About Beni

Beni Patallo Peña. Nacido en Oviedo, donde reside en la actualidad. Escribo porque no tengo tiempo para ir al psicoanalista

Un tren nada más

El recuerdo de los paisajes contemplados a través de la ventana del vagón del tren, hizo que su mente se olvidara por unos instantes del motivo que le había hecho llegar hasta allí. Como siempre el tren tenía un efecto balsámico sobre el estado de ánimo de Luis, el lento caminar de esas locomotoras diesel que aún conectaban su Asturias natal, con el resto del país, le resultaba muy tranquilizador. Y eso era precisamente lo que necesitaba hoy. Aunque el ritmo del Alvia ya no era el mismo que el de las antiguas máquinas que recordaba de su niñez, el viaje conseguía hacerle sentir igual de bien que entonces.

La salida de Asturias, como siempre, se hacía muy larga caminando hacia el sur, recreándose en el verde de sus montes que, a medida que se acercaban a la cordillera, iban aumentando de tamaño llegando a mostrarse en toda su majestuosidad justo después de abandonar la estación de Pola de Lena. A partir de ahí el color iba cambiando hacía el gris de la piedra, entreverado con marrones de algunos campos roturados y el verde de la hierba y los arbustos que seguían creciendo desafiando a las alturas.

Esa era la parte del trayecto que más le gustaba, el asenso por aquellas cumbres escarpadas hacía que las mirara con verdadera devoción, reconociéndoles su valor cómo muralla defensora ante los ataques de todos aquellos invasores, que un día osaron apropiarse de sus riquezas y sus paisajes. Ese ataque de nostalgia regionalista había aparecido por primera vez al escuchar las andanzas del Rey Pelayo, símbolo de su Asturias querida y uno de los protagonistas de sus sueños infantiles, cuando deseaba convertirse en un héroe salvador, cómo los de los cuentos que con tanta fruición leía.

Luego venía el contraste con las tierras castellanas, llanas y lisas hasta donde la vista alcanzaba a ver, salpicadas de algún que otro montículo que únicamente servía para incrementar la sensación de distancia que separaba el inicio de aquella llanura, del final que se perdía en el horizonte. El cambio de color cuando arreciaba el verano, los olores, tan distintos a los de Asturias y aquellos campamentos de verano de los que tan buenos recuerdos guardaba.

Hacía más de ocho horas que había tomado el tren en Oviedo. Después de tomar en Atocha el que le llevara a Toledo, había cogido un taxi en la estación para que lo acercara hasta el parador de esa ciudad. En la parte de atrás de la cafetería se encontraba su terraza, cuatro mesas con cuatro sillas cada una de las que dos estaban vacías. Se había sentado en la mesa que había a la derecha de la puerta de salida, justo en la esquina de la terraza. Desde allí se veía uno de los cuadros naturales que más le gustaban, la ciudad de Toledo, con el Alcazar levantándose majestuoso en medio de todos los edificios y justo abrazándola como si de una serpiente se tratara, el río Tajo. Hacía años que había tenido el placer de descubrir aquella vista de la cuidad y hoy tenía ganas de volver a disfrutar de ella.

Pidió un café con leche y esperó a que el camarero se lo trajera contemplando el tranquilo discurrir del río en busca de su destino. Del bolsillo interior de su americana extrajo la carta que le había llegado una semana atrás.

Estimado Sr. López:

Una vez analizados los resultados del último escáner que le hemos realizado, nos vemos en la obligación de comunicarle que las medidas tomadas para paralizar el avance de su enfermedad han sido inútiles. El tumor ha resultado de una agresividad tal, que no hemos podido contener su desarrollo, por lo que la metástasis ha alcanzado a órganos vitales en los que no podemos intervenir.

Tal y como le hemos comentado en su última revisión, queda abierta la posibilidad de internarle en una clínica de nuestra ciudad en la que podrá obtener los cuidados necesarios para paliar los efectos de la última etapa de su enfermedad.

Fdo.
El Director del servicio de oncología.

Qué curioso, tal parecía que estaban hablando de un simple resfriado. Y sin embargo el tono distante de aquella misiva le traía sin cuidado, estaba contemplando uno de los paisajes más bonitos que podría recordar.

En esos pensamientos se hallaba distraído, cuando su corazón se paró víctima de la pastilla que se acababa de tomar. Un regalo de su amigo Manuel, cardiólogo en el hospital de Oviedo y el único que se había preocupado por ayudarle en su último viaje, éste que acababa de terminar.

