Los libros luciérnaga

Los Libros Luciérnaga: Leticia Sánchez Ruiz, 2009.  Algaida Ediciones, 487 páginas, 19€.

Defiende Leticia Sánchez Ruiz, con esta novela, que en todos nosotros (literatos o no) habita un libro luciérnaga, una historia, un cuento con su luz propia, que nos ilumina y alumbra, que nos guía o nos marca, que nos detalla y nos define, que nos busca y encuentra, que interrumpe su acción al final o quizás en los capítulos del medio, pero que existe, que es, que es algo común a todos los humanos, y que sólo nos diferencia que unos llegan a escribirlo en un papel, y otros no.

En esta novela nos encontramos con 3 historias “luciérnaga”, tejidas con una separación cariñosa y lo suficientemente adecuada para que tomemos aire antes de saltar de una a otra, imbuyéndonos en la vida de sus protagonistas pero poco a poco, con el suficiente ajuste para que las emociones no nos desborden.

La escritora, manejando a la perfección la dosis en cada capítulo, dosificando las motivaciones de los personajes (la búsqueda de los hermanos, quizás la más compleja, es la que se lleva el mayor número de páginas además de la emoción y el suspense), convierte cada capítulo, sobre todo los dedicados a Lucía, que viene a ser la historia de amor, en un ensamble perfecto, casi en pequeños cuentos con sus finales impecables, poéticos, y un punto lo suficientemente misterioso y sombrío para que, aparte de la motivación de la amena lectura, te apetezca seguir leyendo.

Sorprende la juventud de su autora, no porque no existan escritores de tal edad, sino porque no existen novelas así escritas por gente tan joven, y si me apuran, casi diría que no existen novelas de este modo en la actualidad. Recordándonos a Zadie Smith por ser capaz de salir de un mundo conocido y adentrarse en otro donde los protagonistas tienen una edad elevada, una trayectoria distante, unas motivaciones alejadas, y aún así hacerlo creíble, es Leticia capaz no sólo de urdir una historia difícil, adulta, sino de escribir con un estilo tan poético, libre e idílico que el lector será capaz de alumbrar su propia sábana para poder leer hasta altas horas de la madrugada, incapaz de cerrar sus páginas, no queriendo dejar huérfanos a sus protagonistas.

Sueños blancos

El invierno se aproximaba con pasos prudentes,
las primeras chimeneas lo anunciaban
con señales de humo.

Las últimas hojas en lo alto de las hayas despedían el otoño
ondulando pañuelos de infinitos colores
del rojo al amarillo.

Y llegó la nieve
en una noche de enero.
Y el cielo era más azul,
y las retinas se atiborraron de blanco,
y volvíamos a ser niños
con los pies mojados,
tiritando,
y los sueños intactos.

Tenemos que hablar de Kevin

Título original: We need to talk about Kevin. Lionel Shriver, 2005. Traducción: Javier Calzada.

Editorial: Anagrama. 12€, 607 páginas.

Kevin, el niño del que habla la protagonista, su madre, ha matado en su instituto a 10 personas. No revelamos nada con esto puesto que en el primer o segundo capítulo se desvela. Toda la novela se desglosa en las cartas que Eva, la madre, le escribe al marido (ahora separados por esta cuestión) intentando entender porqué o qué parte de culpa tienen ellos como progenitores.

Además de la sorpresa final del libro, adecuada para crear una obra perfecta y por el sentimiento de horror que produce, algo anestesiado después de más de 600 páginas de mención de asesinatos, la lectura, aún farragosa en ocasiones, seduce y atrapa de un modo poco común para un lector actual.

Es, quizás, el libro con la mayor posibilidad de lectura de todos los que me he encontrado. ¿Es el amor de una madre algo incondicional? ¿O lo que es absoluto es el sentimiento de culpa? ¿Puede un niño darse cuenta de no ser deseado? ¿Puede una repulsión transformarse y reflejarse? ¿Sigue siendo la Sociedad demasiado dura con la mujer? ¿Se pagan todas las concesiones, y acaban estallando?

