Un tren nada más

El recuerdo de los paisajes contemplados a través de la ventana del vagón del tren, hizo que su mente se olvidara por unos instantes del motivo que le había hecho llegar hasta allí. Como siempre el tren tenía un efecto balsámico sobre el estado de ánimo de Luis, el lento caminar de esas locomotoras diesel que aún conectaban su Asturias natal, con el resto del país, le resultaba muy tranquilizador. Y eso era precisamente lo que necesitaba hoy. Aunque el ritmo del Alvia ya no era el mismo que el de las antiguas máquinas que recordaba de su niñez, el viaje conseguía hacerle sentir igual de bien que entonces.

La salida de Asturias, como siempre, se hacía muy larga caminando hacia el sur, recreándose en el verde de sus montes que, a medida que se acercaban a la cordillera, iban aumentando de tamaño llegando a mostrarse en toda su majestuosidad justo después de abandonar la estación de Pola de Lena. A partir de ahí el color iba cambiando hacía el gris de la piedra, entreverado con marrones de algunos campos roturados y el verde de la hierba y los arbustos que seguían creciendo desafiando a las alturas.

Esa era la parte del trayecto que más le gustaba, el asenso por aquellas cumbres escarpadas hacía que las mirara con verdadera devoción, reconociéndoles su valor cómo muralla defensora ante los ataques de todos aquellos invasores, que un día osaron apropiarse de sus riquezas y sus paisajes. Ese ataque de nostalgia regionalista había aparecido por primera vez al escuchar las andanzas del Rey Pelayo, símbolo de su Asturias querida y uno de los protagonistas de sus sueños infantiles, cuando deseaba convertirse en un héroe salvador, cómo los de los cuentos que con tanta fruición leía.

Luego venía el contraste con las tierras castellanas, llanas y lisas hasta donde la vista alcanzaba a ver, salpicadas de algún que otro montículo que únicamente servía para incrementar la sensación de distancia que separaba el inicio de aquella llanura, del final que se perdía en el horizonte. El cambio de color cuando arreciaba el verano, los olores, tan distintos a los de Asturias y aquellos campamentos de verano de los que tan buenos recuerdos guardaba.

Hacía más de ocho horas que había tomado el tren en Oviedo. Después de tomar en Atocha el que le llevara a Toledo, había cogido un taxi en la estación para que lo acercara hasta el parador de esa ciudad. En la parte de atrás de la cafetería se encontraba su terraza, cuatro mesas con cuatro sillas cada una de las que dos estaban vacías. Se había sentado en la mesa que había a la derecha de la puerta de salida, justo en la esquina de la terraza. Desde allí se veía uno de los cuadros naturales que más le gustaban, la ciudad de Toledo, con el Alcazar levantándose majestuoso en medio de todos los edificios y justo abrazándola como si de una serpiente se tratara, el río Tajo. Hacía años que había tenido el placer de descubrir aquella vista de la cuidad y hoy tenía ganas de volver a disfrutar de ella.

Pidió un café con leche y esperó a que el camarero se lo trajera contemplando el tranquilo discurrir del río en busca de su destino. Del bolsillo interior de su americana extrajo la carta que le había llegado una semana atrás.

Estimado Sr. López:

Una vez analizados los resultados del último escáner que le hemos realizado, nos vemos en la obligación de comunicarle que las medidas tomadas para paralizar el avance de su enfermedad han sido inútiles. El tumor ha resultado de una agresividad tal, que no hemos podido contener su desarrollo, por lo que la metástasis ha alcanzado a órganos vitales en los que no podemos intervenir.

Tal y como le hemos comentado en su última revisión, queda abierta la posibilidad de internarle en una clínica de nuestra ciudad en la que podrá obtener los cuidados necesarios para paliar los efectos de la última etapa de su enfermedad.

Fdo.
El Director del servicio de oncología.

Qué curioso, tal parecía que estaban hablando de un simple resfriado. Y sin embargo el tono distante de aquella misiva le traía sin cuidado, estaba contemplando uno de los paisajes más bonitos que podría recordar.

En esos pensamientos se hallaba distraído, cuando su corazón se paró víctima de la pastilla que se acababa de tomar. Un regalo de su amigo Manuel, cardiólogo en el hospital de Oviedo y el único que se había preocupado por ayudarle en su último viaje, éste que acababa de terminar.

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