No quiero ser pájaro de mal agüero, pero el entrenador tiene los días contados. Es cierto que un par de domingos comulgando roscos no es para rasgarse las vestiduras, la derrota es parte del juego, y todo el mundo sabe que para ganar hay que perder, pero yo ya soy perro viejo y me huelo el cocido antes de que los garbanzos se pongan a remojo, y a mí me da que estos chicos le están haciendo la cama.
Temporada tras temporada, el Olimpo renueva sus dioses, cambian de cara, de nombre, de peana…, pero las historia es siempre la misma, y cincuenta años viendo a las divinidades en cueros, dan como para saber que ahora pintan bastos.
Un día cualquiera, el entrenador llega al Olimpo con cara de mírame y no me toques, y casualidades de la vida, ese mismo día, sus moradores tienen muchas ganas de tocar y ninguna de mirar. Tres resoplidos más tarde, el míster arroja un gélido y huracanado bufido, que con intención o sin ella, peina el flequillo de Zeus. El cambio brusco de temperatura resfría al díos “botas de oro”, y cuando Zeus estornuda, el Olimpo se constipa, y un equipo enfermo no gana partidos. Y si no gana partidos, no queda otra que eliminar el problema de raíz, o lo que es lo mismo, poner al entrenador de patitas en la calle.
El martes de la semana pasada, el míster tuvo uno de esos días, y desde entonces, los angelitos no hacen otra cosa que estornudar.
Las duchas dicen que me estoy precipitando, que sólo es una nube pasajera, y están convencidas de que como poco completará la temporada. Yo no quiero pecar de presuntuoso, pero ya lo dijo Julio Cesar, una vez que cruzas el Rubicón, la suerte está echada.
Judit







