Sabes impostar la voz, componer el gesto, aparecer ante todos con ese empaque que te dan tu estatura, tus ropas de marca y una sonrisa postiza, mil veces ensayada ante el espejo, que se torna en gesto agrio a la menor contrariedad.
Sabes decir a cada interlocutor lo que le gustaría oír, consciente de que luego harás lo que te convenga en su momento: como un encantador de serpientes, quienes te visitan salen fascinados de tu presencia, convencidos -¡pobrecitos!- de que van a ser atendidas sus demandas. Tu palabra es un péndulo que oscila entre el sí y el no sin ritmo fijo, bajo los impulsos de la actualidad más viva y perentoria.
Cuando apareces, revestido de la aureola y del incienso, sabes mostrarte convincente, halagar los oídos de quienes oyen pasivos, incapaces de escuchar entre la farfolla de palabras huecas que utilizas con maestría la verdadera sustancia de tu oratoria. Encandilas al personal con vaguedades y promesas hechas para tu parroquia, dispuesta a seguirte hagas lo que hagas.
Juegas con ventaja porque sabes que su memoria es débil y puedes decir una cosa y la contraria sin apenas intervalo de tiempo y sin que te lo reprochen. En tu escala de valores aparece en primer lugar la conservación de un status que crees haber ganado con merecimiento y luego el teatro. Éste es ficción, impostura, apariencia, escenario, bambalinas, telones, vestuario, actores y espectadores. Como buen histrión, exageras amores y odios, deseos y realidades, adhesiones y oposiciones, aspiraciones y realidades. Para ti es juego de niños atribuir a tus discrepantes todas las falsedades que te caracterizan. Atacarles y acosarles con epítetos repetitivos y trasnochados te hace sentirte superior a ellos.
En apariencia abominas de un tiempo que en tu subconsciente quisieras reeditar. Por eso tu libro de cabecera es sospechosamente semejante al que criticas de boquilla con ocasión y sin ella. Vives el presente sin más, la realidad no te afecta -acaso no permites que te la cuenten- en tu teatro la obra tiene un final feliz y basta seguir el guión, poner los actores adecuados y los medios para lograr el éxito.
Pero esa obra que calificas de tragicomedia está punto de convertirse en tragedia. ¿Qué tienes pensado hacer entonces?
