El viaje por la T2

Néstor pensaba qué lo que le acababa de ocurrir, se debía a que él era listo. Muy listo hubiera dicho su difunta madre. Y es que ganar un crucero no es algo que ocurra todos los días y a todo el mundo. Lo he ganado yo porque soy especial, muy especial.

Tras esta dosis de ánimo, Néstor decidió telefonear a Encarni su novia, o por lo menos eso pensaba él.

—Pero, ¿qué me dices? ¿Un cruceroooooo? ¿Por el mar Caribe? Y ¿qué mar es ese? ¿el de Barcelona? ¡Oh! ¿más lejos? ¿cuánto más lejos? ¿se pasa por Paris?

—Vistilu, no soy tan bobu como te pienses. Adujó Néstor sacando lo mejor de su habla originaria de la parte oriental de la región.

Y es que Encarni era muy fina debido a su abolengo del centro de la región. La ciudad en que vivía era lo suficientemente grande como para ser considerada capital. La forma de hablar de Néstor la enervaba. Pero esta vez no le riñó y un cuéntame dio paso a infinidad de preguntas:

— ¿Cómo ha sido? ¿cuándo nos vamos?

Porque Encarni dio por hecho que el segundo pasaje era para ella, por muchos desaires y malas contestaciones que hubiera dado a Néstor estos últimos meses.

—He ganado un concurso y nos vamos el martes. Me han dejado en casa unos billetes. Primero vamos en avión a Madrid desde Ranon. Nos han reservado un hotel en una calle principal, La Gran Vía, creo. Me han enviado a casa dos maletas. Dicen que es muy importante que llevemos únicamente estas maletas, cómo mucho puedes llevar un bolso.

Habitualmente cuando Encarni no atacaba a Néstor en cuánto a su forma de hablar éste solía hacerlo sin usar localismos.

Acontecimientos continuados marcaron el viaje en avión. Comenzaron con una enérgica protesta de Encarni molesta porque un guardia le requisó la navaja de Taramundi nada más pasar un marco de metal. Sus gritos de ¡paren esto que me bajo, qué me mareo! O el lanzamiento de una mascarilla de oxígeno, que no sabe cómo llegó a sus manos y fue a dar a la calva del ocupante del asiento veintitrés. El viaje de Encarni acabó cuando dos auxiliares de vuelo interceptaron en el pasillo dos salvavidas dispuestos para ser utilizados.

La terminal 2 no les pareció tan espectacular como decía la compañera de Enacarni. Total no tuvieron más que seguir al grupo de pasajeros, llegar a una sala llena de cintas eléctricas y esperar a que aparecieran sus maletas.

Siguiendo los carteles de salida llegaron a una puerta. Dos hombres les llamaron por su nombre. Encarni pensó cuan importantes eran. Y eso que estas personas parecían más preocupadas por no perder de vista las maletas que por ellos dos.

— ¡Qué estúpidos! pensó Encarni cuando vio dos maletas iguales a las suyas en el maletero de la furgoneta. ¡Preocuparse por no confundir las maletas, si yo sé perfectamente cuál es la mía!

El viaje por las calles de Madrid fue decepcionante. Primero porque las ventanillas estaban tintadas tanto por dentro como por fuera y, no se veía nada. No llevaban más de diez minutos en el coche, cuando uno de los hombres se volvió hacia ellos y les dijo:

—Cambio de planes volvemos al aeropuerto.

Encarni se agarró a Néstor fuertemente y llorando le imploró que mejor iban en tren a Cali, lugar donde debían llegar primero para después ir a Isla Margarita, donde debían coger el barco.

— ¡Seguro que en esos países tan modernos tienen buenos trenes! Néstor, llama a la Renfe y pregúntaselo. ¡Aunque tardemos tres días en llegar, lo prefiero al avión!

Uno de los hombres de la furgoneta les indicó que se bajaran. Les explicó que alguien les tenía que dar unos vouchers para entregar en el hotel y por una confusión había quedado en la terminal de Barajas.

Junto a sus dos maletas les entregó dos billetes de avión. Néstor lo examinó minuciosamente.

—Disculpe pero aquí pone que el vuelo a Cali es hoy, dentro de dos horas y a nosotros nos habían dicho que nuestro vuelo salía el jueves.

