El guante blanco

Le hubiera gustado que los dos años y medio que ella creía rebosantes de vino y rosas hubieran sido sólo eso, días rebosantes de vino y rosas. Y lo fueron para ella, pero para él… Para él fueron otra cosa. Le hubiera gustado que los abrazos y las risas y las caricias hubieran sido sólo eso, abrazos, risas, y caricias. Y lo fueron para ella. Pero para él… Para él fueron otra cosa. Le hubiera gustado seguir creyendo eternamente que ella era una cosa y su familia otra. Pero ella y la familia acabaron por ser la misma cosa. Le hubiera gustado seguir creyendo que sería capaz de vivir hasta el fin de sus días al margen de la sangre que corría por sus venas. Pero la sangre no se elige. La sangre es lo que es. Lealtad en las arterias que te acompaña allí donde vas. Le hubiera gustado mirarle a los ojos y escupir es su cara todo el veneno que llevaba dentro.

 Lose something?, por preciouskhyatt, en Flickr.com

Pero en lugar de eso esquivó su mirada y pronunció el amargo “sí quiero” que los convirtió en una sola carne con distinta sangre. Le hubiera gustado arrancarle lentamente la piel a tiras. Una por cada una de las mentiras que el cazador cazado había regalado a sus oídos mientras urdía el plan perfecto para poner a los de su ralea a la sombra. Una por cada beso que para ella fueron besos y para él otra cosa. Pero en lugar de eso rubricó la lealtad que corría por sus venas al perder un guante blanco a los pies del sicario encargado de que su noche de bodas fuera para ella una noche más, pero no de bodas, y para él… Para él otra cosa.

info foto | Lose something? | © preciouskhyatt | Reproducida con permiso del autor

La noche en la ciudad

Me dirigía al centro para tomar el autobús a casa. Observaba a la gente que me cruzaba en la calle escrudiñando sus pensamientos, imaginando qué les esperaba al llegar a sus casas, a unos calor de hogar, risas, soledad, alguna nostalgia.

En los bloques de pisos, tras los cristales distinguía siluetas, que se movían de un lado para otro. Se me antojaban sombras chinescas.

Me llamó la atención una silueta apoyada en la barandilla de uno de los balcones. No distinguía sus rasgos, por su postura me pareció que era una persona contenta con su vida.

Cruzando el parque pasó por mi lado un hombre que paseaba a su perro. Le observé un momento con prudencia, no tenía cara de buenos amigos. Se percató de mi presencia. Me detuve para descansar, encendí un cigarro.

Un grupo de niños y niñas ebrios de ansias de jugar y vivir se pararon en el banco de al lado. Abrí mis oídos para poder escuchar lo que hablaban. Me mantuve imperceptible. Mientras, me sacaron con sus comentarios alguna que otra risa.

 tranvía, por n1mh, en Flickr.com

Seguí caminando, encontré el semáforo en rojo y me dispuse a esperar a que cambiase de color. Mis ojos se posaron en una anciana que vendía castañas. Mejor estaría en la cama, tomando un buen tazón de caldo caliente, pense. Le compre un cucurucho. Tendría ochenta años. Tenía el pelo color plata, bien cuidado, despejada la cara y recogido el cabello en un moño. Era la dueña de la mirada más bondadosa que había visto. Sonrió como si hubiese escuchado mis pensamientos.

Paré delante de un escaparate, en el interior había una pareja. Ella se acercó y le pregunto algó, a lo que él respondió de manera seca y distante, con indiferencia. Antes de salir les vi gesticular de forma inexplicable. Cuando alcanzaron la puerta salían propinándose algún que otro grito. Se fueron por diferentes caminos.

Llegué a la estación para coger el autobús. Había salido hacia media hora.Decidí sentarme a esperar al próximo, mientras estuve observando a la gente que vivía la noche de la ciudad.

info foto | tranvía | © n1mh | Reproducida con permiso del autor

Rojo pasión

Se pinta las uñas hábilmente, a pesar del tiempo transcurrido; una primera pasada en todas ellas (incluidas las de los pies), una segunda más abundante para igualar el color; brazos y piernas extendidos, agitándose, con soplos y manotazos; y finalmente, mucho cuidado. Sobre todo cuidarse de tocar nada en los siguientes quince minutos.

