Néstor pensaba qué lo que le acababa de ocurrir, se debía a que él era listo. Muy listo hubiera dicho su difunta madre. Y es que ganar un crucero no es algo que ocurra todos los días y a todo el mundo. Lo he ganado yo porque soy especial, muy especial.
Tras esta dosis de ánimo, Néstor decidió telefonear a Encarni su novia, o por lo menos eso pensaba él.
—Pero, ¿qué me dices? ¿Un cruceroooooo? ¿Por el mar Caribe? Y ¿qué mar es ese? ¿el de Barcelona? ¡Oh! ¿más lejos? ¿cuánto más lejos? ¿se pasa por Paris?
—Vistilu, no soy tan bobu como te pienses. Adujó Néstor sacando lo mejor de su habla originaria de la parte oriental de la región.
Y es que Encarni era muy fina debido a su abolengo del centro de la región. La ciudad en que vivía era lo suficientemente grande como para ser considerada capital. La forma de hablar de Néstor la enervaba. Pero esta vez no le riñó y un cuéntame dio paso a infinidad de preguntas:
— ¿Cómo ha sido? ¿cuándo nos vamos?
Porque Encarni dio por hecho que el segundo pasaje era para ella, por muchos desaires y malas contestaciones que hubiera dado a Néstor estos últimos meses.
—He ganado un concurso y nos vamos el martes. Me han dejado en casa unos billetes. Primero vamos en avión a Madrid desde Ranon. Nos han reservado un hotel en una calle principal, La Gran Vía, creo. Me han enviado a casa dos maletas. Dicen que es muy importante que llevemos únicamente estas maletas, cómo mucho puedes llevar un bolso.
Habitualmente cuando Encarni no atacaba a Néstor en cuánto a su forma de hablar éste solía hacerlo sin usar localismos.
Acontecimientos continuados marcaron el viaje en avión. Comenzaron con una enérgica protesta de Encarni molesta porque un guardia le requisó la navaja de Taramundi nada más pasar un marco de metal. Sus gritos de ¡paren esto que me bajo, qué me mareo! O el lanzamiento de una mascarilla de oxígeno, que no sabe cómo llegó a sus manos y fue a dar a la calva del ocupante del asiento veintitrés. El viaje de Encarni acabó cuando dos auxiliares de vuelo interceptaron en el pasillo dos salvavidas dispuestos para ser utilizados.
La terminal 2 no les pareció tan espectacular como decía la compañera de Enacarni. Total no tuvieron más que seguir al grupo de pasajeros, llegar a una sala llena de cintas eléctricas y esperar a que aparecieran sus maletas.
Siguiendo los carteles de salida llegaron a una puerta. Dos hombres les llamaron por su nombre. Encarni pensó cuan importantes eran. Y eso que estas personas parecían más preocupadas por no perder de vista las maletas que por ellos dos.
— ¡Qué estúpidos! pensó Encarni cuando vio dos maletas iguales a las suyas en el maletero de la furgoneta. ¡Preocuparse por no confundir las maletas, si yo sé perfectamente cuál es la mía!
El viaje por las calles de Madrid fue decepcionante. Primero porque las ventanillas estaban tintadas tanto por dentro como por fuera y, no se veía nada. No llevaban más de diez minutos en el coche, cuando uno de los hombres se volvió hacia ellos y les dijo:
—Cambio de planes volvemos al aeropuerto.
Encarni se agarró a Néstor fuertemente y llorando le imploró que mejor iban en tren a Cali, lugar donde debían llegar primero para después ir a Isla Margarita, donde debían coger el barco.
— ¡Seguro que en esos países tan modernos tienen buenos trenes! Néstor, llama a la Renfe y pregúntaselo. ¡Aunque tardemos tres días en llegar, lo prefiero al avión!
Uno de los hombres de la furgoneta les indicó que se bajaran. Les explicó que alguien les tenía que dar unos vouchers para entregar en el hotel y por una confusión había quedado en la terminal de Barajas.
Junto a sus dos maletas les entregó dos billetes de avión. Néstor lo examinó minuciosamente.
—Disculpe pero aquí pone que el vuelo a Cali es hoy, dentro de dos horas y a nosotros nos habían dicho que nuestro vuelo salía el jueves.
—La compañía aérea por problemas con los controladores ha modificado las rutas aéreas y deben coger el avión hoy.
—Ah, ah, ah claro, contestó un Néstor boquiabierto.
—Sin dejar en ningún momento las maletas debéis ir al mostrador número cuarenta y cinco. Allí vais a facturarlas. Es muy importante que no las perdáis de vista hasta que la señorita os de un recibo. ¡No sabes la de maletas que se roban cada día en Barajas! Allí os indicaran cual es la puerta por la que embarcareis. No tenéis mucho tiempo, pero antes de pasar la aduana deberías darle esta pastilla a la chica. Parece que está muy nerviosa. Es mejor que no habléis con nadie. En Cali os estarán esperando los de la agencia de viajes para llevaros al hotel.
Cómo buenamente pudo arrastró a Encarni hacía un mostrador que le había indicado su interlocutor.
—Venga Encarni bebe este vaso de agua, te sentara bien. No te preocupes que este avión, al ser internacional, va a ser mejor que el que hemos venido. ¡Tiene dos pisos! O ¿eran tres? Bueno no sé, lo que es importante es que han dicho que vamos a ir en primera clase ¡cómo señores! y que los asientos se convierten en camas. Podrás dormir. Anda vamos a pasar la aduana.
—No señor agente no tenemos nada que declarar. La navaja de Taramundi ya la dejamos en el aeropuerto de Asturias. Por cierto, a la vuelta del viaje nos la devolverán ¿no? ¿Porque nos llevan a otra sala? No entiendo nada.
—Sí, son nuestras las maletas. Ya nos han dicho que en Barajas roban mucho. ¡Si hasta por megafonía lo advertían! ¿quién sería? ¿la señorita del mostrador? Ya me parecía que con ese acento que tenía no podía ser de fiar. ¡Si parecía rusa! ¡una mafiosa! ¡Menos mal que las han recuperado! ¡Viva la Benemérita!
— ¡Quieto parado, no me toque! ¿qué me van a poner qué? ¿detenido? Pero, si ese polvo blanco es la primera vez en mi vida que lo veo. Encarni despierta de una vez y, dile a estos señores que esas bolsas no son nuestras. O ¿es que has comprado polvos talco y los has metido en esas bolsas? Pero, ¿tanta cantidad? Encarni despierta de una vez que parece que tenemos un problema y, si no lo resolvemos pronto perdemos el vuelo. ¡Qué el avión no es cómo el autobús y no espera!
— ¡Encarniiiiiiiii!

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