—La compañía aérea por problemas con los controladores ha modificado las rutas aéreas y deben coger el avión hoy.

—Ah, ah, ah claro, contestó un Néstor boquiabierto.

—Sin dejar en ningún momento las maletas debéis ir al mostrador número cuarenta y cinco. Allí vais a facturarlas. Es muy importante que no las perdáis de vista hasta que la señorita os de un recibo. ¡No sabes la de maletas que se roban cada día en Barajas! Allí os indicaran cual es la puerta por la que embarcareis. No tenéis mucho tiempo, pero antes de pasar la aduana deberías darle esta pastilla a la chica. Parece que está muy nerviosa. Es mejor que no habléis con nadie. En Cali os estarán esperando los de la agencia de viajes para llevaros al hotel.

Cómo buenamente pudo arrastró a Encarni hacía un mostrador que le había indicado su interlocutor.

—Venga Encarni bebe este vaso de agua, te sentara bien. No te preocupes que este avión, al ser internacional, va a ser mejor que el que hemos venido. ¡Tiene dos pisos! O ¿eran tres? Bueno no sé, lo que es importante es que han dicho que vamos a ir en primera clase ¡cómo señores! y que los asientos se convierten en camas. Podrás dormir. Anda vamos a pasar la aduana.

—No señor agente no tenemos nada que declarar. La navaja de Taramundi ya la dejamos en el aeropuerto de Asturias. Por cierto, a la vuelta del viaje nos la devolverán ¿no? ¿Porque nos llevan a otra sala? No entiendo nada.

—Sí, son nuestras las maletas. Ya nos han dicho que en Barajas roban mucho. ¡Si hasta por megafonía lo advertían! ¿quién sería? ¿la señorita del mostrador? Ya me parecía que con ese acento que tenía no podía ser de fiar. ¡Si parecía rusa! ¡una mafiosa! ¡Menos mal que las han recuperado! ¡Viva la Benemérita!

— ¡Quieto parado, no me toque! ¿qué me van a poner qué? ¿detenido? Pero, si ese polvo blanco es la primera vez en mi vida que lo veo. Encarni despierta de una vez y, dile a estos señores que esas bolsas no son nuestras. O ¿es que has comprado polvos talco y los has metido en esas bolsas? Pero, ¿tanta cantidad? Encarni despierta de una vez que parece que tenemos un problema y, si no lo resolvemos pronto perdemos el vuelo. ¡Qué el avión no es cómo el autobús y no espera!

— ¡Encarniiiiiiiii!

Tras la pasarela

Título Original: Trading Up, Candance Bushnell, 2008. Traducción: Huan Manwë. Editorial: Planeta. 18 euros, 619 páginas.

 

 

 

 

 

 

 

Si Edith Warthon fue la escritora que mejor plasmó a la alta sociedad neoyorkina en el siglo XIX, ¿no podríamos otorgar este honor a Candance Bushnell? ¿Por qué una es considerada una gran escritora, y otra una simple frívola? Ambas escriben sobre lo mismo y ambas se limitan a contar, sin juzgar, lo que sus ojos ven todas las noches. No son literatas con inventiva: se limitan a describir lo que ellas vivieron.

Leyendo a una y a otra el parecido entre ambas sociedades se hace patente. Pero es al llegar a esta última novela de Bushnell cuando la semejanza se convierte en sospechosa. ¿Es “Tras la pasarela” una copia, un remake, una adaptación, un homenaje de “Las Costumbres del País”, de la Warthon? ¿Es Janey Wilcox el alter ego de Undine Spragell?

Parece inevitable llegar a la conclusión de que sí. El parecido era buscado por Bushnell y no se amilana por ello; es más, en un determinado momento de la obra, Janey, haciendo alarde de la pátina de cultura que tiene, habla con un productor de pasar al celuloide “Las costumbres del país”, pues siempre le gustó mucho la protagonista”. Bushnell comparte con el lector, pues, su adaptación particular de la obra.

No es la primera en hacer esto. Helen Fielding ya lo había explotado suficientemente en “El diario de Bridget Jones” y en su segunda parte, ambas un reflejo de dos obras (“Orgullo y Prejuicio” y “Persuasión”) de la escritora que mejor retrató la sociedad inglesa y, sobre todo, las relaciones románticas: Jane Austen. Y las dos comparten un estilo: son irónicas, destilan sentido del humor e ingenio, sus secundarios son numerosos, irritantes, y generalmente groseros con las protagonistas… pero al final son novelistas inevitablemente románticas que acaban ordenando a sus personajes y colocándolos de un modo u otro.