Paz

Yo misma había llegado a convencerme de que mi matrimonio era perfecto. Una vida relajada al lado de un marido no muy exigente, un trabajo bien pagado y tiempo suficiente para dedicarme a lo que quisiera. Trabajaba en la consejería de hacienda, de ocho de la mañana a tres de la tarde. La mayoría de las tardes las pasaba en el gimnasio, tomando clases de aeróbic, o jugando al pádel con alguna de mis amigas de universidad. El primer año de matrimonio fue bastante bueno, tras un noviazgo más bien corto, y convencidos de que estábamos hechos el uno para el otro, decidimos casarnos en la iglesia de Urueña, en la provincia de Valladolid un día que regresábamos de uno de nuestros viajes culturales. Si mal no recuerdo, aquella fue la última vez que hicimos algo de forma impulsiva y sin pensar en las consecuencias que pudiera tener.

Aún así, no lo pasé mal del todo, Juan era, y es cariñoso, no me exigía demasiado y se conformaba con lo que le daba. Pero, como siempre en esta vida hay un pero, a mi no me llenaba. Y no sabía el porqué. Lo comentaba con mis amigas tomando el café, y todas me tildaban de loca, pesimista, o cualquier otra cosa. “Eres la envidia del grupo” me decían, una casa en el centro de León, justo al lado de la catedral, un chalet para pasar las vacaciones, y los días libres en Santillana del Mar y un par de coches en el garaje de casa. Aunque a mi, la verdad es que me faltaba algo. No sabía el qué. Y estaba loca intentando descubrirlo, pero no acababa de ver qué era lo que me faltaba.

Y, cosa sorprendente, tuvo que ser un libro el que me abriera los ojos. Jamás me hubiera imaginado, que en un libro iba a encontrar la respuesta a mis preguntas. Y no. No fue un libro de autoayuda ni nada parecido, fue leyendo “La pasión turca” de Antonio Gala, que descubrí que era lo que necesitaba en mi vida. Y lo que necesitaba era pasión. Una energía que, sin saber como ni cuando, me había abandonado. Yo recordaba momentos de mi vida en los que me había dejado llevar por la pasión. Mi primer amor, llamémoslo así, había sido una especie de hoguera que me quemó durante el segundo año en la facultad de Economía, fue doloroso, intenso, desgarrador. Pero una relación de la que no me olvidaré en la vida, porque recuerdo aquellos meses como los meses más intensos de mi existencia.

Supongo que después de cinco años de matrimonio con Juan, me había acomodado. No, mejor no lo voy a suponer, definitivamente me había acomodado. Simplemente me dejaba llevar, los días pasaban uno tras otro, sin mayor pena ni gloria, sin más emociones, que las de saber a donde iríamos a cenar el viernes, y saber si podríamos ir a Madrid a ver un musical. Pero me faltaba algo, y ese algo era la pasión. La emoción por sentir, ver, tocar, a algo, a alguien. Era eso lo que me faltaba, y me estaba apagando poco a poco.

Podría decirse que me había dado cuenta a tiempo, con treinta y seis años, aún era joven y podía encontrar la pasión allá donde quisiera aparecer. Pero, ¿cómo la iba a encontrar? ¿Dónde? Ni idea.

Empecé a tomar clases de baile, de siempre me gustaba bailar. Aún recuerdo mi época en la universidad, era la reina de las fiestas. Me entregaba con tal pasión que perdía la noción del tiempo. Si en aquellos años me llenaba tanto el baile, podría ser interesante recuperar esa afición.

Transcurridos seis meses decidí dejarlo, aquella academia de baile, despertaba en mi cualquier tipo de sentimiento, menos algo que se pudiera definir como pasión. Abandoné, un lunes decidí que no volvería, y lo dejé. Después me uní a un grupo de lectura, lo cierto es que fue de casualidad, ya que en mi vida me hubiese planteado semejante opción. Lo cierto es que no recordaba haber leído nada desde la época de estudiante, a excepción de “La pasión Turca”, y ya habían pasado unos cuantos años. Fue mi amiga Rosa la que me lo comentó, y lo cierto es que como no tenía nada que perder, me fui con ella para conocer a aquél grupo de extraños amigos, que solo se reunían para leer.

¿Qué les podría aportar una reunión de esas para leer? No me lo podía imaginar. Y según ser acercaba el momento de incorporarme al grupo, más extraño me parecía.

Acabábamos de volver de las vacaciones de semana santa, cuatro días en Venecia. Cuatro días llenos de visitas, recorriendo sus canales, las plazas, el mercado…, pero cuatro días monótonos, aburridos y sin ningún tipo de emoción. Cuando les comenté como me sentía a mis amigas, me miraron perplejas y me llamaron, menos bonita, de todo.

