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La jauría y la niebla
Martín Casariego, 2009. Editorial Algaida. 314 páginas, 19€. 
La violencia del grupo sobre el individuo es una de las mayores problemáticas del Primer Mundo en la actualidad. Cuando los niveles primarios (comida, vestimenta, salud) están perfectamente cubiertos, llegamos a los secundarios, en los que la soledad, el individualismo y la violencia aparecen como principales enemigos de la persona.
Focalizada en el transcurso de una sola jornada, “La Jauría y la Niebla” sigue las andanzas de 3 personajes: Ander, el adolescente al que le supone un calvario el acudir al instituto por su acoso escolar; Leandro, su hermano pequeño, que pasará por el traumático momento de enterarse de quiénes son los Reyes Magos; Ignacio Mayor, un escritor en lengua castellana que acude al instituto para impartir una conferencia. Los tres confluyen en el mismo sitio y sobre todo se caracterizan por estar dentro de un grupo sin pertenecer a él. Mientras el pequeño Leandro no tiene edad suficiente más que para percatarse de que está siendo víctima de alguna injusticia, y el escritor tiene la edad apropiada para enterarse de todo y huir de ello, el adolescente se nos presenta como el clarísimo ejemplo de víctima, ser débil que no puede defenderse, y por lo tanto se degrada de tal modo que hace justificar a sus compañeros el avasallamiento y la violencia a la que le someten.
Comparando de un modo sutil el conflicto lingüístico vasco y la vida doblegada de Ander, todo ello con la suficiente pericia de no cargar mucho las tintas a pesar de desarrollarse en menos de 12 horas, logra Martín Casariego la difícil tarea de una novela crudísima, en el culmen de la tristeza y el horror, que se redime en la última página dejando un final abierto y esperanzador, un mensaje de solución, un conciliábulo.
Con retazos de maestría (el momento en que la maestra, con dos palabras, se convierte en amenaza acusatoria del escritor, convirtiéndole en posible pedófilo, pareciéndose de un modo terrorífico a los maltratadores adolescentes, es absolutamente sublime), ha sido “La jauría y la niebla” definida como una novela sobre el acoso escolar, siendo este adjetivo innecesario, puesto que delimita un tema que estoy segura el escritor quería hacer muchísimo más amplio. Si en “La Excepción” el sueco Juggersen propone una comparativa entre el holocausto nazi y un irrigado entorno de trabajo para demostrar lo importante que es para el ser humano pertenecer al Grupo con mayúsculas, en la obra de Casariego nos demuestra las impactantes consecuencias que puede traer el que uno se dé cuenta de que jamás, por mucho que haga, pertenecerá a él.
Hombres en escabeche
Autora: Ana Istarú. Adaptación y dirección: Alexis Useche. Con: Susana Carnero (Alicia), Alexis Useche (hombre, Andrés, padre, filósofo, músico e hijo), José Manuel Peláez (hombre en escabeche).
Es “Hombres en escabeche” una obra difícil para un actor. Al igual que en “Ondas”, del genial Maxi Rodríguez, nos encontramos ante un personaje que lleva casi todo el texto de la trama, puesto que explica al público (que se convierte en amigo, confesor, juez y testigo) qué es lo que le ha llevado hasta el momento actual.
La obra comienza con Alicia, una mujer que está buscando un hombre “en escabeche” (para saber qué significa, insto a ver la obra), y se retrotrae a las relaciones que han ido llenando su vida para que comprendamos las características esenciales. La magnífica Susana Carnero dota al personaje de ternura y humor, de alegría e inocencia, a un personaje que se erige en ejemplo de la desventaja de la mujer frente al hombre en muchísimas facetas de la vida. Sabemos que “Hombres en escabeche” es un texto feminista, pero sorprende lo bien que el director lo ha captado. No olvidemos que es el mismo director el que se encarga de interpretar a los personajes masculinos, y les da ese punto ridículo para que el espectador los vea como tal, aunque la pobre Alicia esté ciega casi hasta el final de la obra, en el que se percata de que ella misma, sola, es válida y plena, y sólo en ese momento conoce al hombre en escabeche.
Y como el teatro no es sólo texto (magnífico) y actuación (perfectos los tres), sino también luz, sonido, color, y una adecuada escenografía, haremos mención también de la aceptable gestión de recursos que hizo el pasado jueves 6 de mayo Gtuo teatro en La Antigua Estación, al aprovechar un reducido espacio para hacer una buena composición de luz, de oscuridad, de vestuario. Ha quedado patente que con ganas (y con la ayuda de locales como éste, que apuesten por la cultura en todas sus formas) se consiguen las cosas. Y señores, estaba lleno.
Te mandaría donde yo me sé
No podía más. Estaba de mal humor. Emilia Vázquez Iribar, Mili para sus allegados, llevaba unas semanas con un ritmo frenético. Gema, su hija mayor iba a hacer la primera comunión dentro de unos días. En todo este tiempo había tenido que buscar restaurante y hacer la reserva, hablar con las catequistas para hablar de fotógrafos y de las flores de la iglesia, elegir la ropa de Javier el pequeño. Y por último el traje de la niña.
