¡Feliz cumpleaños!

Fue hace aproximadamente un año cuando me decidí a emprender la aventura.
Era algo que tenía ganas de hacer desde hace tiempo y
Lo que más me alentó a ello era el reto que suponía para mí.
Imaginarme mundos ajenos y apropiarme de personajes que mucho, poco o nada tienen que ver conmigo.
Zapeando como una loca, traté de distraerme, pero al no encontrar nada atractivo en la televisión,
Cogí un periódico local y me fijé en una reseña en la que se anunciaba
Un taller literario. Lo
Miré detenidamente con intención de apuntarme,
Pero tuve que pensarlo mucho, ya que la informática no es mi fuerte ni mucho menos.
Lo pensé y repensé y me decidí.
Estoy segura de que mi decisión fue acertada, puesto que el coordinador era fiable y me encontraría con gente maja.
Aunque me asaltaron las dudas y el pudor para exponer mis escritos, no soy una
Ñoña, simplemente un poco insegura.
Obsesiva no. Perfeccionista hasta la saciedad.
Seguro que no tengo ningún motivo de arrepentimiento.

FELIZ CUMPLEAÑOS

Tengo mucho tiempo para
Intentar perfeccionarme y mejorar.
Nunca nadie se debe rendir cuando tiene algo que decir. Y eso es lo que nos sucede a este grupo de supervivientes.
Ojalá continuemos así por mucho tiempo.

La casa de las palabras

La casa se encontraba a las afueras de la ciudad. El edificio estaba cubierto por una enredadera canadiense que comenzaba a volverse rojiza; se notaba que hacía tiempo que un jardinero no había recortado las hojas, pues cubrían parte da las ventanas. La puerta de la verja de entrada rechinaba, dando un cierto aire misterioso a la casa y al jardín.

El guardés me indicó que pasara y al abrir la puerta de la vivienda un golpe de humedad y nostalgia envolvió el polvoriento hall.

En medio del recibidor una enorme máquina de escribir de bronce ya decía donde estábamos y qué era aquel lugar. Miré y remiré a mi alrededor y los recuerdos se agolpaban en mis retinas, impidiendo ver el resto de la sala.

Subí la escalera y mi mano arrastrándose sobre el pasamanos dejaba un rastro sobre el polvo, en el rellano volví la mirada y vi la increíble máquina de escribir extendiendo su teclas sobre el hall, controlando cada esquina.

Entré en el salón y el guardés abrió las cortinas, la luz daba un aspecto neblinoso al cuarto y el polvo revoloteaba por cada esquina. Pero nada empañaba la mágica amalgama de libros y cuadernos que se esparcían por las mesas.

La máquina de escribir era un adorno más en la habitación. Se había convertido con el paso del tiempo en un recuerdo abandonado y casi olvidado de la vida del escritor.. Me pregunto porqué no se guardan como adorno los ordenadores obsoletos, los cuadernos tachados o los folios arrugados. De las paredes, aburridos, colgaban polvorientos diplomas de cursos académicos, menciones de concursos y algún que otro artículo enmarcado con Dios sabe qué intención de perpetuar la memoria de lo ya publicado y leído por medio mundo. Paseando la mirada por el cuarto se veían amontonados los libros de mil autores, manidos y sobados; alguno abierto dejaba ver en su intimidad las anotaciones del lector y los garabatos en los márgenes, acaso por aburrimiento al leer la obra o tal vez por costumbre de lector y corrector.

Y escritos a mano encima del zócalo aparecían los nombres de aquellos que pasaron algún día por aquel lugar. Eran pseudónimos de osados que una vez jugaron a ser escritores. En mayúsculas borrosas AÚN se podía aún leer “El taller de las palabras”.

