Category Archives: #06 – Tribulaciones
Otro cuento
Tras comerse a Caperucita el lobo exclamó, ¡tanto cuento y no estaba buena!
Senilidad
El hijo la llamó y los ojos de la madre no le respondieron. Sus mundos ya sólo compartieron la atmósfera que los envolvía.
Manirrota
Exasperado, seguí el consejo de mi sirena manirrota. Estoy arruinado, pero ella nada en su piscina de espumoso con los muñones cicatrizados.
Satirión manchado
El baile
Se intuye una sonrisa en cada cara y una confidencia a medio camino, un secreto que se mantiene a pesar del ruido y la música. Se adivina la ilusión y la tranquilidad después de un día agitado y febril, de las prisas y los nervios que desembocan en ese primer baile. Destacan, a contraluz y perfectamente nítidos, los dedos, cuando todo lo demás permanece entre brumas.
La sorpresa
Era un día luminoso y frío de abril y los relojes daban las trece. Dios, me acuerdo de aquél momento como si me acabara de suceder. Habíamos quedado en la terraza del hotel Santa Marta, al lado mismo de la plaza mayor. Mientras esperaba por ella me entretenía mirando los relojes expuestos en la relojería con el nombre mas hortera que jamás haya visto, Relojería Loulou. ¿Cómo alguien había tenido la osadía de ponerle ese nombre a la relojería más cara de la ciudad? Lo cierto es que no sé, si motivado por el nombre, o por qué otra misteriosa razón, era la única relojería del centro, que no había sucumbido a los ataques de los ladrones del este.
A mi me gustaba admirar su escaparate, todos los relojes de la exposición marcaban exactamente la misma hora a la vez, y en aquél momento estaban dando la una del mediodía, las trece horas. Sabía de sobra que Marta tardaría aún un rato en llegar, siempre se hacía de rogar un buen rato, era su forma de decirle al mundo, aquí estoy yo y os tenéis que rendir a mis pies, porque yo lo valgo. En cualquier otra persona semejante acto de prepotencia, sería considerado una absoluta falta de respeto. En Marta eso no era así, ella era especial y por eso sus amigos le tolerábamos esos desplantes.
¿Qué era lo que la hacía especial? Pues no lo sé, de verdad. No era especialmente guapa. Aunque tenía un gran atractivo personal. Su pelo castaño le caía con mucha gracia sobre las orejas. Tenía la costumbre de jugar con él cuando se ponía nerviosa. Sus ojos vivos eran capaces de crucificarte o derretirte con una mirada, esa era su fuerza especial, sabía mirar y sabía como nadie controlar el tempo de las miradas. Eso era lo que la hacía tan especial.
Me sorprendí a mi mismo, con la mirada clavada en un reloj de una marca para mí desconocida, pero que debía ser buenísimo ya que costaba la friolera de dieciocho mil euros, vamos que superaba de largo mi sueldo de un año. Como iba diciendo, me sorprendí a mi mismo, mientras miraba aquél reloj, pensando en Marta, y no como amigo. De pronto a mi mente le había dado por recordarme que hacía ya dos meses que había tenido mi último encuentro con una mujer, y lo cierto es que tenía cierta necesidad. Sin saber cómo ni porqué, en mi mente lo que iba a ser una tranquila tarde de café, se había convertido en un encuentro caluroso entre dos amigos que necesitaban dar rienda suelta a un deseo demasiado tiempo reprimido.
Según mi calenturienta imaginación nos encontrábamos en la habitación doscientos tres del hotel Santa Marta, allí sin apenas tiempo para cerrar la puerta de la habitación, me había abalanzado sobre Marta, despojándola de su blusa mientras mi boca hambrienta daba buena cuenta de su cuello.
En esas estaba cuando alguien pronuncia mi nombre.
—Hola Juan.
—Hola… —Apenas me giré para devolver el saludo vi que era ella, justo en ese momento noté la expresión de divertida sorpresa en su rostro, a la par que mis ojos dieron con el bulto que mi pantalón de tela apenas podía controlar. Mi cara descompuesta, mientras intentaba balbucir una especie de frase de disculpa.
—¡Vaya! ¿Llevas una pistola en el bolsillo, o es que te alegras de verme?—Aquella frase de Mae West, en no se qué película solo servía para conseguir que me azorara más todavía.
—Lo cierto es que… me alegro de verte.
—Pues, ni a mi perro Tom se le pone la colita tan contenta cuando me ve llegar a casa.
—Lo siento, es que…
—No te preocupes, no pasa nada. Aunque me imagino que estarás muy incómodo ¿no?
—Lo cierto es que si.
—Tranquilo, eso tiene fácil solución.
—¿Ah, si?—En aquél momento creí haber alcanzado el cielo, no me lo podía creer. Sin tenerlo planeado me lo iba a hacer con Marta. Imposible, ni en mis mejores sueños habría de pasar tal cosa.
