Leticia Sánchez-Ruiz

Jovencísima ovetense, flamante ganadora de la IX edición del Premio Internacional de Novela Emilio Alarcos con su novel “Los Libros Luciérnaga”, columnista, redactora (no en vano es licenciada en Ciencias de la Comunicación), crítica literaria, lectora y cuentista, lo que no es primerizo son sus premios, puesto en el 2004 se hizo con el Tétrada Literaria de Novela Corta con su “El Precio del Tiempo”.  Leticia, embarcada en otra obra,  entre presentación y presentación de su éxito, no duda en pararse un rato con nosotros para contestarnos unas preguntas.


Usted escribió (e incluso ganó un premio) una“novela corta antes de “Los Libros Luciérnaga”. ¿Fue algo preparatorio? ¿Considera “necesario” escribir algo más corto antes de embarcarse en una novela, o ambos son géneros independientes con problemas diferentes?

Preparatorio, no. Yo sabía que algún día escribiría una novela, pero nunca consideré como preparación previa todo lo que escribía antes: novelas cortas, poemas, cuentos… Me gustaba escribirlas y me sigo gustando hacerlo. El cuento es un género que me apasiona, y que en Sudamérica es más importante que la novela. Ahora, eso sí, la dureza que tiene ponerse a escribir una novela, las horas y esfuerzos que supone tanto en el escritorio como fuera de él, no creo yo que haya nada que te lo prepare.

Comentaba en una entrevista que es una lectora voraz. ¿Le cuesta no dejarse influir por el estilo del autor que está leyendo en ese momento, y lo traslada sin darse cuenta a su escritura, o por el contrario no le influye en absoluto?

Es algo que no puedes evitar, es como estar tarareando una música que escuchas. A veces noto que meto en lo que escribo, queriendo o sin querer, influencias de lo que en ese momento estoy leyendo (una frase, una puntuación, un tono, una idea… pequeñas cosas). Aunque realmente uno no es del todo consciente. Por ejemplo, varias personas que no conocía me han dicho que leyendo mi libro pensaron que a mí me gustaba Julio Cortázar. Y así es, pero por más que lo miro, no veo nada que se pueda parecer a lo que Cortázar escribía. No sé, debe ser como un perfume.

¿Cómo planeó la novela? Hay 3 historias bien diferenciadas. Seguro que se lo han preguntado alguna vez, pero, ¿escribió cada una, de principio a fin, por un lado, y luego las mezcló? ¿O fue escribiéndolas tal cual las encuentra el lector?

La verdad es que el planteamiento de la novela fue todo un caos, una mezcla de todas las cosas. Pero digamos que, para ordenarlo, para hallar la “entropía”, escribí las historias una a una. Aunque mi visión de la novela fue global; una historia siempre contenía las otras dos.

A pesar de su  juventud, los protagonistas de la línea argumental más trabajada y compleja son francamente mayores. ¿Le costó especialmente? ¿O, por cercanía, le resultó más difícil redactar la historia de Lucía?

Cada uno me costó de forma distinta. Por ejemplo, cuando escribía sobre Ulises y Melquíades, me preguntaba si la gente de 65 años hablaría de esa forma o se plantearía esas cosas. Pero cuando escribía sobre Felipe o Lucía, me preguntaba: ¿realmente la gente de esta edad es así, o es que estoy demasiado viciada por mí misma? Y, si te digo la verdad, casi fue más difícil hablar de mi generación. A los demás los miraba con otra perspectiva.

Es increíble la madurez que consigue, y el gran realismo psicológico que desprenden los personajes (y digo increíble por la edad de la escritora). ¿Estaremos ante la versión española de Zadie Smith?

¡Muchísimas gracias! Una de las obsesiones que tenía en esta novela, casi más que la de contar la historia, era la de hablar de los protagonistas. Que el lector los conociera, los amara, los odiara, los viera, los entendiera… que, en definitiva, los acompañara en esta aventura. “Los libros luciérnaga” es fundamentalmente un libro de personajes. Ya he dicho más de una vez que en muchas ocasiones quise tirar la novela por la ventana mientras la escribía, y que un motivo poderoso que me hizo no arrojarla por el patio de luces fue el pensar que dejaba huérfanos a mis personajes. ¿Qué sería de ellos sin mí? Dejarían de existir. Les he cogido tanto cariño, y los veo tan claramente, que un día pienso que me los voy a encontrar por la calle y vamos a saludarnos.

¿Zadie Smith? Qué más quisiera yo. Esa mujer con 22 años ya estaba en la lista de los best-sellers…

Una pregunta indiscreta: ¿hay mucho de usted en Lucía?

Jajajaja. Cada vez que yo le preguntaba a un escritor que con cuál de su personajes se identificaba más y me respondía que había un poco de él en todos, siempre me quedaba bastante chafada pensando: “Qué poco interesante, qué manida la respuesta”. Y ahora, heme aquí, obligada a decir lo mismo, porque es la verdad. Hay mucho de mí en Ulises, el progre del 68, y en Felipe, el dueño del bar con una revolución pendiente. Y sí, claro que hay mucho de mí en Lucía, la chica que sueña con ser escritora, o que ya lo es sin darse cuenta. Lo que pasa es que a Lucía, más que identificarme con ella, la veo como una hermanita pequeña.

Usted también es crítica literaria. ¿Ayuda eso a la hora de escribir la novela, o por el contrario, asusta, puesto que el espíritu crítico no hace más que incordiar?

Ni ayuda ni estorba. Yo soy una crítica que lee no con ojos de crítica, sino con ojos de lectora. Pero claro que me asustaban las críticas, y que no gustara a los lectores, y que no le gustara a la gente que quiero, y que no se vendiera… es todo un cúmulo de miedos. Y me siguen asustando, y algo me dice que no me van a dejar de asustar nunca. Sólo hay un momento en el que nada de eso me importa: mientras escribo. Pero cuando salgo de ahí, me tiemblan las piernas por casi todo.

Los finales de las novelas es algo que me obsesiona. ¿Acabó usted la novela, o fue ella la que finalizó sola?

A mí también me obsesionan los finales de las novelas. No me gustan los finales abiertos, las cuentas pendientes que nunca se saldan. “Los libros luciérnaga” es como un mosaico hecho con pequeñas teselas, pero al final, cuando ya está acabado, te das cuenta que entre todas forman un único dibujo. En parte la acabé yo, y en parte se acabó ella. Sin darme casi cuenta, como por arte de una magia extraña, muchas de las teselas se fueron colocando solas. A veces, mientras escribía, me ponía la mano en la boca, y decía para mí: “anda, así que esto era por esto otro. Mira tú…”. En muchas ocasiones la novela me sorprendió. Espero que también le ocurra a los lectores.

¿Alguna vez pensó en hacer una revolución?

¿Alguna? ¡Cientos! Yo, como Felipe, mi personaje, también tengo la absurda y triste certeza de que algún día la haré. Quién sabe si la estoy haciendo ahora. De lo que tengo miedo es de dejar algún día de soñar con revoluciones.

Mójese: ¿qué autores actuales no le gustan nada? Y para que no nos quede criticón, díganos cuáles le gustan  mucho.

No me gustan nada los escritores-mandarines que tienen secuestrada la cultura, que nos hacen creer que la literatura es algo muy serio, un privilegio para unos pocos, y que apartan a la gente de los libros, como si estos estuvieran reservados únicamente a los “exquisitos”. Adoro los escritores que escriben con los brazos abiertos.

¿Qué opina de la literatura en asturiano?

Admiro a quien tiene el coraje y el amor de escribir en una lengua que hablan muy pocos, en una lengua que aprendimos y aprendemos en nuestras casas, que forma tanta parte de nuestra cultura como nuestra familia o nuestra ciudad. Pero es una cuestión de piel. A mí escribir en asturiano no me sale. Eso no implica que la literatura en asturiano no la considere necesaria.

¿Le gustaría pertenecer a una generación de escritores?

La verdad es que considero que todos los escritores de mi generación (es decir, los que nacimos a finales de los 70, principios de los 80) somos muy diferentes entre nosotros: tratamos temas distintos, estilos dispares… Pero sí que hay algo que nos iguala: todos crecimos en libertad. Y eso es algo que se nota. Por ejemplo, en la nostalgia con la que hablamos de la vida de nuestros abuelos, de aquella generación amordazada de la que ahora nosotros, de alguna manera, somos sus portavoces.

Su novela, exceptuando las alusiones a Barcelona, Cardiff y Santander, no incide demasiado en los lugares, ni los describe de un  modo exhaustivo, dejando a los personajes suspendidos en cualquier ciudad, o cualquier pueblo. ¿Fue intencionado? ¿Quería, así, universalizar la novela, y por tanto, los sentimientos?

Los sitios donde más se desarrolla la novela son la Vieja Ciudad y el pueblo de Fenexía que, aunque sean trasunto de otros lugares, el lector no los puede identificar en el mapa. Lo hice así por tres razones. La primera es que no me gusta escribir sobre lugares cercanos. No sólo no me gusta: es que no puedo, no puedo nombrarlos. La segunda es que así estos lugares pueden ser cualquier ciudad pequeña, cualquier pueblo, el de cada uno. La tercera es que yo necesitaba unos sitios que pudiera deformar alegremente, poner calles, quitar edificios, inventarme cosas. Claro, si es un lugar concreto no puedo hacerlo. Inventé para poder ser libre.

¿Lleva más pensar una novela, o redactarla?

Sin duda, pensarla. Pensarla te lleva años, noches, paseos, cafés, rutinas, vacaciones… a veces una vida entera. Las mejores ideas no surgen en el escritorio, sino bastante lejos de él. Piensas la novela viendo la tele, charlando con los amigos, dando vueltas en la cama… es algo que te acompaña y nunca te suelta. Por eso los escritores tenemos fama de despistados: casi siempre estamos pensando en otra cosa.

¿Qué novela le hubiera gustado a usted escribir?

“Cien años de soledad”, “La conjura de los necios”, “Rayuela”, “El dios de las pequeñas cosas”, “Seda”, “La historia interminable”, “1984”, “Manuel de literatura para caníbales, “El Principito”… y un largo etcétera. (¿O sólo había que decir una?)

Por ser nuestra revista una “filial” de un taller de escritura, ¿qué opina de los talleres literarios?

He ido a muchos, me he divertido de lo lindo y pienso que son fantásticos. Por un lado, aprendes. Por otro, te rodeas de gente que lee y que escribe, y siempre es una suerte tener alguien con quién hablar de las cosas que a uno le apasionan. Y, además, te obligan a escribir, a sentarte frente al escritorio, que en el fondo es el paso más duro. Aunque, si alguien piensa en ir a un taller con el convencimiento de que no va  aprender nada porque ya lo sabe todo, y únicamente quiere que se alaben sus textos, para eso mejor que se quede en casa haciendo crucigramas o calceta.

¿Cree que la aparición del e-book ayudará a los escritores noveles? Y, siguiendo con esta línea, ¿son las nuevas redes de información útiles para que un escritor propague su escritura?

Sinceramente, no tengo ni idea de lo que pasará con el e-book, si ayudará a los escritores, si hará más fácil y accesible la lectura, si llegará donde el papel no llega. Lo que tengo claro es que el papel no desaparecerá, como no desaparecieron ni el vinilo, ni el teatro, ni la radio. Ni hay por qué sustituir, sino convivir. Y las redes de información actual son sumamente útiles para hacerse conocer. Además facilitan una comunicación directa entre el escritor y el lector. La primera vez que un lector me escribió en facebook para decirme que le había gustado mi libro y quería hacerme preguntas, casi me caigo de la silla. Continúo teniendo esa alegría cada vez que me escribe uno.

Elías Veiga

El último ganador del Premio de La Crítica de Asturias que concede la Asociación de Escritores de Asturias, en la modalidad de Poesía, entrevistado en El Taller de las Palabras.

He leido “Robinson Astur” y he de felicitarle por la madurez adquirida respecto a “La Tierra Fonda”. ¿Usted definiría su poesía como desesperanzada? ¿O realista?
Bueno, para empezar tengo que decir que soy una persona bastante optimista y que más que desesperanza lo que yo siento (y creo que muchos millones de ciudadanos) es desencanto. Está claro que el sistema de vida actual es un sistema vacío abocado al fracaso y en estos momentos estamos empezando a pagar las consecuencias serias. Uno no puede sustraerse a la realidad y por eso ahora necesitaba hacer una poesía realista e intencionadamente cruda que fuera fiel reflejo de la vida misma. Es una poesía hecha para comer sin masticar. Intenté escribir sin utilizar demasiados aditamentos. La literatura tiene muchas similitudes con la cocina: si el chef es bueno, con cuatro ingredientes se pueden hacer maravillas. Aunque debo señalar una cosa importante: siempre escribo a fuego lento. Las palabras tienen que encontrar su sitio con el tiempo y encajar en un todo que al final les da sentido.

¿Cuál es el tablón particular al que se agarra Elías Veiga cuando se ve próximo a naufragar?
Hay naufragios en los que pienso que lo mejor es hundirse del todo para salir a flote como si fueras un recién nacido. Pero por otro lado, con este poemario quiero dejar claro que naufragar no significa hundirse. Todo el mundo naufraga de alguna manera cientos de veces a lo largo de su vida. Es algo consustancial al ser humano. No hay ninguna novedad en ello. Lo que creo que interesa aquí es ver cómo respondemos a esos naufragios. Evidentemente, el tema da para mucho. Por lo que a mí respecta, y después de unos cuantos chapuzones, creo, en primer lugar, que el mejor tablón de salvación es intentar ser una persona digna. Tiene sus inconveniencias pero a la larga, según tengo entendido, merece la pena. Y, en segundo lugar, tener un puñado de cosas básicas muy claras. Para mí, por ejemplo, son la familia , los amigos, la música y la literatura.

¿Sólo escribe poesía? ¿No le interesaría escribir en prosa? ¿Algún proyecto?
Tengo publicado algún cuento y de hecho gané algún concurso. Pero la poesía es el género con el que, de momento, me siento más cómodo. Me permite expresarme de la manera que yo quiero.

Intenté escribir prosa varias veces y abandoné el intento otras tantas porque veía que aún no estaba “maduro”. Sé que algún día la escribiré porque siento la necesidad de hacerlo. Pero supongo que para ello es fundamental encontrar el momento adecuado.

Buscando su nombre por Internet he descubierto que le incluyen, en varios sitios, en la “Generación del Compromiso”. ¿Le gusta pertenecer a una generación, y en concreto, a ésta?
No tengo ni idea dónde se me incluye y, realmente, es una cuestión que no me interesa demasiado. El mundillo literario asturiano me resulta decepcionante y, últimamente, insufrible. Es un círculo cerrado y asfixiante donde ciertos clanes y algunos personajillos se masturban entre ellos de forma patética para propagar sus grandezas. Nada nuevo, por otro lado. Esto ya se practicaba en las cavernas. Y seguirá practicándose en la luna si llegamos a vivir en ella. Por mi parte, hace tiempo que elegí la independencia, aunque me cueste no salir en la foto. Por eso no tengo prácticamente relación alguna con los escritores de mi hipotética generación y si el ambiente sigue así, no me interesa tenerla. Lo único que me une a ellos es escribir en una lengua en peligro de extinción. Nada más.

