Las cosas podían haber sucedido de cualquier otra manera y, sin embargo, sucedieron así. Y no era la primera vez que ocurría, y tampoco sería la última. Toda mi vida pasó ante mis ojos como si de una película en blanco y negro se tratara, no sabría decir si buena o mala, pero una película de las de antes. En las que la gente se movía de forma extraña, cómo a impulsos, y con los colores desgastados por el exceso de uso del vídeo. No sé si es eso lo que la gente ve cuando se va a morir, pero si es así resulta un poco raro. Ver a todos tus amigos y familiares, a los vecinos, el panadero e incluso aquella chica a la que intentaste, sin éxito, meter mano en la última fila del autobús, el día de la excursión al museo de cera de Madrid.
Aparecen todos de repente ante ti, cómo si de un tribunal de guerra se tratara, y te quedas pasmado esperando a ver qué sucede. Los segundos se paran y duran una eternidad, no digamos ya un minuto. Entonces, cómo si de una extraña coreografía se tratara, se paran todos a la vez y se te quedan mirando. Unos con mirada acusadora, otros cómo sintiendo pena de ti, otros indolentes. Si que se hace raro, si. Y en esos instantes quieres buscar un sentido a todo eso, y obviamente no lo encuentras. ¿Se trata de algún mensaje oculto? ¿Una especie de revelación, a la que aún no le he cogido el sentido? Y después la misma idea se asienta en mi cabeza. Las cosas podían haber sucedido de otra manera y, sin embargo sucedieron así.
Pero ¿Qué coño de frase es esa? ¿Qué es lo que ha sucedido? ¿Qué podría haber pasado de otra manera? En momentos así, me da por pensar que estoy loco, o que me lo estoy volviendo. Aunque lo peor no es eso, lo peor viene cuando de pronto todos esos personajes se transforman, a veces en otras personas a las que no conozco de nada, y en otras ocasiones en seres mitológicos, cómo unicornios, minotauros o incluso en sirenas. Y es en esos instantes, en los que más nervioso me pongo. ¿Por qué? ¿Qué maldito significado tiene todo eso?
Las más de las veces, veo aparecer a alguno de mis amigos que me mira con gesto preocupado y se acerca a mí, con intención de preguntarme algo. Pero no lo entiendo, sus palabras carecen de significado alguno para mí, cómo si de pronto hablara en algún extraño idioma que yo desconozco. Aunque, si noto cómo su preocupación aumenta a medida que pasan los segundos y ve que no lo entiendo.
Entonces sus manos toman las mías e intenta llevarme a un lugar entre la multitud, y noto una extraña sensación de mareo, que me hace retroceder ante su intento de apartarme de mi sitio. Instantes después me suelta, dice algo cómo si estuviera enfadado, y se va.
Después de otra eternidad, que no sé si se trata de mucho tiempo o poco, vuelvo en mi y comienzo a reaccionar. La sensación de irrealidad sigue ahí, pero me integro con la gente, consigo moverme sin sufrir mareos, y además hasta entiendo lo que me dicen. Vale, me digo entonces, ya te has recuperado, ha sido un mareo, una lipotimia o algo parecido que te ha dejado tonto durante un rato, pero has vuelto a la normalidad. Caminas sin que te de vértigo y puedes hablar. Bien, ahora acabas de recuperarte y te vas a ver al médico que ya está bien de sufrir estos ataques raros sin saber porqué.
Y no, no son los efectos del alcohol, ni de las drogas, porque no consumo. No recuerdo haberme caído, ni haberme golpeado en la cabeza, antes de cada uno de estos episodios, pero tendré que ir a que me lo miren, porque no es plan de seguir así mucho tiempo.
Pasa un tiempo más y vuelvo a ser yo mismo, mis amigos son mis amigos, mi familia es la mía, mi perro es un perro y no veo bichos raros, seres mitológicos, ni sirenas. Bien, ese es el momento de coger el coche e ir al médico. Así es que me voy a por el al aparcamiento y me voy al hospital.
Una vez en urgencias me dirijo a la recepción para contarles lo que me ha pasado y solicitar ayuda.
—Buenos días—Me recibe una enfermera con cara de pocos amigos y un extraño tono de voz.
—Tome, rellene este cuestionario.
—Oiga, es que necesito…
—Cumplimente el cuestionario por favor. En él tiene que describir lo que le pasa.
—Pero…, es que no sé si podré.
—Es muy fácil señor, marque con una cruz lo que le sucede.
Cual no será mi sorpresa al ver que en el cuestionario una de las dolencias que hay para marcar, es exactamente lo que me sucede a mí. No doy crédito. Bien, eso no es malo, si ya lo tienen como predefinido, será algo normal que tiene tratamiento.
—Tome señorita, ya está.
—Muy bien, espere un segundo que le asigno el nivel de urgencia.
—Gracias.
—¡Ah! Así que es esto.
—¿Qué…?
—¡Peggy! ¡Peggy!—Comienza a llamar a voces a una compañera, mientras abre un cajón de su mesa, cómo buscando algo. Mi sorpresa es mayúscula, cuando veo que del cajón saca, no un formulario, ni un paquete de aspirinas, si no un folio con un dibujo de la cerdita Peggy, la de los teleñecos. De pronto el dibujo cobra vida y se dirige a la enfermera que me estaba antendiendo.
—¿Qué pasa?
—Tienes un caso.
—¿Ah si?
—Si, es otro elegido.
—Perdón señorita, ¿elegido? ¿Para qué?
—¡Uy! Vas a tener trabajo, este no sabe de qué va el asunto.
—No te preocupes chiquitín, ven conmigo, que yo te explico.
La cerdita Peggy salta por encima del mostrador y me toma de la mano, para llevarme a una sala vacía, en la que lo único que hay es una televisión y una silla de director.
—Bienvenido a tu nueva vida. Has sido elegido para mantener el equilibrio entre el mundo de los humanos y el de los dibujos animados.
Eso es lo último que recuerdo de mi vida anterior. Ahora soy una especie de superhéroe al que no le sucede nada normal.