No podía más. Estaba de mal humor. Emilia Vázquez Iribar, Mili para sus allegados, llevaba unas semanas con un ritmo frenético. Gema, su hija mayor iba a hacer la primera comunión dentro de unos días. En todo este tiempo había tenido que buscar restaurante y hacer la reserva, hablar con las catequistas para hablar de fotógrafos y de las flores de la iglesia, elegir la ropa de Javier el pequeño. Y por último el traje de la niña.
Ahí empezó el dolor de cabeza. La familia de Sergio, su difunto marido, que no había intervenido en nada de la organización, dio señales de vida por medio de Lola, su suegra.
―Nosotros pagamos el traje, le dijo a través del auricular sin otro preámbulo.
Mili tomó aire. No le gustaba levantar la voz pero eso no le impedía dejar las cosas claras.
―Muchas gracias, Lola, pero no hace falta que te molestes. Lo tenemos arreglado.
Al otro lado se produjo un silencio. Mili contuvo un suspiro. De un momento a otro su suegra volvería al ataque.
―Me parece que nosotros también somos familia. Tanto como vosotros, así que podríais haber avisado, ¿no?
“Si, pero convive más con mi parte que con la tuya” pensó Mili. Luego tragó saliva y contestó.
―Bueno. Pues si teníais tanto interés podíais haber llamado vosotros. De todas formas con que vengáis y estéis acompañando es suficiente.
Lola inició una serie de ditirambos que la nuera cortó con firmeza y cortesía. Entonces cuando Mili pensó que la cuestión quedaba zanjada, la abuela paterna la sorprendió con una nueva pregunta.
―¿Qué es eso de que vais a poner una orquesta después del banquete?
Mili suspiró. La bruja de Remedios había ido ya con el cuento. Era cierto que habían contratado un grupo, nada del otro mundo. Un teclista y una cantante. Pero tratándose de su cuñada cabía esperar que hubiera exagerado la nota diciendo que habían tirado la casa por la ventana, trayendo una gran orquesta.
Las palabras de su suegra corroboraron su suposición.
―Mira a ver si no estás malcriando a mis nietos.
“Si, ya son tus nietos para lo que te conviene. Para hacerte la madre desconsolada delante de los conocidos. Ni siquiera te preocupaste de aparecer para el cumpleaños de Javi”.
―No me lo parece, Lola ―replicó con calma―. Es un día especial para Gema. Y el único regalo que pidió a su abuelo, fue una orquesta después de la comida. Unos regalan una pulsera, un anillo. Mi padre paga la orquesta. No creo que vaya a afectaros en nada.
―¿Qué no? ¿Es que no vas a enseñar a tus hijos a respetar la memoria de su padre?
“Ahí le duele”, pensó la joven. Con la misma tranquilidad contestó.
―Pues mira Lola. Eso es lo que hago. Sergio habría querido que su hija disfrutase en el día que seguro va a ser el mejor de su infancia. El que tenga ganas de llorar que vaya al servicio y que desahogue. Y ahora si me perdonas, tengo que colgar. Los críos vendrán enseguida.
La tarde transcurrió de la manera habitual. Dar la merienda a los niños, vigilar que hiciesen los deberes. Por la noche mientras se desvestía Mili se puso a reflexionar. Siempre había tenido la impresión de que Remedios la había considerado como una intrusa. Una señorita de capital que podía ponerse por encima de su hermano.
No había sido así, por supuesto. La relación entre ambos se había basado en el respeto. Pero estaba segura de que Remedios no quería verlo. Cada domingo, en las visitas, lo manifestaba con preguntas acerca de su convivencia, de la relación con la familia política, que en más de una ocasión irritaban a Sergio. Eso la hacía replegar velas por un tiempo, hasta que volvía a la carga.
