El tiempo entre costuras

María Dueñas, 2009. Ediciones Temas de Hoy (Editorial Planeta). 638 páginas, 22€.

Me acerqué a “El tiempo entre costuras” con la curiosidad que te ofrecen los libros que hablan de esa “época”, de nuestra Guerra Civil, de la implacable posguerra. Me preguntaba si me encontraría ante una Celia, escapando sola de la Revolución y buscando, también sola, a sus hermanas por toda España, todo ello con la prosa limpia y pura, plagada de la incertidumbre de puntos suspensivos, que aportó a la literatura española Elena Fortún.

Pues bien: son radicalmente diferentes. Y quizás en eso consista su atractivo. Con una prosa muy particular, llena de figuras y metáforas, con algo de soniquete madrileño y bastante gracia española, María Dueñas nos relata la  historia de Sira, una joven hija de modista que ve cómo su destino cambia gracias a una máquina de escribir (aunque esto en realidad es un recurso de la autora para otorgar un inicio atrayente a la novela, ya que lo que tuerce el destino no sólo de Sira, sino de los cien personajes que la habitan, es la Guerra Civil con todas sus consecuencias).

Así, Sira se convierte en una joven aguerrida al sufrir un revés amoroso en un país extranjero, Tánger, justo cuando estallaba la Guerra. Es por esto que “El tiempo entre costuras” no es un relato de guerra (la protagonista está fuera al vivir un exilio medio impuesto) sino una historia de superación personal y de aventuras. Es una novela exótica. Sira aprovecha sus conocimientos de hija de modista y su rabia de mujer engañada para crear un taller de alta costura que la irá poniendo en contacto con importantes personajes dentro del mundo de la Diplomacia y la Política, lo que supondrá su ascenso social e inmersión en una historia de espionaje, de justicia, de moda, y por supuesto, de muchas relaciones amorosas, románticas y evasivas.

Recuerda un poco a “El largo adiós” de Rosamunde Pilcher, aunque la autora escocesa tuvo el acierto de dejar reposar una novela tan larga en varios personajes, mientras que “El tiempo entre costuras” está íntegramente contada por Sira y quizás sea eso lo que acabe cansando un poco.

No se trata de una novela realista, o al menos el conjunto de la trama no lo es, aunque sí posee cuadros o semblanzas muy exactos (la vida de los emigrantes españoles en Tetuán; la vuelta de los exiliados a la posguerra española; los pasajes dedicados a la costura y la moda) que contrastan con los impostados diálogos, más cinematográficos que realistas o literarios. Pero insisto en que eso no echa a perder la valoración global de una novela original en el panorama narrativo actual, quizás por asemejarse más, tanto por el estilo de escritura como por la estructura, a esas novelas de heroínas casuales que sufren mil avatares en un contexto histórico real antes de encontrar un final justo y lo suficientemente feliz para satisfacer al lector, que en este caso han sido muchísimos, convirtiendo a “El tiempo entre costuras” en la sorpresa literaria española del momento.

La ternura de los lobos

Título Original: The tenderness of Wolves, Stef Penney, 2006. Traducción: Ana María de la Fuente. Editorial: Salamandra. 444 páginas, 21€.

Margaret Atwood dice que la geografía del autor condiciona su escritura. Probablemente sea cierto y más importante de lo que creemos. A su vez, la geografía interna de un libro, el paisaje geográfico en el que se enmarca, condiciona la psicología de los personajes y el devenir de la narración. Así como en el cine una u otra luz, un vestuario o una forma de hablar traen su propio significado, en la literatura el dónde se desarrolle una trama no será casual y acarreará su propia historia.

“La ternura de los lobos” se desarrolla en el norte de Canadá, en Invierno y en el siglo XIX. Comienza con un asesinato, descubierto por una mujer, y la inmediata desaparición del hijo adolescente  de ésta, considerándosele el principal sospechoso. Se inicia, entonces, una búsqueda (la del chico, la del asesino), una averiguación (el misterio del asesinato: ¿quién?, ¿por qué?), y una trama detectivesca e intrigante, cuanto más que el siglo pasado nos permite varias licencias, al no existir análisis ni rigores científicos ni justicia policial burocrática. Nos encontramos ante una mezcla de Sherlock Holmes con Jack London, interpretado por una mujer, y con la novedad actual de varias voces narradoras superpuestas.

