La pasarela

¿Hay vida después de la pasarela? una foto de la recién estrenada primera dama francesa Carla Bruni, ilustra el titular. Doña Rosina repite en voz alta cada palabra e intenta comprender. Más abajo sigue leyendo: La ex modelo Katoucha muere ahogada en el Sena al resbalar por la pasarela que la conducía a su casa flotante. Doña Rosina sentada en su sillón ante la ventana, se quita las gafas y mira hacía afuera. Es una mujer menuda que el paso de los años ha ido concentrando cada vez más. Su mirada va en busca de la ciudad. Ante ella la única pasarela que conoce, la que salva las vías del tren. Sobre su asfalto sus ojos remolones se detienen. Unos chiquillos juegan al balón. Sigue sus acrobacias con la pelota, hasta que ésta corre veloz a esconderse debajo de un banco. En el banco, dos abuelos conversan. No le hace falta escuchar para saber de lo que hablan: el fútbol, los nietos, la mili. Los hombres callan y giran sus cabezas hacía atrás.

Miss Sixty Fall 2007 New York Show, por Peter Duhon

Desde su atalaya Doña Rosina no puede ver lo que ocurre. Su curiosidad la mueve con dificultad a levantarse. Abre la ventana. Una bocanada de aire fresco y el griterío de la calle alegran la habitación. Dos jóvenes se comen a besos. Un hormigueo recorre sus venas. Añoranza de otros tiempos. Sus ojos intentan avanzar una y otra vez hacía el otro lado de la ciudad, siempre hay algún detalle que los detiene: una pareja con un bebe, la mujer con el carrito de la compra, el mendigo feliz… Toda su vida viendo desfilar la vida sobre las vías del tren. Un tren misterioso que a pesar de su cercanía siempre le fue tan lejano. Quizás cualquier día llegue el momento de cogerlo como otros lo hicieron antes y la lleve donde haya vida después de la pasarela.

Ángela M D

Fotografía Miss Sixty Fall 2007 New York Show, de Peter Duhon. Reproducida con permiso.

Nubes y claros II

Dices que mis ojos pierden claridad y se vuelven huidizos cuando me preguntas si te quiero. Mi silencio te envuelve en una neblina de la que no puedes salir porque no buscas dentro de ti, en esa vida tan poética en la que vives desde que nuestras almas se rozaron, convertido en el viento que mueve dos hojas de un árbol provocando un encuentro efímero que puede no volver a ser. Tú eres poesía y viento a la vez. Poesía que murmuras con palabras de pasión y viento que empuja mi piel hacia tu piel provocando un huracán que me envuelve y lastima mi amor.

eme in hyde park

Después llega la ausencia, un tiempo infinito en el que dices vivir de mi espíritu mientras compones versos hechos de fantasía para susurrármelos cuando la urgencia te lleva otra vez a mí.
Me comparas con una nube que no acaba de diluirse en el azul porque, ya sé que no puedes comprenderlo amor mío, en tus ojos no veo el calor de la ilusión. Temo que me arrastren a ese negro que reflejan porque en tu universo sin amor no existe la mujer que llora cuando te extraña en la lejanía. Es entonces cuando evito el azul de tu mirada.

Mª Antonia Goás Sánchez

Nubes y claros

Tumbada en la playa sobre una manta, abrigada como para ir al Polo Norte contemplé el azul inmóvil del cielo.
El sol calentaba las nubes; el viento helado soplaba con fuerza para enfriarlas y ellas, víctimas de la lucha entre una primavera ya pasada y un invierno que irrumpía desafiante, alterando el orden de las estaciones, danzaban enloquecidas.
La voz sorprendida de mi hijo diciéndome que durante el paseo había visto una casa como la de mi abuela me hizo levantarme. Me esforcé por no llorar cuando la vi frente a la playa. Todo era igual, situación al borde del mar, casi 30 m. de largo, incluida la fábrica donde se salaba el pescado, planta baja y piso con una galería de madera, piedra gris al descubierto en las paredes, portones y ventanas también de madera, rematadas por una piedra de mejor calidad que la de las paredes; típica construcción hecha por los catalanes cuando llegaron a Galicia en el S. XVIII, aunque la de mi abuela es del último cuarto del XIX, para comprar el excelente pescado gallego y exportarlo después de salado.

