Cita a ciegas

Era un día luminoso y frío de abril y los relojes daban las trece. Paloma recorría uno por uno todos los espejos de la casa intentado atrapar la sombra misteriosa que posteriormente iría desnudando frente al desconocido con el que se había citado. Con los ojos bien abiertos fue eliminando todos los prejuicios, complejos y miedos que la vida le había ido inculcando y decidió que por fin estaba lista para su cita a ciegas. El se llamaba Julio y prometía inventar para ella una tarde interesante. Sentados en una mesa frente a un par de cervezas, Paloma vio como las horas se iban llenando de nubes mientras Julio no dejaba de hablar. Y habló, habló tanto que a los ojos de Paloma se les borró la dulzura y se fueron cerrando lentamente hasta que empujaron a todo su ser hacia un precipicio de sopor intolerable; su sonrisa se encogió consiguiendo perder totalmente su compostura y su rostro angelical se convirtió en una forma alelada, sin ningún atractivo, a medida que ella se iba acurrucando en los brazos de Morfeo. El móvil vibró y Paloma se despertó de repente asustada y sin saber muy bien con quien estaba y que hacía allí, hasta que al levantar la vista descubrió el rostro de Julio, que ausente de todo su entorno y sólo concentrado en continuar explicando los dolores que le producían las terribles hemorroides que sufría, no se había dado cuenta de que su soliloquio no causaba ningún interés en la persona que le acompañaba. Paloma le interrumpió esgrimiendo una disculpa:

─Se me está haciendo un poco tarde─dijo y sin que Julio tuviera tiempo de reaccionar, se levantó y huyó de aquel lugar como alma que lleva el diablo.

Lectura inacabada en aquel mes que no era abril

Era un día luminoso y frío de abril y los relojes daban las trece,… así comienza el libro que tiembla en mis manos, y que jamás terminaré.

Hoy no es abril, hace unas horas que el sol se despidió a mis pies, el aire acondicionado no es muy frío, son casi las doce de la medianoche y en mi hogar, al que nunca llegaré, rozan las cinco de la mañana. Así que ninguno de mis relojes está marcando las trece.

¿Trece?

Trece, ironías de la vida, jamás he sido supersticioso, nunca, incluso he disfrutado ridiculizando a la gente que sí lo es, tengo la sensación de que siempre me he estado riendo de alguien. Y ahora aquí estoy, llegando a mi fin.

Y de nada sirve quejarse. Pero tengo miedo.

De nada sirve quién soy, ni quién pude ser o lo que fui, de nada sirven mis problemas, ni mis sueños, mis esperanzas, mis dolores, mis noches sin dormir.

De nada sirven mis amigos ni los que dicen serlo, ni el desprecio que vertí sobre mis padres, ni las horas de espera porque siempre hay alguien que no conoce la puntualidad, ni los discos acumulados en estanterías, ni el sonido de las campanas anunciando un año más.

Ya nada se puede hacer en este día que ha dejado de ser luminoso y frío, que no es abril, cuando las agujas de los relojes ni siquiera dan las trece.

Y me acuerdo de mi mar, de cómo cerraba los ojos y me dejaba mecer por su sonido cadente, y del sabor del vino, del pan , del olor a leña, de los ojos de mi mujer, de sus abrazos, del día de mi boda, de su amor, de cuando el verano no acababa, de cuando era niño y siempre tenía las rodillas peladas, de las canicas y las peonzas, de la lluvia fina, de que no me gustan los paraguas, ni las injusticias ni los cobardes.

Aquí estoy, rodeado de miedo, mi miedo.

Su miedo, gritos, lágrimas, y manos unidas, y manos que rezan, y manos que golpean el sillón con violencia, con rabia…

Con miedo.

Siempre me gusta viajar junto a la ventanilla, y que se haga de noche, y cruzar el océano, y ver las estrellas sobre mi, y a mi lado, y seguir el parpadeo de otros aviones que vuelan a lo lejos, a la misma velocidad, y yo estoy aquí, y ellos allí.

Primero fue un rayo, luego muchos más.

Y me buscarán, nos buscaran, un ala rota, un logotipo de Air France, una caja negra que no es negra, un cadáver, un trozo de maleta,…

Miedo, tengo miedo.

