Me lo contó una amiga…

Según la definición clásica, leyenda es una manifestación literaria de la tradición oral que relata hechos sorprendentes. No buscan efecto instructivo o moral, sino la admiración ante el misterio y aún su explicación. Son relatos que producen asombro y de los cuales es el pueblo autor y receptor al mismo tiempo, pues, como en todas las manifestaciones de tradición oral, al pasar de boca en boca y de generación en generación, se van modificando los detalles no bien recordados, potenciándose e intensificándose cada vez más los aspectos fantásticos o heroicos.

Para Jan Harold Brunvard, el máximo recopilador de Leyendas Urbanas desde 1981, la “Leyenda Urbana” es una historia “demasiado buena para ser verdad”: describen acontecimientos reales (pero raros) que le han ocurrido a un amigo de un amigo; las localizaciones y hechos son ciertos; sus personajes son humanos y reales. Sin embargo, los incidentes que les ocurren llegan demasiado lejos para ser creíbles.

¿Hay algo de realidad en las Leyendas Urbanas? Una prueba irrefutable para saber si el hecho que se cuenta es cierto o no es haberlo oído antes. Uno está convencido de que lo que le ha contado su amigo (que le ha ocurrido a su prima, o su vecino, pero jamás directamente) es cierto, hasta que otra persona más le viene con la misma historia. Se oye hablar de un acontecimiento ocurrido en Francia, pero a la vez se ha oído relatar a alguien en Brasil. La historia es demasiado increíble para ocurrir en un sitio como para que le haya pasado a dos personas. Prueba no superada. La historia presuntamente cierta es una leyenda urbana.

Las leyendas urbanas se repiten en la historia de la literatura. No en antologías o compendios, no, sino en novelas, en cuentos literarios, en historias imaginativas. Los escritores son menos inventivos de lo que se cree, y en su papel de traductor de la realidad, escuchan y captan al vuelo fragmentos de la vida que luego trasladarán a sus libros. Como bien dice Brunvard, la leyenda urbana es “demasiado buena”, y probablemente el escritor oyera alguna vez esa historia que le contó un amigo, y decidiera utilizarla, posteriormente, en algún capítulo, sin sospechar que esa misma historia ya circulaba en América del Sur, África, o la vieja Europa.

Hay una leyenda urbana que se repite desde 1925, llamada “No es mi perro”. En ella, un invitado a una cena llama a la puerta de sus anfitriones y en ese momento un perro también se cuela en casa. El invitado cree que es de los dueños y se extraña de lo maleducado que está (muerde los muebles, patea, e incluso ataca a un siamés que circula por allí). Al irse de la fiesta, la dueña de la casa le advierte: “No se olvide a su perro”, a lo que el invitado contesta: “¡Creí que era suyo!”.

Pero esta leyenda tiene una versión escrita anterior. La utiliza la escritora Lucy Maud Montgomery (más conocida en España por su “Ana de las tejas verdes”) en su libro infantil “Emily la de luna nueva” ya en 1924. ¿Quizás nació como una invención activa de la autora, y se fuera trasladando hasta que desapareció su autoría, quedando como Leyenda urbana? Años más tarde (1985) este suceso aparecerá en otra novela, “House of ill male”, de Simon Hoggart, pero es probable que a él le llegara como leyenda y decidiera aprovecharlo para su novela. Sin embargo, no hay constancia de esta historia antes de 1924, así que nos encontraríamos ante el fenómeno inverso: la creación consciente de algo que luego se volverá legendario.

Una de las leyendas urbanas favoritas es la del deportivo rebajado. Un hombre decide contestar a un anuncio en el periódico en el que se ofrece un Mercedes (o un Porsche, o un Cadillac, o un Packar. Actualmente la versión sería un “Gran Torino) por 50 dólares. Asombrosamente, el coche está en perfecto estado, casi nuevo, y lo vende una mujer. Una mujer recién divorciada a la que su marido ha escrito desde su nueva casa y nueva vida que por favor venda el coche y se repartan el dinero. Es una historia perfecta de justa venganza, irresistible para muchos escritores que han hecho de es pensamiento el leit-motiv de sus novelas, como Olivia Goldsmith y su superventas “El Club de las primeras esposas”, en la que la rica Denise vende las pertenencias de su marido a una de sus amigas por tan sólo un dólar.