Un día despejado

En ocasiones escribir es como un día despejado, uno de esos días en los que la limpieza de la atmósfera parece empujar el perfil de las montañas hacia nosotros, ¿no estaban más lejos ayer?; en los que el aíre que penetra, o cae, o se pierde por nuestra nariz se convierte en un fresco reconstituyente de los pulmones y del alma; en los que las copas de los árboles son mecidas por la brisa y el trinar de los pájaros y con ellas nuestra inspiración burbujea, vuela, salta, se llena de colores, ríe y suplica, explora y se pierde y en la siguiente esquina encuentra un unicornio que sestea a la sombra de una muralla , o una ola que rompe donde muere o nace el mar, o el llanto del enamorado que no ha podido servir al amor. En esos días los dedos parecen tener vida propia, palpitan endemoniados, veloces, inconscientes, y nos sorprendemos con lo que aparece sobre el papel blanco, que ya no está blanco, sino lleno de letras, de líneas que nunca serpentean, de mundos que no conocíamos, y ni siquiera nos damos cuenta de que no es papel sino la pantalla de un pequeño ordenador.

Eso días aparecen así, de repente, de la nada, o del fondo de una chistera sin fondo, son estrellas fugaces detenidas en lo alto del cielo, o luciérnagas azules, o relámpagos de miradas que caen sobre el océano o el flash de una cámara en el día de tu boda o saltamontes que escapan de nuestros píes. Y solo reparamos en las nubes para contemplar lo bellas que son, dormidas, blancas, casi grises, acurrucadas entre valles que caen a nuestros pies, y sobre ellas flotan praderías, y vacas que parece que siempre estuvieron allí, y una casa, a lo lejos, y nuestros pensamientos.

Es entonces cuando nos está permitido viajar en el tiempo, en los recuerdos que hemos maquillado, en el espacio, en lo que nadie ha pensado antes y en nuestras o vuestras emociones. Y allí estoy, sentado en el suelo, iluminado por los primeros rayos de sol que piden permiso para atravesar la cristalera de la terraza de atrás. En mis manos pinzas, o ejércitos, o vaqueros llenos de pistolas y sombreros, en mis oídos clic clic clac clic clac tcrrrrrrrrrrrrr, porque delante de mí está mi abuelo, sentado en una silla de madera clara y asiento acolchado en rojo, y parece que no se mueve, con la cabeza gacha, con la espalda ligeramente vencida, y muy bien peinado, y con corbata, y con los brazos hacia adelante, pero sigo oyéndolo, clic clic clic, clac, clic, clic, clic, y también oigo a las gaviotas que chillan, y parecen disgustadas por tener que madrugar, y al silbato del lechero, y a mi hermano pidiendo un churro más. Espero paciente, o impaciente, y quiero sentarme en su silla de madera clara y asiento acolchado en rojo.

Después del último punto coge la hoja, o la arranca, y saca la lengua, y humedece un sello con la cara de un señor que antes estaba más gordo, y la dobla, una, dos veces, antes de meterla en un sobre, se levanta y me siento yo. La mesa me queda alta, o la silla baja, hay una carpeta de piel marrón, y olor a carpeta de piel marrón, un periódico descansa en una esquina, escoltado por un bolígrafo, con letras grandes se me presenta, La Nueva España dice, ¿cómo sería la vieja?

Me estiro todo lo que puedo, la expío, la observo, o ella me observa a mí, negra, llena de ojos, metálicos, redondos, quietos, alzados sobre brazos, muchos muchos ojos, muchísimos ojos, plagados de letras, y algún número, y unos pocos puntos, comas y rayas que no sé lo que son. Mi hermano pide otro churro, las gaviotas siguen chillando, dirijo mi índice de la mano derecha al ojo que me mira con cara de j, y luego al que pone cara de o, y escribo mi nombre, mil veces, o quizá solo diez, y mis manos aceleran, mis manos aporrean, golpean las teclas, hasta que las palanquitas que salen de su espalda, esas que transmiten lo que solo sabe mi dedo y su ojo, quedan abrazadas, entrelazadas, y los ojos, o las teclas, hundidos, y las suelto, con cuidado, con placer, una a una, hasta que retroceden, saltan solas, las últimas. Va siendo hora de ir a la playa, de coger mi cubo, mi pala, mi hermano. Y escribo mis últimas letras, m-e-g-u-s-t-a-e-s-c-r-i-b-i-r.

Feliz cumpleaños y gracias por contribuir a que siga soñando.