Asistimos a los sentimientos de “pecado” que le produce a Eva quedarse embarazada; la falta de deseo y posterior aversión por un niño que la va mermando, abrumando, separando de su marido y paulatinamente del mundo. La soledad apabullante de toda la novela es un reflejo del tremendo aislamiento que acompaña a la mujer y madre que se queda en casa, de la incomunicación de un adulto rodeado de niños, relegado a ese mundo sin pertenecer a él.

Novela dura, inclemente, de una tristeza desgarradora y de una inteligencia excepcional, mucha gente quiso ver en sus últimas páginas una decepción, un deseo de ser políticamente correcta que no comparto. Creo que es el final perfecto para rematar la doble interpretación que brinda el libro. Por un lado, la madre rebelde que tapa esa diferencia intrínseca con sumisión, decepcionándose y amargándose, vertiéndolo todo, sin percatarse, en un hijo que hará lo posible porque le ame, que hará lo más terrible por tenerla sólo para él.

Y por otro, la madre que sí quiere al niño, que siempre lo amó, que por eso aguantó, aún sabiendo que era malo, dañino para los demás, peligroso hasta para su hermana, pero aún así su amor estuvo por encima y por eso lo soslayó.

Releyendo la novela, cualquiera de las dos lecturas es válida.

Un gesto que vale una vida

Las cosas podían haber sucedido de cualquier otra manera y, sin embargo, sucedieron así. Aquella era una mañana de enero fría, como sólo son frías las mañanas de invierno en la sierra del Aibos. Cielo azul y suelos blancos, brisa suave que lame la piel y la enrojece. Elías asomó la cabeza por el cuarterón del cobertizo y calculó que aún faltaban unas dos horas para que llegase Alfredo, el dueño de las tres vacas que le habían dado calor durante la última noche y le habían permitido descansar en un duermevela acostado en uno de los pesebres. Confiaba en la lealtad del vaquero, al menos lo suficiente para que no le delatase a la Guardia Civil, para que no fuese a contarles que había visto huellas en la nieve; aunque no para pedirle que se arriesgase a subirle al monte algo de comida.

Ordeñó un poco la vaca de ubres mas llenas, el ternero no se resentiría por un poco menos de alimento y para él en ese momento le era imprescindible, lo había realizado tres veces en estos últimos días de diciembre de mil novecientos cuarenta, tampoco quería hacerlo en muchas ocasiones en esta misma cuadra no fuese que Alfredo decidiese dar parte de él aconsejado por el hambre, prefería ir cambiando de valle cada pocos días, despistando a los cazadores de hombres y no esquilmando mucho tiempo seguido al mismo ganadero. El hambre reinaba en aquellos montes, tanto para los habitantes de las casas como a los que se escondían por los altos. Colocó los “crampones”, como llamaban los vaqueiros a las raquetas de nieve, con unos escarpines muy ajados que apenas le protegían del frío y de la humedad de aquella nieve que se licuaba al contacto con el escaso calor que desprendía su enjuto cuerpo.

Caminó hasta el riachuelo sin dejar de mirar al cielo, escrutándolo cada pocos pasos por si las nubes tenían a bien dejar caer un nuevo manto blanco que borrase las huellas de sus pies sobre la nieve. Al llegar al arroyo se descalzó, guardó los escarpines en el zurrón donde portaba las pocas cosas de las que disponía: un trozo duro de pan, un trozo de tocino y un mechero con una muy apurada mecha; la ropa la llevaba toda sobre su cuerpo para mitigar el frío, y la navaja en el bolsillo delantero, a mano, por si la requería alguna urgencia, tenerla cerca le daba seguridad, meter la mano en el bolsillo y darle vueltas mientras pensaba, apacentaba su espíritu.

