Camila y Heriberto

Yo misma había llegado a convencerme de que mi matrimonio era perfecto. Heriberto me engañó como a una colegiala. Puse mucho para adaptarme a su vida y el me pagó con la peor de las monedas: cuando cobré mi herencia se olvidó de mí.

Ahora me quedan los recuerdos truncados por la codicia y el egoísmo.

Todo comenzó cuando yo, agobiada por la casi patológica obsesión que mis padres tenían para que yo les acompañara hasta el final de sus días, me enfrenté a mi hermana y le dije:

—No estoy dispuesta a dejarme en esta casa la poca vida que me queda. Así que me voy a casar y largarme de aquí.

—Sí, no me digas ¿Con quién te vas a casar, si puede saberse?

—De eso ya me encargo yo, aunque ya, prácticamente, lo tengo decidido.

—Claro, en este pueblo hay tantos hombres que quieren casarse con una cuarentona amargada…

—Al menos no soy una perra alcohólica, como otras…

—Huy, ya sale Camila, la virgencita. Cómo se nota que solamente ve la paja en el ojo ajeno. Vaya, como nunca has estado cerca de borrachos ni otras calamidades.

—No empieces, Marymar, siempre tienes que atacar al mundo para que se te haga más soportable la soledad y la amargura que vives.

—Sí, efectivamente, vivo amargada, borracha y sola. Pero te aviso: tú acabarás sola y amargada si te casas con ese hombre. Crees que es trigo limpio y no sabes, de la misa a la media, las cosas que se dicen de él.

—Sí, ya sé que se dicen cosas. ¿Y qué? Siempre se comentan barbaridades de los que se han tenido que ir del pueblo para ganarse la vida. No iba a ser una excepción. Pura envidia que le tienen todos a Heriberto.

—No, te equivocas. Nadie le envidia, muy al contrario, casi todos le temen. Como en su día temieron a su padre.

—¿Es que no sabes aceptar tu derrota? Ahora te quedas tú al cargo de los viejos y te pudrirás junto a ellos.

Dicho esto abandoné la cocina y ya no volví, nada más que de visita, a la casa de mis padres.

Pero aquella conversación con Marymar siempre me rondó por la cabeza.

Heriberto se portaba muy bien conmigo y yo cada día me sentía más enamorada de él. Lo tenía todo: era educado y amable, trabajador y previsor, amante incansable, compañero admirable…

No se podía percibir en él nada que supusiera maldad o egoísmo. Los fines de semana iba a cazar y los domingos paseábamos por los campos y, alguna que otra vez, íbamos al cine.

Mi vida transcurría con suavidad y armonía. Económicamente nos desenvolvíamos bien, o eso creía yo.

Aquí comenzaron mis dudas y mi calvario por el mundo del matrimonio.

Cierto día, estando yo sola en casa, sonó el teléfono. Cuando lo cogí nadie respondió y colgaron la llamada. Así estuve durante algunos días. Yo no le dí importancia pues achacaba las llamadas a los múltiples cortes de línea que había por aquel entonces en el pueblo.

Pero un día sí que me hablaron. ¿Para qué levantaría yo aquel maldito teléfono?

—Diga.

—Buenas, ¿es usted Camila, la esposa de Heriberto?

—Sí, ¿Con quién hablo, por favor?

—Mire, señora, usted no me conoce. Yo he sido compañero de su marido durante un tiempo.

—¿Ah, navegaba usted con él?

—¿Navegaba? Bueno, sí, se puede llamar así.

—¿Cómo dice? No le entiendo, mi marido siempre trabajó en Ultramar de Pasajeros.

—Ya, ya, eso es lo que siempre dicen que digamos.

—¿Pero usted quién es?¡ Ni siquiera me ha dicho su nombre!

—Perdón, Camila, tiene usted razón. Me llamo Damián Cifuentes y he sido compañero de su marido durante los últimos cinco años de trabajo. ¿Nunca le habló de mí?

— No, jamás me habló de usted.

— Tal vez le hablara de “Silencios”, ¿lo recuerda?

— Sí, ese nombre me suena. Pero no habla mucho de él.

— Claro, Camila, supongo que no quiere que usted sepa a qué se dedicaba.

—Pero, ¿qué me dice? Heriberto siempre trabajó en esa naviera y era segundo oficial. Nunca se dedicó a otra cosa y cuando dejó de navegar retornó a su pueblo para vivir tranquilo.

