Tiempo lento

Tiempo lento, horas lentas;
aquí, el reloj, parece haberse dormido
mientras espero la noche;
el momento de verte.

Cielo gris en la ventana,
lluvia incesante que se estrella
blandamente contra el suelo.

En mi cabeza, los pensamientos
se van amontonando
a una velocidad de vértigo:
dudas, miedos…

¿Hasta dónde llegaremos?

¡A veces te veo tan lejos!

Tiempo lento, horas lentas y torturadoras
las venas duermen, el cerebro, vela.

Bárbara

Bárbara parece un árbol que se mece
al compás de algún “merenguito”,
gentileza del pinchadiscos de la casa.

Luces amarillas, chispas de ritmo
que palpitan en un trance casi místico.

Mente, ritmo, mente, ritmo
os brazos, ramas desbocadas, se agitan
con la pulsiones de la salsa.

Ritmo, ritmo, rima, ritmo.

El corazón se derrama entre las venas.

!Pin¡, !pan¡, !pin¡, ¡pan!

¡Piernas quietas !

¡Pin! ¡pan!, ¡pin!, ¡pan!

¡Ya no hay músculos!
¡que hablen las caderas!

¡Piernas quietas!

Bárbara ya no baila,
está fundida con el viento…

¿o es sólo música? No lo sé.

Quizás me equivoco

Soneto para el chico de ayer

Tú siempre quisiste ser diferente.

Desde el nacimiento un “enfant” fatal,
siempre pisando cerca del final
y siempre enfrentado a lo conveniente.

Con quince años eras irreverente
probando la autoridad paternal,
simple reflejo de lo audiovisual,
otro rebelde más, otro inconsciente.

Viniste a aquel Madrid de los ochenta,
que para ti duró más de diez años.
Y el punto final lo puso una aguja.

Y terminaste siendo una osamenta
que apenas llegó a cumplir cincuenta años.
Antonio Vega, el eterno granuja.

Haikus en junio

Mañana fresca,
alborea otro junio,
luz cantarina.

Cielo radiante,
esplendor de sol nuevo,
brisas alegres.

Aves en vuelo,
temblor en los árboles,
rosas en flor.

Ligeras nubes
bordan el firmamento:
encajes blancos.

Tres caracoles
esquían por la acera.
Aman el riesgo.

Soledades

Era un día luminoso y frío de abril y los relojes daban las trece. Otra mañana más ella cerraba la puerta de la tienda de antigüedades. El cartel luminoso de la farmacia mostraba los cuatro guarismos, que ella miraba de reojo mientras daba tres vueltas a la llave, 13.00.

Con paso automático se dirige al mismo café en el que, durante los últimos veinte años, ha tomado una coca-cola previa al almuerzo. Cualquiera que la viese diría que ella es la misma de siempre, que sus pasos no han variado, que camina con el mismo ritmo, ni más deprisa ni más lento. Sin embargo, donde no llegan las miradas una revolución ha comenzado.

Una reflexión ocupa todo el espacio de su cabeza.

El ciego que vende el cupón la saluda unos momentos antes de oír su voz, distingue bien su caminar y conoce sus horarios. Él es el único que percibe que algo está mudando: un breve suspiro mientras el corta el cupón, respuestas automáticas que servirían para un gran número de interpelaciones, un estar pero no estar.

Tras guardar el boleto sigue su avance, recorre los apenas cincuenta metros que van desde el quiosco del ciego al café. Entra empujando la puerta de cristal, abriéndola poco más de lo indispensable para pasar. La mesa que siempre que puede utiliza está vacía. Al mismo tiempo que recorre el poco espacio que separa la entrada de la mesa saluda al camarero que permanece detrás de la barra. Solo se saludan, no pide nada, no hace falta, él le va a traer la bebida sin necesidad que ella se lo indique.

Sentada en la mesa parece hacer tiempo para que el camarero le sirva, con todo, ella está esperando a otra persona, aunque nadie lo sabe. Tampoco el hombre que ella aguarda.

Diez minutos mas tarde un individuo de traje gris, igual al que llevan un par de cientos más de hombres que trabajan en el centro comercial colindante, se dirige a la barra; busca un taburete alto, el periódico, pide un café y comienza a pasar las páginas leyendo apenas algunos titulares.

Ella le mira y graba cada uno de sus movimientos en su cerebro. Un poco más tarde, cuando esté sola, repasará cada uno de sus movimientos, y los analizará hasta el extremo, dándoles significado a cada uno, aunque su autor no pusiese ninguna intención en él, y si la ponía, no siempre coincidía con la interpretación de la mujer.

Él se gira y avanza hacia ella. El corazón de ella se acelera, durante la noche ha decidido hablarle y ahora es el quien se va a dirigir a ella, espera que la aborde, apenas son ocho pasos los que les separan. Cuando los oídos de ella esperan escuchar su voz solo percibe un leve roce en su vestido, él continua sus pasos hacia el baño.

Las mejillas de la mujer se colorean. Abandona la mesa dejando la coca cola sin terminar.

Mientras regresa a la tienda jura, una vez más, que mañana es el día en el que va a hablar con él, le dirá lo que lleva ensayando en tantas noches de insomnio. Al mismo tiempo, en el baño del café, el hombre se aclara la cara y maldice, si bien no sabe si todo es culpa de la timidez o es producto de la cobardía. No acierta a comprender como, en el último momento, sus pies siguieron caminando, y sus labios no pronunciaron la frase que tanto había ensayado en el espejo. Los dos saben que no tienen nada que perder. Los dos se sienten perdidos.

Al caer el sol

El día se está apagando
Al otro lado del fin
Donde se llega soñando.

La llama que presidió el día
En su adiós apura el fuego
Y cierra de nuevo un día
Corriendo un tupido velo

Es la marca del ocaso
Un horizonte sin fin
Con visos de un fino raso.