Poco a poco comienzan a aparecer más personajes con sus propias biografías. La trama se enreda aún más, pues todos guardan relación con el misterio, y los secretos de unos y otros atrapan nuestra atención pero sobre todo nuestra compasión, porque los personajes son humanos y nuestro interés va más allá que la resolución del misterio. Es más, la resolución del misterio será una excusa para hablar de la soledad del Hombre.

El hombre y la tundra nevada, la soledad y el paisaje inhóspito. Todos confluyendo en uno.

Y es una novela vertiginosa en la acción, y se trata de un libro rápido. Hay pequeñas historias y misterios que van apareciendo y luego entretejen y completan la trama principal, y acompañan a las dos historias de amor que atraviesan el libro. Dos historias de amor imposible. Dos historias a las que se les reserva el final más trágico de todos.

Primera novela de Steff Penney, asombra la capacidad de su lenguaje, adecuado para el siglo pasado y sencillo como el que utilizan los indios de los que habla. Conmueve su conocimiento del alma humana, de la psicología del hombre, de sus mezquindades y miedos. Pero sobre todo fascina la creación de un personaje femenino único, la señora Ross, valiente no sólo en sus acciones (se va con un hombre que no es su marido, sola, a buscar a un hijo que admite que no la quiere, atravesando la nieve a pie, durante días y kilómetros) sino también en su mente, capaz de confesar ante el lector y ante ella misma sus debilidades, sus locuras, sus diferencias respecto a todo el mundo. Su más terrible soledad.

Ganadora del Costa Book of the Year Award, éxito de ventas rotundo, debut cautivador, es “La ternura de los lobos” una obra valiente, fascinante, y a la que recibimos con gratitud.

El agua está espléndida

Título Original: The water’s lovely, Ruth Rendell, 2010. Traducción: Montse Batista. Ediciones Plata. 318 páginas, 21€.

Ruth Rendell es conocida como escritora de misterio, no en vano tiene la daga a la mejor escritora autora de tal género. Su producción se podría dividir en dos clases de novelas: las que tienen como protagonista al Inspector Wexford (y se sigue la historia a través de él y por tanto pertenecen al género policíaco), y las otras, en las que existen crímenes o al menos conductas delictivas, pero se presencia desde otra perspectiva. Aún así, delimitarla como escritora de intriga es innecesario y cruel. Es prolífica, casi a una novela al año, y cada 3 ó 4 nos regala una obra maestra, un telar de psicología y relaciones humanas, una perfección de comportamientos y de argumento.

En sus obras no hay nada al azar. Los detalles, las descripciones, los paisajes y escenarios en los que se desarrolla el argumento, incluso la elección de ciudades, existe por algún motivo. Son novelas de perfecta ingeniería, maquinaria engrasada, dispuesta.

Su prosa destaca en las descripciones, detalladas sin ser aburridas (difícil tarea, por cierto), y los diálogos tienen el difícil encanto de ser educados, poco soeces, pero creíbles. Es un estilo cínico, en el que el conocimiento del alma humana es lo más importante de la obra, puesto que Ruth Rendell no da nunca un paso en falso. La coherencia de la trama irá siempre por delante, jamás se subarrenda al resto. No hay decepción, no hay trampa. Sí un poco de tristeza ante la maldad del ser humano, ante la poca fe que nos demostramos a nosotros mismos, ante la bajeza y mezquindad. El mundo se porta mal y la novelista lo refleja.

Su más reciente novela pertenece a la segunda clasificación de sus libros. Ismay y Heather son dos jóvenes hermanas que han vivido toda su vida guardando el secreto de algo terrible que cometió Heather a los 12 años. Ahora que ambas comienzan una vida adulta con parejas amorosas, Ismay se debate entre la prudencia de hablarlo con la de Heather, o ser leal a su hermana y seguir ocultando algo que puede traer consecuencias terroríficas.