Ahí empezó el dolor de cabeza. La familia de Sergio, su difunto marido, que no había intervenido en nada de la organización, dio señales de vida por medio de Lola, su suegra.
―Nosotros pagamos el traje, le dijo a través del auricular sin otro preámbulo.
Mili tomó aire. No le gustaba levantar la voz pero eso no le impedía dejar las cosas claras.
―Muchas gracias, Lola, pero no hace falta que te molestes. Lo tenemos arreglado.
Al otro lado se produjo un silencio. Mili contuvo un suspiro. De un momento a otro su suegra volvería al ataque.
―Me parece que nosotros también somos familia. Tanto como vosotros, así que podríais haber avisado, ¿no?
“Si, pero convive más con mi parte que con la tuya” pensó Mili. Luego tragó saliva y contestó.
―Bueno. Pues si teníais tanto interés podíais haber llamado vosotros. De todas formas con que vengáis y estéis acompañando es suficiente.
Lola inició una serie de ditirambos que la nuera cortó con firmeza y cortesía. Entonces cuando Mili pensó que la cuestión quedaba zanjada, la abuela paterna la sorprendió con una nueva pregunta.
―¿Qué es eso de que vais a poner una orquesta después del banquete?
Mili suspiró. La bruja de Remedios había ido ya con el cuento. Era cierto que habían contratado un grupo, nada del otro mundo. Un teclista y una cantante. Pero tratándose de su cuñada cabía esperar que hubiera exagerado la nota diciendo que habían tirado la casa por la ventana, trayendo una gran orquesta.
Las palabras de su suegra corroboraron su suposición.
―Mira a ver si no estás malcriando a mis nietos.
“Si, ya son tus nietos para lo que te conviene. Para hacerte la madre desconsolada delante de los conocidos. Ni siquiera te preocupaste de aparecer para el cumpleaños de Javi”.
―No me lo parece, Lola ―replicó con calma―. Es un día especial para Gema. Y el único regalo que pidió a su abuelo, fue una orquesta después de la comida. Unos regalan una pulsera, un anillo. Mi padre paga la orquesta. No creo que vaya a afectaros en nada.
―¿Qué no? ¿Es que no vas a enseñar a tus hijos a respetar la memoria de su padre?
“Ahí le duele”, pensó la joven. Con la misma tranquilidad contestó.
―Pues mira Lola. Eso es lo que hago. Sergio habría querido que su hija disfrutase en el día que seguro va a ser el mejor de su infancia. El que tenga ganas de llorar que vaya al servicio y que desahogue. Y ahora si me perdonas, tengo que colgar. Los críos vendrán enseguida.
La tarde transcurrió de la manera habitual. Dar la merienda a los niños, vigilar que hiciesen los deberes. Por la noche mientras se desvestía Mili se puso a reflexionar. Siempre había tenido la impresión de que Remedios la había considerado como una intrusa. Una señorita de capital que podía ponerse por encima de su hermano.
No había sido así, por supuesto. La relación entre ambos se había basado en el respeto. Pero estaba segura de que Remedios no quería verlo. Cada domingo, en las visitas, lo manifestaba con preguntas acerca de su convivencia, de la relación con la familia política, que en más de una ocasión irritaban a Sergio. Eso la hacía replegar velas por un tiempo, hasta que volvía a la carga.
Remedios le tenía celos. Siempre había tenido una conexión con Sergio y ésta se mantuvo después de la boda, con todo, no había aceptado compartir su afecto. Y ese sentimiento perduraba. Eso explicaba el ostracismo en que sus cuñados la habían tenido tras la muerte de Sergio. Una bocanada de amargura subió desde su estómago a su garganta. Una voz somnolienta de hombre le preguntó si no pensaba dormir.
—Ya va, pesado―contestó―. Pero hoy nada de murga. Estoy muerta.
Mili se puso el camisón y se acostó. Antes de apagar la luz, tuvo una idea. Al día siguiente hablaría con sus padres. Lo más probable sería que al principio les chocase, pero estaba segura de que lo entenderían.
Nadie empañaría la ilusión de Gema. Antes tendrían que pasar por encima su cadáver.
Por fin llegó el gran día. Unos pasos acelerados por el pasillo le indicaron que Gema se había levantado excitada. Primero trató de calmarla diciéndole que era temprano, que se quedase un poco más en la cama, pero fue inútil. Después de recorrer el pasillo de arriba abajo, la niña entro de nuevo en su cuarto y abrió el armario.
—¡No se te ocurra sacar el traje del armario! Advirtió Mili.
―Sólo lo estoy mirando mamá.
―Más te vale, respondió la madre. Si lo ensucias, te mato.
Dando un suspiro se levantó de la cama. Estaba ya despierta y no se fiaba de su hija. A paso rápido se dirigió a la habitación de los niños. El pequeño observaba a su hermana con aire burlón.
―Mamá. Esta niña es tonta.
―Tú más le replicó su hermana.
Mili intervino.
―A ver, calma. Javier, no te pases, le hace ilusión. Y tú ―añadió dirigiéndose a Gema― ponte una bata no vayas a coger frío.
