Jamás vi un día tan hermoso y cruel… Leo pero no me concentro, mis pensamientos no están a lo que están, sino manipulados por la ausencia de Blas. No sé por qué pierdo el tiempo con este hombre, si no me da más que disgustos. Ahora debería estar disfrutando de la vida en vez de quedarme en casa cenando sola y leyendo este tocho, esperando a que llame para darme noticias que seguramente sería mejor no saber. Tonta soy de hacerle caso, espera a que te llame, nena, y te contaré cómo ha ido todo: mentira, seguro, pasarán las horas y él no llamará, me apuesto mis bragas de Dior.
¿Cuánto queda para llegar al castillo? Porque claro, una cosa es lo que dice y otra lo que hace. Yo te llevo a Sitges a ver a tu abuela, nena, y justo ese día se rompe la clavícula al saltar una verja y me deja colgada. Vamos juntos al concierto de Springsteen, nena, y lo trinca la pasma tomando prestado un coche de la vía pública y se pasa la noche del concierto en el calabozo. Este finde nos vamos tú y yo a Ibiza a desfasar como locos, nena, y lo encuentro en coma etílico el sábado por la mañana de la curda que empezó el jueves por la tarde con su panda de marrulleros. No y no, no hay con quien tratar, esto es un sinsentido y no puedo seguir con él, me está jodiendo la vida.
Salve, Macbeth, señor de Glamis, salve. Y luego está su puta vanidad, no esperes si no quieres, yo soy imprevisible y cambio de planes según van apareciendo, ¿qué culpa tengo yo de que el mundo esté rulando sin parar? No sé cómo lo aguanto. Bueno, está que cruje el chaval, es guapo con alevosía, y folla como nadie. Pero ¿y eso qué? Yo quiero tener a alguien con quien contar, con quien compartir, con quien poder hacer planes para esta noche sin que cualquier imprevisto se lo cargue todo.
Salve, Macbeth, señor de Cawdor, salve. No me entero de lo que estoy leyendo, y tengo que volver al principio cada dos frases. ¿Qué pasa con este Macbeth? Me está tocando las narices tanto como el bobo de Blas. Pero la culpa es mía por ser tan buena gente. Todo se lo perdono, y es que me desarma con esa sonrisa suya, pero ya me estoy hartando: sé que esto no puede seguir así.
Salve, Macbeth, salve a ti que serás rey. Y por otra parte está esa puta manía suya de querer ser escritor. Pero si no sabe dónde colocar las haches, no hila una frase correctamente, este chaval está tonto perdido. Es que tengo muchas historias que contar en la cabeza, nena, y se pasa horas llenando libretas de cosas ininteligibles que luego pretende que yo le pase al Word, pues va listo, que no soy yo una descifradora de jeroglíficos. Por eso parece a veces que está ido, y es que se mete dentro de sus historias inventadas que no para de crear y me deja abandonada por cualquier ficción que se le ponga delante.
¿Y para mí no tenéis nada? Pero me quiere mucho, eso es verdad. Si no hay más que ver la dedicación que le pone a hacerme feliz en la cama, y a los muchos planes en los que me incluye aunque luego se desbaraten, y hasta me ha dicho qué cojonudo ha de salir un hijo nuestro, guapo como yo y listo como tú, que es algo que nadie me había dicho jamás. Tiene su punto el jodido, teniendo en cuenta que a mi edad sería un milagro la maternidad.
Salve. Banquo. Salve. Y luego está ese empeño suyo en regalarme cosas, siempre robadas, claro está, que no se gasta un euro en nada que pueda obtener gratis. Es su filosofía particular: no pagues por lo que puedes conseguir con tus propias manos. Pero al menos se esfuerza en elegir aquello que me gustará, y se arriesga a que le pillen (que le han pillado muchas veces, eso es amor), y entra por la puerta con esa sonrisa suya angelical y me dice mira lo que traigo para mi nena, y ya me tiene desarmada.
Tú, menos grande que Macbeth, aunque más grande. La culpa es mía por ser tan poco exigente y dejarme manipular por el primero que me ha dicho qué bonitos ojos tienes. Si es que me pilló en el juzgado un día tonto y me encandiló, hasta el punto de tergiversar la ley a su favor para no enchironarle. Y ahora me paso el tiempo sacándole las castañas del fuego, y arriesgando mi carrera por él. Porque yo soy quien más arriesga aquí. Mi cargo no admite estos chanchullos. Lo sé y aún así continúo traspasando límites que no debería traspasar. Pero esto tiene que acabarse.
Tú, menos dichoso, pero más dichoso. Shakespeare está un poco denso hoy. Sigo por la primera página y no puedo pasar de ahí. Con un poco de suerte acabaré este libro con 80 años, recluida en una prisión de alta seguridad. Porque los chanchullos que esta criatura me hace cometer son de trescientos años y un día. Espero que a nadie le dé por investigarme, o acabaré con el culo al aire enseñando el tatuaje con su nombre en medio de la nalga derecha.
Padre de reyes, aunque tú no serás rey. Si es que es tan joven… Y se ha fijado justo en mí, que ya no tengo edad para el amor, y no fui guapa ni en mi más tierna infancia, y sin embargo él me hace sentir la reina del mambo. He caído en sus redes de gigoló de cuarta, lo sé. ¿Cómo voy a renunciar a este regalo? Por caro que me salga es más de lo que tuve nunca. Pero es necesario, sí, es necesario acabar de una vez con esto, o acabará destruyéndome.
Salve, Macbeth, salve, Banquo. Salve, Banquo, salve, Macbeth. Ya es tardísimo. ¿Qué habrá pasado? Esto es un sinvivir, no podré allanarle el camino si no cumple con las pautas marcadas. El último golpe, me dice siempre, y me gusta tanto creerle… Seré el hombre que te mereces, repite un día sí y otro también. ¿Y si en realidad sus mentiras no son mentiras, sino intenciones que el tiempo le escamotea? No es tan mal chico realmente, sólo ha tenido la mala suerte de nacer en un barrio marginal y en una familia poco recomendable.
Tus hijos serán reyes. Estoy flaqueando. Siempre me pasa lo mismo cuando la espera convulsiona mis pensamientos en ambas direcciones sin dejarme llegar a un acuerdo conmigo misma. Ya está bien, necesito alejarme de su influjo, no me importa lo que le haya pasado, no me importa que me venga contando una de sus historias sacadas de sus cuadernos de parir invenciones, no me importa si lo han trincado porque no acudiré en su ayuda nunca más, ni pagaré sus fianzas, ni falsificaré documentos para sacarle de los líos en que se mete por propia voluntad.
Y tú serás rey. Este libro lo leí hace años y no recuerdo que me resultara tan soporífero. Las segundas lecturas deberían ser mejores aún que las primeras, pero en esta ocasión se me está haciendo un poco cuesta arriba. Y Blas no llama. Y ahora mismo yo debería estar disfrutando de esta huelga de jueces tan bien organizada y no hago más que quebrarme los sesos con pamplinas. Pamplinas, sí, que me empeño en dar importancia a estas pequeñas esperas cuando llevo toda la vida esperando a sabiendas de que nada llegará.
¿Quién se acerca? Es medianoche, empiezo a tener sueño y no he conseguido pasar de la primera página. Mejor conecto la CNN y dejo a Macbeth para otro día.