Bajo palabra

Desde hacía 10 años ése era su trabajo. Lo amaba por encima de todas las cosas. Por encima de los amigos, de los tiempos, de las horas. Cuando salía de su casa, por las mañanas para ir a trabajar, le parecía que volvía al hogar. Estar rodeado de libros, de revistas, de periódicos…De palabras. Las palabras le envolvían como la seda suave a un gusano. Rodeado de ellas, la vida se le hacía llevadera. Eran los rostros de un sueño que se le había escapado hacía mucho tiempo. Fuera de esas estancias, de ese sótano, su vida era gris. Grises las mañanas, tardes y noches de los días que no trabajaba. Gris el tiempo que pasaba lento, como una maldición. Grises las paredes que encerraban la monotonía de una vida sin sentido. Tenía la extraña sensación de que un dios vengativo, inmutable y silencioso, le maldecía cuando abandonaba el lugar para irse a su casa. Una indiferencia inquebrantable gobernaba todo lo que hacía, y una pereza blanda y desolada le cubría con una pátina de años, de la que no se podía deshacer. Su propia persona se volvía casi transparente a los ojos de los demás.

—¿Alguien ha visto a D. Roberto?

—¿D. Roberto? No me suena. ¿Quién es?

—Sí, hombre, D. Roberto, el de la hemeroteca…

hemeroteca, por el copilot

Veía con una especie de fatalidad el silencio que se había instalado en su boca. El estigma que le convertía en una página en blanco, en un rostro sin alma. Y mientras el tiempo se demoraba en las esquinas de aquellas salas que tanto amaba; mientras se escondía, plácido, en la superficie de las publicaciones que aguardaban su mirada amorosa, su mano encallecida y a la vez suave, las palabras le traían promesas de sueños.

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Fotografía hemeroteca, de el copilot. Reproducida con permiso.

La libertad

Amanecía. Ismael González Gómez pulsó uno de los interruptores de la portezuela para bajar la ventanilla, y un olor a rocío mezclado con el de la tierra húmeda inundó sus pulmones. El hombre lo aspiró con voluptuosidad. Por primera vez en mucho tiempo se sentía vivo.

Ismael se había casado con su chica de siempre. Durante el noviazgo fueron una pareja envidiada pero una vez casados, Laura se mostró como una persona venenosa y de trato difícil, hasta tal punto que la convivencia resultaba imposible.

atardecer

La puntilla llegó en la última cena de la empresa; su mujer, que había bebido más de la cuenta, le abofeteó delante de todos. Esa misma noche, después de meterla en la cama, se mudó a un hotel donde en unos minutos, tomó la decisión de lanzarse a la carretera con dirección al norte.

-Mañana lleno el depósito,- se dijo mientras se acostaba,- y donde el coche se detenga, ahí me quedo.

De eso parecía ya una eternidad.

Poco a poco, el paisaje llano, iba dando paso a otro de valles suaves, sinuosos. Ismael aminoró la velocidad para apreciarlo “la de cosas bonitas que me privó de ver esa víbora., pensó. Nunca fue capaz de ver más allá de la meseta. Pero a partir de ahora será distinto”.

Al llegar a la altura de un cruce, un letrero le indicó que quedaba poca distancia para alcanzar la costa. Sin pensarlo enfiló el vehículo en esa dirección y con una curiosidad que le sorprendió de manera grata, expresó en voz alta lo que pensaba:

-¿Por qué no? Cambiar es bueno

cerbero

Veneno en el plato

La fidelidad puede matar. Sobretodo en gastronomía. Por lo menos son las conclusiones preliminares del Juez Cachopón. José Hernani no es un principiante. Dos estrellas Michelín desde hace doce años— y según algunas fuentes, a punto de recibir la tercera,— una fama merecida y un tratamiento de sus productos siempre de primera calidad y frescura, nos permiten afirmar que no se lo toma con ligereza a la hora de aderezar sus platos y no suela dejar nada al azar. Entonces, ¿cómo ha podido servir una cena mortal a su mejor cliente?