Quizá no me encontrarán.

La turba

Era un día luminoso y frio de abril y los relojes marcaban las trece horas. El sol hacía reaccionar lentamente a su cara y sus manos, fríos después de haber paseado por media ciudad. La única ventaja que había encontrado Pablo en el desempleo eran esos largos paseos por la ciudad desde muy temprano. Sólo recordaba haber caminado por las calles desiertas y frescas a esas horas en que todavía es de noche en su época del instituto, miles de años atrás. Encontraba un placer morboso, casi solitario en caminar por las calles vacías, admirando cómo poco a poco el mundo se desperezaba a su alrededor.
Eran las trece horas y lo sabía porque, frente a aquel paso de peatones, esperando la señal verde del semáforo, el reloj de su pulsera lo anunció con un pitido. Solía fijarse en las caras de la gente mientras esperaba, veía mohines de sueño o rictus de enfado reflejados a menudo en ellas. Solía pensar que las personas van por la calle de la misma forma que están en el trabajo o en casa. Enfadados, tristes o huraños, pero rara vez alegres.

Se fijaba en los signos diferenciadores del grupo, lo que hacía a ciertas personas diferentes, lo que los separaba de la turba. Frente a él, al otro lado de la calle, una chica llevaba una boina francesa de color rojo intenso, mientras el resto de personas, la turba, vestían ropas grises y marrones, anodinas y tristes. Le recordó a esas imágenes en blanco y negro donde un objeto, de color intenso, está coloreado. El semáforo pasó de verde a ámbar para los vehículos y la chica de la boina roja comenzó a buscar su móvil en el bolso, que sonaba estrepitosamente.

Aquella mañana se había levantado temprano y a las ocho ya estaba en la calle, caminando para sacudirse el frío de encima, como era su costumbre. Le habían despedido dos meses atrás pero Pablo mantenía el mismo horario para, según él, no enloquecer demasiado pronto. Se levantaba, salía a la calle y caminaba sin rumbo fijo durante horas. Trataba de mantener la atención en todos los pequeños detalles que le rodeaban, desde el ángulo de la luz en cierta calle, hasta las matrículas de los coches que sumaban 21. Acostumbraba a caminar hablando en voz queda, sin un interlocutor y sin sentir las miradas de aquellos con quien se cruzaba. Él sólo caminaba y hablaba en voz baja, hilvanando pensamientos, describiendo escenas o escribiendo interminables cartas que no tenían destinatario.

Sus paseos eran anárquicos, sin orden aunque variaban según sus apetencias. Algunas mañanas, si llovía, arrastraba los pies por la arena de la playa, con la cazadora subida hasta las orejas. Otras, si el frío era tan intenso que apenas si podía pensar, buscaba el abrigo de las calles y caminaba a buen ritmo por callejones para activar la sangre en su cuerpo. Aunque las primeras horas de la mañana las dedicaba a reexplorar constantemente las calles de los barrios periféricos, solía dejar las calles comerciales y los lugares más céntricos para después del medio día. A esas horas, la gente ya inundaba las aceras y su contacto le permitía volver a sentirse humano.

Eran las trece horas y su reloj de pulsera lo había anunciado. La chica de la boina roja ya había cogido el teléfono y mientras respondía, la turba se ponía en marcha hacia la acera opuesta. Ríos de gente cambiando de acera y, en medio de todos ellos, en mitad de los dos carriles de la calle, la chica se detuvo y comenzó a llorar.

Cuatro más cinco, nueve, más siete, dieciséis, más cinco, veintiuno. Renault cinco gris. O-4575-T. Otra matrícula a recordar. Esa mañana llevaba nueve. Pablo levantó la vista del primer coche que estaba esperando luz verde y vio a la chica, detenida en mitad de la calle. El frío había remitido pero la cercanía del mar le pintaba un par de coloretes a juego con la boina. Lloraba en silencio, sin moverse. El conductor del Renault cinco gris también la había visto y empezaba a impacientarse. Ira, rabia, confusión… más adjetivos a la lista de los pasos de peatones. Pablo alcanzó la otra orilla de la calle.

