Y de pronto allí estaba, como una explosión de azul, de aquel glorioso azul con el que había tejido sus sueños durante los tres últimos meses.
A su lado Laura dormía. Ella no podía, el ambiente de aquel autobús la subyugaba con un marco perfecto a la bella Cádiz, toda luz, que ya se acercaba. Detrás el japonés con la misma sonrisa calma que les había ofrecido al llegar… El conductor con sus gafas Ray-Ban “penúltimo modelo”, una parodia de sí mismo y aquel programa de radio con música de un tiempo que sin duda ya había pasado.
¡Lo habían logrado! Al conjuro de una palabra se embarcaron en aquella locura y allí estaban.
Fue una de esas tardes de “pizzería”; salían de la biblioteca y decían toda clase de tonterías para olvidar por un momento los cercanos exámenes. El periódico anunciaba la próxima inauguración de la ruta de la plata Gijón-Sevilla. Siempre habían soñado con el sur y aquella era sin duda la ocasión.
Días más tarde ya se habían puesto en contacto con turismo en Sevilla y en Cádiz y esperaban ansiosas alguna respuesta. No se hizo esperar: ambas oficinas de turismo les enviaron información sobre hoteles, transportes, y toda clase de cosas que estudiaban a ratos sueltos, no muy seguras aún de si finalmente aquello sería algo más que una forma de relajar las horas de estudio.
Partieron al anochecer, uno de esos días de julio en que el Norte se empeña en vestirse de otoño. Trece horas de viaje con dos paradas en ninguna parte. Amanecía cuando entraron en Sevilla. La ciudad silenciosa, a aquellas horas, ofrecía su mejor cara antes de que el calor lo cubriera todo.
Fueron directas a la pensión, que resultó ser un lugar encantador. Su habitación recientemente renovada ofrecía una espléndida vista sobre los tejados de la ciudad del Guadalquivir. Además, al estar en la última planta, alejada de todo, les hacía sentir como princesas en su torreón. ¡No podían creer la suerte que estaban teniendo! A toda prisa se cambiaron de ropa y salieron a la calle.
En el barrio de Santa Cruz, sus estrechas callejuelas eran tal y como las habían imaginado: llenas de pequeñas tiendas con coloristas souvenirs… la plaza de España, la Torre del Oro… y así uno tras otro todos los tópicos.
Horas después el cansancio las llevó a una pequeña tasca donde entre risas se quejaron del calor y se burlaron de sus amigas, que seguramente estarían bajo el gris cielo norteño.
Lo siguiente la Giralda; subieron sin importarles que fueran las tres de la tarde. Más tarde “ellos” se reirían incrédulos al contarles su pequeña y loca hazaña.
Mientras tanto, solas allí arriba, casi sin aliento y completamente deshidratadas, se enamoraron irremediablemente y para siempre de aquella ciudad.
El sol se estaba poniendo cuando regresaron a su “torreón”. Había sido un día increíble, asfixiante pero luminoso, agotador pero maravilloso. Descansaron un rato mientras comentaban cada detalle y decidían qué ropa ponerse para su primera noche.
Fueron a Triana. ¡Nada podía prepararlas para aquello! En medio del Guadalquivir una enorme barcaza llena de bailarinas con vistosos vestidos flamencos de todos los colores. La música inundaba las laderas del río y casi se podía respirar su alegría. Tan alegres como el ambiente buscaron un lugar para cenar mientras callejeaban. El barrio estaba de fiesta, las calles abarrotadas… por eso no les habían visto hasta que les hablaron. Si acaso, un atisbo de dos hombres y siguieron caminando. No hablarían con ellos hasta la siguiente noche.
Cuando ya no podían más se retiraron embriagadas de noche y de sur…
Era su último día en Sevilla y tenían que apurar cada segundo. La ciudad las empezaba a tratar como a viejas amigas y parecía enseñarles esos rincones que reserva a los suyos.
Cenaron en el mismo sitio. Tal vez ellas también les buscaban; en cualquier caso, allí estaban, justo delante de la puerta en su ya sexta vuelta como después les confesaron.
Ella pensó que parecían agradables. ¡Tan diferentes! Él moreno y desgarbado, no muy alto con aquel aire que la enternecía no sabía por qué. Las llevaron a “todas partes”, a la otra Sevilla fuera de tópicos, a la que habían ido a conocer. Ellos se la presentaron. Con historias y anécdotas, de lugar en lugar mientras la noche avanzaba. Ya casi amanecía cuando tomaron la última copa, hablaban y hablaban, parecían haber hablado desde siempre.
Las llevaron al autobús. Él le dijo “lastima que el final no sea en una estación de tren”. (El japonés sonreía). En realidad sólo era el principio…
Cruz A. González







