Crítica: Frost contra Nixon

Ficha Técnica: “Frost/Nixon” (USA, 2008). Dirección: Ron Howard. Intérpretes: Michael Sheen, Frank Langella, Kevin Bacon, Rebecca Hall, Toby Jones, Matthew MacFadyen, Oliver Platt, Sam Rockwell. Guión: Peter Morgan.

El éxito indiscutible de Estados Unidos para tener éxito en taquilla con sus películas se basa en gran parte en la clasificación que hacen para no liar al espectador. Mientras en Europa se opta por comedias dramatizadas, o dramas agridulces, o películas de suspense que también llevan amor, sexo y risas a partes iguales, en USA tienden más a ponérselo fácil a quien paga por ver la película.

Ron Howard ha sido siempre un experto en eso: sus películas pertenecen con claridad a algún género: comedia (1, 2, 3… ¡splash!), amor (Un horizonte muy lejano), acción (Llamaradas), suspense (Rescate), y por tanto es el director ideal para quien tiene claro lo que desea ver en ese momento.

Así pues, lo que más extraña en su última película es el intentar saber qué estamos viendo: ¿un falso documental? ¿Una recreación fidedigna de un hecho histórico? ¿Una versión dramatizada de la vida de un Presidente? La película se mueve entre varios géneros, salta de uno a otro con fluidez y hasta diría que con agrado; combina acción y ligereza con momentos líricos (Nixon y sus nuevos zapatos italianos mirando el horizonte), y nos deja, como espectadores, algo descolocados.

Es como si las películas previas del director hubieran sido un ensayo, una preparación. Quería dominar primero cada género para llegar al film definitivo y mezclarlos todos con acierto. Porque es con acierto, mucho acierto, con lo que Ron Howard ha dirigido esta película.

Crítica: La clase

Ficha técnica: “Entre les murs” (Francia, 2008). Dirección: Laurent Cantent. Interprétes: François Bégaudeau, Nassim Amrabt, Laura Baquela, Cherif Bounaïdja Rachedi, Juliette Demaille. Guión: François Bégaudeau.

Perteneciente al tipo de película “documentalizada”, hija del movimiento Dogma, llena de cámaras en mano, temblores, y excesos de realidad, aunque “La Clase” pueda parecer en un primer momento una sucesión de horas de clase sin hilo conductor, en las que prima el diálogo veraz y las “actuaciones” que no lo son tanto, como si hubieran metido una cámara oculta en las lecciones, no nos dejemos engañar por las apariencias. “La Clase” está meditada y estudiada, y bajo su aparente irreflexión contiene un guión cargado de intenciones. Protagonizada por el profesor y los alumnos reales de la historia de verdad (escrita en una irregular novela por el mismo profesor), la película es eso, una película, en la que los actores juegan a ser ellos, pero no por eso han dejado de actuar. Su título original revela de un modo acertado el leit motiv del largometraje: lo que ocurre dentro de las paredes del instituto. La cámara nunca sale de ahí, y lo que nos ofrece es un curso escolar, aunque nos lo explican de un modo sutil: no nos ofrecen una fiesta de Navidad para indicarnos que ya están en diciembre, así como tampoco nadie habla de lo que van a hacer en vacaciones. Por un mini diálogo conocemos que el curso ha empezado, así como adivinamos el final de la película cuando a los chicos les dan las notas. En todo ese trayecto nos han dado una semblanza de los alumnos, pero es la misma semblanza que tiene un profesor: lo que ocurre dentro de las aulas. No es ésta una de esas películas en las que el profesor va a casa de sus alumnos, se entera de un hecho terrible de su vida, le perdona y se redimen. Aquí la concepción es más veraz: el profesor sabe de sus alumnos por lo que ve en clase, por lo que discute con otros profesores, por lo que le dicen otros compañeros, y por lo que vislumbra de su vida en las reuniones con sus padres. Y poco más puede hacer. Por el contrario, la vida del profesor queda todavía más desdibujada (de hecho, su nombre se nos dice un par de veces y de un modo casual), y quizás en eso estribe el mayor acierto de la película, pues es así como los alumnos ven a sus profesores, con esa falta de interés tan propia de la adolescencia, con esa deshumanización de la autoridad por la que todos, a los trece años, hemos pasado alguna vez.