Remedios le tenía celos. Siempre había tenido una conexión con Sergio y ésta se mantuvo después de la boda, con todo, no había aceptado compartir su afecto. Y ese sentimiento perduraba. Eso explicaba el ostracismo en que sus cuñados la habían tenido tras la muerte de Sergio. Una bocanada de amargura subió desde su estómago a su garganta. Una voz somnolienta de hombre le preguntó si no pensaba dormir.
—Ya va, pesado―contestó―. Pero hoy nada de murga. Estoy muerta.
Mili se puso el camisón y se acostó. Antes de apagar la luz, tuvo una idea. Al día siguiente hablaría con sus padres. Lo más probable sería que al principio les chocase, pero estaba segura de que lo entenderían.
Nadie empañaría la ilusión de Gema. Antes tendrían que pasar por encima su cadáver.
Por fin llegó el gran día. Unos pasos acelerados por el pasillo le indicaron que Gema se había levantado excitada. Primero trató de calmarla diciéndole que era temprano, que se quedase un poco más en la cama, pero fue inútil. Después de recorrer el pasillo de arriba abajo, la niña entro de nuevo en su cuarto y abrió el armario.
—¡No se te ocurra sacar el traje del armario! Advirtió Mili.
―Sólo lo estoy mirando mamá.
―Más te vale, respondió la madre. Si lo ensucias, te mato.
Dando un suspiro se levantó de la cama. Estaba ya despierta y no se fiaba de su hija. A paso rápido se dirigió a la habitación de los niños. El pequeño observaba a su hermana con aire burlón.
―Mamá. Esta niña es tonta.
―Tú más le replicó su hermana.
Mili intervino.
―A ver, calma. Javier, no te pases, le hace ilusión. Y tú ―añadió dirigiéndose a Gema― ponte una bata no vayas a coger frío.
A las once la familia abandonó el piso camino de la iglesia. Luis, su nuevo marido inmortalizaba el momento, Javier revoloteaba en torno a su hermana provocándola.
Mientras avanzaban hacia el templo, Mili, quedó embargada por un sentimiento agridulce. De un lado no podía olvidar la ausencia de Sergio, habría pensado que su hija era la más guapa pero al mismo tiempo, estaba satisfecha. Después de superar una viudez prematura, había conseguido una estabilidad para sus hijos y para ella misma. Además el tiempo acompañaba.
Tras la ceremonia la familia y los invitados se trasladaron a un restaurante en las afueras. La tensión llegó en el momento de repartir a los invitados. Cuando Lola supo que la mesa presidencial la ocuparían su nieta y sus amigos, no dudó en mostrar su desacuerdo mostrando mala cara.
Mili supo que el segundo dolor de cabeza estaba próximo.
Antes de marchar, Marta, la madrina de Gema se acercó a su mesa para decirle que la matriarca quería hablar con ella. Luis se dispuso a replicar, pero ella con un gesto le indicó que se calmara y se levantó.
― Bueno Lola ¿Qué pasa?, preguntó cuando se encontró frente a su antigua suegra.
―¡Eres una sinvergüenza! No sólo olvidas la memoria de mi hijo, sino que nos relegas y además a lo zorro.
El fuego le subió a las mejillas. Podía comprender que de entrada les hubiese parecido mal que hubiese rehecho su vida con Luis, que notase la falta de su hijo. Sin embargo lo que no podía encajar era que dos años después de morir Sergio, se hubiesen ido a bailar a Benidorm.
―Pues mira, Ya que somos tan sinceras, te voy a decir que lo tuyo es puro teatro. Si hice esto es porque veía que estabas dispuesta a amargar la comunión de tu nieta con llantos y suspiros No lloraste tanto cuando te fuiste de vacaciones para divertirte¿no? ¿Sabes que te digo? Si no fueses la abuela de mis hijos y la madre de Sergio te mandaría a donde yo me sé.
Lola se quedó suspensa unos minutos. Cuando quiso responder pero Mili ya se había ido.


Me gusta, ¡Ay! la familia política.