— Señora, su marido nunca se retiró. Lo echaron. Nos echaron a todos porque ya no éramos útiles. Y nunca trabajamos en ninguna naviera, es más Heriberto se marea con sólo ver una ola.

—Mire, déjeme en paz. No vuelva a llamar.

Colgué el auricular; me quedé inmóvil. Sin darme cuenta apareció ante mí la escena de mi hermana Marymar y yo hablando en la cocina de padres, nuestra última conversación antes de casarme.

¿Cómo podía ser que después de tanto tiempo recordara yo las palabras exactas que me dijo entonces mi hermana? No, mi hermana no me había dicho ninguna premonición que hubiera tenido. Me dijo, entre líneas, que no me fiara de Heriberto y ella no solía decir nada que no estuviera bien fundado.

Ahora venían a mi memoria conversaciones lejanas, caras desconocidas, amistades “raras”. Percibía el engaño en cada frase y en cada vivencia.

Una llamada telefónica de un desconocido, una escueta y parca conversación fue lo único que se necesitó para que mi vida matrimonial se tambaleara.

El tiempo fue pasando y yo me olvidé de aquella llamada, hasta que otra llamada me puso en guardia:

—Hola, Camila, soy Damián Cifuentes, “Silencios”, ¿Me recuerda?.

—Sí, ¿qué es lo que quiere ahora?

—Yo no quiero nada, simplemente quiero prevenirle de que Heriberto va a marcharse del pueblo.

—¿Qué majaderías dice usted?

—Si usted, Camila, cree que son majaderías mejor será que se acerque al Banco del Campesino y que consulte su estado de cuentas. Si se fija verá que cada mes, el día 13, hay una transferencia. Ese movimiento no figura en los extractos que usted recibe en casa o cuando consulta su cuenta por Internet. ¡Ah, y otra cosa, no hable con Anselmo, el director, hágalo con Pilar! Si va dentro de una hora encontrará a Pilar sola en la oficina.

Dudé en salir pero, sin apenas darme cuenta, estaba aparcando mi pequeño Ford frente al banco. Efectivamente, Pilar estaba sola en su despacho, me hizo entrar y me dijo:

—Mucho has tardado, Camila. Pero siempre es mejor darse cuenta a tiempo. Ya me dijo “Silencios” que estabas muy “entregada” a Heriberto.

—¿Qué ocurre aquí, Pilar? No puedo comprender nada.

—Mira bien los datos que te voy a enseñar y luego ya me dices.

Me entregó varias hojas de movimientos y, con asombro no disimulado, advertí que, como me dijo “Silencios”, el 13 de cada mes había una transferencia. El importe no era siempre el mismo, pero sí que era muy elevado. El dinero se transfería a una cuenta de un banco en el extranjero.

—Pilar, ¿este banco de dónde es? Me suena mucho, pero ya sabes que yo no tengo idea de estas cosas.

—Mira, Camila, ese banco es de un paraíso fiscal y para él trabajó siempre tu marido. Heriberto se dedicaba a la captación de capital entre traficantes de drogas y otros delincuentes. Por eso siempre viajaba tanto y creíamos que estaba embarcado.

—¿Y Anselmo también estaba en esto?

—En un principio no. Pero cuando murieron tus padres comenzó a tratarse con tu marido. ¿Te acuerdas cuando resolvieron los problemas de los impuestos de la herencia con Hacienda? ¿Nunca te extrañó que jamás te volvieran a llamar? Pues ya ves, el dinero hace muchos amigos.

—¿Y ahora que me va a ocurrir?

—Bueno, Heriberto y Anselmo ya estarán detenidos en este momento y, en cuanto a ti, supongo que te llamarán del Juzgado y te propondrán un trato. No has sido consciente del daño que has hecho a causa de ese maridito que te echaste.

Bueno, ahora estoy sola, completamente sola. He cambiado un apasionado amor por una vitalicia condena al ostracismo.

¿Porqué no seguí con aquel soldador que cantaba tan bien?

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About Carlos Trenor

Nací en Barres, Asturias, municipio de Castropol, cuando ir a Oviedo era un acontecimiento increíble y se escuchaba la radio para enterarse un poquito de las cosas que ocurrían. Me encanta escribir, contar historias absurdas y reírme con ellas. Cada día disfruto más y estoy aprendiendo que hay muchos puntos de vista para una misma acción.

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