La fotografía

Apagó la luz, cerró los ojos y suspiró.

Ángela era una viajera empedernida.

Pocos eran los rincones del mundo en los que aún no había clavado el estandarte de su curiosidad. Su ansia por coleccionar paisajes, culturas y vivencias despertó hace algo más de tres décadas, cuando, justo después de apagar siete velas, recibio de mano de su padre “La vuelta al mundo en ochenta días”.

Desde entonces, paseó por las alfombras más glamurosas de los palacios del este de Europa, saboreó el amor en las cataratas de Iguazú, compartió amanecer junto a los dioses Incas en Cuzco y atardecer con las divinidades balinesas en Tanah Lot, contó estrellas heladas en el Ártico y escalones en Manhattan, besó sobre la cumbre del Etna y abrazó en la amplitud del valle del Jordán, descubrió cientos de formas de vivir, y de morir, derramó desconsolada mil lágrimas, perdió la fe en Dios y la volvió a recuperar.

Todo ello sin salir de casa. ¡Qué grande es la literatura!

Subió al contenedor, apoyó y el brazo y saltó.

Carlos era…

Mañana

Frente al espejo del baño, Luis se llevó la mano a la garganta como queriendo aflojar el nudo de una corbata inexistente. Tenía la frente empapada en sudor y por un instante notó que le faltaba el aliento. Desde que se había tomado algunas molestias para aplazar por tiempo indefinido verse la cara con su hermano, sufría crisis de ansiedad casi a diario. Pero esta vez la sensación era distinta. Cuando consiguió recuperar el resuello, se secó el rostro con la toalla y se recriminó a sí mismo. ¡Déjate de tonterías…! Esa sanguijuela está muy bien donde está. No es con él con quien tienes que verte mañana, sino con Sebastián. La cita es con Sebastián. Insistió. ¡Sólo con él! Aún tienen que llover muchos abriles antes de que tengas que volver a verle la cara a esa sanguijuela.

Más tranquilo, respiró profundamente y regresó a la habitación buscando conciliar el sueño.

Ajena a todo, Margarita se había apoderado del centro de la cama y dormía placidamente hecho un gurruño con el edredón. A Luis le irritó esa usurpación, y la despertó con brusquedad.

—¡Pero qué mosca te ha picado …! —refunfuñó Margarita somnolienta.

—¡Vamos, coge tus cosas y lárgate …!

—¡…te has vuelto loco …! —replicó indignada.

—¡Qué te largues …! —gritó Luis saliendo de la habitación.

Puertas que se atascan para siempre

Bárbara siempre había sido una chica insatisfecha. A su mundo le faltaba algo, pero ella nunca supo el qué. Tenía accesos de mal humor con frecuencia, regañinas terribles con la gente que amaba y reproches constantes a sus amigos más íntimos. Más tarde se arrepentía, y volvía a ser una persona encantadora, pero creció y llegó a su época de juventud con la sensación de que el planeta le debía algo.

Era guapa, y la mayor parte del tiempo bastante simpática, pero ante todo tenía encanto, lo que hacía que un enjambre de personas la rodeara con frecuencia. Ella lo apartaba de un manotazo, porque no era eso lo que buscaba. No sabía lo que quería, sólo que no estaba allí, en Valencia, y se temía que tampoco en ningún lado.

La virgen del llano

Aquel domingo un frío tenaz dominaba el cuerpo de Eduardo; un estilete helado que entumecía la carne y parecía separarla del hueso. El joven pensó en un principio de extraña gripe —algo inusual en él porque rara vez guardaba cama por catarros y dolencias similares— pero en su frente no encontraba la tibieza de la fiebre ni su cuerpo demandaba refugio bajo las sábanas. Notaba, más bien, una garra intentando arrancarle las entrañas.

La sensación era repelente, en sí misma, y también porque le hacía sentir débil, pusilánime y temeroso y eso, a él, un hombre cuya principal razón vital era la superación de cualquier obstáculo que interfiriese en su santa voluntad, no le agradaba en absoluto.

El reloj

De haberlo sabido, tal vez no hubiera cogido la manzana.

—Buenos días, Juan Pablo.

—Buenos días, mamá: contesta él mientras besa a la única persona a la que permite llamarlo así, para los demás es “Janpol” desde los lejanos días de su adolescencia rebelde.

—No voy a desayunar, me llevo esta manzana.

—Una manzana, pues si qué…

—Hoy voy en coche… tengo una cita.

—Ya… la colonia te delata, ¿vendréis a cenar?

