Crítica: La duda

Ficha Técnica (USA, 2008) dirigida y guionizada por John Patrick Shanley.

Intérpretes Meryl Streep (Sor Aloysius), Philip Seymour Hoffman (Padre Flynn), Amy Adams (Sor James), Viola Davis.

Su título original, al que le falta el artículo, refleja con mayor precisión lo que va a ser el transcurso de la película: duda. Duda esencial. Duda transversal. Duda en sí. Generalizada. Duda en sí misma, dándose vuelta en su existencia. Duda como camino. Duda como fin.

Toda religión se basa en un principio de Fe. No hay manera de asegurar su existencia, así que la convicción ciega y pétrea sustenta las creencias religiosas. Y toda Fe, para existir, necesitará de un antagonista, que es la Duda.

Pero no es esta una película sobre problemas morales o religiosos; incluso podría desarrollarse sin ese escenario. El dilema moral que se plantea entre un párroco y dos monjas podría darse perfectamente entre un director de colegio laico y dos profesoras. De hecho, la humanización de los personajes es el mayor acierto del texto. No importa lo que sean. El conflicto es otro. Y la duda que pulula entre ellos es más prosaica y terrible que una cuestión de Fe. Probablemente el autor (también director de esta adaptación) eligió un colegio religioso como escenario para darle mayor dramatismo a la obra, pero sería un entorno perfectamente trasladable sin perder el sentido mayoritario de ésta.

Adaptada del teatro, conserva inevitablemente detalles de él: extensos diálogos, escenarios limitados, gestos pequeños pero esenciales, en los que cada cosa ocurre por algo. No hay derroche de palabras vanas, no hay gestos superfluos, no hay paja. Todo importa, y desde el sermón inicial con el que se abre la película, hasta el fotograma de las dos Hermanas juntas, la acción se ha ido deshilvanando a medida que se entrelazaban los diálogos.

La Duda está encabezado por el personaje de Sor James, interpretado por la cada vez más emergente Amy Adams. Sor James no sólo es la duda, sino que personifica, además, al espectador. Sabemos lo mismo que ella, y por lo tanto, también dudamos. Sirve de contrapunto a los personajes del Padre Flynn y Sor Aloysius, cada uno sabedor de la verdad. El Padre sabe lo que hizo o no hizo, y Meryl Streep encabeza lo que ella cree, y por tanto sabe que hizo. Sólo ellos saben si ocurrió. Es Sor James (y por tanto el espectador) el que duda.

Decía Borges que el relato fantasmagórico perfecto es aquel en el que las dos explicaciones, la sobrenatural y la realista, son aplicables a la trama. El lector puede escoger una u otra, pero cualquiera de ellas ataría todos los cabos sueltos. “La Duda” consigue algo parecido: escojas creerte al Padre Michael, o escojas ponerte del lado de Sor Aloysius, la otra opción siempre estará al otro lado, perfectamente viable, expectante de que un día cambies de opinión y la acompañes. Expectante de que un día haga que dudes.

Crítica: Un lugar llamado nada

Ficha Técnica 2005, Amy Tan, Ediciones Booket. Tít. orig: Saving Fish from Drowning.

La última novela de Amy Tan, a pesar de desarrollarse casi por completo en Birmania, es su novela más norteamericana. Con protagonistas estadounidenses de pasado mayoritariamente estadounidense, el choque de culturas dentro de una misma familia tan presente en sus novelas, se limita, aquí, al enfrentamiento cultural entre un grupo de turistas desaparecidos en un lugar desconocido.

Amy Tan es una escritora mayoritariamente femenina (si entendemos por femenino que sus protagonistas sean mujeres, y la relación que existe entre ellas), con el curioso don de mezclar historias o contar historias dentro de historias. El éxito de “El club de la buena estrella” le vino, sobre todo, por esa distribución curiosa: cada capítulo era una historia de una mujer. Primero, las madres chinas en Norteamérica. Luego, las hijas norteamericanas con sus madres chinas. Más tarde, las madres chinas en China, para cerrar el círculo con sus hijas en su país. No era una novela al uso porque no existía un leit motiv, pero con los años depuraría el estilo y en “Los cien sentidos secretos” (probablemente su mejor obra) tejería hábilmente la historia china con la historia norteamericana, de un modo más sutil que una simple separación por capítulos.