El rey de los gatos

Mi tío Juan me dejó como herencia una caja llena de revistas y una máquina de escribir marca Remington. Eso era todo. Porque al día siguiente de ser enterrado botaron el colchón donde durmió por años y el maletín que le servía de guardarropa. Vistieron a mi tío Juan con lo que encontraron dentro: una camisa blanca, un pantalón azul y una corbata a rayas. Fue la primera y última vez que lo vi sin el pijama con el cuál acostumbraba caminar por las azoteas. Porque si no se los he dicho, mi tío Juan era el Rey de los gatos. Sus dominios abarcaban las azoteas vecinas y la gran azotea de la Catedral, donde mi madre acostumbraba ir a misa.

Yo no conocí al Rey de los gatos hasta que cumplí doce años. Un día me había cansado de jugar dentro de casa y como no podía jugar en la calle, decidí subir a la azotea. Entonces fue cuando vi por primera vez al Rey de los gatos. Pareció no sorprenderse de mi presencia, pues se acercó como suelen hacerlo los gatos cuando quieren jugar. Aprendí mucho de él y de las cosas que los hombres olvidan en las azoteas. Los gatos por el contrario nunca olvidan y cada noche se pasean por las azoteas buscando alimentarse de los recuerdos perdidos de los hombres. Mi tío hacía lo mismo, por eso vivía en la azotea de mi casa alimentándose del polvo y del viento y de la garúa que cae en invierno sobre Lima.

Cuando lo conocí le pregunté quién era y me respondió: soy el Rey de los gatos. Yo le creí entonces y le creo aún más ahora que me ha dejado cientos de revistas y esta vieja máquina, con la que pienso contar algún día la historia, del Rey de los gatos.

La máquina de escribir

Llegó a Tugindo un viernes por la tarde como muchos otros visitantes que recalaban por allí atraídos o con la disculpa de visionar las cataratas. A primera vista nada lo diferenciaba del resto de aves de paso que revoloteaban a diario por la anodina ciudad de Tugindo. Y hubiera dado el pego como turista de fin de semana si no fuera porque tenía cara de disfrutar poco o nada con los saltos de agua, y porque en su mano derecha portaba un maletín que no se correspondía en tamaño y forma con una cámara de fotos sino más bien con una máquina de escribir. El recepcionista del hotel, veterano experto en aves migratoria, no pasó por alto ninguno de esos detalles al verle atravesar el vestíbulo, y antes de que el cliente se acercara al mostrador ya había decido asignarle una habitación con vistas a la flora y fauna del asfalto.

–En la ciento seis se sentirá como en casa, señor…

–Miner, Teodoro Miner. Gracias, pero eso es imposible. No tengo casa.

–Ahora sí… ¡Qué disfrute de la estancia…!

Teodoro Miner prorrogó la primera semana con una semana más, y después con otra, y el primer mes con un mes más y después con otro, y el primer año con un año más y después… un domingo cualquiera a las doce de la mañana, al igual que las demás aves de paso que recalaban en Tugindo el fin de semana, dejó libre la habitación y pidió la cuenta. A primera vista no se diferenciaba en nada del resto de visitantes que revoloteaban por el vestíbulo si no fuera porque tenía cara de haberse perdonado a sí mismo, y porque todos sus pecados estaban a buen recaudo dentro de un abultado sobre que portaba bajo su brazo derecho, el mismo en el que llevaba el maletín que no se correspondía en tamaño y forma con una máquina fotográfica, sino más bien con una máquina de escribir y que depositó con suavidad sobre el mostrador para abonar la factura.

–Ha sido un placer tenerle como huésped, señor Miner. Esperamos volver a verle pronto por aquí…

–Eso nunca se sabe… Y el placer ha sido mío…

–¡Señor Miner… se olvida usted él… la…!

–No es un olvido… Ella prefiere quedarse…

–Pero…

–A ella le gusta sentirse como en casa… y por la tinta no se preocupe, le sobrará…

Olivetti Lettera 32

Un estuche verde, semirígido y con una cremallera negra y brillante no era uno de esos objetos que un niño pequeño y curioso dejaría pasar sin más. Además, mi madre guardaba aquel precioso estuche en el cajón los papeles de papá, en el centro del mueble del salón. Eran demasiados privilegios para un simple estuche verde, que dormitaba rodeado de papel de cartas, sobres, sellos y documentos variados. Los niños teníamos prohibido abrir aquella puerta pero, la sola presencia de la caja verde, con aquella extraña inscripción metálica, compensaba el posible castigo. La chapa metálica, mitad negra, mitad blanca, tenía escrita la leyenda Olivetti Lettera 32 en brillantes letras blancas y negras. Hasta años después de aquella tarde de invierno, no conocería el significado de las mismas, aún habiéndolas leído miles de veces.