Una variación de esta leyenda la encontramos en una novela de Nick Hornby, “Alta fidelidad”, y por estar escrita por un hombre sufre una modificación. En este caso, la divorciada le quiere vender la colección de vinilos singles de su marido, todo Pop de los 80, a un melómano que además tiene una tienda de lo mismo. La cantidad que le requiere es ridícula, pero el protagonista se niega, en un alarde de solidaridad masculina (mal entendida). Pero la historia se ha repetido y probablemente incluso haya llegado a materializarse alguna vez, con la cantidad de separadas que andan recopilando ideas de este tipo.

La justa venganza, pues, es un pensamiento intrínsicamente literario. Como la vida es vengativa, pero no justa, la literatura ha de compensar ese desequilibrio, y por eso los libros están repletos de finales perfectos y contestaciones mordaces en el momento oportuno. En la vida real, esos alardes siempre se nos ocurren después.
Fannie Flagg utilizó una leyenda urbana para su preciosa novela (y ganadora de un Pulitzer) “Tomates Verdes Fritos”. Como fue una película muy popular probablemente esta anécdota suene a los lectores.

Una mujer de mediana edad, generalmente gorda, lenta e insegura, detiene el coche para aparcarlo con su correspondiente señalización. Pero unas jovencitas en un coche destartalado se le adelantan y ante la cara de estupor de la mujer, le dicen: “Lo siento, señora, somos más jóvenes y rápidas que usted”. Minutos después, esas mismas chicas se tiran de los pelos mientras contemplan cómo la misma señora está chocando frontalmente con su coche, dejándolo destrozado. “Lo siento, chicas. Soy más vieja y mi seguro lo cubre todo”.

Por supuesto, es una respuesta perfecta que une elementos de justicia poética. A todos nos han quitado injustamente una plaza de aparcamiento, y todos hemos agachado la cabeza para no “armar lío”. Pero las posibles e hirientes respuestas nos atormentarán posteriormente, deseando haber sido más rápidos, más valientes o más seguros. De tal deseo nace esta leyenda urbana.

Pero a veces puede ser real. No he oído que ninguna mujer mayor ande chocándose con coches en los centros comerciales, pero siempre recuerdo a mi tío, cuando el policía le ponía una multa y le inquiría para ir más despacio, diciéndole: “Ah, no, elija: o multa, o bronca. Las dos cosas no”. A veces, la realidad supera a la ficción.

Hace años el escritor Paul Auster colaboró en una radio y se le ocurrió que la gente le enviara historias reales que les hubiera ocurrido para leerlas en antena. El aluvión fue tal (y de tal calidad) que Auster decidió recopilar las mejores en un precioso volumen llamado “Creía que mi padre era Dios”. Las casualidades y justicias poéticas se suceden en ese libro, en historias que yo jamás había oído relatar. Los autores no son escritores, y se nota, y por eso la cualidad del libro es su realidad. La vida que desprende y las cosas que suceden en el Planeta.

Hubo una que llamó mi atención particularmente. La escribía un hombre acerca de un hecho sucedido en el pasado, y se notaba que quería contarlo para poder dormir tranquilo. Hacía muchísimos años, cuando era soldado en Vietnam, vio a un joven vietnamita con su pluma. El vietnamita se la debía de haber robado en un descuido, así que se la pidió: “Dame la pluma”, le diría, o algo por el estilo. El vietnamita, con una cara de profundo dolor, se la entregó, y jamás le volvió a ver por ahí. Al regresar a su tienda, el joven soldado se percató que su pluma estaba en su escritorio, así que le había robado al vietnamita (que no poseía nada) la suya propia. No tuvo ocasión de pedirle perdón. Y es poco probable que el vietnamita leyera este libro.

Pues bien, se trata de una leyenda urbana. No digo que el soldado se la colara a Paul Auster, no. Si no que es algo que ocurrió (porque pudo ocurrir. Ésa es la máxima de las Leyendas Urbanas) y de lo que se hablaba antes, de modo que la leyenda “La cartera robada” (o el reloj, o incluso las galletas) ya circulaba.

