El invierno se aproximaba con pasos prudentes,
las primeras chimeneas lo anunciaban
con señales de humo.
Las últimas hojas en lo alto de las hayas despedían el otoño
ondulando pañuelos de infinitos colores
del rojo al amarillo.
Y llegó la nieve
en una noche de enero.
Y el cielo era más azul,
y las retinas se atiborraron de blanco,
y volvíamos a ser niños
con los pies mojados,
tiritando,
y los sueños intactos.