Dice la Wikipedia que es característica de su técnica literaria el uso del intertexto, esto es, que utiliza clásicos para crear, a partir de ellos, nuevos argumentos (se puede apreciar Crimen y Castigo en “Carne Trémula”, o Las alas de la paloma en “La casa de las escaleras”). Siguiendo en esta línea, yo aconsejaría releer “Tess of the d’Urbervilles”, de Hardy, para mejor apreciar esta agua que la escritora nos advierte de que está espléndida.

Una educación

Título Original: An education, 2009. Dirección: Lone Scherfig. Guión: Nick Hornby. Intérpretes: Carey Mulligan, Peter Sarsgaard, Alfred Molina, Olivia Williams, Rosamunde Pike, Dominic Cooper, Emma Thompson.

“Una educación” tiene en común con “Seven”, de David Fincher, algo tan aparentemente inocuo como los títulos de crédito. Si existen directores que le otorgan a esta parte de la película una importancia minúscula, como Woody Allen, hay otros que gustan de contener la historia del film, hacer un resumen. Así, dos películas tan aparentemente alejadas como son las dos de las que hablo, están unidas en un arranque abrumador. “Una educación” contrasta, en un par de minutos, la vida de las féminas estudiantes en los años 60, la cara de aburrida de la protagonista y las posibilidades que habría en el mundo, todo ello inmerso en una música atrevida y potente.

La historia es sencilla: Jenny, en el último año de escuela antes de comenzar la universidad, es una alumna brillante, no sólo por sus notas, sino también por su curiosidad y originalidad. En ese año clave que supone a los estudiantes el elegir el futuro, ella, encerrada entre cuatro paredes por las horas de estudio, conoce a una persona que le hace vislumbrar otra vida, también llena de cultura y estímulos, pero al alcance de la mano, sin tener que pasar por las interminables horas de traducción en latín. Lo que Jenny ve es, en fin, la posibilidad de “otra educación”.

Lo más llamativo de la película es el personaje de Jenny. Chicas como ella (inteligentes, brillantes, divertidas, con ese punto de originalidad y picardía que sólo da la adolescencia) no son lo más abundante, pero existen. Contrasta con la “vulgaridad” de sus compañeras, y la actriz, Carey Mulligan, ha sabido dotar al personaje de ese encanto especial. Jenny muy bien podría haber caído en el otro lado, el de la niña repipi o sabihonda, con una sabiduría impostada (como la “Juno” de Reitman), pero el encanto de la actriz salva al personaje, dotándola de veracidad, ardor y simpatía. El espectador siempre se pone de su lado.

Quizás el guión de Nick Hornby haya tenido algo que ver. Los protagonistas del film no se limitan a ser planos, prototipos, o simplemente comparsas del encuentro y posterior historia que se produce entre Jenny y Britt, sino que consiguen ser reales, tienen vida anterior y posterior a su momento en pantalla. La profesora de literatura (se podría establecer un género con las películas dedicadas a los maestros de esa asignatura), interpretada por Olivia Williams, viene a ser el punto de inflexión, la catarsis de Jenny, el “podría ser”. La sabiduría independiente.

Y sin embargo… sin embargo sorprende que el final se diluya un poco. El protagonista masculino desaparece, y no sólo figuradamente, perdiendo fuerza y brillo la coherencia del personaje (gran Peter Sarsgaard). Los acontecimientos, desde que Jenny hace un terrible descubrimiento, se precipitan y atropellan, solapándose unos con otros, dejándonos unos últimos minutos de metraje algo extraños. Es una pena que se rompiera el “tempo” de una película, por lo demás, tan equilibrada.

Todo por una chica

Título Original: For a girl. Nick Hornby, 2009. Traducción: Jesús Zulaika. Editorial Anagrama. 304 páginas, 18,50€.

Nick Hornby lleva tantas historias con la voz del treinteañero perpetuamente adolescente, que nos cuesta percatarnos que esta vez estamos ante un adolescente de verdad. Sin diferir mucho de sus personajes habituales, e incluso con mayor sentido de la responsabilidad, el protagonista, Sam, nos relata las tribulaciones en las que se ve metido por un sencillísimo error, y todas las consecuencias que tal error acarrea.

