El viaje

Hace unos días decidí que debía darme un descanso de conocidos. Me pregunté cómo sería posible pasar unos días sin tener que ver ni oír a personas cotidianas. Me senté ante una mesa cogí un lápiz y un cuaderno y comencé a hacer la lista de lo que debería y no debería hacer para conseguir eso. Dividí la hoja de papel en dos partes, en una escribí un SÍ y en la otra un NO y me puse a la tarea.

Al principio todo fue fácil, en el SÍ escribí: cuaderno, lápiz, rotulador, bolígrafo, cargador del teléfono móvil, pendrive, radio, champú, crema solar, botas de trekking, calcetines de algodón, ordenador portátil, maquinillas de afeitar, diccionario, cámara de fotos, tarjetas de memoria, cargador de batería de la cámara y batería de repuesto, polainas para caminar por el monte, bastones de marcha y bastón de monte, botiquín de urgencia: cafinitrina, analgésicos, preservativos, antihistamínicos, barrita para picaduras de mosquitos, crema protectora solar, crema hidratante, afftersun, champú, gel de ducha, pastilla de jabón, medicinas del tratamiento crónico, lágrimas artificiales, laxante, astringente, urbasón, espuma de afeitar, somníferos, frutos secos, barritas energéticas, calzoncillos, unas camisetas, camisas, sombrero, gorra, paraguas, chubasquero, pantalón, zapatos, chanclas, zapatillas.

Miro de reojo la parte de la hoja que pone NO y la veo completamente vacía. ¡Madre mía! Si no he sido capaz de quitar nada de las cosas que uso.

¿Qué hago? Bueno lo primero es echar una ojeada al trastero y ver qué maletas tengo, porque con las cosas que voy a llevar me parece que no tengo ninguna que quepa todo. Cierto. No hay nada capaz de cargar con todo lo de la lista. ¿Qué hago? Si dejo cosas las necesitaré más tarde. Eso siempre me pasa. Si llevo todo la mitad de las cosas no las usaré, pero sé que están a mano, en su bolsa. Así que fijo que me llevo todo. ¿Pero dónde lo meto?

Miraré en qué súper hay rebajas y me acerco a comprar una maleta. No, mejor al chino. Total para una maleta, siempre saldrá más barato. Aunque no sé, a lo mejor es de peor calidad. Y si luego se rompe. Jo, me acuerdo de aquella que llevé a Canarias y se rompió en el avión y cuando reclamé me dijeron que la garantía cubría todo menos los viajes a las Islas. ¡Vaya si se rieron de mí! Supongo que todavía se carcajearán cuando se acuerden.

Bueno eso ya es historia. Ahora a comprar una maleta y a llenarla. Eso sí, esta vez pillo la más barata y que se vea a mil leguas; la más chillona y fea que haya para que no se despiste. Pero dudo que haya del tamaño que necesito. En otros chinos sí que he visto maletas enormes, inmensas, como si las hubieran fabricado para transportar personas dentro, pero aquí no recuerdo que las haya tan grandes. Será cuestión de mirar. Seguro que la encuentro, bueno si no es para guardar mayores a lo mejor la encuentro para meter pequeños. Pero comprar vaya si la compro. ¡No voy a estar yo sin una maleta!

Ahora a la calle, ya acabaré luego la lista. Pero a dónde voy si seguro que ya están todas las tiendas cerradas. No voy a ir a ciegas y volverme loco dando vueltas y más vueltas por todos lados. Si voy en coche me arriesgo a meterme en un atasco pero en el bus no me dejarán entrar con la maleta grande. No sé. ¿Qué hago?

Y después, cuando vuelva a casa con la maleta grande tengo que llenarla con todas las cosas que he escrito en la hoja que puse “SI”, claro pero para meter todo en la maleta antes tengo que ordenarlo y algunas cosas meterlos en bolsas. ¡Ah, el neceser que no se me olvide! Que luego acabo con mil muestras de esas que hay en los baños de los hoteles y no tengo sitio para guardarlas.

Ya está antes de ir a comprar la maleta voy a ordenar y numerar la lista “SI”. Cuando acabe con ella haré lo mismo con la lista “NO”.