Comenzó a caminar por el curso del regato como si de un estrecho camino se tratase, debía hacerlo durante todo el tiempo que pudiese resistir para evitar que si los guardias venían con los perros estos pudiesen seguir el rastro. Avanzó de esta forma más de trescientos metros hasta que la pequeña corriente desapareció bajo unas rocas cerca de una estrecha cueva que con dos entradas y una buena vista sobre el monte era su mejor puesto de vigilancia en aquella zona. Al poco de entrar en la cueva, tras escudriñar la falda de la montaña, comenzó a frotar para devolver la vida a su cuerpo que por debajo de las rodillas estaba entumecido con una coloración que iba del morado al azul. Trataba de mantenerse vivo en espera de mejores tiempos, aunque la desmoralización que había comenzado por maltratar sus sueños ya se adueñaba también de sus vigilias. La última vez que había coincidido en el monte con un “fugado” como él, supo que muchos ya habían cambiado la meta de la supervivencia “aguantar hasta que escampase”, por la de atravesar la frontera a Francia. Pero, cómo podía él cambiar de país si únicamente conocía los montes de su concejo. Hasta dónde podría llegar caminando por el monte.

Varias veces cada día repasaba el gesto que había atraído su desgracia. El seis de febrero del año pasado el futuro se había teñido de miedo para él.
Entró D. Ignacio en la taberna y chilló al chigrero: “¡Pon una ronda que cayó Gerona!, ¡pon una ronda que yo la pago!”. El vaso de Elias estaba lleno y no lo apuró para recibir el vino que D. Ignacio pagaba para festejar la última victoria militar de los alzados; el gesto fue percibido por el convidador que le espetó en tono desafiante: “¿Tú no brindas?”, Elias se encogió de hombros y salió despacio del chigre sin pronunciar palabra, cuando ya colocaba el pie en el camino alcanzó a oír la amenaza: “No brindas hoy, veremos si puedes hacerlo mañana”. Por un instante dudó entre continuar o dar la vuelta, cuando avanzó un paso más supo que ya no había retorno, aunque en aquel momento no era consciente de las consecuencias de aquel acto.

Al llegar a casa saludo a su madre, única persona que convivía con él en el molino de La Figueirona, se fue sin cenar para la cama. A la madre se le encogió el corazón con un mal presentimiento, aquella maldición que iba golpeando, una a una todas las casas del pueblo, aquel día había escogido la suya como presa. Introdujo el plato de fariñas, que el joven no había probado en el horno de la cocina con la puerta entreabierta, si durante la noche quería comer estarían calientes.

Llegaron primero los perros que las ganas de comer. Al oír los ladridos Elías se precipitó a través de la ventana de la habitación que daba al monte. Llevaba la ropa que vestía cuando salió del chigre, que no se había quitado cuando se había tumbado encima de la cama, y unos escarpines que se había calzado en el último momento. Corrió cuanto pudo, la brújula de la mente le indicaba que la salvación estaba en galopar hacia arriba, hacia la montaña, al terreno que él conocía mejor que sus perseguidores.

Todo por un gesto.

Una sombra emergió a la entrada de la cueva. Apenas un niño vestido con uniforme. Elías susurró desde las sombras: “Si disparas, disparo.” Transcurrieron unos angustiosos segundos. El joven guardia dio la vuelta y gritó: “Aquí no hay nadie”.

Sara y su abuela

Las cosas podían haber sucedido de cualquier otra manera y, sin embargo, sucedieron así. Corría el mes de diciembre, el día había amanecido perezoso y trataba de prolongar su zanganería cubriendo los picos más erguidos de la montaña con una espesa cortina de niebla. En el valle, el gris predominaba sobre los tejados de las casas y un aire cortante abofeteaba el rostro de todo aquel que se atrevía a salir a la calle. Aún así, Sara estaba decidida y ni siquiera el intenso frío que la recibió al abrir la puerta la hizo retroceder. Era sábado, sus padres aún dormían y ella quería aprovechar dicha circunstancia para irse cuanto antes. Cuando ellos quisieran notar su ausencia ya sería demasiado tarde para impedirle que llevara a cabo sus propósitos.