El estuche sonó metálico al moverlo y se me antojó excesivamente pesado al sacarlo del cajón. Tras un rato forcejeando, luchando en silencio contra el cajón y la caja, conseguí poner sobre la alfombra mi nuevo tesoro. No quería líos y prefería que los documentos de papá permaneciesen a salvo mientras jugaba con el estuche verde, por eso cerré el cajón sigilosamente. Toda mi atención estaba puesta en la funda de color verde.

No sabía qué hacía, apenas si había visto el contenido en funcionamiento un par de veces, siempre con mamá al mando, mientras redactaba unas pocas cartas oficiales o, mucho más a menudo, la correspondencia con una prima que vivía en un sitio lejano y frío llamado Europa. Sabía tres cosas que, para mí, eran suficientes: tenía teclas que se pulsaban y un carro que hacía ¡ding! al llegar al final; hacía mucho ruido, sobre todo cuando mamá movía los dedos muy rápido; y podía escribir igual que los libros que leía, con esa forma tan rara de hacer las aes.

Tras un rato pensando, cogí el pesado estuche por el asa y, prácticamente a rastras, lo llevé a la habitación del fondo del pasillo y lo posé sobre la mesa del improvisado cuarto de juegos. Después, serio y concentrado, volví al salón y arrimé la mesa de madera a la estantería para auparme hasta el tercer estante, donde dormitaban los cigarrillos de las bodas en aquel horrible bote de alabastro, los libros que todavía no tenía permitido leer y, lo que buscaba, un enorme volumen con las tapas marrones y las letras doradas. Era tan grueso que subirlo por encima de la barandilla me supuso en esfuerzo extra. Una vez lo tuve, me bajé de la improvisada escalera, dejé todo tal y cómo lo había encontrado y llevé el libro a la habitación del fondo.

La cremallera del estuche era rígida y se negaba a ser abierta por cualquiera. Parecía estar exigiendo la presencia de un adulto pero, finalmente, pude convencerla y abrir la tapa. Olía, lo recuerdo con claridad, a polvo viejo y aceite de máquina de coser, a maquinaria engrasada. Era un momento único y, con toda la concentración que pude, abrí la cremallera del todo para poder retirar el estuche. Estaba sólo, emocionado y algo nervioso por saberme fugitivo, por haber profanado el único cajón al que no tenía acceso y, sobre todo, por estar usando la máquina de escribir sin ningún adulto cerca. El sabor metálico del miedo era, a la vez, embriagador y tirano.

Con cierta pompa repetí los pasos que había visto hacer a mi madre y alimenté el carro con una hoja de papel cuadriculada, primorosamente arrancada del cuaderno del colegio. Los primeros intentos fueron frustrantes y el folio no quedaba recto ni alineado con la guía de plástico transparente del visor. Al final, tras muchos intentos, la hoja de papel quedó en una posición más o menos normal y, circunspecto como merecía la ocasión, situé el libro a la izquierda de la máquina, lo abrí por la primera página y, llevando los dedos índice al aire, comencé a escribir lo que leía.

Mi madre llegó unos minutos después, extrañada por la cadencia de los tipos metálicos al golpear el papel y me encontró sentado, inclinado sobre su máquina de escribir, buscando la tilde. Le echó un vistazo al folio del carro y pudo leer parte de la primera frase del libro que estaba sobre la mesa y que conocía de sobra.


En unlugar de La Mancha, de cuyonombre no quiero acordarme,
no ha mucho que viv”’

Antes siquiera de verle la cara a mi madre ya intuía el reproche, sabía que estaba haciendo algo prohibido, que había hurgado entre sus cosas y que, probablemente, iba a ser castigado.

—¿Qué haces?

—Mamá, ya he leído mucho y ahora quiero hacer libros, que es más divertido. Estoy usando la máquina porque de estos aparatos salen los libros. ¡Fíjate en las letras, son iguales!