Pero no lo podía evitar, eso era lo que sentía. Y era consciente de que cualquier otra persona en mi lugar, en esos momentos sería la más feliz del mundo, pero yo no.

Así que, ese martes, me incorporé a la reunión del grupo de lectura, con Rosa, mi amiga del alma. Me presentó a ocho personas, que no tenían absolutamente nada en común, más que su pasión por la lectura. Y eso fue lo que vi en ellos, pasión. No me lo podía creer, leían pasajes de libros elegidos al azar. Pero los leían con tal intensidad, con tal entrega, que daba la sensación de que se iban a morir si un día se veían obligados a dejar de leer. Aquello me llamó poderosamente la atención, y al menos consiguió que me picara la curiosidad y que volviera a la siguiente reunión. Pero esta vez no me tocaría ir con Rosa, me habían asignado a otro grupo. La norma era clara, la única relación que podían tener los miembros del grupo era la que tuvieran mientras estaban leyendo juntos. Estaba prohibido mantener lazos de amistad u otro tipo de relación y pertenecer al mismo grupo de lectura.

Y así fue como conocí a Luna, era la encargada de coordinar y dirigir al grupo, ella era la que seleccionaba las lecturas, y la que decidía quien comenzaba las lecturas del día. El primer día me hizo una especie de entrevista para ver si tenía las cualidades necesarias para pertenecer a su grupo de lectura. Sorprendida, en un principio estuve a punto de enviarla a paseo, ¿hacerme una entrevista para ver si puedo leer libros con ellos? ¿Quién se creía que era? Pero el tono que empleó para pedírmelo y la forma en la que se dirigió a mi, me hizo cambiar de opinión.

—¿Por qué estás aquí?—Me preguntó.
—Porque me ha traído mi amiga Rosa.
—No me refiero a eso—Volvió a inquirir.
—Esto…, estoy buscando la pasión.
—¡Vaya! Muy interesante.

Y así se acabó la conversación. Dos meses después, me había leído tantos libros como había sido capaz. Ahora alternaba mis días de gimnasio con las tardes de lectura, y aquello empezaba a funcionar. Me sentía mejor, me sentía un poco más llena. Pero aún así…

Después de acabar una clase, a finales del mes de Junio, Luna me volvió a interrogar.

—¿Has encontrado la pasión?—Me soltó a bocajarro.
—No lo sé. Cierto es, que me encuentro más llena, pero no sé si es esto lo que necesito de verdad.
—¿Confías en mí?—Me dijo con un tono de voz, que a punto estuvo de hacerme escapar.
—Si…, creo. ¿Por qué?
—¿De verdad quieres recuperar la pasión?
—Si. Lo necesito.
—Espera un momento.

Salió un momento de la sala en la que nos encontrábamos, y volvió a los cinco minutos vestida con una especie de Kimono de seda, dos cojines enormes y un libro con las tapas negras, sin título ni autor reflejados en él.

—Desnúdate—Me dijo.
—¿Qué?
—Desnúdate, por favor.
—Mira, Luna. No sé si te he hecho pensar algo raro, pero aún a pesar de que me gustas mucho, no quiero tener nada contigo.
—Antes me dijiste que confiabas en mi, ¿no?
—Si. Pero, esto…
—Tranquila, no pienso aprovecharme de ti. Salvo que tú me lo pidas.
—…

Me desnudé, y me senté en uno de los cojines que había traído Luna. De pie junto a mí, se abrió el Kimono y pude ver que estaba completamente desnuda, sus piernas, largas y fuertes, con las marcas de la edad en los muslos me resultaron de lo más sugerentes. Se sentó detrás de mí, apretándome contra su pecho desnudo, mientras me tapaba un poco con el Kimono.

—Cierra los ojos, y déjate llevar.

Comenzó a leerme en voz muy baja mientras acariciaba mi pelo. Lo que leía no tenía ningún tipo de sentido, parecían párrafos sueltos elegidos al azar, a los que iba encontrando la razón de ser, mientras me iba adormeciendo recostada contra sus senos.

Sorpresa

Las cosas podían haber sucedido de cualquier otra manera y, sin embargo, sucedieron así. Y no era la primera vez que ocurría, y tampoco sería la última. Toda mi vida pasó ante mis ojos como si de una película en blanco y negro se tratara, no sabría decir si buena o mala, pero una película de las de antes. En las que la gente se movía de forma extraña, cómo a impulsos, y con los colores desgastados por el exceso de uso del vídeo. No sé si es eso lo que la gente ve cuando se va a morir, pero si es así resulta un poco raro. Ver a todos tus amigos y familiares, a los vecinos, el panadero e incluso aquella chica a la que intentaste, sin éxito, meter mano en la última fila del autobús, el día de la excursión al museo de cera de Madrid.