Casa en Sada, por -Merce-

Me vino a la memoria parte de lo vivido en ella durante mi niñez y adolescencia. Muertes de niños y adultos, mi madre hundida en una depresión, mi abuela siempre erguida, viuda en plena juventud, sin lamentarse por la emigración de tres hijos y la muerte de dos hijas en plena adolescencia, accidentes, más nacimientos que devolvieron la alegría a todos y el final de una época de escasez provocada por la Guerra Civil.
La voz de mi nieta llamándome para jugar con la arena me volvió a una realidad llena de claros.

Mª Antonia Goás Sánchez

Fotografía Casa en Sada, de -Merce-. Reproducida con permiso.

El libro invisible

Ella sabía a lo que venía. ¿Cómo robar pergaminos? poniéndole cerco al trigo o quizás disimulándolo. En un pliego de documentos sin copias del s.XIII residía la clave para encontrar un supuesto tesoro en una colina circundante. Entre las líneas de un infante Alfonso, futuro rey Alfonso X, recibiendo bajo su protección al monasterio de San Pelayo de Oviedo se custodiaba lo que otros llaman mapa del tesoro. Lo primero era entrar y lo logró bajo supuesta vocación cristiana presentándose a una beata en la hospedería del monasterio. Pronto cuajó una amistosa conversación. Luego llegó el arroz con leche a dos cucharillas que se quemó cuando tuvo acceso a la sala donde estaba el anhelado archivo. Allí escribían poemas a Cristo con una caja infantil: tijeras, lápiz, goma, regla y punzón. Pero la ya veterana madre Teresa hacia las cuatro de la tarde bailaba las llaves entre migas y ronquidos momento que aprovechaba la pirata para usar la maestra, abrir la vitrina y desgarrar lentamente a golpe de punzón las hojas que le eran prohibidas. Sustituía cada pergamino por un folio vacío amarillento del mismo peso, rugosidad y grosor.

Abbey of Loreto #9

Cuando una puerta se cierra una ventana se abre, y por allí decidió salir nuestra ladrona el último día para darle algo de emoción. Desde entonces nadie se ha dado cuenta que en la cuarta estantería del viejo archivo de la vieja comunidad de la Regla hay un libro invisible donde sólo quedan falsos pliegos en blanco dentro del tomo. Mientras a tierra movida huele en las cimas circundantes de la ciudad, Teresa se ríe. Los pliegos de su monasterio ciertamente señalaban la existencia de un tesoro nunca hallado, pero que se encontraba bajo el suelo de aquella silla antigua donde la veterana hacia las cuatro de la tarde bailaba las llaves entre migas y ronquidos, auténtica guardiana del tesoro del Señor.

Amadis de Gaula

Fotografía Abbey of Loreto #9, de Chiara Marra. Reproducida con permiso.

Obituario – La esquela

¡Ya lo sabía yo!, ¡vaya si lo sabía!, toda la vida sin contar con mi opinión, no lo iban a hacer ahora que estoy muerto, ¡hay que fastidiarse!, ¡ni siquiera han sido capaces de respetar mi última voluntad!

¿Qué yo no quería esquela en el periódico?, ¡pues ahí estoy!, en la página ochenta y ocho, justo debajo de un tal Don Marcelino y encima de Doña Amparo, con letras bien grandes, en negrita, ¡no sea que algún miope no pueda leer mi nombre con facilidad!

¡Joder con la esquela!, ¡qué viene con todos los extras!, con lo que me costó convencer a la parienta cuando quise poner el aire acondicionado en el coche.

Ahí está su cruz, bien hermosa, eso sí, discreta comparándola con la que me tocó sufrir a mi con esta familia, ¡y venga!, ¡no nos cortemos!, ¡a poner mi mote!, ¡el chicha!, ya veo disfrutar a toda esa panda de cabrones que solo leen las esquelas para descojonarse (uno de mis “deportes” favoritos, por cierto).

Resplandor entre las piedras, por 1k3r

¿Santos Sacramentos y Bendición Apostólica?, ¿me paso la vida defecando en toda la “corte celestial” y resulta que un apóstol me ha dado su bendición?, ¡Judas, seguro que ha sido Judas!

Su apenada esposa pone ahí, ¿apenada?, ¡hombre, claro!, ¡apenas puede contener la risa!, y en procesión aparecen hijos, hijas políticas, hermana, hermano político, nietos, sobrinos, primos y demás familia, ¡venga parentescos!, con lo fácil que hubiera sido poner cuadrilla de sanguijuelas o manada de ladillas, ¡qué estaban esperando como lobos a que estirara la pata para heredar!