El estilo del autor, siempre humorístico, resta seriedad a una novela que posee las características de un drama social: adolescentes embarazadas; diferencias sociales; padres divorciados; injusticias y desarraigos. Hornby le quita hierro al asunto y escribe un libro realista sin dejarse llevar por la tristeza. Con un recurso mágico (y es la primera vez que el escritor utiliza algo del mundo maravilloso en sus novelas; quizás se permita la licencia por englobarse ésta en el género juvenil) bastante original, el autor quiere enseñarle a Sam la máxima del “todo pasa”, muy importante para un adolescente, a quien un curso escolar se le asemeja toda una vida.

Debido a la edad del protagonista echamos en falta el cinismo habitual del escritor, pudiendo parecernos, en una primera lectura, que su escritura se ha vuelto algo más blanda o almibarada, aunque no es así. Hornby relata cosas muy duras, y desde una perspectiva más inocente, pero sobre todo más desigual (puesto que un joven no tiene tanta capacidad de maniobra como un adulto), y el lector asiste a auténticas peleas verbales en las que Sam se nos presenta como otra víctima más que repite (y paga) los errores adultos.

Poco convencional en el planteamiento, se echa en falta algo de estructura en el texto. Cierto que Nick Honrby no parece nunca moverse en un registro habitual de presentación-nudo-desenlace, pero la sucesión de escenas tampoco es lo suyo y quizás en esta novela proliferen demasiado. Y el mensaje que nos quiere transmitir es demasiado sencillo como para que cale hondo. Si en “Cómo ser buenos” el escritor había alcanzado una hondura magistral acerca de la vida suburbana de los adultos de los 90, en “Todo por una chica” se limita a las llanuras, a pasear por la superficie, a dejarse llevar. No es el mejor de sus libros, desde luego. Pero aún así, una lectura recomendable.

Este libro te salvará la vida

Título Original: This book will save your life. 2007, A. M. Homes. Traducción: Jaime Zulaika. Editorial: Anagrama. 392 páginas, 19€.

Amy Homes alcanzó la fama con su tercera novela, “El fin de Alice”, un estudio de la pedofilia que hizo que se prohibiera su venta en la británica cadena de librerías W.H. Smith (consiguiendo, con eso, una notoriedad y publicidad impagable para la autora, además de un merecidísimo reconocimiento para su prosa aséptica, clarificadora, algo detallada y suspendida).

Después de esto, pocos se esperaban un libro sobre la felicidad. Continuando con su estilo minucioso, descriptivo, algo excéntrico pero muy particular, A. M. Homes nos sumerge en la vida de Richard Novak, un cincuentón millonario que vive en la soleada California, apartado de casi todo el mundo que no sea su masajista, nutricionista o asistenta, que se ve obligado a salir de casa y enfrentarse a la vida debido a dos grietas simultáneas: la que aparece en su salud, y la que está derruyendo su casa.

El libro, así, parece que no va a ninguna parte, pero es que la vida a veces tampoco lo hace. Richard conoce a un vecino actor, se hace amigo de un vendedor de donuts, contiguo de un escritor retirado, y su hijo y sobrino adolescentes deciden hacerle una visita y pasar el verano. Todo se sucede de un modo aleatorio, caprichoso, sin querer significar nada que no sea la misma realidad: desordenada, violenta, pero sobre todo imprevisible y en constante movimiento. El protagonista ha llevado mucho tiempo parado y ahora está caminando, incluso corriendo, produciendo una sucesión de escenas que sólo se podrían dar en Norteamérica.

Pero lo mejor de la novela serán esos flemáticos diálogos, a veces irrisorios por la diferencia entre sus interlocutores, pero las más de las veces iluminadores. En la última página Richard le llega a decir a su ex mujer: “nunca he estado mejor. No hago más que flotar, esperando qué pasa después”, y el lector también se lo preguntará, porque por una vez Richard habrá hecho algo para que sucedan las cosas, no limitándose a comprarlas o encargarlas por correo.