El semáforo empezó a cambiar de ciclo e invitaba a los peatones a no abandonar la acera. La chica, inmóvil, continuaba mirando al infinito. A nadie parecía importarle y algunos conductores ya estaban pitando. El carril menos bloqueado se puso en marcha mientras al hombre del coche gris le cambiaba el color de la cara. Todavía seguían siendo las trece, no había se había terminado el minuto, cuando Pablo volvió a cruzar la calle en dirección a la chica. El conductor iracundo la esquivaba entre pitidos y juramentos y a punto estaba de colisionar con otro vehículo.

–Ven conmigo. Aquí te van a atropellar.

Miraba al infinito y sostenía el móvil en la mano.

–No puedo. No quiero… no sé.
–No podemos estar aquí.
–¡No! Quiero ir con él.–Lloraba sin ruido, mansamente
–¿Con quién?
–Con mi abuelo. Me han llamado para decírmelo. Ha muerto.
–Lo siento mucho. ¿Por qué no me lo cuentas allí, en la acera?
–Yo no… yo sólo quiero ir allí.–Mientras hablaba, señalaba un punto indeterminado, tras los edificios cercanos.
–Lo sé, dame la mano.–Mansamente, como sus lágrimas, atravesaron el carril y, cuando el semáforo iniciaba otro ciclo, llegaron a la acera. La turba comenzó a moverse y los dejó en medio, aislados y quietos.

Era un día luminoso y más templado de un abril extraño, a medio camino del peor marzo y el mejor mayo y el reloj de pulsera de Pablo emitió un pitido. Eran las trece horas y su paseo le había llevado, veinticuatro horas después, al mismo cruce, a la misma hora. Frente a él, en mitad de la turba gris y marrón, distinguió la boina francesa de color rojo intenso que, según le dijo Elena, era su favorita desde su estancia en Auxerre.

Ejercicios Respiratorios

Ficha Técnica: 1988, Anne Tyler, Punto de Lectura. Título Original: Breathing Lessons. Traducción: Gemma Salvá. 8,95 €, 441 páginas.

Lo más representativo del Premio Pulitzer es que no premia a la persona, sino a la obra. Es el Óscar de las letras (junto con otros apartados, como la música o la fotografía). Pulitzer busca lo más incisivo del año, lo que mejor refleje la realidad actual, y le otorga un premio por cada modo de expresarse. En una de las curiosas acotaciones que acompañan las bases de este premio, está la de, refiriéndose a la obra de ficción, que esté “preferentemente relacionada con la vida en los Estados Unidos”.

Si uno leyera de un tirón los Pulitzer de este campo desde 1918 al 2009, encontraría la mejor radiografía de la vida personal de los estadounidenses. Autores tan dispares como Russo, Eugenides o Chabon tienen en común el habernos radiografiado la sociedad americana del nuevo siglo. Pero nos pararemos en 1988, el año que ganó la escritora Anne Tyler.

Tyler tiene una prosa sencilla. Sencillísima. No es una escritora descriptiva y a veces, por eso, los personajes parecen un poco… “suspendidos”. También es una escritora embarullada. La narración “central” va continuamente desgajándose mientras los protagonistas recuerdan cosas, pero sin llevar una especie de orden premeditado o un hilo conductor que nos lo ate. Los diálogos, en determinadas ocasiones, pecan ensamblando tópicos, o respiran un deje de irrealidad, como si hubieran sido escritos para salir del paso sin volver a ser rematados después.

El lector ha de aprender a obviar todo esto. Ha de aprender a verlo con ojos de Pulitzer.

Porque lo que nos cuenta Tyler es lo que no vemos. Nos habla de algo tan intangible y difícil como es el desasosiego de las personas que no tienen un verdadero problema. Pone voz al pensamiento íntimo de una mujer que lo habla todo y se siente incapaz de explicar su tristeza a su marido. Nos lee las líneas de expresión de los amigos que llevan tiempo sin verse y se han convertido en todo lo que prometían no ser. Nos hace escuchar la soledad de un diálogo entre padres e hijos cuando estos últimos sólo consiguen soportarlos si no hay ningún testigo en 100 kilómetros a la redonda.
Sublime en detalles nimios (el engaño continuo con la comida que tiene la protagonista; la conversación telefónica insuficiente con la que fuera su mejor amiga; el equívoco de la jabonera), evocadora en determinadas páginas, e incisiva y cruda con determinados personajes, “Ejercicios Respiratorios” consigue ser tan norteamericana que se vuelve universal. Sus protagonistas son tan normales, tan medios, y su modo de vida es tan habitual, que es perfectamente trasladable a cualquier país, junto con sus pensamientos íntimos y su dolor.