A paso ligero cruzó la calle y, como un fugitivo perseguido por las prisas, se dirigió hacia la parada del Bus que la llevaría hasta el rincón favorito de su infancia. La casa de su abuela.

Aquel lugar era como una farmacia mágica donde existían todo tipo de pócimas milagrosas capaces de transportarla al paraíso de los sentimientos y, además, proporcionarle el mejor trofeo para su autoconfianza.

Sara tenía diez años —casi once— y a pesar de que a su madre no le hacía demasiada gracia aquella desmesurada relación entre dos generaciones tan distantes, ellas se sentían muy unidas.

Su abuela era la mejor persona del mundo.  Siempre que llegaba junto a  ella demandando caricias,  ésta nutría su avidez de ternura con cada uno de sus gestos. Su comprensión no tenía límites y además sabía apaciguar mejor que nadie cualquiera de sus inquietudes. Primero la abrazaba ansiosamente y luego despejaba todas sus dudas mientras se dejaba conquistar por aquella admiración entusiasta.

Sara llevaba unos días muy nerviosa por la falta de noticias sobre su abuela. A pesar de que sólo las separaban pocos kilómetros de distancia, hacía más de dos semanas que no se  veían  y eso era demasiado tiempo para ellas. Por esa  razón aquella mañana decidió fugarse de casa para ir en su busca.

Cuando bajó del autobús, echó un vistazo a su reloj de pulsera y comprobó que ya eran los 8.30, a las 10 tenía que estar en el colegio para ensayar con el coro y si quería aprovechar el tiempo con la abuela tenía que darse prisa, necesitaba enseñarle las canciones que estaban preparando para la Navidad que se acercaba.

Las clases ya estaban suspendidas por vacaciones, sólo acudían al colegio los componentes del coro y ella, cargada de entusiasmo y, según sus profesores, con  grandes dotes musicales, no podía faltar.

Desde lejos divisó la casa y le extrañó que aún estuviesen las persianas bajadas, normalmente la abuela  era muy madrugadora.

Parece que hoy se le pegaron las sábanas, pensó,   y aceleró aún más el paso. No sabía por qué, pero en aquel momento necesitaba verla más que nunca. A mitad del camino tomó aliento y miró nuevamente hacia las persianas que le estaban indicando una ausencia total de vida en la casa.

El timbre comenzó a sonar con voz ronca, por la insistencia de Sara, mientras su intranquilidad  aumentaba de una forma alarmante. Cuando vio que no conseguía respuesta  apartó su dedo del botón para seguir aporreando la puerta con los puños cerrados y todas sus fuerzas volcadas en ellos.  Tampoco eso le dio resultado.

Con una agitación aterradora volvió sobre sus pasos para pedir ayuda a sus padres.

El trayecto de vuelta le pareció interminable y cuando por fin llegó a su casa entró gritando desesperada.

—Papá, mamá. A la abuela  algo le  pasa, no me abrió la puerta.

Sus progenitores se miraron con un gesto de complicidad y después de un ligero titubeo su madre tomó la palabra.

—Vamos a ver, ¿tú qué estás haciendo aquí, no tenías que estar ensayando?

La agitación de Sara crecía por momentos y su voz entrecortada siguió insistiendo machaconamente mientras un mar de lágrimas rodaba por sus mejillas.

—Os estoy diciendo que la abuela…

Ahora fue la voz de su padre la que se impuso.  ¿Pero no te lo habíamos dicho ya,  pequeña?  La abuela se fue de viaje, tenía muchas ganas de conocer  mundo y decidió que este era el momento.