¡Y todos ruegan una oración por mi alma!, rogar seguro que ruegan, pero no por mi alma, sino por que cuando el notario les llame les toque una buen pellizco, ¡panda de hipócritas!

¡Pero si voy a tener cristiana sepultura y todo! ¡Me cago en…! ¡Hostia!, ¿qué luz es esa?, ¿mamá, papá?, ¿qué hacéis ahí?

velasco

Fotografía Resplandor entre las piedras, de 1k3r. Reproducida con permiso.

Cartas al director

Una noche de verano

Anoche me fui pronto a la cama. Serían las doce la de noche, repito, para mí pronto. Con esta ola de calor, sudaba como un pollo y me estaba costando quedarme dormido y por supuesto con la ventana abierta. Cuando por fin lo consigo, olvidando del calor, en medio de la noche me sobresaltan unas voces. ¡Coño!, Me parece que por aquí hay alguien. Mi mujer no se enteraba ni del nodo. Con el corazón sobresaltado me armo de valor y abro un ojo. Juro que esperaba encontrarme con algún sudamericano o algún paisano del Este apuntándome con una pistola. Me quedé más tranquilo cuando ví que en la habitación no había nadie. Lógico vivo en un piso de urbanización cerrada, en un segundo piso con portero físico las veinticuatro horas y no en un chalet. Habrá sido una pesadilla. No. Las voces volvieron.

plaza

—“EeeeeeH, que te he dicho que traigas aquí eso”. ¡Joder!—. Aquello ya empezaba a mosquearme. Vuelvo a abrir el ojo y nadie en la habitación. Me toco el cuerpo y ladeo la cabeza. No estoy dormido ni estoy soñando. Además de abrir el ojo, pongo la oreja.

—”que lo traigas de una vez”—. Por fin caigo que va a ser en la calle, que tengo la ventana abierta. Las voces continúan. Miro el reloj las dos y media de la mañana y me pregunto ¿Se habrán dado cuenta estos que están dando veces a estas horas?. Evidentemente no. De repente llego un camión y para justo delante de mi ventana. Con el motor encendido, empieza a acelerar y darle al acelerador y más y más sin meter primera. ¡Me cago en todo lo que se menea!-

Me levanto de la cama encendido y me asomo por los escasos centímetro que deja la persiana bajada y los veo: los basureros. O como ponía en el camión, del servicio de limpieza del Ayuntamiento de Madrid. Y me pregunto si éstos han hecho oposición para ese trabajo, no lo sé.

Lo digo porque aunque hayan hecho o no oposición, digo yo que un mínimo de educación tendrán. Y si la tuvieran se habrían dado cuenta que son las dos y media de la mañana de un martes y están dando voces en la calle y haciendo ruido. Hay cosas que no se aprenden en los libros. Y lo peor es que en plena sequía, van y se ponen a regar las aceras y venga a darle agua. Pero en que país vivimos. Así se tiraron haciendo ruido hasta las tres de la mañana. Los vecinos tenemos que madrugar, pero a ellos les da igual hacen el ruido que les sale de los huevos.

No tengo nada en contra de esta profesión, pero sí de aquellos que no se dan cuenta que su turno es de noche, cuando el noventa por ciento de la población descansa, y este es entre otros motivos por el cual tiene en su nómina un plus de nocturnidad por el que cobran más que otros que trabajan de día. Digo yo que esto debería implicar unas mínimas nociones de educación y respeto hacia sus congéneres que descansan y si bien tienen que trabajar, que por lo menos traten de hacer el menor ruido posible.

Por cierto, no me quiero marchar sin contar la anécdota que me dejó en mi mente cuándo llegué a Madrid y vi por primera vez a los basureros. ¡Iban corriendo!. Cogían los contenedores y las bolsas de basura y las tiraban al camión que iba en marcha y sólo se detenía por obligación, es decir en los semáforos, a veces ni eso. Los basureros corrían detrás del camión incluso le adelantaban para llegar antes a los contenedores y tenerlos preparados. Yo pensaba que el conductor era un cabrón y les estaría haciendo alguna novatada. Cuando al día siguiente lo conté en el trabajo, ninguno se extrañó y lo más curioso fue la explicación. En Madrid van corriendo porque si en vez de terminar su itinerario en ocho horas, lo hacen en siete, antes se van a la cama. Más chulos que un ocho. Me dejó helado pero pensándolo bien tiene su lógica.

