Desde hacía 10 años ése era su trabajo. Lo amaba por encima de todas las cosas. Por encima de los amigos, de los tiempos, de las horas. Cuando salía de su casa, por las mañanas para ir a trabajar, le parecía que volvía al hogar. Estar rodeado de libros, de revistas, de periódicos…De palabras. Las palabras le envolvían como la seda suave a un gusano. Rodeado de ellas, la vida se le hacía llevadera. Eran los rostros de un sueño que se le había escapado hacía mucho tiempo. Fuera de esas estancias, de ese sótano, su vida era gris. Grises las mañanas, tardes y noches de los días que no trabajaba. Gris el tiempo que pasaba lento, como una maldición. Grises las paredes que encerraban la monotonía de una vida sin sentido. Tenía la extraña sensación de que un dios vengativo, inmutable y silencioso, le maldecía cuando abandonaba el lugar para irse a su casa. Una indiferencia inquebrantable gobernaba todo lo que hacía, y una pereza blanda y desolada le cubría con una pátina de años, de la que no se podía deshacer. Su propia persona se volvía casi transparente a los ojos de los demás.
—¿Alguien ha visto a D. Roberto?
—¿D. Roberto? No me suena. ¿Quién es?
—Sí, hombre, D. Roberto, el de la hemeroteca…
Veía con una especie de fatalidad el silencio que se había instalado en su boca. El estigma que le convertía en una página en blanco, en un rostro sin alma. Y mientras el tiempo se demoraba en las esquinas de aquellas salas que tanto amaba; mientras se escondía, plácido, en la superficie de las publicaciones que aguardaban su mirada amorosa, su mano encallecida y a la vez suave, las palabras le traían promesas de sueños.
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