¿Siempre escribe en asturiano? ¿Cree que el asturiano es un lenguaje más poético que el castellano?
Siempre digo que ojalá pudiera escribir en unos cuantos idiomas porque seguro que cada uno de ellos te permitiría expresarte de una manera diferente. Lo hago preferentemente en asturiano porque es la lengua que sentí desde que estaba en el vientre de mi madre y es la que llevo, por lo tanto, tatuada en la sangre y el corazón. Como la gran mayoría, tuve que aprender a escribirlo por mi cuenta. No entiendo el conflicto lingüístico, me parece surrealista y, sobre todo, de una ignorancia supina. Hay algunos que están empeñados en confundir (intencionadamente) el tocino con la velocidad o, lo que es lo mismo, el patrimonio cultural y la política.

Lo que en otros lados sería motivo de orgullo, aquí se desprecia y se humilla constantemente. Tienen que estar felices porque, de seguir así, la lengua asturiana acabará desapareciendo en breve. Y todos tan contentos.

Como pertenecemos a un Taller Literario (on-line), la pregunta es obligada: ¿qué opina de los talleres/escuela de escritura? ¿Cree que “sirven” para algo? ¿Alguna vez participó en alguno? ¿Participaría usted como profesor?
Comienzo por la última pregunta. No creo que por ser escritor uno ya pueda dedicarse a impartir talleres literarios. Son dos cosas distintas. Creo que aquí lo importante es ser un buen comunicador y saber transmitir esa devoción por la literatura, al margen de las cualidades creativas de cada uno. A mí me faltaría paciencia y muchos más kilos de conocimientos. Nunca participé en un taller literario y no sé cómo funcionan. Pero si sirven para fomentar el interés por la literatura y motivar a escribir, bienvenidos sean.

Veo que antes de publicar “La Tierra Fonda” participó en Revistas Literarias. ¿Cómo se consigue dar el “salto” a la publicación de un libro? ¿Qué nos aconsejaría a nosotros, como escritores noveles?
Las revistas literarias fueron importantes para mí porque me sirvieron de lanzadera. También me ayudó el hecho de quedar varias veces finalista del Asturias Joven de Poesía, ganar algunos premios, etc. Cuando llegué a la editorial con el primer poemario ya me conocían. No es que sea un hecho definitivo para publicar pero ayuda. ¿Qué aconsejo? Leer mucho y practicar mucho más para ejercer algo que es fundamental: la autocrítica. Y buscar lo que distingue a los buenos escritores: voz propia.

Enhorabuena por “Robinson Astur”. Al ser una poesía muy pegada a la realidad, ¿me podría decir cómo ve usted la crisis?
Evidentemente se veía venir. Vivimos es una sociedad con pies de barro. Asistimos impasibles al derrumbe y desaparición de toda una forma de vida. Y aceptamos anestesiados, prejubilados y subvencionados lo que nos echen. A mí, que nací en un pueblo del occidente de Asturias, me tocó, me está tocando vivir el final de un mundo. El final del cuento. Después de un montón de generaciones anteriores no es fácil asimilar esto.

Es una cruz que pesa demasiado. Tengo esperanzas, evidentemente, en que se supere la crisis y se recupere el campo, la pesca, etc. Pero tengo muy poca fe en esta clase política inepta, corrupta y caciquil preocupados únicamente por el poder.

¿Qué opina de la situación de la Llingua Asturiana en la literatura, y en los medios en general?
Si tenemos en cuenta que siempre se remó contracorriente, la producción literaria en asturiano es, cuando menos, milagrosa. Por otro lado, la presencia de la llingua en los medios sigue prácticamente igual que hace unos años: reducida a mínimos. Mientras no se reconozcan los derechos lingüísticos de los asturianos la cosa seguirá así pero peor porque cada día se pierden hablantes.

Como integrante de una generación, ¿qué opina de sus coetáneos? Y, ya puestos, ¿qué opina de la profesión de escritor en Asturias?
Realmente, como ya dije, estoy al margen del mundillo literario y no tengo demasiado que opinar. Estoy enterado de lo que se publica pero leo a muy pocos autores. No sé cuántos pueden presumir de tener la escritura como profesión. En Asturias es muy difícil plantearse esto, y si escribes en asturiano hay que multiplicar la dificultad por diez. Para mí no es una profesión ni tampoco un hobby. Es una necesidad. No quisiera estar sometido a la obligatoriedad de la profesión pero tampoco quiero tomármelo como un pasatiempos para pasar los ratos libres.

Además de escritor, es usted bibliotecario o archivero (desconozco el término exacto, discúlpeme). ¿Qué libros son los más “sacados” en la actualidad? ¿Qué autores son sus favoritos? Y mójese: ¿qué autores reconocidos se atreve a decir que no le gustan nada?
Soy archivero/bibliotecario, por cierto. Lo más leído suele coincidir con lo más vendido, lo cual no quiere decir que sea lo mejor, al menos desde mi punto de vista. Por eso la mayoría de mis autores favoritos no están en esa lista de los más leídos: Virgilio, Chaucer, Poe, Buzzatti, Steinbeck, Italo Calvino….

Lorenzo Silva

Es usted un escritor muy prolífico y ecléctico (novelas, literatura juvenil, infantil, libros de viajes… y sí, relatos, aunque crea que es un género que se le resiste), y aún así, me pareció leerle alguna vez que la obra más dura o difícil de escribir, para usted, fue la juvenil “Algún día, cuando pueda llevarte a Varsovia”. ¿Por qué? Ha escrito 3 novelas de las llamadas “juveniles”, ¿de algún modo reestructura su pensamiento al escribir para un público diferente? ¿Intenta ponerse en la piel de un adolescente, quizás? ¿Cree que es un público más o menos agradecido que el adulto?
He escrito cuatro novelas juveniles, ya, y cuatro libros infantiles. No es que reestructure mi pensamiento, exactamente, sino que creo que debo acercarlo a la forma de ver el mundo de gente más joven que yo, que asume como naturales y da por hechas ciertas nociones que yo he tenido que ir adquiriendo por el camino, gente que por otra parte está aún en posesión de algunas cosas que yo ya no tengo, y que, finalmente, no entiende ni vive como propias algunas circunstancias que sí lo fueron (o lo son) para mí. Pero el ejercicio, en cualquier caso, ha sido muy gratificante y satisfactorio. Y sí, son muy agradecidos. Sin dejar de ser muy exigentes. No regalan nada. Afortunadamente.

(C) La Nueva España (www.lne.es)

(C) La Nueva España (www.lne.es)

Sus libros “infantiles”, ¿hubieran existido sin una Laura y un Pablo en la vida real?
Definitivamente no. O no de ese modo.

¿De dónde sale el afán de agrupamiento? Le gusta agrupar sus libros en trilogías, en grupos de tres… ¿por qué? ¿O es cosa de los editores?
Bueno, lo de la trinidad parece ser un esquema mental innato en las personas. Desde la visión católica de la divinidad hasta las tres líneas que caben en las diapositivas del Powerpoint, y a las que tantos presuntos líderes ciñen su pensamiento y su visión del mundo… Bromas aparte, ha sido una casualidad. Y es cosa mía.

Qué títulos más bellos. ¿Cómo los elige?
Gracias, ante todo. Me exprimo los sesos, a veces dolorosamente, para encontrar una metáfora que lo resuma todo. Es mi manera de vengarme (a costa de mí mismo) de mi condición de poeta frustrado, supongo.

Ya que es el inventor de una pareja de detectives (en este caso, de la Benemérita), parece obligada la pregunta de cuáles son sus detectives favoritos en la historia de la Literatura.
Philip Marlowe. Torpe, escéptico y sentimental.

Cuando escribió “El alquimista impaciente”, ¿cómo surgió el nombre de Bevilacqua?
Lo he contado alguna vez, está en la “Teoría informal sobre la novela benemérita” que incluí en las páginas de “Líneas de sombra”. Buscaba un apellido italiano raro y sonoro. Y lo saqué de una saltadora de altura italiana a la que vÍ de pronto en la tele mientras estaba probando con otros apellidos mucho menos interesantes. Se llamaba Antonella Bevilacqua, era muy elegante y llegaba siempre a las finales. Pero nunca ganaba medallas.

¿Se arrepiente de haber escrito alguna de sus obras?
No, hasta la fecha. Y espero no hacerlo. Lo que no quiere decir que las considere todas perfectas. De hecho, son todas fallidas, en mayor o menor grado.

¿Sería posible que alguna vez pudieran colaborar en la resolución de algún caso el sargento Bevilacqua y la cabo Chamorro con el Comisario Brunetti de la policía italiana? La verdad es que no sé si eso significaría escribir un libro a cuatro manos junto a Donna León, si esto que le planteo es algo impensable, o una auténtica barbaridad. Pero a mí, como fiel lectora suya y también de las andanzas del comisario Guido Brunetti, creo que me encantaría leer una historia en la que los personajes se conocieran y trabajaran juntos en la resolución de algún caso.
Podría ser, en la vida real, con algún crimen transfronterizo. En la literatura, dependería de que nos pusiéramos de acuerdo Donna Leon y yo. La conozco muy poco, sólo coincidí con ella una vez en Barcelona. Pero por mi parte no habría inconveniente. Ni mucho menos.

En alguna de sus reflexiones apunta como hipótesis que básicamente hay dos tipos de personas: Aquellas cuyos deseos los encaminan hacia objetivos que coinciden sustancialmente con los que para ellos señala el cálculo racional, y aquellas cuyos deseos apuntan en direcciones que divergen sustancialmente de las que la razón les aconseja. ¿Dónde encuadraría usted a los que, cuando tienen ante sí dos únicas opciones, optan por la tercera?
Entre los imaginativos transaccionales. Que no es una categoría que garantice el éxito ni la virtud, como sugeriría Aristóteles (el del justo medio), pero que tampoco me atrevería yo a negar que pueda ser en alguna situación la salida más recomendable.

¿Cree usted que en la vida real la situación de Pablo en “Los amores lunáticos” es más común de lo que parece?
No es improbable verse atraído hacia dos personas, ni dudar entre ellas, ni llevar adelante las dos historias hasta poder elegir cuál promete más… Y menos raro es, todavía, que las dos terminen frustrándose por ese incierto y peligroso camino.

En el libro “Algún día, cuando pueda llevarte a Varsovia”, ¿qué prevaleció más a la hora de desarrollar el argumento: el deseo de atrapar a muchos adolescentes en una trama aventurera, llena de lugares reales a los que poder ir no solamente en sueños; o por el contrario, mostrar la importancia de la amistad, el compromiso con nuestra sociedad, los problemas de la inmigración… de una manera didáctica?
Tiendo a ser muy poco didáctico. Los cuentos deben atrapar, hacer pensar, sugerir. Luego lo que cada uno concluya es cosa suya. Yo quise atrapar al lector con la aventura, y al final dejarle pensando.

Cada vez que escribe un libro juvenil, ¿echa mano de vivencias y recuerdos personales o le resulta más fácil imaginar situaciones y personajes desconocidos?
Mezclo, como creo que hace cualquier novelista con cualquiera de sus novelas. Pero dando prioridad a la ficción. La autobiografía es un género que hoy por hoy no me interesa nada. No sé yo si cuando me haga viejo y ya no se me ocurran historias…

¿Qué considera que es más recomendable a la hora de captar nuevos lectores: escribir sobre temas comunes y verosímiles o desarrollar tramas ficticias que alimenten sueños inalcanzables?
Todos somos una mezcla de posibilidades verosímiles y sueños inalcanzables. Sin una de las dos vertientes, las personas están incompletas. Y a mi juicio (pero es una opinión personal que no aspiro a imponerle a nadie), la literatura también.

¿Aparte de escribir, leer y vivir, qué consejo daría a los que empezamos como escritores?
Escuchar. Observar. Dudar. Y finalmente, atreverse.

¿Cuántos libros tiene en la cabeza actualmente pendientes de hornear?
Siempre llevo media docena. Con menos no me siento tranquilo…

¿Trabaja con orden y método ya desde la primera página, o prefiere el caos de ideas y poner orden después?
Prefiero el caos a la hora de urdir e ingeniar las historias y los personajes, proceso en el que me puedo pasar varios años. A la hora de escribir, plan, programa y proyecto bien definido. Ahorra esfuerzos.

¿Que opina de ese espectáculo amañado, violento y grotesco llamado “pressing catch” que la juventud devora con fruición? Mi hijo lo sigue y no sé hasta que punto sus mentes comprenden que toda esa violencia es mentira. ¿Cuál es la parte más divertida de escribir una novela policíaca? ¿Y la más difícil?
Lo del “pressing catch” nunca lo he comprendido. Pero como decía el torero, “ha de haber gente pa tó”. Lo más divertido de escribir una novela policíaca es jugar a abrir la caja secreta, el baúl donde la gente guarda su parte inconfesable. Lo más difícil, mantener la intriga, la tensión y la verosimilitud.

Usted escribió el prólogo de “Plinio, casos célebres”. Me gustaría saber qué influencia ha tenido en sus propias novelas las de Francisco García Pavón, que según usted es el que logró “[...transplantar con éxito, originalidad y credibilidad una fórmula, la narración policial, que hasta entonces sólo había cuajado fuera de nuestras fronteras..."
Pues no mucha, la verdad, porque él es muy castizo y yo en cierto modo me rebelo contra el casticismo, tanto en lo que toca a la visión del cuerpo policial al que pertenecen mis personajes, la Guardia Civil, como en otros muchos aspectos. Pero hay dos cosas que aprendí de él: la importancia de cuidar el lenguaje (es uno de los escritores españoles del siglo XX con un castellano más preciso y limpio) y la necesidad moral de compadecer a los personajes, como hermanos humanos (aunque ficticios) que todos ellos son.

En una noticia publicada en la Sección Cultura del diario La Razón, usted dice que "a veces se es demasiado amable y educado en cuestiones que no hay que serlo". ¿Cómo se puede combatir esto?
Es difícil, cuando uno ha recibido una educación que se basa en el respeto a los otros, responder como se debe a quienes viven de no respetar a nadie, de convertir sus ideas en venablos arrojadizos o de reducir al silencio a quienes de ellos discrepan. Pero bueno, de vez en cuando a estos hay que decirles la verdad, con crudeza. Eso sí: siempre, a ser posible, sin encono. El encono desacredita.

“De vez en cuando conviene intentar escribir de forma diferente a la que acostumbramos". ¿Qué le dice a usted esta frase: le parece una mera forma de hablar o puede tener que ver con la experimentación?
Es una buena prueba para un escritor de ficción. Le da una medida de su capacidad de funcionar en diferentes registros. Que es también una medida de su capacidad de crear personajes y manejar puntos de vista.

Usted habla de un cine que agoniza. ¿No cree que es la sociedad quien está agonizando hace tiempo?
En cierto modo y en ciertos aspectos (por ejemplo el que representa el cine en su versión de espectáculo de masas) tal vez. Pero se revitaliza en otros. La vida sigue, siempre.