Bueno, antes me prepararé algo para merendar, estas cosas se alargan y es mejor con el estómago lleno. Ala, a preparar unas tostadas. Y un café. Sí, un café y así me despejo.

Da gusto merendar así, tan tranquilo. Sin obligaciones de ningún tipo. En un rato me pongo con la lista y en nada salgo a comprar la maleta.

¡Huy, qué ha pasado! Que tonto que soy, si me he echado una cabezada. Desde luego es para que me maten…

Ahora la calle y a comprar la maleta, ya haré luego la lista. Van a cerrar y me quedo sin tener donde meter el equipaje.

—¿Eh, a dónde va usted?

—Pues a la calle, al chino, a comprar una maleta. Voy a marchar de viaje y no tengo ninguna en el trastero.

—¿De viaje, de viaje? Anda suba p’árriba que ya es hora de cerrar.

—¡Cómo que suba p’arriba! Yo tengo que ir al chino, hombre, que me cierran…

—Ande, ande, que ahora va el celador con la medicación. Ya se irá de viaje otro día…

Remigio y doña Aurora

—¡Lo tuyo es puro teatro!, decía Remigio con rabia y entre dientes. Siempre has creído que quejarte era la mejor manera de seguir viviendo y jamás pensaste en los demás. Cada lamento tuyo ha sido una puñalada para todos nosotros. Hemos sufrido, en silencio, tus impertinencias y tragado un millón de sapos para poder seguir a tu lado. Siempre te has creído superior al resto de los mortales y nunca te has preocupado por nada ni nadie de los que te rodeamos. Ahora comenzarás a entender lo que es una vida de las que tú llamabas rutinaria y ordinaria. Aquí no hay sirvientes, ni mucamas de ultramar, ni mayordomos con librea. Ni tan siquiera una asistenta por horas. Encontrarás la horma de tu zapato, el almidón para tus cuellos planchados, la impotencia de la inanidad o la amargura de las horas varadas. Mira, ahora te dejo aquí y ya volveré cuando te haya calentado el sol.

Wheel Chair, de xJasonRogersx

Wheel Chair, de xJasonRogersx

Y Remigio se alejó de la terraza del jardín dejando a la vieja en la silla de ruedas. Aurora miraba al frente con ojos apagados y llenos de legañas. De vez en cuando la cabeza le caía hacia un lado y el movimiento se acompañaba de un hilillo de baba que brotaba de la comisura de su boca. A cada cabezada, la saliva alternaba de comisura pareciéndose a una clase de gimnasia sueca: izquierda, derecha, izquierda, derecha,…

Un enorme dogo alemán arlequín se acercó a la octogenaria y comenzó a olisquear la silla. Al cabo de varias vueltas y mil olfateos, el can alzó una de sus patas traseras y meó sobre una de las ruedas de la butaca con ruedas. El perro se alejó al escuchar los pasos y las blasfemias de Remigio.

—¡Perro de los huevos! Ahora dirán que lo vi y no hice nada.

Agarró los mangos de empuje y llevó a la mujer a una zona sombreada.

—Bueno, aquí la puedo dejar casi una hora antes de que le dé el sol.

Allí quedó doña Aurora, a la sombra y abrigada de las corrientes, aunque no protegida de las cagadas de las dulces aves que alegremente revoloteaban por el pequeño cielo de tan privadísimo jardín. De altiva dama de pueblo, con notario y boticario, mutó en macetero rodante. Remigio sonaba a lo lejos y el dogo venía una y otra vez a mear sobre la vieja. Cuando el hombre callaba el perro abandonaba el lugar y así estuvieron hasta que el yerno se acercó a la silla para trasladar a la inválida a otro lugar.

—¡Qué no tenga que volver otra vez, coño!