Sara les miró incrédula mientras preguntaba…

— ¿Y por qué no se despidió de mí?   ¿Cuándo va a volver? ¿Por qué no me llevó con ella? ¿Por qué no me lo dijo? ¿Por qué…?

Las preguntas de Sara se agitaban con frenesí entre las explicaciones de sus padres, mientras sentía una especie de mareo angustioso sacudiéndole los músculos de su estómago. No entendía nada, le parecía todo tan confuso… que casi tenía la certeza absoluta de que algo le estaban ocultando.  Ella sabía que su abuela jamás se iría sin despedirse.

Agobiada por sus pensamientos, Sara intentó distraerse de sí misma; no quería pensar y optó por vagabundear hacia el camino de la costumbre, dejándose absorber por las actividades que preparaban en el colegio para celebrar la Navidad.

Y por fin llegó el día, Sara debutaba como solista del grupo y sus nervios le estaban jugando una mala pasada, tenía la sensación de que sus piernas se habían convertido  en endebles palillos que casi no podían sujetarla, pero a pesar de todo se sentía feliz.

El salón estaba lleno de  espectadores ansiosos de compañía, que aclamaron con fervorosos aplausos la llegada del coro a un improvisado escenario repleto de serpentinas y adornos de Navidad.  Después de un largo silencio, sólo interrumpido por carraspeos y toses dispersas,  la música comenzó a sonar con timidez  para luego dar paso a unas preciosas voces infantiles que inundaron la residencia de vida.  Resultaba muy gratificante ver las caras de las personas mayores entusiasmándose, como niños pequeños, con los villancicos.

Seguidamente Sara, como solista, brilló con esplendor exhibiendo su dulzura ante unos rostros que estaban conteniendo el aliento para no contaminar aquella magia que flotaba en el aire. De pronto, su voz se quebró con un sollozo y saltó del escenario para correr como una posesa hacia una mujer que lloraba al fondo de la sala. Cuando llegó a su altura se fundieron en un abrazo interminable, sacudido únicamente  por los suspiros de ambas y por la amargura de la voz entrecortada de la niña,  que repetía insistentemente…  Abuela, me engañaron.  Me han engañado abuela…me han engañad

Editorial

En este octavo número de la revista nos hemos vuelto, si cabe, predecibles. A finales del pasado año decidimos, por fin, aplicar un poco de sentido común a este divertimento e imponer un calendario fijo de publicación. En otras palabras, fijar unas fechas y cumplirlas. Hasta ahora vivíamos a salto de mata, publicando nuevas entregas cuando alguien recordaba que hacía ya un tiempo que no salía la revista y poniendo unos plazos de entrega más que flexibles. Al fin y al cabo, no se trata más que de una actividad entre amigos, algo liviano y divertido. Así pues, nos hemos vuelto serios, predecibles y, si cabe, un poco más constantes. Hemos madurado y dejado atrás los juegos.

En esta nueva etapa, que durará todo este año 2010, publicaremos un nuevo número todos los días quince de los meses impares. Es un nuevo reto que, sin duda, nos dará constancia y tesón y nos permitirá aprender algo más que las técnicas de escritura: a vencer a la temida página en blanco.

Sólo me cabe esperar que estos cambios ayuden y enseñen y desear un feliz 2010.

Sorpresa

Las cosas podían haber sucedido de cualquier otra manera y, sin embargo, sucedieron así. Y no era la primera vez que ocurría, y tampoco sería la última. Toda mi vida pasó ante mis ojos como si de una película en blanco y negro se tratara, no sabría decir si buena o mala, pero una película de las de antes. En las que la gente se movía de forma extraña, cómo a impulsos, y con los colores desgastados por el exceso de uso del vídeo. No sé si es eso lo que la gente ve cuando se va a morir, pero si es así resulta un poco raro. Ver a todos tus amigos y familiares, a los vecinos, el panadero e incluso aquella chica a la que intentaste, sin éxito, meter mano en la última fila del autobús, el día de la excursión al museo de cera de Madrid.

