Punto sin retorno

Entre los aros formados por el humo de su cigarro, Alfredo entrelazaba el pasado con el presente y aunque con frecuencia no soportaba ese momento de meditación al que la hora posterior a la ingesta del mediodía le conducía de un modo irremediable, esta vez no le molestó demasiado. Habían pasado casi diez años desde la ruptura y Alfredo sentía que se acercaba el momento de enfrentarse a su propio juicio: saber si realmente estaba curado de todo aquel cúmulo de sensaciones y malintencionados hechos.

Los versos recientemente leídos de Claribel Alegría: Barajando recuerdos, me encontré con el tuyo… no dolía le despertaron del longevo letargo en el que se había sumergido y él consideró que si ponía a prueba esas palabras, encontraría la respuesta definitiva.

La coleccionista de llaves

Me esperaba al final de la escalera mecánica. No disimulé mi desagrado. Él sonrió como si yo fuese a felicitarlo por algo. Intentó abrazarme y retrocedí.

—Hola, Elsa, hace dos años que no hablamos y lo echo de menos. ¿Tomamos un café?

—¿Para qué? No quiero oir las mismas mentiras de siempre.

Reencuentro con sabor a despedida

El sendero hoy está más triste. La bruma cubre el hayedo haciéndolo funesto e irreconocible; sombras alargadas con matices vaporosos hacen de él un lugar idóneo para que la imaginación fluya ilusoria en un universo de fantasías. El mundo que se reúne a su alrededor cae en la melancolía de una tiniebla vaga y asustadiza. Pero la vida debe continuar y Ramón ya está acostumbrado a sentir estos pedazos de naturaleza. Sabe que en el mes de junio son normales y que pronto la niebla partirá hacia otro destino, hacia otro territorio cediendo el lugar al sol que hará que todo despierte de su particular letargo; haciendo que la vida renazca en chisporroteantes augurios de esperanza, de alegría.

Corto y cambio

El sonido del despertador puso en marcha los cinco sentidos de Unai. Hora de levantarse. Se deshizo de aquel molesto pitido pulsando un botón gris desgastado y se levantó de la cama dejando atrás una noche llena de fantasmas. No importaba el pasado, ni las antiguas pesadillas que dejaría en él, aquel sería el primer día del resto de su vida.

Tenía una entrevista de trabajo a primera hora de la mañana, si bien no era lo que soñaba, al menos era un trabajo decente, así que se ducho, se afeitó, y se enfundó su mejor traje recién planchado. Cuando se miró al espejo apenas pudo reconocerse. Sabía que detrás de su indiscutible buena presencia habitaba un ser resentido y egoísta, incapaz de hacer algo por alguien que no fuese él mismo. Pensó que también debería cambiar eso. Paso a paso, se dijo. Se ajustó la corbata al cuello y practicó durante unos minutos la mejor de sus sonrisas. Luego, se colgó la chaqueta del hombro, cogió las llaves y después de comprobar tres veces que todo estaba bien cerrado emprendió el viaje hacia su nueva vida.

Y viajaremos juntos

Luis nunca hubiera podido imaginar que recibiría la visita de Mari Luz muchos años después de su marcha definitiva. Había sufrido durante meses al verla languidecer y consumirse a causa de un mal desconocido hasta entonces. ¡Malditos especuladores aceiteros! Aquella vida en flor, aquel amor sincero, emotivo, se truncaron para siempre. Le quedó una cicatriz profunda que sólo con el tiempo se fue haciendo menos visible. Pero aparecía de pronto en cada nueva relación que establecía y le impedía seguir adelante. Le fue fácil acostumbrarse a la soledad. Había estado fuera de su casa desde los tiempos del bachiller y no estaba dispuesto a una nueva experiencia como la pasada.

Llevaba una vida cómoda, daba clase por la mañana en el instituto, comía fuera y dedicaba la tarde a Internet, pasear y algo de ejercicio físico. Asistía con deleite a la ópera, a la zarzuela y a gran cantidad de conciertos. No se perdía ningún día de playa, tenía una especial necesidad de recibir los rayos del sol mientras se concentraba en novelas históricas. Los viajes ocupaban la mayor parte de sus vacaciones. Pocos lugares turísticos le quedaban por conocer, acaso Japón y Hawai.