Un gesto que vale una vida

Las cosas podían haber sucedido de cualquier otra manera y, sin embargo, sucedieron así. Aquella era una mañana de enero fría, como sólo son frías las mañanas de invierno en la sierra del Aibos. Cielo azul y suelos blancos, brisa suave que lame la piel y la enrojece. Elías asomó la cabeza por el cuarterón del cobertizo y calculó que aún faltaban unas dos horas para que llegase Alfredo, el dueño de las tres vacas que le habían dado calor durante la última noche y le habían permitido descansar en un duermevela acostado en uno de los pesebres. Confiaba en la lealtad del vaquero, al menos lo suficiente para que no le delatase a la Guardia Civil, para que no fuese a contarles que había visto huellas en la nieve; aunque no para pedirle que se arriesgase a subirle al monte algo de comida.

Ordeñó un poco la vaca de ubres mas llenas, el ternero no se resentiría por un poco menos de alimento y para él en ese momento le era imprescindible, lo había realizado tres veces en estos últimos días de diciembre de mil novecientos cuarenta, tampoco quería hacerlo en muchas ocasiones en esta misma cuadra no fuese que Alfredo decidiese dar parte de él aconsejado por el hambre, prefería ir cambiando de valle cada pocos días, despistando a los cazadores de hombres y no esquilmando mucho tiempo seguido al mismo ganadero. El hambre reinaba en aquellos montes, tanto para los habitantes de las casas como a los que se escondían por los altos. Colocó los “crampones”, como llamaban los vaqueiros a las raquetas de nieve, con unos escarpines muy ajados que apenas le protegían del frío y de la humedad de aquella nieve que se licuaba al contacto con el escaso calor que desprendía su enjuto cuerpo.

Caminó hasta el riachuelo sin dejar de mirar al cielo, escrutándolo cada pocos pasos por si las nubes tenían a bien dejar caer un nuevo manto blanco que borrase las huellas de sus pies sobre la nieve. Al llegar al arroyo se descalzó, guardó los escarpines en el zurrón donde portaba las pocas cosas de las que disponía: un trozo duro de pan, un trozo de tocino y un mechero con una muy apurada mecha; la ropa la llevaba toda sobre su cuerpo para mitigar el frío, y la navaja en el bolsillo delantero, a mano, por si la requería alguna urgencia, tenerla cerca le daba seguridad, meter la mano en el bolsillo y darle vueltas mientras pensaba, apacentaba su espíritu.

Comenzó a caminar por el curso del regato como si de un estrecho camino se tratase, debía hacerlo durante todo el tiempo que pudiese resistir para evitar que si los guardias venían con los perros estos pudiesen seguir el rastro. Avanzó de esta forma más de trescientos metros hasta que la pequeña corriente desapareció bajo unas rocas cerca de una estrecha cueva que con dos entradas y una buena vista sobre el monte era su mejor puesto de vigilancia en aquella zona. Al poco de entrar en la cueva, tras escudriñar la falda de la montaña, comenzó a frotar para devolver la vida a su cuerpo que por debajo de las rodillas estaba entumecido con una coloración que iba del morado al azul. Trataba de mantenerse vivo en espera de mejores tiempos, aunque la desmoralización que había comenzado por maltratar sus sueños ya se adueñaba también de sus vigilias. La última vez que había coincidido en el monte con un “fugado” como él, supo que muchos ya habían cambiado la meta de la supervivencia “aguantar hasta que escampase”, por la de atravesar la frontera a Francia. Pero, cómo podía él cambiar de país si únicamente conocía los montes de su concejo. Hasta dónde podría llegar caminando por el monte.

Varias veces cada día repasaba el gesto que había atraído su desgracia. El seis de febrero del año pasado el futuro se había teñido de miedo para él.
Entró D. Ignacio en la taberna y chilló al chigrero: “¡Pon una ronda que cayó Gerona!, ¡pon una ronda que yo la pago!”. El vaso de Elias estaba lleno y no lo apuró para recibir el vino que D. Ignacio pagaba para festejar la última victoria militar de los alzados; el gesto fue percibido por el convidador que le espetó en tono desafiante: “¿Tú no brindas?”, Elias se encogió de hombros y salió despacio del chigre sin pronunciar palabra, cuando ya colocaba el pie en el camino alcanzó a oír la amenaza: “No brindas hoy, veremos si puedes hacerlo mañana”. Por un instante dudó entre continuar o dar la vuelta, cuando avanzó un paso más supo que ya no había retorno, aunque en aquel momento no era consciente de las consecuencias de aquel acto.

Al llegar a casa saludo a su madre, única persona que convivía con él en el molino de La Figueirona, se fue sin cenar para la cama. A la madre se le encogió el corazón con un mal presentimiento, aquella maldición que iba golpeando, una a una todas las casas del pueblo, aquel día había escogido la suya como presa. Introdujo el plato de fariñas, que el joven no había probado en el horno de la cocina con la puerta entreabierta, si durante la noche quería comer estarían calientes.

Llegaron primero los perros que las ganas de comer. Al oír los ladridos Elías se precipitó a través de la ventana de la habitación que daba al monte. Llevaba la ropa que vestía cuando salió del chigre, que no se había quitado cuando se había tumbado encima de la cama, y unos escarpines que se había calzado en el último momento. Corrió cuanto pudo, la brújula de la mente le indicaba que la salvación estaba en galopar hacia arriba, hacia la montaña, al terreno que él conocía mejor que sus perseguidores.

Todo por un gesto.

Una sombra emergió a la entrada de la cueva. Apenas un niño vestido con uniforme. Elías susurró desde las sombras: “Si disparas, disparo.” Transcurrieron unos angustiosos segundos. El joven guardia dio la vuelta y gritó: “Aquí no hay nadie”.

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