A las once la familia abandonó el piso camino de la iglesia. Luis, su nuevo marido inmortalizaba el momento, Javier revoloteaba en torno a su hermana provocándola.
Mientras avanzaban hacia el templo, Mili, quedó embargada por un sentimiento agridulce. De un lado no podía olvidar la ausencia de Sergio, habría pensado que su hija era la más guapa pero al mismo tiempo, estaba satisfecha. Después de superar una viudez prematura, había conseguido una estabilidad para sus hijos y para ella misma. Además el tiempo acompañaba.
Tras la ceremonia la familia y los invitados se trasladaron a un restaurante en las afueras. La tensión llegó en el momento de repartir a los invitados. Cuando Lola supo que la mesa presidencial la ocuparían su nieta y sus amigos, no dudó en mostrar su desacuerdo mostrando mala cara.
Mili supo que el segundo dolor de cabeza estaba próximo.
Antes de marchar, Marta, la madrina de Gema se acercó a su mesa para decirle que la matriarca quería hablar con ella. Luis se dispuso a replicar, pero ella con un gesto le indicó que se calmara y se levantó.
― Bueno Lola ¿Qué pasa?, preguntó cuando se encontró frente a su antigua suegra.
―¡Eres una sinvergüenza! No sólo olvidas la memoria de mi hijo, sino que nos relegas y además a lo zorro.
El fuego le subió a las mejillas. Podía comprender que de entrada les hubiese parecido mal que hubiese rehecho su vida con Luis, que notase la falta de su hijo. Sin embargo lo que no podía encajar era que dos años después de morir Sergio, se hubiesen ido a bailar a Benidorm.
―Pues mira, Ya que somos tan sinceras, te voy a decir que lo tuyo es puro teatro. Si hice esto es porque veía que estabas dispuesta a amargar la comunión de tu nieta con llantos y suspiros No lloraste tanto cuando te fuiste de vacaciones para divertirte¿no? ¿Sabes que te digo? Si no fueses la abuela de mis hijos y la madre de Sergio te mandaría a donde yo me sé.
Lola se quedó suspensa unos minutos. Cuando quiso responder pero Mili ya se había ido.
El tiempo entre costuras
María Dueñas, 2009. Ediciones Temas de Hoy (Editorial Planeta). 638 páginas, 22€.
Me acerqué a “El tiempo entre costuras” con la curiosidad que te ofrecen los libros que hablan de esa “época”, de nuestra Guerra Civil, de la implacable posguerra. Me preguntaba si me encontraría ante una Celia, escapando sola de la Revolución y buscando, también sola, a sus hermanas por toda España, todo ello con la prosa limpia y pura, plagada de la incertidumbre de puntos suspensivos, que aportó a la literatura española Elena Fortún.
Pues bien: son radicalmente diferentes. Y quizás en eso consista su atractivo. Con una prosa muy particular, llena de figuras y metáforas, con algo de soniquete madrileño y bastante gracia española, María Dueñas nos relata la historia de Sira, una joven hija de modista que ve cómo su destino cambia gracias a una máquina de escribir (aunque esto en realidad es un recurso de la autora para otorgar un inicio atrayente a la novela, ya que lo que tuerce el destino no sólo de Sira, sino de los cien personajes que la habitan, es la Guerra Civil con todas sus consecuencias).
Así, Sira se convierte en una joven aguerrida al sufrir un revés amoroso en un país extranjero, Tánger, justo cuando estallaba la Guerra. Es por esto que “El tiempo entre costuras” no es un relato de guerra (la protagonista está fuera al vivir un exilio medio impuesto) sino una historia de superación personal y de aventuras. Es una novela exótica. Sira aprovecha sus conocimientos de hija de modista y su rabia de mujer engañada para crear un taller de alta costura que la irá poniendo en contacto con importantes personajes dentro del mundo de la Diplomacia y la Política, lo que supondrá su ascenso social e inmersión en una historia de espionaje, de justicia, de moda, y por supuesto, de muchas relaciones amorosas, románticas y evasivas.
Recuerda un poco a “El largo adiós” de Rosamunde Pilcher, aunque la autora escocesa tuvo el acierto de dejar reposar una novela tan larga en varios personajes, mientras que “El tiempo entre costuras” está íntegramente contada por Sira y quizás sea eso lo que acabe cansando un poco.
No se trata de una novela realista, o al menos el conjunto de la trama no lo es, aunque sí posee cuadros o semblanzas muy exactos (la vida de los emigrantes españoles en Tetuán; la vuelta de los exiliados a la posguerra española; los pasajes dedicados a la costura y la moda) que contrastan con los impostados diálogos, más cinematográficos que realistas o literarios. Pero insisto en que eso no echa a perder la valoración global de una novela original en el panorama narrativo actual, quizás por asemejarse más, tanto por el estilo de escritura como por la estructura, a esas novelas de heroínas casuales que sufren mil avatares en un contexto histórico real antes de encontrar un final justo y lo suficientemente feliz para satisfacer al lector, que en este caso han sido muchísimos, convirtiendo a “El tiempo entre costuras” en la sorpresa literaria española del momento.
