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ONIROS
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Y el cocodrilo dijo ¡MU! No sé si fue aquél sonido o el roce de la rama del árbol en el que me hallaba apoyado acariciándome, lo que me hizo salir de mi letargo. Pero lo cierto fue que me quedé patidifuso al contemplar cómo nuevamente el cocodrilo decía ¡MU!
Estaba claro, el alcohol había hecho estragos en mi mente. ¿Cómo podía mugir un cocodrilo? Y otra vez la rama del árbol que, ahora con más fuerza, me tocaba la cabeza como queriendo dirigir mi atención a otro punto frente a mí. Allí mismo, una especie de conejo de enormes proporciones me miraba fijamente con ojos inquisidores. Sus orejas, rectas, largas, peludas, se movían describiendo ligeros círculos en el aire, cómo si de antenas de radio se tratara.
¡MU! Nuevamente captó mi atención aquél reptil que me tenía preocupado, se mantenía quieto, como si estuviera en posición de firmes y mirando a un punto intermedio entre el conejo gigante y yo.
El árbol movió una vez más su rama dirigiendo mi mirada hacía aquél lugar, en el que yo no veía nada. Mi sorpresa fue mayúscula al verla salir de entre los arbustos. Ahora si me había quedado claro. Estaba sufriendo los efectos del delirium tremens, llevaba demasiado tiempo castigando mi cuerpo con excesos y hoy era el día en el que se había decidido a tomar su revancha.
Una serpiente enorme, con dos cabezas y dos colas apareció situándose a medio camino entre el conejo y una roca que ahora comenzaba a moverse.
¡MU! Y en esta ocasión se movió. Levantó su pata delantera derecha y como si de un director de orquesta se tratara, comenzó a subirla y bajarla rítmicamente.
Las ramas del árbol se separaron de mí, momento en el que me dí cuenta de que no me podía sujetar de pie, cayendo lentamente sobre una cama de hojarasca que hacía cinco minutos no estaba allí. El estupor intentó apropiarse de mí, pero no fue posible. La serpiente comenzó a sisear, por fin un animal que hacía lo que se suponía que tenía que hacer. Aunque mi tranquilidad duró poco, porque mientras la cabeza derecha siseaba, la izquierda comenzaba a cantar una balada de amor, consiguiendo que en ese momento y en un recóndito lugar de mi cerebro yo me arrepintiera de haber comenzado a beber.
No podría soportar aquello, notaba cómo mi cabeza estaba a punto de estallar. Era cómo si intentara racionalizar todo aquello para transformarlo en una especie de mensaje encubierto, que me llegara desde cualquier otro lugar.
Y ahora la roca, aquél pedazo de piedra inerme que hacía un momento se había comenzado a mover, sonaba como si de un tambor se tratara. La cabeza siseante intensificaba el ritmo de su silbar, mientras el cocodrilo movía la pierna con más velocidad, la balada de amor se acababa de transformar y la voz de la serpiente entonaba una ¿bossa nova?
Definitivamente me había vuelto loco, pero loco de atar. ¿Cuánto duraba esta alucinación? ¿Cuánto me quedaba por pasar?
¿Y el conejo? ¿Solo movía las orejas? ¿Y el árbol? Al menos que alguno de ellos hiciera los coros ¿no? Era lo menos que podía pedir.
El cocodrilo se acercaba a mí, el conejo comenzaba a sonreír, la serpiente silbaba sin parar y la bossa nova se aceleraba cada vez más.
El árbol, ¿qué hacía el árbol? ¿Aplaudía? ¡Si! Aplaudía, como si de un niño se tratara. Y movía la copa hacía uno y otro lado siguiendo la música, y yo allí tirado intentando reaccionar.
Mi cuerpo me había abandonado y mi cabeza se dejaba llevar. Ahora era yo el que cantaba, con una voz singular.
Era la voz de mi madre, que empezaba a llorar. Se dirigía a mí, rogándome sin cesar.
“No te vayas hijo mío” ¿Qué era lo que me quería contar?
No te vayas repetía y no paraba de llorar.
El cocodrilo se había acercado hasta mí, y con sus fauces bien abiertas parecía que me quería devorar. Y otra vez ¡MU!
De un salto, el conejo se plantó ante mí. Con la mirada severa me miraba inquisidor. Sus orejas se pararon y alzó la voz.
—¿Has tenido bastante?— Me dijo gruñón.
—¡Si!— Le contesté.
—Pues pídenos perdón.
Un golpe seco en la cabeza me hizo reaccionar. Solté una lágrima y por fin pude caminar. A cambio, en un instante, todo fue oscuridad. Todo salvo un punto que pude vislumbrar. Giré mi cuerpo, eché a correr y todo sin mirar atrás.
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