He leído en el diario UNO Edición Digital, de Mendoza, Argentina, de 14 de mayo, que usted ha asistido a un acto de exorcismo del Padre Fortea. ¿Calificaría el hecho como algo anecdótico o como una realidad más allá de cualquier duda?
Ya lo conté, en un reportaje que escribí al respecto. El espectáculo era potente, pero yo no creo en la posesión demoniaca. Más bien en estados muy intensos de sugestión (y autosugestión). No niego que pueda haber otra cosa (que sé yo de lo Desconocido); sólo digo que a mí la visión de la posesa, aunque me impresionó, no me hizo sin embargo caer de rodillas. No me pareció una prueba concluyente.

Usted dice que se ha resignado a aceptar que sus novelas con Bevilacqua y Chamorro como protagonistas sean las más populares, lo que deja entrever que usted tiene otras preferidas. ¿Cuál de sus creaciones le gustaría a usted que fuera la más leída y admirada?
Les tengo cariño a todas mis criaturas, y estoy muy feliz con el éxito de Chamorro y Bevilacqua. Incluso con el hecho de que el artículo de Vila en la Wikipedia sea mucho más largo que el mío. Eso es una buena señal cuando uno crea un personaje de ficción. Sólo que a veces te entristece un poco que otras cosas en las que has puesto tanto esfuerzo sean mucho menos visibles. Pero tampoco me quejo. Mi libro menos leído ha tenido unos cuantos miles de lectores. Sería impresentable llorar por eso.

Me encanta la literatura infantil de calidad por la complejidad que despliega detrás de una aparente sencillez, y creo que sus relatos infantiles la poseen; ¿qué armas de escritor utiliza para desarrollar estos relatos que no utiliza en sus obras escritas para adultos?
Hablar con los niños, escucharlos, tratar de seguir con la mirada lo que ellos siguen. Mis hijos me han ayudado mucho en este sentido. Creo que la literatura es en buena medida el arte de la mirada y para escribir para niños hay que renovarla, limpiarla de resabios y suficiencias.

En una buena novela, sostiene que hay tres elementos principales: el estilo, la narración y la mirada. Es la “mirada” lo que más me llama la atención porque grandes novelistas que tienen los dos primeros elementos carecen del tercero. ¿Podría explicar con mayor amplitud a qué se refiere cuando cita este elemento? ¿Escribir bien podría ser un privilegio, entonces, de unos pocos?
Juro que he escrito la respuesta anterior antes de leer esta pregunta… Es curioso. Para mí, la mirada es esa posición original del artista frente a la realidad, que sólo funciona verdaderamente de un modo hasta cierto punto paradójico: en tanto que es individual y universal a la vez. O lo que es lo mismo: en tanto que es propia y personal, pero está abierta a los otros, a través del mecanismo de la empatía. Los grandes artistas son aquellos a través de cuyo discurso hablamos todos. Aquellos en los que al leerlos, nos leemos. Y sí, de esos, hay pocos.

¿Está contento con la adaptación al cine de “La flaqueza del bolchevique”? ¿Imaginaba la película así en su cabeza cuando escribía el libro?
A la primera, sí. A la segunda, no. La película es de su director. Es su mirada. Es su proyecto, su apuesta. Yo sólo le cedí la historia, porque me demostró que iba a respetarla. Pero no pretendí convertirlo en siervo de mi película mental de mi propio libro. Eso habría sido muy inapropiado. Y muy poco inteligente por mi parte.

Usted tiene en su haber un premio tan importante como el Nadal. Más allá de la economía, ¿marcó este hecho un antes y un después en su obra?
La economía me cambió más por lo que el libro dio de sí luego que por el premio (con 18.000 euros, ya me dirás tú quién ve resuelta su vida hoy). Pero sí marcó un hito. El de pasar de un público reducido al gran público lector. Y en un orden más práctico, el de poder ser, como siempre soñé, alguien cuya profesión, a todos los efectos, fuera la literatura. Me alegro de haber tenido otras profesiones, que me enseñaron mucho, pero no puedo dejar de celebrar el poder dedicar todo mi tiempo, ahora, a la profesión que es mi vocación desde chaval. Y eso fue posible a raíz del éxito de “El alquimista impaciente”.

¿Podría describirme con tres adjetivos Marruecos?
Próximo, intenso, vivificante.

¿Se ha amigado ya con el relato breve?
Bueno, ahí ando. Incluso he arrancado un proyecto basado en el relato muy breve: se llama “vidas.zip”, y lo hago semanalmente en elmundo.es. Me he acercado a la distancia corta, entre otras razones, gracias a lo idónea que es para escribir y comunicarse a través de la Red, ese nuevo espacio de interacción con los demás al que no creo que un escritor pueda permanecer ajeno.

Alguna vez ha respondido a los críticos. ¿Que opina de la crítica literaria en España?
Sólo dos veces, que yo recuerde, cuando me descalificaron personalmente, juzgando mis intenciones y atribuyéndome propósitos espurios que nunca he tenido. Uno de ellos, además, se permitió hacerlo desde la ignorancia histórica, y eso no lo podía dejar pasar. Los lectores podían verse arrastrados a una falsa visión de las cosas por quien, como luego reconoció incluso en su respuesta, con total desfachatez, no sabía nada del asunto sobre el que emitía su veredicto (ni le importaba, aclaró). Esa crítica irresponsable y “porque yo lo valgo” me parece deplorable. Cualquier otra, la acato y me parece enriquecedora. Ya la haga un catedrático de Filología o un alumno de instituto. En la crítica española hay no pocos casos de lo primero, pero también un buen número de gente seria. No voy a sostener el discurso victimista de los autores frente a los críticos. Yo sólo he tenido la mala suerte de cruzarme con un par de desaprensivos.

Confieso que de Ud. he leído la estupenda obra "Del Rif al Yebala", aunque sigo con gran interés la sección que publica (cartas de los lectores) en un suplemento de cierto periódico. En relación al tema del libro mencionado, Ud. a quien prefiere: ¿A Barea? ¿A Sender? Salvando las distancias, ¿la guerra de Marruecos fue una especie de Vietnam a la española?
Barea me emociona más, Sender es mejor escritor. Cada uno tiene lo suyo y no me podría decantar. Y en cuanto a Marruecos fue algo peor que un Vietnam. Rompió la sociedad española y la dejó lista para una Guerra Civil. Llena de gente que había probado el olor de la pólvora y que había matado para salvar el propio pellejo. Los de Vietnam, cuando volvieron, cometieron crímenes aislados. Aquí, los criminales se organizaron y se apoderaron del país. Y no faltaron en ambos bandos, aunque los del triunfador alcanzaron mayores estadísticas.

A la hora de seleccionar las cartas de los lectores, ¿qué prima en su criterio? ¿El valor literario de lo escrito? ¿El interés del tema? ¿Un poco de todo?
Un poco de todo, el interés, la novedad, la destreza en el uso del lenguaje. Sobre todo, aquello que desde esa sección de esa revista me permita ofrecer a los lectores un discurso distinto y alternativo al que en el resto de las páginas, y en el resto de los medios, les ofrecen los periodistas profesionales.

Su novela "La flaqueza del bolchevique" fue rechazada por varias conocidas editoriales y paradójicamente después quedó finalista del Premio Nadal en 1997 y se realizó una adaptación al cine. Cuando a uno le rechazan su obra varias veces ¿qué le empuja a seguir intentándolo?
La desesperación. El saber que no hay nada que perder. Cuando mandé la novela al Nadal lo hice porque no sabía cómo deshacerme de los manuscritos que me habían devuelto los editores. Leí la convocatoria, vi que el libro tenía las páginas que pedían y me dije: “bueno, que reciclen ellos el papel”.

Usted ha dicho: "Después de mucho pensar, creo que la literatura sirve para dejar memoria, para dejar testimonio, escribimos en cierta manera para no olvidar. Escribimos para que quede una huella de lo que hemos vivido, hemos visto o hemos soñado". Después de leer esto mi pregunta es: ¿para usted escribir es un placer, un trabajo, un querer dejar huella en la historia o una necesidad para seguir recordando?
Placer, necesidad, trabajo. Todo a la vez. A estas alturas, ya no sabría vivir sin escribir. Ha dejado de tener mérito, si alguna vez lo tuvo.

En la "Flaqueza del Bolchevique" combina a la vez una historia amarga con un punto cómico. ¿Fue intencionada esa mezcla o surgía a medida que escribía la novela?
Fue intencionada e inicial. Empecé la novela impulsivamente, un día que estaba muy cabreado con una serie de cosas que no me gustaban. Y me dije: “frente a todo esto hay que ser amargo, pero no amargarse: haz algo para sacar la hiel y reírte un poco”.

En “El urinario” caracteriza magníficamente el tedio -el famoso esplín de otras épocas- que supuestamente incide en individuos con un nivel económico bastante aceptable ¿Opina que sería creíble un personaje que mantenga esa actitud trabajando de albañil o en invernaderos? En la misma obra, el protagonista se refugia de lo ininteligible o inefable en los sonidos, en la belleza de las luces, en las relaciones fantaseadas, incluso escribió alguna novela. ¿Sospecha que el aburrimiento -a veces no confesado- es la motivación principal para la creación literaria de los autores que usted conoce?
Gracias por leer así “El urinario”, uno de mis libros “malditos” y “escondidos”, al que quizá por eso mismo le tengo mucho cariño. Sí, creo que en cierta medida el arte nace de la insatisfacción. Pero también de la vocación de superarla y vencerla. Por eso creo que es tan importante la cultura, en todas sus formas, y hacerla llegar a todos, albañiles y trabajadores de invernaderos incluidos. Porque nos da la capacidad, pero también la ambición de intentar y perseguir esa “enmienda a la realidad” que tanto necesitamos a veces.

¿Cree usted que llegado cierto momento los personajes que crea un escritor terminan acosándolo?¿Cómo saber cuál es el instante ideal para asesinarlos?
No sé a otros escritores, a mí no me pasa. Mis personajes son gente maja, muy normal, muy soportable, con la que me llevo bastante bien. No he tenido hasta la fecha más impulsos “personajicidas” que los que quedan inequívocamente documentados en mis novelas a través de aquellos a los que he matado. Y aún de algunos de estos, a los que sí maté, me deshice con gran dolor y remordimiento.

¿Tuvo algo que ver su lugar de nacimiento, Carabanchel) con los personajes de alguno de sus libros (la guardia civil)?
Pues no mucho. Pero quizá sí el hecho de haber vivido mucho tiempo en un lugar próximo, la colonia militar de Cuatro Vientos. Eso no sólo me permitió conocer bien a los militares (dentro y fuera del cuartel) sino incluso perfilar algún personaje. Chamorro, por ejemplo, muy bien podría haber sido una de aquellas chicas de mi barrio que querían ser militares como sus padres y que entonces no tenían la posibilidad de serlo…

(C) La Nueva España (www.lne.es)

(C) La Nueva España (www.lne.es)

Tino Pertierra

Bio
Desde que ganara el Premio Tigre Juan en 1996 con el libro de relatos “Los Seres Heridos”, Tino Pertierra no ha dejado de publicar. Con más de 1000 columnas publicadas en el periódico La Nueva España (en el que trabaja como periodista y director del suplemento cultural), novelas, ensayo y hasta “experimentos teatrales” (como llama a una serie de monólogos que él mismo dirigió para la compañía de teatro Hechizo Astur), Tino Pertierra se presta a una entrevista para nuestro magacine en la que deshilvana los hilos de un oficio que para él es vida.

(C) La Nueva España (www.lne.es)

(C) La Nueva España (www.lne.es)

¿Se puede aprender el oficio de escribir?
Se pueden conseguir las herramientas para expresarse con corrección. El talento, la tenacidad y las ganas de superación harán que ese oficio sea un arte o no.

¿Cree que el oficio de escritor se puede enseñar?
Se puede motivar, guiar, corregir, consolar. Supongo que eso tiene algo de enseñanza.

¿Debe el escritor autocensurarse?
Sólo si así evita hacer daño a personas inocentes.

¿Relee lo que tiene por la biblioteca, o prefiere siempre acometer obras nuevas, y luego no volver a leerlas nunca más?
Desde hace algún tiempo me da mucha pereza leer ficción. Y releerla también. Hay algunos autores, pocos, que logran rescatarme de esa pereza. Y hay clásicos a los que todavía no ha llegado su hora: cada libro tiene una edad ideal.

A la hora de comenzar a escribir una nueva novela, ¿la desarrolla a partir de una o unas pocas ideas previas que van tomando forma sin un patrón previo? ¿O tiene usted todas las líneas maestras de lo que va a suceder en su cabeza y únicamente las adorna? ¿Sabe de antemano cómo van a finalizar sus novelas?
Cada novela es un mundo. La primera empezó con una frase y todo lo que siguió no estaba premeditado. La segunda tenía una estructura previa que intenté proteger. La tercera empezó como la segunda pero acabó siendo como la primera: inesperada.

¿Qué es para usted lo que diferencia a un buen escritor de un escritor genial?
Un buen escritor puede construir un barco que navegue de forma precisa, elegante y eficaz. Un escritor genial puede hacer que ese barco, además, vuele.

¿Qué opina usted sobre que las primeras lecturas que se realizan en las escuelas sean sobre lecturas obligatorias? ¿No se deberían tener en cuenta los gustos individuales?
El gusto hay que educarlo. Otra cosa es que muchas de las lecturas obligatorias para los niños me parezcan una aberración. Obligar a leer “El Quijote” a un crío debería estar perseguido por la ley, o “El Cantar del Mío Cid”, o tantos y tantos libros que pueden matar a un lector antes incluso de que lo sea.

Cuando decidió ser escritor, ¿destacaba en este campo en su juventud?
Empecé a escribir mis propias historias con 9 ó 10 años, cuando terminaba un libro y quería continuar su historia a mi manera. Sí, destacaba, de hecho los únicos sobresalientes los sacaba en lengua, y no precisamente por saber lo que era un diptongo.

¿Que sintió cuando publico su primer libro?
Lamento decir que nada especial, lo que me gusta es escribir y ahí encuentro las satisfacciones. Publicar es secundario, e incluso a veces inconveniente. De hecho, publico muy poco de lo que escribo para mí. Lo que más presta es la ilusión de la gente que quieres cuando les das un libro nuevo. Además, publicar casi todos los días en el periódico desde hace 10 años ayuda a relativizar la impresión de la palabra impresa. Doy tanta importancia a una columna o una entrevista como a un libro.

¿Qué o quién ha influido mas en su obra?
No tengo autores a los que reverenciar. Hay libros que me gustan más que otros, pero el fenómeno fan no va conmigo. Creo que lo que más me ha influido en mi forma de narrar es el cine.

¿De dónde obtiene usted la inspiración para escribir?
De lo que veo, de lo que sueño, de lo que imagino, de lo que siento, de lo que me falta.

Para usted, ¿es mejor un texto cuanto más tiempo pasa en los fogones o cuanto más rápido alcanza la cocción?
Cada autor es un mundo, yo soy de cocer rápido y luego lo meto en la nevera a que repose. No mucho, porque el proceso de edición puede durar un año y dentro de un año no me reconozco.

¿Cuando debe una persona considerarse escritor? ¿Es cuestión de tiempo, conocimientos, calidad o ego?
Según la RAE, escritor es “Persona que escribe”, o sea, que hay millones de escritores. También puede ser “Autor de obras escritas o impresas”, o sea, que quien redacte prospectos lo es. En fin, para entendernos se puede decir que un “escritor” reconocido como tal por la sociedad es alguien que publica libros. O sea, que no es una etiqueta muy valiosa últimamente, viendo la calaña de muchos “escritores”.