Calificada como “fábula contra el consumo”, yo diría más bien que lo que critica Homes es el individualismo, que para ella sólo conduce a obsesión. Desde el momento en que el protagonista se junta con personas, los problemas aparecen, cierto, pero también la felicidad, los grandes descubrimientos, la curiosidad, las motivaciones personales. Novak aprende que la ausencia de dolor no garantizaba la felicidad. Y el lector aprende que existen segundas oportunidades que, aunque no te salven la vida, al menos cambian tu percepción de la existencia.

Divertida, atrayente, amena, la lectura de este libro trae consigo el deseo de saber más cosas de la autora, de lamentarse de su poca difusión en España, y del anhelo de nuevas producciones para comparar su anteriores estudios de la maldad con esta pequeña joya que habla del Bien, sin ruborizarse siquiera.

La cinta blanca

Título original: Das weisse band, 2009. Género: Drama. Dirección: Michael Haneke. Intérpretes: Susanne Lotear, Ulrico Tukur, Burghart Klaussner, Josef Bierbichler, Marisa Growaldt, Steffi Kühnert, Michael Schenk, Janina Fautz, Michael Kranz, Jadea Mercedes Díaz, Theo Trebs.

Mientras uno ve “La cinta blanca” lo que siente es miedo. Desde el primer fotograma, aún a pesar de su ritmo pausado y de la tranquila voz en off que narra y ayuda a entender los acontecimientos, el espectador está inquieto, sabedor de terribles sucesos que van a cometerse, intuidor de escenas que no va a querer contemplar, con las manos prestas a taparse los ojos por si el director, Michael Haneke, vuelve a darle una sorpresa como en su película “Caché” y le cuela una escena que no desea presenciar.

Quizás ir a ver esta película conociendo la filmografía de su director condicione un poco. “Funny Games”, el largometraje más característico de su filmografía (al fin y al cabo, lo rodó dos veces sin cambiar ni un plano. Debe de considerarlo su obra maestra) llenaba la mente del espectador de escenas que convivirán con él toda su vida. Asfixiante, violenta, y para muchos innecesariamente cruel, es un film que llena sueños y produce pesadillas, acompañándole a uno en la butaca hasta cuando se decide a ver este espectacular cambio de registro.

Así, los acontecimientos entrelazados de un pueblo alemán antes de que estallara la Segunda Guerra Mundial nos producen un terror insondable. Uno cree que va asistir a algo terrible y la sensación de peligro inminente ocupa la cinta. Pero esa sensación es real, puesto que los niños protagonistas, envueltos siempre en un paroxismo de terror, la sienten, y también (aunque en menor medida) los adultos, que no dejan de ser los representantes de una nación que, al final, se embarcarían en una guerra y exterminio que pasaría, desgraciadamente, a los anales de la historia.

La película tarda en meterse en materia. Un médico rural tropieza, mientras cabalga, con una cuerda puesta adrede en mitad de su camino. Una trabajadora de una fábrica muere, por posible negligencia de sus “amos”. Un niño rico es raptado y salvajemente golpeado. Otros viven en un ambiente de represión absoluta y posibles malos tratos. Y un maestro se enamora de una institutriz. Todos ellos parecen estar unidos sólo por la vecindad, pero el espectador sabe que hay algo más que los ata y desea saber quién o qué es el causante de todos esos males. A la vez, la constante amenaza acompaña a todos, pero la película finaliza abruptamente, narrando con austeridad y estilo telegráfico el comienzo de la Segunda Guerra Mundial.

Pero Haneke gusta de eso. No es un director obvio, y su público se debate siempre entre dos aguas, entre “qué habrá querido decir” y “qué pienso yo realmente de esto”. Acostumbrado a dejar pistas, el alemán atrapa al espectador que quiere saber la suerte de los protagonistas, pero sus razones y motivaciones quedan siempre escondidas y uno ha de hacer un esfuerzo para entenderlas. Es posible que no sean tanto ganas de crear polémica como de asegurarse un público inteligente, difícil, algo más especializado pero posiblemente incondicional.

