Editorial

Bienvenidos, un mes más, al Magazine Online de El Taller de las Palabras.

En este segundo número de la revista y como autores de la misma tenemos algunos motivos para alegrarnos. En estos tiempos convulsos y azotados, parece que la palabra que titula este número, alegría, no es de las más adecuadas para definir un estado de ánimo colectivo. Pero, en nuestro caso, creo que debemos hacer un esfuerzo y emplearla.

Para empezar, debemos sentinos felices porque nunca estuvo previsto sacar más de un número de este magazine online, eternamente vinculado a un ejercicio del taller de escritura y siempre pensado como algo único, excepcional. Han pasado varios meses desde aquel ejercicio que a algunos nos trajo de cabeza un tiempo y, con motivo del resurgir de la web en noviembre, se dió visto bueno a un nuevo número y se deshizo el binomio ejercicio-revista. En adelante, algunos temas como la periodicidad y el tema sobre el que versa el magazine se decidirá en el taller y se intentará emitir números cada cierto tiempo.

También nos alegra que se hayan involucrado nuevas caras a este proyecto y que, con respecto al número anterior, se mantenga tanto el nivel como los participantes. Queremos, además, felicitar a todos por sus textos y agradecerles la rapidez e implicación al enviarnos sus relatos. Resulta sorprendente que, tras anunciar que se iba a realizar otro número de la revista, el primer texto nos llegó apenas unas horas después y, huelga decir que nos pilló un poco por sorpresa. Es bien conocida la fama de agotar los plazos que hay en España y, las reacciones de este tipo, nos siguen apabullando.

Y por último, debemos alegrarnos porque, por el momento, esta actividad seguirá mientras alguien escriba un texto cuyo fin último sea aparecer en esta web.

A todos, por el esfuerzo y la implicación, gracias.

Diego Martínez Castañeda (n1mh)

Otro lunes más

Otro lunes más me senté en aquel banco de la plaza y cruzamos nuestras miradas perdidas. Nunca hablábamos. Solamente las miradas se hacían todas las preguntas y nos daban las respuestas que necesitábamos.

Seguíamos un ritual inflexible y exacto: todos los lunes a las nueve de la mañana nos sentábamos, cada uno en un banco, y nos mirábamos con la locuaz conversación que sólo necesitan los viejos amigos, los eternos amantes o los grandes enemigos.

Pero en aquel otro lunes más algo era distinto, se palpaba una alteración en la rutina del principio semanal. No era palpable, pero flotaba en el aire como humo invisible. Quien creyera en lo inexplicable hablaría de intuición, de sexto sentido quien, por el contrario, solamente aplicara la lógica racional diría que era el resultado de la repetición de cientos de detalles cotidianos que daban una señal al cerebro para percibir una realidad distinta en una situación rutinaria.

 Milwaukee Art Museum (interior with people), por 28481088@N00, en Flickr.com

No escuchaba su mirada como otros días, le faltaba vigor, profundidad. Era una mirada callada, casi muda y apagada.

Este no era un lunes más, no era otro lunes de conversación silente.

Me fui acercando lentamente, como un enamorado adolescente, como un gato al pájaro-desayuno, a su banco. Daba un paso y me detenía; no miraba a sus ojos. Creyendo ilusamente que el hecho de no mirarle me hacía invisible. De pronto vi que no me separaba del banco más de medio metro.

Sorprendido por la cercanía y temeroso por su presencia lentamente levanté la mi mirada. Las manos cruzadas, calmas y crudas, sobre sus muslos. A medida que mis ojos ascendían en su viaje descubrían trozos de ropa, de cuello, de faz. Al llegar a la nariz el miedo me intentaba paralizar y luchando con fuerza alcancé sus ojos: era yo sentado en el otro banco.

info foto | Milwaukee Art Museum (interior with people) | © 28481088@N00 | Reproducida con permiso del autor

¡Feliz 2004!