Del mismo modo, Warthon y Bushnell (no sé si por compartir nacionalidad o por el hecho de ser tan urbanas y cosmopolitas) son más cínicas: sus personajes no tienen tanta gracia, aunque es probable que sean más realistas. Son escritoras valientes en el sentido de basar la obra en una protagonista que no cae bien. Eso es difícil. No tienen compasión y obliga al lector a acompañar en sus andanzas a dos mujeres (Undine; Janey) con las que no tendremos empatía. Pero el caso es que lo hacemos, el acompañar, digo, para saber qué va a ocurrir con ambas.

Recomiendo encarecidamente leer las novelas de la Warthon antes de las de Bushnell. La comparación será buena para ambas (creo que es un elogio para esta última), pero servirá para comprobar qué poco ha cambiado la sociedad neoyorquina en los últimos 100 años. Prácticamente, sólo de un modo físico (taxis donde antes había carruajes; modo de vestir más descocado), puesto que las reuniones, las fiestas, las veladas, la preparación de maquillaje antes de las cenas, las habladurías, los contactos, las relaciones beneficiosas que de repente pasan a ser lo contrario, el “qué dirán”… es tan exacto en unas y otras novelas que llega a asustar un poco.

Lo que aterra de verdad es el papel de la mujer en ambas épocas. ¿Hemos avanzado tan poco? ¿Nos siguen juzgando, realmente, a las mujeres, de un modo similar al siglo pasado? ¿Tenemos que limitarnos a ser inteligentes en la retaguardia porque en el frente es peligroso? ¿Tanta lucha feminista para esto?

Me temo que, si Bushnell lo cuenta así, es porque así es como está sucediendo.

 

 

Bilbao-New York-Bilbao

Título Original: Bilbao – New York – Bilbao. Kirmen Uribe, 2010. Traducción: Ana Arregui. Editorial: Seix Barral (Biblioteca Breve). 19€, 204 páginas.

Leí “Bilbao-NuevaYork-Bilbao” mientras viajaba; no sólo durante el vuelo, sino durante todo lo que le acompaña: la espera en el aeropuerto, el viaje en autobús de una terminal a otra; los cambios de avión, y finalmente, la larga estancia dentro del aparato. Yo no partía de Bilbao ni el destino era la ciudad estadounidense, pero sí me encontraba en ese estado de ánimo que sólo proporciona el estar alejado de tu lugar habitual durante unos días. Uno medita, uno toma decisiones, uno decide cambiar cosas, uno empieza proyectos. Aunque sea sólo mentalmente.

Así que uno entiende que Kirmen decidiera escribir un libro durante un vuelo. Y a través de ese trayecto nos enteramos de cómo llegó a escribirlo.

Siempre se ha hablado de la historia que anida detrás de cada novela. Uribe lo ha llevado más allá, al compartirlo. Nos relata cómo se resolvió a escribirla, qué momentos de su vida le llevaron a tomar esa decisión y los descubrimientos que encontró por el camino. Nos lo cuenta todo y tan bien, es tan increíblemente generoso, que no nos defraudamos al ver que al final no se decidió a narrar la historia. Al lector le ha llegado, aunque no de las maneras convencionales.

Ahora que se acerca el verano, y con él un tiempo de vacaciones en el que rescatamos los libros que abandonamos durante el invierno, la lectura de Kirmen es bastante adecuada. Es una lectura contemplativa, puesto que mira la realidad y la describe, sin llegar a participar mucho en ella. El autor se aparta de lo que está contando, a pesar de ser totalmente autobiográfico, puesto que no refiere hechos acaecidos a él, sino a su familia. Reseña hechos que escuchó; y narra pensamientos que tuvo. Es como si Uribe estuviera siempre en un avión, en un viaje, pensando, meditando sobre la vida, analizándola… y participando poco de ella.

Tiene mérito escribir un libro así y conseguir no juzgar nada. Como testigo de hechos el escritor es abrumadoramente imparcial; razonado, sí, pero imparcial. Allana el camino al lector al masticarle pensamientos y encararle con realidades… pero no juzga, ni castiga. Ojalá hubiera estilos periodísticos que se pareciesen al suyo.