Así, tenemos, por un lado, al escritor que roba la leyenda; por otro, a la leyenda que nace a partir del escritor; y por último, la leyenda que copia a la vida. Una historia muy buena que se creyó leyenda pero que ocurrió realmente (pues hay datos para demostrarlo) es la de “El problema sin solución”, ocurrido al matemático George Dantzig (cuando hay nombres reales suele ser cierto), quien entró tan tarde a un examen que no pudo oír las indicaciones del profesor, así que se limitó a resolver los 5 problemas que había en la pizarra. El último (que solucionó como los otros) era un famoso problema de estadística sin solución. A pesar de tener visos de leyenda, George Dantzig existe, y desde la publicación del problema trabaja en el Departamento de Investigación de Cálculo de Stanford. ¿Demasiado bueno para ser cierto? Pues esta vez lo es.

Azul

time lapse

Quietud, silecio, calma. Así, a primera vista, la fotografía se torna fría y azul, débilmente iluminada por la farola y con la mayoría de las figuras vistiendo colores oscuros. La figura central, además, contrasta sobre un cielo que presagia tormenta y cuya postura, mirando al horizonte, serena y ausente.

Luego, tras volver a mirar la fotografía, la certeza de la tormenta lo invade todo y, con ella, la sensación de frío.

El bikini azul

Jamás vi un día tan hermoso y tan cruel. Sólo son las 10 de la mañana y el sol ya calienta, un sábado espléndido para el que lo pueda disfrutar porque yo estoy sufriendo como nunca. Me gustaría ir a la playa con Javi y estrenar el bikini azul que me regalaron ayer mis padres pero ya veremos, de momento estoy deseando llegar a casa para hacer la prueba; antes tendré que leer las instrucciones a ver de qué color se tiene que poner la tira para dar positivo. Mira que lo estuve pensando antes de hacerlo, los días anteriores porque en ese momento pensé más bien poco y, al final, todo puede salir como siempre me decía mi madre: “Cuidado, Cris, no tengas relaciones sexuales sin preservativo o sin tomar la píldora del día después porque la primera vez ya puedes quedar embarazada”. Ahora sé que tenía razón. Javi me aseguró que iba a tener cuidado para que no ocurriera nada y le creí. Cuidado ninguno, lo que le importaba era pasarlo bien, yo ni siquiera pude disfrutar por el miedo que tenía. Esto me pasa por ser mujer; ellos tienen una suerte que no se merecen, se lanzan a tumba abierta con la seguridad de que no les va a pasar nada y nosotras a sufrir las consecuencias. Esto es horrible, a mi madre no le puedo decir que se me retrasó la regla dos días porque me echaría a llorar, tendría que contárselo todo y ella se lo diría a mi padre. ¿Y qué hago si estoy embarazada? No puedo tener un hijo, ayer cumplí 15 años. ¿Qué haría con él si casi no sé cuidar de mí misma? No quiero ser madre porque se me acabaría la vida, la de verdad, la de salir y no tener más responsabilidad que estudiar y cumplir unas cuantas normas para que mis padres me dejen en paz. Ellos nunca aceptarían la otra solución, la del aborto, con lo religiosos que son cualquiera se lo insinúa. No puedo ni imaginarme con un niño en brazos y mucho menos decírselo a Javi, se echaría a reir, hay que ver lo infantil que es. Si aceptase la responsabilidad tendríamos que seguir yendo al instituto y ejercer de padres por las tardes pero ¿quién se iba a ocupar del niño por las mañanas y de dónde sacaríamos el dinero para mantenerlo y vivir juntos? Pase lo que pase no volveré a salir con Javi, que se busque otra para sus fantasías sexuales, las tiene a montones, las fantasías y las chicas. Susi, sin ir más lejos, está deseando atraparlo para ella sola, pues que le aproveche, conmigo se le acabaron las experiencias.

¡Con lo cerca que está la farmacia de casa y hoy me siento como si hubiera recorrido cientos de metros!

–Cris, necesito entrar en el baño ¿Vas a tardar en salir?

–Dos minutos, mamá. Es que me acaba de venir la regla.