Siendo usted un hombre, ¿cómo es que refleja tan bien la psicología de las mujeres?
No sé si la reflejo bien, hay quien piensa que no. En cualquier caso, una de los requisitos básicos de cualquier escritor es ponerse en la piel de sus personajes hasta convertirse en ellos.

¿Es muy estresante tener que escribir una columna diaria?
Escribir la columna me lleva quince minutos a lo sumo y como cuento historias, y no opinión, es relativamente sencillo. Suelo escribir muchas de un tirón y así me olvido una temporada. Pero la columna, en contra de lo que piensa la mayoría, es un cinco por ciento de lo que hago en el periódico, la mayor parte queda en la sombra.

Al hilo de la pregunta anterior, ¿de dónde saca las ideas?
¿Cuántos nombres hay en la guía telefónica? Cada uno es una historia.

¿Asiste usted a tertulias literarias, y en ese caso, dígame que opinión tiene de ellas?
No asisto a tertulias literarias. Las respeto pero no me gustan. Tampoco iría a ninguna de cine o de música o de política o de cualquier otra cosa en la que hubiera que pontificar.

¿Alguna vez escribiendo se sorprendió de lo que plasmaba en el papel?
Hay momentos en los que las palabras surgen de rincones de ti mismo que ignorabas. Es sorprendente, a la par de mágico.

¿Le gusta lo que escribes?
A veces.

¿Tiene a alguien que lea tus escritos antes de publicarlos?
Nunca.

Si la pregunta anterior es “sí”, ¿acepta los cambios que le propone?
No los aceptaría. El error debe ser onanista.

¿Algún sentimiento se le ha resistido más para convertirse en párrafo?
El dolor.

Cuando se reúne con sus amigos ¿los observa como futuros o presentes personajes de sus novelas?
Jamás.

¿Qué sucedería si los escritores españoles se declarasen en huelga?
Imposible. No hay gremio más insolidario que el de los escritores.

¿Considera que para saltarse las reglas con buenos resultados hay que conocerlas previamente? O lo que es lo mismo: ¿cree que la escritura del instinto sería lo mismo sin un conocimiento previo de las reglas? Extiéndase la pregunta tanto a poesía como prosa.
Para pintar como Picasso primero hay que demostrar que puedes ser Velázquez. Dicho lo cual, añado que los experimentalismos en literatura carecen de sentido, más que nada porque ya se ha experimentado todo. Personalmente, cuando abro una novela y veo que hay un experimento dentro, huyo.

Periodismo y literatura de ficción: ¿qué los une y qué los separa?
Es muy complicado. La ficción se alimenta de mentiras que pueden ser verdad, el periodismo muchas veces convierte las verdades en mentiras. El periodismo es instantáneo, contrareloj casi siempre, no hay tiempo para revisar o reescribir. En cuanto al estilo, la precisión del periodista no siempre se da en el narrador y rara vez en el poeta.

¿Qué opina sobre los pucherazos en los concursos literarios del tipo “Viaje del Parnaso” y que nombres “ilustres” como Caballero Bonald se presten al juego, y más aún, que algunos ayuntamientos se involucren en ello con dinero público? (táchese lo que no proceda, pero le ruego que se moje).
Lo lamento, debo anunciarle que los Reyes Magos no existen. Los premios convocados por editoriales están amañados en su mayor parte, y los de poesía siempre cuando en el jurado haya poetas con muchos amigos. ¿Le parece suficiente mojadura o abro más el grifo?

¿Qué tipo de valor se necesita a la hora de escribir?
El valor de enfrentarse solo a una legión de fantasmas, algunos de los cuales te conocen mejor que tú mismo.

Una vez un escritor me dijo que “era necesario sangrar”… ¿se referiría acaso a la experiencia de la vida?
Bueno, creo que ese escritor exageraba. Los escritores desgarrados y sangrantes me producen algo de grima. Peliculeros y vagos en muchos casos. Ayer me corté con el tajalápiz. Tachando adverbios. Quizá se refería a eso.

En una revista que leí años atrás, un escritor dijo que “escribir cuentos es cultivar un jardín, mientras que crear una novela es plantar un bosque”. ¿Por cuál de ellos se decanta usted?
Mi casa es muy modesta, no tengo espacio para un jardín. Los bosques los visito de vacaciones.

¿Qué libros no le gustan?
Los que no leo, sobre todo los escritos por los negros de políticos, famosillos y gente de esa ralea.

¿Qué opina de los escritores que viven más de los buenos amigos (y contactos) que tienen, y no tanto de lo que escriben?
Que si fueran cirujanos se morirían de hambre.

¿Por qué se publica tanto en España, y luego cada equis tiempo alguien publica una encuesta denunciando que los españoles no leen casi nada?
Hay que diferenciar entre lectores y compradores. “El Planeta” lo compran 300. 000 personas y a lo mejor, depende del autor, lo leen 3.000. En cambio hay autores que venden 3.000 y los leen esos 3.000 más 3.000 más porque ese libro va de mano en mano. Sí es cierto que hay una capa de la población amplísima que no lee libros. Pero siempre ha sido así, ¿no? La lectura de libros siempre ha sido minoritaria, pero eso no impide que haya editoriales muy poderosas que, al parecer, ganan mucho dinero con los que sí compran libros. Y luego están las bibliotecas.

¿Qué busca usted cuando se plantea escribir un libro? ¿Expresar algún tipo de sentimiento, contar una historia, intenta hacer saltar algún tipo de resorte en el lector o, simplemente es una forma más de ganarse la vida?
No me gano la vida escribiendo libros. Escribo una novela cuando una historia de mí lo suficiente para engancharme a unos personajes durante semanas. No es habitual. En 12 años sólo he publicado 3 novelas. La verdad es que mis mejores historias están por contar, necesito un tiempo que no tengo para ellas. De momento, las imagino, que ya es una forma de escribirlas.

¿Qué siente cuando lo acaba? ¿Satisfacción, vacío… nada?
Alivio.

¿Qué prefiere, la crítica sincera o que le endulcen la oreja?
Ni lo uno ni lo otro. Sé mejor que nadie dónde he acertado y dónde he fallado. Con el tiempo, eso sí: la perspectiva es fundamental. En general, los elogios me incomodan. Si son interesados, me irritan.

¿Tiene novia? ¿Está casado? Permítame explicarle el motivo de mi pregunta (que realmente no hace falta que me responda, basta con que lo haga a lo que sigue): ¿es compatible la escritura con una relación al uso? ¿O están condenados los escritores a la fama de bohemios (ya sabe: espíritus libres y todo eso) que les persigue? ¿Al final hay que elegir entre enamorarse o escribir sobre el amor? ¿Cómo puede evitarse hacer daño a nuestra pareja cuando escribimos sobre cosas que probablemente no contaríamos ni a nuestro mejor amigo?
Estoy casado. Se supone que tu pareja es lo bastante inteligente para separar la ficción de la realidad. Además, yo no escribo sobre mí ni mi entorno. Y si lo hago, lo camuflo tanto que nadie se da cuenta. Que quien no me conoce tenga una imagen falsa de mí me importa un rábano sin hojas. Unos piensan que soy gay, otros un Donjuán frustrado, o frustrante. ¿Y qué más da?

¿Por qué tiene esa visión tan negativa de los hombres?
Se nota que usted me ha leído poco, o mal. Tengo una visión negativa del ser humano en general. Muchas mujeres me reprochan que tenga una visión negativa de ellas. Otras, todo lo contrario. He escrito unas 3.000 columnas en 20 años, y ahí cabe todo. Incluso la esperanza a veces.

Entendería que, por educación, no quiera hablar de sus colegas, pero no puedo resistirme a hacerle esta pregunta: ¿ha leído algo de Javier García Sánchez? ¿Qué opinión le merece? Y (ésta ya de rebote), ¿qué opina de Arturo Pérez Reverte?
García Sánchez es muy majo. Sus novelas me agotan. Pérez Reverte no es majo. Sus novelas me rebotan.

¿Hasta qué punto influye el cine? ¿No cree que existen películas que sobrepasan el puro arte, y entran a formar parte de lo personal? ¿Existen las “películas de tu vida” o es solo excesiva implicación emocional?
Hay películas que llegan a tu vida en determinados momentos en los que se hacen esenciales porque te muestran un camino o se convierten en un espejo, a menudo roto. Por desgracia, esa afinidad pertenece a una edad temprana. Hace mucho que no veo una película que me deje huella.

¿Cómo se aprende más, viajando o leyendo?
Se puede viajar leyendo, se puede leer viajando. ¿Por qué decidir entre papá o mamá?

Me gustaría saber su opinión sobre autores tan distintos: Vázquez Figueroa, Ken Follet, Kafka, Lajos Zilahy, Poe, Fitzgerald.
Vázquez Figueroa no me interesa, salvo “Tuareg”, que era una buena idea mal escrita, como siempre en él. Follet me entretiene, salvo en “Los pilares…”, que me parecen un abuso de páginas. Kafka es un autor fundamental, aunque a veces sea un poco tosco. Zilahy no me merece opinión. Poe me regaló los mejores momentos de terror de mi infancia. Fiztgerald es magistral: “El gran Gatsby” me impactó como un meteorito.

En algunos de sus textos deja deslizarse abiertamente un lirismo que raya en prosa poética, haciendo uso de bellas metáforas, polisemias, metonimias y otras figuras literarias más propias de la poesía. ¿Escribe poesía, o la ha escrito alguna vez? ¿Le gusta tocar todos los palos que la palabra le permite?
No escribo poesía siguiendo las reglas tradicionales. La escribí así en la adolescencia para impresionar a una chica. Confieso que he conocido a pocos poetas que me caigan bien, el ego y la vagancia corren parejos en demasiados casos, aunque hay gente sobresaliente, también en lo humano. Me gusta mezclar géneros. La pureza y los puristas me aburren.

Si fuera posible, ¿a qué escritor/a rescataría de su tumba para una sobremesa de café, copa y puro?
Se les escaparía el café y la copa por los huesos. Odio los puros. ¿Puedo cambiarlo por Marilyn Monroe?

Siguiendo en la misma línea, ¿con qué personaje de ficción, de los que ha conocido a través de sus lecturas, se correría una juerga?
Con Teresa, la de Marsé.

¿Compartiría pluma a la hora de escribir una novela? Si es así, ¿a quién preferiría como pareja de hecho, a un escritor/a novel, a alguien ya consagrado, o le es indiferente?
Ya lo hice, una novela juvenil, con una veinteañera que aportó el punto de vista de una quinceañera. No volveré a hacerlo.

¿Todo escritor tiene que buscar un estilo propio o éste va cambiando a lo largo de las obras y los años?
La búsqueda de una voz propia que no sea mera imitación de la de otros es algo que nadie que se considere escritor puede dejar de lado. Nunca.

¿El escritor es por definición un profesional de la palabra?
El escritor es un peregrino de la palabra.

¿Cree usted que exista una literatura femenina y otra masculina?
Claro. Pero eso no significa nada.

Usted dirige un Taller Literario. ¿El compromiso que ha adquirido con las personas que lo componen implica la obligación de, cuando ya haya identificado y catalogado sus escritos, decirles si su aptitud es suficiente o no para dedicarse a este oficio?
No estoy aquí para dictar sentencia sobre la aptitud de nadie. Cada uno de ustedes es un mundo con climas distintos. Tal vez para alguien, hacer una carrera de mil kilómetros no tenga valor, y en cambio para otra persona dar un paso sea un logro inmenso. Además, la mayoría de los aquí presentes no se plantean dedicarse a este oficio, como usted dice, sino que lo ven como un proyecto vital, una vía más para comunicarse mejorando la calidad de sus herramientas y habilidades. O como una zona donde desarrollarse, exponerse o refugiarse. Yo qué sé. No soy un tribunal, ustedes no son mis reos. Tampoco soy un correccional. Como mucho, un área de servicio donde reponer fuerzas, echar combustible y disfrutar del horizonte.

Parece ser algo relativamente frecuente en los escritores las épocas de bloqueo. ¿Ha vivido usted alguna? ¿Qué ha sentido?
No me puedo permitir bloqueos. Un periódico sale todos los días. Eso ayuda mucho.

¿Qué libro de los que ha leído a lo largo de su vida le ha dejado mejor recuerdo, y él que le ha impactado o influido más?
“Ultimas tardes con Teresa”, “El gran Gatsby”, “La llamada de la selva”, “Las aventuras de Tom Sawyer”, “El lobo estepario”, “El largo adiós”, “El túnel”…

Cuando escribe ¿realiza muchos cambios al corregir?
En el periódico no, en las novelas puedo tirar un borrador a la basura y empezar de cero. Con la última tiré cinco, y creo que me quedé corto.

¿Cuál es su autor preferido?
No tengo autor preferido. Hay libros que me gustan de unos autores, y libros que no me gustan de esos mismos autores.

¿Conoce alguno de esos personajes complejos que nos describe en sus relatos o son solamente obra de su imaginación?
Sí, conozco a muchos de mis personajes, pero ellos a mí no.

¿Por qué la mayoría de sus personajes son mujeres?
Porque la mayoría de seres humanos lo son.

En su larga y prolifera trayectoria profesional, ¿se ha visto en la necesidad de adaptarse a un estilo determinado a la hora de escribir para conseguir un mayor volumen de ventas? O por el contrario, ¿defiende, ante todo, su identidad como escritor?
Nunca he pensado en las ventas. No soy Pérez Reverte ni Almudena Grandes.

Siempre se dice que un escritor no tiene nada que contar si no ve la realidad en la calle, la gente… ¿Usted, en sus novelas, retoma momentos de su vida para plasmarlos en ellas o prefiere mirar al exterior y contar lo que ve?
Prefiero espiar.

¿Cree usted haber aportado cosas nuevas a la literatura? A pesar de escribir, más o menos sistemáticamente, en un medio de divulgación tan mediático como La Nueva España ?
No he aportado nada nuevo a la literatura, ni pienso hacerlo.

¿Qué consejo daría a un escritor novel?
Que no use calcetines azules con pantalones negros. Aparte de eso, que disfrute, no se deje arrastrar por el ego y que escriba y lea todos los días.

Si se viera ante esta cruel decisión, que preferiría: ¿escribir sin vivir o vivir sin escribir?
Pues vivir sin escribir. Mi hijo es mucho más importante que la escritura.

¿Con qué escritor/a pasaría usted una noche de pasión y desenfreno?
Son muy aburridos. Prefiero a alguien que no pueda usarme luego en una de sus páginas.

¿Cómo aprendió a escribir? Y como consecuencia, ¿cómo y cuándo sabe que acabó la escritura de una novela y que no necesita retocarla más: es un sentimiento abstracto o sigue reglas?
Empecé muy joven a contar historias, y me gustaba. Leí mucho, y aprendí a resolver problemas técnicos. Nunca leí manuales ni pasé por talleres, y en la facultad no aprendí nada útil. El periodismo me dio precisión, pero también me quitó paciencia. Una novela nunca se acaba. Había un pintor, no sé si era Renoir o Monet, que después de vender un cuadro, se colaba en la casa de los compradores para seguir retocándolo. Una novela no se termina, sólo se abandona.