O tal vez el autor sea de esas personas que se colocan a sí mismos en un plano aparte; que cuentan problemas pero no solucionan; que analizan el desastre acaecido pero no ayudan a recomponerlo; que callan y escuchan, pero no hablan, a menos que sea para contarle a otro lo que acaba de escuchar. Personas imprescindibles, puesto que la historia las necesita para reescribirse a sí misma y no ser olvidada. Pero poco participativas, al fin y al cabo.

Némesis

Título Original: Nemesis. Philip Roth, 2010. Traducción: Jordi Fibla. Editorial: Mondadori. 21,90€, 214 páginas.

Es Némesis una tragedia al más puro estilo griego; dividida en 3 actos, sólo “falla” en el ligero cambio de escenario (cosa que los griegos no se permitían), pero considerémoslo como una variación moderna y aceptemos que la última obra de Philip Roth es una tragedia griega centrada en el tema de la culpa.

Bucky Cantor, el héroe (pero no el narrador; el narrador, que parece omnisciente pero se intuye testigo, es un alumno del protagonista que sólo sale en el tercer actor para relatar las consecuencias) es un entrenador-profesor-encargado de la escuela de verano de la comunidad judía de Newark, New Jersey. Nos encontramos en 1944 y ha estallado la polio a la vez que en Europa se recrudece la guerra.

Bucky, miope, impedido para luchar, culpabilizado por ello (y por la muerte de su propia madre durante el parto), único representante de una generación en esos calurosos días en Newark, se ve de repente inmerso en otra guerra igual de cruenta: la propagación de la polio en un barrio pobre, infestado de aire podrido y ciudadano. Y las víctimas son niños.

Comienza entonces a cuestionarse la existencia de Dios… sin cuestionarse cómo va a reaccionar él mismo en cuanto le ofrezcan una salida a esa espiral de muerte que le acompaña. ¿Será capaz de abandonar a sus chicos por salvarse él? ¿O por el contrario se convertirá en el luchador que su miopía le ha impedido demostrarlo en  Europa? ¿Es la culpa decisoria en este tipo de elecciones…o  lo son más bien los argumentos que almacenamos para cubrirla y no volver a pensar en ella nunca más?

No se esperen, no obstante, un Roth típico, un Roth irónico. La ironía se ha ido diluyendo en este libro hasta desaparecer. El escritor es así: acostumbra a sus lectores a una cosa para, ya en la trayectoria final de su escritura, sorprendernos con este relato. Donde en algunos sólo cabía esperar repetición, en el estadounidense encontramos descubrimiento.

Coincide esta reseña con la concesión a Roth del premio Booker. Sólo añadir que gracias por habérselo negado tanto tiempo. Quizás ésa fuera la condena que arrastraba el escritor y le hizo esforzarse para regalarnos esta pequeña  obra maestra.

Tierra desacostumbrada

Título Original: Unaccustomed Earth, Jhumpa Lahiri, 2010. Traducción: Eduardo Iriarte. Editorial: Salamandra. 19€, 348 páginas.

 

 

 

 

Hay algo en esta obra que recuerda a la primera novela de Amy Tam, “El club de la buena estrella”. Como en ella, tenemos a una escritora mujer, e inmigrante, o mejor dicho, una hija de inmigrantes perfectamente asentada en Estados Unidos. Como en ella, se trata de una novela que no es novela, sino más bien un conjunto de relatos,  pero a la vez mucho más complejo que eso. Quedarían, pues, encuadradas ambas en una categoría especial, de obra caprichosa, original. De bombazo del año.

Si bien la condición de mujer de la escritora no es acusada tanto aquí como en Tam, en ambas la influencia de sus culturas es importante, o al menos, un dato que enriquece su escritura. El choque cultural es puesto aquí como enriquecedor, pocas veces como un problema y muchas, simplemente como un dato.

Pero mientras “El club de la buena estrella” tenía un leit-motiv que unía todos los relatos, que era la relación del binomio “madre-hija” en Tierra Desacostumbrada hay más profundidad, más amplitud. El hilo que cose los argumentos que lo componen se  nutre con las personas que viven en un terreno nuevo, desconocido, al que se tienen que adaptar.