Se acabó para tí

La luz entraba en la habitación por las rendijas de la persiana, transversalmente, e iluminaba poco a poco la estancia. Ya era tarde, cerca de las nueve y el sol comenzaba a pasar por encima de los edificios cercanos y a invadir, como cada mañana, la habitación. Herminia que estaba despierta desde hacía rato, sólo dormía unas horas cada noche y se pasaba el resto de tiempo siguiendo la respiración entrecortada de Fermín, pensando y esperando a que el sol inundase la estancia. Con la luz del invierno, fría y débil, vio aparecer poco a poco la mesita de noche situada entre las camas, la espalda de su marido bajo las mantas y el armario, al fondo. Había sido una noche fría y afuera, el amanecer había dejado un rastro de escarcha que invitaba a mantener el calor bajo la ropa de cama, a permanecer cobijado mientras fuera posible. Herminia podía ver el vaho que formaba su respiración y sintió la cara fría. El resto del cuerpo estaba arropado y se negaba a moverse, al menos de momento.

—Min. ¡Min! Despierta. Son las nueve, hay que levantarse.

¡Qué hombre este! No había conocido a nadie a quien le gustase más la cama que a él. ¡Así le habían salido los hijos! Álvaro no se levantaba antes de las tres de la tarde ningún fin de semana y Elena necesitaba sus diez horas de sueño para poder hablar con alguien. Mientras veía la luz subir por la pared pensó que tenía que llamarlos, aprovechando que estarían trabajando, que les alegraría saber de ellos y que podían venir a comer el viernes. Todavía no se había acostumbrado a cocinar para dos, a que no estuviesen en casa, a que se hubiesen independizado. Fermín siempre ponía su cara más risueña para decir que, finalmente, se habían librado de ellos, que tenían la casa para ellos pero, en el fondo, su mirada se volvía triste cada vez que salía el tema. No lo admitía, no quería mostrarse débil pero la casa se le había hecho enorme. Ellos dos no armaban ruido y los críos, mal que bien, les mantenían activos.

Sus pensamientos, a medio camino de la lucidez habitual, trataban de encontrar un menú con que contentar a todos. Álvaro sólo come carne, algún arroz y pasta. La verdura y la fruta no va con él. Elena, con su eterna dieta baja en calorías, sólo quiere comer verduras y, como mucho, alguna patata cocida. Fermín, en cambio, había comenzado a cuidarse un poco, unos meses atrás y con este frío sólo quiere comer de cuchara. Seguro que, con tal de comer con sus hijos, no le importa aparcar la cuchara por un día.

Como si despertase de un largo sueño, Herminia se dió cuenta que hacía un rato que no oía la respiración agitada de su marido. ¡El tabaco te va a matar!, solía gritarle cuando salía el tema de sus ronquidos y sus toses. Pero si sólo es un cigarrillo de vez en cuando, mujer. Para quitar las ganas… Ella, que le veía venir desde lejos, siempre le atacaba por el mismo lugar, como si fuese una pelea acordada y le recordaba a sus hijos, a los nietos que iban a tener y a que podría no estar allí para ellos. Todo por un cigarrillo de vez en cuando. Golpes secos, duros de encajar y que se alojaban en el lado más blando de Fermín. Después de esas batallas solía dejar el tabaco durante unos días, en ocasiones hasta una semana y paseaba cabizbajo y callado por la casa. Cuando volvía a recaer en el viejo vicio, lo hacía a escondidas y en la ventana del baño para que no quedase rastro de su derrota contra el tabaco, repetida y cotidiana.

Herminia se levantó de un salto, a pesar del frío y el sueño y corrió hasta la cama de su marido, donde lo agitó y lo movió mientras gritaba su nombre. No se movía y a Herminia se le nubló la cabeza y notó como se quedaba sin respiración. Le giró el cuerpo hasta dejarlo boca arriba mientras continuaba gritando y tirándole de los hombros.