La ternura de los lobos
Título Original: The tenderness of Wolves, Stef Penney, 2006. Traducción: Ana María de la Fuente. Editorial: Salamandra. 444 páginas, 21€.
Margaret Atwood dice que la geografía del autor condiciona su escritura. Probablemente sea cierto y más importante de lo que creemos. A su vez, la geografía interna de un libro, el paisaje geográfico en el que se enmarca, condiciona la psicología de los personajes y el devenir de la narración. Así como en el cine una u otra luz, un vestuario o una forma de hablar traen su propio significado, en la literatura el dónde se desarrolle una trama no será casual y acarreará su propia historia.
“La ternura de los lobos” se desarrolla en el norte de Canadá, en Invierno y en el siglo XIX. Comienza con un asesinato, descubierto por una mujer, y la inmediata desaparición del hijo adolescente de ésta, considerándosele el principal sospechoso. Se inicia, entonces, una búsqueda (la del chico, la del asesino), una averiguación (el misterio del asesinato: ¿quién?, ¿por qué?), y una trama detectivesca e intrigante, cuanto más que el siglo pasado nos permite varias licencias, al no existir análisis ni rigores científicos ni justicia policial burocrática. Nos encontramos ante una mezcla de Sherlock Holmes con Jack London, interpretado por una mujer, y con la novedad actual de varias voces narradoras superpuestas.
Poco a poco comienzan a aparecer más personajes con sus propias biografías. La trama se enreda aún más, pues todos guardan relación con el misterio, y los secretos de unos y otros atrapan nuestra atención pero sobre todo nuestra compasión, porque los personajes son humanos y nuestro interés va más allá que la resolución del misterio. Es más, la resolución del misterio será una excusa para hablar de la soledad del Hombre.
El hombre y la tundra nevada, la soledad y el paisaje inhóspito. Todos confluyendo en uno.
Y es una novela vertiginosa en la acción, y se trata de un libro rápido. Hay pequeñas historias y misterios que van apareciendo y luego entretejen y completan la trama principal, y acompañan a las dos historias de amor que atraviesan el libro. Dos historias de amor imposible. Dos historias a las que se les reserva el final más trágico de todos.
Primera novela de Steff Penney, asombra la capacidad de su lenguaje, adecuado para el siglo pasado y sencillo como el que utilizan los indios de los que habla. Conmueve su conocimiento del alma humana, de la psicología del hombre, de sus mezquindades y miedos. Pero sobre todo fascina la creación de un personaje femenino único, la señora Ross, valiente no sólo en sus acciones (se va con un hombre que no es su marido, sola, a buscar a un hijo que admite que no la quiere, atravesando la nieve a pie, durante días y kilómetros) sino también en su mente, capaz de confesar ante el lector y ante ella misma sus debilidades, sus locuras, sus diferencias respecto a todo el mundo. Su más terrible soledad.
Ganadora del Costa Book of the Year Award, éxito de ventas rotundo, debut cautivador, es “La ternura de los lobos” una obra valiente, fascinante, y a la que recibimos con gratitud.
Esta vez has ido demasiado lejos
Siempre has sido un poco comediante. Te gustaba llamar la atención. Desde que te conozco, y ya hace mucho de eso, has intentado centrar sobre ti todas las miradas. En el colegio eras la más chistosa, chismosa, vistosa (hasta con el feo uniforme gris). Traías a las monjas de cabeza. Imitabas a la Hermana Virtudes a la perfección, sobre todo sus explicaciones en francés.
Cuando comenzamos el instituto lo mismo, pero con más intensidad y marrullería. Cambiaste tus gracias, primero por gamberradas y luego por delitos de mayor o menor intensidad y además te volviste bastante cruel con tal de conseguir tus fines. No sé hasta qué punto todos somos culpables de tus “cosas”, pues te reíamos las gracias.
Desarrollaste en aquella época una técnica para salir indemne de todos tus líos y a lo largo de tu vida las has seguido utilizando. Recuerdo cuando robaste el examen de matemáticas, creo que estábamos en segundo de BUP. Los logaritmos eran tu pesadilla y te enteraste que el profesor tenía las posibles preguntas sobre la mesa de su despacho. Ni corta ni perezosa entraste por una ventana, aquella tarde, lo copiaste y al día siguiente conseguiste aprobar. Casi te descubren por presumir de tu hazaña, pero te desmayaste en clase y todo se olvidó.
¿Y durante aquel viaje de estudios? Robaste en una tienda unos pendientes, cuando la dependienta -una chica de nuestra edad- salió detrás de ti, fingiste un ataque de nervios tan real, que la pobre se asustó y te dejó marchar. El realismo de tu actuación nos dejó perplejos a todos.
Tras estos alardes interpretativos te lanzaste a cosas de más enjundia, por así decirlo. Siempre que se presentaba la ocasión de hacer “algo”, lo hacías, sobre todo robar algo. Si eras descubierta, automáticamente te desmayabas, te subía la tensión, ponías los ojos en blanco, te salía espuma por la boca, temblabas violentamente. En clase te llamábamos “señorita Tembleque”. Claro que esto ya no colaba en todas partes, pero tú que no eres tonta ya sabías bien donde actuar. Grandes almacenes en la ciudad, tiendas en lugares donde ibas de vacaciones, etcétera. En definitiva, donde no te conocían.