El padre viudo que inicia una vida de viajes, solitaria pero plena. La hija casada con hijo que se va quedando sola en su isla sin trabajo.

La pareja casada que empieza a agotar sus 10 años de matrimonio.

La mujer “mayor” encaprichada de un estudiante.

El compañero de piso por primera vez enamorado.

El hermano alcohólico. La hermana que ha de tomar la decisión de darle la espalda.

Y finalmente, la historia de amor que conforman los 3 relatos de Hema y Hakiuk…

Todos ellos se adentran en el reino de las primeras veces: las decisiones sencillas que desencadenan diferencias abismales, disyuntivas vitales y resoluciones cruciales. Si alguien le preguntara al lector porqué lleva el tipo de vida que lleva, se tendría que trasladar a un momento así, al momento en el que se adentró en un terreno desconocido. El instante en que arribó a la tierra desacostumbrada.

Con un estilo parecido a la pulitzer Anne Tyler, quien jamás alumbra al lector con los pensamientos de sus personajes, sino que narra asépticamente situaciones que han de ser leídas entre líneas, Jhumpa Lahiri se limita a narrar situaciones que en un primer momento parecen aleatorias de personajes asimismo elegidos al azar. No parece que el momento concreto que haya elegido la escritora sea significativo ni especialmente emocionante, y no parece encubrir un desenlace al estilo clásico, sino más bien parecen retazos de un libro mucho más amplio, como si éste se hubiera fragmentado y accediéramos sólo a un minúsculo trocito de él,  intentando suponer lo demás.

El libro del que parte sería la existencia. La fracción a leer, el que corresponde a la Tierra Desacostumbrada a la que hemos de llegar varias veces a lo largo de nuestra vida.

 

La jauría y la niebla

Martín Casariego, 2009. Editorial Algaida. 314 páginas, 19€.

La violencia del grupo sobre el individuo es una de las mayores problemáticas del Primer Mundo en la actualidad. Cuando los niveles primarios (comida, vestimenta, salud) están perfectamente cubiertos, llegamos a los secundarios, en los que la soledad, el individualismo y la violencia aparecen como principales enemigos de la persona.

Focalizada en el transcurso de una sola jornada, “La Jauría y la Niebla” sigue las andanzas de 3 personajes: Ander, el adolescente al que le supone un calvario el acudir al instituto por su acoso escolar; Leandro, su hermano pequeño, que pasará por el traumático momento de enterarse de quiénes son los Reyes Magos; Ignacio Mayor, un escritor en lengua castellana que acude al instituto para impartir una conferencia. Los tres confluyen en el mismo sitio y sobre todo se caracterizan por estar dentro de un grupo sin pertenecer a él. Mientras el pequeño Leandro no tiene edad suficiente más que para percatarse de que está siendo víctima de alguna injusticia, y el escritor tiene la edad apropiada para enterarse de todo y huir de ello, el adolescente se nos presenta como el clarísimo ejemplo de víctima, ser débil que no puede defenderse, y por lo tanto se degrada de tal modo que hace justificar a sus compañeros el avasallamiento y la violencia a la que le someten.

Comparando de un modo sutil el conflicto lingüístico vasco y la vida doblegada de Ander, todo ello con la suficiente pericia de no cargar mucho las tintas a pesar de desarrollarse en menos de 12 horas, logra Martín Casariego la difícil tarea de una novela crudísima, en el culmen de la tristeza y el horror, que se redime en la última página dejando un final abierto y esperanzador, un mensaje de solución, un conciliábulo.

Con retazos de maestría (el momento en que la maestra, con dos palabras, se convierte en amenaza acusatoria del escritor, convirtiéndole en posible pedófilo, pareciéndose de un modo terrorífico a los maltratadores adolescentes, es absolutamente sublime), ha sido “La jauría y la niebla” definida como una novela sobre el acoso escolar, siendo este adjetivo innecesario, puesto que delimita un tema que estoy segura el escritor quería hacer muchísimo más amplio. Si en “La Excepción” el sueco Juggersen propone una comparativa entre el holocausto nazi y un irrigado entorno de trabajo para demostrar lo importante que es para el ser humano pertenecer al Grupo con mayúsculas, en la obra de Casariego nos demuestra las impactantes consecuencias que puede traer el que uno se dé cuenta de que jamás, por mucho que haga, pertenecerá a él.