Aparecen todos de repente ante ti, cómo si de un tribunal de guerra se tratara, y te quedas pasmado esperando a ver qué sucede. Los segundos se paran y duran una eternidad, no digamos ya un minuto. Entonces, cómo si de una extraña coreografía se tratara, se paran todos a la vez y se te quedan mirando. Unos con mirada acusadora, otros cómo sintiendo pena de ti, otros indolentes. Si que se hace raro, si. Y en esos instantes quieres buscar un sentido a todo eso, y obviamente no lo encuentras. ¿Se trata de algún mensaje oculto? ¿Una especie de revelación, a la que aún no le he cogido el sentido? Y después la misma idea se asienta en mi cabeza. Las cosas podían haber sucedido de otra manera y, sin embargo sucedieron así.

Pero ¿Qué coño de frase es esa? ¿Qué es lo que ha sucedido? ¿Qué podría haber pasado de otra manera? En momentos así, me da por pensar que estoy loco, o que me lo estoy volviendo. Aunque lo peor no es eso, lo peor viene cuando de pronto todos esos personajes se transforman, a veces en otras personas a las que no conozco de nada, y en otras ocasiones en seres mitológicos, cómo unicornios, minotauros o incluso en sirenas. Y es en esos instantes, en los que más nervioso me pongo. ¿Por qué? ¿Qué maldito significado tiene todo eso?

Las más de las veces, veo aparecer a alguno de mis amigos que me mira con gesto preocupado y se acerca a mí, con intención de preguntarme algo. Pero no lo entiendo, sus palabras carecen de significado alguno para mí, cómo si de pronto hablara en algún extraño idioma que yo desconozco. Aunque, si noto cómo su preocupación aumenta a medida que pasan los segundos y ve que no lo entiendo.

Entonces sus manos toman las mías e intenta llevarme a un lugar entre la multitud, y noto una extraña sensación de mareo, que me hace retroceder ante su intento de apartarme de mi sitio. Instantes después me suelta, dice algo cómo si estuviera enfadado, y se va.

Después de otra eternidad, que no sé si se trata de mucho tiempo o poco, vuelvo en mi y comienzo a reaccionar. La sensación de irrealidad sigue ahí, pero me integro con la gente, consigo moverme sin sufrir mareos, y además hasta entiendo lo que me dicen. Vale, me digo entonces, ya te has recuperado, ha sido un mareo, una lipotimia o algo parecido que te ha dejado tonto durante un rato, pero has vuelto a la normalidad. Caminas sin que te de vértigo y puedes hablar. Bien, ahora acabas de recuperarte y te vas a ver al médico que ya está bien de sufrir estos ataques raros sin saber porqué.

Y no, no son los efectos del alcohol, ni de las drogas, porque no consumo. No recuerdo haberme caído, ni haberme golpeado en la cabeza, antes de cada uno de estos episodios, pero tendré que ir a que me lo miren, porque no es plan de seguir así mucho tiempo.

Pasa un tiempo más y vuelvo a ser yo mismo, mis amigos son mis amigos, mi familia es la mía, mi perro es un perro y no veo bichos raros, seres mitológicos, ni sirenas. Bien, ese es el momento de coger el coche e ir al médico. Así es que me voy a por el al aparcamiento y me voy al hospital.

Una vez en urgencias me dirijo a la recepción para contarles lo que me ha pasado y solicitar ayuda.

—Buenos días—Me recibe una enfermera con cara de pocos amigos y un extraño tono de voz.

—Tome, rellene este cuestionario.

—Oiga, es que necesito…

—Cumplimente el cuestionario por favor. En él tiene que describir lo que le pasa.

—Pero…, es que no sé si podré.

—Es muy fácil señor, marque con una cruz lo que le sucede.