Y la vieja quedaba a merced del sol, los pajarillos y el can meón. Ahora que el perro estaba lejos la buena señora, que no podía controlar sus esfínteres, se meó. La anciana que, entre otras muchas cosas era diabética, producía una orina azucarada que atraía a moscas, abejas, avispas y otros muchos insectos. Así que, de lejos, la buena dama parecía un enorme enjambre terrestre. Doña Aurora se alegraba al orinarse pues cada meada le suponía una liberación, eso sí temporal, de dogo y yerno que no se acercaban hasta que Remigio conectaba un aspersor de riego y alejaba a los bichos voladores y, de paso, lavaba y desodorizaba a su suegra. En esos escasos minutos de intimidad diptérica la mujer saboreaba su última etapa en este mundo y repasaba su vida para ver si, al fin, podía comprender el porqué de aquel trato tan peculiar que le daba Remigio. Pero no alcanzaba a recordar más allá de la última hora vivida. Solamente recordaba desde el momento en que su yerno le ponía unas gotas de algo en el zumo y le decía:

—¡Bebe, carajo, a ver si hoy no me jodes la mañana!

Y desde ese instante la lengua se movía sin hablar, la boca se abría y cerraba a un ritmo fijo y cansino y la fuerza se le escapaba al igual que las babas que cubrían su pechera. De vez en cuando la mujer cabeceaba, pero despertaba dando un profundo suspiro. Ese quejido acaso fuera el pasado que la acorralaba en su red de olvido. A lo lejos una radio informaba al viento y entre músicas se escuchaban las recomendaciones de lo último en restaurantes, tapeos, talleres de chapa y pintura, la oferta del mes en la funeraria “El camino sin retorno” o la nueva llegada de alegres damas al Club “El pecado constante”, junto a la gasolinera de la general…

Doña Aurora vegetaba entre las ramas invisibles de un árbol de rutina amarga. Cuando llegó al pueblo la vida era otra. Ella venía de la gran ciudad, de allá lejos donde se confunden las personas en las aceras y lo anónimo prevalece. El lugar era pequeño, más bien escaso, y ella estaba colocada en la cúspide de una invisible pirámide. Había llegado allí y se transformó en ama y dueña. Pero ese cambio no le hizo olvidar su origen y su cabeza se quedó envuelta en una gasa de culpabilidad y temor. Su papel era necesario para el control de la casa y de él dependían futuro y presente. Nunca antes había visto sirvientes ni aduladores y ahora los tenía a montones desde la mañana a la noche.

Ese cambio que dio la vuelta a su vida fue tan profundo y agresivo que la llevó a los límites del hastío y a la línea amarga de la dependencia. Ella siempre procuró contrarrestar esa subordinación con la ironía y la altivez. Mala mezcla esa de hacerse pasar por lo que uno no es con lo que se aparenta a diario. Así se vio atenazada por su propia mentira e hizo sufrir a quienes la rodeaban, como solamente lo sabe hacer un torturador, un inquisidor o un forúnculo. La dama se hacía la frágil ante los que se consideraban fuertes e inteligentes y esa actitud compensaba, a la larga, con creces lo que los otros creían haber conseguido.

En poco tiempo se vio tratada no como igual, sino con admiración callada por los principales de aquel lugar y supo apreciar como nadie el significado de las palabras poder e influencia. Sentía verdadero placer cuando una insinuación se convertía en una orden o un deseo, apenas manifestado, se materializaba en pocos días. Por la casa pasaban gobernadores, obispos, notarios, médicos, jueces, aizcolaris, mariachis, viajantes de comercio. Y un día apareció por allí un burgalés que vendía morcillas de arroz y discutía fervientemente que eran muchísimo mejores que las alemanas. Basaba su afirmación en que la simple pronunciación del género ya mostraba la grandeza de su sabor. Doña Aurora, obviamente, lo echó de la casa y no a patadas, ni por falta de ganas si no porque llevaba falda tubo y no le permitía levantar la pierna con soltura.

Un día la anciana observó que su yerno no ponía ninguna gota en el zumo y se asombró al ver que dirigía la silla de ruedas hacia el cuarto de baño. Una vez allí el hombre levantó a la mujer de la silla. Sentó a la anciana en un taburete que había en el centro de la habitación y lo empujó hasta el borde de la bañera. Volvió a cogerla y la dejó suavemente en el fondo del baño y comenzó a desnudarla. Cuando ya estaba desnuda agarró el mango de la ducha y abrió el agua. Un chorro fuerte de agua fría mojó a la vieja y con una esponja enjabonó todo el cuerpo sin ningún miramiento. Doña Aurora hacía aspavientos que hicieron sonreir al yerno.