Robinson Astur

Ficha Técnica: Elías Veiga, 2008. Editorial: Universos. Colección “El parche del pirata”. 10€, 107 páginas.

James Joyce veía a Robinson Crusoe (la novela) como el símbolo del hombre hecho a sí mismo, capaz de perseverar en las más difíciles condiciones. Otros, quisieron ver en el libro una alegoría de la propia vida de Defoe, que después de quebrar económicamente, supo sobreponerse con esfuerzo y trabajo. También puede existir la visión de que la novela nos muestra el desvalimiento humano frente a la grandiosa Naturaleza.

¿Qué será lo que habrá sentido Elías Veiga cuando leyó la que sería la primera novela de la Literatura Inglesa? Para saberlo, leeremos su poemario, en el que nos desgrana su visión de lo que sería un náufrago en Asturias. Una tierra demasiado vasta y fuerte para quien necesita una trabajo para poder tener descendencia (aquí presente la soledad del Robinson, aquí presente la enormidad de la Naturaleza). Una tierra que va dejando solo a un náufrago que se rebela y queja más que el Robinson original; un naúfrago que se niega a aceptar lo inevitable. Un náufrago menos conformista, pero náufrago al fin y al cabo, que medita sobre las pocas pertenencias que le quedan a uno al morir, mientras se queja de la futilidad de arreglar las cosas demasiado tarde (esos contenedores…), y a la vez contempla con añoranza gente de su pasado que en otro tiempo no entendió pero que ahora comprende perfectamente.

Es Elías Veiga, pues, un Robinson actual, pero leyéndole (sintiendo su lírica justa, su palabra certera, su verso acertado, acerado y correcto, en el que pone luz y voz a lo que uno piensa, pero ni se percataba de que lo pensaba) nos damos cuenta que los demás también lo somos, lo hemos sido, lo seremos. Que nunca, como él, ha existido un verano perfecto. Que las habitaciones, a veces, son demasiado grandes. Que el mar de la incertidumbre siempre está ahí, esperándonos, y nosotros muy cerca de la orilla, más de lo que creemos. Si Defoe cayó al abismo de la ruina, y como él su personaje, un Robinson Astur siempre vive en él, y suma títulos y estudios para acumular, subirse a ellos, y salir del bache, pero sabiendo que las olas pueden volver a crecer y tragarle.

Uno de los protagonistas de “La Piedra Lunar”, la gran novela de Wilkie Collins, pasaba sus ratos libres leyendo exclusivamente “Robinson Crusoe”. A él acudía cuando su alma necesitaba consuelo, consejo, o un simple divertimento, pues en él estaban escritas todas las respuestas. Algo así nos pasa con este poemario, en el que cualquier página abierta al azar nos recibe con un dolor ya vivido, ya expresado y contado, sintiendo uno la empatía, el abrazo, el refugio que da el saber que otra persona ha sentido lo mismo que tú. Que uno, al fin y al cabo, y gracias a Elías Veiga, no está tan solo como Robinson Crusoe.

Los olores del mar

Era un día luminoso y frío de abril y los relojes daban las trece. El olor del mar, tan fácil de percibir y tan complicado de describir, envolvía cada rincón en la Finca Magdalena. En la terraza, frente al mar, sobre una de las numerosas hamacas de tela que colgaban de las columnas de madera, bajo los viejos techos de bambú, descansaba mientras la brisa marina acariciaba mi rostro cerrando mis ojos y acercando hacia mí un cúmulo de sensaciones intrínsecas en el olor del mar. Hasta mi llegaba el olor del agua salada; el olor de las algas entre las corrientes marinas; el olor de las rocas húmedas del acantilado donde las olas más ruidosas finalizan su viaje; el olor de los pájaros volando entre el mar y la playa; el olor del calor del sol; el olor de las pisadas de los niños en la arena; el olor de los cangrejos andando rápidamente de lado entre la arena blanca, sin saber si van o si vienen; el olor de las viejas embarcaciones de colores encalladas en la arena. Hasta mi llegaban cada uno de los olores del mar mientras la brisa marina acariciaba mi rostro abriendo mis ojos en aquel día de abril, aun luminoso y frío, cuando los relojes dejaron de dar las trece hacia unas pocas horas.