Cada vez que llegaba Navidad, notaba como algo se hundía en lo más profundo de mí, encarnizadas batallas tenían lugar en el interior de la mente, luchando por mantener la compostura de cara a la pragmática felicidad; intuyendo, sin saberlo, que el retraimiento volvía por algún motivo, tan fuerte y doloroso que no me atrevía a abordar. A veces dejar atrás la estela del pasado es una empresa tan encomiable como dificultosa, y el optimismo nos anima a cerrar filas entorno a los recuerdos y atrincherarnos lejos de un olvido enterrado por el elemental instito de supervivencia. Así me convencí de que ese nudo en el estómago no tenía justificación alguna, la pasividad de mi cerebro —que se negaba a diluir palabras y pensamientos con su habitual ligereza— serían obra del apático clima que ennegrecía miradas y espíritus; y el desánimo que llegaba sin cita previa respondía a una molesta coincidencia

 Christmas cards, por wordridden, en Flickr.com

Siempre disimulando, siempre huyendo; revoloteando de aquí para allá entre cenas y comidas típicas y desesperadamente llenas de hastío, me producía profundo desazón estos días, como un recuerdo lejano de lluvia encharcando los huesos de mil habitantes. Me costaba lidiar con la intranquilidad de la paz en calma de mi casa cuando ya nadie estaba y la estancia rebosaba silencio, con las noches donde reinaban los miedos a no conciliar el sueño, a desear ver amanecer pero a su vez asustarme la idea del nuevo día.

Esta nochevieja, mientras mi familia contaba uvas previa ingesta, abrí aquél cajón al que había obligado a callar, y asumí mis temores con fría valentía. Dentro estaban todos los recuerdos de ella, esa última Navidad que pasamos juntos, antes de la ruptura, y la postal con un muñeco de nieve en su frontal, con palabras cariñosas escritas 5 años atrás, prendí fuego a aquel “¡Feliz 2004 mi amor!” y contemplé como ardía toda la losa de mis angustias.

info foto | Christmas cards | © wordridden | Reproducida con permiso del autor

La cena de empresa

Marta se dio cuenta de que era navidad cuando su jefe le pidió que colgara el anuncio de la cena en el tablón del personal. ¡Con lo que ella odiaba esas cenas obligatorias!, si hasta los psicólogos decían que sino ibas aparentabas ser una prepotente.

Prepotente yo, pensó Marta. Si al menos fueran como antaño, cuando el jefe nos invitaba a una marisquería de lujo y el cava corría a tutiplén. Recuerdo esas cestas repletas de latas, turrones y botellas que duraban hasta que un cuñado daba buena cuenta de ellas y claro luego decía lo que decía y la Nochebuena acababa como el rosario de la aurora. ¡Y el año que hubo beneficios y nos dieron hasta un jamón del bueno!

 Dinner @ The Village Pub, por araswami, en Flickr.com

Pero hoy la cena de empresa es puro compromiso, pero voy a ir para que no piensen que soy una altiva y no me quiero relacionar con ellos. Total lo que me voy a encontrar es a cuatro sebosos borrachos, intentando meter mano a la primera que pillen. ¡Y la cena! Será cualquier menú barato, que el jefe habrá apalabrado. Si es que hasta en esto no es original, todos los días comemos en el bar de Matías, y venga la cena de la empresa también aquí.

¿Y como nos colocaran? Porque estos de protocolo saben poco y yo no estoy dispuesta a sentarme al lado de una becaria, ¡faltaría más! Y claro vendrá la mujer del jefe, ¡Esa bruja por lucir el visón va a cualquier sitio!

¡Que diferencia cuando Jesús era el jefe y yo era la reina de la fiesta! Yo si lucia bien las pieles y joyas que me regalaba Jesús, pero claro la entupida de Merche no pudo tener la boca cerrada y fue con el cuento a la mujer de Jesús. ¡Maldita chafardera!

info foto | Dinner @ The Village Pub | © Swami Stream | Reproducida con permiso del autor

Las lágrimas de Eva (III)

Hablan conmigo y cuando comprendo que no he contestado ya es demasiado tarde, ahora mis palabras no son sonidos, son recuerdos, pensamientos que me unen a ti. Así aprendí a volar.

Hablan de mí pero se callan cuando saben que puedo oírlos, me miran y siguen esperando de cada día que sea el último, no entienden que, entre todos los caminos, prefiero este.

Cada madrugada me convierto en niebla y, desnuda, vuelo a tu encuentro, al mar en que ahora habitas, para regresar, en cada poro una gota de tu espuma, repleta de lágrimas para vivir, contigo.

Las lágrimas de Eva (II)

Un día más se refugia en su habitación, la música, su música se escapa y, rebotando en cada esquina de la casa, me aturde. Un día más cuento: uno, dos, tres…y me acerco a su puerta, sabiendo que un día más no le pasa nada, que un día más no tiene hambre, que un día más está llorando.