Aparecen todos de repente ante ti, cómo si de un tribunal de guerra se tratara, y te quedas pasmado esperando a ver qué sucede. Los segundos se paran y duran una eternidad, no digamos ya un minuto. Entonces, cómo si de una extraña coreografía se tratara, se paran todos a la vez y se te quedan mirando. Unos con mirada acusadora, otros cómo sintiendo pena de ti, otros indolentes. Si que se hace raro, si. Y en esos instantes quieres buscar un sentido a todo eso, y obviamente no lo encuentras. ¿Se trata de algún mensaje oculto? ¿Una especie de revelación, a la que aún no le he cogido el sentido? Y después la misma idea se asienta en mi cabeza. Las cosas podían haber sucedido de otra manera y, sin embargo sucedieron así.

Pero ¿Qué coño de frase es esa? ¿Qué es lo que ha sucedido? ¿Qué podría haber pasado de otra manera? En momentos así, me da por pensar que estoy loco, o que me lo estoy volviendo. Aunque lo peor no es eso, lo peor viene cuando de pronto todos esos personajes se transforman, a veces en otras personas a las que no conozco de nada, y en otras ocasiones en seres mitológicos, cómo unicornios, minotauros o incluso en sirenas. Y es en esos instantes, en los que más nervioso me pongo. ¿Por qué? ¿Qué maldito significado tiene todo eso?

Las más de las veces, veo aparecer a alguno de mis amigos que me mira con gesto preocupado y se acerca a mí, con intención de preguntarme algo. Pero no lo entiendo, sus palabras carecen de significado alguno para mí, cómo si de pronto hablara en algún extraño idioma que yo desconozco. Aunque, si noto cómo su preocupación aumenta a medida que pasan los segundos y ve que no lo entiendo.

Entonces sus manos toman las mías e intenta llevarme a un lugar entre la multitud, y noto una extraña sensación de mareo, que me hace retroceder ante su intento de apartarme de mi sitio. Instantes después me suelta, dice algo cómo si estuviera enfadado, y se va.

Después de otra eternidad, que no sé si se trata de mucho tiempo o poco, vuelvo en mi y comienzo a reaccionar. La sensación de irrealidad sigue ahí, pero me integro con la gente, consigo moverme sin sufrir mareos, y además hasta entiendo lo que me dicen. Vale, me digo entonces, ya te has recuperado, ha sido un mareo, una lipotimia o algo parecido que te ha dejado tonto durante un rato, pero has vuelto a la normalidad. Caminas sin que te de vértigo y puedes hablar. Bien, ahora acabas de recuperarte y te vas a ver al médico que ya está bien de sufrir estos ataques raros sin saber porqué.

Y no, no son los efectos del alcohol, ni de las drogas, porque no consumo. No recuerdo haberme caído, ni haberme golpeado en la cabeza, antes de cada uno de estos episodios, pero tendré que ir a que me lo miren, porque no es plan de seguir así mucho tiempo.

Pasa un tiempo más y vuelvo a ser yo mismo, mis amigos son mis amigos, mi familia es la mía, mi perro es un perro y no veo bichos raros, seres mitológicos, ni sirenas. Bien, ese es el momento de coger el coche e ir al médico. Así es que me voy a por el al aparcamiento y me voy al hospital.

Una vez en urgencias me dirijo a la recepción para contarles lo que me ha pasado y solicitar ayuda.

—Buenos días—Me recibe una enfermera con cara de pocos amigos y un extraño tono de voz.

—Tome, rellene este cuestionario.

—Oiga, es que necesito…

—Cumplimente el cuestionario por favor. En él tiene que describir lo que le pasa.

—Pero…, es que no sé si podré.

—Es muy fácil señor, marque con una cruz lo que le sucede.

Cual no será mi sorpresa al ver que en el cuestionario una de las dolencias que hay para marcar, es exactamente lo que me sucede a mí. No doy crédito. Bien, eso no es malo, si ya lo tienen como predefinido, será algo normal que tiene tratamiento.

—Tome señorita, ya está.

—Muy bien, espere un segundo que le asigno el nivel de urgencia.

—Gracias.

—¡Ah! Así que es esto.

—¿Qué…?

