“Yo misma había llegado a convencerme de que mi matrimonio era perfecto.” Paso la página buscando continuidad a esta frase, y por respuesta solo encuentro las mismas palabras repetidas unas setenta veces y un montón de hojas en blanco. Un diario, con flores secas incrustadas en sus páginas, con tanta personalidad como la que desprende la mujer que lo ha escrito. Un cuaderno que deja un mensaje confuso, inconcluso. Echo un vistazo a la habitación y el espejo del viejo armario me devuelve mi reflejo. Estoy sentada en el suelo, rodeada de elegantes y femeninas sombrereras repletas de cuadernos, fotografías y cintas de súper 8, con los brazos, pesados y rendidos, asumiendo una derrota que mi cabeza se niega a reconocer. ¡Tengo que encontrar el siguiente diario! Necesito entender demasiadas cosas aún. Todavía no se qué hago en París ni que tiene que ver conmigo esta mujer, para hacerme poseedora de sus pertenencias y su vida.
“Nací llamándome Bibiana Espido, en Cartagena. Renací cuando me instalé en un apartamento en la rue La Boétie, de París, haciéndome llamar Garland Therrien. Así firmo mis trabajos. Así doy rienda suelta a mis anhelos.
La gente tiende a pensar que la única razón capaz de impulsar a una mujer a abandonar su país es una relación fracasada de la que huir, o los deseos de un futuro prometedor al abrigo de un amor que, se supone, ofusca la razón. La gente piensa demasiado, sobre todo en las vidas ajenas. Disfrutan buceando en mares de elucubraciones profundas ayudados por el oxígeno que da el aburrimiento, el tiempo libre malgastado en vivir vidas de película. El cine ha hecho demasiado daño. Parece que todas estamos obligadas a encontrar un Lawrence de Arabia o un Brando que nos rescate de nuestras miserias.
“Yo misma había llegado a convencerme de que mi matrimonio era perfecto.” —me confesó mi hermana una tarde de calor y llanto sofocantes. Me repito muchas veces esta frase grabada a cincel en mi cabeza, que siempre ha sido dura como el titanio. Ella volcó todo su entusiasmo e ingenuidad en un matrimonio que nuestros padres sembraron, sin que ella se diera cuenta. Poco después vería como los celos talaban una a una las ramas de aquel enlace, haciéndolo pedazos, hasta convertirlo en un tocón del que poco podía aprovecharse. Eran años sin la alternativa del divorcio. Eran años para quedarse quietos y aparentar que todo va bien, de cara a la galería, o arrasar con ese bosque de conformismo e infelicidad enfrentando el qué dirán. Ella tenía una hija, y horror a admitir un fracaso. Intentó vivir de apariencias y acabó por consumirse, poco a poco, en nombre de eso que algunos mal entienden por amor. Su corazón se paró a los veinticuatro años. Su marido, que ya había reiniciado su vida sentimental antes de que terminara la anterior, se llevó consigo a mi sobrina. Tenía apenas 3 años la última vez que la vi.
Yo, que nunca comulgué con los cuentos de princesas y dragones, decidí poner tierra de por medio en el momento en que mis padres empezaron a buscar un castillo con príncipe en el que instalarme, como mandaban los cánones. A ellos les costó una terrible decepción y a mí la más brutal de las incomprensiones. Cuando emprendes el camino más complicado de tu vida lo último que quieres es hacerlo sintiéndote desamparado. Yo me sentí así durante mucho tiempo. No hay nada de glamuroso en empezar de cero, y con miedo, en una ciudad que se te viene encima. Paris, la ciudad de las luces, la ciudad del amor, es también la ciudad donde te puedes sentir abominablemente sola rodeada de mucha gente.
“El amor es lo que mueve el mundo” — leo en un artículo de Le Figaro. Tacho la frase con un boli y corrijo: La pasión es lo que mueve el mundo. El amor es aburrido, acarrea decepciones, disgustos, problemas. La pasión es divertida, y hemos venido a este mundo a divertirnos todo lo que podamos. Yo disfruto de mis pasiones. Pocas, pero bien aprovechadas. Cuando llegué a Paris lo hice con el firme propósito de hacerme un hueco en el mundo de la fotografía profesional, pasión convertida en sustento, donde la costumbre no era que una mujer apretara el disparador. Mi primer trabajo fue como camarera en un café, en el barrio de Montparnasse, trinchera de artistas entre los que hice buenos amigos y mejores contactos. Me ganaba un sobresueldo como modelo para las obras de algunos de ellos. Compartí delirio, también, en los lienzos de algunas camas. Fueron años para empaparme de sabiduría, y envolverme en pieles amantes. De algunas de esas pieles guardo grandes recuerdos, en otras tengo incondicionales aliados. Conseguí el dinero suficiente para comprar un equipo digno de una fotógrafa con aspiraciones al éxito, y abrí un pequeño estudio cercano al barrio de Saint Honoré. El mundo de la moda hacía ebullición allí, por entonces. Mis primeros trabajos remunerados fueron retratos a particulares: familias o solteros ansiosos de plasmar su cara en un papel con el que obsequiar sus parejas. Extraña personalidad la que te hace pensar que una foto, con tu rostro, es un regalo digno de ser agradecido. La vanidad en blanco y negro. Toqué en las puertas de cuantos talleres de costura tuve a mi alcance. Plasmar maniquíes con trajes de ensueño fue dando continuidad a mi pasión por el objetivo. Llegar a casa y ver aparecer, como por arte de magia, una buena imagen, a través del líquido revelador, siempre me ha causado una exaltación cercana al orgasmo.
Conseguí renombre como fotógrafa de moda. Eso me permitía contratar modelos, lo suficientemente interesantes, con las que hacer en casa trabajos más personales que los que podía conseguir en desfiles y talleres de alta costura. Con ellas daba rienda suelta a toda mi inspiración que no hacía más que invadir mi cabeza con fotos que necesitaba materializar, con premura. Me daba pánico pensar en el riesgo de que tantas ideas escaparan de mi mente, para no volver jamás. Me enredé en una vorágine de obras que empezaron a ser expuestas en las galerías más importantes de París. Gané mucho dinero. Viví como quise, siempre con mis cámaras al hombro. Mi pequeña Kodak de películas, y mi Ikonta, no faltaron a ninguna reunión entre amigos, tampoco a ningún viaje por Europa o al otro lado del océano. Nunca me canso de ver las cintas de aquel viaje a Los Ángeles, para mi primera exposición allí.
El miedo y la soledad se combaten con arrojo y pasión. Solo hay que procurar no cruzar la línea en la que esta te ciega hasta el punto de lograr que pierdas el norte. Yo estuve a un paso de cruzarla. Solo el recuerdo de mi hermana y mi sobrina me hacía mantener los pies en el lado correcto. Aunque no la volví a ver, ya que su padre nunca lo consintió, tampoco le perdí la pista. Sé que ella jamás ha sabido de mi existencia, porque nadie se molestó en contarle nada que la vinculara a su madre. Hoy en la notaría he dejado todo atado, y bien atado, para que el día que yo falte, y ella sea lo suficientemente adulta, sepa quién es su familia materna y los errores que no deben cometerse en nombre del qué dirán, la conveniencia y “el amor.” Le dejaré todo lo que tengo, lo banal y lo importante: una historia en papel y cintas de súper 8. Un legado de apasionadas vivencias que, a fin de cuentas, son las que forjan lo que somos.