El excéntrico y controvertido millonario danés Rato ’nzi Tøper Ess, cuyo imperio está fundado sobre la fabricación de veneno antiparásito de todo tipo era fiel a la cocina de José Hernani. Cada vez que venía a Asturias, cenaba todos los días en su restaurante Don Fermín, plaza del ayuntamiento. Llegaba a las 8:30, tomaba un whisky irlandés con Perrier y sin hielo de pie en la barra, se sentaba a cenar poco antes de las 9:00 y se marchaba a las 10:30 después de vaciar media botella de whisky como única bebida, sin tomar postre ni dejar propina. Pero el pasado martes, si no hubo propina, tampoco hubo cuenta, y Tøper Ess se despidió cayendo en su plato, envenenado con mata-ratas.

Corre Ham, corre, por Arquitecturizando

Mientras los especialistas de las artes culinarias y los grandes expertos gastronómicos se perdían en debates sobre la existencia o no del riesgo cero, la policía estudiaba otra perspectiva más pragmática: la de la víctima.

Aunque no queda descartada la venganza de una camarera rencorosa, la mujer desconsolada, la amante desesperada y el hijo desdichado de Rato ’nzi abren ya bastantes pistas como para no echar la culpa al personal del restaurante. La victima tenía una personalidad muy compleja y muchos enemigos, tanto a nivel profesional como personal, lo que hace predecir que la resolución del asesinato tardará en conocerse…

oscarfarkoa

Fotografía Corre Ham, corre, de Arquitecturizando. Reproducida con permiso.

La última aventura

Viajar a los confines de la Tierra ofrece múltiples recompensas. Alcanzar los brazos de la Naturaleza en forma de glaciares, como Perito Moreno, admirar la inmaculada blancura del lago Onelli, o ver un amanecer en el pueblo de Calafate, son algunos de los placeres a sentir si dirigimos nuestros pasos al sur; tierras y mares congelados que anclaron su presencia decorando el paisaje con azulados témpanos.

hielo azul

Pero si este viaje se realiza nadando y por amor con la finalidad de alcanzar tierra y pasar con tus seres queridos el resto de tu vida, la aventura cobra categoría de hazaña; epopeya que efectúan cada año los pingüinos de Patagonia, entrega heroica desempeñada por miles de seres fieles y monógamos sin sucumbir ante las más duras adversidades si lo que está en juego es el sustento de sus crías.

Las parejas cuidan de sus futuros hijos repartiendo responsabilidades: la hembra emprende un viaje suicida buscando alimento para que su pareja y los huevos tengan posibilidad de sobrevivir; el macho aguarda paciente su regreso dando cobijo al fruto de un compromiso adquirido de por vida. Cuando la hembra tras recorrer miles de kilómetros regresa a la colonia, busca sin descanso entre seres debilitados y entumecidos por el frío hasta encontrar a su pareja que, dando muestras de un eterno agradecimiento, le cede el privilegio de dar calor a las futuras crías, a punto ya de morir antes de nacer.

pingüinos

La calidez vuelve al hogar tras el alumbramiento; la madre desembucha el pescado que guardó y reparte alimento y calor proporcionalmente. Para entonces, la comunidad emerge a una vida llena de armonía y luz donde disfrutar en familia de la estación que despierta, esperando que los helados desiertos antárticos les empujen de nuevo a vivir una muy posible última aventura.

Pilar Arroyo

La estafa

En Villaquejines del Páramo, un grave suceso a la población ha conmocionado.

Treinta jóvenes parejas, con sus ahorros se habían asociado, para con una constructora, un bloque de viviendas promover.

Años llevaban preparando la promoción de sus viviendas, con el Ayuntamiento habían hablado, tenían terrenos y parcelas cedidas por sus propietarios.

El famoso arquitecto Manolo Cementón, el favor les había hecho del proyecto regalar, aún a pesar de su escasez de tiempo y sus obligaciones de viajar.

Todo estaba preparado, los créditos de los bancos, los permisos de construcción, las ganas de trabajar y las bendiciones del Señor.

Hasta la Iglesia en el proyecto se había implicado, las ganas de los jóvenes al cura del pueblo habían conmovido, y hasta al propio Arzobispado.

la_estafa

Para la inauguración de las obras el Arzobispo al pueblo se desplazó, un sermón que les echó, una serie de recomendaciones y hasta la Divina Bendición.

Pasados varios meses las obras se pararon, todos preocupados al constructor que llamaron. Las respuestas de la empresa difusas e inconexas, a todos extrañaron.

De pronto una sospecha sobre el pueblo se cernió, ¿nos habrán estafado?, Señor di que no.

Las pesquisas de los afectados, pronto dieron su fruto, lamentablemente el dueño de la constructora se había fugado, con el dinero de sus ahorros y un cochazo que se había comprado.