Despierta

Jamás vi un día tan hermoso y tan cruel. La lluvia repiqueteó contra mis oídos hasta despertarme. Tarde unos minutos en abrir los ojos, no quería moverme, me sentía en un mar de nubes, mi cuerpo se acurrucaba entre las sábanas envuelto por una extraña ingravidez de suavidad infinita. En un primer vistazo, reconocí las sábanas que había puesto mi madre el viernes anterior, de fondo blanco decorado con florecillas rosas y verdes, a juego con la habitación, siempre las había detestado, pero en ese momento me parecieron las más bonitas que había tenido nunca. Temía darme la vuelta. Sabía que le encontraría ahí, tumbado a mi izquierda, pero no me atrevía a mirar, no sabía qué hacer si me cruzaba con su mirada, por un segundo creí que esa pequeña sensación de angustia iba a convertirse en un huracán dentro de mí , entonces giré la cabeza y descubrí su espalda desnuda apenas a unos centímetros de mí. El corazón me latía tan fuerte que parecía que estaba apunto de huir de mi pecho al galope . Giré de nuevo la cabeza y en un impulso de absurda vergüenza traté de ocultar mi desnudez. Me reí en silencio de mi misma. Por supuesto, había fantaseado mil veces sobre cómo sería o con quién, pero nunca me había imaginado a la mañana siguiente escondida bajo unas sábanas elegidas por una niña de diez años preguntándome si podía levantarme para ir al cuarto de baño o debía aguantar por si acaso se despertaba. En aquel momento mi mirada se posó en los dos montones de ropa a los pies de la cama, recordé sus manos nerviosas trasteando con mi vestido, el tacto de la yema de sus dedos explorando con mimo y perplejidad los primeros palmos de piel a su alcance, aún podía sentir el cosquilleo… De pronto sentí la necesidad de volver a colarme entre sus brazos para que me abrazase, me besase y volviese a susurrarme al oído lo mucho que me quería. Me acerqué lentamente a él mientras pensaba en la manera más dulce de despertarle. El roce de mis labios con su mejilla helada erizó todos y cada uno de los vellos de mi cuerpo. Le toqué el brazo. Helado. Asustada le di la vuelta y lo puse boca arriba como pude, su cuerpo era una masa completamente rígida, tenía los ojos cerrados, los labios amoratados dibujando una media sonrisa terrorífica, inerte… Tan hermoso y tan cruel.

Justicia

Jamás vi un día tan hermoso y tan cruel… Hermoso, no porque fuera uno de esos días de primavera en los que el astro rey se muestra majestuoso sin que ninguna nube ose, ni siquiera de lejos, ensombrecer su dorada y altanera pose sobre un irreal manto azul. No, no era uno de esos días, sino todo lo contrario. Hermoso, no porque fuera uno de esos días en los que te levantas de la cama con el propósito de la enmienda a modo de pensamiento único y sales de la ducha convencido de que, esta vez sí, dejarás de fumar, de beber, de trasnochar, de… No, no era uno de esos días, sino todo lo contrario. Hermoso, no porque fuera uno de esos días de primavera en los que te sientes tentado a dejar de ser un recalcitrante rompecorazones concediéndole al dardo envenenado de Cupido el beneficio de la duda. No, tampoco era uno de esos días, sino todo lo contrario. Hermoso, porque aquel frío, gris y lluvioso día de primavera, era el elegido para que la justicia fuera un poco menos ciega, y el presunto asesino de mi padre, y el de otros treinta padres, o hermanos, o tíos, o hijos, o maridos, o…, cargara en sus espaldas todo el peso de una ley que no devuelve la vida, pero equilibra la balanza.

Cruel, no porque aquel día gris, frío y lluvioso de primavera, el ya no presunto, sino declarado asesino de mi padre y de otros treinta padres, o hermanos, o hijos, o maridos, o tíos, o… no mostrara arrepentimiento. No porque no pidiera perdón. Cruel, no porque se hubiera vuelto hacia nosotros sonriendo con cínica condescendencia. Cruel, porque ni siquiera aquel tipo, se merecia presenciar como uno de nosotros, sus otras víctimas, se cobraba la deuda aplicando el cruento ojo por ojo y diente por diente, descargando todo el peso de su furia, no sobre el que había dejado de ser presunto, sino sobre la mujer que había cometió el pecado de enamorarse de un asesino…

Dos amaneceres en un faro

Faro de San Agustín 2

Faro de San Agustín 1

Dos imágenes de un mismo sitio; dos amaneceres tan distintos. Uno bañado de nubes de algodón manchadas en distintos tonos; casi se podría decir que parece una foto en blanco y negro si no fuera por esas pequeñas brochadas de azul en el mar y en el cielo que le dan un toque de color; la otra muestra el azul en todo su esplendor uniendo cielo y mar, y le da un toque de color el rosa pastel que sorprende al faro en pleno destello. Tuve que interrumpir mi desayuno para sacar tiempo y hacer estas fotografías, pero creo que mereció la pena. Es el cabo San Agustín, presidido por un faro que cada noche alumbra la cabecera de mi cama.