—¿Sabes qué libro es éste?

—Sí, el más gordo que hay en casa. Si termino de escribirlo a máquina, aprenderé a usarla. ¿Dónde está la tilde? No sé cómo se pone… ¿Se pueden borrar los fallos?

Un par de años más tarde, en verano, mi madre me apuntó a una academia de mecanografía en donde pude quedar hastiado de máquinas de escribir, grandes y tan ruidosas que me dolía la cabeza dos horas después de cada clase. Pero para entonces, ya tenía algunos fundamentos adquiridos a base de recibir las lecciones de mi madre, los días en que acarreaba por el pasillo la Olivetti y El Quijote.

La máquina de escribir

Hasta donde yo recuerdo, el verano comenzaba su inminente actividad de paralizar los días monótonos de colegio, para cambiarlos por cielos azules y mares en calma. Tantas horas sin estrenar hacían que mi corazón se hiciese más ligero y tibio. Me veía sobre la arena, tendida, mirando el sol que casi conseguía cegarme y revolverme hacia el interior como si fuera un guante. La sensación de sentirme dueña de los segundos irrepetibles, me hacía en muchas ocasiones perder el tiempo. Mi padre, persona inteligente y observadora, contemplaba mis posturas de repentino cansancio por no hacer nada y eso desencadenó una serie de confusas situaciones. Fue así como una tarde le vi llegar con una caja grande de color rojo, la cual intuí pesada observando el balanceo que mi padre tenía que emplear para llegar con buen pie a casa. Inmediatamente pensé que se trataba de un tocadiscos. Yo no tenía ninguno y me hacía una ilusión enorme. Corrí escaleras abajo para esperarle, y al llegar, su sonrisa corroboró que se trataba de algo que me iba a gustar mucho.

─¿Qué es papá, qué es?

─Ahora lo verás, no tengas prisa. Te va a encantar

No se si él pudo contemplar mi cara de desilusión, cuando tras colocar aquella caja sobre una mesa, la abrió y de ella salió inmaculada una máquina de escribir. Mi ya menos adorado padre se deshizo en halagos y perspectivas sobre lo imprescindible que sería en el futuro conocer los misterios de la mecanografía. No contento con eso, me regaló también un manual para aprender, que rezaba en su portada: “No hay un mal alumno para un buen profesor”. Nunca olvidaré esa frase que yacía impoluta sobre la mesa a las cuatro en punto de cada tarde de aquel verano. Las mañanas transcurrían tranquilas, pero después de comer se me ponía un nudo en el estómago pensando en el par de horas que tendría que dedicar a escribir: mi, mi, mi, mi, mi…; palabras que se irían complicando al incorporarse nuevas letras. A mi máquina la llamé Casilda (siempre pongo nombre a las cosas), y fue mi compañera inseparable durante las vacaciones. Los dedos me dolían, especialmente los meñiques que se me fueron torciendo hacia dentro por el esfuerzo en pulsar las teclas y por los errores de precisión que hacían que de vez en cuando se despeñasen en el espacio oscuro y profundo que había entre ellas. Muy pronto, Casilda fue mi compañera de aventuras y no deseaba nada más que pasar las tardes escribiendo con ella. Y pasó el tiempo. Llegaron épocas de cambios, de progreso, de novedades y como fuerzas superiores se instalaron en mi vida los ordenadores. Desde entonces, si alguna vez tengo que utilizar a Casilda para rellenar espacios en blanco en papeles ya impresos, me desespero buscando el ratón que mueva el cursor, sin darme cuenta de que Casilda nunca tuvo vocación de gata. Entonces comprendo que ya es muy vieja y que posiblemente sólo quiera descansar conformándose con un pequeño espacio en la mesa de caoba, un pequeño saludo cuando entro y salgo del despacho de mi padre, o una limpieza cariñosa y exhaustiva, una vez al año.