A día de hoy nadie al estafador ha encontrado, las fuerzas del orden siguen investigando. Pero a los pobres estafados nadie les ha recompensado.

Navegante*

La dimisión

¡Presento mi dimisión como persona educada! Siempre me he tenido por buena gente, he puesto en práctica esos modales que aprendí de mis padres. Pero lo de hoy…

A las nueve de la mañana, como cada día, he cogido el autobús que me lleva a mi trabajo. En la parada de Independencia ha subido una señora de unos ochenta años, me he levantado y le he ofrecido mi asiento, a lo que ella me ha respondido:

—¿Pero que se cree Ud. que soy una invalida? ¡Pues mire no, todavía puedo vivir sola! ¡Lo que me faltaba, que piense Ud. lo mismo que mis hijos! ¡No voy a ir de casa en casa! ¡Tengo mi casa!

Colorada como un tomate he vuelto a mi sitio.

Al llegar a la oficina, me he encontrado con un compañero, al que no veía hace mucho.

—¿Qué tal te va? A lo que me ha respondido: —¡A ti que carajo te importa, si no es de tu incumbencia! Tendrá un mal día, he pensado y me he ido a mi mesa.

Suena el teléfono contesto:

—Buenos días ¿en que puedo ayudarle? Una voz al otro lado del teléfono:

—Buenos días serán para Ud. y sino me hubieran arreglado mal la caldera no tendría que ayudarme.

Y colgó.

paisana, por Don Meliton

Por la tarde, fui a la tienda del Sr. Andrés, al salir vi a Dolores, soltera, noventa años y mas de diez millones de euros en el banco, cargada con toda la compra.

—Dolores, yo puedo acercarle la compra hasta su casa.

—¡Tú lo que quieres es quedarte con mis bolsas, mala pécora! Me decía lanzándome un tomate maduro.

Me volví hacia el Sr. Andrés:

—“DIMITO” ¡no puedo más! El Sr. Andrés me miro a lo ojos y me dijo :

—Imposible ¡eso solo lo hacen los políticos!

Laurentis

Fotografía paisana, de Don Meliton. Reproducida con permiso.

Taxi

Sentado en el segundo banco contemplaba el ataúd por última vez.

A excepción de dos ancianas que agotaban sus días prendiendo velas estábamos solos.

Recuerdo cuando llegue a la estación de Cangas y él me esperaba con su todo terreno rojo.

Había hablado con el taxista la noche anterior y quedo en recogerme a las tres, allí no había ningún taxi.

Se me presentó

—Soy Fermín el taxista de Villalar le estaba esperando.

Me cogió la maleta y una vez sentados le observe.

Era un hombre de unos sesenta años, pelo cano y tez muy curtida.

—Que bien que ya volvemos a tener médico en el pueblo, hay tres futuras parturientas que agradecerán que usted se encuentre entre nosotros.

—¿Tendrá que hacerse con un todo terreno, el invierno está próximo y pronto empezará a nevar.

—Pero…, titubeo, yo no soy buen conductor y menos de alta montaña, si consiguiera que alguien se prestara a trasladarme cuando tenga una urgencia en los pueblos de arriba, le pagaría bien.

—Si le parece yo puedo, en invierno tengo poco trabajo, apenas hay turistas y mi taxi tiene radio pues cuando arrecia el viento los teléfonos aquí no funcionan.

Llevaba dos semanas en el pueblo, la soledad de la pequeña casa donde vivía se me hacia poco llevadera por lo que había decido salir a dar un paseo aunque el sol estaba empezando a suicidarse.

El olfato fue mi guía, al fondo una pequeña choza a la que Fermín llamaba hogar de la que salía un aroma a sopas de ajo que invitaba a acercarme.

Allí lo encontré sentado en un banco junto a la puerta liando un cigarrillo.

—Tome asiento Sr. Doctor.

Las sopas de ajo están a punto, si gusta le invito a cenar.

Tome por costumbre al atardecer acercarme a casa de Fermín, una tarde al calor de la lumbre la radio del taxi nos dio la voz de alarma.

La hija de la Señora Berta se había puesto de parto, lo esperábamos hace días y el momento había llegado.

Nos subimos en el todo terreno y enfilamos montaña arriba, la niebla se adelgazaba y adivine por los faros del coche que nos encontrábamos en lo alto de una sierra, al final de la carretera se dejaba ver la presencia humana por una pequeña luz que salía de una cabaña.