Hombres en escabeche

Autora: Ana Istarú. Adaptación y dirección: Alexis Useche. Con: Susana Carnero (Alicia), Alexis Useche (hombre, Andrés, padre, filósofo, músico e hijo), José Manuel Peláez (hombre en escabeche).

Es “Hombres en escabeche” una obra difícil para un actor. Al igual que en “Ondas”, del genial Maxi Rodríguez, nos encontramos ante un personaje que lleva casi todo el texto de la trama, puesto que explica al público (que se convierte en amigo, confesor, juez y testigo) qué es lo que le ha llevado hasta el momento actual.

La obra comienza con Alicia, una mujer que está buscando un hombre “en escabeche” (para saber qué significa, insto a ver la obra), y se retrotrae a las relaciones que han ido llenando su vida para que comprendamos las características esenciales. La magnífica Susana Carnero dota al personaje de ternura y humor, de alegría e inocencia, a un personaje que se erige en ejemplo de la desventaja de la mujer frente al hombre en muchísimas facetas de la vida. Sabemos que “Hombres en escabeche” es un texto feminista, pero sorprende lo bien que el director lo ha captado. No olvidemos que es el mismo director el que se encarga de interpretar a los personajes masculinos, y les da ese punto ridículo para que el espectador los vea como tal, aunque la pobre Alicia esté ciega casi hasta el final de la obra, en el que se percata de que ella misma, sola, es válida y plena, y sólo en ese momento conoce al hombre en escabeche.

Y como el teatro no es sólo texto (magnífico) y actuación (perfectos los tres), sino también luz, sonido, color, y una adecuada escenografía, haremos mención también de la aceptable gestión de recursos que hizo el pasado jueves 6 de mayo Gtuo teatro en La Antigua Estación, al aprovechar un reducido espacio para hacer una buena composición de luz, de oscuridad, de vestuario. Ha quedado patente que con ganas (y con la ayuda de locales como éste, que apuesten por la cultura en todas sus formas) se consiguen las cosas. Y señores, estaba lleno.

Te mandaría donde yo me sé

No podía más. Estaba de mal humor. Emilia Vázquez Iribar, Mili para sus allegados, llevaba unas semanas con un ritmo frenético. Gema, su hija mayor iba a hacer la primera comunión dentro de unos días. En todo este tiempo había tenido que buscar restaurante y hacer la reserva, hablar con las catequistas para hablar de fotógrafos y de las flores de la iglesia, elegir la ropa de Javier el pequeño. Y por último el traje de la niña.

La Comunion, de edithbruke

La Comunion, de edithbruke

Ahí empezó el dolor de cabeza. La familia de Sergio, su difunto marido, que no había intervenido en nada de la organización, dio señales de vida por medio de Lola, su suegra.

―Nosotros pagamos el traje, le dijo a través del auricular sin otro preámbulo.

Mili tomó aire. No le gustaba levantar la voz pero eso no le impedía dejar las cosas claras.

―Muchas gracias, Lola, pero no hace falta que te molestes. Lo tenemos arreglado.

Al otro lado se produjo un silencio. Mili contuvo un suspiro. De un momento a otro su suegra volvería al ataque.

―Me parece que nosotros también somos familia. Tanto como vosotros, así que podríais haber avisado, ¿no?

“Si, pero convive más con mi parte que con la tuya” pensó Mili. Luego tragó saliva y contestó.

―Bueno. Pues si teníais tanto interés podíais haber llamado vosotros. De todas formas con que vengáis y estéis acompañando es suficiente.

Lola inició una serie de ditirambos que la nuera cortó con firmeza y cortesía. Entonces cuando Mili pensó que la cuestión quedaba zanjada, la abuela paterna la sorprendió con una nueva pregunta.

―¿Qué es eso de que vais a poner una orquesta después del banquete?

Mili suspiró. La bruja de Remedios había ido ya con el cuento. Era cierto que habían contratado un grupo, nada del otro mundo. Un teclista y una cantante. Pero tratándose de su cuñada cabía esperar que hubiera exagerado la nota diciendo que habían tirado la casa por la ventana, trayendo una gran orquesta.

Las palabras de su suegra corroboraron su suposición.

―Mira a ver si no estás malcriando a mis nietos.