En “Un lugar llamado Nada”, pues, nos encontramos con varios cambios: hay una historia, no dos o cinco, sino simplemente una. No ha necesitado esa separación porque sus dos mundos se han juntado. No hay problemas familiares porque no existe tal familia. Y no hay un protagonista claro, sino 12.

¿Ha ganado la escritura de Amy Tan con el cambio? Sinceramente no. El secreto de su estilo estribaba en ese salto de una cultura a otra, salto aquí que hemos perdido. También en su sensibilidad a la hora de meterse en el corazón de sus protagonistas. En “Un lugar llamado Nada” hay demasiados como para seguirlos tan adentro, así que se limita a dar cuatro rasgos (acertados, eso sí) y a que desarrollen su personalidad dentro de la trama.

Da la impresión de que Tan no escribió algo que le perteneciera. Basó todo en una historia leída por casualidad en un periódico, de la que investigó y sacó este libro. Falta, pues, la imaginación de la autora, y también su implicación y su corazón. Aunque quiere a sus personajes (hay que reconocerle que consigue la difícil obra de que todos acaban cayéndote bien), no se emociona con ellos, no se implica. Tiene el distanciamiento propio de un chino ante algo que no entiende.

Sus novelas, siempre moviéndose entre un sentido hipertrágico pero también cómico, se decantan de un modo descarado por este último, en el que todo acaba pareciendo una parodia de la imagen que se tiene de China en Norteamérica.

Crítica: Un tipo encantador

Ficha Técnica 2008, Marian Keyes. Editorial Plaza&Janés.

Se considera a Helen Fielding la madre de la “Nueva Literatura Femenina”, término acuñado en alguna librería (Bertrand, por ejemplo) para englobar en los mismos estantes a novelas escritas y protagonizadas por mujeres, en las que el sentido del humor, sátira y comedia parece ser la nota común a todas ellas.

Bridget Jones, el personaje más famoso de Fielding, empezó como columna semanal y tal fue su éxito que se convirtió en libro (y posteriormente en película), naciendo así la heroína atípica, la heroína desastrosa. La mujer a la que todo le sale mal, la mujer soltera que busca el amor, la mujer gordita que quiere adelgazar, la mujer inteligente que subsiste en un trabajo por debajo de sus posibilidades.

Las editoriales, siempre atentas a los detalles, sabedoras que las mujeres son buenas lectoras, y comprobando la cantidad de solteras que habitan en el Nuevo Mundo, se percataron de que tenían un filón, así que abrieron la veda a un puñado de escritoras que han alcanzado la categoría de Best-sellers.

Marian Keyes ha sido la que más éxito ha tenido, de tal modo que sus lectores no saben si fue anterior o posterior a Helen. Aunque no ha llegado a crear un personaje con tanta repercusión y personalidad propia como Bridget, sus novelas son superiores a las de Fielding en estructura argumental y originalidad.

Las novelas de Keyes se pueden dividir en dos tipos: las que pertenecen a la saga familiar de los Walsh, cada una de ellas dedicada a una de las hermanas (·”Claire se queda sola”, “Rachel se va de viaje”, “Maggie ve la luz”, “¿Hay alguien ahí fuera?”), y “las otras”. Las primeras son más cómicas, y aunque tienen el honor de haber creado una especie de saga, son claramente inferiores al resto.

Mientras que en las novelas de la Saga Familiar de los Walsh todo está escrito en primera persona, la narración es lineal y consecutiva, y no se pierde de vista al personaje, en las otras la línea argumental es más compleja, los puntos de vista más variados, y hay varios protagonistas que se superponen unos a otros. Keyes sigue la andanza de varios, dejando caer pistas (no es de las que engañan al lector, y se agradece) para que adivinemos qué los une. “Un tipo encantador” (continuando la estela de “¿Quién te lo ha contado?”) tiene tres protagonistas, cada una con su parte e incluso con su tipo de letra (no creo que sea casual que la historia de Lola, la más divertida, esté escrita en Comic Sans), unidas por el hombre que da título al libro y complementarias en el desarrollo del argumento. Como Keyes es básicamente una escritora cómica, la trama de Lola es la más divertida, y su personaje el más cálido y real, a pesar de ser el más paródico. Clare lleva bastante bien la suya, además de todo el peso del argumento, puesto que es la acción de la novela, el nudo y el desenlace.

