El vestuario

No quiero ser pájaro de mal agüero, pero el entrenador tiene los días contados. Es cierto que un par de domingos comulgando roscos no es para rasgarse las vestiduras, la derrota es parte del juego, y todo el mundo sabe que para ganar hay que perder, pero yo ya soy perro viejo y me huelo el cocido antes de que los garbanzos se pongan a remojo, y a mí me da que estos chicos le están haciendo la cama.

Temporada tras temporada, el Olimpo renueva sus dioses, cambian de cara, de nombre, de peana…, pero las historia es siempre la misma, y cincuenta años viendo a las divinidades en cueros, dan como para saber que ahora pintan bastos.

Bathroom, por allart

Un día cualquiera, el entrenador llega al Olimpo con cara de mírame y no me toques, y casualidades de la vida, ese mismo día, sus moradores tienen muchas ganas de tocar y ninguna de mirar. Tres resoplidos más tarde, el míster arroja un gélido y huracanado bufido, que con intención o sin ella, peina el flequillo de Zeus. El cambio brusco de temperatura resfría al díos “botas de oro”, y cuando Zeus estornuda, el Olimpo se constipa, y un equipo enfermo no gana partidos. Y si no gana partidos, no queda otra que eliminar el problema de raíz, o lo que es lo mismo, poner al entrenador de patitas en la calle.

El martes de la semana pasada, el míster tuvo uno de esos días, y desde entonces, los angelitos no hacen otra cosa que estornudar.

Las duchas dicen que me estoy precipitando, que sólo es una nube pasajera, y están convencidas de que como poco completará la temporada. Yo no quiero pecar de presuntuoso, pero ya lo dijo Julio Cesar, una vez que cruzas el Rubicón, la suerte está echada.

Judit

Fotografía Bathroom, de allart. Reproducida con permiso.

El horóscopo

Luís y Andrea se levantan de la misma cama cada mañana. Tras el aseo personal y el desayuno, ambos se dirigen a su cotidianidad laboral.

Se despiden en el portal. Luís da la vuelta a la esquina y para a comprar el periódico, coge el autobús y, una vez sentado, empieza a leerlo de atrás para adelante y así llegar primero al pronóstico diario del horóscopo.

Salud: deberá cuidar su estado físico, en general, no pasa por su mejor momento.
—Andrea tendría que leer esto, luego dice que me quejo de pura hipocondría.

Dinero: los gastos van a ser excesivos en esta jornada, compre únicamente lo necesario.
—Tendré que disuadirla, ayer hablamos de pasar esta tarde a ver la televisión de plasma.

Amor: Si continúa con esa monotonía, su pareja podrá reprocharle su falta de atención.
—Es cierto, últimamente he bajado la guardia y ya ni tan siquiera vamos al cine.

Zodiac Perfumes, por Ayala Moriel

Trabajo: Sus jefes valoran su dedicación. Tendrá una grata sorpresa.
—Ojala sea un ascenso. Indudablemente, tengo que reconocer que mis conocimientos y mi rendimiento son un buen equipaje. Pero espero que no me pase lo que a Fernando, otro trabajador nato, que lo han mandado a Grecia.

Suerte: No deje de hacer un dispendio e invierta un poco de su dinero en los juegos de azar.
—No siempre le dicen a uno que la suerte está de su lado. Hoy, sin falta, me paso por el despacho de apuestas.

Andrea también coge su autobús, saca su agenda y repasa: 9,00: 2 clientes programados hasta las 11. 11,30: juzgado, caso Hernández. 13,30: buscar jurisprudencia para Arenal, S.L., etcétera; y anota en la línea que está libre, 19,30: Luís, televisión de plasma.

Cuando llega a casa calienta la comida, pone la mesa y, mientras espera a que Luís regrese, lee el periódico. Recorre las noticias regionales, pasa a tribuna, nacional, internacional, economía, lee a sus articulistas favoritos, posa la vista en el horóscopo: —todo mentiras para ingenuos. Y lo da por concluido.

Al regreso de Luís y una vez sentados ante la mesa, ambos se narran las peripecias de la mañana y el programa para la tarde. Andrea le comenta que, como habían quedado, a las 19,30 podrían pasarse a ver la televisión.

Luís, aprovechando la sugerencia, desarrolla toda su teoría sobre la inconveniencia del gasto en este momento y le propone un aplazamiento, ya que sospecha de un próximo cambio, beneficioso para él en la empresa.

—¿Qué te parece, cariño -le dice a Andrea-, si en vez de esto, a la salida voy a buscarte, damos el paseo que nuestra salud necesita, tomamos algo juntos y de paso echamos una primitiva?.

Márcugo

Fotografía Zodiac Perfumes, de Ayala Moriel. Reproducida con permiso.

