Una americana consentida

Autor: Russell Banks
Traducción: Carlos Gardini.
Editorial: Ediciones B.
396 páginas. 5,95 euros.

Si el futuro de la edición de un libro pasara por superar la criba de una primera frase (y quizás sea así como ocurre), la novela de Russel Banks alcanzaría varias ediciones con la suya. Evocadora en primera instancia de la “Rebecca” de Daphne Du Maurier, “Una Americana Consentida” pasa a convertirse, acto seguido, en una novela misteriosa y oscura, en una crónica de guerra de una Liberia embrutecida, en el diario de una activista política desterrada de la América de los años 70, en la sucesión de pensamientos de una mujer brutalmente sola, al no poder volver al país que abandona, y ser rechazada en el nuevo en el que decide ocultarse.

Deudor de Joseph Conrad, Russell Banks consigue crear una mujer atípica por sus pensamientos “masculinos”. No tan llamativo su valor, dureza y frialdad a la hora de huir de un país, utilizar a una compañera de piso como tapadera, o alternar parejas sexuales con poco criterio, como la falta de sentimiento maternal o la poca empatía femenina que demuestra el personaje de Hanna Musgrove (también acertado el escritor a elegir un nombre tan poderoso), es lo que la hacen tan especial, tan cruda. Las torturas que describe con minuciosidad en el libro son necesarias para avanzar en la trama, y aunque desagradables, son esenciales, se circunscriben al momento. Se pueden entender y se entienden. Consigue insensibilizar al lector para que también comprenda la insensibilización del personaje.

Si leído como novela de realidad histórica resulta apasionante, como disección de personalidad “Una americana consentida” es inquietante. La figura de Hanna, su intimismo, su brutal sinceridad, su terrible inteligencia (terrible porque no se engaña a sí misma, porque en todo momento está en el abismo de quien se sabe solo, como si de la locura misma se tratase), su incierto destino, calan hondo en la percepción del lector, creando uno de esos personajes que te acompañan aún cerrado el libro, aún abandonado durante años en un estante, mientras en tu cabeza sigue resonando su primera oración: “Después de creer durante muchos años que nunca soñaba, soñé con África”.

La excepción

Autor: Christian Jungersen.
Traducción: Nicolás de Miguel.
Editorial: Mondadori.
669 páginas.

No sé si se trata de una leyenda (no urbana), pero se comenta (y también se menciona en este libro), que al acabar la Segunda Guerra Mundial, los soldados ingleses obligaron a civiles alemanes a recorrer un campo de concentración. Uno de ellos comentó: “Qué terribles deben de haber sido sus crímenes para que los castiguen así”.

La frase, aunque espeluznante, refleja o resume lo que narra este libro: los diferentes puntos de vista del ser humano. O, más bien, las excusas y recursos mentales que encuentra el mal que tenemos alojado en nosotros para poder sobrellevarnos y continuar viviendo. Es evidente que Hitler y los que lo siguieron, causantes del genocidio, causantes de uno de los más terribles males de la humanidad, no se veían como malos. Y no estaban locos.

Haciendo una comparación entre la maldad de los genocidas y las relaciones que se establecen entre el microcosmos que es el entorno de trabajo de unas mujeres en una revista especializada en genocidios, Jungersen, con una prosa sencilla, aséptica, cortante, de frases cortas y algo infantiles, nos entrelaza en un torbellino apasionante, en una novela negra, de suspense, de relaciones humanas, de triller psicológico, de horror. Sin engañar al lector (de hecho, es el lector el que más información posee, tanta, que no sabe a qué atenerse, a quién creer, qué hacer con ella) construye un mosaico de las relaciones humanas, de lo que podemos hacer por bondad, por maldad, de la vida, de los misterios insondables del alma humana, de la dualidad que habita en todos. A raíz de la pregunta que todos nos hemos hecho alguna vez respecto al genocidio (“¿cómo pudieron permitirlo?, ¿cómo?”), nos contesta cómo todos, a lo largo del día, vamos “dejando hacer” y permitiendo actos que fríamente, en un papel, jamás haríamos, pero para los que, en el día a día, encontramos excusa, y hasta placer, para cometerlos.