Los hombres que miraban fijamente a las cabras

Título Original: The men who stare at goats, 2009. Director: Grant Heslov. Intérpretes: Ewan McGregor, George Clooney, Jeff Bridges, Kevin Spacey.

Con un trailer impactantemente divertido y lo suficientemente hábil para no descuartizarnos la historia a los 5 segundos, llega a España esta película a la que todos quieren relacionar con el humor absurdo y guión perfecto que fue “Quemar después de leer”. Quizás porque sale George Clooney, quizás porque el personaje que aquí interpreta Jeff Bridges está calcado de otra película de los Cohen, (el Nota de “El Gran Lebowsky”), quizás porque el director sea un secundario de los largometrajes de estos dos hermanos, o porque Ewan McGregor casa perfectamente con ese estilo cómico, negro y desesperanzador, sea por lo que sea, “Los hombres que miraban fijamente a las cabras”, aunque divertidísima, plagada de buenas actuaciones, llena de personajes bien interpretados y sobre todo bien plasmados, no llega a la altura de los Cohen por una falta grave: la inconsistencia del guión.

Y la historia tiene posibilidades, no lo neguemos: un periodista de medio pelo (Ewan McGreggor) conoce por casualidad a un excombatiente del ejército (George Clooney), un hombre que perteneció a una extinta unidad que quiso convertirse, en los años 60, en la primera unidad combatiente con poderes paranormales. Comandados por Jeff Bridges y con una mala semilla dentro (Kevin Spacey), los soldados entrenaban sus poderes mentales mirando fijamente a las cabras para pararles el corazón. No se sabe muy bien porqué, y siempre atendiendo a criterios de casualidad, suerte y coincidencias, McGreggor y Clooney sufren una serie de aventuras inconsistentes, aderezadas con numerosos flashbacks que amenizan la historia pero que no palian que no haya suficiente argumento para finalizar la película, y de ahí la poca coherencia de un final que, de tan amable, es hasta irrisorio. No vale la excusa de que está basado en una historia real para defender su verismo: la vida está llena de actuaciones incoherentes y la plasmación literal sólo ayuda a resaltar esos defectos.

Aún así, la película tiene su atractivo. Los cuatro actores están en estado de gracia: Kevin Spacey consigue caernos tan mal como cuando interpretó Seven; Bridges y Clooney poseen la suficiente vis cómica como para apoderarse del protagonismo, y McGregor se ha especializado en papeles de tipo anodino con un encanto oculto que surge poco a poco. Ellos salvan la película y la redimen un poco, acompañados de una buena banda sonora tan “feliz” como los personajes que desempeñan.

Lo mejor de la vida

Título original: The best of Everything, Rona Jaffe, 1958. Traducción: Ana Alcaina Pérez.

Editorial Lumen. 614 páginas, 21,90€.

No sé si “Lo mejor de la vida” podría considerarse como el precursor del chick-lit; al menos, posee las variantes comunes de éste: protagonistas femeninas (aquí de veinte años, pero con equivalencia treinteañera en la actualidad), generalmente solteras, con problemas en el mundo laboral pero ambición para superarlos. Carece, eso sí, del sentido del humor o de parodia que suele acompañar a este género, puesto que “Lo mejor de la vida” se toma muy en serio y tiende a dramatizar para conseguir el realismo.

La novela relata 3 años en la vida de cuatro chicas que trabajan como secretarias en la neoyorquina editorial Fabian, ascendiendo algunas y quedándose en el camino otras. Su trayectoria amorosa es tan importante en la novela como la laboral, puesto que en algún caso está relacionada, siendo eso, además, motivo de denuncia por parte de la escritora.

Escrita en el año 1958 en un tiempo récord, se convirtió en un éxito de ventas gracias al boca a boca de las mecanógrafas que pasaban a limpio el borrador de la novela, quienes se sentían identificadas con los avatares de Carolina Bender, April Morrison, Gregg Adams y Bárbara Lemont.