—¡Qué, qué, da gusto el agua fresquita! ¿A que sí? No te preocupes que tienes agua para rato. Hoy vas a estar guapísima. Ya verás que sorpresa tengo para ti. Además todo el mundo dirá: ¡Quién lo diría, mira cómo trata Remigio a su suegra! Y tú te exasperarás como una perra rabiosa y nadie nunca sabrá lo que aquí está ocurriendo. No puedes hacer nada. ¿A que jode, eh? ¡Vieja de mierda!

Al cabo de un buen rato de higiene y acicalamiento, Remigio volvió a instalar a la anciana en su silla de ruedas y la llevó hasta su cuarto. La colocó frente al tocador e inició una escrupulosa labor de maquillaje sobre su suegra. Al cabo de unos larguísimos minutos la vieja parecía un calco de la mujer que fuera otrora. Apenas el yerno hubo colocado a la mujer en su lugar habitual de la terraza, con puntualidad inglesa, apareció la visita.

—¡Aurora, Aurora, estás divina de la muerte! Sí, estás fenomenal. Ya me parecía que exageraban. Hace años que no te veo así.

Y doña Aurora se decía para sus adentros:

—Claro hace años que no me ves, cacho perra. Y tanto que estoy divina de la muerte. ¿Cómo voy a estar?

Al cabo de un rato la visita se levanta y dice:

—Bueno, rica, me voy que estarás cansada de tanto alboroto.

Y Remigio, muy alegre y amable, acompaña a la visita hasta la puerta. Y al fondo del jardín el dogo se estira y las abejas liban las flores…

Camila y Heriberto

Yo misma había llegado a convencerme de que mi matrimonio era perfecto. Heriberto me engañó como a una colegiala. Puse mucho para adaptarme a su vida y el me pagó con la peor de las monedas: cuando cobré mi herencia se olvidó de mí.

Ahora me quedan los recuerdos truncados por la codicia y el egoísmo.

Todo comenzó cuando yo, agobiada por la casi patológica obsesión que mis padres tenían para que yo les acompañara hasta el final de sus días, me enfrenté a mi hermana y le dije:

—No estoy dispuesta a dejarme en esta casa la poca vida que me queda. Así que me voy a casar y largarme de aquí.

—Sí, no me digas ¿Con quién te vas a casar, si puede saberse?

—De eso ya me encargo yo, aunque ya, prácticamente, lo tengo decidido.

—Claro, en este pueblo hay tantos hombres que quieren casarse con una cuarentona amargada…

—Al menos no soy una perra alcohólica, como otras…

—Huy, ya sale Camila, la virgencita. Cómo se nota que solamente ve la paja en el ojo ajeno. Vaya, como nunca has estado cerca de borrachos ni otras calamidades.

—No empieces, Marymar, siempre tienes que atacar al mundo para que se te haga más soportable la soledad y la amargura que vives.

—Sí, efectivamente, vivo amargada, borracha y sola. Pero te aviso: tú acabarás sola y amargada si te casas con ese hombre. Crees que es trigo limpio y no sabes, de la misa a la media, las cosas que se dicen de él.

—Sí, ya sé que se dicen cosas. ¿Y qué? Siempre se comentan barbaridades de los que se han tenido que ir del pueblo para ganarse la vida. No iba a ser una excepción. Pura envidia que le tienen todos a Heriberto.

—No, te equivocas. Nadie le envidia, muy al contrario, casi todos le temen. Como en su día temieron a su padre.

—¿Es que no sabes aceptar tu derrota? Ahora te quedas tú al cargo de los viejos y te pudrirás junto a ellos.

Dicho esto abandoné la cocina y ya no volví, nada más que de visita, a la casa de mis padres.

Pero aquella conversación con Marymar siempre me rondó por la cabeza.

Heriberto se portaba muy bien conmigo y yo cada día me sentía más enamorada de él. Lo tenía todo: era educado y amable, trabajador y previsor, amante incansable, compañero admirable…

No se podía percibir en él nada que supusiera maldad o egoísmo. Los fines de semana iba a cazar y los domingos paseábamos por los campos y, alguna que otra vez, íbamos al cine.