Cual no será mi sorpresa al ver que en el cuestionario una de las dolencias que hay para marcar, es exactamente lo que me sucede a mí. No doy crédito. Bien, eso no es malo, si ya lo tienen como predefinido, será algo normal que tiene tratamiento.

—Tome señorita, ya está.

—Muy bien, espere un segundo que le asigno el nivel de urgencia.

—Gracias.

—¡Ah! Así que es esto.

—¿Qué…?

—¡Peggy! ¡Peggy!—Comienza a llamar a voces a una compañera, mientras abre un cajón de su mesa, cómo buscando algo. Mi sorpresa es mayúscula, cuando veo que del cajón saca, no un formulario, ni un paquete de aspirinas, si no un folio con un dibujo de la cerdita Peggy, la de los teleñecos. De pronto el dibujo cobra vida y se dirige a la enfermera que me estaba antendiendo.

—¿Qué pasa?

—Tienes un caso.

—¿Ah si?

—Si, es otro elegido.

—Perdón señorita, ¿elegido? ¿Para qué?

—¡Uy! Vas a tener trabajo, este no sabe de qué va el asunto.

—No te preocupes chiquitín, ven conmigo, que yo te explico.

La cerdita Peggy salta por encima del mostrador y me toma de la mano, para llevarme a una sala vacía, en la que lo único que hay es una televisión y una silla de director.

—Bienvenido a tu nueva vida. Has sido elegido para mantener el equilibrio entre el mundo de los humanos y el de los dibujos animados.

Eso es lo último que recuerdo de mi vida anterior. Ahora soy una especie de superhéroe al que no le sucede nada normal.

Desilusión

Las cosas podían haber sucedido de cualquier otra manera y, sin embargo, sucedieron así. No resultó agradable encontrarme con aquella situación, pero no pude hacer nada al respecto.

Todo había comenzado un par de meses atrás, el día quince de octubre. Lo tengo grabado en la memoria como si hubiera sucedido ayer, una mujer como ella solo se cruza en tu camino una vez en la vida. Y en el mío se cruzó aquel día de octubre, y de qué manera se cruzó.

Sentado en mi despacho mientras leía la prensa del día, y esperaba a que mi compañero Luis subiera, con los cafés que había ido a recoger a la cafetería de la esquina, buscaba en la sección de sucesos alguna reseña que se refiriera a lo sucedido la tarde anterior. En aquél momento, el rítmico pisar de unos tacones de mujer, requirió mi atención. Francamente, no sabría cómo describir mi reacción en aquél instante. Probablemente acabaría por reconocer que se me quedó la misma cara de lelo, que se le queda a un adolescente la primera vez que toca el pecho de una mujer. Liberada, de pronto, de la sujeción que ofrecían los músculos de mi cara, mi mandíbula inferior describió un perfecto arco de circunferencia, mientras se caía hasta casi chocar con el nudo de mi corbata. Mientras, ella, de pie bajo el marco de la puerta, esperaba a que este humilde servidor recuperara la compostura.

—Espero no haberle asustado—,me dijo, como intentando no darle importancia al efecto que había causado en mí.

—No, es que…—y así me quedé, como un tonto y con un simple “es que…” escapándose de mi boca.

—Supongo que sus habilidades como detective, serán superiores a las que tiene como orador.

—Discúlpeme, ¿señorita…?

—Llámeme María. Simplemente María.

—Cómo usted guste.

Con un leve gesto de mi mano derecha la invité a acomodarse. Dirigió la escultura que era su cuerpo hacia el sillón que se encontraba a la izquierda de mi mesa, justo en la parte donde peor la veía. Las sombras que proyectaban las venecianas de mi despacho, hacían que parte de su rostro permaneciera velado ante mis ojos. Sin embargo, sus piernas se asomaban desafiantes cómo intentando escapar de la prisión en que se había convertido la falda que llevaba puesta. La melena de color castaño, recogida en una especie de coleta, con el flequillo cayendo por encima de su ojo derecho, le daban una presencia entre despistada y divertida, que contribuía todavía más a realzar las facciones de su rostro. La nariz, recta, intentaba elevarse ligeramente al final, dando a su mirada un punto de altivez que contribuía, todavía más, a destacar lo esbelto de su figura.