La máquina de escribir

Sólo había un lugar en aquella casa vedado para los niños. Sólo uno. Y sólo ese espacio atraía el mayor número de nuestras miradas, y todas nuestras fantasías. Desde que gateábamos, habíamos aprendido – a fuerza de miradas severas, alguna voz alta y pequeños cañetes en el culo- que no se podía entrar en el despacho del padre. Y siempre, desde antes de tener uso de razón, espiábamos en cada ocasión en la que las puertas correderas dejaban alguna rendija por la que se podían colar nuestras miradas, inocentes, pero escrutadoras. Aprendimos a buscar el momento que María, la criada – de cofia, delantal blanco sobre traje negro, de mangas abombadas y cuellos y puños perfectamente blancos- entraba. En los escasos segundos que necesitaba para pasar, nosotros atisbábamos y componíamos en nuestras cabezas un cuadro, mitad imaginación y mitad realidad, formado por todos los retales recogidos en esos breves segundos.

De todos los objetos del despacho había uno que para nosotros tenía un toque mágico, ocupaba el lado derecho del impresionante escritorio de madera de castaño, una enorme máquina de escribir Remington negra. Siempre como un cuervo posada en aquella misma esquina. Pasarían años antes de que la viésemos funcionando. Entonces, o la veíamos o la oíamos, pero nunca se nos daban las dos cosas a la vez. Cuando lográbamos verla era gracias a María o a alguno de los clientes de padre- aunque entonces nosotros desconocíamos el sentido de la palabra cliente, para nosotros todos eran visitas- y entonces estaba posada en su rincón. Cuando la oíamos, padre estaba dentro, y nadie osaba traspasar la línea de las dos puertas con cristales esmerilados en tales circunstancias. Sólo percibíamos una sombra tan desvaída que no podríamos asegurar si era padre quien escribía, o alguien que se materializaba y manejaba la máquina desapareciendo después del encargo.

En el prado que bordeaba la casa en los descansos de los juegos, o en la buhardilla en los días de lluvia, nuestras locas elucubraciones de infantes se centraban en saber que sucedía dentro de las cuatro paredes del despacho. Nuestros pensamientos volaban a terrenos desconocidos, tejían fantasías con los hilos de colores de nuestra imaginación de niños. Nos preguntábamos qué sería aquello que la máquina dejaba grabado en los papeles para siempre. Elucubrábamos acerca de indicaciones para encontrar un tesoro, sentencias de muerte a malhechores o secretos imposibles de ser pronunciados.

La primera vez que me colé en el despacho, aprovechando un concierto de ópera en el Campoamor que coincidía con un examen de filosofía para el día siguiente, entré como un ladrón. Me veía como alguno de aquellos personajes de película de cine de suspense que consiguen que nuestro latir se confunda con el suyo. Entré apoyando los pies en el suelo, casi no queriendo tocarlo, como el caminar de un gato, cercano a flotar sobre la superficie. Intentaba radiografiar la estancia para dejarlo todo tal como estaba, imaginaba cien mil cosas terribles si se descubría que había estado allí.

Bordeé la mesa y posé un dedo sobre una tecla de la máquina, tan despacio que no produjo ningún efecto, apenas un leve chirrido. Cuando lo retomé, con más fuerza, contemplé horrorizado la marca que quedaba impresa en el carro. Quería con el dedo limpiar la huella de mi acto y lo que estaba haciendo era dejar una marca más visible. Mi mano fue llenándose del polvo negro del papel carbón que había quedado adherido al carro. La cabeza parecía estallarme intentando buscar una solución para el desastre. ¡Dios que demonio me había impulsado a entrar! Ahora caería sobre mí toda la furia. En un último intento moví un cuarto de vuelta el carro y lo dejé de tal modo que el desastre de mis dedos y mi saliva no quedase visible.

No dormí durante la noche imaginando como sería el momento en el que se descubriese mi fechoría. Prometí limosnas y sacrificios a varios de los santos que poblaban en sus pequeños altares la casa. Ya en la mañana, mientras tomaba el desayuno, esperaba que sonase la voz de padre desde el despacho, o que se acercase al comedor e hiciese la pregunta que en aquel momento yo más temía: ¿quién ha entrado en el gabinete? Yo había evaluado durante la noche las posibilidades de escape y, aunque en momentos de cobardía me inclinaba a no responder cuando llegase la ocasión, al final siempre decidía asumir mis actos. Pasó el desayuno y me fui al instituto. Estuve toda la mañana incapaz de escuchar a ninguno de los frailes que me daban clase, pensando en lo que estaba sucediendo en la casa: ahora habrá entrado la primera visita, estarán hablando y quizás ahora se disponga a colocar el papel y el calco, ahora él ya lo sabrá.

