El deber cumplido

Agustín se afeitaba con cuidado, la espuma cubría su cara y la cuchilla sonaba al cortar la barba: ras-ras-ras. Se estiraba la piel con los dedos y pasaba y repasaba cutis el con la navaja, ras-ras-ras, –¡huy!–se había hecho un pequeño corte en la comisura del labio y comenzó a sangrar. Tomó un trozo de papel higiénico y lo aplico en la herida. El papel quedó adherido al corte y se empapó inmediatamente en sangre.

Abrió el grifo del lavabo y se aclaró con agua fría; con cuidado despegó el papel de su labio y se seco con suavidad. Volvió a ponerse otro trocito de papel en la pequeña herida y comenzó a peinarse con sumo cuidado.

Se alejó del espejo y se pasaba la mano por el pelo, retocaba con los dedos el cabello perfectamente peinado. Se miraba con deleite y sonreía al espejo. Era un hombre satisfecho y seguro. Cada movimiento afianzaba aún más su autocomplacencia. Sólo faltaba el aplauso.

De la estantería tomó una pequeña botella de agua oxigenada y un trozo de algodón, Se echó el medicamento sobre la herida y con mucho cuidado dio pequeños golpecillos con el algodón hasta que el papel se separó de la piel. Ya no sangraba y la herida apenas se notaba. Tiró el papelillo y el algodón a la papelera y colocó el agua en la estantería. Volvió a mirarse , tomó una loción de la repisa y se masajeó la cara. Cada vez más satisfecho salió del cuarto de baño y entró a su habitación. Cogió una camisa del armario y con calma se la puso y abrochó.

Ahora comenzaba la lucha cotidiana: –¿Corbata o fular?–murmuraba enojado.

–¡Todos los días lo mismo, a ver cuándo dejo de pensar qué me pongo en el maldito cuello! ¡Me cago en diez, que cada vez que hay trabajo tiene que venirme la duda! La corbata, jo la corbata, me gusta pero, leche, aprieta mucho y me siento ahogado y al mediodía me asfixia. Ya debería estar acostumbrado. Años y años haciendo esto y no hay manera. Gracias que no es obligatoria pero, para ser franco, es mucho más seria y elegante. Sí, da prestancia y seriedad, pero es incómoda, muy incómoda.

Sin embargo el fular es mucho más cómodo y vistoso; parezco un señor cuando me lo pongo y las mujeres se fijan en mí. No me agobia, me da más libertad, más sensación de estar vivo. Y si me lo pongo a la vez del blazer azul me queda de muerte.

Tras un par de minutos se decidió por un fular de seda, adamascado. Del galán de noche tomó la americana y la revisó cuidadosamente. Con un movimiento instintivo de sus dedos sacudió ligeramente una solapa, ¡Dichoso polvo!, volvió a farfullar, y se puso ceremoniosamente la chaqueta.

Cerró con llave la puerta de la casa y esperó, impaciente, el ascensor que, renqueante, fue parando en su planta.

—Buenos días, doña Rosa, usted siempre tan madrugadora y tan elegante.

—Buenas, D. Alberto, no sea tan zalamero que un día me lo voy a creer…

—Ya veo que sigue con su costumbre de ser la primera en llegar al mercado.

—¡Huy!, si no se llega pronto se acaba todo el género y no queda más que bazofia.

Y salió a toda prisa encantada de haber dicho su palabra favorita.

Ya en la calle percibió el frescor de la mañana y respiró hondamente la refrescante brisa.

—Dios, que bien sienta este tiempo. El jodio invierno ya es muy duro.

Y continuó su marcha hasta el bar Las Sombras.

—Buenos días, Víctor. Ponme un café.

—Buenos días, don Alberto. Ahora mismo, ¿quiere unos churros?

—Sí, una ración que tengo trabajo a primera hora y si no tomo algo me siento mal a media mañana.

Ojeó un periódico que había sobre el mostrador y miró la combinación de la lotería.

—Joder, nunca me toca nada.

Y comenzó a tomar el café.

—Hasta luego, Víctor. A las tres vengo a comer.

—Que tenga un buen día, don Alberto.

Al llegar a la esquina se detuvo en el kiosco y ojeó unas revistas.

—Coño, Alberto, a ver cuando compras una y dejas de sobarlas

—Anda, Manolo, deja de quejarte que te cierro el chiringo.

—No, si encima tengo que callarme. Ya verás como llega un día en que esto cambie te toque pagar todo.

—Ya sé que esto cambiará pero yo siempre estaré y los tipos como tú seguiréis calladitos, como hasta ahora.