Y así fue, no pasó. Solo hizo falta que transcurriera el segundo que, había dibujado en mi cara la sonrisa mas idiota de todas, para que su bolso impactara contra mi entrepierna haciéndome doblar de dolor. Cierto es que se me fue la erección, pero el resto de la tarde la pasé con un gran dolor de huevos, nunca mejor dicho.
Editorial
Buscando efemérides del 30 de junio, día que se publica esta revista, aparece la derrota de Hernán Cortés a manos de los aztecas la noche del 30 de junio de 1520 en Tenochtitlán (hoy Ciudad de México), denominada “La noche triste”. Hacer un paralelismo con el oficio que aquí compartimos es fácil: tribulación. Tanto en su acepción de congoja como de adversidad, los que componemos este taller virtual sabemos un poco de tribulaciones, de derrotas, de noches tristes, de dudas, de tormentosos sueños que se rompen más allá del papel y de luchas encarnizadas para transcribir todo aquello que queremos contar.
Hoy estamos embarcados en el beligerante proyecto de escribir una novela, cosa impensable para algunos hasta un momento antes de ponernos con ello. Nos adentramos en territorio enemigo con el arsenal a nuestro alcance, que casi siempre es insuficiente, pero lo bueno de pelear por lo que uno quiere es que van apareciendo nuevas armas por el camino, y que muchas veces el tesón es más efectivo que la más afilada de las espadas.
No sabemos qué pasará en este particular combate, si está perdido de antemano o saldremos victoriosos. Pero hemos de pensar siempre que nuestro proyecto no acabará en derrota, porque nunca se lucha para perder. Y en realidad, puede que dejemos en el camino sangre sudor y lágrimas, y atravesemos noches tristes en las que nos parece que nada tiene sentido o que nos estamos equivocando, y perdamos tantas batallas que nos sintamos prófugos de todo. Pero nunca, nunca, perderemos la guerra. Porque en ella revolotean como estandartes todas aquellas páginas que forman ya parte de nosotros. Y eso es siempre una victoria.
Yose Álvarez-Mesa. Junio de 2009.
El relato erótico más corto de la historia
Me duele la mano de pensar en ti.
En defensa propia
Ficha técnica: 2008, Mary Higgins Clark, DeBolsillo. Título Original: No place like home. Traducción: Encarna Quijada Vargas. 8,95 €, 379 páginas.
Mary Higgins Clark lleva con el título de “Reina del suspense” desde su primera novela, “La cuna caerá”, allá por los años 70. Nadie ha podido arrebatarle esta corona, así como nadie ha conseguido destronarla del podio de las ventas. Prolífica (cada año “saca” dos bestseller), trabajadora de la escritura e inmensamente popular, lo que la diferencia frente a otros escritores del género es la ausencia de un investigador-héroe a lo largo de sus libros. No tiene un Wexford, un Dangliesh o una Kay Scarpetta (por citar otras escritoras actuales), y quien investiga sus casos siempre es la protagonista, que suele ser una mujer joven, bella, con una profesión interesante (periodista, abogado, agente inmobiliaria), y que de algún modo está disponible (la viudez tempranera le gusta mucho a Mary Higgins, quizás por haberla sufrido en sus carnes).
No caeremos en el error de decir que alguien que escribe con tal rapidez no puede tener una buena redacción, y si no recordemos a Lope. Sí es cierto que hay cosas que se repiten en sus novelas (aunque sorprendentemente no su línea argumental, y es de apreciar en alguien que lleva más de 70 libros y se dedica al suspense), pero también le ocurría a Jane Austen y ha pasado a la historia colectiva como una gran escritora. Curiosamente, Mary Higgins comparte con Austen un mismo recurso en sus novelas, que es la de casar a la joven protagonista al final de las mismas, y que a lo largo de la trama haya estado nadando entre dos pretendientes: uno, aparentemente simpático, acaba siendo lo contrario o incluso el asesino, y el otro, muchas veces considerado sospechoso, resulta ser su salvador.
Así pues, podría parecer que Higgins tiene poco con qué sorprendernos. Pero lo hace. Por muchas novelas de ella que uno haya leído (y créanme, yo lo he hecho), nos cuesta discernir al culpable. Mary lo resuelve todo en la última hoja (y unas líneas más abajo casa a la protagonista y llega el fin, como las novelas del siglo XIX, donde lo que ocurría después carecía de interés), a la que el lector ha llegado después de haber pasado una profusión de capítulos, largos y descriptivos primero, cortos y activos después, para acabar amontonándose en una acción fácilmente trasladable a la gran pantalla. Pero a lo largo de estos capítulos, y esto es lo destacable, la escritora no hace trampas. Sus diálogos, cortitos, rápidos, y en los que la información siempre es básica y total, nos dan la clave de todo, de tal modo que si uno, al llegar al final, se pone a releer la trama, se percata de que las respuestas estaban allí, bien dosificadas y escondidas por la escritora.
De esta nueva novela, pues, poco diré, porque lo mejor de ella será su sorpresa final, que prefiero no desvelar, después de que la autora se haya tomado tantas molestias…