La joven parturienta tenía los ojos negros y la piel muy clara, los dolores del parto le hacían llorar como una niña.

Bajo el camisón blanco fluía un hilo de sangre.

Le hice el primer reconocimiento y me di cuenta que era un parto complicado.

—Fermín hay que trasladarla a Cangas.

Ya en la carretera, los dolores se acentuaron, el parto era inminente.

—Para a un lado del camino y ven, me has de ayudar.

Tembloroso pero con mano firme cogío al niño que salía de la madre.

Dos lagrimas recorrían sus mejillas.

Orgulloso contaba su hazaña en el pueblo y todas las noches ante las sopas de ajo recordaba el momento.

Habían pasado dos años desde mi llegada al pueblo.

La noche pasada como tantas otras me acerque a su hogar.

La lumbre encendida, la sopa en el fuego, en su mano un cigarrillo recién liado.

Sentado en su butaca la muerte le había visitado sin avisar.

Una sonrisa en sus labios como despedida.

Hasta siempre Fermín.

Ultreya

Fotografía NYC Taxi, de elrentaplats. Reproducida con permiso.

El chef

Cuando Marcelino escuchó su nombre no se le aceleró el corazón ni aumentó su transpiración, ni siquiera parpadeó. No se esperaba el galardón de mejor chef del mundo. Inesperadamente un potente foco de luz le iluminó. Se dirigió al estrado.

—Buenas tardes. Ante todo muchas gracias – balbuceó.

No tenía ningún discurso preparado, pues no esperaba ningún reconocimiento por su labor a favor de la cocina esencial. Llevaba la gastronomía tan dentro de sí, que hablar sobre ella le resultaba tan sencillo como respirar.

—Permítanme un recuerdo a mi abuela y las anécdotas que me contaba de la guerra civil y los milagros que tenía que hacer para dar de comer a mi padre, mis tías y mi abuelo. Hasta con mondos de patata preparaba comida. Me acuerdo de la historia que me contó en cierta ocasión.

Every photographer eventually takes a dead fish shot, por kevindooley

“Un día, después de un bombardeo, salí con una vecina a buscar comida. Estando en la carrera, un avión de reconocimiento nos asustó y el piloto por hacerse seguramente el gracioso y contar a sus compañeros que había asustado a dos mujeres “rojas”, empezó a disparar. Nos refugiamos en una casa semiderruida y cuando pasó el peligro empezamos a buscar comida. Tuvimos mucha suerte, porque debajo de los restos de una cama encontramos un saco que ponía HARINA. Sin pensarlo dos veces lo cogimos y lo llevamos al refugio, tocándome a mí esconderlo lo hice debajo de la cama. Pero de noche a tu abuelo le entraron ganas de orinar y al mirar debajo de la cama para buscar la bacinilla, encontró el saco.

—Mada, ¿qué es este saco?

—Nada Francisco, un saco que encontramos Mariana y yo en el antiguo cuartel del alto mando.

—Y ¿qué hay dentro?

—HARINA.

Tu abuelo encendió una vela y miró dentro del saco.

—¡¡¡¡Mada, apaga la vela inmediatamente!!!!!!

—Pero… ¿por qué?

—Porque no es HARINA sino PÓLVORA. ¿Cómo iba a dejar el alto mando HARINA?

—Hay que deshacerse del saco inmediatamente.

Así que mi abuela lo cogió y lo llevó para tirarlo al río Nora que no estaba lejos.

Al día siguiente la gente murmuraba, unos decían que si fueron los rojos otros que si los nacionales.

—¿Qué pasa? – preguntó mi abuela.

—Vete al río y lo sabrás -le contestaron.

Cuando se acercó al río supo lo que había pasado. Los peces flotaban panza arriba sin vida, estaban envenenados”.

Con esta pequeña anécdota, que todos los presentes pensarán que no viene a cuento, quiero rendir un pequeño homenaje a mi abuela y agradecer el galardón que se me otorga, el cual, dado mi amor por la cocina, y modestia aparte, espero que no sea el último.”

Fotografía Every photographer eventually takes a dead fish shot, de kevindooley. Reproducida con permiso.

Juntos

¿Te acuerdas? ¡Hemos recorrido tantos caminos de ensueño!. diseñando con manos de niño, expertas en el arte de la fantasmagoría, ciudades irreales habitadas por seres y animales fabulosos; moldeando a nuestro gusto vidas pasadas… ¡tantos, tantos sueños! Sonrío al recordarlo.

