Haikus de un olmo

Olmo añejo,
lisiado de cruel rayo,
renace verde.

Abril lluvioso
y mayo soleado
obran milagros.

En la colina,
a la vera del Duero,
cumple cien años.

Musgo amarillo,
corteza blanquecina,
tronco roído.

Quedó silente,
de pardos ruiseñores
abandonado.

Suben hormigas
avanzando en hilera
hasta la cima.

Nidos de arañas,
refugios sosegados
donde tejer.

¿Te dará muerte
con hacha desalmada
un campesino?

¿Y un carpintero
convertirá tu cuerpo
en carro o yugo?

Al rojo vivo
tus ramas arderán
en una hoguera.

Te empujará,
tal vez, un torbellino,
bajando el valle,

a la corriente
oscura, recrecida,
a descansar al mar.

Mi primavera,
después de tantos años,
¡ay, si volviera!

(Homenaje a Antonio Machado)

¿Lo tuyo?… es puro teatro

Sabes impostar la voz, componer el gesto, aparecer ante todos con ese empaque que te dan tu estatura, tus ropas de marca y una sonrisa postiza, mil veces ensayada ante el espejo, que se torna en gesto agrio a la menor contrariedad.

Sabes decir a cada interlocutor lo que le gustaría oír, consciente de que luego harás lo que te convenga en su momento: como un encantador de serpientes, quienes te visitan salen fascinados de tu presencia, convencidos -¡pobrecitos!- de que van a ser atendidas sus demandas. Tu palabra es un péndulo que oscila entre el sí y el no sin ritmo fijo, bajo los impulsos de la actualidad más viva y perentoria.

Backstage - The Mark, de Lee Carson

Backstage - The Mark, de Lee Carson

Cuando apareces, revestido de la aureola y del incienso, sabes mostrarte convincente, halagar los oídos de quienes oyen pasivos, incapaces de escuchar entre la farfolla de palabras huecas que utilizas con maestría la verdadera sustancia de tu oratoria. Encandilas al personal con vaguedades y promesas hechas para tu parroquia, dispuesta a seguirte hagas lo que hagas.

Juegas con ventaja porque sabes que su memoria es débil y puedes decir una cosa y la contraria sin apenas intervalo de tiempo y sin que te lo reprochen. En tu escala de valores aparece en primer lugar la conservación de un status que crees haber ganado con merecimiento y luego el teatro. Éste es ficción, impostura, apariencia, escenario, bambalinas, telones, vestuario, actores y espectadores. Como buen histrión, exageras amores y odios, deseos y realidades, adhesiones y oposiciones, aspiraciones y realidades. Para ti es juego de niños atribuir a tus discrepantes todas las falsedades que te caracterizan. Atacarles y acosarles con epítetos repetitivos y trasnochados te hace sentirte superior a ellos.

En apariencia abominas de un tiempo que en tu subconsciente quisieras reeditar. Por eso tu libro de cabecera es sospechosamente semejante al que criticas de boquilla con ocasión y sin ella. Vives el presente sin más, la realidad no te afecta -acaso no permites que te la cuenten- en tu teatro la obra tiene un final feliz y basta seguir el guión, poner los actores adecuados y los medios para lograr el éxito.

Pero esa obra que calificas de tragicomedia está punto de convertirse en tragedia. ¿Qué tienes pensado hacer entonces?

Na mina – Y en la mina

Na mina

Na lexanía sonó opacu´l turullu, señal de desosiegu
d´angonies y pesares, de conmociones,de rumiar palabres malsonantes.
Acuden como si fuesen autómates madres, padres, esposes y dalgún rapacín.
Fríes d´argadiellones barruntes golpien ensin compasión pechos xenxos;
llarimes enllutaes que broten asustaes en güeyos encaldiaos
y mentestantu, los padres traguen babia amesturada en sangre,
les madres con vides encaniaes y corazón muertu
llevanten cantíos al cielu pidiendo por los suyos.
Les llames de les candilexes siguen formes pantasmales y mentres,
la espera angustiase en entirriaes necesidaes;
apaecen per la puerta de la descaía xaula
cuatru torres de pena negra tirando per una camilla;
una man que se mueve, un sospiru, un´allegría
y en tan oscura tez toos ven reflexos de cara conocía.
La nueche golpía con tristura doloríes carnes inmunes
y hasta la lluna escóndese entre les ñubes de desdicha.
Salen de nuevo los valientes con cabeza gacha y manes vacíes;
otros titanes métense nel enxeñu pa intentar recuperalos.
El tiempu comprime l´ánima, desarma les serenidaes.
Les plegaries son más altes y tamién son los cagamentos
que cubren la impotencia de no poder tar abaxu.
Aterraes candeles emerxen de les entrañes y con elles
les manes ensangrentaes que porten la última cama.
Los lloros multiplíquense, les rabies dispárense
al pasar per xunta ellos el cuerpu ensolláu con un cobertor.
La mina de los demonios, castrona y serena,
poneora de pan enriba la mesa, cobra otru tributu.