—Hoy no, tal vez el próximo viernes.

­­­­­­­­­­­Sale deprisa, sonríe pensando en su encuentro con Alba y sus manos y sus besos de mariposa y sus palabras dulces…

Las noticias de las once

Como siempre Julio, Fernando y yo habíamos quedado en “El Rosal” y allí, entre vinos, arreglábamos todos los problemas del país. Pero aquel día era especial pues José Manuel nos había dicho que pasaría por allí con un amigo de Madrid, que nos ayudaría y pondría medios para arreglar aquella situación tan caótica que estaba viviendo el país.

Cuando ya creíamos que no vendrían aparecieron por la puerta y José Manuel nos presentó. Se llamaba Federico y ya sentí que de aquel hombre de aspecto ingenuo y tímido emanaba una rara energía; de estatura media, bastante delgado, nada había en él distinto a otros muchos. Su aspecto era vulgar, tal vez lo único que pudiera llamar un poco la atención eran los ojos, bueno no exactamente los ojos sino algo en ellos, ni la mirada ni la expresión; no sé qué, pero tenía un atisbo especial. Nos explicó lo importante que era el hecho de que en Madrid se hubieran fijado en nosotros y que esperaba que no le defraudáramos.

Jacinta

Ese martes, Arcadio Pérez Rodríguez se permitió levantarse un poco más tarde. No debía ir a trabajar ya que el jefe de la Consejería en la que trabajaba desde hacia tanto tiempo…. –¡desde que acabó Preu!– les había dado la posibilidad de cogerse dos días libres. Eligio Martes y Miércoles Santo. Sabía que a su madre le haría ilusión que fuera a ayudar a Don Ramón en la iglesia, y además, la acompañaría a las Procesiones de Semana Santa. Se vistió con el traje negro que tanto le gustaba, le hacia parecer mas alto de ese metro sesenta y dos centímetros que medía. Se permitiría ir sin corbata, pensó mientras le iba llegando el olor a chocolate y tostadas que le preparaba su madre los domingos.

La noche anterior había recibido una llamada de teléfono que le había dejado extrañamente nervioso: Jacinta, su única novia y empleada de la mercería que regentó su madre hasta que cerró, le llamaba después de… años de no saber nada de ella, quería verle ¿Por qué? pensó. Un lunes Jacinta no llegó a trabajar a la mercería y nunca supo nada de ella.

Decrepitud

Las manos del peluquero movían las tijeras y el peine a una velocidad endemoniada, justo al lado de su oreja derecha. Tras el susto inicial y todavía con la breve sensación de angustia al recordar las gafas de Matías, de cristales gruesos y manchados, Antonio se relajó. Matías llevaba cortándole el pelo desde que era pequeño y nunca le había cortado nada que no quisiera.

A pesar de vivir en la otra parte de Madrid, Antonio seguía yendo por su barrio para realizar ciertas tareas. Cortarse el pelo era una de ellas, el ritual que más veces le conseguía devolver a las calles de su niñez y de las que ahora renegaba. El resto de obligaciones sólo le llevaban de vuelta al barrio una o dos veces al año y nunca solía implicarse tanto. Con toda la pasta que me dejo en esta peluquería, pensó, Matías debería haberla modernizado un poco. Sigue igual que en los años cincuenta.

–Tu padre ha vuelto a preguntar por ti.

Atrapa mis sueños

Raimundo levantó la vista del microscopio con gesto desencajado y, poco a poco, se fue quitando los guantes de látex que en aquel momento estaban ahogando sus dedos.

La biopsia le había confirmado sus peores presagios. Se acercó a la ventana del laboratorio y se quedó un buen rato mirando hacia lo lejos sin conseguir fijar su vista en nada concreto. Más tarde se volvió hacia el interfono que reposaba sobre la mesa de su despacho y como un autómata marcó la extensión de cirugía. La voz de la enfermera le sacó de su ensimismamiento

—¿Si? Cirugía.

—Soy el doctor Rubiera, ¿está el cirujano por ahí?

—No, doctor, llegó una urgencia y tuvo que entrar a quirófano.

—Bien, cuando salga le dices que hasta dentro de unos días —mintió— no tendré los resultados de la prueba que me pidió. Ahora tengo que irme.

—Se lo diré doctor, no se preocupe.

—Gracias, Maite.

Raimundo se acercó al perchero y cambió su bata blanca por la chaqueta de calle, luego recogió los papeles con los resultados de la analítica que acababa de hacer y los guardó en el maletín que se iba a llevar para casa.