Mi vida transcurría con suavidad y armonía. Económicamente nos desenvolvíamos bien, o eso creía yo.

Aquí comenzaron mis dudas y mi calvario por el mundo del matrimonio.

Cierto día, estando yo sola en casa, sonó el teléfono. Cuando lo cogí nadie respondió y colgaron la llamada. Así estuve durante algunos días. Yo no le dí importancia pues achacaba las llamadas a los múltiples cortes de línea que había por aquel entonces en el pueblo.

Pero un día sí que me hablaron. ¿Para qué levantaría yo aquel maldito teléfono?

—Diga.

—Buenas, ¿es usted Camila, la esposa de Heriberto?

—Sí, ¿Con quién hablo, por favor?

—Mire, señora, usted no me conoce. Yo he sido compañero de su marido durante un tiempo.

—¿Ah, navegaba usted con él?

—¿Navegaba? Bueno, sí, se puede llamar así.

—¿Cómo dice? No le entiendo, mi marido siempre trabajó en Ultramar de Pasajeros.

—Ya, ya, eso es lo que siempre dicen que digamos.

—¿Pero usted quién es?¡ Ni siquiera me ha dicho su nombre!

—Perdón, Camila, tiene usted razón. Me llamo Damián Cifuentes y he sido compañero de su marido durante los últimos cinco años de trabajo. ¿Nunca le habló de mí?

— No, jamás me habló de usted.

— Tal vez le hablara de “Silencios”, ¿lo recuerda?

— Sí, ese nombre me suena. Pero no habla mucho de él.

— Claro, Camila, supongo que no quiere que usted sepa a qué se dedicaba.

—Pero, ¿qué me dice? Heriberto siempre trabajó en esa naviera y era segundo oficial. Nunca se dedicó a otra cosa y cuando dejó de navegar retornó a su pueblo para vivir tranquilo.

— Señora, su marido nunca se retiró. Lo echaron. Nos echaron a todos porque ya no éramos útiles. Y nunca trabajamos en ninguna naviera, es más Heriberto se marea con sólo ver una ola.

—Mire, déjeme en paz. No vuelva a llamar.

Colgué el auricular; me quedé inmóvil. Sin darme cuenta apareció ante mí la escena de mi hermana Marymar y yo hablando en la cocina de padres, nuestra última conversación antes de casarme.

¿Cómo podía ser que después de tanto tiempo recordara yo las palabras exactas que me dijo entonces mi hermana? No, mi hermana no me había dicho ninguna premonición que hubiera tenido. Me dijo, entre líneas, que no me fiara de Heriberto y ella no solía decir nada que no estuviera bien fundado.

Ahora venían a mi memoria conversaciones lejanas, caras desconocidas, amistades “raras”. Percibía el engaño en cada frase y en cada vivencia.

Una llamada telefónica de un desconocido, una escueta y parca conversación fue lo único que se necesitó para que mi vida matrimonial se tambaleara.

El tiempo fue pasando y yo me olvidé de aquella llamada, hasta que otra llamada me puso en guardia:

—Hola, Camila, soy Damián Cifuentes, “Silencios”, ¿Me recuerda?.

—Sí, ¿qué es lo que quiere ahora?

—Yo no quiero nada, simplemente quiero prevenirle de que Heriberto va a marcharse del pueblo.

—¿Qué majaderías dice usted?

—Si usted, Camila, cree que son majaderías mejor será que se acerque al Banco del Campesino y que consulte su estado de cuentas. Si se fija verá que cada mes, el día 13, hay una transferencia. Ese movimiento no figura en los extractos que usted recibe en casa o cuando consulta su cuenta por Internet. ¡Ah, y otra cosa, no hable con Anselmo, el director, hágalo con Pilar! Si va dentro de una hora encontrará a Pilar sola en la oficina.

Dudé en salir pero, sin apenas darme cuenta, estaba aparcando mi pequeño Ford frente al banco. Efectivamente, Pilar estaba sola en su despacho, me hizo entrar y me dijo:

—Mucho has tardado, Camila. Pero siempre es mejor darse cuenta a tiempo. Ya me dijo “Silencios” que estabas muy “entregada” a Heriberto.