Continuó su marcha y al poco tiempo llamó a una puerta metálica, la empujó y desapareció de la vista de todo el mundo.

–Qué tal, Alberto, hace tiempo que no te veía.

–Ya ve, Don Damián, aquí otra vez. Vaya día tan bueno que hace hoy.

–Sí, así da gusto trabajar. En invierno es molesto pero en primavera parece que hasta se alegra uno.

—Bueno, de todas maneras hay que hacer el trabajo y, haga el tiempo que haga, no queda otro remedio.

—Sí, hombre, vas a decirme tú que en febrero con las heladas trabajas con la misma alegría que ahora. ¡Venga, tú estás chalado!

—A mi me da igual, mientras haya trabajo hay dinero y es lo único que hay que mirar.

—Hala, vamos a la sala que si no se nos va a hacer muy tarde y hoy quiero salir pronto para acompañar a mi señora a comprar unas cosas.

—Cachis, ya me gustaría ser jefe. Usted, don Damián, hace lo que quiere. ¡No hay vez que yo venga aquí que usted no me meta prisa porque tiene que salir pronto! Claro que así me sale la faena, siempre hay problemas y tengo que trabajar el doble.

—Coño, Albertín, siempre andas rezongando y al final haces lo que hay que hacer. Miras que eres pelma. Vamos para allá y acabemos de una vez.

Atravesaron varias puertas y al final de un largo y estrecho pasillo accedieron a una amplia sala estancia. La dependencia era amplia y adosado a una pared había un estrado al que se accedía por una escalera, de seis o siete peldaños, desde la sala o a través de una puerta que daba directamente al cadalso.

Subieron por las escaleras con paso ágil, cuando llegaron al estrado Don Damián continuaba charlando acerca de la prisa que tenía en acabar la faena y Albertín asentía con exagerados modos serviles.

Albertín se tocaba el fular, mostrando complacencia al palpar la suavidad de la seda cuando se abrió la puerta y entraron varios guardias acompañando a seis hombres maniatados. Los guardias empujaban a los reos, pues parecía no iban de buena gana.

Don Damián, muy solemne él, comenzó a leer un papel que llevaba en la mano y cada vez que mencionaba un nombre los guardias daban un culatazo a uno de los reos y éste daba un paso adelante. En este momento Albertín colocaba una soga al cuello del reo sin despegar su vista de los ojos del condenado. El verdugo sonreía cuando don Albertín decía el nombre del condenado y a continuación añadía “… y además los bienes del criminal serán repartidos entre el Estado y el verdugo, que recibirá la mitad de las propiedades muebles e inmuebles como pago a su labor en pro de la paz y el bienestar del pueblo.”

Así fueron colocados uno a uno y leídas sus sentencias. Don Damián animaba a Albertín para que acelerara la ceremonia y éste mirando a los maniatados sonreía burlonamente. Tiró de una palanca y los seis desaparecieron de la vista. Albertín sonreía y apretaba la soga y con un movimiento instintivo de sus dedos sacudió ligeramente el nudo del esparto.

El ejecutor bajó la escalera y con un estetoscopio comprobó que si todos habían dejado este mundo.

—¡Manolo, Manolo, gritó.

—Dime, Albertín, ¿qué pasa?

—¡Anda baja, que el tercero no está!

—El guardia llegó junto al moribundo y agarrándole por los hombros tiró con fuerza hacia abajo.

Sonó un crujido y el guardia gritó:

—Este ya no jode más. Y se echó a reír a la vez que le daba una palmada en la espalda al verdugo.

Alberto se lavó las manos en un fregadero que había bajo la escalera y mientras se secaba gritó:

—Don Damián ¿Le apetece tomar una cerveza antes de ir con su señora?

A las tres Albertín llegó al bar Las Sombras.

—Hola, Víctor. Hoy dame la carta, estoy de buen humor y tengo mucho apetito.

La comida no me sentó bien , había creído sentir sobre la boca el vientre viscoso y frío de un sapo..