¿Piensa preferible conocer a un escritor para disfrutar mejor de su obra, mejor no saber nada o depende si es “majo” o no?
Es mucho mejor no conocer a los autores que te gustan. Diré más: MUCHÍSIMO mejor. No lo hagan. Siempre decepciona, y algunos incluso asquean.

De todos los barcos que escribió, ¿en cuál piensa que uno debería embarcar primero?
Pues el primer libro, “Los seres heridos”, de relatos, es lo más parecido a una autobiografía, junto con “El secreto de Sara”, una novela juvenil. Son muy imperfectos, pero les tengo especial cariño.

¿Tomó la decisión de ser escritor o la vida le llevó por esos derroteros? En el primer caso, ¿recuerda el momento exacto?
Cuando descubrí de niño que escribir historias me daba más placer que leerlas y que no había juguete en el mundo comparable, decidí que quería ser escritor, publicara o no. De hecho, publicar mi primer libro fue una casualidad porque vinieron a buscarme.

Cuando se vive de la escritura, ¿hay momentos en los que la necesidad de producir, la prisa o la rutina conllevan una reducción de la calidad?
Yo vivo del periodismo, si dependiera de mis libros me moriría de hambre… O no, porque podría escribir más y mejores. En periodismo no me planteo eso, hay un trabajo oscuro que hay que hacer para que salga el periódico, y otro más luminoso y vistoso, pero no más importante. Yo coordino las páginas de espectáculos y los suplementos del periódico, y me divierte mucho elegir temas, maquetarlos, distribuir el trabajo, revisar, titular…

¿Existe algún texto en su archivo personal al que, si pudiera, retiraría su firma?
Sería traicionar a los muchos seres que fui. Hay cosas que, evidentemente, no escribiría ahora, pero es que ahora no es entonces.

¿Por qué cree que en su obra ha influido más el cine que la literatura?
Porque he visto más películas que he leído libros y porque hay más películas que me han dejado huella que libros.

Todos conocemos su pasión por el cine de Peckinpah, ¿qué destacaría de este director? ¿Cree que está lo suficientemente valorado en la actualidad?
Se autodestruyó después de rodar 4 de las películas que nunca me canso de ver y que más han influido en mí. No sé si está lo bastante valorado, me da igual. Para mí sí lo está.

¿Tiene pensado volver a publicar algún libro sobre cine?
Supongo que sacaré una recopilación de artículos, antes de embarcarme en un libro sobre cine y mi vida, que me llevará mucho tiempo, o no, porque está escrito en mi cabeza. Otra cosa será que quiera publicarlo. Hay palabras demasiado íntimas para compartirlas con nadie.

Cuando termina una novela, ¿cómo está interiormente? ¿Qué sensaciones le quedan?
Como un orgasmo. Vacío y satisfacción. Expectación también.

¿Le apena terminar una obra porque con ella se despide de los seres que ha creado o por el contrario se alegra de quitárselos de encima?
Procuro empezar otra en seguida para que no haya nada parecido a la nostalgia. Pero más bien suelo odiar lo escrito por fatiga.

¿Cree que de alguna manera el hombre podrá crear una maquina que le supere a la hora de escribir un libro? ¿Por qué piensa eso?
Es que no lo pienso, oiga. Hay libros que pueden ser escritos por máquina, de hecho creo que algunos best sellers son producto de laboratorio.

¿En qué porcentajes cree que la literatura es de quien la escribe, de quien la necesita, de quien la vende o de otros?
Esto no es un foro de economía. No hablo de porcentaje. La literatura, en cualquier caso, no tiene dueño.

¿Qué o quién le inspiró su primer poema si es que lo hubo?
Si lo hice lo olvidé. Que no deja de ser un verso de amor.

¿Por qué “enseñar” a otros a escribir sin ánimo lucrativo?
Después de fracasar con talleres anteriores quería comprobar si había aprendido de mis errores. Sin ánimo lucrativo porque la palabra negocio se lleva mal con la palabra enseñanza.

¿Cómo se llama? Quiero decir, ¿”Tino” viene de algo así como Agustín o Constantino?
Celestino. Significa “que viene del cielo”. Creo.

¿Para ser un buen escritor hay que nacer con un don o todo se aprende?
Si mides 2,09 te será más fácil jugar al baloncesto. Pero midiendo 1,60 puedes aprender a encestar.

Clara Usón

Bio

Licenciada en Derecho, catalana, nacida en Barcelona en 1961, compaginó sus estudios con la creación literaria, de tal modo que en la actualidad, además de seguir creando obras, se dedica a la traducción de textos jurídicos. Ganadora del “Premio de Novela Femenino Lumen” en 1998 por su obra “La Noche de San Juan”, también tiene en su haber un volumen de relatos y las novelas “El primer vuelo” y “El viaje de las palabras”. Su última obra, “Perseguidoras” (editorial Alfaguara), desdobla la personalidad de la escritora en tres personajes.

¿Le fue difícil publicar su primera obra?
La primera novela que escribí no la publiqué, la segunda tampoco. Lo intenté, por supuesto, pero las editoriales a las que me dirigí las rechazaron. En su momento eso me dolió mucho, pero ahora me alegro: eran meros ejercicios de principiante, con todos los defectos de las novelas primerizas y no sé si alguna virtud, aunque no me arrepiento de haberlas escrito: me sirvieron para ir encontrando mi voz y para pulir mi estilo, de los errores se aprende. Tuve un golpe de suerte con mi tercera novela, Noches de San Juan, que ganó el premio femenino Lumen, inmerecidamente, me temo; ahora me parece una novela floja y mal escrita, pero eso ya no tiene remedio. La publicación de mis otras tres novelas no ha sido fácil ni inmediata; he sufrido múltiples rechazos editoriales, como tantos escritores. La experiencia me ha enseñado que publicar una novela no es garantía de la publicación de la siguiente; hay que luchar con cada libro.

¿El hecho de ejercer como abogada, le influyó de algún modo a la hora de crear los personajes de “Perseguidoras”?
Me fue muy útil mi experiencia como abogada para abordar el personaje de Ana, la hermana jurista. El de los abogados es un mundo que conozco de primera mano y por eso no tuve dificultad para describirlo.

Usted ha dicho que los personajes de las hermanas de su novela “El viaje de las palabras” son usted misma, en algún momento de la creación de su texto o posteriormente pensó: ¿esto no debería haberlo contado?
Creo que se refiere a Perseguidoras y no a El viaje de las palabras, pues en esta novela la protagonista no tiene hermanas. Mi afirmación de que las tres hermanas de Perseguidoras son yo misma debe entenderse en sentido metafórico, en el mismo espíritu de la célebre frase de Flaubert “Madame Bovary c’est moi”. Con ello quiero decir que hay elementos o rasgos de cada una de las hermanas con los que me identifico, pero las tres son personajes de ficción y en modo alguno autobiográficos. Sus vicisitudes personales no son las mías. He incorporado a la novela alguna anécdota o experiencia de mi vida personal, y muchas reflexiones y pensamientos propios, como creo que hacemos todos los escritores, pues nuestros personajes son una amalgama de nuestra memoria, observación e imaginación, utilizando una afortunada definición de Faulkner, pero en modo alguno debe leerse Perseguidoras como una obra de confesión o como una autobiografía más o menos velada; insisto en que es una obra de ficción y las desventuras y aventuras que contiene son puramente imaginarias.

Una vez leí que a algunos pintores les resulta muy difícil dar por terminada su obra y continuamente añaden detalles a su cuadro, hasta que lo venden y lo pierden de vista. Un escritor, al contrario que un pintor, no deja de “ver” su obra nunca. ¿Le ocurre a menudo que reescribiría y puliría su obra, o enseguida se da por satisfecha?
No me doy por satisfecha nunca (creo que esa es una enfermedad que padecemos la mayoría de los escritores). Reviso constantemente lo que voy escribiendo durante el proceso de creación de la novela y, con posterioridad, corrijo una y otra vez los sucesivos borradores. Calculo que reviso cada capítulo una veintena de veces, por lo menos, y si la editorial no me reclamara las galeradas de la novela para su publicación, todavía estaría revisándolas. Como toda obra humana, una novela es imperfecta y, por tanto, mejorable. Por eso jamás leo lo que ya he publicado, para no avergonzarme ni arrepentirme de lo escrito sin posibilidad de enmienda.

¿Cuando supo Ud. que su destino era escribir?
No estoy muy segura de que exista el destino, un concepto romántico de la vida que a veces suscribo y otras, pongo en duda. Prefiero hablar de vocación, una pulsión irresistible de hacer algo que la mera razón o la prudencia no pueden contrariar; al menos, no han podido en mi caso. Como todos, o casi todos, los escritores, primero nació en mí la pasión por la lectura. Desde niña leo compulsivamente, no concibo la vida sin libros, sería para mí un castigo. De esa afición lectora surgió el deseo de emular a mis autores favoritos, de inventar y escribir mis propias historias. No obstante, el sentido común o práctico de la vida me indujo a reprimir ese impulso y dedicar mis horas a una actividad más rentable que la escritura; yo no quería ser una víctima de la literatura y pasar penurias. De manera que estudié derecho y me hice abogada. Tenía un buen empleo, ganaba un sueldo holgado, pero… me sentía insatisfecha, mi trabajo no me interesaba, mi vieja pasión reivindicaba sus derechos. Y me puse a escribir, a pesar del sentido común, contra los dictados de la prudencia. Mi situación económica es mucho peor que hace quince años, pero disfruto con mi trabajo, por fin hago lo que quiero, aunque no sé por cuanto tiempo, vivir es muy caro…

¿Cree que existe algún tema sobre el que jamás podría escribir, o sobre el que usted de antemano se negaría a hacerlo por más que alguien le insistiera?
En principio, no creo que haya ninguna materia vedada a la literatura, de hecho, cuando la hay, es debido a la censura de los gobernantes, contra la que han tenido que luchar los escritores a lo largo de la historia y que, por desgracia, en el sXXI no ha desparecido del todo, sigue habiendo países en los que un escritor arriesga su vida o su libertad si se manifiesta sobre determinados asuntos. Dicho lo cual, debo reconocer que en ocasiones me he autocensurado, o he sido muy cuidadosa con la forma en que he abordado alguna cuestión, para no herir susceptibilidades ajenas; la experiencia me dice a que a la familia y a los amigos no les gusta salir en las novelas.

Normalmente a un aprendiz de escritor se le recomienda que sea lo menos autobiográfico posible. En cambio usted afirma que su novela “Perseguidoras” es autobiográfica… ¿Afectó a la calidad del escrito? ¿Hasta qué punto la autobiografía es admisible?
Ya he contestado en parte esta pregunta con anterioridad, así que me veo obligada a repetir que Perseguidoras no es en modo alguno una novela autobiográfica, si no pura ficción. A mí no me ha sucedido lo que les pasa a mis protagonistas, espero no decepcionar a nadie con esta confesión. No obstante, respondiendo a la última pregunta, insisto en que no hay ninguna materia, ni tema, que per se esté vedado al escritor; hay magníficas novelas autobiográficas o que se nutren en gran medida de la vida personal o de las experiencias del narrador, como la celebérrima En busca del tiempo perdido, de Proust. De manera que la narración autobiográfica es absolutamente permisible; parafraseando a Wilde, lo único que importa es que esté bien escrita.

¿Cree usted que escribir sobre experiencias personales o dejar entrever en una obra algún aspecto del autor, da más credibilidad a una novela?
Por regla general (hay alguna excepción) las narraciones tratan sobre conflictos humanos y sus personajes también lo son (en las fábulas, de hecho, los animales que las protagonizan están humanizados; en caso contrario, no podríamos identificarnos con ellos y no nos interesarían). De manera que ser una persona y haber tenido una experiencia vital ayuda a la hora de inventar personajes y desarrollar sus conflictos. Inevitablemente, el escritor hecha mano de familiares y conocidos a la hora de perfilar sus personajes, de atribuirles rasgos y características, de darles una encarnadura que los haga verosímiles, un poco a la manera del pintor retratista que emplea un modelo humano, no puramente imaginario.

Si usted conforma a las tres hermanas de su novela “Perseguidoras”, ¿cuál de las tres personalidades es la mejor para escribir una novela? ¿Y cuál le gustaría que fuese un poco más dominante sobre las otras dos para la vida cotidiana?
Creo que la estructura de la novela, configurada por tres historias cruzadas, las de las tres hermanas, da respuesta a esta pregunta: los tres hilos narrativos son complementarios e igualmente importantes. En cuanto a la segunda pregunta, si tuviera que encarnar en la vida real a alguna de mis tres hermanas, creo que por prudencia elegiría a Ana, la abogada; la vida de una persona adicta a las drogas o de una enferma mental es mucho más dura.

He leído su novela “Perseguidoras”, y me ha gustado la novela, así como retrata a estos tres personajes femeninos. Me gusta la dosis de humor que le da. Me ha impactado la hermana esquizofrénica. ¿De las tres hermanas, cuál fue la más difícil de crear?
El personaje que más quebraderos de cabeza me ha dado es precisamente el de Maite, la hermana que padece esquizofrenia, y no sólo por el trabajo previo de documentación sobre la enfermedad que realicé, si no porque me costó encontrar su voz; hice varios ensayos infructuosos y finalmente me decanté por esa segunda persona, bastante desquiciada, que habla con Dios.

¿Qué autor o autores sigue con más atención?
Muchos; soy lectora compulsiva desde la infancia. Uno de los grandes problemas logísticos de mi existencia es qué hacer con los libros que se amontonan a una velocidad preocupante sobre las mesas y estantes de mi casa. No podría enumerar ahora todas mis lecturas. ¿Qué autores he leído con más atención? Chéjov, sin duda, leo y releo sus narraciones sin cansarme nunca, Tolstoi (Ana Karénina, Guerra y Paz), Flaubert (Madame Bovary), Jane Austen, Maupassant, Proust, Henry James, Conrad, Joyce (sobre todo, Dublineses), Kafka, los cuentos de Hemingway, los de Carver, todo Borges y muchos más.

En “El viaje de las palabras” centra su obra en Chéjov, ¿qué es lo que le aporta este autor, o su obra, para haberlo elegido en lugar de Proust, Víctor Hugo, Balzac, Goethe o cualquier otro gran escritor?
“El viaje de las palabras” es un homenaje a Chéjov, mi escritor favorito. Tenía muchas ganas de conocerlo, pero había un inconveniente: estaba muerto. De modo que recurrí a mis ardides de escritora y me inventé un personaje que era mi alter ego, Lucía Almandoz, y la mandé a la Rusia de finales del sXIX, a la casa de campo de Chéjov. Ésa es la génesis de la novela. ¿Por qué Chéjov? Por muchas razones; porque es el creador del cuento moderno y un gran explorador de la naturaleza humana. Creo que sus narraciones resisten muy bien el paso del tiempo, siguen siendo absolutamente contemporáneas, porque retratan las pequeñas vidas y los discretos dramas de la gente corriente, con los que podemos identificarnos, pues sus conflictos personales y vitales: la angustia producida por el paso del tiempo, el desencanto, la incomunicación, los deseos insatisfechos, el miedo al fracaso, siguen siendo los nuestros.