—¡Peggy! ¡Peggy!—Comienza a llamar a voces a una compañera, mientras abre un cajón de su mesa, cómo buscando algo. Mi sorpresa es mayúscula, cuando veo que del cajón saca, no un formulario, ni un paquete de aspirinas, si no un folio con un dibujo de la cerdita Peggy, la de los teleñecos. De pronto el dibujo cobra vida y se dirige a la enfermera que me estaba antendiendo.

—¿Qué pasa?

—Tienes un caso.

—¿Ah si?

—Si, es otro elegido.

—Perdón señorita, ¿elegido? ¿Para qué?

—¡Uy! Vas a tener trabajo, este no sabe de qué va el asunto.

—No te preocupes chiquitín, ven conmigo, que yo te explico.

La cerdita Peggy salta por encima del mostrador y me toma de la mano, para llevarme a una sala vacía, en la que lo único que hay es una televisión y una silla de director.

—Bienvenido a tu nueva vida. Has sido elegido para mantener el equilibrio entre el mundo de los humanos y el de los dibujos animados.

Eso es lo último que recuerdo de mi vida anterior. Ahora soy una especie de superhéroe al que no le sucede nada normal.

Desilusión

Las cosas podían haber sucedido de cualquier otra manera y, sin embargo, sucedieron así. No resultó agradable encontrarme con aquella situación, pero no pude hacer nada al respecto.

Todo había comenzado un par de meses atrás, el día quince de octubre. Lo tengo grabado en la memoria como si hubiera sucedido ayer, una mujer como ella solo se cruza en tu camino una vez en la vida. Y en el mío se cruzó aquel día de octubre, y de qué manera se cruzó.

Sentado en mi despacho mientras leía la prensa del día, y esperaba a que mi compañero Luis subiera, con los cafés que había ido a recoger a la cafetería de la esquina, buscaba en la sección de sucesos alguna reseña que se refiriera a lo sucedido la tarde anterior. En aquél momento, el rítmico pisar de unos tacones de mujer, requirió mi atención. Francamente, no sabría cómo describir mi reacción en aquél instante. Probablemente acabaría por reconocer que se me quedó la misma cara de lelo, que se le queda a un adolescente la primera vez que toca el pecho de una mujer. Liberada, de pronto, de la sujeción que ofrecían los músculos de mi cara, mi mandíbula inferior describió un perfecto arco de circunferencia, mientras se caía hasta casi chocar con el nudo de mi corbata. Mientras, ella, de pie bajo el marco de la puerta, esperaba a que este humilde servidor recuperara la compostura.

—Espero no haberle asustado—,me dijo, como intentando no darle importancia al efecto que había causado en mí.

—No, es que…—y así me quedé, como un tonto y con un simple “es que…” escapándose de mi boca.

—Supongo que sus habilidades como detective, serán superiores a las que tiene como orador.

—Discúlpeme, ¿señorita…?

—Llámeme María. Simplemente María.

—Cómo usted guste.

Con un leve gesto de mi mano derecha la invité a acomodarse. Dirigió la escultura que era su cuerpo hacia el sillón que se encontraba a la izquierda de mi mesa, justo en la parte donde peor la veía. Las sombras que proyectaban las venecianas de mi despacho, hacían que parte de su rostro permaneciera velado ante mis ojos. Sin embargo, sus piernas se asomaban desafiantes cómo intentando escapar de la prisión en que se había convertido la falda que llevaba puesta. La melena de color castaño, recogida en una especie de coleta, con el flequillo cayendo por encima de su ojo derecho, le daban una presencia entre despistada y divertida, que contribuía todavía más a realzar las facciones de su rostro. La nariz, recta, intentaba elevarse ligeramente al final, dando a su mirada un punto de altivez que contribuía, todavía más, a destacar lo esbelto de su figura.

Desconozco el tiempo que tardaría en rearmarme y recuperar la serenidad, probablemente solo fueran unos segundos, pero a mí me pareció una eternidad. Una vez hube vuelto en mí, comencé con la batería de preguntas que le hacía a cada uno de mis potenciales clientes. Vale que la profesión de investigador privado no tuviera muy buena prensa, pase que yo no era de los mejores del sector. Pero aún así, tenía, y tengo, el derecho de escoger a mis clientes.

Sinceramente, en aquél momento esperaba que me intentara convencer con la típica historia sobre un marido terrible, que no la dejaba vivir en paz, y que además tenía un lío con alguna de sus amigas. Pero no fue así. Venía pidiendo ayuda para encontrar a su amado esposo. Hacía dos semanas que no sabía nada de él, un rico empresario de la hostelería, propietario de dos hoteles y cinco restaurantes, entre los que se encontraban las últimas incorporaciones a la guía Michelín. Y yo, que no solía leer nada de los ecos de sociedad, no tenía ni puñetera idea de su existencia.