—¿Qué ocurre aquí, Pilar? No puedo comprender nada.

—Mira bien los datos que te voy a enseñar y luego ya me dices.

Me entregó varias hojas de movimientos y, con asombro no disimulado, advertí que, como me dijo “Silencios”, el 13 de cada mes había una transferencia. El importe no era siempre el mismo, pero sí que era muy elevado. El dinero se transfería a una cuenta de un banco en el extranjero.

—Pilar, ¿este banco de dónde es? Me suena mucho, pero ya sabes que yo no tengo idea de estas cosas.

—Mira, Camila, ese banco es de un paraíso fiscal y para él trabajó siempre tu marido. Heriberto se dedicaba a la captación de capital entre traficantes de drogas y otros delincuentes. Por eso siempre viajaba tanto y creíamos que estaba embarcado.

—¿Y Anselmo también estaba en esto?

—En un principio no. Pero cuando murieron tus padres comenzó a tratarse con tu marido. ¿Te acuerdas cuando resolvieron los problemas de los impuestos de la herencia con Hacienda? ¿Nunca te extrañó que jamás te volvieran a llamar? Pues ya ves, el dinero hace muchos amigos.

—¿Y ahora que me va a ocurrir?

—Bueno, Heriberto y Anselmo ya estarán detenidos en este momento y, en cuanto a ti, supongo que te llamarán del Juzgado y te propondrán un trato. No has sido consciente del daño que has hecho a causa de ese maridito que te echaste.

Bueno, ahora estoy sola, completamente sola. He cambiado un apasionado amor por una vitalicia condena al ostracismo.

¿Porqué no seguí con aquel soldador que cantaba tan bien?

La triste historia de Gaspar Vespertino

Las cosas podían haber sucedido de cualquier otra manera y, sin embargo, sucedieron así.

¡Gaspar, hijo, tráeme dos botellas de vino de la bodega!, chillaba Maruja desde la cocina.

El niño salió saltando de dos en dos la escalera que daba al sótano y cogió las botellas que le había pedido su madre. A toda prisa, con una botella debajo de cada brazo, el chaval comenzó a subir la empinada escalera ; cuando ya estaba a punto de pisar el último peldaño una de las botellas se escurrió y Gaspar quiso cogerla antes de que cayera al suelo y se rompiera, al agacharse perdió el equilibrio y niño y botellas rodaron escalera abajo. Mientras caía, Gaspar se asía al cuello de la botella que llevaba en la mano y durante los siete peldaños que duró el vertiginoso descenso logró mantener firmemente agarrada la garrafa, pero la otra, dando vueltas en el aire llegó al sótano mucho más rápido y se hizo añicos al pie de la escalera, formado una tupida alfombra de afiladas cuchillas de vidrio, don el pequeño aterrizó produciéndose enormes y profundos cortes. La madre, alarmada por el estrépito de la caída, acudió presurosa y se encontró con la dantesca escena de vidrios, sangre y gemidos que allí se estaba produciendo.

Ya en el hospital, el médico explicó a Maruja que si bien no peligraba la vida del pequeño, había sido necesario amputarle su brazo izquierdo, pues eran tantas y tan profundas las heridas que nada se había podido hacer para salvar el miembro de la criatura.

Así comenzó el precoz desmembramiento de Gaspar Vespertino y así se inició una azarosa vida salpicada de accidentes que hicieron de la vida del muchacho una traumática y cercenada carrera hacia una existencia profundamente marcada por lo imprevisible.

Gaspar, consciente de sus limitaciones físicas debido a su pérdida, siempre mantuvo una actitud positiva ante la vida y su minusvalía le hizo convertirse en alguien al que las dificultades, no sólo le animaban a seguir adelante sino que le obligaban a buscar casi la perfección en todas las tareas que iniciaba.

El tiempo que los demás niños lo dedicaban a juegos, Gaspar lo aprovechaba en el estudio y entrenamiento de habilidades manuales, para que su única mano pudiera desarrollar cualquier tarea con perfección y rapidez y poder conseguir algún trabajo con el que ganarse la vida en el futuro.