Gabriela Bustelo

Bio

Nacida en Madrid en 1962, esta escritora y traductora española debutó en 1996 con su novela “Veo, veo” (ed. Anagrama), un relato posmoderno considerado hoy “novela de culto”. Además de ser una de las pocas autoras de ciencia-ficción en nuestro país (con su segunda novela, “Planeta Hembra”), tiene un estilo altamente influenciado por la cultura comercial y nuevas tecnologías. Su tercera novela “La historia de siempre jamás”, ha tenido un éxito tan inesperado como apreciable, permitiéndole limitar sus apariciones en prensa y trabajos en la privada (Salvat, Warner, Microsoft) para dedicarse de lleno a su cuarta novela.

¿Le gustaría acercarse a los grandes de la ciencia ficción como Sagan, Asimov, etc., o simplemente quiere ser recordada como escritora?
Al publicarse mi segunda novela se me relacionó con escritores como Orwell, Huxley o Asimov, a quienes he leído y admiro. La verdad es que no me he planteado cómo quiero ser recordada, y tampoco sé si volveré a escribir o no una novela de ciencia-ficción.

¿Se ha planteado alguna vez escribir en inglés una novela o cree que el español es el idioma más rico para poder contar todo lo que tiene que decir en el mundo de la literatura?
El español es mi idioma materno. Además de ser enormemente rico, es el que me resulta natural para expresarme. Pero tengo escrita en inglés mi segunda novela y no descarto traducir las demás.

¿Escribir sobre nuestros prejuicios es para usted una terapia o su forma de hablar al mundo?
Creo que la literatura no sirve como terapia, porque aporta más preguntas que respuestas. En cuanto a los prejuicios, me asombran los ajenos tanto como los propios, y no puedo evitar escribir sobre ellos. Mi forma de comunicarme con el mundo es la escritura.

El haberse criado en dos países, en dos continentes, ¿sólo ha aportado cosas buenas a su literatura, o lleva añadido algún desarraigo?
Creo que desde el punto de vista literario me ha aportado cosas buenas. Varios escritores, desde clásicos como Conrad y Nabokov hasta contemporáneos como Shteyngart, han estado a caballo entre dos culturas. Desde el punto de vista personal, en cambio, la falta de raigambre deja una constante sensación de estar en tierra de nadie.

¿Qué es lo más importante a la hora de escribir ciencia ficción?
En primer lugar, conviene tener una idea clara del concepto central de la novela, como sucede con cualquier género literario. Después hay que lograr crear un mundo creíble en unas coordenadas espacio-temporales muy distintas de las propias.

Estoy de acuerdo con usted en que la situación de este país ha cambiado mucho. Sin embargo, ¿no cree que España es un gigante con pies de barro?
España es un país singular, con virtudes admirables y defectos aterradores. Su gran reto es lograr ponerse al día de una puñetera vez. Ni es tan gigante, ni tan inestable como pueda parecer.

¿Hubo un determinante en su vida que la impulsó a la literatura?
En el colegio y la universidad se me daban bien las materias relacionadas con la escritura, pero a los veintiséis años tuve una crisis y me salió la primera novela casi de golpe.

Veo que ha traducido obras de grandes escritores (y no tan grandes, imagino). ¿Esta actividad le ha ayudado a forjarse un estilo propio?
La última vez que entrevisté a Javier Marías me confesó que traducir le afinó mucho la técnica literaria. Es obvio que se aprende traduciendo a los clásicos, pero también son útiles las obras menores. Traducir un libro es como colarse en casa de un autor y descubrir todos sus secretos.

¿Es fácil sentarse en el sillón de los sarcasmos a la hora de plasmar cualquier tipo de denuncia, en una obra literaria como la suya?
Para una obra autocrítica como la mía, un país tan poco irónico como éste es el peor público posible.

¿Se siente más valorada/ conocida en Estados Unidos que aquí?
Hay un grupo de críticos estadounidenses que ha sabido reconocer mi intención satírica. Quizá sea un país donde resulta más fácil analizar una obra literaria sin apriorismos.

¿Qué libro está leyendo en este momento?
Estoy leyendo la última novela de Philip Roth y releyendo los cuentos de Augusto Monterroso.

En sus novelas “Veo Veo”, “Planeta Hembra” y “La historia de siempre jamás” recorre los géneros de la novela negra, la ciencia ficción y el thriller. ¿Estos cambios en el enfoque y el estilo se deben a una capacidad innata o a un profundo estudio y trabajo constante?
Da un cierto apuro contarlo, pero me levanto a las siete de la mañana y a las ocho ya estoy trabajando. Traduzco por la mañana, durante ocho horas, y escribo por la tarde, de siete a nueve. No sé si eso se considerará una capacidad innata o un trabajo constante…

¿Con qué género nos sorprenderá en su próxima creación?
En esto me pasa como a las cantantes folklóricas, creo que hablar de los proyectos futuros da mala suerte.

Lucía Etxebarría

Bio

Nacida en Valencia, hija de padres vizcaínos, y licenciada en Filología y Periodismo por la Universidad de Madrid, ha sido guionista (“Sobreviviré”; “I love you baby”), jefe de prensa (Sony), responsable de comunicación (Fnac Callao), editora (Astarté) y profesora de escritura de guión (Universidad de Aberdeen, Escocia, donde la investirían Doctora Honoris Causa).
Aunque ya había publicado una biografía, “La historia de Kurt y Courtney: aguanta esto”, se considera su primera novela “Amor, curiosidad, prozac y dudas”. La segunda, “Beatriz y los cuerpos celestes”, ganaría el Nadal en 1997. Después de “Nosotras que no somos como las demás”, abriría un paréntesis ensayístico (“En brazos de la mujer fetiche”) que terminaría en el 2001, con la publicación de “De todo lo visible y lo invisible”, ganadora del Premio Primavera. El Premio Planeta le llegaría en el año 2004 gracias a “Un milagro en equilibrio”.
En primavera de 2007 ha publicado “Cosmofobia”.

Qué siente al pasar una página de su último libro impreso al tiempo que la vida no da tregua.
Le he dado muchas vueltas a cómo contestar esta pregunta. Cuando me dieron las primeras copias impresas de “Amor, curiosidad, prozac y dudas” es cierto que sentí una emoción tremenda, pero ahora ya me he acostumbrado. No te digo que no me haga ilusión ver copias impresas de mis libros, pero no se me sale el corazón ni nada de eso.

¿Las paredes de su casa han dejado de ser rebeldes o su corazón sigue haciendo graffitis?
En las paredes de mi casa hay dibujos de mi hija. Mejores que los de Schnabel. Y no es pasión de madre.

¿Cree usted que Internet es una vía fiable para la publicación de un libro?
Sí, creo que podría serlo. De hecho, hay muchos clásicos publicados en Internet. Hace poco encontré “La Condesa de Langeais” de Balzac por Internet. En librerías no lo he encontrado nunca. También encontré en Internet la obra completa de Laura Riding, que es dificilísima de encontrar.

A lo largo de su fructífera carrera habrá conocido a muchas personas interesantes y a otras que desearía no haber conocido nunca. ¿Puede nombrar a una de cada parte sin ruborizarse?
Interesantes: Ana María Matute, Catherine Deneuve, James Brown ( a éste lo conocí antes de empezar carrera ninguna con 20 años) , Charlie Haden, Yasir Arafat… La verdad es que podía hacer una lista enorme. Las nombres de las personas a las que desearía no haber conocido no te dirían nada, puesto que no son famosas.

Lucía, tanto usted como Zadie Smith son de mis escritoras favoritas, y últimamente he encontrado similitudes entre las obras de ambas, al menos en la descripción de sus personajes, en los pensamientos íntimos de las protagonistas… ¿Se lo había comentado alguien alguna vez, o es simplemente deseo personal mío?(A propósito, he leído sus predicciones para 2008, enhorabuena por el acierto con Nadal y Wimbledon; espero que se haya sacado el carnet de conducir…)
Es un honor que me compares con Zadie Smith, porque me gusta mucho, y sí, es la primera vez que me lo dicen. Me voy a comprar una bola de cristal y unas cuantas velas negras para dedicarme a hacer de bruja de forma profesional. Y no, un año, cien clases, cuatro exámenes y 3.000 euros más tarde no he conseguido sacarme el carnet.

¿Cómo consigue definir con tanta precisión a sus personajes? ¿Vive intensamente la vida de todos ellos?
Sigo el método Stanislawski. Me concentro en lo que vive el personaje e intento captar sus sentimientos. Los estudio con todo el cuidado posible y los describo lo más precisa, completa y vivamente que puedo. Cuando escribo, mi principal preocupación es la de identificarme con mi personaje, aunque sea un hombre, o una mujer mayor o más joven que yo, o de una clase social diferente. Intento buscar en mi propia experiencia elementos semejantes a los que ocuparían la visión interior del personaje. También me documento muchísimo, hasta la exageración. Por otra parte, jamás me invento las cosas. Todo lo que cuento halla un correlato en la realidad, pero no necesariamente me ha pasado a mí.

Como curiosidad soy una Amanda de 17 años, llamada así por “Te recuerdo Amanda” de Víctor Jara, porque significa la que debe ser amada y porque no existe santa Amanda. Cuando leí “Un milagro en equilibrio” me sentí absolutamente vulgar, jaja. Coincidencias aparte, como mujer escritora, ¿hay diferencias entre ser escritora y ser escritor? ¿Por qué?Quizás la respuesta parezca evidente, pero tenga en cuenta que soy muy joven y a mi generación se nos repite constantemente que vivimos en una sociedad de igualdad, soy consciente de que en realidad no es así, pero nunca se me había pasado por la cabeza que en la literatura pudiera existir algún tipo de discriminación…
Las diferencias entre “literatura masculina” y “literatura masculina”, más que estar relacionadas con el sexo/género de sus autores y autoras lo están con la adopción de una posición hegemónica o marginal, tradicional o innovadora y con la identificación o la subversión de los roles y los modelos culturales. Autor y lector no son sujetos neutros, universales, teóricos, sino sujetos encarnados y sexuados. Como señala Patrizia Violi “la diferencia sexual constituye una dimensión fundamental de nuestro experiencia y de nuestra vida, y no existe ninguna actividad que no esté en cierto modo marcada, señalada, o afectada por esa diferencia” (Violi, 1991). Por ejemplo, y sin ir más lejos, a día de hoy una mujer que confesara publicamente que se había acostado con más de cien hombres, se buscaría un problema. Cuando Julio Iglesias lo dijo, se convirtió en un mito. Las mujeres percibimos menos salario por igual trabajo, estamos más sometidas a violencia, tenemos muchas más probabilidades de sufrir acoso sexual que los hombres, etc… Y en tres cuartas partes del mundo las mujeres son esclavas de sus padres o maridos, que pueden comprarlas y venderlas, castigarlas, obligarlas a cubrirse con un veño o extirparles el clítoris. La vida no es igual a día de hoy para hombres y mujeres, tampoco lo son las experiencias de socualización
Es así como un gran número de críticas literarias opina que el género, como preferencia textual, remite a la relación que un determinado/a escritor/a mantiene con el modelo cultural dominante de la identidad femenina o masculina, y en este sentido, diferentes sectores de los women studies, han afrontado el tema del género que se inscribe en el texto.
Una historia de la literatura que incluya a las escritoras no debiera plantearse en términos de sexo-género, sino como un problema de cultura silenciada. La cultura femenina, perteneciente a un grupo de población marginado del poder, es una cultura subalterna frente a la cultura dominante.

¿De qué disfruta más, de escribir novelas o artículos cortos?
De escribir novelas, sin duda.

Si usted abre una novela de un escritor principiante que comienza con la frase: “Marie Cole ha muerto”, ¿qué esperaría encontrar? ¿Cree que podría prometer?
Pues la verdad… así, prometer, prometer… no promete mucho, pero una frase no significa gran cosa. Lo malo sería si las diez primeras frases de la novela no me convencieran.

¿Un buen escritor ha de ser un lector crítico de su propia escritura?
Por supuesto. Yo, por ejemplo, corrijo hasta diez veces el primer manuscrito. Me consta que la mayoría de los buenos escritores corrigen, recorrigen y podan mucho.

Para mí el domingo tiene sentido gracias a sus breves relatos/opiniones que aparecen publicados en el “magazine”. Me sorprende la capacidad que tiene para tratar muchos de los temas que a todos nos preocupan utilizando anécdotas y vivencias en primera persona. ¿De verdad le han sucedido a usted (o a sus amigos o conocidos) tantas peripecias, o es su imaginación la que funciona a todo tren y utiliza esta pequeña estrategia para llegar mejor al lector (si es un secreto entenderé que no responda a la pregunta)?
Todo lo que cuento es real. Lo juro. No invento nada. Y mi amiga la terapeuta existe, lo juro. Es una de mis mejores amigas. De hecho, cualquier día doy su nombre y la dirección de su consulta. Se forraba fijo.

Marta Sanz

Bio

Doctora en Literatura Contemporánea, esta madrileña (1967) comenzó su andadura literaria en un Taller de Escritura, en el que conoció al editor de la editorial Debate, donde publicó su primera obra, “El frío”, y otras como “Los mejores tiempos”, que ganaría el Premio “Ojo Crítico de Narrativa” en el año 2001. Ya en la editorial Destino publicó “Animales Domésticos” y “Susana y los viejos”, con el que quedaría finalista del Premio Nadal en 2006.
No sólo novelista, ha ejercido la crítica literaria, la docencia (Universidad Antonio de Lebrija) y la colaboración en “El Viajero” de El País. Cuentos y ensayos pertenecen también a sus obras, llegando a ganar el XI Premio Vargas Llosa de relatos. Su última obra se puede encontrar en la editorial RBA: “La lección de anatomía”.

¿Una buena obra literaria, es siempre mejor si en su contenido abunda el texto arriesgado?
No sé si son mejores o peores, pero a mí suelen interesarme más los movimientos artísticos que adoptan posturas intrépidas respecto a la realidad y a las maneras de hacer arte o de escribir literatura; de hecho, creo que una cosa lleva a la otra: si miras la realidad con unos ojos diferentes, tu manera de expresarla también va a ser diferente porque las formas son, en definitiva, un opción ideológica. Me interesan los autores que tratan de introducir una disonancia en la música de fondo, de cuestionar las frases hechas de nuestra sociedad, de iluminar lo que nadie tiene ganas de ver: propuestas arriesgadas que no resultan confortables para un mercado cada vez más pagado de sí mismo, más autoritario y más acomodado en lo reconocible. Me gustan los libros que me meten el dedo en el ojo y me hacen pensar.

¿Que prefiere, cuento o novela?
Depende de lo que quiero contar. Si quiero reflejar una imagen, una situación, una sensación aislada, si quiero concentrarme en un solo punto y “dar con la flecha en el centro de la diana”, entonces, escribo un cuento. Si lo que quiero hacer es dibujar los márgenes, las periferias, historias de más de dos o tres personajes en un periodo de tiempo amplio o dilatado a la fuerza, escuchar más voces, jugar con el punto de vista, “ver completo el partido de fútbol” y no sólo la rodilla lesionada de un futbolista, entonces escribo una novela. Lo cierto es que me siento más cómoda en la segunda situación y que, en cualquier caso, escribiendo novelas o cuentos aspiro a formular preguntas complejas o incluso a arriesgar respuestas o hipótesis sobre lo real.