En fin espero que no se lo tomen a mal los muy dignos profesionales que trabajan en el sector, pero al menos señores respeten lo máximo las horas de descanso y por el amor de Dios…hablen bajito, que no hace falta dar voces.

Javier García Peramato

Fotografía plaza, de n1mh. Reproducida con permiso.

Anuncios por palabras

Vendo palabras amables, besos de amor lujuriosos, abrazos de amante oculta, sonrisas para hombres sosos; vendo cariño sobrante para aquellos que no tienen, y enseño a pintar caricias cuando blanquean las sienes; vendo ilusiones cumplidas, sueños de niños inocentes, soluciones a imposibles y calma a los impacientes.

Se venden versos de amores para los desencantados, lágrimas de cocodrilo para quien nunca ha llorado.

Se alquilan cajas de risa, miradas de complicidad, susurros a oídos sordos que no saben escuchar.

Compro sacos de alegría, metros de seguridad, locales de ira y rabia para encerrar la maldad.

Se subastan ilusiones, veamos quien puja más; todo se vende en la vida, incluso la falsedad.

anuncios por palabras

Se reforman pensamientos a aquellos que se sientan mal; la euforia es un sentimiento que aporta tranquilidad.

Se ofertan nobles propósitos, clases de sinceridad, hechos y buenos modales, silencio en la soledad.

Se enseña a pinta el aire, a ver la vida de rosa, a cabalgar en el viento, a conjugar verso y prosa.

Se regalan pensamientos inmorales o decentes, cada quien que los maneje como crea conveniente

Se oferta vergüenza y miedo, humildad, tedio y rencor, asco, confianza y deseo, soledad y desamor; todo en envase de vidrio para observar su interior, acreditado con firma por si hay reclamación.

Se vende casi de todo, se compra más y mejor, palabras y más palabras, frases llenas de valor, no se gastan con el roce, sujetas a tasación porque nos hacen sentir, muestran del ser su interior. Palabras plenas de letras que siempre al paso del tiempo, van perdiendo su valor… palabras que lleva el viento.

bolerodemayo

Eva

Eva, invidente, 34 años. Busco hombre formal, comprensivo, sincero, sin importar aspecto físico. Edad de 30 a 45 años. Abstenerse bromistas y malos rollos.

“No tiene mensajes nuevos”.

La voz aséptica del contestador repite la misma sentencia cada vez que Eva marca en el teclado especial el número de teléfono que su vieja amiga Lola le dio hace ya un año. A medida que pasa el tiempo, Eva encuentra en el tono de la desalmada voz un trasfondo de burla.

“Tonterías, es una máquina”, piensa.

Telefono Rojo, por horrabics

Los primeros meses después de grabar su anuncio Eva consultaba diariamente su buzón de mensajes, con la esperanza de un corazón inocente y enamoradizo. Sin embargo, la última noticia que se puede dar al respecto es que hace mucho tiempo que el mundo perdió la inocencia.

Cada día, la realidad devoraba un buen trozo de esperanza: “no tiene mensajes nuevos”.

Un día, una voz grave de cuarenta y dos abriles solicitó una cita “a ciegas” en el parque principal de la ciudad, junto al estanque seco. Eva no vio la ironía en las palabras.

La tarde fue como un siglo a la sombra de las acacias. Los plantones, a oscuras, son terribles.

No hubo mensajes nuevos. Y no los hay ahora, a pesar de la coletilla “abstenerse bromistas” que Eva añadió al anuncio, tras la experiencia. Porque la pobre niña no entiende que un anuncio de una página de contactos sin las palabras “follar”, “esporádico” y “sin compromiso”, tiene las citas contadas.

Eva piensa, imagina, un noviazgo ideal, luminoso, con un hombre bueno que le alaba el azul
vivo de sus ojos. Eva espera, espera. Y consulta el buzón cada mes.

rubazquez

Fotografía Telefono Rojo, de horrabics. Reproducida con permiso.