Y en la mina

En la lejanía sonó opaco el turullo señal de desasosiego
de angustias y pesares, de conmociones, de rumiar palabras malsonantes.
Acuden como si fuesen autómatas madres, padres, esposas y algún niño.
Sombras de inquietantes sospechas golpean sin compasión pechos endurecidos;
lágrimas enlutadas que nacen asustadas en ojos enrojecidos
y mientras, los padres tragan saliva mezclada en sangre,
las madres con vidas desecadas y corazón muerto
elevan cánticos al cielo pidiendo por los suyos.
Las luces de los candiles siguen formas fantasmales y mientras,
la espera se angustia en tensas necesidades,
aparecen por la puerta de la decaída jaula
cuatro torres de pena negra tirando de una camilla;
una mano que se mueve, un suspiro, una alegría
y en tan oscura tez todos ven reflejos de cara conocida.
La noche golpea con tristeza doloridas carnes inmunes
y hasta la luna se esconde entre nubes de desdicha
Salen de nuevo los valientes con cabeza gacha y manos vacías;
otros titanes se meten en el artefacto para intentar recuperarlos.
El tiempo comprime el alma, desarma las serenidades.
Las plegarias son más altas y también lo son las blasfemias
que cubren la impotencia de no poder estar abajo.
Aterradas candelas emergen de las entrañas y con ellas
las manos ensangrentadas que portan la última cama.
Los lloros se multiplican, las rabias ya se disparan
al pasar por junto a ellos el cuerpo tapado con una manta
La mina de los demonios, maliciosa y serena,
ponedora de pan sobre la mesa, ha cobrado otro tributo.

El silenciu – El silencio

El silenciu

Y el silenciu muerese en tarde de torbón;
Afuegase en tebios reproches e intensos regaños,
rescamplios de días felices y nueches con embruxu;
suaños creados en la pura pasión y delicáu embruxu.
Truenos que retrañen con ecu atenazante y,
que a pesar de ser sonoros, comu torbón de veranu
descarga fraudulenta lluvia mansa, en sin pecáu,
y vuelve el asosiegu, el remansu, sol que ahuyenta xangades;
nacen besos, allegría, ardor, pasión y cantíu,
y el silenciu nace en cuerpos encaciñaos.
La nueche ciega, ciega la nueche que con güeyos de sorpresa
asalta ventanes, roba corazones y en el retratu del ríu
onde les agues non tiriten, rebilten amores.

El silencio

Y el silencio se muere en tarde de tormenta;
se ahoga en tibios reproches e intensos regaños,
relámpagos de días felices y noches con encanto;
sueños creados en pura pasión y delicado embrujo.
Truenos que resuenan con eco atenazante y,
que a pesar de ser sonoros, como tormenta de verano
descarga fraudulenta lluvia mansa, sin pecado,
y vuelve el sosiego, el remanso, sol que ahuyenta necedades;
nacen besos, alegría, ardor, pasión y canto,
y el silencio nace en cuerpos enredados.
La noche ciega, ciega la noche que con ojos de sorpresa
asalta ventanas, roba corazones y en el retrato del río
donde las aguas no tiemblan, renacen amores.

Ese gallo que canta…

—Ya estoy harta de mentiraaaaas.
—Del pasado al porvenir
—cada senda que recorres es sólo para fingiiiiiir.
—Si crees que no me doy cuentaaaaa
—de que me estás engañandooooooo
—lo vas a tener jodidoooooooo porque te la estoy guardandoooo.

Después de tantos años juntos, Manuel no ignoraba las habilidades de su mujer en el arte musical. Era raro el día que no escuchaba una muestra de su largo repertorio porque Juana siempre estaba cantando. Muchas veces se preguntaba si tendría algo de cierto ese refrán que ponía en evidencia el soterramiento de la doble intención. (Ese gallo que canta…) A pesar de todo él disfrutaba oyéndola. Tenía una bonita voz y un sentido del ritmo bastante aceptable, aunque aquel domingo precisamente… no sabía qué, pero algo le estaba sonando raro. Manuel apagó el televisor, a pesar de que estaba viendo una de sus series favoritas, y agudizó el oído. Juana se estaba duchando y el ruido que hacía el agua al estrellarse en la bañera le servía de acompañamiento mientras que su voz seguía alzándose clara y concisa, por encima del sonido de la ducha.

Karaoke with Peter Styles (18), de Shane's Stuff

Karaoke with Peter Styles (18), de Shane's Stuff

—Hay quien por ser un cobardeeeeee
—cuando bebe calimochooooo
—miente tanto que le creceeee
—la nariz como a Pinochoooooo

¡Coño! ¿Qué pasa aquí? Manuel no daba crédito a lo que estaba oyendo. Acaso Juana… ¡No, que va! Era demasiado ingenua para sospechar nada. La voz de su mujer seguía retumbando en toda la casa y él contenía la respiración para no perderse ni una sola letra de la copla. Debía estar atento por si acaso, tenía planes para esta tarde y por nada del mundo quería correr riesgos innecesarios. Ya sabía cómo se las gastaba Juana. ¿Pero que le estará rondando a esta mujer por la cabeza? —pensaba—

—¿Cariño, te falta mucho?—gritó mientras se acercaba al baño.