—Señora—le dije en tono sincero—, este es un caso que debería estar en manos de la policía.

—No, lo cierto es que tengo miedo de la policía. Me parece que Ricardo—que así se llamaba su marido—, estaba metido en negocios un poco turbios, y tengo miedo de que haya podido tener algún problema con ellos.

—Perdone, pero soy un profesional serio y no puedo inmiscuirme en asuntos de los que se deberían encargar las fuerzas de seguridad del estado.

—Por favor, ayúdeme. No me puedo fiar de ellos.

Los veinte mil euros que puso sobre la mesa, disiparon rápidamente cualquier tipo de duda que yo pudiera tener sobre sus razones, y más aún sobre su posible generosidad. Al finalizar el trabajo, me daría otros treinta mil más. Hacia tiempo que no pasaba por mi oficina un cliente de tanto “calibre” lo cierto es que merecería la pena, hacer siquiera, que me esforzaba en buscar a su marido.

Me dio las referencias sobre los últimos lugares a los que había ido, una lista de sus contactos y los nombres de algunos de los personajes de peor reputación de la ciudad, con los que al parecer, había tenido algún tipo de trato.

Debería informarla una vez a la semana, poniéndola al tanto de mis pesquisas y de lo que descubría sobre él. En mi vida profesional, que era ya bastante larga, nunca me había encontrado con nadie tan interesado en resolver un caso. Y tampoco me llamó la atención. Lo cierto es que, en presencia de María, no habría nada que pudiera llamar mi atención, ella la requería entera. No podía dejar de imaginarme lo que podría ser convivir con aquella diosa de la belleza. Quizá no era la mujer más guapa que yo hubiera conocido, pero la forma de moverse, la expresividad de sus gestos, esos ojos que te atravesaban y parecían dar vuelta en tu interior para descubrir que era lo que tenías dentro en realidad, hacían que me quedara literalmente tonto en su presencia. Y eso fue lo que me llevó a la situación en la que me encuentro ahora. Cuando al fin encontré a su marido, me di cuenta de que no había desaparecido. El pobre hombre estaba intentando escapar. Y ahora, mientras el tranquilizante, o lo que quiera que sea, que María me ha echado en el whisky hace efecto, veo con terror cómo toma la pistola de mi mesa y, poniéndola en mi mano, aprieta el gatillo y le dispara a bocajarro a su marido. Veo su cabeza caer a un lado, y el hilo de sangre que sale de su boca, y apenas me lo creo, pero mi mano se levanta y apoya la pistola en mi sien derecha. Mierda de vida. Las cosas podían haber sucedido de otra manera, pero han sucedido así.

Lágrimas rojas

Jamás vi un día tan hermoso y tan cruel. Aunque quizá debería decir que jamás me imaginé que, un día tan hermoso pudiera devenir tan cruel. No sabría como explicarlo. Lo mejor será que cuente lo que aquél día vi, así podrán ustedes compartir mi estupor, la sorpresa mayúscula ante la escena que pude presenciar. No podía dar crédito a lo que mis ojos veían. No podía, hasta que me acerqué al protagonista de la escena.

Era un hombre de mediana edad, unos cuarenta años diría yo, apuesto, atractivo, con unos ojos marrones bastante expresivos y una cicatriz en su mejilla izquierda, probablemente resultado de un accidente años atrás, en tiempos no muy lejanos, en los que pasaba noches enteras navegando por ríos de alcohol.

Llevaba una media melena recogida en una coleta, atada con una goma de color fucsia. ¿Fucsia? Dios mío, pero ¿Dónde estaba su estilista? Aunque ese no era el único punto chocante de su atuendo, vestía un traje de color gris oscuro con finas rayas diplomáticas de color azul claro. Camisa blanca y una corbata de tonos grises y azules con dibujos imposibles. Unos zapatos rojos, casi me da algo al verlos, con puntera cuadrada y suela de goma. Justo por debajo de la manga izquierda de la americana asomaba un reloj Philippe Pateck edición titanio, nueve mil euros de reloj, con el cristal un poco roto.