Hooligan

Quería olvidar…
Y caminaba dibujando eses por la acera,
Moviendo la batuta de los sentimientos,
Sometido a un continuo conflicto con la razón.
El espectáculo había finalizado, sus compañeros se dispersaron
Y sólo le quedó, como trofeo, la imagen difusa de una derrota
Que no acababa de asumir.
Quería olvidar…
Y sus pensamientos colisionaban,
Anegando sus ideas con violencia y desvaríos.
¡Malditos! ¡Que sois todos unos malditos incompetentes!
Levantaba sus brazos gesticulando y señalando el campo de batalla.
Allí, donde minutos antes, veintidós seres, —once dioses y once diablos—
Se habían disputado un atractivo esférico rodante
Que “sus ídolos” no habían sabido defender con honor.
Charles no consiguió atrapar la victoria y, por ello,
Sus vecinos de grada fueron invitados a degustar
Los rugidos de sus improperios
Y el brutal estruendo de su ira.
Más tarde, quería olvidar…
Salió del campo ignorando sutilezas y sembrando discordia,
Buscando con urgencia algo donde vaciar su furia.
Y encontró a un inocente. Y se cegó con él.
Le regaló su odio cargado de violencia
Y le escupió a la cara su ansia de revancha,
Sus reproches de fuego, sus ganas de matar…
Charles, incongruente, derrochando la vida
Empapada en alcohol.
Su obsesión es vivir, únicamente,
Retando con desprecio a los demás.
Ignora cualquier regla de la vida,
Nada es más importante que su odio
Y abandera con orgullo el desafío.
Indigente del respeto, no se deja querer.
Su mirada de odio, su identidad perdida…
No deja nada en pié.
Charles Hooligan,
¿Pretendiendo
ol
vi
dar…?

Pily Vázquez

El último de la fila

Le da terror el fracaso,
Por eso, titubeante, jamás da un paso adelante,
Sentado en el… “Por si acaso”.

Reticente y asustado,
Pasa de largo su vida, con la mirada perdida
Y el porvenir ofuscado.

Escondiendo sus anhelos
En el cajón del deseo. En constante devaneo
Con su vaivén de recelos.

Ebrio de autocompasión,
Derramando desconfianza, no saluda a la esperanza
Ni escucha a su corazón

Tan sólo observa la nada
Cantando nanas al viento, que ocultan con sufrimiento
Cualquier rayo de alborada.

Esclavo de sus temores,
Se columpia en la utopía y evita que la ironía
Sus triunfos cubra de flores.

Cegado de cobardía,
Cargado de indecisión, va perdiendo la razón
Entre chorros de apatía.

Tras de sí, no tiene nada.
Sólo sombras de futuro, y un porvenir inseguro
Que le eclipsa la mirada.

Su desconfianza absoluta,
Anega con sus lamentos, el campo de sufrimientos
Donde se asienta de ocupa.

Y esconde la certidumbre
Desconfiado y huraño, sabiendo que le hace daño
La lluvia de la costumbre.

Ignorando que en la vida,
Si asimilas la derrota, huyendo del boca a boca
No ganarás la partida.

Ser el último o el primero,
No es de una gran relevancia. Siempre que dejes constancia,
De tu voluntad de acero.

Pily Vázquez

Fila 13, pasillo

Jorge recuerda a una novia que tuvo justo antes de conocer a su esposa (desde hace 6 semanas, ex – esposa). Se llamaba Marta, era rubia, vivaracha, y tenía la agradable cualidad de parecer siempre feliz. Durante algún tiempo las alternó, pero al final se decantó por Sonia atraído por esa seriedad que, durante el matrimonio, comprobó que era simple mala leche. En los últimos tiempos le ha dado por pensar en el pasado, recordando momentos más felices, y la pobre Marta (lloró cuando él la abandonó) aparece con frecuencia. Jorge añora su carácter dulce, un poco soñador, como si estuviera pensando en otra cosa a años luz de distancia de dónde estaban (eso le ponía un poco nervioso, pero claro, era joven, ahora llevaría el asunto de otra manera).

La cuestión es que Marta también está divorciada. Se ha enterado hace poco, al tomar una cerveza con un amigo de los viejos tiempos (desde el divorcio, Jorge ha recuperado antiguas amistades con asombrosa rapidez). Anda por la ciudad y es crítica de cine, algo que Jorge interpreta como señal, pues todas sus citas habían transcurrido en uno.

.14., por .f@rfie.

Jorge se acuerda, además, de un dato que poca gente sabe: Marta exigía ver siempre las películas en la fila 13, pasillo. Ya entonces apuntaba cosas en un bloc, encendiendo una linternita, y en el pasillo creía que molestaría menos a la gente. Jorge, que a estas alturas ya ha conseguido la dirección de Marta y se aposta delante de su casa para ver a qué cine se dirige, cree que esto es la mejor baza para un encuentro romántico, así que sin ningún pudor se coloca detrás de ella en la cola, y le dice a su rubio pelo (qué poco cambian las mujeres en 15 años): “Supongo que exigirás la fila 13”. Pero Marta, que lanzándole una mirada fulminante, parece no haberle reconocido, le contesta: “Las salas sólo tienen 12”.