Está contenta: no ha perdido la antigua habilidad para dejarlas perfectas. Y quedan bonitas, lo sabe, igual que cuando tenía veinte años, y se preparaba para salir. Es justo lo que está haciendo ahora. Se maquilla, se peina, elige cuidadosamente la ropa, y mima toda la tarde de sábado como preparación a la noche. Es igual que antes. La misma emoción. La misma expectación. Las mismas ganas.

En momentos así, con la música a todo volumen y también la televisión (el piso es tan grande para ella…), olvida el fracaso de su matrimonio de un plumazo.

 Buena Vista, por diglesias, en Flickr.com

Llaman al teléfono. No lo coge, no puede (las uñas). Da igual, bendito contestador. La voz de su amiga inunda la habitación, acompaña al olor del esmalte. No va a poder salir, le ha surgido otra cosa, lo siente…

Se queda sola.

Y siente la decepción. Como a los veinte años. No va a poder salir, no va a poder divertirse… pero no es por eso. No.

Es por el montón de horas vacías que se le presentan. Horas en las que va a estar pensando. Echando de menos. Lamentándose. Deprimiéndose. Sintiéndose sola. Y preguntándose. Porqué falló todo a mitad de camino. Porqué está abandonada a una edad tan cruel. Porqué con una nimiedad el mundo se le viene encima. Porqué se ha comprado un esmalte de uñas tan ridículo, tan brillante, tan juvenil.

Atraída por el nombre, quizás. “Rojo pasión”.

info foto | Buena Vista | © diglesias | Reproducida con permiso del autor

Invierno en la ciudad

Para algunos es tristeza, para otros alegría. No cabe duda que nunca llueve a gusto de todos. Pero el invierno al igual que el verano; tiene sus seguidores y sus detractores. Los hay que se deprimen. Lo empiezan deprimidos con la caída de las primeras hojas y para cuando llega la Navidad están con el lagrimón corriendo por la mejilla sin remisión. Pero los hay que cuando empiezan en septiembre a ver que ya va refrescando, se encienden y llegan al clímax con la Navidad, después de ver lo bien que caen las hojas y lo mucho que llueve.

 Lo que el viento no se llevó, por mybuffo, en Flickr.com

De lo que no cabe duda es que la llegada del invierno no deja indiferente a nadie. Sobre todo en la ciudad. Unos se cabrean porque tiene que encender la calefacción y encender más luz, con el gasto que eso supone. Otros no soportan el cambio horario y se estresan para todo el invierno. Otros en cambio disfrutan con la llegada de las primeras lluvias, con la caída de las hojas, disfrutan de la magia del multicolor que aparece en los árboles. Disfrutan del olor a castañas asadas en los puestos ambulantes. Se divierten con el nuevo curso, con las nuevas experiencias y los nuevos compañeros. Las nuevas decisiones, en fin todas aquellas novedades que traen los nuevos cursos, ya sean políticos, académicos, judiciales, etc…da igual.

Lo que si puede quedarnos claro es que el invierno es la gran estación en mayúsculas. La que todos esperan para bien o para mal. Los esquiadores porque nieva. Los buceadores porque pueden irse al caribe a bucear tranquilos. Los jugueteros porque venden más, los niños porque esperan a los Reyes Magos, los papás porque esperan que el nuevo año les traiga un aumento de sueldo y los demás, a arrimarse a la estufa.

info foto | Lo que el viento no se llevó | © mybuffo | Reproducida con permiso del autor

Luces de Navidad

Luces para unos, sombras para otros. Pura hipocresía…

Aquel día, veinticuatro de diciembre, Asun se despertó a golpe de despertador. Lo apagó rápidamente para no perturbar el sueño de Jorge, su marido y así no provocar su cólera. Se dirigió al baño para ponerse un poco presentable y fue a la habitación de su hija, que aún dormía plácidamente a pesar de las pesadillas que la asaltaban cada noche y ella no podía mitigar.

