Le hubiera gustado que los dos años y medio que ella creía rebosantes de vino y rosas hubieran sido sólo eso, días rebosantes de vino y rosas. Y lo fueron para ella, pero para él… Para él fueron otra cosa. Le hubiera gustado que los abrazos y las risas y las caricias hubieran sido sólo eso, abrazos, risas, y caricias. Y lo fueron para ella. Pero para él… Para él fueron otra cosa. Le hubiera gustado seguir creyendo eternamente que ella era una cosa y su familia otra. Pero ella y la familia acabaron por ser la misma cosa. Le hubiera gustado seguir creyendo que sería capaz de vivir hasta el fin de sus días al margen de la sangre que corría por sus venas. Pero la sangre no se elige. La sangre es lo que es. Lealtad en las arterias que te acompaña allí donde vas. Le hubiera gustado mirarle a los ojos y escupir es su cara todo el veneno que llevaba dentro.

Pero en lugar de eso esquivó su mirada y pronunció el amargo “sí quiero” que los convirtió en una sola carne con distinta sangre. Le hubiera gustado arrancarle lentamente la piel a tiras. Una por cada una de las mentiras que el cazador cazado había regalado a sus oídos mientras urdía el plan perfecto para poner a los de su ralea a la sombra. Una por cada beso que para ella fueron besos y para él otra cosa. Pero en lugar de eso rubricó la lealtad que corría por sus venas al perder un guante blanco a los pies del sicario encargado de que su noche de bodas fuera para ella una noche más, pero no de bodas, y para él… Para él otra cosa.