—¡Min! ¡Min! ¡Despierta!

Cuando Fermín abrió los ojos, tenía sobre él a su mujer, le estaba sujetando por los hombros y le gritaba con ojos llorosos. Por mucho que trató de decir, por todo cuanto hizo para consolarla, Herminia repetía lo mismo una y otra vez, como un salmo.

—El tabaco se acabó para tí.

Crítica: ¿Por qué lo llaman versión cuando quieren decir copia?

Conocí hace un par de años el tema Moondance, cantado por Michael Bublé, que me gustó bastante. Sabía que era una versión de un tema antiguo del que no conocía al autor, pero me imaginé que no podría superar la versión de Bublé. Ahora, que ha caído en mis manos el tema original de 1970 de Van Morrison, compruebo que no se trata de superar o no la versión original: es una copia exacta.

Me pasó el caso contrario con el preciosísimo tema Hallelujah – podemos escucharlo estos días en un spot televisivo – del insufrible Leonard Cohen que, versionado por el trágicamente desaparecido Jeff Buckley, acompañado con tan solo una guitarra acústica, se desparrama por los tímpanos hasta hacerlos gemir de placer, y hace del original un auténtico muermo (hace tiempo que he tachado de mi lista a Leonard Cohen: tiene buenos temas, pero cuando los canta él aburre a las piedras). Hay otra versión de Hallelujah por Rufus Wainright al piano con un toque country, excelente también, y diferente, que para eso se le llama versión. También lo versionaron, con mejores o peores resultados, Dylan, Bono, John Cale o el mismísimo Enrique Morente, entre otros muchos. Pero en todos y cada uno de los casos, estamos hablando de versiones distintas de un tema original de Leonard Cohen, y ninguna entre ellas se parece: de eso se trata.

En el caso que nos ocupa de Moondance, hablamos de copia idéntica, sólo cambia el tono de voz, por lo que me pregunto: para hacer algo igual, ¿no es mejor no hacer nada?

Si entendemos versión como el modo de interpretar cada uno un mismo tema, o adaptarlo a la particular forma de expresión personal, no tiene sentido que lo interpretemos igual: para eso ya está el original. Ahora lo llaman “homenaje a”, que quiere decir que no han movido un solo arpegio de sitio, porque no hay imaginación para hacerlo. Hay que tener talento para hacer algo distinto de algo que ya existe, o lo que es lo mismo, crear algo nuevo a partir de algo viejo. Si no tienes imaginación y sólo copias el original, ten la decencia al menos de no disfrazar la realidad: no lo llames versión, llámalo copia.

Dicho lo cual, naturalmente, borro de mi lista para siempre al ínclito Michael Bublé.

Claro de sol

Siete de la mañana como todos los días, subo la persiana esperando ver un rayo de luz que asome en ese cielo oscuro y plomizo que me lleva acompañando desde hace meses.

El otoño este año fue madrugador pero más fue el invierno que no le dejo casi mostrarme su amalgama de colores de esta Asturias intensa con sus bosques repletos de sendas acolchadas por las hojas secas y en las que te dejas abrazar por sus helechos.

Ni siquiera me dejó percibir el grato aroma de los eucaliptos en otoño.

Más aún sabiendo que no va a ser me vuelvo a asomar a la ventana, todo sigue igual.

Una última mirada arrancada como un impulso ilógico y allí en el cielo entre las nubes un claro lucha por asomar como un valiente soldado en la batalla.

Tras él un pequeño rayo de sol, ese sol de invierno que hace que mis labios le concedan una sonrisa.

En la calle la melodía de un viejo bandoneón, interpretada seguramente por alguien que a cambio de unas pocas monedas consigue que siempre la nostalgia me estremezca.

Ya ves,
el día no amanece,
Polaco Goyeneche,
cántame un tango más.

Ya ves,
la noche se hace larga,
tu vida tiene un karma,
cantar, siempre cantar…

Tu voz,
que al tango lo emociona
diciendo el punto y coma
que nadie le cantó.