El hombre se encontraba de pie frente a un espejo, en el baño de caballeros de la cafetería del hotel en que yo me hospedaba. Al verlo allí parado mientras se lavaba las manos, no pude evitar observarlo con detenimiento. No sabría decir qué me llamó mas la atención, si la osadía demostrada en la combinación imposible de tonos en sus ropas, o la mirada fija en el espejo como intentando atravesarlo. El caso es que no pude dejar de mirarlo y me quedé como hipnotizado mirando para él. ¿Cuánto tiempo? No lo sabría decir.

Mi atrevimiento llegó hasta el punto de ponerme a su lado, mirándolo con detenimiento, mientras él, impertérrito, permanecía en pie delante de aquél espejo. Fue entonces cuando me di cuenta de un pequeño detalle, estaba llorando. Una lágrima caía por su mejilla izquierda, como queriendo abrazarse a la cicatriz que la surcaba.

Tras unos instantes a su vera lo vi, me di cuenta de lo que realmente le acababa de pasar. Una mancha de sangre brotaba de su pecho, a la altura del corazón. Una herida mortal, que se estaba llevando por delante la vida de aquél hombre. Me acerqué a él y pude ver cómo por su pecho asomaba el filo de una espada, mientras con un hilo de voz pronunciaba una especie de queja.

—¿Por qué lo has hecho? Ana, ¿por qué?

Intenté sujetarlo mientras se caía al suelo, pero me fue imposible. Se cayó hacia delante quedando su cabeza apoyada contra el espejo, en una extraña posición retorcida hacia su izquierda, mientras un hilo de sangre salía de su boca manchando la encimera.

Pero lo peor aún estaba por llegar, justo en el momento en que los ojos de mi compañero se cerraban, para no abrirse mas, noté como me elevaba hacia el techo, flotando sin poderlo evitar. Y en ese instante en que mi cuerpo quiso comenzar a volar caí en la cuenta, no era mi cuerpo el que flotaba, era yo. Y no era un desconocido el que allí yacía muerto, era yo.

Me acababan de matar, tal y como me habían prometido mucho tiempo atrás. Lo sabía, sabía que tarde o temprano me pasaría, pero hoy, precisamente hoy, no. El día más hermoso de mi vida, el día más cruel.

La terminal

“Les informamos a los señores pasajeros del vuelo a Asturias, con salida a las veintiuna horas, de que les ha sido asignada una nueva puerta de embarque, por favor diríjanse a la puerta jota tres”

Vaya, pobres de los asturianos que tengan que irse en ese vuelo, es la tercera puerta que les asignan en hora y media. Que faena, si llevan mucho rato esperando deben estar bastante hartos. Lo que no me imaginaba yo, es que esto de esperar en los aeropuertos, fuera tan emocionante. La cantidad de anécdotas que me he perdido estos años, por mi miedo a volar. Y ahora aquí estoy, esperando por el avión que me ha de llevar a Londres, luego a Munich y de ahí a Sydney. Lo cierto es que no recuerdo las horas de avión que me tendré que tragar, aunque mejor ni lo pienso.

¿Debería pensarlo? No, creo que no, lo suyo será que me deje llevar, porque si no, me echaré atrás otra vez y no me lo puedo permitir. No, no me lo debo permitir. Que va, mucho peor que el trago del viaje sería arrepentirme y volver a casa con Ana. ¡Ja! Se pasaría el resto de su vida recordándomelo, diciéndome lo cobarde que soy, que he sido siempre. Lo cierto es que en toda mi vida no he tomado una sola decisión, sin pensar en lo que dirán los demás. Jamás me he arriesgado a perder nada, también es verdad que nada tenía. Una hipoteca a medias con una mujer que en la vida se ha preocupado por mí. Y bien claro me lo dejó en nuestra última conversación, demonios, me la sé de memoria.

—No vales para eso—Me dijo.

—Es lo que siempre he querido—Repliqué.

—¿Y qué será de mi?

—Te puedes venir conmigo, te buscarán un trabajo igual que el que tienes aquí.

—A mi no se me ha perdido nada en Australia.

—Yo estoy convencido de que nuestro futuro está allí.

—¡Ja! Será el tuyo, el mío se queda aquí.

—Si ni siquiera te lo has planteado.

—¿Por qué habría de hacer algo así?

—Hace meses que te lo anticipé.

—¿Y?

—¿Cómo que, y?

—Luis, tú en la vida has decidido nada.

—Alguna vez habría de ser la primera.

—¿En tu caso? Nunca. Eres como el sol de invierno.

—¿El sol de invierno, qué quieres decir?

—Que amagas y no das, que ni das frío, ni das calor. Chico, tú en la vida decidirás algo por ti mismo, nunca serás capaz de arriesgarte.

—¿Es eso lo que piensas de mi?

