Una pasión muy especial

Yo misma había llegado a convencerme de que mi matrimonio era perfecto. Nos habíamos casado hacia tres años, un sábado resplandeciente del mes de mayo. Nuestra boda fue muy especial, y eso que habíamos tenido que retrasarla en numerosas ocasiones. Primero fue por imperativo legal, después, no por uno si no que, por varios imperativos familiares. Hasta su abuela amenazó con no asistir a la ceremonia, aunque finalmente fue quien mejor lo pasó bailando hasta el amanecer. Nuestra boda fue perfecta, el escenario, como si de un cuento de princesas se tratara, un castillo de grandes salones. En el convite estuvieron todos, ninguno de los que habían amenazado con que no contaríamos con su presencia faltó. ¡A pesar de que mi futura pareja no gozaba de sus simpatías! — Rumores absurdos — decía mi pareja. Quizás les animo el hecho de que la diosa fortuna se hubiera dignado a posar sus ojos en mí y me hubiera agraciado con siete millones de euros, dos meses antes del evento y justo dos días después de que la familia de la parte contraria, me hubiera convencido de la conveniencia de una separación de bienes. Afortunadamente para mí, cuando llego esta prebenda de mi hada madrina, yo ya había sido coaccionada a firmar ante notario mi “no interés” en los bienes de la otra parte. Pero volvamos a mi boda de cuento de hadas, todo estuvo perfecto. La entrada en el patio principal del Castillo, bajo los acordes del Asturias patria querida interpretado por una banda de gaitas venida desde Asturias, marco el inicio de un aperitivo selecto, compuesto únicamente por jamón ibérico, cortado por cuatro profesionales situados estratégicamente en los laterales del claustro. A este manjar le siguió una diminuta brocheta de marisco, en cuyos extremos se situaban dos langostinos que escoltaban a dos cigalas. Nos permitimos la nota patriótica: tortos de maíz, untados en un jugo de chorizo y coronados con un huevo de codorniz. Huevo de codorniz que, aunque no autóctono, le daba al aperitivo un aire más distinguido. Rematamos el aperitivo con unas pequeñas tostas de queso horneadas y recubiertas de caviar.  Un mariachi, hizo honor a los ancestros de la parte contraria y nos condujo al son de Si Adelita se fuera con otro y México lindo hacia unos jardines que tras atravesarlos, daban pasó a un inmenso salón, en cuya entrada se había colocado el protocolo, mediante un plano que indicaba a cada comensal cual era su lugar.

Al querer  que el evento fuera algo especial, y único a la hora de contratar el banquete, habíamos recalcado nuestro deseo de que hubiera personal suficiente para acompañar a nuestros invitados hasta su mesa, ¡queríamos lo mejor! Y lo tuvimos. El banquete comenzó con el inicio de la música de fondo: un cuarteto de cuerda traído expresamente desde Austria, alguien le había comentado a mi futura suegra, que los cuartetos de música era lo más chic del momento, en cuanto a banquetes nupciales. No sé porque me viene a la memoria ahora la cara de aburrimiento de algún invitado. La comida se empezó a servir con puntualidad británica, a las dos de la tarde. Los camareros empezaron a desfilar bajo la atenta mirada de cinco maîtres, portando en sus bandejas nuestra primera elección: Dúo de bogavante y langosta a la plancha, adornado con cigalas de los fríos mares de Escocia de y langostinos de San Lucas de Barrameda. Seguimos con una lubina a la espalda rellena de ajos tiernos y oficios, después del sorbete de limón, llegó el corazón de solomillo al hojaldre cubierto de foie y reducido al aroma de la albahaca.

Como postre, no podía ser menos, helado Peñasanta acompañado de crema de arroz con leche.  Todo ello, bien regado con los mejores caldos del país.

Hoy tres años después del suceso, tengo entre mis manos la minuta de la boda y no me puedo creer que mi ya ex pareja intentara matarme en aquel viaje a Las Seychelles, mientras practicábamos submarinismo. Junto a la minuta guardo una copia del seguro de vida que me hizo, siendo mi pareja beneficiaria en caso de muerte por accidente.

Yo misma había llegado a convencerme de que mi matrimonio era perfecto, incluso después de que su primera pareja me mostrara las cicatrices que le habían quedado como consecuencia del incendio de su casa, y eso que la policía cerró el caso con un provocado por algún desaprensivo que no compartía la existencia de parejas de hecho formadas por dos mujeres.

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