Curiosamente, las partes dedicadas a Marnie (un alter ego clarísimo de la escritora) son las peores. Aparte del hecho de que se pueden obviar (si dejas de leerlas argumentalmente no ocurre nada), y que por lo tanto no aportan demasiado, resultan deprimentes, autojustificativas y placenteras en su dolor. Da la impresión de que Marian las escribió como diario de autoayuda y luego las introdujo a calzador.

Es esta una novela, en suma, con autonomía propia, que quedará injustamente relegada a la estantería a la que hice alusión al principio. Gustará a los habituales de la Keyes pero también a quien no conozca nada de ella, a quien quiera sumergirse en los avatares de unas mujeres jóvenes que a pesar de no tener una vida fácil consiguen, como buenas irlandesas, arrancar más de una carcajada en su tragedia.

Paseos, jaulas y mujeres

Hoy me ha pillado la nieve mientras corría mis 12 kilómetros diarios. Como corro por un camino, no por un circuito, y esto ocurrió en el kilómetro 6, no me quedó otra que correr bajo los copos, mientras maldecía mi estupidez y falta de previsión. Mientras el hielo se agolpaba en los pómulos (es increíble la cantidad de cosas que puede llegar a almacenar esa oquedad) pensaba en catarros, pulmonías, neumonías y demás cosas que llevan a muerte. Como Marianne Dashwood en “Sentido y Sensibilidad”, cuando en el transcurso de un largo paseo que da por la campiña para recuperarse de un desengaño amoroso, se empapa de tal modo en la tormenta que la lleva a contraer tifus, casi morir, y cambiar del todo el carácter (y encontrar marido, por cierto).

Es curioso lo de los paseos. Las heroínas de las novelas del siglo XIX salían a pasear mucho. Poco podían hacer, y el caballo o sus propios pies era una buena excusa para salir de las cuatro paredes, para dejar de oír conversaciones o simplemente no escuchar a sus padres. En las novelas de Jane Austen vemos que en el paseo diario ellas encuentran no sólo su solaz, sino también muchos nudos de sus peripecias (la carta que Darcy le da a Elizabeth en “Orgullo y prejuicio”, los cotilleos que oye la pobre Fanny en “Mansfield Park”; los malogrados devaneos del señor Eton y Harriet en “Emma”; el avive del amor en “Persuasión”). La mujer, en una época en la que poco podía hacer sino trabajaba, y no disponía de ocupación conocida e independiente, encontraba en el caminar una huida hacia delante, un rato en el que poder sumirse en sus pensamientos, un recreo en el que poder zambullirse cuando no le apetecía escuchar a la familia (al fin y al cabo, Marianne no sale a pasear para pensar en su amado, sino para dejar de oír el charloteo de los Palmer, que viajan con ellos)

Siempre que leía una novela del siglo XIX me sorprendía la facilidad que tenían las heroínas para morir de “nervios”. Reciben un disgusto, generalmente amoroso, y las hace palidecer, dejar de comer, contraer unas fiebres, y poco después morir (en algunos casos el escritor las deja con vida, pero con un carácter tranquilo, retraído y sensiblemente más tímido). Me parecía una exageración romántica, un recurso estilístico del escritor. Una trampa.

Pero pensándolo bien, quizás esas novelas obviaran un detalle: que la heroína, en algún momento del disgusto, salió por la puerta de atrás a dar un paseo. Que harta de estar encerrada, harta de haber recibido un varapalo y no poder hacer nada, harta de continuar cosiendo y esperando a que las cosas sucedieran mientras ella misma no hacía suceder nada, salió a caminar, a estar sola un rato, a contagiarse de la naturaleza, de la belleza, a buscar una evasión. Es ahí cuando coge frío, fiebre, catarro, que sumado a su falta de vitaminas (recordemos que no comía) la lleva a contraer la enfermedad.