Pero de todos tus desempeños el más cruel e innecesario fue el siguiente. No sé si te acordarás, creo que si, de aquella vez que intentaste suicidarte (de mentirijillas, claro) cuando te dejó Ramón. Ya no eras tan cría, tendrías al menos 21 años. Tomaste no sé que pastillas que tenía tu madre y que resultaron ser vitaminas. Diste un buen susto a tus padres, haciendo pasar las vitaminas por otra cosa. Hasta te hicieron un lavado de estómago. Pero tú, estabas feliz en la cama del hospital recibiendo atenciones y mimos de todos, menos de Ramón que no quiso saber nada más de ti. Te gustó menos cuando enviaron al psiquiatra a verte. El buen hombre dijo que lo habías hecho solamente para llamar la atención, que no tenías ningún problema, aunque deberían vigilarte por un tiempo.
Pero en la psiquiatría encontraste un filón. Buscaste a uno y lo convenciste de tu necesidad de medicación. Supongo que tras una buena actuación de las tuyas. Usaste lo de la medicación en exámenes, trabajos… Era un buen pretexto para eludir tus responsabilidades.
Ya de adulta creímos que se te había pasado la “tontería”. Durante unos años te comportaste de manera normal. Incluso te casaste con un chico encantador.
Eso duró ¿cuánto? ¿Cuatro, cinco años? Se enteró que salías con otro y claro, tus dotes de consumada actriz regresaron como si nunca se hubiesen ido. Lloraste, te desmayaste y no resultó. Quisiste dar un golpe genial. Pero esta vez has ido demasiado lejos. Te lanzaste bajo un autobús pensando que el conductor te vería y frenaría a tiempo. Pero no. Ahora estás en el hospital, en coma desde hace tres meses. Los médicos creen que no te despertarás. Yo no estoy tan segura. Es posible que ya estés consciente e intentando engañarnos a todos. Tu marido se siente mal, viene a verte todos los días. Me da pena. Al final tienes lo que querías, la atención constante de los demás a cualquier precio. Si hubieses sido actriz habrías ganado una tonelada de premios.
La ronda
Se aseguró que las puertas de los camerinos estuvieran cerradas con llave, recorrió el pasillo hasta el escenario comprobando que nada entorpeciese el paso y, de paso, arrinconó un poco más un par de sillas que estaban en una esquina, a un par de metros de la salida a escena. Revisó dos veces, como siempre, que la tramoya estuviese asegurada y hecho un vistazo al entramado de cables, cuerdas y tela que es el telón. «Tanta madera y cuerda reseca no es bueno que estén juntas», pensaba noche tras noche.
Algunas noches, cuando hacía el recorrido de comprobación, venía a su memoria aquellas imágenes aéreas del incendio del Liceo de Barcelona. Lloró como nadie aquella última noche de enero del noventa y cuatro, sintiendo culpa y desasosiego a partes iguales. Desde entonces siempre realizaba aquella última ronda de comprobación y no había vuelto a dejar de revisar ni un sólo rincón. Aunque llegase de madrugada a casa.
Siempre terminaba la ronda atravesando el patio de butacas desde el escenario. Bajaba por la escalera que previamente había dejado allí cuando volvía de revisar los palcos y cruzaba el pasillo con paso ágil, sin ruido, gracias a la moqueta roja. Antes de abandonar la estancia, se giró y realizó la última comprobación con la vista. Ante la falta de novedades, salió y cerró la puerta tras de sí. A esas horas el silencio lo envolvía todo y se apoderaba del lugar hasta el día siguiente, hasta la próxima función. El ruido de la puerta cerrando el patio de butacas fue la única nota discordante en todo el paseo.
Finalmente, llegó a la entrada principal, sacó las llaves y abrió la puerta. Un último vistazo alrededor, un gesto asintiendo con la cabeza y apagó las luces. Salió del teatro y cerró la puerta principal con calma, con cansancio. La sombra que estaba tras él esperó hasta que hubo dado dos vueltas a la cerradura y se acercó.
–¿Son éstas las llaves?
–Si.
–Le he hecho un recibo donde consta que me las entrega, con el día y la fecha. Está sellado.
–Muy bien. ¿Qué dijo el dueño?
–¿Del teatro? Nada. Sólo que no iba a pagar por mantener abierto un pozo sin fondo.
–Sí, es típico de él.
–Si.
–¿Qué van a hacer con él?
–Lo tirarán respetando la fachada y montarán una hamburguesería dentro.
–¿Cómo el de la calle Corrida?
–Igual.
–No sé de qué me extraño. Este país se va a la mierda. Buenas noches.
–Adiós.
