Una educación

Título Original: An education, 2009. Dirección: Lone Scherfig. Guión: Nick Hornby. Intérpretes: Carey Mulligan, Peter Sarsgaard, Alfred Molina, Olivia Williams, Rosamunde Pike, Dominic Cooper, Emma Thompson.

“Una educación” tiene en común con “Seven”, de David Fincher, algo tan aparentemente inocuo como los títulos de crédito. Si existen directores que le otorgan a esta parte de la película una importancia minúscula, como Woody Allen, hay otros que gustan de contener la historia del film, hacer un resumen. Así, dos películas tan aparentemente alejadas como son las dos de las que hablo, están unidas en un arranque abrumador. “Una educación” contrasta, en un par de minutos, la vida de las féminas estudiantes en los años 60, la cara de aburrida de la protagonista y las posibilidades que habría en el mundo, todo ello inmerso en una música atrevida y potente.

La historia es sencilla: Jenny, en el último año de escuela antes de comenzar la universidad, es una alumna brillante, no sólo por sus notas, sino también por su curiosidad y originalidad. En ese año clave que supone a los estudiantes el elegir el futuro, ella, encerrada entre cuatro paredes por las horas de estudio, conoce a una persona que le hace vislumbrar otra vida, también llena de cultura y estímulos, pero al alcance de la mano, sin tener que pasar por las interminables horas de traducción en latín. Lo que Jenny ve es, en fin, la posibilidad de “otra educación”.

Lo más llamativo de la película es el personaje de Jenny. Chicas como ella (inteligentes, brillantes, divertidas, con ese punto de originalidad y picardía que sólo da la adolescencia) no son lo más abundante, pero existen. Contrasta con la “vulgaridad” de sus compañeras, y la actriz, Carey Mulligan, ha sabido dotar al personaje de ese encanto especial. Jenny muy bien podría haber caído en el otro lado, el de la niña repipi o sabihonda, con una sabiduría impostada (como la “Juno” de Reitman), pero el encanto de la actriz salva al personaje, dotándola de veracidad, ardor y simpatía. El espectador siempre se pone de su lado.

Quizás el guión de Nick Hornby haya tenido algo que ver. Los protagonistas del film no se limitan a ser planos, prototipos, o simplemente comparsas del encuentro y posterior historia que se produce entre Jenny y Britt, sino que consiguen ser reales, tienen vida anterior y posterior a su momento en pantalla. La profesora de literatura (se podría establecer un género con las películas dedicadas a los maestros de esa asignatura), interpretada por Olivia Williams, viene a ser el punto de inflexión, la catarsis de Jenny, el “podría ser”. La sabiduría independiente.

Y sin embargo… sin embargo sorprende que el final se diluya un poco. El protagonista masculino desaparece, y no sólo figuradamente, perdiendo fuerza y brillo la coherencia del personaje (gran Peter Sarsgaard). Los acontecimientos, desde que Jenny hace un terrible descubrimiento, se precipitan y atropellan, solapándose unos con otros, dejándonos unos últimos minutos de metraje algo extraños. Es una pena que se rompiera el “tempo” de una película, por lo demás, tan equilibrada.

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