No es raro lo de escapar. Escapa quien está enjaulado. Y la mujer tiene más papeletas que otro para estarlo. En “Revolutionary Road”, cuando Alice (atrapada en una vida que no le gusta, atrapada por no poder salir de ella sino es con su marido, atrapada por no ser independiente) llega a un punto en el que no ve salida, sale de casa a pasear por el bosque, ahuyenta a su marido (“vete, déjame sola”, le dice mientras enciende un cigarrillo que previsoriamente ha llevado), y se queda ahí toda la tarde. La casa, el hogar, en muchas ocasiones se convierte en la carga, el lugar de trabajo, donde pasa todo el día, donde recibe los disgustos. Es normal que la mujer necesite salir de él para sentirse segura.

Ha habido críticos que quiere ver en estas salidas un suicidio meditado. Después de que Alice regrese del paseo, se dedica a hacer aquello que la lleva a la muerte. Mientras Emma Bovary y Anna Karenina son más impulsivas, aguerridas (desesperadas), y se atreven a participar activamente en su suicidio, estas otras lo tapan, lo esconden bajo la apariencia de accidente, pero inconscientemente su deseo era el mismo: morirse. La huida definitiva. El paseo eterno, al final y al cabo.

Se cuenta que Emily Bronte, después de la muerte de su hermano, salió a pasear por los páramos que tanto la habían inspirado, desesperada por encontrar consuelo a su dolor, y un par de meses después había muerto. Curiosamente, en la novela de su hermana Charlotte, “Jane Eyre”, una amiga de la protagonista es castigada a permanecer dando vueltas a un patio mientras llueve, y pocos días después esa niña moriría. Los paseos, la huida, la muerte y la liberación, pues, parecen fuertemente vinculados en el mundo de la que se ve obligada a estar en casa.

Una mosca

Abrí la ventana y la mosca fue a posarse directamente sobre el borde de la taza de café. Después de unos segundos, comenzó a frotarse las patitas, y ha revolotear incansablemente por la sala como si estuviera decidida a no salir, aunque afuera, el sol había reaparecido después de varios días de lluvia. En otras circunstancias, hubiera salido a pasear hasta la playa, muy temprano, pero no hacía mucho que había sepultado a Luis. También ese día salió el sol, no me moví de su lado, hasta que cayó la tarde y regresé a casa sin mi único hijo. Entonces entré a su habitación, recogí algunos libros que estaban sobre su mesa de noche y los coloqué en la biblioteca de la sala. Luego lloré, porque Luis había amado esa biblioteca y jamás volvería a verlo llegando a casa con un libro. Yo no he podido leer desde entonces, a pesar que he estado en casa desde que él se fuera. Me he limitado a estarme sentada en el sofá mirando la lluvia caer incesantemente, hasta que vi la mosca pegada en la ventana.

Rápidamente la mosca ha alcanzado el cielo raso y revolotea alegremente haciendo pequeños rizos en el aire. Parece un animalito muy vivaz. Pocas veces he visto una mosca con tanta atención. Tal vez la mosca presagia que el invierno está pronto a terminar o simplemente soy yo que quiere encontrar algún significado a las cosas y creo que la mosca me trae un mensaje de algún lugar que ha quedado fuera de mi vista. No es raro que una mosca entre a nuestras casas invierno. Ni que pasen todo el día dando vueltas alrededor nuestro como si esperaran algo de nosotros. He aquí, que ella viene directamente hacia mí. Al cabo de unos segundos, vuelve a posarse sobre mi taza de café. Parece esperar algún mal pensamiento. Levanta su pequeño lomo y yo dejo caer sobre ella un vaso, antes que pueda volar. En un primer instante parece desconcertada atrapada en su inesperada jaula de cristal.