Mientras los niños acudían ala colegio del barrio, él se formaba en un centro especial para disminuidos físicos, donde le enseñaban lo fundamental de los oficios. Así en unos pocos años logró dominar varias tareas que le sirvieron para ganarse la vida con dignidad y holgura económica.

A medida que pasaba el tiempo Gaspar iba necesitando otras cosas que no fueran el trabajo y el dinero, por lo que decidió que debía adquirir otra formación que la meramente práctica y así colmar sus anhelos de aprender otras materias. Comenzó a estudiar Historia, Filosofía, Literatura, Arte, etc.…, materias estas que le convirtieron en un ilustrado y en pocos años se sintió satisfecho con su vida. Pero si la solidez económica y la amplitud de conocimientos le hacían sentirse seguro, sentía que debía contraer otros compromisos con la sociedad y se dedicó a participar en asociaciones vecinales, gremiales, deportivas y políticas, alcanzando en poco tiempo tal grado de influencia que se convirtió en un destacado pilar de la sociedad.

Pero la vida es dura y bien se sabe que quien destaca es objetivo de envidias y odios ocultos, de tal manera que nunca se puede ni estar seguro ni tranquilo de lo que tenemos o hacemos, pues siempre hay alguien que quiere destruir nuestra labor, aunque no sirva para nada esa destrucción rotura Así pues a Gaspar Vespertino le salieron muchos y peligrosos competidores, enemigos más o menos poderosos que no cejaban en su empeño de desbancar al manco de su posición en la sociedad.

Un mañana, cuando Gaspar salía de su domicilio, una bomba colocada en su coche hizo explosión y, aunque no consiguió el propósito para al que había sido fabricada, dejó al pobre hombre casi destrozado. Gaspar perdió una pierna y el brazo que le quedaba. Tras varios meses de estancia en el hospital fue dado de alta y se reincorporó a sus tareas cotidianas. Aunque apenas podía valerse por sí mismo, su valentía ante la vida impidió que se rindiera ante las adversidades y prosiguió su labor política con mayor intensidad. Además su prestigio aumentó tras el atentado.

Pero si una vez no había sido suficiente una segunda intentona sí que acabaría con el luchador y sus enemigos planearon y ejecutaron un segundo atentado. El intento de asesinato se hizo sin contemplación alguna y fue tal la violencia, crueldad y eficacia con la que se llevó a cabo que no sólo Gaspar sufrió las consecuencias, sino que también sus colaboradores más cercanos fueron víctimas de la barbarie. Todos, menos Gaspar, perecieron en el ataque.

Gaspar, además de perder a todos sus asociados, perdió la pierna que le quedaba, los ojos y sufrió otras lesiones que le hicieron perder el habla y la razón. El hombre, evidentemente, ya no era aquel portento de lucha y pundonor, se había convertido en un ser que vegetaba en la cama y que necesitaba un infinidad de atenciones, por lo que era más un estorbo que otra cosa y, al haber perdido a sus correligionarios, su actuales compañeros de política pretendían ocupar el puesto de poder de la víctima. Así pues la vida de Gaspar se había convertido en un estorbo político y en un engorroso y caro problema humano ya que era tan cara su asistencia que quienes debían prestársela la escatimaban.

Tras varios meses de atenciones médicas Gaspar, postrado en su cama vivía sus pocos momentos de lucidez con una angustia terrible al verse inerte a merced de sus cuidadores. Solamente deseaba que todo acabara, que su vida se truncara y poder descansar de su martirio. Sus días eran eternos, oscuros. Fortísimos dolores le anulaban su ya quebrada voluntad y su existencia era un infierno.

Una mañana el enfermero se asombró al no ver en su cama a Gaspar. Nadie podía haber entrado en la habitación sin ser visto y ahora el enfermo se encontraba colgado por el cuello de una viga del techo.

Tras unas horas de espera, el comisario encargado de la investigación con voz ronca y espera dijo a su subordinado:

—Martínez, he aquí un clarísimo caso de suicidio. Estos políticos son capaces de cualquier cosa para llamar la atención cuando pierden el poder.