El incorregible Andrés
Andrés se levanto como cada día, temprano.Hace mucho frió hoy, es lunes, 20 de Enero. Las calles están cubiertas por un impoluto y mañanero manto blanco. Y según predijo el tiempo en las noticias de la noche anterior, va a continuar nevando. Después de una ducha para despabilar se dirige a la cocina para preparar el desayuno. Mientras la leche calienta en el microondas, Andrés extiende sobre la mesa de la cocina un mantelito individual y una servilleta. Coloca el plato y la taza. Al lado derecho pone la cucharilla.Sigue todo un ritual.
Suena el pitido insistente del microondas, avisando de que la leche esta lista. Coge la jarra y la coloca sobre la mesa. Se sirve el café y la leche, y añade cuatro cucharadas de azúcar. Remueve insistentemente, deja la cuchara en el plato y sorbe el café lentamente. Coge una rebanada de pan, lo unta de mantequilla y mermelada y moja este en el café. Come despacio, mientras relee con devoción un libro de auto ayuda titulado “Como vivir bien sin trabajar”. Cuyos consejos sigue al pie de la letra, sin saltarse una coma.Tal vez esta sea la cuadragésima vez que lo lee.
Cuando termina de desayunar, se levanta, recoge la mesa y va al cuarto de baño. Sin peinarse, coge la primera zamarra que ve en el colgador, unos guantes, una bufanda y un gorro de lana gruesa, abre la puerta y baja las escaleras.Cuando llega al portal, saca una aparatosa silla de ruedas, de debajo de la escalera. Se sienta en ella y sale a la calle.Da algunas vueltas. Se detiene en una parada de autobús y espera el numero 1 que va al centro.
Andrés es una persona solitaria. Tiene 49 años, es un hombre todavía atractivo, pero algo dejado en su aspecto físico, de profundos ojos azules y pelo canoso. Su vida tomo un nuevo giro cuando Elisa le abandono, llevándose con ella a sus dos hijos porque según le decía ella era un irresponsable, un inmaduro. Antes de tomar esta decisión hablo con Andrés en diversas ocasiones para intentar salvar su matrimonio. Durante los seis años que duro su relación, Elisa le conoció a su marido algo así como treinta empleos. Nunca permaneció más de seis meses en el mismo trabajo porque siempre cogía una baja por depresión.
Cuando llega a Uría. se dirige hacia la fachada, donde esta la entrada de un importante centro comercial. Se instala con su silla justo al lado de la puerta, saca un cartel mil veces doblado y ajado, que dice: “No puedo trabajar y no percibo pensión de ningún tipo porque la persona para la que trabajaba, no me tenia asegurada, cuando sufrí un terrible accidente de trafico. Tengo 3 hijos a los que alimentar”. Extiende su mano y comienza a solicitar de los viandantes una limosna. Ahora Andrés adquiere una apariencia diferente.La gente le mira con simpatía, unos se acercan y le preguntan que le sucedió, otros se paran para darle algún dinero y otros simplemente pasan por delante sin torcer la cara porque ya no se creen nada.
A media mañana ya contabiliza 40 euros.Son las 2. Andrés decide tomar un descanso para comer algo y se va dos calles más allá, a un pequeño bar donde acude cada día para comer el menú del día y por el que paga seis euros, incluido el café. A las 5 vuelve de nuevo a la calle, se sitúa en el mismo sitio y así continua hasta las 9.La tarde no ha sido tan rentable como la mañana, pero esta satisfecho. Coge el autobús y regresa a casa.
La casa se nota muy vacía. Es un primer piso, en un edificio de apenas dos plantas, que heredo de un tío suyo, soltero, al que Elisa y Andrés cuidaron durante sus últimos días. Aparte de Andrés, nadie mas vive allí Los últimos vecinos que tuvo, fueron desalojados por el juzgado por no pagar la renta. Así que el propietario prefirió mantener el piso vació.
El piso no es muy grande, apenas unos setenta metros cuadrados, pero esta bien distribuido, y es muy luminoso. Como hizo mucho frió y Andrés no estuvo en casa en todo el día, y la calefacción estuvo apagada, lo primero que hizo nada mas entrar fue encender para que la casa se fuera aclimatando. Eso y ponerse el pijama de felpa azul oscuro, que su suegra le había comprado un año que fue a Portugal, con la asociación de amas de casa, a la que pertenecía.
Después de ponerse cómodo, saca el dinero que llevaba en el bolsillo interior de la chamarra y lo guarda en un bote de cristal, que antes había contenido espárragos, junto con la recaudación de las veces anteriores que había acudido a mendigar.
Se prepara la cena, una tortilla francesa de dos huevos y un vaso de colacao, bien caliente.Se sienta en el salón, delante de la televisión y pone el canal donde están pasando una película.
Ni siquiera han pasado quince minutos y se queda profundamente dormido. Es muy habitual que Andrés duerma en el sofá. Desde que su mujer se fue, no ha vuelto a dormir en su cama, salvo alguna vez que alguna de sus amigas, viene a casa para quedarse una noche. Entonces comparte su cama, sin ningún reparo.
La vida de Andrés es siempre igual, lo único diferente que puede ocurrir es que alguno de sus amigos yonquis vengan a verle para pedirle dinero. Entonces se montan unas broncas impresionantes, tanto es así, que alguna vez la policía se presento en la vivienda, llamada por los vecinos de los otros edificios. Pero Andrés siempre sale victorioso de la contienda, alega que vienen a robarle. La verdad es que Andrés no quiere a nadie, solo a si mismo. No tiene escrúpulos ni conciencia.