Intensa, dura, inteligente y crudamente brutal, los hilos que teje Jugersen llegan a su centro en un final sorprendente, inteligente, redondo, que cierra la tela de araña de la maldad que estudió tan profusamente para escribir este libro.

Vae victis

Jamás vi un día tan hermoso y tan cruel.

Éramos la vanguardia de las tropas que invadían sin prisa, pero sin pausa, un Madrid sucio y gris después de tres años de guerra.

Era un día hermoso por la espontánea felicidad de las gentes que saludaban a nuestro paso marcial.
Por la alegría en las miradas de las muchachas en flor.

Por el alivio de los abuelos que nunca más verían jugar a sus nietos entre muertos y cascotes.

Era un día cruel. Duro. Triste. Para todos los que no habían acudido al desfile, aquellos que en esos instantes anhelaban ser polvo, ladrillo, piedra, árbol, y pasar desapercibidos.

Recordé una lección de Latín de muchos años atrás, cuando la guerra del catorce. Entonces, como ahora, era primavera, y el enjuto dómine gritaba a los chiquillos que se distraían con las moscas y los pajarillos: “¡Vae victis!” “¡Vae victis!”

¡Ay de los vencidos!

Devolver todo el dolor causado

Jamás vi un día tan hermoso y tan cruel. Porque no hay mayor crueldad que no dar opción a réplica, salir de escena cuando a uno le viene en gana, dando un portazo y dejando al adversario con la palabra en la boca. Porque alguien así no debería morir en la cama, satisfecho e impune. Alguien así no puede desaparecer sin amortizar parte del daño.

Aquel día fue cruel porque nos había dejado sin venganza, sin posibilidad de revancha y sin una segunda oportunidad de devolver todo el dolor causado. Demasiado dolor para quedárselo. Demasiada rabia contenida durante años. Todo para nada.

Jamás vi un día tan gris ni un cielo tan azul en noviembre. Medio país lloraba de alegría y el otro medio rezaba de miedo. Yo no. No podía. Perdida la posibilidad de venganza, atrofiados los gritos de rabia en la garganta, no quedaba más opción huir hacia adelante. Olvidar fue imposible. Pensar en perdonar una sola de las afrentas fue como traicionar la memoria de los vencidos. Finalmente, sólo quedó el camino amable de la locura. Ignorar para poder seguir adelante. No saber para no sentir.

El día más cruel se convirtió en el día más hermoso. Él había muerto y yo seguía vivo. Cada uno había jugado sus cartas como mejor había creído, todo a una mano y él, finalmente, había perdido. Fue la única vez, durante todo aquel largo sueño, en que gané un sólo juego. Para mí, como para muchos otros, siempre pintaron bastos.

Aquel veinte de noviembre, como muchos otros, me quedé en casa brindando con las sombras del pasillo, a la memoria de quienes nos quedamos, definitivamente, sin venganza.

Mujer leyendo

Jamás vi un día tan hermoso y cruel… Leo pero no me concentro, mis pensamientos no están a lo que están, sino manipulados por la ausencia de Blas. No sé por qué pierdo el tiempo con este hombre, si no me da más que disgustos. Ahora debería estar disfrutando de la vida en vez de quedarme en casa cenando sola y leyendo este tocho, esperando a que llame para darme noticias que seguramente sería mejor no saber. Tonta soy de hacerle caso, espera a que te llame, nena, y te contaré cómo ha ido todo: mentira, seguro, pasarán las horas y él no llamará, me apuesto mis bragas de Dior.