Y un día se puso el sol

Que no se ponga el sol sobre tu enojo. Este fue el consejo que me dio mi mejor amiga poco antes de que yo, voluntariamente, declarase mi amor frente a un altar y ante una veintena de oídos deseosos de escuchar esas declaraciones de mis labios, hasta entonces dubitativos. Pedro se lo merecía. Él siempre me había parecido sencillo, tratable y fácil de guiar hacia el puerto seguro que yo había construido y hacia el cual le conducía sin que se diese cuenta. Me equivoqué. Su temperamento histriónico e incontrolable, convertía nuestra convivencia en algo perfectamente sórdido. Yo sólo me limité a seguir las indicaciones de Sara y nunca dejé que él se fuera a dormir con un malestar en su corazón. Nunca importaba lo que sintiese el mío. Podíamos discutir durante horas; a veces no nos hablábamos en todo el día, pero al llegar el crepúsculo, empezaba a crecer en mi el deseo imperioso de solucionar el problema, y era capaz de llegar hasta la propia humillación a cambio de que de nuevo reinase la paz, antes de que la noche deformase las imágenes nítidas del día. Y funcionaba. Durante años conseguí cerrar los ojos y dormir tranquila escuchando la respiración igualmente pausada del hombre elegido para vivir muriendo conmigo. Sin embargo, el martes veintinueve de septiembre, la discusión sobre…no sé, no lo recuerdo, me mantuvo en tensión todo el día y mi cansancio llegó a tal límite que no tenía fuerzas para seguir el consejo de mi amiga y procurar que no se pusiese el sol sobre mi enojo. Llegó la noche y no pedí perdón por algo de lo que no me sentía culpable, como antes había hecho tantas veces. No pude dormir porque mi paz se había perdido, y al llegar el día, el silencio en el desayuno se hizo irrespirable. Mi querida lavadora y su estruendoso centrifugado, anuló cualquier posible atisbo de lenguaje. Se lo agradecí, porque en ese mismo momento de ruido ensordecedor, decidí no vivir con mi “hipócrita perfección” y respiré en una sola bocanada el aire cálido y húmedo de la mañana. Por fin Me sentí libre de una sensación angustiosa porque durante todos estos años de falsas apariencias, había creído sentir sobre la boca el vientre frío y viscoso de un sapo

Arrugas

María observa por la ventana un día nublado que no levanta cabeza. A través del cristal puede vislumbrar un solitario banco, puro hierro y madera al que con el frío otoñal no visita ni el olvido.

Ella vive con su gato, una grata compañía que no discute y no objeta, en una casa que acoge el caminar tranquilo de los días, que no se alteran y no vacilan. Pero antes muchas personas pasaron por su vida. Algunas de agradable recuerdo, otros de olvidable memoria, pero siempre con sello personal.

María ya no colecciona ilusiones que romper al pasar los años. Sabe que cada arruga es una victoria, una batalla ganada a la vida, y traspasa décadas con orgullo, consciente de todo lo que lleva detrás, lo vivido a la espalda. Soltera oficial, amante de todos los que pudieron; carnes desgastadas y labios que han besado más que han amado, es una veterana en eso del vivir. Ya no queda nada de los hombres que se fueron para no volver jamás, que en su renqueante memoria la recuerdan como una mujer de caderas pronunciadas y mirada incandescente.

Hay colillas de cigarrillos en el cenicero y un libro de Jesús Torbado en la mesita. Las botellas de las fiestas ya se secaron y dieron paso al silencio, enorme y abrumador, que invade ahora las noches.

Para los surcos de su piel siempre es otoño, de hojas caídas que cubren su rostro, de ramas secas que son sus venas. Llueve en su ventana y el viento sopla trayendo el sonido del pasado, y cada brizna de aire es una lección, una experiencia, oyendo ecos de voces, de conocidos que ya pasaron a mejor vida sin hacer parada en la antesala; ojos fijos en fotografías que habitan en álbumes que hace mucho que no son abiertos, por miedo a que la punzada de la melancolía agrede su plácida existencia rodeada de paz, tal vez por temor a lo que esconden.

En María el tiempo forjó serenidad, no tiene prisa nunca, camina despacio, habla y mira sosegada, se mueve con displicencia entre las paredes ocres que encierran a la mujer con una existencia entera encima.

No se deja llevar por el desamparo y sin embargo, deja siempre hueco para la dignidad.

Y en contra de lo que esperaba, no duelen esas cosas que no se hicieron, ni las vidas que pudieron ser algo al lado de la suya, tampoco las palabras que ya no serán dichas nunca. Porque la fiesta ya está en ese punto de desgana donde solo deseas llegar a casa. Ya has bailado y bebido lo suficiente, has hablado con muchas personas, el humo te ciega los ojos y no hay nada ya que ofrecer.

Es como mirar la vida desde un púlpito, del de aquellos que han andado demasiado, han estado en muchos sitios y han vivido en exceso; de los que no piensan en todos los sueños para los que ya son demasiado tarde, aunque en las madrugadas más gélidas creía verlos entre las sombras, acechando su estabilidad con un olor nauseabundo, y había creído sentir sobre la boca el vientre viscoso y frío de un sapo.