“Si, ya son tus nietos para lo que te conviene. Para hacerte la madre desconsolada delante de los conocidos. Ni siquiera te preocupaste de aparecer para el cumpleaños de Javi”.

―No me lo parece, Lola ―replicó con calma―. Es un día especial para Gema. Y el único regalo que pidió a su abuelo, fue una orquesta después de la comida. Unos regalan una pulsera, un anillo. Mi padre paga la orquesta. No creo que vaya a afectaros en nada.

―¿Qué no? ¿Es que no vas a enseñar a tus hijos a respetar la memoria de su padre?

“Ahí le duele”, pensó la joven. Con la misma tranquilidad contestó.

―Pues mira Lola. Eso es lo que hago. Sergio habría querido que su hija disfrutase en el día que seguro va a ser el mejor de su infancia. El que tenga ganas de llorar que vaya al servicio y que desahogue. Y ahora si me perdonas, tengo que colgar. Los críos vendrán enseguida.

La tarde transcurrió de la manera habitual. Dar la merienda a los niños, vigilar que hiciesen los deberes. Por la noche mientras se desvestía Mili se puso a reflexionar. Siempre había tenido la impresión de que Remedios la había considerado como una intrusa. Una señorita de capital que podía ponerse por encima de su hermano.

No había sido así, por supuesto. La relación entre ambos se había basado en el respeto. Pero estaba segura de que Remedios no quería verlo. Cada domingo, en las visitas, lo manifestaba con preguntas acerca de su convivencia, de la relación con la familia política, que en más de una ocasión irritaban a Sergio. Eso la hacía replegar velas por un tiempo, hasta que volvía a la carga.

Remedios le tenía celos. Siempre había tenido una conexión con Sergio y ésta se mantuvo después de la boda, con todo, no había aceptado compartir su afecto. Y ese sentimiento perduraba. Eso explicaba el ostracismo en que sus cuñados la habían tenido tras la muerte de Sergio. Una bocanada de amargura subió desde su estómago a su garganta. Una voz somnolienta de hombre le preguntó si no pensaba dormir.

—Ya va, pesado―contestó―. Pero hoy nada de murga. Estoy muerta.

Mili se puso el camisón y se acostó. Antes de apagar la luz, tuvo una idea. Al día siguiente hablaría con sus padres. Lo más probable sería que al principio les chocase, pero estaba segura de que lo entenderían.

Nadie empañaría la ilusión de Gema. Antes tendrían que pasar por encima su cadáver.

Por fin llegó el gran día. Unos pasos acelerados por el pasillo le indicaron que Gema se había levantado excitada. Primero trató de calmarla diciéndole que era temprano, que se quedase un poco más en la cama, pero fue inútil. Después de recorrer el pasillo de arriba abajo, la niña entro de nuevo en su cuarto y abrió el armario.

—¡No se te ocurra sacar el traje del armario! Advirtió Mili.

―Sólo lo estoy mirando mamá.

―Más te vale, respondió la madre. Si lo ensucias, te mato.

Dando un suspiro se levantó de la cama. Estaba ya despierta y no se fiaba de su hija. A paso rápido se dirigió a la habitación de los niños. El pequeño observaba a su hermana con aire burlón.

―Mamá. Esta niña es tonta.

―Tú más le replicó su hermana.

Mili intervino.

―A ver, calma. Javier, no te pases, le hace ilusión. Y tú ―añadió dirigiéndose a Gema― ponte una bata no vayas a coger frío.

A las once la familia abandonó el piso camino de la iglesia. Luis, su nuevo marido inmortalizaba el momento, Javier revoloteaba en torno a su hermana provocándola.

Mientras avanzaban hacia el templo, Mili, quedó embargada por un sentimiento agridulce. De un lado no podía olvidar la ausencia de Sergio, habría pensado que su hija era la más guapa pero al mismo tiempo, estaba satisfecha. Después de superar una viudez prematura, había conseguido una estabilidad para sus hijos y para ella misma. Además el tiempo acompañaba.

Tras la ceremonia la familia y los invitados se trasladaron a un restaurante en las afueras. La tensión llegó en el momento de repartir a los invitados. Cuando Lola supo que la mesa presidencial la ocuparían su nieta y sus amigos, no dudó en mostrar su desacuerdo mostrando mala cara.