—No lo pienso, lo afirmo. Sin mi no serías nada.

—¿Sabes? Creo que me acabas de hacer un gran favor.

—Vete si quieres, pero si te arrepientes no me vengas a buscar.

¡Joder! Diez años de mi vida aguantándola, pensando que me quería y lo único que veía en mi era a un puto pelele al que manejar. Y yo, el mayor de los tontos, creyendo que me quería. En una cosa si que tenía razón, hasta ahora he sido como el sol de invierno, ni caliente ni frío, ni chicha ni limoná.

Nunca me he arriesgado, nunca me he tirado desde un puente y jamás he tomado una decisión. Pues se ha acabado, jamás me volveré a arrepentir de no haber tomado una decisión, jamás volveré a llorar por las oportunidades perdidas, jamás.

Sol de invierno me llamó, despectivo pero poético. Mira tú que podría ser un buen título para una novela. Me lo apuntaré por si acaso.

“Señores pasajeros del vuelo hache ca trece, con destino a Londres, pueden embarcar por la puerta be dieciocho”

Blanco, frío, nieve

Nueve y cincuenta y ocho, nueve y cincuenta y nueve y diez. Diez minutos exactos. No fallan ni una sola vez, a Luis la puntualidad de los trenes le ayuda a alcanzar la paz espiritual. Para él la facilidad con la que cumplen su cometido es como un bálsamo que nos tomamos después de una comida copiosa, después de un atracón pantagruélico tras el que nos quedamos exhaustos.

Hoy, tras la tormenta de frío y nieve que azotó su relación con Sara, tuvo que venirse a la estación del tren. Apenas respiraba cuando llegó al andén, afortunadamente para él, el primer tren llegó tras solo diez minutos de espera. Era el tren de León, la verdad sea dicha, es que a Luis poco le importaba de donde viniera, solo quería subirse a él y dejar su mente en blanco. Sin pensarlo saltó al interior del vagón donde pudo sentarse y descansar por unos instantes. “Próxima parada Gijón Jovellanos, la duración estimada del viaje son treinta y ocho minutos” La voz metálica le reconfortó un poco más y por fin empezó a respirar.

Ex-estación, por furilo, en Flickr.com

—Bueno, treinta y ocho minutos—se dijo—tiempo suficiente para recuperarme y volver al trabajo.

Nunca se había sentido tan abatido como hoy, Sara se lo había dicho a primera hora de la mañana.

—Mi amor, mañana me voy a Nueva York—le dijo.

Tan distraído en sus quehaceres y en sus rutinas diarias, no se había dado cuenta del transcurrir de los días, no se había percatado de que el día D se iba acercando. Pero hoy, aún a pesar de sus intentos por evitar que llegara, el maldito día había llamado a su puerta.

—Son solo cuatro meses—le dijo Sara.
—Es el final de nuestra relación—contestó él.
—No digas eso.
—Sabes que sin ti moriré.

info foto | Ex-estación | © furilo | Reproducida con permiso del autor

La estafa

En Villaquejines del Páramo, un grave suceso a la población ha conmocionado.

Treinta jóvenes parejas, con sus ahorros se habían asociado, para con una constructora, un bloque de viviendas promover.

Años llevaban preparando la promoción de sus viviendas, con el Ayuntamiento habían hablado, tenían terrenos y parcelas cedidas por sus propietarios.

El famoso arquitecto Manolo Cementón, el favor les había hecho del proyecto regalar, aún a pesar de su escasez de tiempo y sus obligaciones de viajar.

Todo estaba preparado, los créditos de los bancos, los permisos de construcción, las ganas de trabajar y las bendiciones del Señor.

Hasta la Iglesia en el proyecto se había implicado, las ganas de los jóvenes al cura del pueblo habían conmovido, y hasta al propio Arzobispado.

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Para la inauguración de las obras el Arzobispo al pueblo se desplazó, un sermón que les echó, una serie de recomendaciones y hasta la Divina Bendición.

Pasados varios meses las obras se pararon, todos preocupados al constructor que llamaron. Las respuestas de la empresa difusas e inconexas, a todos extrañaron.

De pronto una sospecha sobre el pueblo se cernió, ¿nos habrán estafado?, Señor di que no.

Las pesquisas de los afectados, pronto dieron su fruto, lamentablemente el dueño de la constructora se había fugado, con el dinero de sus ahorros y un cochazo que se había comprado.

A día de hoy nadie al estafador ha encontrado, las fuerzas del orden siguen investigando. Pero a los pobres estafados nadie les ha recompensado.

Navegante*