Cuentos y reencuentros

Ficha Técnica: Varios Autores, 2009. Editorial: Editorial Laria. Colección “Primeras Líneas”. 17€, 199 páginas.

El libro “Cuentos y reencuentros” nació de un ejercicio de un taller literario. El ejercicio se componía de tres partes bien diferenciadas, que derivaban en una especie de “encuentros en la tercera fase”: Primero había que escuchar un cedé enviado por el coordinador aleatoriamente (a unos les tocó rock, a otros flamenco, a otros ópera…) a cada uno de los talleristas. La segunda fase consistía en crear un personaje (con todo lujo de detalles)a quien le gustara aquella música. Y en la tercera fase había que relatar un reencuentro de ese personaje con alguien de su pasado. Fue un ejercicio de lo más divertido, porque vimos crecer antes nuestros ojos a alguien casi “de carne y hueso”, que fuimos creando con paciencia y esmero hasta en los más mínimos detalles. Fue divertido también enfrentar a ese personaje con alguien de su pasado, e intentar pergeñar una historia en mil palabras. Y fue igualmente divertido comprobar después la cantidad de historias diferentes que se pueden crear partiendo de una misma base.

Este libro lo componen todas esas historias. De amor y desamor, de terror y fantasía, de sueños y realidades. Hay drama y humor, barroquismo y sencillez, miedos y osadías. Hay regresos, egresos, amistad, nostalgia, renuncias, abandonos y recuerdos que perviven en el tiempo. Hay un denominador común en casi todas las narraciones, aparte del reencuentro, y es la música, por haber nacido cada personaje de las melodías escuchadas en un cedé. Y en muchas ocasiones, además, está el descubrimiento de los fantasmas de cada uno de los autores para mostrarlos abiertamente en sus personajes, darles nuevas formas, desmitificarlos y manejarlos a su antojo.

Crear algo de la nada es un reto francamente atractivo, como lo es meter en ese algo un poco de nuestro bagaje individual, de las personas que conocemos, de nuestro entorno, de nuestras expectativas e incluso de nuestra propia identidad. De esa forma, la criatura final resulta un híbrido diferente a cualquier realidad, capaz de trascender más allá de nosotros.

Todos los autores que componen este libro de relatos han escrito sus historias amparados en el anonimato que supone asistir a un taller virtual. Esto es una ventaja y facilita el soltarse en el medio, ya que en ocasiones la falta de seguridad coarta nuestros movimientos. Pero ahora, una vez publicado el libro, cada historia lleva nombre y apellido y ya no hay marcha atrás. Algunos lo esperaban con ilusión, otros lo temían, otros han visto realizarse un sueño. Y ahí están, dando la cara con orgullo ante el nacimiento de esta criatura que tanto ha significado para todos.
Y ahora, ¡a por la siguiente!

En el vértigo de la vida

En el vértigo de la vida
que me envuelve,
y me esconde en esta lluvia
que no cesa.

Miles de preguntas sin respuesta
rompen las paredes de mi cuerpo.
Y es en la misma pregunta
donde encuentro la calma.

La respuesta vendrá más tarde,
o no llegará nunca;
y ahogada en un estruendo
de voces imposibles,
se mantendrá la duda.