Mi vida sin Hailey

Ficha Técnica: 2008, Jonathan Tropper, Horizonte Ficción. Título Original: How to talk to a widower. Traducción: Beatriz Martínez Ruiz.

Si Helen Fielding, con su “Bridget Jones”, fue la creadora de un nuevo género que se acuñaría bajo el término de “Chick-lit”, ¿qué sería Nick Hornby? ¿Qué nombre acabaremos utilizando para englobar novelas escritas por treintañeros cuyos protagonistas son hombres atormentados con predisposición a quedar en ridículo mientras nos lo cuentan en un tono irónico?
“Mi vida sin Hailey” podría englobarse en este venidero género literario, y como suele ocurrir, no es tan bueno como su creador. Mientras en las novelas de Hornby bajo un desorden casual se encuentra siempre una novela clásica (arranque, nudo, desenlace) en la que el protagonista acaba creciendo, Tropper se limita a las escenas atropelladas, a la presentación de personajes estrambóticos que no avanzan en toda la narración.
Tropper, además, es norteamericano. Y como tal, sus situaciones nos parecen mucho más alejadas que la de un escritor inglés. Las familias se abrazan y lloran en público; hay brindis cursis en las ceremonias de boda y los hermanos se dicen “te quiero” y se preguntan cómo se sienten. A un lector europeo siempre le quedará la duda de si en EEUU realmente ocurren estas cosas, o es el modelo estándar que llevan años vendiéndonos y que es el elegido por el autor para mejor vender su libro.
Hay, pues, en “Mi vida sin Hailey”, falta de credibilidad. Sus situaciones nos resultan graciosas porque lo son, no porque nos haya hecho gracia cómo nos lo ha contado. Así, mientras Honrby es capaz de hacernos reír con un intento de suicidio (y llorar, y pensar sobre ello), Tropper sólo nos transmite que es probable que uno lo pase fatal cuando se le muere la mujer en un accidente de avión, pero que la vida tiene un montón de cosas por las que luchar. No es serio que una novela escrita en primera persona por alguien que se supone destrozado nos haga reír. Y la verdad es que no lo consigue, pero el sólo hecho que lo haya siquiera intentado rechina un poco.

La hija del sepulturero

Ficha Técnica: 2008, Joyce Carol Oates, Alfaguara. Título Original: The Gravedigger’s Daughter. Traducción: José Luis López Muñoz

Dice Margaret Atwood que el paisaje exterior de un escritor se ve siempre reflejado en su obra. Tiene sentido. En Canadá existen múltiples novelas en las que un personaje muere congelado porque se quedó borracho en la calle, pero sería un recurso literario poco realista en Asturias.
De el mismo modo, mientras en la literatura europea nos encontramos con el personaje que quiere cambiar su vida pero no puede (el personaje atrapado, engostado y encarcelado, generalmente mujer), en Estados Unidos la variación literaria es otra. En un país de grandes dimensiones, cuyos Estados son mucho más grandes que la mayoría de países europeos, y cuyo control de documentos identificativos (en los que ni se les pide foto) es pasmoso por lo poco claro, el personaje más manido será el de la persona que escapa de verdad, es decir, de un modo físico; la persona que huye y se crea una nueva vida partiendo de cero, pero que en esa huida, en la que se va creando una nueva identidad, pierde sin embargo la suya propia.
Frente a la actitud de sus padres, los sepultureros que van dejando que su identidad real, la que trajeron de Polonia, se diluya en el cementerio hasta desaparecer, Rebecca, la protagonista, se va creando la suya de tal modo que en la suave mujer que coquetea con un anciano y que sonríe a los clientes en la tienda de música nos cuesta reconocer a la niña que se desollaba las rodillas y los puños en las peleas de colegio, a la dura camarera de pisos, a la asustadiza trabajadora de fábrica. Es Rebecca, entonces, un personaje que consigue huir, y con éxito, pues a lo largo del complicado e inteligente plan que urde no hay ningún cabo suelto que permita que la atrapen jamás.
Lo que nos cuenta Joyce Carol Oates es que ése será su drama. Que la identidad se trueca, no se añade. Que no se suma jamás, sino que se pierde. No podemos tener varias, son incapaces de ser superpuestas. Una no convive con la otra. La elegida obligará a tirar la otra.
La pregunta aquí, entonces, no será cómo huir, sino cómo regresar, qué hacer cuando han volado las miguitas que dejamos para desandar el camino. Cómo recuperar el punto de partida si ni siquiera hemos dejado miguitas.
Quizás América sea un territorio demasiado vasto para eso.