Desconozco el tiempo que tardaría en rearmarme y recuperar la serenidad, probablemente solo fueran unos segundos, pero a mí me pareció una eternidad. Una vez hube vuelto en mí, comencé con la batería de preguntas que le hacía a cada uno de mis potenciales clientes. Vale que la profesión de investigador privado no tuviera muy buena prensa, pase que yo no era de los mejores del sector. Pero aún así, tenía, y tengo, el derecho de escoger a mis clientes.

Sinceramente, en aquél momento esperaba que me intentara convencer con la típica historia sobre un marido terrible, que no la dejaba vivir en paz, y que además tenía un lío con alguna de sus amigas. Pero no fue así. Venía pidiendo ayuda para encontrar a su amado esposo. Hacía dos semanas que no sabía nada de él, un rico empresario de la hostelería, propietario de dos hoteles y cinco restaurantes, entre los que se encontraban las últimas incorporaciones a la guía Michelín. Y yo, que no solía leer nada de los ecos de sociedad, no tenía ni puñetera idea de su existencia.

—Señora—le dije en tono sincero—, este es un caso que debería estar en manos de la policía.

—No, lo cierto es que tengo miedo de la policía. Me parece que Ricardo—que así se llamaba su marido—, estaba metido en negocios un poco turbios, y tengo miedo de que haya podido tener algún problema con ellos.

—Perdone, pero soy un profesional serio y no puedo inmiscuirme en asuntos de los que se deberían encargar las fuerzas de seguridad del estado.

—Por favor, ayúdeme. No me puedo fiar de ellos.

Los veinte mil euros que puso sobre la mesa, disiparon rápidamente cualquier tipo de duda que yo pudiera tener sobre sus razones, y más aún sobre su posible generosidad. Al finalizar el trabajo, me daría otros treinta mil más. Hacia tiempo que no pasaba por mi oficina un cliente de tanto “calibre” lo cierto es que merecería la pena, hacer siquiera, que me esforzaba en buscar a su marido.

Me dio las referencias sobre los últimos lugares a los que había ido, una lista de sus contactos y los nombres de algunos de los personajes de peor reputación de la ciudad, con los que al parecer, había tenido algún tipo de trato.

Debería informarla una vez a la semana, poniéndola al tanto de mis pesquisas y de lo que descubría sobre él. En mi vida profesional, que era ya bastante larga, nunca me había encontrado con nadie tan interesado en resolver un caso. Y tampoco me llamó la atención. Lo cierto es que, en presencia de María, no habría nada que pudiera llamar mi atención, ella la requería entera. No podía dejar de imaginarme lo que podría ser convivir con aquella diosa de la belleza. Quizá no era la mujer más guapa que yo hubiera conocido, pero la forma de moverse, la expresividad de sus gestos, esos ojos que te atravesaban y parecían dar vuelta en tu interior para descubrir que era lo que tenías dentro en realidad, hacían que me quedara literalmente tonto en su presencia. Y eso fue lo que me llevó a la situación en la que me encuentro ahora. Cuando al fin encontré a su marido, me di cuenta de que no había desaparecido. El pobre hombre estaba intentando escapar. Y ahora, mientras el tranquilizante, o lo que quiera que sea, que María me ha echado en el whisky hace efecto, veo con terror cómo toma la pistola de mi mesa y, poniéndola en mi mano, aprieta el gatillo y le dispara a bocajarro a su marido. Veo su cabeza caer a un lado, y el hilo de sangre que sale de su boca, y apenas me lo creo, pero mi mano se levanta y apoya la pistola en mi sien derecha. Mierda de vida. Las cosas podían haber sucedido de otra manera, pero han sucedido así.