La última mujer sobre la tierra

Cuando Mercé consiguió ponerse en pié, un asfixiante olor a sulfuro perforó sus pulmones. No recordaba nada, sólo sabía que se encontraba tirada en el suelo de la bodega que tenían en el segundo sótano de la masía. La vendimia estaba a punto de comenzar. Los racimos brillaban al Sol tornasolando las laderas y eran una auténtica promesa de felicidad y abundancia.

Había bajado a preparar las barricas de roble más antigüas. Sintíó que le estallaban los tímpanos y los pulmones. Aturdida por la explosión, reptó agonizante por la escalera. Con un esfuerzo sobrehumano consiguió entreabrir la puerta y una vaharada de ácido y calor la tumbó de nuevo desfallecida.

Por fin comprendió aterrada que el momento había llegado, un viento huracanado barría la humanidad, y se llevaba con él a sus seres más queridos, a los desconocidos, a todos, no quedaba nadie. Nunca pensó que le tocaría verlo, y encima en otoño, aunque ya nada le importaba. Entre la espesa niebla, amarilla y purulenta, sus ojos vieron a duras penas como el Sol y las estrellas se apagaban, silenciosas, en un espectáculo de luces irrepetible.

Sintió una tristeza infinita por ser el último ser humano que quedaba para presenciarlo. No logró distinguir los árboles ni las cepas maduras entre aquella maldita niebla, tan sólo percibía que detrás de la cristalera volaban las hojas y los racimos calcinados. Con el escaso oxígeno que sentía que le iba quedando en los pulmones, se arrastró de nuevo por la escalera hacia la bodega. Un frío intenso comenzó a descalcificarle los huesos, bajó la mirada y los metatarsianos de sus piés ya asomaban, mientras la corrosión del ácido le iba trepando por las piernas.

Hand of God, por The G-tastic 7, en Flickr.com

Preparó su último café y se sentó a esperar.

-Espero que Dios me explique porqué ha estallado nuestro universo
-¿Fuiste buena creyente
-Y tú, ¿fuiste buen Dios?

info foto | Hand of God | © The G-tastic 7 | Reproducida con permiso del autor

El nacimiento viviente

Se acercaba aquella dichosa fecha, desde la muerte de Juan ella no soportaba el hecho de que tenía que ser feliz solo por ser Navidad.

La noche anterior la pasó en gran medida en un duermevela, intentando recordar viejas sensaciones peregrinas casi olvidadas.

Necesitaba volver a revivir antiguas fatigas, sentir dolores físicos, saciar necesidades… La atracción que ejercía en su interior este nuevo Camino le nublaba la mente; sentía que una fuerza oculta dirigía sus pasos hacia el más allá.

No se lo pensó, calzo sus botas “mágicas” como otras veces y se lanzó al Camino al igual que otras veces. Todo parecía distinto, aquel lugar tiempo atrás no le había llegado tanto al corazón, quizás por el calor, por el gentío o por el propio cansancio, ahora daba la sensación que le llamaba con un susurro.

El nacimiento viviente, por El Taller de las Palabras, en Flickr.com

No se daba cuenta hacia donde la llevaban sus botas, sabía que conocía aquellos lugares pero hasta que no oyó la música, no lo supo.

Estaba delante de aquel precioso nacimiento viviente de Grañón.

El pueblo iluminado con estrellas y guirnaldas de colores y allí en un portal, entre cartones, un mendigo envuelto en una manta.

Se acerco y suavemente poso su mano, el mendigo era una mujer retorciéndose de dolores, el ser que llevaba en sus entrañas había decidido venir al mundo en aquel preciso instante.

Ella sacó de su mochila el polar que llevaba y lo ahueco entre las piernas de la parturienta, un pequeño perro se acerco a mirar con curiosidad y empezó a dar lametazos en la cara de la mujer, le transmitía calor.

De repente sintió entre aquellas piernas desconocidas un llanto débil.

