—¡Lo tuyo es puro teatro!, decía Remigio con rabia y entre dientes. Siempre has creído que quejarte era la mejor manera de seguir viviendo y jamás pensaste en los demás. Cada lamento tuyo ha sido una puñalada para todos nosotros. Hemos sufrido, en silencio, tus impertinencias y tragado un millón de sapos para poder seguir a tu lado. Siempre te has creído superior al resto de los mortales y nunca te has preocupado por nada ni nadie de los que te rodeamos. Ahora comenzarás a entender lo que es una vida de las que tú llamabas rutinaria y ordinaria. Aquí no hay sirvientes, ni mucamas de ultramar, ni mayordomos con librea. Ni tan siquiera una asistenta por horas. Encontrarás la horma de tu zapato, el almidón para tus cuellos planchados, la impotencia de la inanidad o la amargura de las horas varadas. Mira, ahora te dejo aquí y ya volveré cuando te haya calentado el sol.
Y Remigio se alejó de la terraza del jardín dejando a la vieja en la silla de ruedas. Aurora miraba al frente con ojos apagados y llenos de legañas. De vez en cuando la cabeza le caía hacia un lado y el movimiento se acompañaba de un hilillo de baba que brotaba de la comisura de su boca. A cada cabezada, la saliva alternaba de comisura pareciéndose a una clase de gimnasia sueca: izquierda, derecha, izquierda, derecha,…
Un enorme dogo alemán arlequín se acercó a la octogenaria y comenzó a olisquear la silla. Al cabo de varias vueltas y mil olfateos, el can alzó una de sus patas traseras y meó sobre una de las ruedas de la butaca con ruedas. El perro se alejó al escuchar los pasos y las blasfemias de Remigio.
—¡Perro de los huevos! Ahora dirán que lo vi y no hice nada.
Agarró los mangos de empuje y llevó a la mujer a una zona sombreada.
—Bueno, aquí la puedo dejar casi una hora antes de que le dé el sol.
Allí quedó doña Aurora, a la sombra y abrigada de las corrientes, aunque no protegida de las cagadas de las dulces aves que alegremente revoloteaban por el pequeño cielo de tan privadísimo jardín. De altiva dama de pueblo, con notario y boticario, mutó en macetero rodante. Remigio sonaba a lo lejos y el dogo venía una y otra vez a mear sobre la vieja. Cuando el hombre callaba el perro abandonaba el lugar y así estuvieron hasta que el yerno se acercó a la silla para trasladar a la inválida a otro lugar.
—¡Qué no tenga que volver otra vez, coño!
Y la vieja quedaba a merced del sol, los pajarillos y el can meón. Ahora que el perro estaba lejos la buena señora, que no podía controlar sus esfínteres, se meó. La anciana que, entre otras muchas cosas era diabética, producía una orina azucarada que atraía a moscas, abejas, avispas y otros muchos insectos. Así que, de lejos, la buena dama parecía un enorme enjambre terrestre. Doña Aurora se alegraba al orinarse pues cada meada le suponía una liberación, eso sí temporal, de dogo y yerno que no se acercaban hasta que Remigio conectaba un aspersor de riego y alejaba a los bichos voladores y, de paso, lavaba y desodorizaba a su suegra. En esos escasos minutos de intimidad diptérica la mujer saboreaba su última etapa en este mundo y repasaba su vida para ver si, al fin, podía comprender el porqué de aquel trato tan peculiar que le daba Remigio. Pero no alcanzaba a recordar más allá de la última hora vivida. Solamente recordaba desde el momento en que su yerno le ponía unas gotas de algo en el zumo y le decía:
—¡Bebe, carajo, a ver si hoy no me jodes la mañana!
Y desde ese instante la lengua se movía sin hablar, la boca se abría y cerraba a un ritmo fijo y cansino y la fuerza se le escapaba al igual que las babas que cubrían su pechera. De vez en cuando la mujer cabeceaba, pero despertaba dando un profundo suspiro. Ese quejido acaso fuera el pasado que la acorralaba en su red de olvido. A lo lejos una radio informaba al viento y entre músicas se escuchaban las recomendaciones de lo último en restaurantes, tapeos, talleres de chapa y pintura, la oferta del mes en la funeraria “El camino sin retorno” o la nueva llegada de alegres damas al Club “El pecado constante”, junto a la gasolinera de la general…
Doña Aurora vegetaba entre las ramas invisibles de un árbol de rutina amarga. Cuando llegó al pueblo la vida era otra. Ella venía de la gran ciudad, de allá lejos donde se confunden las personas en las aceras y lo anónimo prevalece. El lugar era pequeño, más bien escaso, y ella estaba colocada en la cúspide de una invisible pirámide. Había llegado allí y se transformó en ama y dueña. Pero ese cambio no le hizo olvidar su origen y su cabeza se quedó envuelta en una gasa de culpabilidad y temor. Su papel era necesario para el control de la casa y de él dependían futuro y presente. Nunca antes había visto sirvientes ni aduladores y ahora los tenía a montones desde la mañana a la noche.