El cuadrante

El cuadrante

El viejo reloj de sol, olvidado sillar empotrado en la fachada, mudo testigo de juegos y peleas, de mercadeos y andanzas, de natalicios, furtivos amores y complacientes noviazgos, bodas y funerales, escándalos y polémicas, desafíos y concordias, hurtos y asesinatos, halagos y maledicencias, dimes y diretes, favores y engaños, fervores y apostasías, derribos y reedificaciones, risas y lamentaciones, vidas vividas y vidas soñadas.

El viejo cuadrante, sucio y agrietado, testigo de mi deambular por el destartalado barrio, estaría registrando quizá mis acciones y pensamientos para acrecentar ese gran y desconocido archivo de todos los segundos, minutos y horas transcurridos desde que el anónimo cantero de mediados del XVII culminó su obra. Cual rudimentaria grabadora, dejaría constancia en sus surcos de piedra de mis afanes y anhelos, aciertos y errores, para así conservarlos hasta el día del Juicio Final.

A ciegas

Ficha Técnica: (Blindness) dirigida por Fernando Meirelles y protagonizada por Julianne Moore, Mark Ruffalo, Danny Glover, Alice Braga, Gael García Bernal; basada en “Ensayo sobre la ceguera”, de José Saramago.

Cuando los escritores, a principios del siglo XX, comenzaron a percatarse de que lo que se traían entre manos era algo importante, tan importante que era digno de estudiar, admirar, y sobre todo ser teorizado, surgieron numerosas escuelas de Crítica Literaria. Se intentaba buscar la obra perfecta y para ello se diseccionaban las anteriores: qué habían hecho bien, qué tenían en común, qué nexo habitaba por debajo de ellas para que historias tan diferentes fueran consideradas Obras Maestras.
Como los movimientos fueron tantos no los vamos a resumir aquí, pero sí uno de sus axiomas, uno de los Principios que todas las escuelas, ya desde la lejana Grecia, consideraban imbatible para que la obra funcionara: la coherencia. La verosimilitud.
Y no, no hablamos de realismo. Una obra podía tener un elemento fantástico, sólo habría que aceptarlo. Pero los personajes, ante ese hecho, se han de comportar de un modo congruente y real. Nos creemos que Medea asesine a sus propios hijos porque nos han transcurrido su personaje de tal modo que a su evolución no le queda otra opción para seguir. Nos da igual que lo que utilice para ello sea un pastel mágico o una pistola. Ése será el elemento fantástico que se soslayará.
Así, el que una epidemia de ceguera a la que no se le encuentran las causas asole el Planeta es creíble para el espectador. Está preparado para ello, admite ese elemento fantástico y está dispuesto a teorizar sobre él. Lo que no admite es la falta de credibilidad de sus personajes. Es absurdo que, desde el primer fotograma, los protagonistas, sin excepción, se comporten del modo contrario a lo que cualquiera haría si se ha quedado ciego de repente. No es serio que pidan ir a descansar a casa en lugar de acudir aterrados a un Hospital; que el Estado decida encerrarles, sin médicos, en un sanatorio y les “castigue” con poca comida; o que un montón de soldados estén dispuestos a dispararles cuando simplemente piden hablar con ellos en la distancia. Entendemos que son elementos trágicos y efectivos para crear un drama (la desolación y soledad de los invidentes; la maldad de unos frente a la bondad de otros; el orden de los líderes y el desconcierto que siembran los marginados), pero el autor (y no sé a quién de los dos, si al director o al escritor, echarle la culpa) ha hecho trampa. No se puede crear un clima desde un inicio no válido. No se puede hablar de una historia llena de mentiras.
Aún así, la película tiene aciertos. Las imágenes son poderosísimas. Dividida en tres partes por la luz que desprende cada una de ellas, logra, en los últimos minutos, una pequeña maravilla: que la visión que recupera uno de los ciegos sea, también, nuestra visión recuperada. Lástima de desperdicio. Quizás hubiera funcionado mejor si en lugar de ciego el largometraje hubiera sido mudo.