Al llegar la hora de la comida me introduje con sigilo en la casa, subí las escaleras y en mi habitación pasé un rato escuchando e intentando que los sonidos me diesen pistas para conocer la importancia que el desastre había causado en los adultos. Los mismos sonidos de cada mediodía, o ¿no? Bajé al comedor y todo discurría como en cualquier otro día.

La máquina de escribir

Me duele la espalda, abajo, en la lumbar o en los riñones, como quiera que se llame. El respaldo de la silla es cómodo, el asiento menos pero lo solucioné antes con el cojín de rayas azules y blancas, ese que parece un trozo de colchón de lana antiguo y que me permite estar a la altura de la máquina de escribir. Cuando digo “antes” es por banalizar el tiempo trascurrido. He perdido la cuenta de los años.

Mi familia me sigue atendiendo. Supongo que serán familia, al menos las orejas de este tataranieto son idénticas a las mías. Lo habrán tomado como una costumbre. No les doy la vara con preguntas abstrusas, soy fácil de cuidar y las residencias están muy caras. También es cierto que la única vez que intentaron separarme de la silla y de la máquina de escribir no lo consiguieron. El carpintero se volvió tarumba cuando cambiaron el viejo y apolillado suelo de madera por uno más moderno y de consistencia más dura. Debió de utilizar unos gatos hidráulicos, no me fijé demasiado. Por aquella época estábamos con lo que califiqué como taller cincuenta y seis. La informática había avanzado demasiado y en vez de simplificarla parecía todo más complicado, así que uno de mis nietos optó por conectar mi vieja máquina de escribir a un aparatito que emite ondas hasta el servidor del diario LNE. Allí continúa Tino, incombustible y dando vida con su foro literario a unos cuantos teclados supervivientes que se atascarían definitivamente sin sus ondas.

La máquina de escribir

Siempre me encantaron las maquinas de escribir, quizás debido a que mi letra es tan mala, que algunas veces me preguntan si soy medico debido a lo ilegible de mis escritos. Me parecía que tenían una magia especial, muchas veces se incluyo esta petición en la carta a los reyes magos y no recuerdo bien, pero llegar llego una de juguete, aunque no estoy segura si era en mi zapato ó en el zapato de alguno de mis hermanos. La primera maquina “seria” que recuerdo era de mi madre, le había dado por hacer un curso de contabilidad y de algo más y mi padre le regalo una maquina de escribir. En algún cumpleaños de mi madre llego a casa la maquina eléctrica y ya desde este momento no tengo más referencia de maquinas de escribir hasta que mi suegro me regalo una Regia con mucha historia.

Armando era director de una entidad bancaria en los años cincuenta, la ciudad en la que vivía se encontraba en plena expansión debido a la metalurgia. Cada vez era más habitual que a la ciudad llegaran personas de otros lugares en busca de nuevas oportunidades. Armando no era un director a la antigua usanza, en primer lugar era un artista: le gustaba pintar y lo hacia realmente bien, pero lo hacia para él, no le gustaba exponer.

Por su despacho pasaba todo tipo de gentes: desde el mayor comerciante de la ciudad hasta cualquiera de los obreros de la fábrica. Un día llego Marcial pidiendo un crédito, Armando le informo de todos los trámites y al solicitarle un aval Marcial abrió una maleta de la que saco una maquina de escribir diciéndole:

—Mire, Don Armando mi único aval es esta maquina de escribir, es lo único que poseo, pero es mucho ya que de ella sé que saldrán muchas historias importantes, una escritas por mi y otras no. ¡Se que de ella saldrá una novela importante!

Don Armando le concedió el crédito y se olvido de la maquina hasta que veinte años después, unas navidades recibió un paquete con ella dentro junto a una tarjeta que decía: “Se que usted le sabrá dar buen uso”.

Don Armando murió y su mujer repartió sus cosas entre sus sobrinos, uno de ellos mi suegro, que me la regalo a mi.

¿Por cierto Tino, donde me dijiste que recogiera la maquina de escribir que te preste para escribir tu última novela?