Resbalando lágrimas por sus mejillas supo que volvía a estar en paz con ella misma, con el mundo y con la Navidad y recordó aquellos cuentos navideños que le leía su madre.

info foto | El nacimiento viviente | © El Taller de las Palabras | Reproducida con permiso del autor

Son sólo palabras

Sobre la mesa, el titular de la primera página del periódico dejaba poco lugar a la imaginación: Bernal, amenazado. Más abajo, en la fotografía se podía leer la amenaza pintada sobre una de las paredes de la fábrica y una diana toscamente dibujada. Un poco más allá de las hojas del periódico, desde un porta retratos de plata, Ana y Lucía, su mujer y su hija, le sonreían también a todo color. A pesar de la distancia, podía oír la voz de Ana pidiéndole que no se metiera en aquellos negocios de los que apenas tenía conocimientos.

graffiti wall, por cheeky needle, en Flickr.com

—Tu mundo es otro, decía, tu sabes dirigir empresas textiles, sabes de logística y mercados pero no tienes ni idea de importaciones. Por favor, no te metas ahí. Déjalo antes de empezar.

Estuvo a punto de hacerle caso, de no seguir adelante con la operación, pero cometió el error de comentarle las dudas de su esposa a quien le había propuesto el negocio. Son paranoias de tu mujer, le dijo, intenta que no te embarques en nuevos proyectos para que estés en casa, con ella, tomando café. Tú mismo, aceptaré tu decisión sea cual sea, le dijo antes de poner fin a la conversación, pero a lo mejor yo debo plantearme tener un director general que hace todo lo que le ordena su mujercita…

Aquella conversación había sucedido sólo seis meses atrás, un par de días antes de aceptar. Después vendría la toma de decisiones, su firma en acuerdos con empresas fantasma, las cuentas imaginativas, la huida de Ana y Lucía, la caída en desgracia y, finalmente, su cara rodeada por una diana en una sucia pared. Quien ha pintado esto, se dijo con aplomo, no está bromeando. Quizá deba contratar un guardaespaldas. O quizá no, al fin y al cabo, son sólo palabras.

info foto | graffiti wall | © cheeky needle | Reproducida con permiso del autor

Blanco, frío, nieve

Nueve y cincuenta y ocho, nueve y cincuenta y nueve y diez. Diez minutos exactos. No fallan ni una sola vez, a Luis la puntualidad de los trenes le ayuda a alcanzar la paz espiritual. Para él la facilidad con la que cumplen su cometido es como un bálsamo que nos tomamos después de una comida copiosa, después de un atracón pantagruélico tras el que nos quedamos exhaustos.

Hoy, tras la tormenta de frío y nieve que azotó su relación con Sara, tuvo que venirse a la estación del tren. Apenas respiraba cuando llegó al andén, afortunadamente para él, el primer tren llegó tras solo diez minutos de espera. Era el tren de León, la verdad sea dicha, es que a Luis poco le importaba de donde viniera, solo quería subirse a él y dejar su mente en blanco. Sin pensarlo saltó al interior del vagón donde pudo sentarse y descansar por unos instantes. “Próxima parada Gijón Jovellanos, la duración estimada del viaje son treinta y ocho minutos” La voz metálica le reconfortó un poco más y por fin empezó a respirar.

Ex-estación, por furilo, en Flickr.com

—Bueno, treinta y ocho minutos—se dijo—tiempo suficiente para recuperarme y volver al trabajo.

Nunca se había sentido tan abatido como hoy, Sara se lo había dicho a primera hora de la mañana.

—Mi amor, mañana me voy a Nueva York—le dijo.

Tan distraído en sus quehaceres y en sus rutinas diarias, no se había dado cuenta del transcurrir de los días, no se había percatado de que el día D se iba acercando. Pero hoy, aún a pesar de sus intentos por evitar que llegara, el maldito día había llamado a su puerta.

