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HÁGASELO USTED MISMO
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Ya está, lo reconozco, tengo un problema, es verdad, soy así y no lo puedo cambiar. ¡Carajo! Que no soy Bricoman. ¿Vale? Pues sí. Ya lo he dicho. ¡Hombre! Que me tienen todos frito con el hágaselo usted mismo, se parecen a mi mujer, uno de esos días en que me da por acercarme a ella con ganas de fiesta. Y después de quince días, resulta que me sale con el cartelito del Leroy Merlín ese. ¡Qué fácil hacerlo uno mismo! Coño claro. Pero no es igual de divertido, no te jode.
Aunque a eso ya estoy acostumbrado, es lo que tiene el matrimonio, que poco a poco te acostumbras al selfservice y luego no te acuerdas de cómo se come en un restaurante. Pero bueno, eso no es lo que me trae hoy por aquí. Hoy vengo porque quiero decirlo públicamente y que quede reflejado en los medios. ¡NO SOY BRICOMAN! Hala, otra vez, bien alto pa que se entere todo el mundo.
Odio a todos los manitas del mundo, de verdad, es algo horrible. Imaginaos el típico fin de semana en el que tu mujer no sabe que hacer (tú si lo sabes, pero como no te dejan…) y entonces viene y te dice.
“Oye, que he quedado con Luci para ir a su casa, que se ha comprado unos muebles para el salón muy chulos y se los ha montado Luis…” Que digo yo, que Luis no tendría nada mejor que montar ¿no? Pues no. Así que allá que nos vamos a casa de Luci y Luís, que no veáis que casa tienen. Porque son de los afortunados que tienen dinero bastante para pagar la hipoteca de un hermoso chalé a las afueras de Oviedo. Así, con su jardín, sus trescientos metros de casa y otros cien de garaje, por lo menos. Hasta que entré en su casa, el salón más grande que había visto era el del restaurante donde celebré la boda con mi churri.
Total, que nos vamos a ver a la pareja maravillosa. Y ahí se me jode el día. Lo de no superar la comparación con Nacho Vidal, lo llevo con cierta dignidad. Pero que me comparen con el hermano mayor de Mcgiver, es que me pone de una mala hostiaaaaaaa… Por favor, un poco de piedad.
Y es que según llegamos empiezan las comparaciones.
Que si mira esta lámpara tan chula que me ha puesto Luis, cuatro perras en el Leroy. Que si los muebles de la cocina tan chulos, y encima nos ahorramos no sé cuantos euros, que nos sirvieron para comprar los muebles del despacho.
Y así se pasan la tarde del sábado, la del domingo, o el tiempo que haga falta. Yo, por más que miro para él, no lo entiendo. Si tiene dos manos, como yo. Y con cinco dedos cada una.
Os puedo jurar que lo he intentado, pero lo de hacer bricolage es que no puedo con ello. Por muchos motivos, pero el principal, que es algo antinatural, digo yo que para esos trabajos hay profesionales que ya están preparados, y además viven de ello.
Yo es que intento coger un destornillador, y no puedo. Me resulta imposible. Mis manos no pueden. Y os lo voy a demostrar.
Vamos a ver. Todos en pie, con los brazos estirados a lo largo del cuerpo. Bien, así me gusta, obedientes. Ahora despacito, no vaya a ser que os de un tirón, dobláis el brazo derecho a la altura del codo, sin realizar otro movimiento. Si no estáis borrachos, veréis que la mano se levanta con tendencia a irse hacia el abdomen (barriga para los entendidos) Y si os fijáis en los dedos, veréis como el pulgar queda en posición elevada, como mirando hacia el techo. Mientras el resto de los dedos se cierran ligeramente apuntando hacia el cuerpo. ¿Si o si?
¿Y esa posición, tan natural por cierto, a qué os recuerda? Pues sí, es la posición natural de la mano, cuando estamos de pie con el vaso de tubo agarrado, o cualquier otra cosa cilíndrica (por el aquél de hágaselo usted mismo), que nos caiga, entre manos. ¿A alguno le da problemas esta posición? Supongo que a nadie. Los abstemios que se imaginen el vaso lleno de agua. Los demás, de vuestra bebida favorita. A que mola ¿eh?
Ahora imaginad que estáis agarrando un destornillador (herramienta, no bebida). ¿Es lo mismo? A que no. Con el destornillador, como con muchas otras herramientas, se produce un efecto de sobreextensión, que en mi caso no soy capaz de soportar. Y claro, como que no estoy por la labor de lesionarme una de las partes de mi cuerpo que más momentos de gloria me ha dado.
Y ¡ojo!. Que no solo es que estemos hablando de algo antinatural. ¿Alguien ha visto Bricomanía alguna vez? Yo si. Y os puedo decir que si hay algo que defina perfectamente lo que es la ciencia ficción, es ese programa.
Vamos a ver, alma cándida. ¿Quién coño tiene dinero para comprarse tantas maquinitas? ¿Quién tiene sitio en casa para guardarlas? Si, ya lo sé. Luis, el marido de Luci. Es que tiene cojones la cosa. Donde ya está complicado encontrar un piso con un salón donde te quepan a la vez la tele y los sofás, además ponte tú a coleccionar cacharros de esos, que ocupan ni se sabe cuanto espacio. Y luego aprende a utilizarlos. Pero si yo no sé ni pa que sirve un voltio. ¿Qué coño voy a saber de machihembrar un tornillo?
Yo, como para todo en la vida, contrato los servicios de un profesional. Que se estropea un grifo, llamo a un fontanero. Que se joden los plomos, a un electricista. Que mi mujer está de nones…
Hágaselo usted mismo.
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