¿Su rigurosidad le permite escribir SIEMPRE aquello que desea, o por el contrario se deja llevar por cierto temor al qué dirán? Teniendo en cuenta que no es fácil escribir para publicar, supongo que algo de ese temor le condiciona, ¿o no?
Esta pregunta voy a responderla “a calzón quitado”: siempre que saco un libro tengo muchísimo miedo. Y tengo muchísimo miedo por un montón de razones: porque no se puede escribir sin un margen de incertidumbre e inseguridad personal; porque es muy difícil encontrar un punto de equilibrio entre las propias seguridades y lo que los demás dicen de tus libros; porque quiero ser una persona humilde y, al mismo tiempo, no estoy dispuesta a asumir todo tipo de críticas; porque soy consciente de la responsabilidad de cada palabra escrita y conozco el campo literario en el que me muevo y del que formo parte… Por todas estas razones, siento miedo cada vez que publico un libro y, también por todas estas razones, he llegado a la conclusión de que hacer lo que me da la gana a la hora de escribir es la única opción honesta, la única que tiene sentido… No se trata de sobrevivir a cualquier precio en el mundo de la literatura, sino de persistir sin obcecación, racionalmente, en una propuesta, en una poética, en un deber ser que es el que reconoces como propio.

¿La mezcla de géneros es el futuro de la literatura?
Y el presente. Y el pasado. Los géneros se vienen mezclando desde tiempos inmemoriales. No hay más que echar un vistazo a la historia universal de la literatura. Sin embargo, yo no soy “ortodoxa” en este sentido; es decir, no creo que el único futuro de la literatura tenga que ver con el borrado de fronteras entre los géneros: a veces adivino en esa posición una inspiración manieriesta, epatante y bastante hueca, que no se relaciona con la necesidad de reformular un género o de fusionarlo con otros o de crear uno nuevo porque cambia el mundo y las visiones que tenemos de él. Por otra parte, tengo la sensación de que por mucho que nos empeñemos el mundo no ha cambiado tanto como para que nos urja jubilar géneros que siguen siendo operativos: los esquemas de la novela decimonónica siguen siendo válidos, entre otras cosas, porque nuestras sociedades se siguen rigiendo por valores de corte decimonónico y por relaciones de clase que, desde luego, también lo son.

Usted habla de las inercias que suponen un premio ¿Podría explicarnos en que consisten y qué peligro pueden encerrar para la creación de una obra?
El peligro mayor consiste en la tentación de la autocensura; tanto la autocensura previa, como la posterior a la concesión de un premio que te permite mantenerte en un determinado catálogo o sello editorial. Escribir lo que crees que, a priori, se espera de ti para ganar un premio y, a posteriori, seguir escribiendo lo que se espera de ti por haberlo ganado. En definitiva, ser deshonesto y no escribir lo que uno cree que de verdad debe escribir o identificar “lo que uno debe escribir” con lo que uno debe ganar.

Cuando se utilizan datos de la propia vida para introducir en la obra, ¿se corre el riesgo de exagerar los recuerdos, o por el contrario se es más sincero, más puntual, más valiente que con el propio pensamiento?
A mí me parece que en las ficciones, incluso en la literatura fantástica, los escritores siempre utilizamos nuestra propia vida de un modo o de otro: puede tratarse de un dato concreto, un dato autobiográfico susceptible de ser cotejado con otras versiones, o puede tratarse de una percepción, de una sensación, de un pensamiento motivado por algo que ha sucedido. Todo lo que escribes te ha sucedido o te está sucediendo de algún modo. Yo he escrito una novela autobiográfica porque me sentía un poco impostora o un poco cobarde al haber hablado de mi vida en otros libros encubriéndome o curándome en salud: lo que concede estatus literario a la experiencia, lo que concede autenticidad a las verdades o las mentiras que contamos, es en última instancia el lenguaje. En el caso de mi última novela, La lección de anatomía, el lenguaje me ha servido para acotar mis recuerdos con mayor precisión ahondando hasta un punto que, antes de ponerme a escribir, yo creía, por lo menos, improbable. La memoria es un músculo que puede ejercitarse y que, para la escritura, resulta imprescindible. Memoria de la Historia en las historias, de lo colectivo en lo individual, y de lo público en lo íntimo. Memoria de las percepciones y de los sentimientos. Memoria de lo insustancial y de los síntomas. Memoria prestada y de los lenguajes ajenos que no se pueden separar y nos sirven para construir la memoria propia.

¿Se considera una escritora socialmente comprometida?
Sí. Y sin que la palabra “compromiso” me provoque ningún tipo de urticaria. Me reconozco dentro de esa tradición ideológica, artística y moral. La literatura política suele circunscribirse a determinados temas marcados y se interpreta siempre en clave de panfletarismo: un pistoletazo en medio de un concierto como apunta Belén Gopegui, en su lúcido ensayo, retomando una frase de Stendhal. Sin embargo, se puede escribir literatura política sin hacer ejercicios épicos, desde el espacio de la intimidad, convirtiendo las lecciones de anatomía en lecciones de geografía y de historia… La reconstrucción de un sentimiento en un libro puede tener una intención y una lectura políticas. Por otra parte, no podemos obviar la cuestión de que hay ideologías más demonizadas que otras y eso también se pone de manifiesto en la literatura. La conciliación, la equidistancia, ciertas modalidades de un cinismo light, la ironía son los conceptos clave de la corrección política que impera en el discurso literario actual: en la medida en la que un autor adopta una posición no conciliadora, no coincidente con los lugares comunes de ese buen rollito que ha hurtado y pervertido el significado de palabras como libertad –libertad para matar y para reprimir- o solidaridad, inmediatamente ese aspecto se suele subrayar como una debilidad dentro de un discurso literario que juega a la asepsia o a la pureza formal inmanente a las reglas sacrosantas de la Literatura con mayúsculas. Algunas novelas gustan, “aunque” sean políticas: se les hace una concesión. El problema es que la política, como defecto estilístico, sólo se asocia a un determinado tipo de ideología, porque todas las novelas se comprometen, todas dejan una huella negra sobre la nieve blanca; sin embargo, algunas huellas se difuminan, se mimetizan con la atmósfera del discurso del poder, reproducen el esquema dominante y su ruido se amortigua en la complacencia y en la comodidad colectivas. En la vida real no deja de suceder lo mismo: si tú declaras públicamente que eres comunista, alguien enseguida te pone en el brete de tener que justificarte personalmente por los crímenes de Stalin; sin embargo, si dices que eres del PP, nadie te sugiere que pidas perdón por la trata de esclavos, por las guerras por el control comercial de los océanos o por las penas de muerte de la represión franquista… Como mucho te echan en cara la participación en la guerra de Irak. Me interesa escribir textos que expresan posiciones que no están en sintonía con la ideología hegemónica: novelas que actualizan el concepto de clase, el concepto de familia como colchón económico; que hablan de la amenaza del despido, del riesgo en el trabajo, de la perversidad intrínseca de la acumulación de capital, de la mediocridad; novelas que repudian una ideología blanda del amor que también es alienante… Novelas que hablan de la “no felicidad” que no es lo mismo que la infelicidad. Yo sigo creyendo en la validez del marxismo como instrumento explicativo y transformador de la realidad. Ahora con la propuesta de jornada de 65 horas, la directiva de la vergüenza, los ataques de Israel a Gaza y la crisis financiera mundial, con más motivos que nunca…

Leyendo un artículo muy interesante suyo sobre la necesidad de entretener, me ha quedado un duda un tanto filosófica, al igual que se preguntaba si hacía ruido aquel mítico árbol que caía en medio de un bosque en el que no había nadie que lo pudiera oír, ¿cree usted que un libro que interese únicamente a su autor, o que no consiga entretener a los lectores puede llegar a ser un buen libro? Es decir, ¿puede haber buena escritura sin una forma o un fondo atractivos?
El problema en gran medida consiste en con qué significados rellenamos la palabra “atractivo”: ¿es atractivo lo bonito?, ¿lo útil?, ¿lo triste?, ¿lo ameno?, ¿lo verídico?, ¿lo escatológico?, ¿lo complicado?, ¿lo metafísico?, ¿lo escandaloso?, ¿lo sentimental?, ¿lo culturalista?, ¿lo cotidiano?, ¿lo fantástico?… Yo no tengo nada en contra de lo entretenido, hay libros y películas entretenidos, sin mayores pretensiones, que me encantan y son más tontos que un cubo…; sin embargo, cuando el contenido de “lo atractivo” para los lectores se reduce a “lo entretenido”, entendido en sus acepciones de desvelar secretos y misterios, sorprenderse con juegos de luces, resolver enigmas y poder leer con rapidez, para distraerse, y sin darle muchas vueltas a la cabeza, y se desechan otras acepciones de lo atractivo como “lo instructivo”, “lo problemático”, “lo disonante” o sencillamente lo que supone un esfuerzo mayor que ver una serie en la tele o cliquear de una pantalla a otra del ordenador, es cuando en Huston, en Oviedo o en Madrid, tenemos un problema. En este sentido, creo que hay libros que no consiguen entretener a los lectores, que no se venden nada y que, sin embargo, son estupendos; y libros que entretienen muchísimo, se venden un montón y son abominables. Si me paro a analizar los significados con los que una mayoría del público lector rellena la palabra “atractivo”, si me percato de cómo se solapan los conceptos de calidad y de cantidad en la configuración del canon literario, si trato de buscar una respuesta a por qué leemos tan poca poesía -¿es mala toda?, ¿no es “atractiva”?-, si reflexiono sobre qué significa de verdad respetar a los lectores, entonces desconfío por principio de todos los libros que se venden mucho. Con las gloriosas excepciones que todos conocemos: Trilby, Un lugar en la cumbre, Cien años de soledad… Porque esto, claro, no es una ciencia exacta.

¿Qué opina de los talleres de escritura? Y
o fui alumna durante tres años de la Escuela de Letras de Madrid y sólo puedo decir que allí aprendí mucho, no sobre cómo se debe escribir porque obviamente no existe una única manera, pero sí sobre lo que no se debe hacer nunca si uno pretende escribir un texto literario. Creo que tomé un atajo en un proceso de aprendizaje que quizá, si lo hubiese recorrido en solitario, hubiese sido más lento. Allí también conocí a gente que después ha sido fundamental en mi trayectoria literaria como a mi primer editor, a mi amigo, Constantino Bértolo. Ahora soy profesora en esa misma Escuela porque estoy convencida de que hay cosas que desde luego se pueden enseñar o compartir con los futuros escritores.

Su labor de docente, ¿cómo le influye a la hora de escribir?
A veces las clases han sido tema de ciertos capítulos de mis novelas y a veces me han servido para poner los pies en la realidad, darme cuenta de cómo son las cosas, los problemas de la gente, sus preferencias, comprobar cómo involucionamos o evolucionamos, familiarizarme con otros puntos de vista, salir de mi propio ombligo… En mis clases he discutido y dialogado con mis alumnos, me he deprimido, he disfrutado, he pasado ratos horrorosos y ratos divertidísimos, me he enriquecido humanamente y he aprendido a ponerme en el lugar de los demás, también me he sentido miserable y falsa… Incluso he hecho amigos que todavía conservo. Yo he crecido recibiendo y dando clases. Todo eso se refleja en mi manera de concebir el proceso de comunicación literaria e incluso en el título de La lección de anatomía. De las clases he sacado cosas que quería contar y también una idea que puede trasladarse a las relaciones actuales entre lector y escritor en el ámbito literario: la visión demagógica de que todas las opiniones son respetables y de que, al final, el que paga manda.

¿Qué opina de la literatura que se está haciendo actualmente en España?
En este país hay escritores muy valientes y artísticamente poderosos que, con sus propuestas, tratan de intervenir en un statu quo que es, al mismo tiempo, literario, económico, político y social. Aunque las condiciones del mercado editorial cada vez constriñen más las posibilidades de subsistencia de este tipo autores, quedan muchos y muy respetables insurrectos y resistentes que a menudo encuentran espacio en los catálogos de pequeñas editoriales que están llevando a cabo una magnífica labor o de grandes editores que, poniéndose el mundo por montera, dejan de mirar un ratito las cuentas de resultados y se acuerdan de que vender un libro no es lo mismo que vender un caja de botellines o una colección de botones para abrigos de entretiempo. Hay esperanzas, muchas cosas que contar, rendijas por las que colarse para hacer las cosas lo mejor posible…

Sofía F. Castañón

Bio

Gijonesa del 83, colaboradora en La Nueva España, 20minutos y Les Noticies, poetisa y teatrera (Atodaprisa, Lata de Zinc), codirectora de la productora Señor Paraguas, fundadora del colectivo Ropa Tendida (con el que ganó en el 2006 el Premio Astragal por el montaje “El Desafío”); premiada, también ese año, con su primer poemario “Animales Interiores” (Trabe), ha participado en diversas antologías (“Hank Over”; “Qué nos han hecho”), pero sigue escribiendo poesía. Su última publicación es “Últimas cartas a Kansas”, premio Pablo García Baena 2007.

¿La veremos alguna vez en la prosa, o no saldrá de la poesía?
Me divierto muchísimo escribiendo narrativa y en algo más de un mes saldrá una antología de jóvenes narradores asturianos (La edad del óxido, Laria) en la que está incluido un relato con el que también me lo pasé muy bien. No sufro escribiendo –por lo visto, hay a quienes les pasa-, por eso me disperso por el género.

¿Considera que por ser una escritora tan joven pueda tener ciertos problemas a la hora de codearse con escritores ya consagrados o piensa que para ser escritor no importa la edad?
Creo que ahora es probablemente el momento en el que más fácil se acccede a ese “codearse” que, imagino, se refiere a la publicación o la participación en “saraos literarios”.

¿Por qué poesía? ¿Cómo lo decide uno? ¿O lo decide la poesía por el escritor?
Al final se trata de contar historias. Y cada una llega disfrazada con lo que quiere, se visten con un tono y a mí me toca describirlas. En mi caso va un poco así…

¿Alguna vez, alguien, le ha pedido que le explique uno de sus poemas? Si ha sido así ¿lo ha hecho? ¿Qué le ha respondido?
Es algo que sólo ocurre en las lecturas en institutos. Una de las mejores –claro, y a la vez más extrañas- experiencias fue en un instituto de Córdoba, durante la pasada edición de Cosmopoética. El porfesor había trabajado con los alumnos muchísimo y estos querían continuamente una traducción de cada metáfora. Entender qué era un pájaro enrealidad, o un gato, o de qué hablamos cuando mostramos una escena cotidiana. Sudas. Sobre todo porque sus interepretaciones pueden ir –y van, en ocasiones- más allá de lo que tenías planeado…

Documentándome sobre usted en Internet tengo que confesarle que me ha dejado impresionado, poesía, vídeo clips, moda, teatro, blogs,… Esta claro que la creatividad está presente en su vida, ¿cuál es su mayor ilusión/sueño/reto dentro de todos estos campos?
Mi mayor ilusión es poder vivir de lo que me gusta –que no deja de ser el sueño de todos- contando historias en el formato en que estas lleguen. Y eso es un reto.