Celia30

Fotografía .14., de .f@rfie.. Reproducida con permiso.

El funeral

Junto a las cenizas me despido de ti.

Acudo a las exequias con un inmenso dolor, con un enorme vacío en mi corazón.

No quiero una larga ceremonia para darte el último adiós. Necesito que todo transcurra lo más rápido posible, aún a sabiendas de que toda la felicidad que un día me procuraste merecería un entierro con más pompa y solemnidad. Sin duda serías digno de un todo un funeral de estado. Pero ante este ocaso no puedo otra cosa que claudicar frente a la tristeza y aflicción e intentar terminar cuanto antes.

En este momento me siento más sola de lo que nunca imaginé, más aún que cuando no te sentía a mi lado. He querido que este acto tenga lugar en la intimidad, con la misma reserva que guardamos para que nadie supiese que nos queríamos.

En esta urna llevó una mirada a la que estuve encadenada, unas manos que me hacían temblar, una voz sin la que durante mucho tiempo no pude seguir hacia delante. Ella transporta lo que un día fue la ilusión de mi vida, el motivo para levantarme cada mañana, la luz a mis oscuridades.

La aprieto fuerte. Quiero sentirte cerca aunque sea sólo la última vez. Quiero estar segura de que realmente deseo que el viento se lleve el amor que siento por ti.

Lagrima, por melpomenesad

Una lágrima escapa por mi mejilla. Denota que es la hora. No puedo demorar más este momento. Cierro los ojos y volteo la urna, cuando la abra te habrás ausentado de mí.

Un estremecimiento invade mi cuerpo. ¿Miedo, alivio? No sé lo que es. Sólo sé que después de tenerte largo tiempo en mi mausoleo ya había llegado el momento de sacarte de él. Después de esto ya otros ojos no volverán a hacerme experimentar la paz que sentía con tu mirada y la ternura ya no formará parte de mi vida. Pero el funeral de nuestro amor, corpore insepulto, estaba durando mucho y era honesto darle el eterno descanso que se merecía.

noeliaaleinad

Fotografía Lagrima, de melpomenesad. Reproducida con permiso.

Miradas de fuego

Hoy todo está planificado. Javier se viste con camisa blanca, corbata negra, traje oscuro. Es el traje que tiene, una verdadera prenda polivalente; armadura de caballero en bautizos, bodas y funerales.

Ayer, a las 14.35, su padre dejó salir el aire de sus pulmones por última vez. A partir de ese momento necesitó tomar unas cuantas decisiones, cuestiones que no se había planteado con anterioridad. Quedó sorprendido al comprobar que la compra de un féretro se resolvía como la de un coche: un vendedor explicando los distintos modelos y sus características, un cliente decidiendo aquel que se acerca más a su gusto y presupuesto. Cumpliendo las últimas voluntades del difunto hoy no habrá flores y sí fuego. El padre tenía pánico a despertar dentro de una caja y las flores le agravaban la alergia. Prefería convertirse en ceniza y formar parte de la tierra y del aire, esto nunca se atrevió a confesárselo a su hijo, le parecía un pensamiento cargado de soberbia.

Fire and Water, por peasap

En el tanatorio había sólo tres personas esperando. Javier había elegido las ocho de la mañana para compartir el momento con los estrictamente necesarios, sólo dos amigos y una “ex” reconvertida en amiga. Les pasaron desde el velatorio a la sala del horno crematorio, cuando entraron el ataúd ya estaba sobre un mecanismo de acero inoxidable. El empleado de la funeraria pidió permiso con la mirada, Javier bajo los ojos asintiendo. Entre los controles visibles de funcionamiento del horno los cinco fijaron las miradas en el fuego que aparecía en un círculo, de apenas dos centímetros de diámetro, que indicaba que el gas estaba funcionando y el fuego cumplía su trabajo. El círculo de fuego era el punto final.

LLagos

Fotografía Fire and Water, de peasap. Reproducida con permiso.

Carnaval

Los romanos en su época de esplendor del Imperio hicieron del carnaval un acontecimiento destinado a rendir honores al rey Baco, dios del vino, y sólo durante ese día los esclavos y sus amos disfrutaban juntos y como iguales de las fiestas orgiásticas.