Obituario – Ángel Gutiérrez Martínez

Ángel Gutiérrez Martínez falleció el 23 de marzo de 2008 en el Hospital del Oriente (Arriondas) a los 80 años. “Se ha ido pronto”, piensa su esposa, Carmen, pero, ¿quién iba a decir a Ángel que entraría en el s. XXI? Eran tiempos muy duros. Su hermano mayor combatió (sin convencimiento, pues nunca creyó en la política, y menos en el fascismo) en la Guerra Civil al lado de los nacionales. Ángel se sabía aquellas historias de memoria, como si las balas hubiesen atravesado su pecho. Viego –su aldea, en Ponga– es testigo de la sangre que manaba de aquel cuerpo. Carmen y él tuvieron nada más y nada menos que 12 hijos. Uno de ellos murió en el parto. ¡Qué tiempos aquéllos! Arrodillados, todos los domingos, en la Iglesia de Santa María de Viego. Los campesinos, como Ángel, no sabían si echar un trozo de la carne de sus hijos en el caldo para que fuese más alimenticio. Pero el cura insistía. Aún así, resistieron a la tentación. Con esfuerzo, tesón y sacrificio. La siega de la hierba, la malla del trigo, las patatas, el ganado… ¡Cuántas labores, Dios mío! Y siempre unidos.

AngelGutierrezMartinez

Incluso dormían en la misma habitación. ¿Para qué arriesgarse a perder la carne que fundó uno mismo? Carmen llora. Sus hijos pululan por el caserío. Yo no tuve la suerte de conocerlo, es cierto. Pero la generación de mi abuelo ha sufrido tanto que merece unas palabras, más allá de esa esquela impresa en La Nueva España. Lejos del cura que aceptaba detalles sin importancia. Muy lejos del atroz sinsentido de la guerra y de la eterna dictadura. Siempre cerca de los tuyos, que hoy han aprendido a recordar. En el Cielo. Sin tierras y sin curas. Porque tú, querido, eres un ángel.

Pardal

La exposición

Lucas se refugió contra la mesa de mantel blanco situada en el rincón dispuesto a servirse el enésimo cóctel de la noche, mientras los asistentes deambulaban por el local, unos profiriendo poco menos que exclamaciones de admiración ante las supuestas obras de arte que allí se exhibían, otros fingiendo que escuchaban las sesudas explicaciones de los pelmazos de turno y todos —a excepción de estos últimos, que bastante tenían con deleitarse en el sonido de su propia voz— mirando de reojo cuándo salía la próxima bandeja de canapés. Era la sexta vez que exponía en los últimos meses en una galería de la capital, y además en esta ocasión lo hacía en una de las más afamadas, tras años de ferviente actividad creadora en los que sin embargo no había pasado de pequeñas salas y alguna breve reseña en periódicos de provincias.

Summer Camp / Summer Lab Gijón 8/2008, por Flavio Escribano, en Flickr

Pero eso fue hasta que, hastiado de contemplar cómo auténticos peleles triunfaban en los mentideros con bodrios indignos, decidió permitirse una última venganza antes de arrojar la toalla definitivamente: le habían encargado media docena de trabajos para una exposición colectiva de «jóvenes creadores» —¡cómo odiaba esa expresión!— y, cansado de tanta mediocridad reinante, lejos de seleccionar sus mejores obras se lanzó a pergeñar una serie de engendros que estuvieran lo más alejados posible no sólo de lo que él entendía como arte, sino incluso del más elemental sentido de la estética y el buen gusto. «¿No queríais taza? Pues tomad taza y media», se decía, satisfecho con su idea de mandarlo todo y a todos a la mierda. En apenas dos semanas tenía lista lo que él llamaba su particular colección de los horrores.

Para su sorpresa, aquello no sólo no supuso el fin de su carrera apenas empezada, sino que cosechó grandes elogios («artista de vanguardia», «su arte transgrede y golpea al espectador con solvencia» y otras sandeces por el estilo) por parte de uno de los críticos más pedantes y reputados del momento. A aquella crítica le siguieron otras muchas, y sus obras comenzaron a cotizarse en el mercado a unos precios que no habría soñado meses atrás. No le resultó difícil seguir el juego y continuar con la farsa, elaborando obras como churros, cada vez peores, dando una vuelta de tuerca más con cada nueva exposición que le solicitaban («alguien deberá darse cuenta de la burla en algún momento», pensaba, «la cosa no puede estar tan mal»). Pero nadie parecía capaz de percatarse de la desnudez del nuevo emperador, por más que él se empeñara en proclamarlo a gritos. Su fama, y con ello, por primera vez en su vida, su cuenta bancaria, crecían al mismo ritmo que el mal gusto que impregnaba su obra (ya se había hecho un experto en ello), y era uno de los nombres que más sonaban en el mundillo. Incluso acababa de recibir dos días antes una llamada de los responsables de ARCO para contar con él en la edición del próximo año como artista invitado, ocupando un stand de preferencia.

César Acebal

Fotografía Summer Camp / Summer Lab Gijón 8/2008, de Flavio Escribano. Reproducida con permiso.