Ya en la cocina, preparó cuidadosamente el desayuno y repasó paso a paso todo lo que tenía que hacer para que la cena resultase perfecta. En ese momento apareció Jorge, el cual volcó una silla y empezó a lanzar improperios porque la mesa no estaba bien puesta y el café frío.

–¡Qué descuido más tonto! –dijo Asun–. Estoy nerviosa porque quiero que todo salga como a ti te gusta en una noche tan entrañable con toda la familia reunida. Van a venir las chicas a preparar las cosas y tengo que ir a la peluquería y a la esteticista, añadió tapando con la servilleta el labio partido.

–Haz lo que tengas que hacer, pero no quiero ni un solo fallo. Y di a esa mocosa malcriada que salga de la cama de una puta vez.

La mariposa, por lanpernas2, en Flickr.com

Se levantó de la mesa arrojando al suelo la taza de café.

–¡No sirves ni para hacer un jodido café!

Asun, con ayuda de su amiga Soida, organizó todo lo mejor que pudo: decoración, catering, servicio…

–Ahora vete a ponerte guapa –dijo Soida– y no olvides que te esperamos.

Después de pasar todo el día presa de los nervios y aleccionando a su hija, llegó la noche tan esperada.

Cuando estaban en mitad de la cena, sin haber probado apenas bocado, Asun fingió que la llamaban a su móvil.

–¡Qué contratiempo, querida! –dijo dirigiéndose a su hija–. Se nos olvidó llevar los dulces a los niños de Soida. Si nos disculpáis unos minutos…

Lo dijo segura, sabiendo que Jorge no iba a protestar delante de su familia. Tomó a la niña de la mano, cogió un pequeño maletín de debajo de la cama y se dirigió a la humilde casa de su amiga. Sabía que en aquel hogar que carecía de lujos pero en el que sobraban la comprensión y el cariño, pasarían su hija y ella una temporada hasta que denunciara a su marido y pudiera hacer su vida.

info foto | La mariposa | © lanpernas2 | Reproducida con permiso del autor

Deseos para el Año Nuevo

El último día del año Isabel tomó las tijeras y las hundió en sus cabellos en un inesperado brote de ilusión. Casi nadie recordaba el rostro oculto tras esa larga cabellera, tal vez reía o lloraba sin que uno se diera cuenta. Tampoco Susan lo recordaba cuando desde su asiento aplaudía emocionada por la belleza de esa voz que la había sumergido en los brazos de su novio.

A diferencia de ella, él se mantenía alejado de ese coro de aplausos y risas que se había formado alrededor de aquella mujer horrorosamente cubierta de pelos. Pero no era precisamente eso lo que lo perturbaba, sino esa voz que inundaba el circo de una dulzura desconocida para los asistentes, incluso para Susan. Muchas veces se preguntaba por los gustos de su novia, sobre todo por ese afán suyo de asistir a esa clase espectáculos, como si buscara algo en esas criaturas malhechas. Los delgados dedos de Susan presionaban los suyos, mientras miraba sin pestañear a la mujer más barbuda del mundo, en el preciso momento que terminaba de cantar. Susan que aún mantenía la dulzura de esa voz sobre ella, soltó una lágrima pequeña.

 Long Hair Design, por asobitsuchiya, en Flickr.com

—Eres tan bueno, mi amor—le dijo con una vocecita quebrada de emoción.
—No tanto como tú—respondió él, para convencerse de cuánto la quería.

Ella para reafirmar lo dicho por su novio, fue hasta donde se encontraba la mujer más barbuda del mundo dispuesta a sentirse doblemente buena. Pero la mujer era casi de su mismo tamaño y poseía una cinturita pequeña y modesta que deshizo la tristeza de Susan en una mueca. Sin embargo él en un peligroso arranque de ternura, le apartó los cabellos del rostro y le regaló un beso junto con sus mejores deseos para el año nuevo.

info foto | Long Hair Design | © asobitsuchiya | Reproducida con permiso del autor