Mili supo que el segundo dolor de cabeza estaba próximo.

Antes de marchar, Marta, la madrina de Gema se acercó a su mesa para decirle que la matriarca quería hablar con ella. Luis se dispuso a replicar, pero ella con un gesto le indicó que se calmara y se levantó.

― Bueno Lola ¿Qué pasa?, preguntó cuando se encontró frente a su antigua suegra.

―¡Eres una sinvergüenza! No sólo olvidas la memoria de mi hijo, sino que nos relegas y además a lo zorro.

El fuego le subió a las mejillas. Podía comprender que de entrada les hubiese parecido mal que hubiese rehecho su vida con Luis, que notase la falta de su hijo. Sin embargo lo que no podía encajar era que dos años después de morir Sergio, se hubiesen ido a bailar a Benidorm.

―Pues mira, Ya que somos tan sinceras, te voy a decir que lo tuyo es puro teatro. Si hice esto es porque veía que estabas dispuesta a amargar la comunión de tu nieta con llantos y suspiros No lloraste tanto cuando te fuiste de vacaciones para divertirte¿no? ¿Sabes que te digo? Si no fueses la abuela de mis hijos y la madre de Sergio te mandaría a donde yo me sé.

Lola se quedó suspensa unos minutos. Cuando quiso responder pero Mili ya se había ido.

El tiempo entre costuras

María Dueñas, 2009. Ediciones Temas de Hoy (Editorial Planeta). 638 páginas, 22€.

Me acerqué a “El tiempo entre costuras” con la curiosidad que te ofrecen los libros que hablan de esa “época”, de nuestra Guerra Civil, de la implacable posguerra. Me preguntaba si me encontraría ante una Celia, escapando sola de la Revolución y buscando, también sola, a sus hermanas por toda España, todo ello con la prosa limpia y pura, plagada de la incertidumbre de puntos suspensivos, que aportó a la literatura española Elena Fortún.

Pues bien: son radicalmente diferentes. Y quizás en eso consista su atractivo. Con una prosa muy particular, llena de figuras y metáforas, con algo de soniquete madrileño y bastante gracia española, María Dueñas nos relata la  historia de Sira, una joven hija de modista que ve cómo su destino cambia gracias a una máquina de escribir (aunque esto en realidad es un recurso de la autora para otorgar un inicio atrayente a la novela, ya que lo que tuerce el destino no sólo de Sira, sino de los cien personajes que la habitan, es la Guerra Civil con todas sus consecuencias).

Así, Sira se convierte en una joven aguerrida al sufrir un revés amoroso en un país extranjero, Tánger, justo cuando estallaba la Guerra. Es por esto que “El tiempo entre costuras” no es un relato de guerra (la protagonista está fuera al vivir un exilio medio impuesto) sino una historia de superación personal y de aventuras. Es una novela exótica. Sira aprovecha sus conocimientos de hija de modista y su rabia de mujer engañada para crear un taller de alta costura que la irá poniendo en contacto con importantes personajes dentro del mundo de la Diplomacia y la Política, lo que supondrá su ascenso social e inmersión en una historia de espionaje, de justicia, de moda, y por supuesto, de muchas relaciones amorosas, románticas y evasivas.

Recuerda un poco a “El largo adiós” de Rosamunde Pilcher, aunque la autora escocesa tuvo el acierto de dejar reposar una novela tan larga en varios personajes, mientras que “El tiempo entre costuras” está íntegramente contada por Sira y quizás sea eso lo que acabe cansando un poco.

No se trata de una novela realista, o al menos el conjunto de la trama no lo es, aunque sí posee cuadros o semblanzas muy exactos (la vida de los emigrantes españoles en Tetuán; la vuelta de los exiliados a la posguerra española; los pasajes dedicados a la costura y la moda) que contrastan con los impostados diálogos, más cinematográficos que realistas o literarios. Pero insisto en que eso no echa a perder la valoración global de una novela original en el panorama narrativo actual, quizás por asemejarse más, tanto por el estilo de escritura como por la estructura, a esas novelas de heroínas casuales que sufren mil avatares en un contexto histórico real antes de encontrar un final justo y lo suficientemente feliz para satisfacer al lector, que en este caso han sido muchísimos, convirtiendo a “El tiempo entre costuras” en la sorpresa literaria española del momento.