Canta
garganta con arena,
tu voz tiene la pena
que Malena no cantó…

Canta,
la gente está aplaudiendo,
y aunque te estés muriendo
no conocen tu dolor.

Canta,
que Troilo desde el cielo,
debajo de tu almohada
un verso te dejó.

Cantor,
de un tango algo insolente,
hiciste que a la gente
le duela tu dolor.

Cantor,
de un tango equilibrista,
más que cantor artista,
con vicios de cantor.

Ya ves,
a mí y a Buenos Aires
nos falta siempre el aire
cuando no esta tu voz.

A vos,
que tanto me enseñaste,
el día que cantaste
conmigo una canción.

(Garganta con arena. Cacho Castaña)

El sonido inoportuno del teléfono hace desvanecer ese instante.

—Descansó, dejo de sufrir.

La tristeza se apodera de mí, y no puedo más que asomarme de nuevo a la ventana, cuando las lagrimas recorren mi rostro y siento un gran dolor en el alma miro de nuevo al cielo.

Otra vez oscuridad, sus puertas se han cerrado.

Sol invernal

Se encendió poco a poco para no despertar a los oseznos. Entre sus tonalidades destacaban el humo, el ladrillo, el musgo y el arroyo. Los ojillos somnolientos tardaron en abrirse: estaba teniendo un sueño tan agradable… Sus párpados se deslizaron perezosamente por el umbral del día, y recorrió los tejados y las copas de los árboles con sus rayitos trémulos, disolviendo sus pijamas de nieve. Bostezó con suavidad sobre el bosque en silencio, mientras algunos grillos empezaban a salir de sus cuevas para desayunar y las hormigas iniciaban su jornada. Conversó en voz muy baja con las gruesas capas de escarcha que adornaban veredas y caminos, para ir diluyendo los adverbios de tiempo que se habían solidificado en el transcurso de la gélida noche. Desnudó a las acequias de sus tules transparentes, y engalanó los prados con las primeras flores que se fueron abriendo al contacto con su aliento luminoso. Se hizo una infusión de menta y repartió su calor entre las nubes, que se fueron diseminando en ráfagas azules hasta desaparecer. El valle se tornó multicolor, y al fin la noche se recostó en su oscuro camastro hasta el turno siguiente.

Luz que ciega

Nunca se le había ocurrido comparar ese sol de invierno —que se cuela sin ganas por entre las nubes y casi nunca consigue ser cálido— con su situación personal en el amor. Tenía prisa por crecer y, ávida de sol, no supo distinguir el invierno del verano. Ella, siempre fiel a la buena educación, se lanzó a la aventura y derribó murallas de razones, se olvidó de las buenas maneras y arremetió contra el mundo, hiriendo hasta su propia vida sin titubear ni dejarse abatir por el más leve matiz de arrepentimiento.

Sus vanos y continuos esfuerzos por transmitir alegrías ficticias, sólo fueron acogidos por cargados silencios domésticos. Su repentina aversión a la verdad hacía peligrosamente delicado cualquier intento de locuaz razonamiento.

Aparentemente, el cielo le mostraba un cálido paisaje y ella se dejaba seducir por esa luz cegadora que la momificaba, alejándola del resto de la humanidad pero que, más temprano que tarde, causaría una pulmonía a su estabilidad emocional.

Confiada, se dejó deslumbrar y dijo adiós a su adolescencia, respondiendo con una indiferencia cruel ante las advertencias de un entorno que, a su vez, se vio obligado a sucumbir con una desaprobación resignada.

Sorda y ciega por convicción, su metamorfosis fue brutal; en muy poco tiempo transformó una dulzura extrema, en una furia amenazadora que buscaba continuamente un blanco donde apuntar con gestos ilustrativos y dardos envenenados.

