Paz

Yo misma había llegado a convencerme de que mi matrimonio era perfecto. Una vida relajada al lado de un marido no muy exigente, un trabajo bien pagado y tiempo suficiente para dedicarme a lo que quisiera. Trabajaba en la consejería de hacienda, de ocho de la mañana a tres de la tarde. La mayoría de las tardes las pasaba en el gimnasio, tomando clases de aeróbic, o jugando al pádel con alguna de mis amigas de universidad. El primer año de matrimonio fue bastante bueno, tras un noviazgo más bien corto, y convencidos de que estábamos hechos el uno para el otro, decidimos casarnos en la iglesia de Urueña, en la provincia de Valladolid un día que regresábamos de uno de nuestros viajes culturales. Si mal no recuerdo, aquella fue la última vez que hicimos algo de forma impulsiva y sin pensar en las consecuencias que pudiera tener.

Aún así, no lo pasé mal del todo, Juan era, y es cariñoso, no me exigía demasiado y se conformaba con lo que le daba. Pero, como siempre en esta vida hay un pero, a mi no me llenaba. Y no sabía el porqué. Lo comentaba con mis amigas tomando el café, y todas me tildaban de loca, pesimista, o cualquier otra cosa. “Eres la envidia del grupo” me decían, una casa en el centro de León, justo al lado de la catedral, un chalet para pasar las vacaciones, y los días libres en Santillana del Mar y un par de coches en el garaje de casa. Aunque a mi, la verdad es que me faltaba algo. No sabía el qué. Y estaba loca intentando descubrirlo, pero no acababa de ver qué era lo que me faltaba.

Y, cosa sorprendente, tuvo que ser un libro el que me abriera los ojos. Jamás me hubiera imaginado, que en un libro iba a encontrar la respuesta a mis preguntas. Y no. No fue un libro de autoayuda ni nada parecido, fue leyendo “La pasión turca” de Antonio Gala, que descubrí que era lo que necesitaba en mi vida. Y lo que necesitaba era pasión. Una energía que, sin saber como ni cuando, me había abandonado. Yo recordaba momentos de mi vida en los que me había dejado llevar por la pasión. Mi primer amor, llamémoslo así, había sido una especie de hoguera que me quemó durante el segundo año en la facultad de Economía, fue doloroso, intenso, desgarrador. Pero una relación de la que no me olvidaré en la vida, porque recuerdo aquellos meses como los meses más intensos de mi existencia.

Supongo que después de cinco años de matrimonio con Juan, me había acomodado. No, mejor no lo voy a suponer, definitivamente me había acomodado. Simplemente me dejaba llevar, los días pasaban uno tras otro, sin mayor pena ni gloria, sin más emociones, que las de saber a donde iríamos a cenar el viernes, y saber si podríamos ir a Madrid a ver un musical. Pero me faltaba algo, y ese algo era la pasión. La emoción por sentir, ver, tocar, a algo, a alguien. Era eso lo que me faltaba, y me estaba apagando poco a poco.

Podría decirse que me había dado cuenta a tiempo, con treinta y seis años, aún era joven y podía encontrar la pasión allá donde quisiera aparecer. Pero, ¿cómo la iba a encontrar? ¿Dónde? Ni idea.

Empecé a tomar clases de baile, de siempre me gustaba bailar. Aún recuerdo mi época en la universidad, era la reina de las fiestas. Me entregaba con tal pasión que perdía la noción del tiempo. Si en aquellos años me llenaba tanto el baile, podría ser interesante recuperar esa afición.

Transcurridos seis meses decidí dejarlo, aquella academia de baile, despertaba en mi cualquier tipo de sentimiento, menos algo que se pudiera definir como pasión. Abandoné, un lunes decidí que no volvería, y lo dejé. Después me uní a un grupo de lectura, lo cierto es que fue de casualidad, ya que en mi vida me hubiese planteado semejante opción. Lo cierto es que no recordaba haber leído nada desde la época de estudiante, a excepción de “La pasión Turca”, y ya habían pasado unos cuantos años. Fue mi amiga Rosa la que me lo comentó, y lo cierto es que como no tenía nada que perder, me fui con ella para conocer a aquél grupo de extraños amigos, que solo se reunían para leer.

¿Qué les podría aportar una reunión de esas para leer? No me lo podía imaginar. Y según ser acercaba el momento de incorporarme al grupo, más extraño me parecía.