La noche de Reyes

Éramos niños, nos encantaba ver la cabalgata. Salíamos hacia las 7 de la tarde-noche, acompañados por nuestra tía. Bien abrigados con gorros, bufandas y guantes, en busca de la comitiva, ateridos pero alegres. Deseando que alguna de sus majestades se fijase en nosotros y nos lanzase un puñado de caramelos que recogíamos con avidez. A Baltasar siempre se le notaba mucho que iba mal maquillado, tenía las manos blancas y el rojo de sus labios era demasiado llamativo. Montaban a caballo, sólo tenían un paje cada uno y los pocos juguetes venían detrás en un tractor. Aún así, la ilusión desbordante suplía éstas y otras incongruencias. Los padres se quedaban atendiendo el negocio familiar. Al regresar a casa, felices por haber visto a los reyes, éstos ya habían pasado por nuestra calle y nos habían puesto los regalos –escasos, muy deseados- para que tuviéramos algo más de tiempo de disfrutarlos. Hasta el año siguiente no habría nuevos juguetes.

Fuimos padres, pasábamos todas las navidades en la aldea, con los abuelos. Nuestros hijos conocieron las cabalgatas que ofrecía la TV, unos años desde Madrid y otros desde Barcelona. Siendo muy pequeños la veían en blanco y negro, más tarde ya en color, con gran regocijo por su parte. Pero nunca tuvieron ocasión de asistir a una cabalgata de verdad. Los abuelos les preparaban el aguinaldo, a base de caramelos, galletas y algunas otras chucherías, mientras fueron pequeños. Recibían juguetes también en casa de los otros abuelos y de los tíos. Se repartían las fechas de los regalos, de modo que una parte les llegaba ya en Navidad. Les llegaban, además, en los cumpleaños y a veces en verano, para las vacaciones.

merry christmas from 1974, por freeparking, en Flickr.com

Somos abuelos, nos visitan los sobrinos con sus pequeños. Todavía no han llegado a la edad de disfrutar de lleno con la cabalgata. Pero la aparición de los juguetes después de la gran comida familiar es uno de los momentos estelares de la celebración de los Reyes. Es maravilloso observar la felicidad infantil, los juegos que realizan –con la mayor seriedad- a partir de elementos tan simples como el casco de la moto correpasillos, los camiones de la grúa, los paquetes de plástico…todo un ‘lujo’ que emociona, que llena de sentido las fiestas.

info foto | merry christmas from 1974 | © freeparking | Reproducida con permiso del autor

Tengamos la fiesta en paz

Latidos y más latidos. El tambor ensordecedor golpea sus sienes mientras corre, marcándole el ritmo. No debe pararse. No ahora. Los soldados están cerca. Le han visto, y ahora intentan acorralarlo. Mientras, en el cielo, las bombas de racimo dibujan una aurora del color de los gritos en la noche. De vez en cuando una explosión cercana, un chasquido, un trueno, se abre camino a empujones entre los escombros, y lo tira al suelo. Entonces, solo entonces, encuentra tiempo para respirar, para estudiar sus nuevos pasos. Un acento extranjero le increpa a sus espaldas. No deben cogerle. No puede entregarles aquello que arde en su pecho: su corazón de metal, su más valiosa pertenencia. Sale de su escondite. Y corre.

Error. No contaba con tantos soldados. Tiene uno justo enfrente, aunque solo alcanza a ver el negro de su interior a través del cañón de su rifle de asalto. Quiere que se tire al suelo. Quiere quitarle su tesoro. No. No lo puede consentir. Se burla del azar, salta hacia un lado. No siente ningún dolor. Pero ha oído un disparo. Sigue corriendo. No quiere quedarse a ver si la bala le ha dado o no.

 iraq, por soldiersmediacenter, en Flickr.com

Al fin, cansado y dolorido, llega a casa. Todos están allí. Algunos cantan, otros comen. Ninguno deja de vigilar. Los más pequeños juegan con unos trapos viejos que recuerdan de lejos a un balón. Su madre, luna de esta noche estrellada, rodea a su hermano con sus brazos. Espera que le guste el regalo que le trae. Su pequeño corazón de metal, esa lata rodeada de símbolos extraños, repleta de las frutas más extrañas que jamás hayan visto sus jóvenes ojos. El suave frescor empaña los labios de su hermano, y ayuda a mitigar su sed. Feliz Cumpleaños.