Siempre paso desapercibida

Siempre paso desapercibida.
Una partícula diminuta
en un rincón de la estancia.
Una imagen borrosa
en el camino de cualquier mirada,
en la que no se detiene nadie
una segunda vez.
Algo así como una causa de tropiezo,
por lo inesperada.

Pero… cuando me voy
¡que sensación de vacío te dejo!

Mi mamá me quiere, por eso juega conmigo

gatos

Los gatos son mis animales preferidos, y aún más desde que nacen en casa y puedo percibir la inteligencia y sensibilidad que poseen. Las mamás-gatas les enseñan a protegerse del posible enemigo y los pequeñines siempre les piden permiso para alejarse un poco. Casi nunca lo obtienen, pero como sucede con los humanos, les da lo mismo, y se van a jugar con objetos insospechados, mientras la mamá-gata protesta vocalmente hasta que su voz se torna afónica y enfadada va a cogerlos por el cuello para devolverlos inmediatamente al nido. Y es que ser madre es muy duro.

Demasiado tarde

Con los ojos puestos en el cielo raso de su habitación, ella piensa que es demasiado tarde para llamar a su madre. Cómo se había olvidado de llamarla, si dos días antes su hermana le había mandado un mail, recordándole que “quizás eran sus últimas navidades”. Los ojos se detienen en una mancha de humedad en la pared, mientras recuerda haber sonreído al leer la dramática frase, siempre tan melodramática su hermanita. Mamá era inmortal, como seguro lo era esa mancha en el cielo raso de su habitación. De nada había servido que la cubrieran de pintura, siempre aparecía, cada vez más grande como si quisiera mortificarla y ahora es lo único que puede ver desde esa posición. Es muy tarde para llamar al vecino de arriba y decirle que hay una mancha de humedad, que la humedad la está matando, que cualquier día de estos el techo se le puede venir encima.

Siente frío. Lo siente sobre todo en los pies que es lo primero en enfriarse, seguramente, se dice. Todo ha terminado y es tan horrible estar sola en su cuarto. Arriba se escuchan voces, pasos, copas que entrechocan, risas, un olor a pavo recién horneado acaba de colarse por la ventana, es Navidad, si gritara ahora no pasaría nada. Como tampoco extrañarán en casa de su madre que no llame, pues es fundamentalmente egoísta. Si la recuerda ahora, es porque le parece horrible imaginar su propio cadáver descompuesto. Seguramente cuando la peste les de asco, los vecinos tocarán su puerta. Si hubiera sido una buena vecina, al menos tendría la esperanza que llamarán a su puerta para saludarla por “Nochebuena”, pero ni siquiera sabe sus nombres, sólo conoce sus pasos subiendo o bajando, como si fueran fantasmas, ellos y ese edificio que ha elegido para vivir. Siempre le interesaron las cosas viejas, y ese edificio es antiguo, casi una ruina, por eso cuando vio el cartel de: “se vende” colgando de un balcón, no dudó en comprar el departamento, con fantasmas y todo. Jugarretas del destino, si no se hubiera mudado, si no hubiera visto el cartel, no estaría muriéndose.

El frío comienza a subir, lenta e imperceptiblemente adueñándose de su cuerpo, de su mente. Así debe ser, piensa. Mira por el rabillo del ojo, es lo único que puede mover, a unos metros está el teléfono, sobre la mesita de noche, de la mesa sólo puede ver las patas, del teléfono recuerda el color, pero no los números que tiene en la agenda. Nunca ha tenido una ocasión especial para recordarlos y por eso no tiene ninguna esperanza que la llamen esa noche. No le duele nada, lo que tal vez también es normal en esos casos, es irónico que justo ahora, ni el dolor la acompañe. Intenta acompañar ese pensamiento con una sonrisa, pero ya los músculos del rostro no responden. Es demasiado tarde, incluso para una sonrisa o para una lágrima que podría ahogarla más rápidamente que la humedad que ha hecho crecer un musgo verdoso en las esquinas de las paredes de su cuarto y ha terminado por matar sus asmáticos pulmones. Una oscuridad insoportable pareciera querer atraparla, trata de abrir los ojos más grandes, se asfixia, no puede hacer nada, busca inútilmente un pensamiento de amor, algo digno antes de morir, pero sólo había creído sentir sobre la boca el vientre viscoso y frío de un sapo.