A pesar de finalizar felizmente las historias de dos protagonistas, y destinar un desenlace trágico para una de ellas (no diremos cuál para no estropearle la sorpresa al lector), deja en suspenso, sin embargo, la vida de la que ocupa la mayor parte de las páginas, además de ser el personaje más complejo y carismático de la obra. Parece como si la autora se hubiese deprimido al término de la escritura, o no supiese otro modo de impregnar realismo que teñir la novela de tristeza.

Con un estilo un poco pasado, personajes masculinos “tipo” divididos en buenos/malos o divertidos/aburridos, y un argumento mínimo, es “Lo mejor de la vida”, no obstante, una lectura recomendable, entretenida, de esas que despierta empatía con las protagonistas y te resistes a abandonar la lectura hasta no tenerlas a todas “colocadas”. Despierta la suficiente curiosidad para que uno se plantee ver la película que al año siguiente llevaron al cine con Joan Crawford al frente del elenco, aprovechando el tirón de la novela. Me encantaría señalar si es fiel o no al original, pero es dificilísima de encontrar por Internet.

California 83

Pepe Colubi, 2008. Espasa Narrativa. 342 páginas, 21€.

Nos gusta “California 83” porque todos hemos querido ser alguna vez su protagonista, o al menos, vivir la aventura que él vive durante un curso escolar: estudiar COU en Estados Unidos. Así pues, el libro comienza con la emoción de un adolescente en un avión, emoción compartida con toda una generación que ha visto la adolescencia estadounidense como algo fácil, feliz y carente de preocupaciones.

Lo bueno es que la novela de Pepe Colubi no te quita esa idea. Ahora asistimos a un montón de películas y novelas en las que se nos intenta romper ese mito de adolescencia feliz., enturbiándola con adolescentes confusos, ofuscados y solitarios con complejo mundo interior Afortunadamente, el escritor apoya la generalizada idea de los años 80 de que esos americanos no saben la suerte que tienen. Desde el mismo estupor que el protagonista, asistimos a una elección de asignaturas facilongas (entre las que se incluye aprender a conducir en un coche automático), de horas de estudio, de tiempo cálido, de conciertos al alcance de la mano, de taquillas, de animadoras y juegos de fútbol, de clubs de ciencias y de ajedrez, de fiestas de fin de curso, de cambios entre clase y clase y de, sobre todo, 32 canales de televisión en un tiempo en el que en España existían sólo 2. Esto último, junto con la extensa cultura musical del escritor, será el leit-motiv de la novela, que se va desarrollando sin más incidentes que el transcurso del curso escolar.

Quizás lo más acertado de la novela sea la capacidad de Colubi, o del protagonista, para ser feliz. No es en absoluto un chico traumado, y se comporta como un adolescente normal, que intenta, ante todo, pasar el curso sin matarse demasiado, y se acuerda de su familia muy ocasionalmente. Es, sobre todo, una novela evocadora, puesto que el lector ya no podrá ir a EEUU a estudiar COU, claro, y sobre todo, no quedará admirado ante tanta variedad de canales al habernos igualado, al menos, en eso. Hay que leer el libro con ojos de adolescente, y con adolescente de esa época, y sobre todo, con ojos de adolescente español, que asiste con un bastante de bochorno a la ceremonia de graduación, y con más vergüenza al baile de fin de curso, capaz de ser el único que se da cuenta de lo aburridísimo que es, y sobre todo, del gran negocio que se han montado los estadounidenses con ese día.

Aunque irreverente en muchos aspectos, creo que “California 83” sería el más claro exponente de lo que hace la represión. Todos los viernes, “Pipi” (como le llaman en el libro) y sus amigos acaban borrachos, cercanos al coma etílico, en un país en el que la prohibición de beber alcanza hasta los 21 años. La mayor parte de los capítulos están dedicados a las artimañas para emborracharse, a la obligación de beberse, muchas veces, el alcohol en un tiempo récord. A la obsesión por beber que le embarga a su protagonista precisamente porque no puede hacerlo. Creo fehacientemente que se debería hacer leer este libro a todos aquellos que abominan del botellón. Les daría qué pensar.