info foto | iraq | © soldiersmediacenter | Reproducida con permiso del autor

Imposible volver

Añoramos aquello que jamás vivimos. Nuestros recuerdos son pura traición. Al igual que la caverna de Platón tenemos reminiscencias que no son más que reflejos de lo que en verdad sucedió. Cuando regresamos a un lugar en el que hemos sido felices, queremos que todo vuelva a ser como la utopía que guardamos en una caja dentro de nuestra memoria, protegida por un paño tejido con evocaciones positivas y del que se han desprendido los bordados que nos incomodaban. Pero Utopía es el lugar que no existe.

Imploramos que vuelva a pasar aquella estrella fugaz que cruzó el despejado cielo de agosto y, por un momento, creímos que el futuro sólo dependía de nuestros deseos. Moriríamos por oler de nuevo la brisa salada del mar, sentados en la playa tras una tarde de tormenta. Aquella brisa limpia, inocente y virgen como nuestros diecisiete años. Pero, la playa parece la misma y no lo es.

Watching the gulls and waves at sunset after the big winter storm, Ocean Beach, San Francisco 1/4/2008 - 1111, por David Sifry, en Flickr.com

La tormenta de esta mañana se empeña en ajustarse, hasta el mínimo detalle, con aquella que tenemos archivada en nuestro pensamiento, y que ha crecido dentro de nosotros durante los últimos treinta años, tan igual y tan distinta. Queremos volver a pisar nuestras huellas en la arena después de tanto tiempo. Volver a colocar nuestros pies en el mismo lugar donde ya habíamos pisado unos años antes, percibir el tacto de los pequeños granos de arena que se cuelan por entre los dedos de los pies y gritan a un millón de neuronas: ¿No lo recordáis?, ya estuvimos aquí, esto tan extraordinario ya ha sucedido, vamos a intentar que suceda de nuevo, conjuraremos a los dioses para que todo se repita…

En nuestra personal odisea, las sirenas de los recuerdos nos atraen y, el barco tropieza con las rocas de la realidad y vara en la playa del hoy.

El cuaderno rojo

Hay objetos sencillos, corrientes, que no consiguen llamar la atención y sin embargo son capaces de cautivar cuando se conoce su destino. Laura era una mujer atrapada por el poder de los colores y así lo había sentido desde niña cuando le enseñaron que éstos son manifestaciones de una energía vibratoria como parte del espectro lumínico. También desde niña le inculcaron la ventaja absoluta del orden y ella creció entre sabios cuadernos de colores: en el cuaderno blanco plasmaba sus deseos más puros, sus proyectos seguros; en el cuaderno amarillo dejaba correr la tinta con cada carcajada de sus momentos alegres, instantes de felicidad que perdurarían para siempre; en el cuaderno azul permitía que lo más profundo del corazón fluyera sin obstáculos ni límites y no era extraño encontrar las páginas abombadas por el impacto de alguna leve lágrima perdida; en el cuaderno verde incluía sus armonías y esperanzas. Pero su favorito, sin duda, era el cuaderno rojo: fuego, sangre, pasión, deseo.

My Kannon, por wadem, en Flickr.com

Cuando conoció a Miguel intuyó que pronto este cuaderno rojo se quedaría pequeño. Tantas horas de amor entre aquellos brazos fuertes; tanto destino incierto enmarcado por fin y orientado con orden, como le gustaba a ella. La vida sería perfecta como una película sin estrenar con final feliz y ante esa expectativa de dicha, Laura no podía ver la realidad. Primero fueron insultos, después empujones torpes, luego gritos y finalmente todos aquellos golpes que la fueron destruyendo. Su cuaderno preferido se rompió por dentro: estaba incompleto, pues sólo la sangre manchaba sus páginas. ¿Dónde había quedado la pasión y el deseo? Laura no supo salir de aquel cruel laberinto. Quemó entonces el cuaderno rojo y comenzó a escribir en su cuaderno verde todas las palabras que pudo encontrar. Después las fue llenando de una inútil esperanza ya conocida.

info foto | My Kannon | © wadem | Reproducida con permiso del autor