Acabábamos de volver de las vacaciones de semana santa, cuatro días en Venecia. Cuatro días llenos de visitas, recorriendo sus canales, las plazas, el mercado…, pero cuatro días monótonos, aburridos y sin ningún tipo de emoción. Cuando les comenté como me sentía a mis amigas, me miraron perplejas y me llamaron, menos bonita, de todo.

Pero no lo podía evitar, eso era lo que sentía. Y era consciente de que cualquier otra persona en mi lugar, en esos momentos sería la más feliz del mundo, pero yo no.

Así que, ese martes, me incorporé a la reunión del grupo de lectura, con Rosa, mi amiga del alma. Me presentó a ocho personas, que no tenían absolutamente nada en común, más que su pasión por la lectura. Y eso fue lo que vi en ellos, pasión. No me lo podía creer, leían pasajes de libros elegidos al azar. Pero los leían con tal intensidad, con tal entrega, que daba la sensación de que se iban a morir si un día se veían obligados a dejar de leer. Aquello me llamó poderosamente la atención, y al menos consiguió que me picara la curiosidad y que volviera a la siguiente reunión. Pero esta vez no me tocaría ir con Rosa, me habían asignado a otro grupo. La norma era clara, la única relación que podían tener los miembros del grupo era la que tuvieran mientras estaban leyendo juntos. Estaba prohibido mantener lazos de amistad u otro tipo de relación y pertenecer al mismo grupo de lectura.

Y así fue como conocí a Luna, era la encargada de coordinar y dirigir al grupo, ella era la que seleccionaba las lecturas, y la que decidía quien comenzaba las lecturas del día. El primer día me hizo una especie de entrevista para ver si tenía las cualidades necesarias para pertenecer a su grupo de lectura. Sorprendida, en un principio estuve a punto de enviarla a paseo, ¿hacerme una entrevista para ver si puedo leer libros con ellos? ¿Quién se creía que era? Pero el tono que empleó para pedírmelo y la forma en la que se dirigió a mi, me hizo cambiar de opinión.

—¿Por qué estás aquí?—Me preguntó.
—Porque me ha traído mi amiga Rosa.
—No me refiero a eso—Volvió a inquirir.
—Esto…, estoy buscando la pasión.
—¡Vaya! Muy interesante.

Y así se acabó la conversación. Dos meses después, me había leído tantos libros como había sido capaz. Ahora alternaba mis días de gimnasio con las tardes de lectura, y aquello empezaba a funcionar. Me sentía mejor, me sentía un poco más llena. Pero aún así…

Después de acabar una clase, a finales del mes de Junio, Luna me volvió a interrogar.

—¿Has encontrado la pasión?—Me soltó a bocajarro.
—No lo sé. Cierto es, que me encuentro más llena, pero no sé si es esto lo que necesito de verdad.
—¿Confías en mí?—Me dijo con un tono de voz, que a punto estuvo de hacerme escapar.
—Si…, creo. ¿Por qué?
—¿De verdad quieres recuperar la pasión?
—Si. Lo necesito.
—Espera un momento.

Salió un momento de la sala en la que nos encontrábamos, y volvió a los cinco minutos vestida con una especie de Kimono de seda, dos cojines enormes y un libro con las tapas negras, sin título ni autor reflejados en él.

—Desnúdate—Me dijo.
—¿Qué?
—Desnúdate, por favor.
—Mira, Luna. No sé si te he hecho pensar algo raro, pero aún a pesar de que me gustas mucho, no quiero tener nada contigo.
—Antes me dijiste que confiabas en mi, ¿no?
—Si. Pero, esto…
—Tranquila, no pienso aprovecharme de ti. Salvo que tú me lo pidas.
—…

Me desnudé, y me senté en uno de los cojines que había traído Luna. De pie junto a mí, se abrió el Kimono y pude ver que estaba completamente desnuda, sus piernas, largas y fuertes, con las marcas de la edad en los muslos me resultaron de lo más sugerentes. Se sentó detrás de mí, apretándome contra su pecho desnudo, mientras me tapaba un poco con el Kimono.

—Cierra los ojos, y déjate llevar.

Comenzó a leerme en voz muy baja mientras acariciaba mi pelo. Lo que leía no tenía ningún tipo de sentido, parecían párrafos sueltos elegidos al azar, a los que iba encontrando la razón de ser, mientras me iba adormeciendo recostada contra sus senos.

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