Apagó la luz, cerró los ojos y suspiró.
Ángela era una viajera empedernida.
Pocos eran los rincones del mundo en los que aún no había clavado el estandarte de su curiosidad. Su ansia por coleccionar paisajes, culturas y vivencias despertó hace algo más de tres décadas, cuando, justo después de apagar siete velas, recibio de mano de su padre “La vuelta al mundo en ochenta días”.
Desde entonces, paseó por las alfombras más glamurosas de los palacios del este de Europa, saboreó el amor en las cataratas de Iguazú, compartió amanecer junto a los dioses Incas en Cuzco y atardecer con las divinidades balinesas en Tanah Lot, contó estrellas heladas en el Ártico y escalones en Manhattan, besó sobre la cumbre del Etna y abrazó en la amplitud del valle del Jordán, descubrió cientos de formas de vivir, y de morir, derramó desconsolada mil lágrimas, perdió la fe en Dios y la volvió a recuperar.
Todo ello sin salir de casa. ¡Qué grande es la literatura!
Subió al contenedor, apoyó y el brazo y saltó.
Carlos era…