Carnaval, por cuellar

A lo largo de los años se han ido cambiando las misivas iniciales de tal acontecimiento pero lo que no ha variado es la posibilidad de mezclarnos los unos con los otros sin saber muy bien qué es quien y quien es qué. En esta danza de esclavos y amos nos encontramos cada año: Ana se disfraza de reina porque Roberto que la machaca diariamente ordenándole hacer fotocopias y elaborar informes sin descanso, es un preso de galeras. Daniel, como actor famoso de la farándula, se coloca la máscara de hierro pues quiere pasar desapercibido. Matilde se ha vestido de militar para que sus hijos adolescentes sepan de una vez por todas quien manda en casa. Pero este carnelevarium no está exento de tragedias. Hay personas que pasan todo el año renegando del tedioso disfraz que llevaron el año pasado y jurándose una y otra vez que será la última pero de nuevo, obligados por causas ajenas a ellos mismos o por un amor exagerado y oculto a su propia rutina, desempolvan su traje de chaplin y salen el martes a las siete de la tarde malhumorados, tristes, desprendiendo un olor a naftalina que les invita a pensar que su vida es un desastre y que nunca podrán huir de su destino de vagabundos que revolean su bastón.

Violeta

Fotografía Carnaval, de cuellar. Reproducida con permiso.

La última calle

Así lo he decidido. En estos momentos máquinas excavadoras levantan las tres capas de asfalto -negras como el primer día-, los bordillos de piedra aún aristados y las aceras apenas pisadas. La última calle construida que no llegó a utilizarse. Retrasé su destrucción cuando el habitante más viejo de la ciudad me pidió una oportunidad. La convertí en museo temático siguiendo su propuesta y comprobé que sólo él la visitaba. Leía la prensa en los bancos, uno de cada vez para intentar gastarlos un poco, creo, y paseaba arriba y abajo arrastrando sus botas pretendiendo dar un aspecto envejecido al alquitrán, supongo. En una ocasión los vigilantes le pillaron rompiendo la lámpara de una farola con un tubo elaborado a base de hojas de periódico, pues las piedras estaban fijadas al suelo por precaución. Recibió una amonestación y le prohibimos acceder durante una semana. Se comportó, quizás disimuló, o aguantó su terca resolución durante un mes más o menos, el tiempo que necesitó para confeccionar banderitas de papel y un juego de bombillas de colores que tendió entre las ramas de los árboles en un santiamén. A continuación depositó un radiocasete en el suelo con el sonido a todo volumen y se puso a bailar pasodobles, rumbas y cha-cha-chás. Nuestro personal de seguridad llegó tarde, el anciano murió dando un giro brusco con el “Arrabal amargo” de Gardel.

fiesta

Han pasado dos años. El aparato ha sido triturado, pero la música de la fiesta de la última calle subsiste en esta urbe etérea y se difunde entre los edificios sugiriendo sueños a los habitantes e incitándolos a convertirse en vecinos.

Quizás pulverizando estos restos arqueológicos…

César Fernández

La última estación

Afuera, la noche oscura engullía cualquier luz que osase atravesar las ventanas del tren. Dentro, Damián estaba solo en el vagón desde que una mujer, la última pasajera, se había bajado un par de paradas antes. La había visto llorar y escribir en un cuaderno, reflejada en el cristal negro y pulido de su ventanilla durante la mitad del viaje. Unos instantes antes de que abriesen las puertas, Damián vio cómo se enjugaba las lágrimas y trataba, sin éxito, de recomponerse el maquillaje. Murmuró un “¡Esto es imposible!” al verse reflejada en el cristal, cogió su bolso, el móvil y la maleta pequeña que llevaba y se bajó del tren. Sobre el asiento dejó un papel, púlcramente doblado y partido en dos.

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Damián tardó tres paradas más en acercarse al papel. La curiosidad podía con él, le empujaba, pero quería estar seguro de que su dueña no volvería a reclamar su posesión. En su cabeza, la sola idea de abandonar un escrito como aquel, parido a fuerza de lágrimas y bilis, le producía una inmensa sensación de pudor. Tras unos momentos luchando, cedió a la tentación y cogió el papel. Era una hoja de aquella libreta que reflejaba la ventana, doblada por la mitad y partida, otra vez, al medio. Damián volvió a dudar y pensó que aquel puzle no quería ser resuelto y lo mantuvo en la mano unos instantes. Luego, con parsimonia, extendió los cuatro pedazos de papel sobre el asiento y lo leyó. Más de la mitad de la hoja estaba tachada con furia y sólo habían quedado indemnes tres líneas. “Ésta ha sido la última estación de nuestra relación. Ahora puedes subirte a ese tren que tanto temías perder, sin equipaje ni molestias. El mío ya salió hace tiempo.” Damián sintió cómo la vergüenza le teñía la cara de color rojo, dobló la carta cuidadosamente, tal y cómo estaba y se sentó en el extremo opuesto del vagón. Un rato después, se bajó en su parada, la última del trayecto y, antes de abandonar al estación, había olvidado la carta y a la mujer.

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