—Eva, hija ¿qué pasa?

La música, aún más alta, es su respuesta.

—Vamos, es la hora de comer.

Eva calla, ya gritan por ella sus lágrimas.

Su mejor tesoro

Cuando Dori y Javier se casaron, sus amigos les entregaron un cesto del que surgió un cachorro nervioso y alegre, de raza bóxer, al que bautizaron con el nombre de Jump. A partir de entonces, el perro entró a formar parte su vida. Entre los dos se turnaban para sacarlo de paseo (Dori decía con sorna que casi siempre le tocaba a ella), les acompañaba en las vacaciones y dormía en la misma habitación. Todo eso cambió cuando la pareja tuvo su primer hijo. La atención se centró en el niño y el animal se vio en un segundo plano.

El carácter de Jump cambió; fue perdiendo alegría y andaba por la casa como perdido. Si alguien se le acercaba trayendo el olor del bebé, se retiraba a un rincón lanzando un gruñido. Las cosas llegaron a tal punto que el perro perdió bastantes kilos. Cuando el veterinario dio un toque de atención, sus dueños replicaron:

—Está así desde que nació el niño. Come poco

—Pues busquen la forma de hacerle ver que no se le desplaza por él. Lo demás es cuestión de paciencia

 Corey and Dogs, por darynbarry, en Flickr.com

Un día Dori sorprendió a Jump colocado a dos patas cerca de la cuna del niño. Al oírlo llorar, se acercó alarmada, pensando que el can tenía intención de atacarlo. Pero se llevó una sorpresa. Jump trataba de consolarlo ofreciéndole, con todo el amor del mundo, su mayor tesoro: El último hueso que había enterrado en el jardín.

Desde aquel día, los celos empezaron a remitir y Dori y Javier se fueron dando cuenta de que entre su hijo y la mascota de la casa iba estableciéndose un vínculo muy especial que se fue reforzando con el tiempo. De tal forma que cuando es necesario castigar a Pablo, hay que encerrar antes a Jump.

info foto | Corey and Dogs | © darynbarry | Reproducida con permiso del autor

La vuelta

Un conejo de peluche, un conejo de peluche blanco y azul, suave, enorme, o por lo menos a mí me lo parecía, con una sonrisa entre amable y diabólica, más bien diabólica, de oreja a oreja; un conejo de peluche, ¡manda cojones!, ese es el primer recuerdo del que tengo constancia en mi vida. Ni mis padres, ni mi hermano, ni mis abuelos, ni el día en que dicen que metí los dedos en un enchufe, ni la casa en la que vivía entre lámparas horteras y sillones de eskay, ni siquiera un triste programa de televisión, mi primer recuerdo es así de cutre, un conejo bobalicón, y de peluche.

 5º - culpa, por el_cafe, en Flickr.com

Lo del conejo de peluche, y bobalicón, no pasaría de ser una vulgar anécdota en mi vida si no fuera porque con él comenzó mi manía, mi mayor y más estúpida manía, dar la vuelta a todo lo que me dan y volver a donde quiera que voy. Con los años, y gracias a esta estúpida manía, descubrí que la cola de aquel conejo estaba mal cosida, que los espejos no reflejan por detrás, que las monedas tienen cara, pero casi nunca cruz, que es absurdo buscar la parte de delante y la parte de atrás de un balón, que las chicas de los clicks de famobil tenían la falda levantada, aún hoy me pregunto por qué, que detrás de un gran hombre no siempre hay una gran mujer, que detrás del maquillaje de una mujer muchas veces está lo que un hombre prefiere ver, que a las ciudades les salen arrugas con los años, que la luna jamás me muestra su secreto, que los sueños rara vez están donde creí dejarlos una vez.

Hoy pasan los kilómetros y los minutos, y mi infancia se va, es de noche, me agarro al volante, vuelvo a casa, a la tierra que me vio nacer. Hoy odio a aquel conejo de peluche, bobalicón, blanco y azul, y odio a mi estúpida manía, pues no quiero volver. Pero sí quiero llegar. Hoy, ¿o ya fue ayer?, mi móvil sonó, tu abuelo está muriendo, dijo mi madre, apenas le quedan unas horas, entendí yo.

Hoy vuelvo, mi abuelo se va.

info foto | 5º – culpa | © el_cafe | Reproducida con permiso del autor