Son las seis de la mañana y Andrés se levanta, temprano, como siempre. Vuelve a la rutina. Se coloca en el mismo sitio, come en el mismo bar y vuelve de nuevo a su trabajo. Así un día y otro. Andrés se levanto como cada día, temprano. Hoy es 14 de febrero. La gente no para de entrar y salir en el centro comercial. Todo el mundo esta comprando para regalar a sus parejas. Es un día excelente para el trabajo de Andrés, la gente se muestra mas amable de lo habitual, como si fuera Navidad. A media mañana ya había recaudado mas de noventa euros. Como todos los días, se fue a comer, a eso de las 2, al bar, dos calles mas allá. Hoy incluso se tomo un chupito de orujo de hierbas. Y a las 5 volvió de nuevo a su puesto.
Eran las siete, más o menos, cuando una persona se detuvo delante de Andrés. Este permanecía con la cabeza baja, como hacia siempre. La persona que se paro delante del el, se acerco a su oído susurrando: siempre te lo dije y no me negaras que lo tuyo es puro teatro. Andrés reconoció la voz, alzo la vista y vio a Elisa que se alejaba. Mientras la veía alejarse, esbozó una sonrisa.
Remigio y doña Aurora
—¡Lo tuyo es puro teatro!, decía Remigio con rabia y entre dientes. Siempre has creído que quejarte era la mejor manera de seguir viviendo y jamás pensaste en los demás. Cada lamento tuyo ha sido una puñalada para todos nosotros. Hemos sufrido, en silencio, tus impertinencias y tragado un millón de sapos para poder seguir a tu lado. Siempre te has creído superior al resto de los mortales y nunca te has preocupado por nada ni nadie de los que te rodeamos. Ahora comenzarás a entender lo que es una vida de las que tú llamabas rutinaria y ordinaria. Aquí no hay sirvientes, ni mucamas de ultramar, ni mayordomos con librea. Ni tan siquiera una asistenta por horas. Encontrarás la horma de tu zapato, el almidón para tus cuellos planchados, la impotencia de la inanidad o la amargura de las horas varadas. Mira, ahora te dejo aquí y ya volveré cuando te haya calentado el sol.
Y Remigio se alejó de la terraza del jardín dejando a la vieja en la silla de ruedas. Aurora miraba al frente con ojos apagados y llenos de legañas. De vez en cuando la cabeza le caía hacia un lado y el movimiento se acompañaba de un hilillo de baba que brotaba de la comisura de su boca. A cada cabezada, la saliva alternaba de comisura pareciéndose a una clase de gimnasia sueca: izquierda, derecha, izquierda, derecha,…
Un enorme dogo alemán arlequín se acercó a la octogenaria y comenzó a olisquear la silla. Al cabo de varias vueltas y mil olfateos, el can alzó una de sus patas traseras y meó sobre una de las ruedas de la butaca con ruedas. El perro se alejó al escuchar los pasos y las blasfemias de Remigio.
—¡Perro de los huevos! Ahora dirán que lo vi y no hice nada.
Agarró los mangos de empuje y llevó a la mujer a una zona sombreada.
—Bueno, aquí la puedo dejar casi una hora antes de que le dé el sol.
Allí quedó doña Aurora, a la sombra y abrigada de las corrientes, aunque no protegida de las cagadas de las dulces aves que alegremente revoloteaban por el pequeño cielo de tan privadísimo jardín. De altiva dama de pueblo, con notario y boticario, mutó en macetero rodante. Remigio sonaba a lo lejos y el dogo venía una y otra vez a mear sobre la vieja. Cuando el hombre callaba el perro abandonaba el lugar y así estuvieron hasta que el yerno se acercó a la silla para trasladar a la inválida a otro lugar.
—¡Qué no tenga que volver otra vez, coño!
Y la vieja quedaba a merced del sol, los pajarillos y el can meón. Ahora que el perro estaba lejos la buena señora, que no podía controlar sus esfínteres, se meó. La anciana que, entre otras muchas cosas era diabética, producía una orina azucarada que atraía a moscas, abejas, avispas y otros muchos insectos. Así que, de lejos, la buena dama parecía un enorme enjambre terrestre. Doña Aurora se alegraba al orinarse pues cada meada le suponía una liberación, eso sí temporal, de dogo y yerno que no se acercaban hasta que Remigio conectaba un aspersor de riego y alejaba a los bichos voladores y, de paso, lavaba y desodorizaba a su suegra. En esos escasos minutos de intimidad diptérica la mujer saboreaba su última etapa en este mundo y repasaba su vida para ver si, al fin, podía comprender el porqué de aquel trato tan peculiar que le daba Remigio. Pero no alcanzaba a recordar más allá de la última hora vivida. Solamente recordaba desde el momento en que su yerno le ponía unas gotas de algo en el zumo y le decía:
—¡Bebe, carajo, a ver si hoy no me jodes la mañana!