¿Cuánto queda para llegar al castillo? Porque claro, una cosa es lo que dice y otra lo que hace. Yo te llevo a Sitges a ver a tu abuela, nena, y justo ese día se rompe la clavícula al saltar una verja y me deja colgada. Vamos juntos al concierto de Springsteen, nena, y lo trinca la pasma tomando prestado un coche de la vía pública y se pasa la noche del concierto en el calabozo. Este finde nos vamos tú y yo a Ibiza a desfasar como locos, nena, y lo encuentro en coma etílico el sábado por la mañana de la curda que empezó el jueves por la tarde con su panda de marrulleros. No y no, no hay con quien tratar, esto es un sinsentido y no puedo seguir con él, me está jodiendo la vida.

Salve, Macbeth, señor de Glamis, salve. Y luego está su puta vanidad, no esperes si no quieres, yo soy imprevisible y cambio de planes según van apareciendo, ¿qué culpa tengo yo de que el mundo esté rulando sin parar? No sé cómo lo aguanto. Bueno, está que cruje el chaval, es guapo con alevosía, y folla como nadie. Pero ¿y eso qué? Yo quiero tener a alguien con quien contar, con quien compartir, con quien poder hacer planes para esta noche sin que cualquier imprevisto se lo cargue todo.

Salve, Macbeth, señor de Cawdor, salve. No me entero de lo que estoy leyendo, y tengo que volver al principio cada dos frases. ¿Qué pasa con este Macbeth? Me está tocando las narices tanto como el bobo de Blas. Pero la culpa es mía por ser tan buena gente. Todo se lo perdono, y es que me desarma con esa sonrisa suya, pero ya me estoy hartando: sé que esto no puede seguir así.

Salve, Macbeth, salve a ti que serás rey. Y por otra parte está esa puta manía suya de querer ser escritor. Pero si no sabe dónde colocar las haches, no hila una frase correctamente, este chaval está tonto perdido. Es que tengo muchas historias que contar en la cabeza, nena, y se pasa horas llenando libretas de cosas ininteligibles que luego pretende que yo le pase al Word, pues va listo, que no soy yo una descifradora de jeroglíficos. Por eso parece a veces que está ido, y es que se mete dentro de sus historias inventadas que no para de crear y me deja abandonada por cualquier ficción que se le ponga delante.

¿Y para mí no tenéis nada? Pero me quiere mucho, eso es verdad. Si no hay más que ver la dedicación que le pone a hacerme feliz en la cama, y a los muchos planes en los que me incluye aunque luego se desbaraten, y hasta me ha dicho qué cojonudo ha de salir un hijo nuestro, guapo como yo y listo como tú, que es algo que nadie me había dicho jamás. Tiene su punto el jodido, teniendo en cuenta que a mi edad sería un milagro la maternidad.

Salve. Banquo. Salve. Y luego está ese empeño suyo en regalarme cosas, siempre robadas, claro está, que no se gasta un euro en nada que pueda obtener gratis. Es su filosofía particular: no pagues por lo que puedes conseguir con tus propias manos. Pero al menos se esfuerza en elegir aquello que me gustará, y se arriesga a que le pillen (que le han pillado muchas veces, eso es amor), y entra por la puerta con esa sonrisa suya angelical y me dice mira lo que traigo para mi nena, y ya me tiene desarmada.

Tú, menos grande que Macbeth, aunque más grande. La culpa es mía por ser tan poco exigente y dejarme manipular por el primero que me ha dicho qué bonitos ojos tienes. Si es que me pilló en el juzgado un día tonto y me encandiló, hasta el punto de tergiversar la ley a su favor para no enchironarle. Y ahora me paso el tiempo sacándole las castañas del fuego, y arriesgando mi carrera por él. Porque yo soy quien más arriesga aquí. Mi cargo no admite estos chanchullos. Lo sé y aún así continúo traspasando límites que no debería traspasar. Pero esto tiene que acabarse.

Tú, menos dichoso, pero más dichoso. Shakespeare está un poco denso hoy. Sigo por la primera página y no puedo pasar de ahí. Con un poco de suerte acabaré este libro con 80 años, recluida en una prisión de alta seguridad. Porque los chanchullos que esta criatura me hace cometer son de trescientos años y un día. Espero que a nadie le dé por investigarme, o acabaré con el culo al aire enseñando el tatuaje con su nombre en medio de la nalga derecha.