¡Cuánto me gustaba sentarme a tu lado en el sofá! Con un libro de arte entre tus manos, escogías un cuadro y me explicabas las maravillas de su forma, color y perspectiva. “¿no es maravilloso?”, decías.

La historia antigua te fascinaba, “las piedras hablan”, decías, mientras recreabas los acontecimientos ocurridos en el Castro de Coaña, dándoles vida de nuevo, dibujando planos, objetos o animales… “volver a crear, para no olvidar”

Juntos

Contigo, cualquier momento u ocasión se volvía mágico. Como ocurría por la noche, cuando el cansancio nos vencía y decidíamos dar un paseo a caballo por las nubes, haciendo carreras que siempre ganabas (eso creías) porque tu sonrisa era el premio que más deseaba.

Eras tu quién más hablaba. Yo sólo lo hacía cuando me pedías que te contara un cuento “de miedo”. Me viene a la mente el recuerdo de tus ojos, con los oídos expectantes ante los acontecimientos que iban a suceder sin saber cómo sucederían y deseando que todo transcurriese así, como querías; pendiente de cada una de mis palabras. Recuerdo cómo sujetabas las sábanas con las dos manos tapando tu boca y como al final siempre me regalabas una sonrisa.

Así nació un día Capitón, un “hombre máquina”, habitante de una galaxia distinta que tenía la voz grave y metálica y caminaba con lentitud y rigidez; con sus brazos algo separados del cuerpo. La cabeza era muy grande llena de pelo de un extraño color zanahoria y en su cara redonda, unos ojos inmensos que parecían ventanas por donde asomaba su tercer ojo, para ver hacia dentro, no para mirar. También su nariz y su boca seguían las reglas del círculo. Esto lo sabemos porque, un día, lo viste en una tienda que había debajo de casa y supiste que ¡por fin! había decidido bajar a la tierra para que le conociéramos. Ahora, ahí está en la habitación, impasible a los ojos de los demás porque, para nosotros, sonríe y habla contándonos historias hermosísimas que, a veces, nos dan alegría y otras, miedo… “vuelve y que se vaya Capitón”, decías suplicando cuando sentías miedo. Era entonces cuando comprendías que el mundo mágico y el real, están separados por una raya casi invisible que no se puede cruzar.

Entre sueños hemos escrito, día a día, nuestra historia; únicamente tuya y mía; y continuaremos haciéndolo porque no dejaremos de soñar caminos para recorrer, recorrerlos para vivir y vivir para seguir queriéndonos.

Así ocurre cuando la magia existe. Porque existe, pero mejor no se lo decimos a nadie.

Sacro

El lugar más bello del mundo

Las horas pasan perezosas y el tiempo es un amago de inercia. Miro a lo lejos y la nada de la paz se adueña de mis pupilas, alejo aún más la mirada y me reencuentro hace mil años.

Nada pasa. No pasa nada mientras divago y paseo mis devaneos por esta eternidad calmada.

El dolor es una entelequia y los cansinos minutos me llevan hacia la paz verdadera: la ausencia de lo absoluto.

Algo embriagador, diría que casi pecaminoso, es el inodoro aire y lo que ya roza la exaltación de los sentidos es una ligera bruma azulada que envuelve la lontananza y hace que ésta sea aún más acogedora al cansado viajero, ganoso de olvidar sus tribulaciones y renacer en este mágico lugar y tornarse en un ser nuevo capaz de enfrentarse a desconocidos acontecimientos con la sapiencia del veterano y la fuerza del robustecido neonato.

A window full of sea, por alibaster, en Flickr

Una corriente marina procedente de un lejano más allá, hace de estas riberas una tierra anhelada desde los más lejanos tiempos. Por ella lucharon bravas legiones contra furiosas tribus defensoras de su estirpe; en ella fueron esclavizados sus legítimos poseedores por la fuerza bruta de quién se decía civilizado y para ella renacieron sus vástagos para expulsar al usurpador.

Así es el lugar más bello del mundo, así es donde vivo y donde vemos como pasan las perezosas horas y no se marcha nadie con ellas.

Y el tiempo fluye.

Y en lo más hondo de mis pupilas se sigue alejando la mirada…

Carlos Trenor

Fotografía A window full of sea, de alibaster. Reproducida con permiso.