El cliente

Era un día luminoso y frío de abril y los relojes daban las trece. ¡Mala hora…! Demasiado tarde para un café… Demasiado temprano para una ginebra…
Detrás de la barra el camarero me miraba con cierto aire de inquisitiva condescendencia. Para mí era la primera vez, pero él conocía a la perfección quiénes eran y qué buscaban los clientes que se perdían en un hotel con vistas a la nada a la hora del aperitivo…

No podía apartar la mirada de la puerta… En cualquier momento, un traje verde, una camisa rosa palo y una corbata marrón, como señas de identidad, anunciarían su inequívoca llegada, en realidad, el margen de error era escaso, aparte de mí y el camarero expectante, aparentemente, nadie más revoloteaba por aquel espejismo en medio de ninguna parte…

Las trece y un minuto… Una hora muy apropiada para un vino o una cerveza… ¡Demasiadas sombras…! Sin duda era la hora perfecta para dejarse embriagar por un aterciopelado morapio o por una helada rubia, si no fuera porque odio el vino, y aún más, detesto la cerveza…

Las trece y dos minutos… Agua, sí… Un poco de agua… Cualquier hora es buena para nadar, y ninguna mala para ahogarse… Se retrasaba…

Las trece y tres minutos… Un difuminado espectro verde con camisa rosa palo y corbata marrón dibujó su silueta bajo el umbral…

–Ginebra… ¡Una ginebra, por favor…! ¡Bien cargada…!

Sincronía para Ramón

Era un día luminoso y frío de abril y los relojes daban las trece. Todos en perfecta sincronía, su tintineo era la única música que se podía oír en aquel ambiente silencioso. Algunos avisaban puntualmente cada cuarto de hora; los demás señalaban las horas y las medias. Aquella casa se había ido convirtiendo al paso de los años en un pequeño museo del reloj tradicional. Cada una de las estancias albergaba varios, todos diferentes en diseño, tamaño y sonería; construídos en horas libres por manos expertas.

Ramón se sentía orgulloso de sus hijos, los cuidaba a diario y los mostraba a sus amistades con el afecto de un buen padre, que conoce a cada uno en lo más íntimo. Le gustaba explicar los pormenores de su elaboración, los materiales utilizados y su procedencia, las horas empleadas hasta dejarlo perfecto. Los últimos treinta años se los había dedicado con pasión y entusiasmo, día a día, sin conocer descansos ni vacaciones; con la idea fija de ir perfeccionando cada vez sus modelos.

Quienes veían su obra se quedaban admirados y le preguntaban por el precio, pero él siempre respondía lo mismo: “no están en venta”. Muchos le recomendaban una exposición pública en alguna de las numerosas salas de la ciudad; tampoco mostraba interés. “¿Qué va a ser de estas joyas cuando tú y yo no estemos?”-le decía de vez en cuando su mujer-. Él solía contestar con evasivas, sin aclarar sus previsiones, ni siquiera cuando ella lo apremiaba recordándole su edad. Podría pensarse que el futuro no le preocupaba en absoluto, tal vez imaginara tener comprado el tiempo y poder conservarlo para siempre en sus preciosos relojes.

De un tiempo a esta parte, había empezado a notar síntomas preocupantes en sus ojos. Sentía un malestar difuso, veía imágenes borrosas…Ya no podía dedicar largas horas, como antes, a su afición. Su cansancio iba en aumento y no era achacable a la diabetes. Aunque nada decía, su mujer notó luego que algo fallaba y le convenció para ir al oculista. La consulta duró mucho más tiempo que en anteriores ocasiones. El doctor le hizo pruebas especiales y le dijo que los resultados le llegarían por correo al cabo de unos días. Se desató una importante preocupación en ambos. Pero evitaron hablar sobre ello.

Una semana más tarde, al volver a casa encontró la carta y subió en el ascensor sin atreverse a abrirla todavía. La dejó sobre la mesa y se dedicó a recoger todo lo que había comprado. Deseaba retrasar el momento al máximo. Sonaban las trece en los relojes cuando por fin leyó su contenido. No pudo evitar que su corazón empezara a galopar con fuerza y una mano atenazara su garganta: el glaucoma avanzaba insidioso y veloz; le prescribían una operación urgente, sin garantía de buenos resultados.

Tomar la decisión fue cosa de veinticuatro horas. Los preparativos, apenas veinte minutos. Al día siguiente, al dar las trece, recorrió una por una todas las habitaciones, en orden, paró las treinta maquinarias de los relojes y celebró un ágape con otros tantos pasteles.