Padre de reyes, aunque tú no serás rey. Si es que es tan joven… Y se ha fijado justo en mí, que ya no tengo edad para el amor, y no fui guapa ni en mi más tierna infancia, y sin embargo él me hace sentir la reina del mambo. He caído en sus redes de gigoló de cuarta, lo sé. ¿Cómo voy a renunciar a este regalo? Por caro que me salga es más de lo que tuve nunca. Pero es necesario, sí, es necesario acabar de una vez con esto, o acabará destruyéndome.

Salve, Macbeth, salve, Banquo. Salve, Banquo, salve, Macbeth. Ya es tardísimo. ¿Qué habrá pasado? Esto es un sinvivir, no podré allanarle el camino si no cumple con las pautas marcadas. El último golpe, me dice siempre, y me gusta tanto creerle… Seré el hombre que te mereces, repite un día sí y otro también. ¿Y si en realidad sus mentiras no son mentiras, sino intenciones que el tiempo le escamotea? No es tan mal chico realmente, sólo ha tenido la mala suerte de nacer en un barrio marginal y en una familia poco recomendable.

Tus hijos serán reyes. Estoy flaqueando. Siempre me pasa lo mismo cuando la espera convulsiona mis pensamientos en ambas direcciones sin dejarme llegar a un acuerdo conmigo misma. Ya está bien, necesito alejarme de su influjo, no me importa lo que le haya pasado, no me importa que me venga contando una de sus historias sacadas de sus cuadernos de parir invenciones, no me importa si lo han trincado porque no acudiré en su ayuda nunca más, ni pagaré sus fianzas, ni falsificaré documentos para sacarle de los líos en que se mete por propia voluntad.

Y tú serás rey. Este libro lo leí hace años y no recuerdo que me resultara tan soporífero. Las segundas lecturas deberían ser mejores aún que las primeras, pero en esta ocasión se me está haciendo un poco cuesta arriba. Y Blas no llama. Y ahora mismo yo debería estar disfrutando de esta huelga de jueces tan bien organizada y no hago más que quebrarme los sesos con pamplinas. Pamplinas, sí, que me empeño en dar importancia a estas pequeñas esperas cuando llevo toda la vida esperando a sabiendas de que nada llegará.

¿Quién se acerca? Es medianoche, empiezo a tener sueño y no he conseguido pasar de la primera página. Mejor conecto la CNN y dejo a Macbeth para otro día.

La boda

Jamás vi un día tan hermoso y tan cruel… Desde bien temprano el bullicio en la casa fue capaz de interrumpir hasta el más leve soplo de aire cotidiano, todo el mundo correteaba de un lado a otro, con los preparativos de última hora, examinando cada detalle para que nada pudiera salir mal. Mientras, David estaba ante el espejo incapaz de reconocer su propia imagen y sonriéndose así mismo con una mueca de desafío al destino.

Su madre siempre decía que nunca sentaría la cabeza y sin embargo allí estaba él metido en medio de la vorágine. Todo le estaba resultando una especie de locura divertida. Él, tan amigo de los vaqueros raídos y los playeros desgastados, en aquel momento incluso consiguió verse favorecido con aquella indumentaria. Chaqué de color negro, pantalón de corte clásico a rayas, chaleco, camisa blanca de cuello duro, corbata y tirantes. Su chica se lo había pedido y por nada del mundo quería defraudarla.

No sabe cómo, ni por qué ocurrió, pero al poco tiempo de haberla conocido ella se convirtió en el centro de su vida y eso le hizo plantearse el futuro de manera totalmente distinta a la que siempre había imaginado. Para sorpresa de todo su entorno, David, sin ningún tipo de esfuerzo, alteró sus planes y decidió romper con sus empecinadas convicciones de soltería perpetua.