Al otro lado de la puerta nadie contestó, Juana seguía canturreando, en esta ocasión algo ilegible, que consiguió despertar en él todas las alarmas de prevención, mientras que su inquietud le iba borrando cualquier tipo de argumento convincente para la defensa. Lo peor de todo era que aún no sabía de qué tenía que defenderse. Tras unos minutos de espera, Juana abrió la puerta y con decisión cruzó el pasillo, medio envuelta en una toalla, sin dedicarle ni siquiera un leve gesto a su marido, mientras tanto él seguía mirándola embobado y con cara de inocente.

—Pero… —acertó a decir— ¿Se puede saber qué te pasa?

Aquella ingenua pregunta fue el detonante de un estruendoso ataque de ira por parte de su mujer.

—¡Que qué me pasa! Respondió ella en un tono demasiado elevado.
—¡Serás…!—La frase fue interrumpida por un fuerte resoplido tras el cual se perdió camino de su habitación, a continuación se oyó un portazo que consiguió dejar a Manuel totalmente desconcertado. La verdad es que la vio tan enojada que ya casi ni se atrevía a seguir preguntando más. Aquello tenía muy mala pinta pero… había que echarle valor así que, abrió la puerta del dormitorio y le dedicó a su mujer una patética mueca de imploración con la esperanza de que aquella sumisión voluntaria despejase los peores presagios.

—Juana, no sé que estará pasando por tu cabeza, pero yo…

—¡Maldito cabrón de mierda! ¡Eres un puto mentiroso!—le espetó ella mientras le miraba fijamente a los ojos.

Manuel balbuceaba aterrado, era consciente de que estaba siendo sometido a un interrogatorio silencioso del que temía salir escaldado. Muy despacio intentó pronunciar una excusa que no consiguió terminar. ¿Cómo iba a explicar él a su mujer que sus aventuras extra matrimoniales eran únicamente eso, aventuras? La situación estaba resultando insostenible así que decidió optar por el camino más fácil.

—Juana… Creo que tu enojo es desorbitado, para mí no hay nada ni nadie en este mundo más importante que tú y eso ya deberías saberlo. No entiendo este exceso de furia por tu parte.

—¿Que no qué? —gritó ella— ¿Pero cómo es lo tuyo, Manuel? ¡No, por favor! ¡No te molestes, no hace falta que me respondas! Lo haré yo por ti; lo tuyo es puro teatro. Te empeñaste en trasformar tu vida en un puto escenario de plástico y al final lo has conseguido. ¡Enhorabuena!

Mientras ella proseguía impasible su discurso, Manuel, con una lentitud pasmosa entornó sus ojos en un auténtico gesto de arrepentimiento avalado por el terror que le inundaba al sospechar que su matrimonio estaba en peligro.

Me cago en los tentadores flirteos─reflexionó─, me cago en los deslices pasajeros, me cago en cada una de las tías buenas que se ponen ante mí disfrazadas de querubines y en realidad son unos auténticos diablos. Mi vida era perfecta. ¿Por qué tuve que estropearlo todo?

La eficacia de sus auto reproches no era demasiado buena, su arrepentimiento convulsionaba entre sus tentadores recuerdos para terminar convirtiéndose en una risa fácil y nerviosa que conseguía irritar más aún a su mujer. Inesperadamente Manuel fue sacudido por una taquicardia emocional y sacando fuerzas de no sabe dónde, se dirigió a ella, en un tono más que penoso. —Escúchame Juana: ahora mismo voy a salir por esa puerta: cuando te calmes y puedas perdonarme, o cuando logre vencer mi cobardía, mis miedos y mis complejos; o mejor aún, cuando tú me lo pidas, volveré.

—¡Dios mío! ¿Pero tú quien te crees que eres? —respondió ella— ¿Acaso estás en condiciones de poder sentirte ofendido? ¿Qué pasa Manuel, que no tengo derecho a enojarme contigo? Eres tú el que mientes, no yo. Tú el que, supuestamente, asiste cada Domingo al Carlos Tartiere a ver a su equipo favorito ¿no es así?

Manuel no daba crédito a lo que estaba oyendo. Aquello era surrealista, una auténtica pesadilla irrisoria.

—Juana, ¿me quieres explicar de una vez qué es lo que tanto te molesta?

—Por supuesto, cariño, pero lo haré a mi estilo. Después de un silencio deliberadamente prolongado y ante el asombro de su marido, Juana suelta una estrepitosa carcajada y comienza nuevamente a cantar.

—No te voy a perdonaaaaar
—el que siendo Carbayón
—vayas a vitoreaaaaaar
—al Sporting de Gijóoooon.