Meta vital recobrada

Yo misma había llegado a convencerme de que mi matrimonio era perfecto. Mi madre, artífice del mismo, me lo había repetido día y noche, dispuesta a participar en nuestra vida hasta convertirla en cosa de tres. Demasiados años de viudedad, apuros para salir adelante. Equilibrios para mandarme a la universidad fuera de casa, menos mal que pude mantener la beca toda la carrera. Mientras preparaba la oposición, todos sus desvelos se centraron en mí, aún más que antes. Los años fuera de casa me habían dado una independencia que a veces añoraba.

Me pregunto si tener el primer destino tan próximo a casa fue positivo o no. Ella se relajó y empezó a recuperar pasadas relaciones, salía alguna vez a la semana a tomar café con amigas de juventud y al volver siempre estaba alegre y dicharachera, me contaba atropellada datos de antes y de ahora, se reía; yo sentía alegría al ver que por fin le había llegado el momento de vivir con tranquilidad y sin agobios. Me contaba anécdotas de ellas y de sus hijos, se alegraba de verdad con sus éxitos.

Yo, mientras tanto, vivía enfrascada en mi trabajo, en mi timidez endémica; dedicaba a la lectura los ratos libres, le ayudaba en casa –no tanto como debiera- sin más preocupaciones ni deseos insatisfechos. Hasta que a ella empezó a rondarle la idea de que me hacía falta un buen marido, no iba a vivir siempre y alguien tendría entonces que cuidarme. A mí nada me dijo, de momento; cuando conoció a Eduardo, abogado y nuevo vecino del 3ºG, se dedicó a indagar sobre él, pues le había impresionado su aspecto joven, su soledad y una amabilidad que exhibía sin darse la menor importancia. Se las arregló para encargarle un trabajo y empezó a pedirle que le trajera los documentos a casa. Así fue como entramos en contacto: un café tras el papeleo, luego unas entradas de cine… en poco tiempo estábamos saliendo y congeniábamos a la perfección. Lo nuestro no era una pasión abrasadora, más bien nos dejábamos llevar por la inercia de la comodidad, de pisar terreno conocido, sin sobresaltos. Seis meses después, el doce de abril, nos casamos. Una boda sencilla, sin grandes celebraciones, pero muy emotiva, preparada con gran esmero por el primo Manuel.

El viaje de novios lo hicimos en coche particular, durante un a semana que dedicamos a descubrir las bellezas de la capital y al teatro. No había lujos, pero fue inolvidable. Con la suerte añadida de que el tiempo era espléndido. Mamá nos llamaba a diario, nos exhortaba a pasarlo bien; pero a los cuatro días ya preguntaba cuándo pensábamos regresar.

En un principio nos instalamos en casa de Eduardo, estábamos a gusto solos, hacíamos una vida de lo más normal. De momento buscábamos un tiempo de convivencia sin más, nada de niños, queríamos prosperar en lo profesional. Nada sencillo para mí, encasillada y con pocas perspectivas de ascenso. El bufete donde Eduardo trabaja se especializó en divorcios y pronto adquirió fama, sobre todo entre las mujeres, que lo recomendaban por el mejor medio: el boca a oreja. Así fue como Eduardo ascendió y se dedicó cada vez más a su faceta laboral. Abrieron una sucursal en la provincia, a cien kilómetros de distancia, y dos veces por semana viajaba para controlar su funcionamiento. Regresaba tarde, cansado, sin otras ganas que cenar y meterse en la cama.

Mi madre aprovechó la circunstancia para convencernos de la conveniencia de instalarnos los tres en su casa: aparte del ahorro tendríamos siempre la comida preparada y yo no estaría tanto tiempo sola. Una idea que él aceptó sin reservas y a mí me otorgó un plus de comodidad.

Pero llegó la crisis. La maldita crisis que muchos ignoraron hasta caer en el ridículo; la que se ha llevado por delante tantas ilusiones, la que ha empobrecido, de golpe, a casi todos. Y la gente dejó de divorciarse. Se cerró la sucursal y empezó a escasear el trabajo en el despacho principal. Eduardo, con más tiempo libre para pensar, descubrió que se hallaba lejos de conseguir su meta vital, inmerso en una vida anodina. Le molestaban mucho las quejas de mi madre sobre su pensión, que, por primera vez, había mermado. Según ella, eso era augurio de tiempos de escasez y miseria. Él decía que sus ilusiones juveniles habían regresado del subconsciente y le ordenaban actuar de inmediato, o no lo haría nunca. Me reprochaba mi tranquilidad y mi falta de ambición. En la oficina le debieron de dar alas, acaso creyendo que era una veleidad pasajera.

Tardó una semana en tomar la decisión. Aquel lunes, a mediodía, recibí una llamada desde su trabajo: me preguntaban si estaba enfermo, dado que no se había presentado ni explicado su ausencia. Sorprendida, aduje una excusa banal. No podía añadir que él había salido de casa como cualquier día.

Las numerosas llamadas que le hice a partir de ese momento daban una invariable respuesta: “Apagado o fuera de cobertura”. Comprobé que había llevado el coche. Le envié mensajes a lo largo de la tarde y de la noche: nada. El martes por la mañana, mi madre me apremió:

─Tienes que denunciar su desaparición. Puede haber sufrido un accidente o algo peor.

─Me han dicho que deben transcurrir veinticuatro horas para poder formalizar la denuncia. Si no tenemos noticias, esta misma tarde lo hago.

─Avisa en su oficina.

─Sí, voy a decirles lo que pasa. A lo mejor ellos nos pueden dar alguna pista.

En la comisaría me prometieron hacer toda clase de pesquisas y tenerme informada de sus resultados. No conseguí nada nuevo de la oficina. Mi madre martilleaba que no estaba haciendo lo suficiente para encontrarle. La cabeza me daba vueltas, a punto de estallar. Me tendí sobre la cama: deseaba que se me pasara lo antes posible el bloqueo que me embargaba. Durante el poco tiempo que dormí tuve un extraño sueño: me veía buscándole en una catedral medieval situada en lo alto de un monte, dando vueltas en torno a los muros, sin ver a nadie ni poder regresar a casa, pues el camino había desaparecido. Al despertar con un fuerte sobresalto me di cuenta de que aún no se me había ocurrido revisar los cajones de su mesita.

Había una nota colocada en el primero:

“Marisa, espero que alguna vez me comprendas y puedas perdonarme. No intentes buscarme, por favor. Me voy a un nuevo mundo, quiero hacer realidad material las promesas que nos hemos hecho en internet Sara y yo”.

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