EL reloj marcaba las 12:30. Se acercaba la hora y a pesar de su aparente tranquilidad, el nerviosismo comenzó a pellizcarle el estómago. Su hermana se le acercó para instalarle una orquídea en la solapa a la vez que le instaba a salir de forma perentoria; ella era la madrina y se consideraba responsable de hacer cumplir el horario a rajatabla.

—Date prisa, o llegará la novia antes que tú.

David tomó del brazo a su hermana y juntos salieron en dirección al coche que les llevaría a la iglesia.

Después de subir durante unos diez minutos por una serpenteante carretera, llegaron a su destino. La ermita estaba encaramada sobre la falda de un monte que tenía a sus pies una vista magnifica. Los invitados comenzaron a llegar y el tiempo se fue deslizando demasiado lentamente hasta conseguir incomodar a todo el mundo. La novia no llegaba y la espera se hacía insoportable. David dedicó una sonrisa nerviosa a los allí presentes y volvió a salir de la iglesia con la esperanza de poder ocultar su impaciencia. Se asomó al mirador y vio allá abajo la ciudad, erizada de angustia por el ruido de sirenas que ensordecían el aire. Las imágenes confusas le golpearon brutalmente y, sumergido en el horror, comprendió de inmediato que ella faltaría a su cita.

Día cruel y hermoso

Jamás vi un día tan hermoso y tan cruel como aquel doce de mayo en el que se conoció la verdadera historia de Verónica Banjur.

Verónica había nacido hace taitantos años, en un pequeño pueblo del norte de España. Era la última de tres hermanos, que le sacaban más de diez años de edad, con los que nunca compartió juegos y que a la temprana muerte de sus padres, debieron ejercer más de padres que de hermanos. Se doctoro en derecho con sobresaliente Cum Laude por la Universidad de Valladolid. Empezó a trabajar en uno de los mejores despachos de abogados de Madrid. Muy pronto se hizo amante del Presidente de la compañía y por supuesto socia de la firma. Comenzó a defender a malhechores, a los cuales libraba de penas y sanciones con su buen hacer del conocimiento del derecho. Su vida consistía solamente en trabajo, porque realmente la relación amatoria con el presidente era única y exclusivamente “trabajo”.

Un buen día un compañero del despacho, ella no tenia amigos ni dentro ni fuera del despacho, le pidió que defendiera el caso de Margot, una prostituta que había matado a un cliente. Con su astucia como letrado, la salvo de una cárcel segura, ¡era el décimo cliente que Margot mataba en los últimos cinco años! Cuando el juez leyó la sentencia absolutoria, Verónica solo vio en los ojos de Margot más muerte, ¡Margot volverá a matar! pensó. Y esta mirada que en otrora no le hubiera importado, le inquieto. Le turbo tanto como para replantearse su vida. Abandono el despacho de abogados y deambulo por el mundo, hasta un día en que conoció la ONG Amigos de África. Se apunto a ella y se fue a vivir a una isla de difícil nombre y peor localización.

Colaboro con la ONG durante cinco años, en los que ayudo en todo lo que pudo. Desde hacer puentes, cabañas, carreteras, hasta enseñar a leer a los niños. Escribió cartas a los periódicos para que la gente se enterara y se interesara por lo que estaba ocurriendo en esta parte del planeta.

En estos cinco años envejeció veinte años. Cuando volvió a España, los pocos allegados que tenia, tan a penas la reconocían ó no querían reconocerla.

Nadie sabe porque mato a Margot, pero la mató. A su vuelta, Verónica se presento en el club de alterne y sin mediar palabra, saco un cuchillo afilado que había recibido de uno de los nativos de la isla, como agradecimiento por haber enseñado a leer y escribir a su hija, y se lo clavo.

Hoy publican mi libro “La verdadera historia de Verónica Banjur”. Hoy dicta sentencia y presumiblemente condena, el juez del caso de Verónica Banjur.