La cinta blanca

Título original: Das weisse band, 2009. Género: Drama. Dirección: Michael Haneke. Intérpretes: Susanne Lotear, Ulrico Tukur, Burghart Klaussner, Josef Bierbichler, Marisa Growaldt, Steffi Kühnert, Michael Schenk, Janina Fautz, Michael Kranz, Jadea Mercedes Díaz, Theo Trebs.

Mientras uno ve “La cinta blanca” lo que siente es miedo. Desde el primer fotograma, aún a pesar de su ritmo pausado y de la tranquila voz en off que narra y ayuda a entender los acontecimientos, el espectador está inquieto, sabedor de terribles sucesos que van a cometerse, intuidor de escenas que no va a querer contemplar, con las manos prestas a taparse los ojos por si el director, Michael Haneke, vuelve a darle una sorpresa como en su película “Caché” y le cuela una escena que no desea presenciar.

Quizás ir a ver esta película conociendo la filmografía de su director condicione un poco. “Funny Games”, el largometraje más característico de su filmografía (al fin y al cabo, lo rodó dos veces sin cambiar ni un plano. Debe de considerarlo su obra maestra) llenaba la mente del espectador de escenas que convivirán con él toda su vida. Asfixiante, violenta, y para muchos innecesariamente cruel, es un film que llena sueños y produce pesadillas, acompañándole a uno en la butaca hasta cuando se decide a ver este espectacular cambio de registro.

Así, los acontecimientos entrelazados de un pueblo alemán antes de que estallara la Segunda Guerra Mundial nos producen un terror insondable. Uno cree que va asistir a algo terrible y la sensación de peligro inminente ocupa la cinta. Pero esa sensación es real, puesto que los niños protagonistas, envueltos siempre en un paroxismo de terror, la sienten, y también (aunque en menor medida) los adultos, que no dejan de ser los representantes de una nación que, al final, se embarcarían en una guerra y exterminio que pasaría, desgraciadamente, a los anales de la historia.

La película tarda en meterse en materia. Un médico rural tropieza, mientras cabalga, con una cuerda puesta adrede en mitad de su camino. Una trabajadora de una fábrica muere, por posible negligencia de sus “amos”. Un niño rico es raptado y salvajemente golpeado. Otros viven en un ambiente de represión absoluta y posibles malos tratos. Y un maestro se enamora de una institutriz. Todos ellos parecen estar unidos sólo por la vecindad, pero el espectador sabe que hay algo más que los ata y desea saber quién o qué es el causante de todos esos males. A la vez, la constante amenaza acompaña a todos, pero la película finaliza abruptamente, narrando con austeridad y estilo telegráfico el comienzo de la Segunda Guerra Mundial.

Pero Haneke gusta de eso. No es un director obvio, y su público se debate siempre entre dos aguas, entre “qué habrá querido decir” y “qué pienso yo realmente de esto”. Acostumbrado a dejar pistas, el alemán atrapa al espectador que quiere saber la suerte de los protagonistas, pero sus razones y motivaciones quedan siempre escondidas y uno ha de hacer un esfuerzo para entenderlas. Es posible que no sean tanto ganas de crear polémica como de asegurarse un público inteligente, difícil, algo más especializado pero posiblemente incondicional.

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