Las moscas tienen poco tiempo de vida. Ésta parece muy fuerte y vivaz. Por momentos deja de volar pero vuelve a intentarlo, remontando el vuelo. Pienso que no quiere morir y cuando se queda quieta es como si el alma se le fuera a escapar y ella lo evitara volando a duras penas, porfiada en no morir. Quizá la muerte es cuestión de dejarse morir y no sentir más el dolor. Éste no es el caso de ésta pobre mosca, que acaba de morir ahogada por mi culpa y tiene las patitas tiesas hacia arriba. Su fin ha llegado demasiado pronto, a pesar de su gran fuerza, no vuelve a levantarse y a mí me parece que en cualquier momento podría renacer y salir por esa ventana donde la espera el cielo amarillo, los árboles sin hojas y este sol de invierno que no me calienta.

Cuando te vas

Cuando te vas
Las manos se me vacían:
Son agua en un cedazo,
Viento en una ola.
Cuando te vas
Te llevas la esperanza:
Me queda solo,
Sólo sol, perdido.
Cuando te vas
Acaso queda tu esencia:
También tu olor
Y tu tacto prevalece.

Miradas

Tiene ojos de acero y frío
Alejados del alma
Y casi muertos.
Me mira: nos miramos.
Yo también tengo ojos
De frío y acero.
Cambia la mirada.
Yo también cambio la mirada
Nadie nunca se preguntará
Quién ha ganado la batalla.

Balada de un jubilado

Hoy me levanté a las diez con el mismo peso en el estómago y el vacío pisándome los talones. Me siento así desde que me jubilé hace dos años, desde que vi mis sueños de viajar truncados por el excesivo apego de mi esposa hacia su pueblo, encajonado y húmedo. Sobre todo esto último. Pero quejarse no ayuda. Así que dejé mis telarañas y procedí a mi arreglo personal.

Después del desayuno: Café y dos rebanadas de pan con mantequilla, cogí a Duck, nuestro querido basset y salí a recorrer el paseo fluvial. El chucho se nos está haciendo mayor. Al principio remoloneó. Luego una vez que sintió el olor a tierra húmeda en su hocico comenzó a animar el paso dejándome atrás

— ¡Duck, traidor vuelve! Le grito medio enfadado y medio en broma

El cielo estaba encapotado como ayer y antes de ayer. Lleva todo el invierno así. Mi mujer dice que a donde vamos a parar. Ahora que lo pienso, repite siempre la misma letanía. Cuando nos conocimos no era así. Era alegre, dulce. En ella vi. a la mujer ideal para endulzar la vida ¡Qué bobos somos de jóvenes! Pero al comienzo del noviazgo, ya se sabe. Con el matrimonio llega la prosa. El trabajo, los hijos y al menor descuido los nietos. En general no tengo queja. Pasamos esas etapas juntos; no puedo negar que fui feliz. Sin embargo, ahora, tengo la sensación de que vivo con una completa extraña que prefiere derrochar su salud agasajando a unas señoronas que nunca miraron para ella, en vez de aprovechar para asomarse a la gran ventana del mundo.

El Duck me esperaba a la entrada del puente sentado, firme como una farola; con la lengua a fuera.

—Cansaste ¿eh? Jódete cabrón. Así te enterarás que sólo estás para sopitas y buen vino.

Entonces no sé cómo me encontré una expresión entre botella de vinagre y búho con úlcera. Adelina Martínez, la mayor remilgada del pueblo. Vaya por Dios espero que no le escatime una invitación a sus merendolas. Desde que entra en su casa mi señora no para de hablarme de los muebles que tiene, de los visillos. Te conozco bacalao. Desde entonces los dos andamos peleados. Pase que me haya metido en este agujero pero no estoy dispuesto a vivir en un museo.

Ya me estaba empezando a poner de mala sangre recordando nuestra última pelotera. Ayer, cuando de pronto se levantó una brisa que me trajo un olor a hierba fresca. El perro también lo debió de notar porque al cabo de un rato corrió hacia mí y empezó a saltar a mi alrededor mordisqueándome la mano. Ya sabía lo que me quedaba. Primero me hice el sordo. Duck dio un ladrido. Seguí caminando. El Duck volvió a la carga trayendo un palo entre los dientes.