Ese cambio que dio la vuelta a su vida fue tan profundo y agresivo que la llevó a los límites del hastío y a la línea amarga de la dependencia. Ella siempre procuró contrarrestar esa subordinación con la ironía y la altivez. Mala mezcla esa de hacerse pasar por lo que uno no es con lo que se aparenta a diario. Así se vio atenazada por su propia mentira e hizo sufrir a quienes la rodeaban, como solamente lo sabe hacer un torturador, un inquisidor o un forúnculo. La dama se hacía la frágil ante los que se consideraban fuertes e inteligentes y esa actitud compensaba, a la larga, con creces lo que los otros creían haber conseguido.
En poco tiempo se vio tratada no como igual, sino con admiración callada por los principales de aquel lugar y supo apreciar como nadie el significado de las palabras poder e influencia. Sentía verdadero placer cuando una insinuación se convertía en una orden o un deseo, apenas manifestado, se materializaba en pocos días. Por la casa pasaban gobernadores, obispos, notarios, médicos, jueces, aizcolaris, mariachis, viajantes de comercio. Y un día apareció por allí un burgalés que vendía morcillas de arroz y discutía fervientemente que eran muchísimo mejores que las alemanas. Basaba su afirmación en que la simple pronunciación del género ya mostraba la grandeza de su sabor. Doña Aurora, obviamente, lo echó de la casa y no a patadas, ni por falta de ganas si no porque llevaba falda tubo y no le permitía levantar la pierna con soltura.
Un día la anciana observó que su yerno no ponía ninguna gota en el zumo y se asombró al ver que dirigía la silla de ruedas hacia el cuarto de baño. Una vez allí el hombre levantó a la mujer de la silla. Sentó a la anciana en un taburete que había en el centro de la habitación y lo empujó hasta el borde de la bañera. Volvió a cogerla y la dejó suavemente en el fondo del baño y comenzó a desnudarla. Cuando ya estaba desnuda agarró el mango de la ducha y abrió el agua. Un chorro fuerte de agua fría mojó a la vieja y con una esponja enjabonó todo el cuerpo sin ningún miramiento. Doña Aurora hacía aspavientos que hicieron sonreir al yerno.
—¡Qué, qué, da gusto el agua fresquita! ¿A que sí? No te preocupes que tienes agua para rato. Hoy vas a estar guapísima. Ya verás que sorpresa tengo para ti. Además todo el mundo dirá: ¡Quién lo diría, mira cómo trata Remigio a su suegra! Y tú te exasperarás como una perra rabiosa y nadie nunca sabrá lo que aquí está ocurriendo. No puedes hacer nada. ¿A que jode, eh? ¡Vieja de mierda!
Al cabo de un buen rato de higiene y acicalamiento, Remigio volvió a instalar a la anciana en su silla de ruedas y la llevó hasta su cuarto. La colocó frente al tocador e inició una escrupulosa labor de maquillaje sobre su suegra. Al cabo de unos larguísimos minutos la vieja parecía un calco de la mujer que fuera otrora. Apenas el yerno hubo colocado a la mujer en su lugar habitual de la terraza, con puntualidad inglesa, apareció la visita.
—¡Aurora, Aurora, estás divina de la muerte! Sí, estás fenomenal. Ya me parecía que exageraban. Hace años que no te veo así.
Y doña Aurora se decía para sus adentros:
—Claro hace años que no me ves, cacho perra. Y tanto que estoy divina de la muerte. ¿Cómo voy a estar?
Al cabo de un rato la visita se levanta y dice:
—Bueno, rica, me voy que estarás cansada de tanto alboroto.
Y Remigio, muy alegre y amable, acompaña a la visita hasta la puerta. Y al fondo del jardín el dogo se estira y las abejas liban las flores…

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