—Son solo cuatro meses—le dijo Sara.
—Es el final de nuestra relación—contestó él.
—No digas eso.
—Sabes que sin ti moriré.

info foto | Ex-estación | © furilo | Reproducida con permiso del autor

El piso nuevo

La flecha salió disparada del arco, golpeó contra una rama sin clavarse y cayó al suelo. Al menos no se rompió. El mirlo salió volando asustado por el ruido. Bajé del árbol donde acechaba, apoyando los pies en los pequeños palos que había clavado en el tronco a modo de escalera y bien mimetizados; habría que fijarse mucho o buscarlos para darse cuenta de su existencia. Tanto, que no encontré el penúltimo peldaño y caí.

Me llevó varias semanas del verano elegir el lugar, lo suficientemente cerca de casa para preparar el refugio dentro de las horas normales en que un crío de ocho años juega en la calle, y también lo suficientemente apartado que me permitiese vivir como Robinson Crusoe, en un frondoso árbol del pequeño bosque situado a dos kilómetros de la última casa de aldea pegada a la barriada.

my dad with a bow and arrow set, por Meepocity, en Flickr.com

A mi disposición tenía 6 pequeñas varas de avellano, que afilé a escondidas con el cuchillo de cocina, en mi cuarto por las tardes, cuando mi madre daba la lengua con las vecinas mientras remendaba en el prao de enfrente. Con otra más grande y un cordel abandonado en una obra de alcantarillado del barrio fabriqué un arco. La navaja minúscula y una linterna, regalos de reyes, completaban el equipo inicial de supervivencia.

Pensar que la destreza en la caza se adquiere con entrenamiento, que la temperatura de la una de la madrugada no es la misma que la del mediodía o que el estómago sabe de tiempos, son reflexiones de adulto que llegarían años más tarde.

Comprobar que, después de 6 semanas casi inmovilizado por una distensión del tobillo, las cuatro tablas de techo y el heno seco del suelo del refugio construido eran visibles desde cualquier parte del bosquecillo, son pequeños disgustos de niño, al que el otoño le hizo caer las primeras hojas de su inocencia.

info foto | my dad with a bow and arrow set | © Meepocity | Reproducida con permiso del autor

Tras el cristal

Era difícil engarzar una hebra con otra. Deslizaba la mano derecha a lo largo del frío metal, y un poco a tientas, lograba que aquel hilo blanco enlazara su fino cuerpo con la lazada anterior. A veces paraba su tarea y levantaba los ojos de sus rodillas, allí donde apoyaba su labor diaria. Miraba a la gente pasar y adivinaba sus preocupaciones tan sólo con mirarles a la cara. El tiempo había pasado tan rápido que guardaba fresco en su memoria, como si fuera ayer, el trajín de tantos pensamientos importantes que ocuparon su día a día. Prisas por no llegar tarde, anhelos de superarse a sí misma, deseos de romper barreras, ilusión por conocer, sueños que cumplir…y cansada por el simple hecho de indagar tras el gesto de aquellas personas ajenas, volvía a la madeja suave que se deslizaba sobre su falda. Con la mano izquierda tiraba de la hebra y con la derecha manejaba la aguja a su antojo, realizando movimientos rápidos que en apenas unas horas dibujaban mágicas figuras hechas de perlé. A veces un suspiro profundo salía de su arrugada boca y volviendo a la serena soledad que la rodeaba, avanzaba lentamente en su monótona tarea. Las horas eran largas y pesadas hasta el punto de sentir un ligero cansancio en el alma; el vacío que ahora ocupaba su cabeza calmaba el frenesí que puso en tantos años de vida. Alargaba la mano derecha con más soltura de la que tenía para levantarse de la silla que sustentaba sus solitarias mañanas, y rizando la hilacha que colgaba, tejía momentos llenos de tranquilidad. Ahora que ya no corría por nada, vislumbraba la vida pasar tras el cristal de sus gafas.

tejiendo, por El Taller de las Palabras, en Flickr.com

info foto | tejiendo | © El Taller de las Palabras | Reproducida con permiso del autor

El barranco

Había accedido a sus deseos porque no sabía que tenía la opción de negarse. Y era tal su vergüenza que ni siquiera pasó por su mente contárselo a alguien. Imaginaba que aquello era normal, que era el tributo por haber cumplido siete años. Suponía que a su edad todos pasaban por ese aro, igual que se pasaba por los castigos, las palizas y la cautividad. Pensaba que la vida era así en todas partes, pero a pesar de todo soñaba con cambiar la suya por otra distinta, donde los días transcurrieran sin aquellos momentos que se le clavaban en la carne, y le mordían las tripas, y le dejaban sin aliento.