Y desde ese instante la lengua se movía sin hablar, la boca se abría y cerraba a un ritmo fijo y cansino y la fuerza se le escapaba al igual que las babas que cubrían su pechera. De vez en cuando la mujer cabeceaba, pero despertaba dando un profundo suspiro. Ese quejido acaso fuera el pasado que la acorralaba en su red de olvido. A lo lejos una radio informaba al viento y entre músicas se escuchaban las recomendaciones de lo último en restaurantes, tapeos, talleres de chapa y pintura, la oferta del mes en la funeraria “El camino sin retorno” o la nueva llegada de alegres damas al Club “El pecado constante”, junto a la gasolinera de la general…
Doña Aurora vegetaba entre las ramas invisibles de un árbol de rutina amarga. Cuando llegó al pueblo la vida era otra. Ella venía de la gran ciudad, de allá lejos donde se confunden las personas en las aceras y lo anónimo prevalece. El lugar era pequeño, más bien escaso, y ella estaba colocada en la cúspide de una invisible pirámide. Había llegado allí y se transformó en ama y dueña. Pero ese cambio no le hizo olvidar su origen y su cabeza se quedó envuelta en una gasa de culpabilidad y temor. Su papel era necesario para el control de la casa y de él dependían futuro y presente. Nunca antes había visto sirvientes ni aduladores y ahora los tenía a montones desde la mañana a la noche.
Ese cambio que dio la vuelta a su vida fue tan profundo y agresivo que la llevó a los límites del hastío y a la línea amarga de la dependencia. Ella siempre procuró contrarrestar esa subordinación con la ironía y la altivez. Mala mezcla esa de hacerse pasar por lo que uno no es con lo que se aparenta a diario. Así se vio atenazada por su propia mentira e hizo sufrir a quienes la rodeaban, como solamente lo sabe hacer un torturador, un inquisidor o un forúnculo. La dama se hacía la frágil ante los que se consideraban fuertes e inteligentes y esa actitud compensaba, a la larga, con creces lo que los otros creían haber conseguido.
En poco tiempo se vio tratada no como igual, sino con admiración callada por los principales de aquel lugar y supo apreciar como nadie el significado de las palabras poder e influencia. Sentía verdadero placer cuando una insinuación se convertía en una orden o un deseo, apenas manifestado, se materializaba en pocos días. Por la casa pasaban gobernadores, obispos, notarios, médicos, jueces, aizcolaris, mariachis, viajantes de comercio. Y un día apareció por allí un burgalés que vendía morcillas de arroz y discutía fervientemente que eran muchísimo mejores que las alemanas. Basaba su afirmación en que la simple pronunciación del género ya mostraba la grandeza de su sabor. Doña Aurora, obviamente, lo echó de la casa y no a patadas, ni por falta de ganas si no porque llevaba falda tubo y no le permitía levantar la pierna con soltura.
Un día la anciana observó que su yerno no ponía ninguna gota en el zumo y se asombró al ver que dirigía la silla de ruedas hacia el cuarto de baño. Una vez allí el hombre levantó a la mujer de la silla. Sentó a la anciana en un taburete que había en el centro de la habitación y lo empujó hasta el borde de la bañera. Volvió a cogerla y la dejó suavemente en el fondo del baño y comenzó a desnudarla. Cuando ya estaba desnuda agarró el mango de la ducha y abrió el agua. Un chorro fuerte de agua fría mojó a la vieja y con una esponja enjabonó todo el cuerpo sin ningún miramiento. Doña Aurora hacía aspavientos que hicieron sonreir al yerno.
—¡Qué, qué, da gusto el agua fresquita! ¿A que sí? No te preocupes que tienes agua para rato. Hoy vas a estar guapísima. Ya verás que sorpresa tengo para ti. Además todo el mundo dirá: ¡Quién lo diría, mira cómo trata Remigio a su suegra! Y tú te exasperarás como una perra rabiosa y nadie nunca sabrá lo que aquí está ocurriendo. No puedes hacer nada. ¿A que jode, eh? ¡Vieja de mierda!
Al cabo de un buen rato de higiene y acicalamiento, Remigio volvió a instalar a la anciana en su silla de ruedas y la llevó hasta su cuarto. La colocó frente al tocador e inició una escrupulosa labor de maquillaje sobre su suegra. Al cabo de unos larguísimos minutos la vieja parecía un calco de la mujer que fuera otrora. Apenas el yerno hubo colocado a la mujer en su lugar habitual de la terraza, con puntualidad inglesa, apareció la visita.
—¡Aurora, Aurora, estás divina de la muerte! Sí, estás fenomenal. Ya me parecía que exageraban. Hace años que no te veo así.
Y doña Aurora se decía para sus adentros:
—Claro hace años que no me ves, cacho perra. Y tanto que estoy divina de la muerte. ¿Cómo voy a estar?
Al cabo de un rato la visita se levanta y dice:
—Bueno, rica, me voy que estarás cansada de tanto alboroto.
Y Remigio, muy alegre y amable, acompaña a la visita hasta la puerta. Y al fondo del jardín el dogo se estira y las abejas liban las flores…