— ¿Quieres guerra eh? Pues la tendrás

Le arrebaté el palo y lo lancé. El perro salió corriendo. Repetimos la operación dos veces más. A la cuarta lo retuvo en la boca. Cuando hice amago de quitárselo gruñó retrocediendo.

—Ah pillo. Así que me dejas solo en esta batalla de inadaptados. Cuando te pones así es que estás a gusto. Bueno te comprendo. Antes te quedabas encerrado en un piso con las salidas contadas. Aquí tienes campo libre.

Le palmeé el lomo. En ese momento pasaba ya bastante gente por ahí. Por el gesto de sus caras deduje que habían presenciado nuestros juegos y lo más seguro es que pensasen que estaba ablandándoseme el cerebro. Por mi parte estaba demasiado contento para que me importasen sus prejuicios. El cielo seguía siendo gris pero por dentro me sentía como si un rayo de tibio sol de invierno atravesase una habitación cerrada durante demasiado tiempo

¿Cómo no se me había ocurrido antes? Me dije. Cogí al perro y a toda prisa me dirigí a casa. Encontré a Amelia en la cocina. Sin ningún preámbulo le dije.

— Mujer mía. Tú ganas. Puedes poner esta casa como un museo, menos mi estudio claro. Pero con una condición: una vez al año iremos a ver a nuestro hijo hasta Barcelona. Alejarte de este aquelarre de cuando en cuando no te sentará mal.

La cita

Quién me iba a decir a mí que a estas alturas de mi vida iba a estar delante de un espejo pintándome el ojo más emocionada que una quinceañera en su primera cita. Y es que a mis años una no espera ligar, o por lo menos no con un jovencito, bueno, tampoco es que me haya convertido de la noche a la mañana en una asalta cunas, no, no eso, lo que pasa es que el pimpollo con el que voy a salir a cenar peina unos cuantos años menos que yo, y eso, quieras que no, da que pensar…

Mi hija ha puesto el grito en el cielo y mi amiga Margarita también, pero me da igual, después de diez años guardando luto por un marido que no encontró mejor lugar donde morirse que la cama de una alumna aventajada del último curso de doctorado, creo que ya es hora de que a mí también me dé un poco el sol. Sí, no lo voy a negar, lo más seguro es que ellas tengan razón y que esto no sea más que sol de invierno, pero… quién quiere más, de invierno o no, en cualquier caso, sol.

Crítica: Puente de los suspiros

Ficha Técnica: Richard Russo, 2007. Editorial Alfaguara. Traducido por Mariano Antolín Rato.

Dicen que los poetas escriben el mismo poema una y otra vez, que su obra lírica se basa en reescribir la misma idea, hasta que queda pulida, brillante, perfecta. En las novelas ocurre algo parecido, sólo que al tener más palabras, personajes y capítulos, queda solapado, escondido, y nos hacemos la engañosa idea de que estamos leyendo un nuevo libro del autor.

Mientras algunos crean unos personajes a los que les coge tanto cariño (o se lo coge el lector y no deja que el escritor lo suelte; recordemos el caso de Conan Doyle) que los perpetua en sus siguientes novelas y los convierte en protagonistas de sagas, otros los limitan al libro en concreto, y cuando empieza otro, ha cambiado de personaje. Aparentemente.

Porque leyendo la novela de Richard Russo te vuelves a encontrar con personajes anteriores. Les ha cambiado el nombre, sí, e incluso es probable que Russo ni se percatara que eran los mismos. Pero, ¿no es Bobby Marconi la versión joven de Sam Hall de “Alto riesgo”? ¿No son Louis Lynch y su padre los mismos que los Clive, de “Ni un pelo de tonto”?

¿Quiere decir esto que Russo se repite? No. Porque sus vivencias son diferentes, a todos les ha dotado de un pasado distinto y de unas motivaciones que no aparecían en las novelas anteriores. Quiere decir que ha tenido años para perfeccionar a sus criaturas, para dotarlas de vida propia, para hacer más redonda su novela. Como si, después de reescribirlos una y otra vez, hubiera llegado a la idea misma: pulida, brillante, perfecta.