Sin ver barreras y segura de que todos se equivocaban otorgándole una dimensión insólita a cualquiera de sus actos, siguió inmersa en unos sueños irreales y se dejó arrastrar hacia el abismo renunciando absolutamente a todo, a cambio de un turbulento espejismo. En el fondo era consciente de que estaba haciendo de su vida una camisa de fuerza con la que no iba a poder moverse, pero… —su sol de invierno— la seguía cegando y ella misma, se negaba el derecho al aprendizaje de estar viva.

Apología de un adiós

Sé que la vida es el hoy
ya que el ayer son recuerdos
y, el mañana, simples deseos.
Sé que los senderos de luz
marcan caminos a seguir.
Sé que las estrellas lloran.
Sé que tu vida se apaga.
Luz de atardecer que en el umbral
de una sombra perdida
clavas tus sueños de frágiles deseos;
son presagios de añoranza o locura.
En mis ojos fuiste vida y
en mi corazón tortura;
análogo a la nostalgia o,
claramente, al amor.
En mi corazón marchito
busco la noche de tu cuerpo,
y encuentro migajas de rocío herido
que vagan entre luces en sombras.
Son gemidos de terciopelo rojo
los que en mi mano ensangrentada
acunan la serena noche y
tiemblan con el alba.
En mi excéntrica arrogancia
quiero amarte y acaricio el vacío
de la sombra que me aflige
con sus inscripciones de abandono.
Toco las calladas voces
que reposan inertes en tus labios
con suspiros que palpitan en el infinito.
Son océanos de silencios pasados;
son peregrinos de las noches
y los días que se cierran como libro ya leído.
Tengo tristeza en la memoria y en el alma,
el dolor me aflige por caminos
que no anduvimos hacia
la puerta de un adiós traidor.
Una dulce niebla envuelve mis tormentos;
es el viento refugiado en la oscuridad
el que abate todas las esperanzas.
La muerte, con engaño te elige
y contemplo
cómo muere tu amor en el silencio.

Instantáneas en una estación

Instantánea I

Ahora,
un día de mayo
los pies
se arrastran desde el fin del trabajo,
y un tren llega
aumenta el ruido:
maletas que no se conocen, voces,
diferentes destinos.
Un niño llora,
remilgo;
la anciana
camina y no sabe dónde,
y la mano
que amable cruza el aire,
que endereza el olvido.
Las siete de la tarde,
los ojos
ya cansados,
apenas abiertos
justo para no perderse,
y los oídos
siguiendo al ruido.
Y el viento arrastra:
papeles, pensamientos,
y el viento sur
voluntades.
Ahora,
me oriento,
mis pies continúan,
el ruido y el viento los llevan.

Instantánea II

Si me esperas será porque tú quieres,
si no estás, tú lo habrás decidido,
si no sabes que hacer
sigue tu camino.
Yo no pido aquello que tú me das,
no espero lo que me niegas,
camino entre las dudas,
espero en la niebla.
Mi noche llega arropada de tristeza,
Yo espero el amanecer
cubierto de olvido.

Instantánea III

Abandona
la espera
camina una vez más,
despacio para ver mejor.
Olvida quien soy,
omite mi nombre,
arrincona mi silueta en tu mente,
niega mi recuerdo y
extravía mi esencia.
Seré una sombra que mana del aire,
rodea tu pelo
envuelve tu talle
se desvanece en el suelo.

Instantánea IV

El tren acaricia la vía
abrigos diligentes flotan en el andén,
zapatos que arañan el cemento,
nadie repara en él
su piel oscura se funde
con el suelo,
sus harapos se pegan a su silueta.
Sentado en el suelo
cercano al banco
no te oye, pero te siente,
no te mira, pero te teme.
Cabizbajo, ausente
argonauta del hambre,
aliento cálido del sur.
No espera tu lastimosa mirada
ni desea tu dádiva robada,
ansía el objeto guardado en el bosque de Ares
que tú, Frixo, velas.

Instantánea V

Nadie la desea como él
cuando la luz de helios se apaga:
su vida delira.

