con intensa voz interior. Escribe desde la perspectiva del “yo”, sin querer alejarse de su objetivo, regodeándose en la parcialidad y en el mundo del protagonista. No le importa la veracidad, aunque sí el verismo. Prescinde de las opiniones porque sólo le interesa la evolución del personaje, que viene a ser un reflejo del escritor. Así, los protagonistas de sus novelas cumplen años a la vez que el escritor (¿o es al revés?).

Es de suponer que con el transcurrir de los años, los personajes de Coupland envejezcan, y en eso no nos decepciona. El escritor es consciente de su estilo y de la fuerza que se sustenta en él, y el recurso que ha utilizado en su último libro es el de un género epistolar bastante original, en el que una chica encuentra la novela que escribe un compañero de trabajo y le hace aportaciones a su escritura.

El juego de la novela se basa en la relación que se establece entre dos personas agobiadas por la vida, de generaciones lo suficientemente separadas como para poder aportar algo a la otra. Personas estrambóticas, por supuesto, pero no demasiado para ser Coupland, que esta vez ha tenido el buen juicio de contrarrestarlos con gente profundamente aburrida y convencional.

Suscrita a la idea de la muerte, una obsesión del escritor patente en todas sus novelas, con una línea argumental bien definida a pesar de parecer lo contrario, conmueve por su final poético. Los capítulos de la novela que escribe el ladrón de chicles son el punto necesario para descubrir el verdadero “yo” de Coupland: más loco, más extravagante, más excéntrico.

Plagado de situaciones originales con gente que no lo es tanto; con un nuevo dramatismo que nos hace recordar a Nick Hornby; encontrándonos de nuevo con el personaje tipo de Coupland, que es la persona que no va a ninguna parte, que no avanza, no cambia, no evoluciona, pero es suficientemente inteligente y sensible para darse cuenta de ello, ofrece, sin embargo, un aspecto cínicamente positivo al final, como si todos estuviéramos por encima de eso, capaces de encontrar la felicidad hasta en las depresiones más profundas, o al menos de encontrar la suficiente fuerza como para dar un mínimo giro a nuestras vidas.

Amena, rápida, moderna, veraz, se lee de un tirón para releer, de nuevo, con más calma, deteniéndonos en los pasajes confusos que de repente dejan de serlo para aportar algo de luz a la existencia, es “El Ladrón de Chicles” un Coupland lo suficientemente renovado como para intuir que su imaginario no se ha agotado, y desear nos llegue pronto su próxima creación.

Desgracia

Título Original: Disgrace. J. M. Coetzee, 1999. Traducción: Miguel Martínez-Lage. Editorial: Debolsillo. 8€, 271 páginas.

En la novela de Coetzee ocurren dos desgracias. O quizás, no llega a ocurrir ninguna. La trama comienza con un error del protagonista, David Lurie, en el campo sentimental, quedando afectado su campo laboral e intelectual irremisiblemente, máxime estando en edad madura y en un lugar con tan pocas posibilidades como Ciudad del Cabo para un profesor de extinta literatura. Pero quizás esa calamidad no sea tan grande como la segunda, el hecho violento que salpica de sangre y horror las páginas de la mitad del libro. Hecho que, a pesar de las terribles consecuencias que debería acarrear, termina soslayándose por la actitud de la hija de Lurie frente a él.

¿Es esa la desgracia? ¿Que te ocurra algo y todo a tu alrededor continúe como si nada? Que no haya castigo, ni sentido de la justicia, ni deseo de venganza, ni comprensión… ¿es ésa la desgracia a la que se refiere el título?

¿O será la misma vida?

El lector lo tendrá que averiguar por sí solo. Escrito con una sencillez necesaria, envuelto en una atmósfera dura y asfixiante, no exento de verdades atrapadas al vuelo, es “Desgracia” un libro curioso, filosófico, en el que la búsqueda del sentido de la vida se mezcla con una paulatina seriedad que hunde al protagonista en una depresión. La existencia, aquí descrita con violencia, suciedad y sordidez parece ser algo más grande que cualquiera de nosotros y por tanto fuera de nuestro alcance para influir en ella. El cinismo del profesor Lurie, probablemente elemento integrante de la personalidad del escritor, se adueña de la obra en momentos sublimes (la aventura con la veterinaria; el irregular juicio; el poco estridente final) para caer, más adelante, en instantes de cotidaneidad que lo hacen más cercano y cálido.

El deseo, nexo de las dos desdichas del libro, descrito como equivocación desencadenante y terrible, pero también como impulso y motivo para una vida intensa en emociones, es quizás el motivo diferenciador de la curiosa distinción que hace Coetzee entre los dos sexos, insalvables sus diferencias y con una lectura entre líneas que agradaría a las feministas, puesto que parece que un mundo de “sólo ellas” iría probablemente mejor.

Novela dolorosa, sólida, gráfica y breve, lo que es de agradecer, pues tal intensidad no resistiría más páginas, consigue ofrecer pequeños  retales de luz pero no iluminarnos del todo, como si la certeza estuviera siempre así, vislumbrándose pero sin llegar a alcanzarla. Como si viéramos la vida a través de una ventana cerrada. Dice Javier Marías que las novelas de Coetzee nos revelan que la verdad es siempre extranjera. Y yo añado que terriblemente lejana.

Los libros luciérnaga

Los Libros Luciérnaga: Leticia Sánchez Ruiz, 2009.  Algaida Ediciones, 487 páginas, 19€.

Defiende Leticia Sánchez Ruiz, con esta novela, que en todos nosotros (literatos o no) habita un libro luciérnaga, una historia, un cuento con su luz propia, que nos ilumina y alumbra, que nos guía o nos marca, que nos detalla y nos define, que nos busca y encuentra, que interrumpe su acción al final o quizás en los capítulos del medio, pero que existe, que es, que es algo común a todos los humanos, y que sólo nos diferencia que unos llegan a escribirlo en un papel, y otros no.

En esta novela nos encontramos con 3 historias “luciérnaga”, tejidas con una separación cariñosa y lo suficientemente adecuada para que tomemos aire antes de saltar de una a otra, imbuyéndonos en la vida de sus protagonistas pero poco a poco, con el suficiente ajuste para que las emociones no nos desborden.

La escritora, manejando a la perfección la dosis en cada capítulo, dosificando las motivaciones de los personajes (la búsqueda de los hermanos, quizás la más compleja, es la que se lleva el mayor número de páginas además de la emoción y el suspense), convierte cada capítulo, sobre todo los dedicados a Lucía, que viene a ser la historia de amor, en un ensamble perfecto, casi en pequeños cuentos con sus finales impecables, poéticos, y un punto lo suficientemente misterioso y sombrío para que, aparte de la motivación de la amena lectura, te apetezca seguir leyendo.

Sorprende la juventud de su autora, no porque no existan escritores de tal edad, sino porque no existen novelas así escritas por gente tan joven, y si me apuran, casi diría que no existen novelas de este modo en la actualidad. Recordándonos a Zadie Smith por ser capaz de salir de un mundo conocido y adentrarse en otro donde los protagonistas tienen una edad elevada, una trayectoria distante, unas motivaciones alejadas, y aún así hacerlo creíble, es Leticia capaz no sólo de urdir una historia difícil, adulta, sino de escribir con un estilo tan poético, libre e idílico que el lector será capaz de alumbrar su propia sábana para poder leer hasta altas horas de la madrugada, incapaz de cerrar sus páginas, no queriendo dejar huérfanos a sus protagonistas.