He tenido ocasión de leer sus poesías y confieso que me han gustado pero ¿Se atrevería usted a escribir en prosa?
Muchas gracias (siempre me sonrojo con estas cosas: ventajas de las entrevistas electrónicas el que no se aprecie). Sí, cuando logre llevar a cabo un plan maestro que premita disponer de más tiempo me gustaría comenzar con un proyecto más largo. Y más serio, claro. Con el vértigo que da eso…

A la vez que la felicito por su trabajo literario, quiero aprovechar para preguntarle sobre otra de sus actividades. ¿Qué cree usted que se necesita en el mundo audiovisual para que Asturias llegue al nivel de comunidades como Madrid, o Cataluña, o incluso Galicia?
Supongo que se necesita una industria, que es algo de lo que carecemos. Creo que no voy a entender nunca el hecho de que existan tantos centros de formación en materia audiovisual (menos universitaria, que será siempre la eterna promesa y se quedará en eso) para que luego apenas existan puestos de trabajo. Ahora mismo existen sólo en Asturias más de trescientas productoras. El problema es que no hay una demanda de trabajo que pueda abastecer de un modo real a estas empresas. Al final, pasa lo de siempre –y no sólo en el campo del vídeo o el cine-, que no hay una apuesta por real por lo made in aquí. Las campañas grandes se contratan fuera.

Al ser la poesía una clara manifestación de los sentimientos, ¿prefiere expresarse en asturiano o en español?
Escribo en asturiano, aunque es algo que aún no he mostrado salvo en un par de ocasiones. Me expreso, según la situación, igual que hago en mi vida. Me parece lo más sencillo para no caer en algún tipo de esquizofrenia. Con todo, y aunque no niego que sea una manifestación de sentimientos, creo que todo ha de ir un poco ficcionalizado, reelaborado. Alejarse de lo que sea está bien, hace falta para llegar a los demás y no hacer una mera confesión.

Con la poesía es posible explotar más el lado sensorial de los signos, provocando efectos acústicos y hasta visuales adicionales. ¿Qué sonidos, que palabras le gustan más y cuáles detesta?
Me gustan mucho las palabras que uso a diario, y que oigo –los informativos no cuentan, y menos los retruécanos propios de la sección “deportes”-. No tengo palabras fetiche y tampoco desprecio, en principio, ninguna en concreto. Hasta las espantosas (“poetisa” me parece en sonoridad y concepto un horror) son útiles.

¿Tiene un tema preferido para escribir sobre él?
Existe una máxima bastante extendida y que, en cierto sentido comparto, de que al final uno siempre escribe el mismo poema una y otra vez. La única obsesión que intentamos plasmar como un “eterno retorno”. Quizás en esa búsqueda resida el tema.

Nicolás Casariego

Bio

Nacido en Madrid en 1970, casta familiar literata, nadador entre dos aguas, o entre varias: relatos (“La noche de las doscientas estrellas”, amén de otros diseminados en diversas antologías), novelas (“Dime cinco cosas que quieres que te haga”), adultos, juventud (“Marquitos detective”), sin decidirse por nada, ni para qué. Finalista del premio Nadal en 2005 con “Cazadores de Luz”, que podemos encontrar en la editorial Destino, junto con su libro de relatos “Lo siento, la suma de colores da negro”. Colaborador en revistas, periódicos, publicaciones, con sus artículos (también los tiene de viajes), e incluso guionista (“Tú qué harías por amor”).

(C) La Nueva España (www.lne.es)

(C) La Nueva España (www.lne.es)

¿Crees que un escritor es mejor que empiece a despuntar joven, o pasados por ejemplo los treinta años, que ya tiene una cierta madurez? No hay reglas. Se pueden escribir libros magníficos con veinte, treinta, o setenta años. Serán, eso sí, libros diferentes.

¿Que cree que necesita alguien que empieza? Haber leído mucho y bien, tener a alguien cerca que lea bien y te lea, tomarte cada texto como si fuera el último de tu vida, perseverar…

¿Cuantas horas al día dedica a escribir? No lo sé, es variable. Tres o cuatro, a veces más.

¿Cree Ud. que un escritor es un vendedor de palabras? No, en todo caso un domador.

¿Cree que la profesión de escritor es solitaria, o todo lo contrario, al habitar en usted multitudes? En mí habitan las mismas multitudes que en otro cualquiera, porque nadie es uno sólo. Y escribir es muy muy muy solitario, porque convivir con tus propias máscaras no es ni convivir.

Si no hubiera sido escritor, ¿qué otra cosa hubiera hecho? Envidio a la gente que tiene capacidad de decisión sobre proyectos o asuntos con una finalidad práctica. Eso sí, como diría un niño pequeño, sólo me gustaría ser jefe.

¿El hecho de pertenecer a una estirpe como la suya, le obliga a exigirle más a su creatividad? No, al final escribir consiste, entre otras cosas, en encontrar tu propia voz y, aunque pueda parecer extraño, en aceptarla, en no rebelarte contra ella. Pedro la tenía, Martín la tiene y yo también la tengo. Al escribir no pienso en mis hermanos, ni en ningún otro escritor.

¿Qué siente un escritor cuando después de un gran esfuerzo, se queda a las puertas de un premio como el Nadal? Bueno, ya sabe que el esfuerzo, en esto de los libros, se supone y no puntúa… Ser finalista del Nadal estuvo muy bien, y conocí a Zarraluqui, el ganador, del que me hice amigo. “Cazadores de luz”, mi novela, es la misma con premio y sin él.

Nicolás, confieso que te sigo por tus articulos de Telva, tan íntimos y tan pegados a la realidad…. Mi pregunta es la siguiente: cuando estudiaba el bachiller en Oviedo llegué a conocer al historiador Jesús Evaristo Casariego, un personaje curiosísimo y que vivía en Luarca en “La Casona de Barcellina” ¿Sois por casualidad tu hermano y tú descendientes de este señor? Gracias por lo de los artículos de TELVA. Al final, resulta que muchos conocidos me “confiesan” que los leen, y a mi me ha permitido probar qué tal se me da cierto sentido del humor, y acercarme a asuntos cotidianos con una mirada que pretende ser distinta o, l menos, curiosa. En cuanto a Jesús Evaristo Casariego, probablemente seamos parientes lejanos. Quizá fuera primo de mi abuelo, Francisco Casariego, el arquitecto y pintor ovetense, pero no lo sé.

¿Vive usted de la literatura, o necesita trabajar en otra cosa para poder permitirse el lujo de comer de vez en cuando, además de comprar folios y tinta para la impresora? Llevo unos años viviendo de la literatura y aledaños, está por ver si podré permitírmelo siempre.

¿Se aísla del mundo para escribir? Tengo facilidad para concentrarme, formar parte de una familia numerosa tiene sus ventajas. Eso sí, cuando te vas a escribir fuera de Madrid, a un lugar aislado, cunde más.

¿Ha sentido alguna vez celos profesionales? Cuando lees a un buen escritor, piensas que te gustaría ser tan bueno como él, pero celos, no.

En cierta ocasión a una conocida mía le dijeron que era muy joven para ser escritora ¿Hay una edad óptima para escribir o es cuestión de madurez y talento? Madurez, talento y trabajo. Hay libros magníficos de escritores muy jóvenes. No entiendo por qué la gente tiene tantas ganas de que los demás sean más viejos que ellos.

¿Cree usted en la legalidad de los concursos literarios? Hay cientos –o miles- de concursos literarios en España. Algunos son más justos que otros. Creo que un escritor debe preocuparse, fundamentalmente, de lo que escribe.

Como todavía no he tenido el gusto de leer nada suyo, ¿qué libro me recomendaría para empezar? ¿Por qué? “La suma de los colores da negro”, de relatos, mi último libro. Surgió de una pregunta: muerta la épica en las sociedades occidentales, ¿dónde queda la aventura, en nuestras vidas? Los relatos, con voces variadas, son veinte aventuras cotidianas narradas con cierta ironía.

En su producción literaria ¿tiene algo en común con sus hermanos? He aprendido bastante de ellos, y comparto su manera de entender la literatura, cierto inconformismo, cierto gusto por desacralizar lo que seguimos considerando sagrado, el placer de corregir… Además, por decirlo de algún modo, salimos del mismo nido, y eso se notará, aunque nuestras voces sean muy diferentes.

En una entrevista , ante la pregunta sobre que escritores vivos le gustarían que elogiaran su obra menciona a Mario Vargas Llosa, el escritor peruano más conocido en el exterior a partir del “Boom Latinoamericano”.¿Qué le atrae de la narrativa de Vargas LLosa? El primer Vargas Llosa (La ciudad y los perros, Los jefes y los cachorros, Conversación en la catedral,), me sigue gustando mucho. Domina la técnica, y sus historias tienen fuerza y precisión. Pero, lógicamente, me gustan otros muchos escritores: Walser, Melville, Stevenson, Carson Mc Cullers, Joseph Roth, Gombrowitz, Flanery O’Connor, Capote, Michon, Ungar…

A partir del llamado “Boom latinoamericano” se dio un mayor conocimiento de la narrativa latinoamericana, pero pasados los años sólo los consagrados conservan ese público. No existe un diálogo fluido entre España y Latinoamérica, porque este se da en términos de verticalidad, marginalidad y otretad. ¿Qué papel desempeñan las industrias culturales en la visión que se tiene de latinomérica? Ni idea. Para mi Latinoamérica son mis viajes, mis lecturas, y mis amigos latinoamericanos. En cuanto al diálogo, si hablamos exclusivamente de escritores, es bastante más fácil que los latinoamericanos vengan a España y publiquen, que lo contrario. Es una pena, pero resulta difícil que nos lean en Latinoamérica.

En su libro más difundido hasta el momento, “Cazadores de Luz”, usted crea una sociedad en la que los grandes grupos empresariales dominan todo, el protagonista dedica su vida a ascender en la escala social, el consumismo es atroz, los niños y los viejos son enviados al parque por “improductivos”, ¿realmente es una sociedad futura o utilizó este libro como una manera de criticar la sociedad en la que actualmente vivimos? Es una hipotética sociedad futura que tiene mucho que ver con la nuestra, o con aspectos de la nuestra llevados al límite. La ciencia ficción, como cualquier otro género, es una manera de acercarse a la realidad.

En esta misma obra los habitantes de su “mundo” tienen la posibilidad de votar sobre multitud de temas y además hacerlo en cualquier momento. Esta oportunidad que en teoría podría ser muy positiva, parece ser que no ha llevado a una sociedad más justa, ¿cree usted que nuestra democracia es realmente una democracia? , ¿se ha imaginado usted algún tipo de gobierno más justo y democrático? Sí, creo que nuestra democracia es una democracia, aunque muchas veces parezca de risa. Los sistemas no son perfectos, y las personas que los conforman, menos. Un gobierno más justo y democrático sería aquel elegido por ciudadanos más cultos y, en cierto sentido, más libres. Eso sí, el Holocausto nos enseñó que una sociedad culta puede también comportarse como un monstruo.

¿En algún momento, al comenzar una nueva novela, sintió “miedo” a repetir argumentos o ideas ya dichas, descritas en las anteriores (novelas)? No, por ahora no. Cada libro me ha planteado retos de escritura diferentes a partir de ideas distintas. Sí hay obsesiones que se repiten.

¿Cree Vd. que escribiendo, se aprende? ¿A escribir? Por supuesto, claro que se aprende, aunque si no hay talento, no hay nada que hacer.

¿La juventud es enemiga de la experiencia? No, es amiga, porque está ávida de experiencias. Santayana decía que la dificultad de la educación reside en adquirir experiencia de las ideas. La juventud, sencillamente, recela de la experiencia de los demás, de sus consejos, porque necesita afirmarse.

¿Reconocería sin dudas al leerlo un libro de su hermano sin saber que él era el escritor? Sí, creo que sí. Para empezar, sería un libro bien escrito…

Si tuviera el poder de resucitar a algún escritor ya desaparecido ¿a cuántos y a quienes resucitaría? A nadie, ni siquiera a mi hermano Pedro. Prefiero no arriesgarme a hacerles una faena.

Hoy en día los niñ@s tienen muchos pasatiempos que nada tienen que ver con la literatura. ¿Qué sentiría si a su hijo no le atrajera la lectura y sintiera rechazo por la escritura? Me daría pena, supongo. Pero lo que ya tengo claro es que a mi hijo Marcos, de cinco años, le encantan las historias. Y de eso, el pobre, ya no se cura.

¿Cómo se siente más cómodo escribiendo novelas o relatos? Me siento cómodo en ambos géneros. La novela te permite desarrollar con tranquilidad ciertos aspectos, matizar más, y el relato, en cambio, por su brevedad, exige una precisión que lo hace más “limpio”. Digamos que al final la mayor diferencia es que un relato te acompaña días o semanas, y la novela, años.

¿Cómo surgió en usted la necesidad de contar historias? A través de la lectura, supongo. Un día se me ocurrió una historia que pensaba que tenía que contar, y fui tan bruto como para hacerlo. Para empezar a escribir hay que ser muy bestia.

Escribir guiones de televisión requiere una labor de equipo (en ocasiones un gran equipo). ¿Prefiere el trabajo solitario o en grupo? La ventaja del trabajo en solitario es que sólo decides tú, la autonomía. En grupo es más divertido (si los demás son buenos en lo que hacen), y a partir de discusiones encendidas se pueden hacer cosas interesantes, pero resulta molesto depender de otros, o que quienes acaben decidiendo sean, a veces, algo incapaces.

En su novela “Cazadores de Luz” ¿por qué elude la presencia de policía y jueces? Si en estos momentos fuese posible un sistema de votación como el citado en su narración y se propusiera un modelo de sociedad similar ¿se extrañaría de que los occidentales lo eligiésemos por mayoría? No me había dado cuenta de que en mi novela no había policías ni jueces. Es curioso. Supongo que eso quiere decir que inconscientemente pensé que todos los ciudadanos se comportaban como policías y jueces de los demás. Dudo que un sistema de voto “total” mejorase la sociedad si los ciudadanos no fueran “mejores”. Al final los sistemas se olvidan de que el ser humano no es cómo cree o pretende ser.

¿Se considera Ud. integrante de alguna “generación” literaria, ó grupo, o como quiera denominarlo? ¿Cómo ve Ud. la vida cultural y literaria de Asturias, desde la distancia? ¿Considera que es una región de cierto nivel en ese ámbito? No me considero integrante de ningún grupo o generación, aunque siento una mayor afinidad hacia los escritores de mi edad o algo mayores (afinidad en la diferencia, en la variedad). Y a Asturias la veo con cariño, porque tengo allí familia, mi padre era asturiano, y he pasado días muy felices en Oviedo, Luanco… En cuanto a la vida cultural asturiana, supongo que debería mejorar, como la madrileña, la parisina, la murciana o la de Wyoming.

¿Además de usted, lee alguien sus novelas antes de enviarlas a la editorial o a un concurso? Si, por supuesto, es fundamental. Las lee mi familia, y un par de amigos escritores. Exijo críticas feroces, sin piedad, pero de personas a las que les gusta leer de verdad.

¿Con qué escritor o escritora, de los ya fallecidos, le hubiese gustado compartir pluma? Más que pluma, me gustaría haber compartido mesa, o una buena conversación. Con Isak Dinesen, en su granja keniata, y con Melville en un velero. El entorno también cuenta.