Instantánea VI

Hay cientos de soledades
en el regreso a la guarida que espera fría,
vacía de almas
y preñada de fantasmas.
Los ojos abiertos,
los oídos expectantes,
la boca seca,
inodoro,
la piel fría,
el alma hueca.
Donde encojen el corazón es muy dentro y
al lado de las pasiones siempre dormidas,
junto al sueño no buscado y
las vidas no vividas.

Instantánea VII

Varios son un grupo
que desembarcan entre empujones,
jóvenes pletóricos
henchidos de hormonas y futuro,
sin mirar atrás no existe el pasado.

La terminal

“Les informamos a los señores pasajeros del vuelo a Asturias, con salida a las veintiuna horas, de que les ha sido asignada una nueva puerta de embarque, por favor diríjanse a la puerta jota tres”

Vaya, pobres de los asturianos que tengan que irse en ese vuelo, es la tercera puerta que les asignan en hora y media. Que faena, si llevan mucho rato esperando deben estar bastante hartos. Lo que no me imaginaba yo, es que esto de esperar en los aeropuertos, fuera tan emocionante. La cantidad de anécdotas que me he perdido estos años, por mi miedo a volar. Y ahora aquí estoy, esperando por el avión que me ha de llevar a Londres, luego a Munich y de ahí a Sydney. Lo cierto es que no recuerdo las horas de avión que me tendré que tragar, aunque mejor ni lo pienso.

¿Debería pensarlo? No, creo que no, lo suyo será que me deje llevar, porque si no, me echaré atrás otra vez y no me lo puedo permitir. No, no me lo debo permitir. Que va, mucho peor que el trago del viaje sería arrepentirme y volver a casa con Ana. ¡Ja! Se pasaría el resto de su vida recordándomelo, diciéndome lo cobarde que soy, que he sido siempre. Lo cierto es que en toda mi vida no he tomado una sola decisión, sin pensar en lo que dirán los demás. Jamás me he arriesgado a perder nada, también es verdad que nada tenía. Una hipoteca a medias con una mujer que en la vida se ha preocupado por mí. Y bien claro me lo dejó en nuestra última conversación, demonios, me la sé de memoria.

—No vales para eso—Me dijo.

—Es lo que siempre he querido—Repliqué.

—¿Y qué será de mi?

—Te puedes venir conmigo, te buscarán un trabajo igual que el que tienes aquí.

—A mi no se me ha perdido nada en Australia.

—Yo estoy convencido de que nuestro futuro está allí.

—¡Ja! Será el tuyo, el mío se queda aquí.

—Si ni siquiera te lo has planteado.

—¿Por qué habría de hacer algo así?

—Hace meses que te lo anticipé.

—¿Y?

—¿Cómo que, y?

—Luis, tú en la vida has decidido nada.

—Alguna vez habría de ser la primera.

—¿En tu caso? Nunca. Eres como el sol de invierno.

—¿El sol de invierno, qué quieres decir?

—Que amagas y no das, que ni das frío, ni das calor. Chico, tú en la vida decidirás algo por ti mismo, nunca serás capaz de arriesgarte.

—¿Es eso lo que piensas de mi?

—No lo pienso, lo afirmo. Sin mi no serías nada.

—¿Sabes? Creo que me acabas de hacer un gran favor.

—Vete si quieres, pero si te arrepientes no me vengas a buscar.

¡Joder! Diez años de mi vida aguantándola, pensando que me quería y lo único que veía en mi era a un puto pelele al que manejar. Y yo, el mayor de los tontos, creyendo que me quería. En una cosa si que tenía razón, hasta ahora he sido como el sol de invierno, ni caliente ni frío, ni chicha ni limoná.

Nunca me he arriesgado, nunca me he tirado desde un puente y jamás he tomado una decisión. Pues se ha acabado, jamás me volveré a arrepentir de no haber tomado una decisión, jamás volveré a llorar por las oportunidades perdidas, jamás.

Sol de invierno me llamó, despectivo pero poético. Mira tú que podría ser un buen título para una novela. Me lo apuntaré por si acaso.

“Señores pasajeros del vuelo hache ca trece, con destino a Londres, pueden embarcar por la puerta be dieciocho”