Abyss, por JuanRax, en Flickr.com

Se quedó mirando al fondo del barranco, y sus deseos de calidez al fin se hicieron realidad. Las manos de la tierra asomaron sus sarmentosos dedos y cubrieron su cuerpo con un bosque frondoso. La noche era tan fría…

info foto | Abyss | © JuanRax | Reproducida con permiso del autor

La noche fría

Era una noche fría. Terriblemente hostil

(el cielo apuñalado sangraba realidades).

Pero nunca me dieron miedo los relojes

y recorrí uno a uno los minutos (ya casi adormecidos)

que rompían ante mí como tibias burbujas

derramando su bálsamo de sueños en mis manos suicidas.

Era una noche oscura (luché con las luciérnagas

para apagar la luz).

Todas mis circunstancias se intercambiaron valium,

y cruzaron las nubes de ilusorios recuerdos

que pasaron de pronto como en un sortilegio

hasta dejar atrás el tul de la memoria.

Era mi última noche (así lo había escrito en mi epitafio).

Y entonces supe, desde ese abismo donde ya nada duele,

que en realidad iba a ser la primera.

Y amanecí a la vida cuando pasaba lista

y pronunció mi nombre con voz de plenilunio.

(La brisa, de repente,

se posó en mi estatura sin helarme la piel).

¡Feliz año nuevo!

Los escaparates, las calles y el ambiente siguen saturados de luces y adornos de colores. Todo parece desprender una alegría exultante. Un nuevo año, lleno de buenas intenciones y mejores deseos, acaba de nacer. ¡Feliz Año Nuevo! —se repiten continuamente unos a otros— pero a él todo le suena a palabras huecas, esculpidas por un desolador y tremendo vacío que logra deslizar por la fragilidad de sus necesidades, una angustia insoportable. Todos pasan indiferentes ante aquel hombre de mirada huidiza que está sentado en el suelo, al lado de un pequeño cartel;   nadie parece  darse cuenta de su presencia allí. Mientras,  él, confuso y avergonzado de su vergüenza, va descubriendo una realidad trágica. Tanto derroche carece de un lenguaje común. La abundancia que flota en el aire, es un espejismo para muchos. Sus manos siguen vacías…

¡Feliz Año Nuevo! se siguen repitiendo en una aparente ceremonia compartida que tras de sí esconde un abismo entre los unos y los otros. Todos están llenos de buenas intenciones, pero oxidadas, porque para muchos requiere un esfuerzo brutal llevarlas a cabo, y en eso no suelen perder el tiempo quienes no carecen de nada.

Compras PreNavideñas, por Eneas, en Flickr.com

¡Feliz Año Nuevo!  —Vuelve a escuchar a su lado— y piensa que no basta con tener buenos deseos, hay que hacer algo para conseguir que se hagan realidad, pero… ¿Qué?  —Se pregunta una y otra vez— sintiéndose dolorosamente Inmovilizado por la soga de la incertidumbre. ¿Qué va a pasar con mi familia?

Sus hijos, corretean por la calle, ajenos a su drama, intentando dar alcance a ese espíritu navideño que quiere zafarse de ellos. En medio de tantas luces de colores están admirándolo todo con anhelo. Llenos de sueños, de ganas de vivir. Aunque por sus asombrados ojos se esté derramando a chorros la esperanza, y el hambre termine por engullir todo cuanto poseen…  

¡FELIZ AÑO NUEVO! 

info foto | Compras PreNavideñas | © Eneas | Reproducida con permiso del autor